Los viajes del Imserso siempre nos han resultado bien, hasta ahora, a Ipi y a mí, después de haber disfrutado de ellos en tres ocasiones anteriores (Menorca, Matalascañas y Salou), y el pasado año teníamos programado otro viaje, en plan visita cultural con Rafa y Elena que tuvimos que anular por estar Ipi recién operada de su hombro, pero nuestros amigos lo hicieron (era un viaje a Zamora) y regresaron contentos.
Por esa razón este año volvimos a programar algo juntos, y además lo hicimos a través de una agencia de viajes, pensando en que tal vez ellas tienen más posibilidades de conseguir cosas que nosotros, que salimos a elegir siempre en el segundo día de los posibles. Y efectivamente la cosa resultó. Dentro de las variables que le sugerimos a la agencia nos consiguió un programa de 10 días en Mallorca, del 3 al 12 de marzo. Y allá nos fuimos.
El viaje empezó en el aeropuerto de Santiago, a donde hubimos de desplazarnos por nuestros medios, ya que no iba incluido el transporte hasta allí. Con lo cual, y aprovechando la circunstancia, dado que el vuelo era a las 17,30 horas por la mañana visitamos a Cidade da Cultura, para ver unas exposiciones y de paso comimos allí ligeramente antes de embarcar en Lavacolla, donde dejamos el coche aparcado hasta nuestro regreso.



El vuelo salió en hora, llegó en hora a destino, y desde el propio aeropuerto después de la recepción de los agentes de Mundiplan en el mismo, nos desplazamos en bus hasta el hotel de destino, el Aluasun Continental Park, a donde llegamos sobre las 9,30 de la noche y tras la toma de datos en recepción, nos dieron una cena fría, muy pobre y que de entrada nos causó una negativa impresión que, afortunadamente, no tuvo repetición en el resto de la estancia.



A la mañana siguiente, tras el desayuno (muy variado, espléndido) tuvimos la reunión habitual a las llegadas para explicar pormenores de la que sería nuestra estancia, asi como excursiones previstas de las que el touroperador prepara en cada turno para que los asistentes visiten otros lugares o localidades del entorno. No era nuestro caso porque ya desde Coruña habíamos hecho reserva de un coche de alquiler para, durante todos los días de nuestra estancia, poder circular con entera libertad por la isla.
Para ese primer día decidimos movernos cerca de nuestro alojamiento, y como coincidía que justo en esa fecha se celebraba el mercado de Sineu, una pequeña población en el centro de la isla, decidimos ir hasta esa localidad. El mercado es uno de los mas antiguos que existen, ya que fue instaurado en 1306 por el rey Jaime II. En realidad se trata de un amplio mercadillo, con todo tipo de cosas, destacando los productos alimenticios, ropas, etc. Y se expande por toda la población, con afluencia de mucha gente. Nosotros aprovechamos para visitar el lugar, que tiene una iglesia interesante, y algunas otras edificaciones que merecieron la pena, aunque como no nos apetecía quedarnos a comer por allí, acordamos regresar al hotel para comer, con la idea de a la tarde ir a la zona de Alcudia.






Ese sería el único día que comimos en el hotel, ya que en el resto de la estancia siempre estuvimos fuera a medidodía. La comida, por cierto, también muy variada, bien preparada en general, y con buena atención por parte del personal del hotel. Posiblemente de todos los viajes realizados nosotros con el Imserso, en este la comida ha sido la mejor de todos, sin que ello implique que en otras ocasiones haya sido mala.
La tarde de ese primer día la dedicamos a Alcudia, localidad próxima al hotel, donde pasamos el resto de la tarde. Lo más señalado allí es la parte de la ciudad rodeada por la muralla exterior, muy bien conservada en general, parte de la cual es accesible por el alto de los muros, motivo por el cual al hacer el recorrido del pueblo no dejamos de recorrer esa zona, haciendo numerosas fotos de aquellos lugares que nos parecieron más interesantes.






Luego, para terminar las visitas de la jornada, bajamos hasta Puerto Alcudia, aunque ya caía la tarde y no había casi nadie por las calles. Allí tomamos un café en uno de los locales del puerto, que en verano deben estar a rebosar pero que en esta ocasión estaba desangelado.



De vuelta en el hotel una cena espléndida, al igual que había ocurrido con desayuno y comida, y que fue la tónica general en los días siguientes. También después de la cena nos fuimos a la cafetería, donde estaba el ambiente, ya que cada día había una actuación y mucha gente, sobre todo mujeres, salían a bailar al centro de la pista. Los animadores, uno diferente cada día de la semana, dieron buen juego en general, o al menos así lo interpretaba la mayoría de los asistentes porque siempre hubo animados para la marcha. Por nuestra parte, nos limitamos a tomar un café y estar un rato viendo el ambiente, sin participar en ninguno de los días del baile.
A la mañana siguiente, jueves, las informaciones meteorológicas predecían lluvia en abundancia por lo cual ya habíamos decidido que ese día lo dedicaríamos a visitas en interiores. Y como hay multitud de cuevas en la isla, optamos por dirigirnos primero a las Cuevas del Hams, que no conocíamos y donde apenas había gente. Tiene dos partes, la primera de las cuales es simplemente un espacio bajo tierra en el que nos presentaron una proyección sobre la antigüedad de las cuevas, y la segunda parte, donde realmente se aprecian las estalactitas y estalacmitas, a lo largo de un recorrido no demasiado largo. La particularidad de estas cuevas, es que en una zona concreta algunas estalactitas tienen una forma de «anzuelo» (en mallorquín anzuelo es «ham», por esa razón las cuevas llevan ese nombre).






En la última fase de la visita, se realiza una proyección con fondo musical, que es quizás uno de los mayores atractivos de esas cuevas. En cualquier caso, terminamos la visita con rapidez porque habíamos hecho reserva para las otras cuevas, las del Drach, a las 12 y aunque están cerca unas de otras, nos hacía falta el tiempo para el desplazamiento.
Llegados a las Cuevas del Drach, nos encontramos con una cola interminable, lo que significaba que muchísima gente, como nosotros, había pensado que con la previsión del tiempo la visita a las cuevas era lo más atractivo. Tardamos en entrar al menos un cuarto de hora, porque aunque la fila corría a buen ritmo, la cantidad de gente era tal que parecía imposible poder meter a tantas personas en aquel lugar.






Estas cuevas son bastante mas grandes que las anteriores. Y el recorrido es mucho más largo, con una pronunciada y larga bajada, para terminar el recorrido junto a una especie de lago, en el cual se produce un desfile de unas barcas con un concierto en vivo, y que se escucha desde una especie de auditorio, con un buen sonido.






Terminada la visita y aprovechando que en ese momento no llovía, hicimos un corto relax en la cafetería del exterior de las cuevas, mientras decidíamos un restaurante cercano para ir a comer. Nos decidimos al final por el Porto Bello, en Porto Cristo, a pocos kilómetros de las cuevas. Al llegar allí comenzó a llover y ya dentro del restaurante, por cierto con bastante pocos clientes, seleccionamos como menú unos mejillones al vapor, unos calamares fritos, y unos chipirones, y además una fideuá. La comida no fue especialmente buena, pese a la buena valoración que, a priori, tenía el restaurante.



Después de comer, decidimos desplazarnos hasta Petra, otra pequeña localidad de las que teníamos anotado que había algunas interesantes para ver. Al llegar llovía, pero al poco tiempo dejó de hacerlo y pudimos recorrer tranquilamente el pueblo, lugar de nacimiento de Fray Junípero Serra, al que están dedicados algunos monumentos, con su casa natal y un barrio con numerosas referencias al fraile y sus viajes apostólicos.






Con los paseos se fue pasando la tarde, que terminamos tomando un refresco en una de las cafeterías del pueblo, el Casino, para después regresar ya al hotel parta la cena y paso posterior por la cafetería.



A la mañana siguiente, viernes día 6, salimos del hotel con dirección a Palma de Mallorca con la idea de ir a Soller, en el ferrocarril antiguo que hace un recorrido desde la capital hasta lo alto de Soller, atravesando la isla. Al llegar a Palma, encontramos que el primer tren disponible salía a las 12,50 y por esa razón decidimos aprovechar el tiempo que faltaba para esa hora, en hacer un corto recorrido por las inmediaciones.


La salida del tren está en la Plaza de España, y en el entorno próximo teníamos el Mercat del Olivar, y allí pudimos hacer un recorrido por la multitud de puestos donde se pueden encontrar todos los productos típicos de la isla, desde pescados hasta todo tipo de frutas, vinos, etc.



Después del mercado tuvimos todavía tiempo para pasear por las calles comerciales que discurren entre la Plaza de España y la Plaza Mayor, si bien como el tiempo apremiaba, desde allí regresamos ya al punto de partida para llegar a tiempo a la salida del ferrocarril. Al llegar, nos dimos cuenta de que se había formado ya una amplia cola, con lo cual quedamos prácticamente de últimos de cara a subir al tren, que todavía tardó unos minutos en llegar. Y lo que creíamos sería un problema para encontrar un buen sitio desde el que poder hacer fotos, al final resultó al revés, porque cuando la gente que componía la cola empezó a embarcar, lo fue haciendo a medida que llegaba a cada vagón, empezando por la cola del tren, de forma que nosotros que estábamos al final, teníamos destino en los primeros vagones. Y ocurrió además que al ir a subir al tren, ya llegando al inicio del convoy, un empleado del ferrocarril que iba delante de nosotros nos indicó que fuésemos al primero de los vagones, que era especial.



Así, mientras el resto de vagones eran como el que se ve en la foto donde Rafa aparece solo, el que nosotros ocupamos se componía de dos asientos individuales y un sofá en cada uno de los lados del tren. Además fuimos casi solos, porque a la ida solamente se nos unió una pareja, con lo cual pudimos disfrutar cómodamente de todo el recorrido, y hacer fotos hacia el exterior con comodidad.
Durante el viaje entre Palma y Soller llovió y aunque las vistas eran atractivas, podría haber sido mejor. Llegados al final del trayecto, habíamos reservado también la bajada en tranvía al Puerto de Soller, e hicimos ese nuevo recorrido. El puerto es un lugar turístico, con playa y multitud de barcos deportivos, pero tampoco nos acompañó el tiempo. De hecho, allí comimos y durante ese rato llovió a mares, por lo cual poco más que comer y dar un corto paseo pudimos hacer, ya que había que volver a coger el tranvía para subir a Soller y regresar a Palma en el último tren de la tarde.



La comida fué mas bien tirando a mala. En principio queríamos ir a un restaurante que nos recomendó el revisor del tranvía, pero cuando llegamos no había sitio. Allí nos recomendaron otros, alguno de los cuales estaba cerrado, y otros un poco alejado. Al final fuimos a La Miranda, y fue un pequeño fracaso.



De regreso a Soller, apenas pudimos hacer un corto paseo por el pueblo, puesto que continuaba lloviendo, por lo que acordamos volver allí en otro momento, pero esa segunda vez en coche.



El trayecto de vuelta a Palma fue igual de bueno que a la ida. Conocido el tema del vagón especial, ya nos montamos directamente en él, y coincidimos con los mismos que nos habían acompañado antes, más un espontáneo que apareció de improviso y que tras un rato en el vagón terminó marchando.



Una vez regresados a la capital, alguien leyó en una guía que hay un sitio especializado en las ensaimadas, donde es típico ir a tomar un café con un trozo de ensaimada y/o un «cuarto» que viene a ser un trozo de bizcocho característico de ese lugar. La cafetería se llama Can Joan de Saigo, y es una «Orxatería y Xocolatería», donde hubimos de hacer cola y esperar casi media hora para entrar. Pero la espera valió la pena, porque aunque de entrada solo algunos pretendían tomar un trozo de ensaimada, al final se pidieron ensaimadas básica y con cabello de angel, además del cuarto, e incluso al marchar nos llevamos alguna cosa más.



Viajados, merendados y demás, optamos por regresar al hotel, después de un trayecto de casi una hora, para llegar a la hora de la cena al hotel. Aunque más de uno al salir de Can Joan dijo que ya no iba a cenar… al llegar al restaurante nadie se privó de una cena adecuada.
A la mañana siguiente, y según lo previsto decidimos regresar a Soller para completar la visita que nos había quedado a medias, pero esta vez lo hicimos directamente en el coche que teníamos y que nos acompañó en todos nuestros recorridos por la isla. Y fuimos directamente a Fornalutx, un pueblo de esos llamados «de los más bonitos de España», próximo a Soller y que está en una zona muy elevada de la Sierra de Tramontana.



El pueblo es precioso, conservado de maravilla, y se ve que muy conocido porque a pesar de que estaba otro día lluvioso encontramos cantidad de visitantes, tanto turistas como nosotros, como senderistas en grupos, mayoritariamente extranjeros, ya que se ve que es un lugar muy frecuentado en ese sentido. Allí Ipi preguntó a un paisano de la zona que le dió amplias explicaciones de algunas particularidades del pueblo, que al parecer hoy está ocupado en un 25% por gente procedente de otros paises europeos (principalmente alemanes) que pasan allí largas temporadas.



Pese a la lluvia pudimos recorrer con calma el pueblo y ver alguno de esos detalles, como las tejas con inscripciones que adornan algunas viviendas, y después del recorrido volvimos al coche para hacer la visita de Soller que nos había quedado incompleta el día anterior. La visita fue corta, por causa de la lluvia y como además se acercaba la hora de comer, hicimos desde allí ya una reserva en el restaurante Bon Vi, donde el día anterior no habíamos podido comer, y del que teníamos buena referencia porque otros de los ocupantes del tranvía un día antes sí que habían conseguido sitio y manifestaron que la comida había sido excelente.






En efecto la elección fue acertada porque cuando llegamos estaba de nuevo completo, aunque con nuestra mesa reservada y en esta ocasión comimos francamente bien. Además el camarero que nos atendió, muy atento por cierto, nos informó de algunas cosas para ver por allí, y especialmente reseñó un mirador que está después de Deia que tiene unas vistas espectaculares, aunque creía que estaba cerrado o con el acceso cortado.
Terminada la comida, emprendimos el camino de regreso que incluía pasar por Deiá, y posteriormente por Valldemosa. La primera parada fue Deiá, un lugar muy pintoresco, todo en cuesta, y donde nos llamaron especialmente la atención la cantidad de agencias inmobiliarias que había, y particularmente los precios de las viviendas o fincas que estaban a la venta, con importes siempre por encima del millón de euros y alcanzando los 6 o 7 millones, con variedad de ofertas. El pueblo se extiende a lo largo de la propia carretera general.



Saliendo de Deiá, coontinuamos camino en busca del mirador de Miramar, y como no nos dejamos acomplejar por los problemas «menores», al llegar al lugar hubimos de saltar una pequeña tapia (las chicas decidieron quedarse en el hotel que está al lado) y tras un recorrido por una senda un tanto irregular y sobre todo en muy mal estado (completamente llena de barro por las lluvias de esos días), llegamos finalmente al borde del acantilado donde efectivamente las vistas eran espectaculares. Es verdad que nos pusimos el calzado totalmente embarrado, pero las fotos que conseguimos valieron la pena.



A continuación volvimos al coche para ir a Valldemosa, a donde llegamos ya un poco tarde, y sin probabilidad de acceder a visitar la cartuja. Sin embargo, sí que pudimos degustar una cosa típica del lugar, la Coca de Patata con una taza de chocolate. El lugar adecuado es Ca´n Molinas, una cafetería que estaba abarrotada y en la que sin embargo no tardamos demasiado en conseguir una mesa. La citada coca no vale gran cosa, al menos no tiene nada que ver con las ensaimadas, pero lo probamos.



Y ya desde allí, después de un pequeño recorrido por el lugar, habida cuenta de que no se podían ver los lugares de interés, acordamos que volveríamos otro día, y tomamos la ruta de regreso al hotel.



Al día siguiente, domingo día 8, nos dirigimos a Formentor, en primer lugar al faro, para luego continuar con la ruta por la zona. En ese primer recorrido nos llamó la atención la cantidad de ciclistas, de todas edades, pero mayoritariamente jóvenes y muchísimos extranjeros, incluidos grupos completos, imagino que equipos no profesionales, pero que desde luego disponían de una espléndida preparación para acometer las subidas que hay para llegar al faro.


Al llegar a Cabo Formentor hubimos de esperar un corto espacio de tiempo para conseguir aparcar porque, como dije, estaba lleno. Las vistas son impresionantes y como además teníamos un día espléndido, lo disfrutamos con mucho más interés.



Después de un buen rato de estancia en el faro, tomamos el camino de regreso para hacer una parada en el mirador de Es Colomer, que estaba atestado de gente, entre visitantes, ciclistas y grupos de turistas con excursiones, porque había varios autocares. Hay tres niveles en el mirador, y para llegar al último hay que subir unas cuantas (bastantes) escaleras, aunque el recorrido no es muy complicado.



Las vistas desde cualquiera de los tramos del mirador son impresionantes y durante un buen rato disfrutamos de esos paisajes, antes de volver al coche para bajar a visitar Pollença. Por cierto, frente al mirador, del otro lado de la carretera está la Atalaya de Albercutx, desde la que se divisa un paisaje espectacular de toda la zona. No subimos, pese a que hay una carretera que conduce a lo alto, y en cambio nos fuimos a Pollença.



Llegados a Pollença, nos encontramos con que estaba terminando el mercadillo que hacen allí los domingos, aunque nos dió tiempo a ver algunos de los puesstos, que empezaban a recoger. Con ganas de refrescar algo el estómago, paramos en el centro del pueblo en una terraza que resultó ser la del Club Pollença (algo asi como el casino del pueblo). En principio pedimos un refrigerio pero habida cuenta de que daban comidas, decidimos quedar allí para comer algo, ya que en ese momento lucía el sol y se estaba francamente bien al aire libre.



La comida no fue nada especial, pero nos permitió tomar fuerzas para más tarde acometer la subida al Calvario, un conjunto de 365 escalones que llevan a lo alto de una colina en la que está el santuario que lleva el mismo nombre, y que viene a ser una de las cosas a visitar en esa localidad.



La subida resulta un poco pesada, aunque cada cierto número de escalones viene a haber una especie de descanso, coincidente con el final de una carretera por la que se puede llegar a ese punto, al igual que también se puede acceder a la cima por una ruta accesible para los coches. Desde lo alto se divisa perfectamente el pueblo e incluso se ve el mar allá al fondo.



De regreso al pueblo, nos desplazamos hasta el puerto que viene a ser prácticamente solo un puerto deportivo, que imagino tendrá vida en verano pero que en la fecha en que estábamos nosotros estaba prácticamente desierto. Allí aprovechamos los últimos momentos del sol para tomar algo en una terraza, hasta que el sol desapareció entre la masa de nubes que se iba aproximando, momento en el que retornamos al coche para hacer el camino de regreso al hotel.
Para el lunes habíamos reservado con antelación entradas para visitar la catedral de Palma, con acceso incluido a las terrazas y una audioguía para cada uno, para si poder movernos libremente a voluntad dentro de la catedral. Hubo suerte y el día amaneció bien, por lo que tuvimos una jornada favorable para circular con libertad por la ciudad.



Ya llegando a la zona donde se ubica la catedral, frente al mar, tuvimos la primera visión del edificio, junto al Palacio de la Almudaina, lugar donde la familia real organiza sus recepciones oficiales durante su estancia veraniega en la isla. Desde el interior de la catedral, nos indicaron que lo mejor era subir en principio a las terrazas, y eso hicimos, después de recorrer un lote de estrechas escaleras de caracol, por lo que se limitaba el orden de ascenso y descenso para evitar los cruces que serían complicados.



Salvo el interés de comprobar de cerca la formación de arbotantes y las excelentes vistas sobre la ciudad, las terrazas no aportan gran cosa, pero en cualquier caso hicimos un recorrido por ambos lados de la nave central y finalmente volvimos a la base para conocer en detalle las particularidades, historia, etc, del edificio.



A partir de ese momento, cada uno de los cuatro asistentes nos movimos a nuestro aire, parando más o menos tiempo ante cada capilla, rosetón, altar, etc. Es cierto que la catedral tiene mucho que ver, y por ese motivo empleamos casi toda la mañana en recorrerla con tranquilidad, por lo que la visita duró casi un par de horas.



Entre los años 1904 y 1914 Gaudí realizó varias reformas, eliminando el retablo gótico y abrió varias ventanas y rosetones, y es obra suya la maqueta del baldaquino, que inicialmente era provisional y al final quedó como definitivo, y también Miquel Barceló fue el autor de la renovación de la capilla de San Pedro, recubriendo las paredes en cerámica pintada, y que recrea la luz submarina.



Ya de nuevo saliendo de la Seu (es el nombre con que se conoce a la catedral entre los mallorquines), se puede admirar todo su exterior, así como los edificios que la rodean, en especial el Palacio de la Almudaina. A continuación, vimos que a la salida del templo había una indicación para ir a los Baños Arabes, situados en las proximidades, y allá nos fuimos.



Los baños arabes de Palma datan del siglo X previsiblemente. Lo más llamativo es la sala cuadrada con cúpula de media naranja, sostenida por 12 columnas. Esa sala es el «caldarium» y era la zona de los baños calientes. Al lado está lo que seria el «tepidarium». La estructura es similar a otros conocidos de la época en otros lugares de la península, aunque en la isla es el único vestigio de la dominación musulmana que se conserva. Se supone que estarían adosados al palacio o alcázar de algún árabe notable. Están rodeados por unos jardines.



Desde los baños, como ya era hora de comer, nos dirigimos a un restaurante (Cuina Vivant) que Elena había seleccionado entre aquellos que se recomendaban, y que estaba relativamente cerca. Tras un recorrido más largo de lo inicialmente previsto llegamos al citado restaurante, donde pudimos degustar varias elaboraciones singulares, de entre las que cabría destacar un plato de sobrasada, que nos sirvieron templada, con unas galletas tipo «mariñeiras», y que estaba delicioso. En el restaurante nos informaron del lugar adecuado para poder comprarla luego, pensando en traerla de vuelta a casa.



Terminada la comida regresamos a la zona donde teníamos el coche, con el recorrido inverso al que habíamos hecho. Tuvimos la ocasión de ver de nuevo la basílica de San Francisco, que seguía cerrada y algunos edificios modernistas, y continuábamos la idea de subir al bus turístico, pero al llegar a la parada de salida nos informaron que era ya el último viaje del día y que además ya en ese viaje no pasaba por el Castillo de Bellver, que deseábamos visitar. Por esa razón optamos por dejarlo para el día siguiente, y antes de regresar al hotel nos tomamos un café en las proximidades.
Pero con la información recibida sobre el lugar donde hacer las compras para traer a casa, nos dirigimos a Inca, a Ca´s Sereno, una tienda especializada en carnes y productos alimenticios, que sirve principalmente a restaurantes, y tl como en Cuina vivant nos aseguraron, allí encontramos sobrasada y otras cosas pero garantizadas, siempre productos mallorquines y con garantía de autenticidad. En efecto, aprovechamos para traer ademas de la sobrasada, algunos quesos, cecina, etc. Y con lo que nos daban a probar casi cenamos….
Asi pues, el martes 10 regresamos a Palma ya de mañana, para subir al bus turístico que, en una de sus primeras paradas nos dejó en el Castillo de Bellver, donde estuvimos aproximadamente hora y media, recorriéndolo también cada uno a su aire y fotografiando a diestro y siniestro. No había demasiada gente y pudimos hacer el recorrido de forma sosegada. Desde lo alto pudimos disponer también de algunas vistas interesantes de la ciudad, y terminamos la visita cuando calculamos que volvería a pasar por allí el bus para continuar la ruta turística.






De regreso al bus, se hace un contorno del puerto, pasando junto al Castillo de San Carlos, una antigua fortaleza militar de la que quedan pocos restos y apenas algunos cañones, para a continuación volver al paseo marítimo. La verdad es que el recorrido del bus turístico, a mi personalmente, no me pareció demasiado atractivo.



Y como ya se acercaba la hora de la comida, Elena en su selección de restaurantes con alguna particularidad de interés localizó el restaurante Gustar, próximo al del día anterior, situado en la plaza del Banc del Oli. Es un sitio pequeño, pero que también nos resultó muy atractivo y, sobre todo, al igual que el día anterior comimos bien, con platos a compartir, incluyendo algunas tostas, un calamar, bacalao, etc. Y unos canoli de postre. Nos quedamos en una terraza semi cerrada, pero con buena temperatura.

El plan de la tarde consistía en visitar la Fundación Miró, y allá nos fuimos, esta vez ya con nuestro coche. En la fundación estuvimos más de una hora contemplando una buena cantidad de obras, tanto en el interior como en el exterior del edificio. Resultó interesante y con eso completamos nuestra ruta por Palma, si bien antes de abandonar la ciudad todavía hicimos un pequeño paseo para ir a la Lonja, que estaba cerrada porque en su interior estaban con preparativos para alguna actividad institucional.






No obstante, tuvimos todavía tiempo para ver el exterior del edificio, asi como hacer un pequeño recorrido por los alrededores, Consulado del Mar, etc.



Desde allí nos dirigimos ya al hotel para finalizar la jornada con la cena, paso por la cafetería, etc, como en cada uno de los días de nuestra estancia.



El miércoles día 11, último día completo de nuestro viaje, salimos por la mañana con dirección a Valldemosa pensando en completar nuestro recorrido con la visita a la cartuja, que estaba cerrada en nuestro paso anterior por la localidad.



Y ya en el pueblo, después de unas fotos del exterior del edificio y sus jardines, pasamos a realizar la visita completa, que incluía no solo el edificio de la cartuja, sino también una serie de estancias del propio ayuntamiento con elementos relativos a la estancia allí de Chopin, asi como también una especia de museo de la localidad, con pinturas de artistas de la zona, colecciones de libros relacionados con la localidad e incluso una prensa de la época.



Próximo al edificio de la cartuja está también el monasterio cartujo donde Federico Chopin estuvo alojado. Pudimos circular por las salas, habitaciones y estancias del mismo, asi como sus jardines e incluso asistir a un mini concierto en un salón donde nos sirvieron una copa de vino, que a esas horas (12 de la mañana) tampoco resultaba demasiado atractiva, ya que no iba acompañada por nada sólido para el estómago.



Finalizada la visita, continuamos viaje hacia Andratx, para completar el ciclo de localidades que, de alguna forma, desde el principio del viaje habíamos planificado visitar. Para ello hubimos de realizar un recorrido que nos obligaba a transitar hacia Palma, ya que la ruta por el interior hubiese sido más complicada y larga, al menos en cuanto al tiempo.
Llegados al punto de destino, y habida cuenta de que era una hora adecuada para la comida, hicimos un pequeño paseo en el coche por el puerto y acordamos sentarnos en el Club de Vela Port D’Andratx, un lugar sobre el puerto deportivo que resultó ser más aparente que bueno. Es decir, que sin haber comido mal, las expectativas eran mejores que el resultado. sin embargo, las vistas y la atención no desmerecieron.



Terminada la comida se imponía el paseo hacia el faro que justamente estaba al otro lado de la bahía, lógicamente en un punto alto pero al que finalmente no tuvimos acceso. Realmente el faro es solo una posición, un punto que ilumina a los barcos, pero sin la existencia de lo que normalmente conocemos por un faro de costa. Sin embargo el recorrido fue muy interesante porque nos permitió observar desde el otro lado del puerto la población de Andratx, y una serie de urbanizaciones y preciosas fincas y casas, propiedad en muchos casos de extranjeros.






De regreso en nuestro punto de alojamiento, Playa de Muro, hicimos la devolución del coche, ya que a la mañana siguiente nos recogfería el autocar de Mundiplan para llevarnos al aeropuerto. Dimos esa tarde, como final de la estancia, un corto paseo por el pueblo, cuando ya anochecía y antes de meternos en el hotel.
Y después de una cena acorde don las de los días anteriores, terminamos el día en la cafetería del hotel tomando un digestivo como despedida, antes de subir a las habitaciones para dejar las maletasd a medio preparar.



Aunque la recogida en el hotel, el día 12, estaba prevista a las 11,20 horas, el bus llegó con algo de anticipación, por lo que casi nos coge terminando de cerrar las maletas. El viaje hasta el aeropuerto fue normal, el vuelo puntual tanto en la salida como en la llegada a Lavacolla, y el regreso hasta casa se realizó también con toda normalidad, por lo que una vez en casa nos dedicamos a empezar a recordar cada uno de los días de nuestro periplo por Mallorca, del cual este resumen servirá de recordatorio cuando el tiempo lo requiera.































































































































































































































































































