Hoy es último sábado de marzo, concretamente 26 de marzo de 2016, y como viene siendo habitual en los últimos casi 50 años, se producirá el cambio de hora. Cambio que no sé si realmente genera los importantes «efectos positivos» por los que en teoría se instauró, en un momento de problemas energéticos y similares.
Hace unos meses un antiguo compañero de trabajo y buen amigo, me invitó a sumarme a una propuesta para eliminar estos cambios de hora, a lo que accedí, y aunque hubo un apoyo mayoritario, lo que se pretendía era hacer llegar una voz a quien corresponda para que nuestro horario se adapte más a la realidad solar que a las conveniencias políticas y económicas de la Unión Europea. Es realmente un contrasentido que por esos intereses se trastoque de alguna forma el ritmo de vida de las personas, y nuestros políticos no sean capaces o no tengan la decisión para atender más a las necesidades de los ciudadanos que a sus intereses partidistas. Claro que no es de extrañar, si analizamos el devenir de los recién elegidos que en más de tres meses desde las elecciones no han sido capaces de encontrar una fórmula para que el pais salga del impasse en que nos metieron los resultados.
Pero volviendo al tema de la hora, es de resaltar que en Galicia, desde donde se escriben estas líneas, tenemos una diferencia «real» solar con Barcelona, de aproximadamente 45 minutos. Que Portugal, que está en la misma señal meridiana que nosotros, funciona con la hora Greenwich, la misma que el Reino Unido, y que puesto que sale a colación lo de Greenwich, hay que recordar que ese meridiano pasa también por España, concretamente entre otros lugares por la provincia de Zaragoza, entre esta ciudad y Barcelona. Por qué razón entonces se empeñan en mantenernos en la hora actual?
Y como este lugar pretende comentar, además de la actualidad, las historias que puedan estar concatenadas con esa actualidad, me viene a la memoria un viaje realizado hace muchos años, concretamente en 1974 y tal día como mañana, es decir el mismo día del cambio de la hora, entre Ourense y Madrid. Por aquel entonces yo vivía en Madrid y tenía mi familia en Ourense, y había venido a pasar unos días con la familia (supongo que debía ser también, igual que ahora, la Semana Santa). Al regresar a Madrid aproveché para llevar conmigo a mi amigo Julio que estaba temporalmente en la capital realizando un curso de trabajo, y a otro amigo suyo que también poco antes se había trasladado a Madrid por trabajo.
Para aprovechar la jornada con las amigas, esperamos a la noche para iniciar el viaje, y salimos de Ourense sobre las 10 de la noche. Circulábamos en mi coche, un Mini 1000 que yo tenía desde hacía dos años y con el que estaba encantado. El viaje se fué desarrollando con normalidad hasta que después de los puertos de Padornelo y La Canda (no había autovía por aquel entonces, claro está), el embrague empezó a dar muestras de debilidad y en las subidas el coche perdía velocidad.
Y asi cada vez más, hasta que llegados a una cuesta bastante prolongada, la fuerza que perdía el coche era tal que los dos acompañantes hubieron de bajarse y hacer la subida caminando o semi corriendo al lado, mientras yo dificilmente conseguía en primera o segunda marcha que el coche llegase a lo alto de la cuesta. De allí en adelante, ya todos en el coche conseguimos llegar hasta Arévalo, donde el amigo de Julio dijo que se bajaba para conseguir llegar en tren a Madrid a tiempo para ir a la oficina, mientras Julio y yo continuamos hasta donde el coche dijo que ya no daba para más, que resultó ser un lugar llamado Labajos, a 100 kms. de Madrid. Debían de ser sobre las 7 de la mañana, y como todo estaba cerrado esperamos a que abriese un taller mecánico que había en el pueblo. Allí me hicieron una reparación urgente (me destensaron el embrague, por lo visto) y gracias a ello conseguimos llegar a Madrid sobre las 12 ó 1 del mediodía, habiendo previamente telefoneado desde el pueblo para avisar yo en mi trabajo de las incidencias.
Cada vez que hago ahora un viaje a Madrid por carretera recuerdo perfectamente la cuesta donde mis acompañantes tuvieron que bajarse del coche y hacer la subida a pié. Y supongo que a ellos tampoco se les habrá podido olvidar ese momento. Hace ahora de todo esto nada menos de 42 años…. toda una vida.