En ocasiones lo cotidiano, por aquello de ser repetitivo, parece que pierde importancia o trascendencia, cuando realmente hay muchas de las cosas que hacemos a diario que son realmente importantes aunque no nos paremos a valorarlas.
Me refiero ahora a algo que yo considero básico y fundamental en la vida de las personas y en la mía en particular. Hablo de las relaciones de amistad, de la sintonía con aquellas personas con las que tenemos un contacto casi diario pero que no por esa relación continuada y habitual es menos importante que otras cosas.
En este último viernes hemos tenido la celebración de los 70 años de un querido amigo, que tuvo a bien juntar a los habituales de las cenas de los fines de semana, de las reuniones gastronómicas periódicas, de las excursiones de grupo, etc. Y nos invitó a una cena en Samaná, con un selecto menu y una cuidada presentación.
Pero la reflexión viene a cuento de que durante la cena surgió el recordar que este grupo nació hace ya casi 11 años y se ha ido consolidando con nuevas incorporaciones y sobre todo con la aceptación por parte de todos de las particularidades de cada uno de nosotros, sin ataduras, sin condicionantes y asumiendo que mantener una buena relación de amistad conlleva a veces hacer cosas que a uno no le apetecen demasiado para poder disfrutar de aquellas otras que nos gusta llevar a cabo.
Y en esa capacidad de aceptación está el secreto de la permanencia, superando en ocasiones diferencias de parecer y valoraciones de cada uno respecto de los demás. Por todo ello me felicito y felicito a todo el grupo de amigos con los que deseo seguir compartiendo esos momentos singulares.