Mayo viajero – 2 – La Vera

Tras el viaje del Imserso a Matalascañas, y antes del ya previsto a final de mes a la isla de La Palma, recién terminado el mes de marzo surgió una nueva propuesta, que en esta ocasión vino del grupo familiar, ya que en la visita que por aquellas fechas hicieron mi hermana Berta y mi cuñado Ramón a A Coruña, en una comida en la que nos juntamos los cinco hermanos y sus respectivas parejas, se habló de la posibilidad de ir en el puente de las «Letras Galegas» a la tierra de Ramón, la comarca de La Vera en la provincia de Cáceres y tanto Pilar como yo rápidamente nos apuntamos, pese a que ya conocíamos la zona de viajes anteriores.

Ramón, natural de Viandar de la Vera, se ocupó de elaborar un detallado y amplio programa de actos y visitas para todo el puente, que resultó interesantísimo y que además sirvió para la convivencia de las cuatro familias (Paco y Elva, Berta y Ramón, Coló y Manolo, además de Pilar y yo). Miguel y Valentina no pudieron asistir por estar en esas fechas con Covid, y Rafa que no es muy partidario de esas reuniones estaba además ausente.

Asi pues, el sábado 14 de mayo nos lanzamos a la carretera. Por una parte Paco, Elva, Coló y Manolo en un coche, conduciendo este último, y por otra Pilar y yo. Por un lapso de programación, el recorrido que hicimos unos y otros no fue el mismo, ya que el coche en que viajaban los cuatro al llegar a Benavente tomó dirección por la autopista de La Plata, mientras nosotros continuamos por la A-6 hasta Adanero y luego ya nos dirigimos hacia La Vera por Gredos, con lo cual llegamos un poco antes a Madrigal, y luego a Villanueva de la Vera, que era el punto de encuentro donde se unirían a nosotros Berta y Ramón, que ya estaban por alli un par de días antes.

Cascada del Diablo y Villanueva

Nada más llegar, y mientras aguardábamos la llegada del otro coche, Ramón nos llevó hasta la Cascada del Diablo, muy próxima, y donde se estaba de maravilla, toda vez que a esas horas hacía ya bastante calor y la proximidad del agua nos refrescaba. Al poco rato llegó el coche de los rezagados y mientras ellos iban a visitar la cascada, Pilar y yo, junto a Berta, hicimos un breve paseo por el pueblo de Villanueva y nos sentamos a tomar unas cervezas en la plaza mayor del lugar, acudiendo el resto de la familia poco rato después. Fue la primera reunión del grupo, que aprovechamos para comentar las incidencias del viaje y las particularidades familiares de cada uno. En esa reunión encargamos a Ramón como tesorero-pagador para gestionar todo el tema económico en el tiempo que durase nuestra estancia, algo que hizo de maravilla.

El grupo en la huerta de una tía de Ramón

Tras el relax de Villanueva, nos dirigimos a Losar de la Vera, nuestro lugar de alojamiento para esas tres noches, aunque en el camino hicimos una parada en Valverde de la Vera, un pueblo muy singular, donde teníamos prevista una visita al Museo del Empalado, que no pudo llevarse a cabo porque la persona encargada del museo ese día estaba asistiendo a una primera comunión y no se la pudo localizar. Allí, sin estar previsto, Ramón se encontró a una tía, con la que nos fotografiamos en la huerta de su casa.

Finalmente arribamos a Losar, donde teníamos reservadas tres casitas para cada una de las parejas que viajamos desde A Coruña. Estaban muy bien, eran cómodas y tranquilas y pese a que apenas pudimos utilizar las instalaciones (tienen piscina -no operativa en esas fechas-, asi como gimnasio, y una zona verde de lo más agradable), la estancia resultó bien. El desayuno era variado y no hubo queja alguna.

Liberados de los equipajes, nos dirigimos al pueblo para cenar en una terraza al aire libre, puesto que la temperatura era francamente buena. Degustamos productos típicos de allí, y para regarlos tuvimos un problema de entendimiento con los camareros, ya que el vino que decían tener era o ribera o guadiana, y cuando le preguntábamos el nombre de la bodega, insistían en Ribera o Guadiana, con lo que finalmente optamos por no pelearnos y aceptar el Guadiana. Fué una cena muy agradable, a la que siguió una prolongada tertulia sentados en otra terraza, en la parte alta del pueblo, delante de unos cafés y digestivos con los que se terminó la jornada sobre la una de la madrugada, aunque con una temperatura de las que en A Coruña tenemos solo un par de veces en el verano.

Camara de Carlos V

A la mañana siguiente habríamos de levantarnos a buena hora puesto que la primera visita del día estaba ya fijada para poco después de las 10 en el Monasterio de San Jerónimo de Yuste. Los que ya lo conocíamos volvimos a disfrutar del entorno tanto como quienes asistían por primera vez. El paseo por los claustros, por el interior del recinto y por los jardines resultó francamente agradable. Hicimos un montón de fotos y alguno tuvo la oportunidad de demostrar sus conocimientos de floricultura a través de una App, con lo que nos puso al día de las características de la vegetación que rodea al monasterio. Uno de los vigilantes que resultó ser vecino de Ramón nos dió cantidad de detalles sobre las particularidades del alojamiento del emperador Carlos V en el poco tiempo que habitó aquellas estancias. Muy próximo al monasterio está el Cementerio de los Alemanes, que nosotros nunca habíamos visitado. Es el lugar donde enterraron los restos de algunos de los alemanes (pilotos y otros militares) que participaron en la guerra civil española. Es un lugar mantenido por la embajada alemana en España.

Desde Yuste nos fuimos a Garganta la Olla, otro pintoresco pueblo de La Vera que algunos ya conocíamos (en 2005 ya estuvimos por allí Colo y yo cuando fuimos a ver florecer los cerezos en una Semana Santa, acompañados por su amiga María y mi amiga Tita, y también en 2010 Pilar y yo visitamos el pueblo y la zona con nuestro grupo de amigos en estas mismas fechas). Garganta la Olla es super turístico y en los días de nuestra visita estaba muy concurrido. Allí pudimos visitar la «casa azul», una casa que se mantiene como estaba en tiempos de Carlos V. Era un prostíbulo creado por el emperador y que se nutría de prostitutas traídas al efecto para que sus soldados pudieran liberar sus necesidades sexuales sin atentar contra las mozas del lugar. El inmueble hoy está habitado y en perfecto estado. Después de un paseo por el pueblo, continuamos camino hacia Cabezuela del Valle, por una tortuosa carretera que atraviesa de la comarca de La Vera hacia el valle del Jerte, pasando por el alto del Piornal, donde hay un mirador desde el que se domina el valle.

Foto de grupo en el mirador

El descenso desde Piornal a Cabezuela se realiza atravesando toda una ladera poblada de cerezos, que en esta ocasión estaban cargados del fruto en algunas fincas (las menos) y en la mayoría con las cerezas a medio madurar, pero en cualquier caso impresionaba la cantidad de frutales que hay. Se veía con claridad que la posición de los cerezos respecto del sol influía notablemente en los que tenían el fruto más maduro. Pudimos dejar constancia gráfica de algunos de los árboles mejor situados y cargados de cerezas, pero en los tres días que nos movimos por allí no llegamos a probarlas. En Cabezuela era donde Ramón había reservado para comer en el restaurante La Judería. La elección del mismo fue un completo éxito, porque comimos de maravilla. Después de comer, y tomar un café en una terraza del pueblo, nos acercamos al Museo de la Cereza, que sin tener demasiado que ver, nos dió algo más de información sobre el proceso de plantación, cuidados de los cerezos, y recogida de los frutos.

Plasencia

La siguiente parada fue en Plasencia, ciudad que también conocíamos y que, en esta ocasión, me resultó bastante anodina. Allí visitamos la exposición de «Las edades del hombre» inaugurada un par de días antes, y que tampoco nos causó especiales sensaciones, además que resultaba un tanto monótona y larga. Finalmente nos acomodamos en una terraza de la plaza principal, para tomar unos refrescos y relajarnos un poco después de tanto paseo. Regresando ya al alojamiento, hicimos una parada en Jarandilla de la Vera, quizás la localidad más importante de la comarca, y en una terraza hicimos una semi-cena, a base de bocadillos de jamón (el jamón no lo servían en raciones, solo en bocadillos) y unas tabla de embutidos. Después de un día con muy buena temperatura, ya a esas horas refrescaba y nos vimos obligados a poner cazadoras y similares por primera vez desde que llegamos a La Vera. Cuando llegamos a nuestros aposentos ya no había nada abierto para tomar una copa, así que nos fuimos a la cama algo más temprano que el día anterior, y además con la idea de levantarnos entre las 5 y las 6 de la madrugada para observar un eclipse total de luna, algo que hicimos solo parte de los excursionistas.

Ala mañana siguiente, después del desayuno, un pequeño recorrido por Losar para admirar los setos cuidados y diseñados con figuras de lo más diverso por un jardinero local, antes de dirigirnos de nuevo a Jarandilla, para recorrer el lugar.

Después de recorrer sus calles nos acercamos a la plaza del Ayuntamiento, donde está también la iglesia, que aunque estaba cerrada, la buena gestión de las chicas hizo que el párroco nos abriera las puertas y nos diera cumplidas explicaciones sobre la misma, mostrándonos un par de cosas de verdadero interés, como eran un cristo de marfil maravillosamente realizado y con un montón de años de antigüedad y perfectamente mantenido en el tiempo, y una pila bautismal que también tiene muchos siglos de antigüedad. Después de la iglesia, fuimos al Museo de Los Escobazos, una fiesta típica del pueblo, situado al lado de la iglesia. Y de allí, a visitar el Parador, un precioso y cuidado Palacio medieval en el que Carlos V residió varios meses mientras se acondicionaba el Monasterio de Yuste. Allí tomamos un aperitivo antes de ir a comer, en esta ocasión en el restaurante El Labrador. La comida resultó bien, pero no tan exitosa como la de la jornada precedente. Y después de comer, nos solazamos en el parque que está tras el parador, donde algunos echamos una cabezada aprovechando el tupido verde de los jardines. Y antes de abandonar Jarandilla, hicimos las compras reglamentarias para traer productos de La Vera a casa. De camino hacia el pueblo de Ramón hicimos un alto en la Garganta de Cuarcos, donde hay un puente romano muy bien conservado y en el que cantidad de gente aprovechaba para darse un baño en las pozas que se forman entre las piedras.

El resto de la tarde lo dedicamos a recorrer Viandar, el pueblo de Ramón, que resultó ser mucho más grande de lo que quienes ya habíamos estado por allí lo recordábamos. Para la cena Berta y Ramón nos habían preparado un selecto y espléndido surtido de productos del país, que degustamos en la terraza frontal de su casa, la cual por cierto tras la reforma que hicieron quedó fantástica. Fué una jornada de lo más completa y una nueva oportunidad de convivir y compartir entre los hermanos y Cuñad@s, que nos dejó a todos un excelente recuerdo. Allí, antes de despedirnos de Ramón y Berta, quedamos emplazados para sendas comidas a celebrar en Santa Cruz en el mes de agosto, por una parte los seis hermanos en la terraza de la casa que fue de mamá, y por otra parte el grupo de cuñad@s, para no ser menos.

El último día, martes 17, después del desayuno pusimos rumbo de regreso a casa, por la ruta de la Plata. Hicimos una parada en Baños de Montemayor para que Ipi y el resto de viajeros pudieran conocer las termas romanas que allí se conservan en excelente estado y en uso actualmente. El pueblo está montado todo él en plan balneario, con varios hoteles y residencias destinadas a ello. Continuamos recorrido de regreso para hacer de nuevo un alto en Candelario, un precioso pueblo de la provincia de Salamanca. Un recorrido tranquilo por sus calles muy bien cuidadas nos entretuvo buena parte de la mañana, al final del cual aprovechamos para tomar unas tablas de embutidos y de queso a modo de comida ligera para así continuar la ruta de vuelta sin el estómago pesado.

Ya de vuelta a la carretera, nosotros hicimos una breve parada en un área de servicio para echar una cabezada, mientras los del otro coche continuaron camino. Y puesto que al final veníamos solos y no teníamos especial prisa en llegar a casa, al pasar Ponferrada decidimos acercarnos al Monasterio de Carracedo, que ya quisimos visitar en un viaje anterior pero estaba en obras en aquella ocasión. Ahora pudimos recorrerlo tranquilamente aunque todavía no está totalmente preparado para las visitas, ya que la restauración se está llevando a cabo con bastante calma, imagino que por falta de recursos.

Y con la llegada a casa cerca de las diez de la tarde-noche, se dió por terminado este periplo por las tierras de La Vera, del cual todos los asistentes guardamos excelente recuerdo y por cuya organización una vez más hemos felicitado a Ramón.

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