Outono Gastronómico 2024

Como ya se ha convertido en hábito para el grupo, también este año nos apuntamos a participar de la oferta que hace la Xunta junto a las casas rurales gallegas para disfrutar de una oferta más o menos atractiva (ya lo ha sido más en los primeros años) en un fin de semana otoñal.

En esta ocasión a punto estuvimos de dejarlo pasar, pero finalmente fue Ipi la que decidió organizarlo para el grupo, después de esperar a ver si alguna otra persona tomaba la iniciativa. Y finalmente aunque había un programa previsto y reservado para 12 personas, problemas del último momento hicieron que el colectivo quedase reducido a 10 personas.

Como quiera que somos un grupo numeroso y resulta complicado encontrar una casa que reúna los requisitos que exigimos (numerosas habitaciones, y todas con baño incorporado), hay que trabajar bastante para localizar la casa rural adecuada. En esta ocasión Ipi la encontró en el sur de la provincia de Pontevedra, en concreto en A Guarda.

Y una vez localizado el alojamiento, procede preparar las actividades para los dos días de la excursión, ya que todos somos exigentes y queremos hacer muchas cosas. Pero para eso Ipi se desenvuelve a las mil maravillas y por elegir, tendríamos actividad para una semana, aunque como las distancias y el tiempo limitan las posibilidades, al final hay que ceñirse a unos horarios y desplazamientos concretos.

De modo que eligió un recorrido por el sur de la provincia ourensana, pensando inicialmente en Celanova y sus alrededores, aunque lo que realmente quería era poder conocer lo que en su día fue un campamento romano, próximo a Bande, y que solo se puede visitar en determinadas fechas del año por estar situado en el entorno del embalse de Las Conchas, lo que hace que buena parte del tiempo esté cubierto por las aguas. Por otra parte, resultó muy complicado contactar con el Centro de Interpretación y realmente hasta la víspera de la partida no hubo confirmación a la visita, si bien Ipi tenía ya asegurada una opción alternativa.

Así pues, nuestro fin de semana comenzó con un desplazamiento al campamento Aquis Querquennis, en el municipio de Bande, donde nos habíamos programado para llegar poco antes de las 12 del mediodía, hora establecida para la visita. Llegados ya al centro de interpretación, la persona encargada del mismo nos hizo una detallada exposición de los motivos y las fechas que dieron origen al campamento, que data del siglo I, y estuvo ocupado durante aproximadamente 40 años.

Se eligió esa ubicación porque la finalidad del campamento era la construcción de la Vía XVIII, que unía Bracara Augusta (hoy Braga, en Portugal) con Asturica Augusta (Astorga). Está al lado del rio Limia, y en el ámbito del embalse de Las Conchas, como ya comenté. Se descubrió hace ya muchos años, antes incluso de la construcción del embalse, y los trabajos arqueológicos se vienen realizando anualmente en los meses en que el nivel del agua deja al descubierto los restos del campamento.

La visita guiada duró alrededor de hora y media, aunque por la cantidad de explicaciones de la encargada del centro podría haberse alargado bastante más, de no ser que nuestro programa nos obligaba a terminar el recorrido para llegar a la siguiente parada, que no era otra que la visita a la iglesia de Santa Comba de Bande, que alberga unas interesantes pinturas.

La encargada de mostrarnos la iglesia tuvo la amabilidad de atendernos a las 2 de la tarde, y en menos de media hora nos dio amplias explicaciones sobre el origen de las pinturas, las columnas situradas junto al altar, sus capiteles, etc. Aunque algunos ya habíamos realizado al visita en otras ocasiones, fue una buena ocasión de descubrir esa pequeña joya para quienes no habían estado nunca allí y de recordarlo para quienes ya la habíamos descubierto anteriormente.

El paso siguiente del programa era la comida, algo siempre importante para un grupo tan exquisito en lo gastronómico. También para eso Ipi tuvo problemas de reserva, ya que en Bande los lugares seleccionados o estaban cerrados en ese día o estaban completos, por lo cual tras diferentes y arduas gestiones, terminó eligiendo un restaurante situado ya en Portugal, concretamente en Lindoso, que era el sitio de la siguiente parada. Eso nos daba también la ventaja de aprovechar la diferencia horaria con nuestros vecinos portugueses para que la hora de la reserva fuese aceptable.

Comimos en el restaurante Casa do Destro, ubicado justo a los pies del Castillo de Lindoso y junto al conjunto de hórreos o «espinheiros» como los denominan los portugueses. Este lugar ya algunos de los componentes del grupo (Armando, Pila y yo mismo) lo conocíamos de un viaje que hicimos hace 17 años con otro grupo de personas. La comida, sin ser una maravilla, estuvo aceptable, a base de platos característicos de la cocina local.

Terminada la comida realizamos un pausado recorrido, primero por el interior del castillo y más tarde por el conjunto de los hórreos, aprovechando para fotografiar a diestro y siniestro y traer abundante material gráfico de la visita.

Con todo ello, cuando terminamos el paseo por los hórreos comenzaba a oscurecer y ya la luna llena se asomaba en el cielo despejado, porque hay que señalar que el tiempo del que dispusimos fue magnífico durante todo el fin de semana.

Desde Lindoso ya tomamos rumbo directo a A Guarda, para llegar con tiempo a la Rectoral de Areas, que era la casa rural elegida para esta ocasión. Llegados a destino, y tras acomodarnos en las respectivas habitaciones, dispusimos de algo más de una hora de relax para tomar unas cervezas en el salón, esperando hasta la hora de la cena, que se había programado para las 9 de la noche.

La cena no estuvo mal. Los entrantes, mediante platos frios (un buen surtido de quesos, otro de embutidos y una ensalada que también estaba bien), y como platos principal había carne y/o pescado, pero como ya nos habíamos llenado pedimos que lo suprimieran, aunque vinieron unos solomillos de ibérico y se prescindió del pescado. Hay que decir que, como siempre, en estos casos ponen a disposición de los clientes un par de menus a elegir y en esta ocasión, de acuerdo con los caseros, optamos por mitad de uno y mitad de otro.

Terminada la cena nos fuimos al salón que teníamos asignado para todo el grupo, y allí el plan era tomar unas copas (para lo cual habíamos ido surtidos con Ginebra, Whisky y Ron, además de tónicas y Coca Cola, con acompañamiento de frutos secos y gominolas), finalmente solo unos cuantos nos tomamos una copa porque la mayoría apenas alargó la velada y se fueron a dormir. Quedamos los menos formales, y tampoco por mucho rato.

A la mañana siguiente planificamos para desayunar a las 9, y un poco antes nos situamos unos cuantos en la cocina para hacer los preparativos del desayuno, habida cuenta de que nos dejaban todo lo necesario, pero debíamos prepararlo nosotros. Entre unos y otros colaboramos para poner todo a punto y aunque echamos en falta algo de fruta, pudimos desayunar de forma generosa y salir asi bien preparados para llegar hasta la hora de la comida.

Nuestra primera parada tras abandonar la casa fue el mirador de Santa Tecla, donde pudimos gozar del espléndido día para dominar la vista de la desembocadura del Miño, la costa portuguesa y allí, sobre el terreno, ver el castro que está muy bien rehabilitado, y que la mayor parte de los asistentes ya conocía por visitas anteriores.

Desde el mirador salimos directamente a la visita y caminata por los molinos de Picon y Folón. Es un recorrido no demasiado largo, pero sí un tanto dificultoso por el desnivel que se produce al subir por Picón y la bajada mas o menos abrupta por Folón.

Aunque alguno sufrió levemente por el recorrido, la verdad es que todos lo disfrutamos y de ello dan fe las numerosas constancias gráficas que dejamos, algunas de las cuales quedan aquí para recuerdo de los asistentes. Afortunadamente en los días previos nu había llovido mucho y el terreno estaba practicable.

La marcha duró algo más de dos horas y al terminar ya no dispusimos de tiempo para un aperitivo porque había que tratar de llegar en tiempo y forma al restaurante donde habíamos reservado la comida, que no era otro que A Muralla, en Tuy. Allí la encargada, muy habladora, nos echó una pequeña bronca por llegar algo tarde pero al final estuvo muy comunicativa y nos dió un buen servicio, junto a su marido que era el cocinero.

Y aunque después de comer pretendimos hacer un corto paseo por Tuy, solamente llegamos a acercarnos hasta la catedral, para luego dirigirnos a los coches y tomar el camino de regreso, cada uno a su punto de origen.

En definitiva, un año más de Outono Gastronómico, para mantener la tradición y servir de disculpa para reunirnos de nuevo, aunque en esta ocasión las circunstancias hicieron que echásemos en falta a quienes no pudieron asistir.

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