A Coruña y el mar

Decir que la ciudad de A Coruña y el mar son algo inseparable es una perogrullada, por evidente, pero es una realidad que define en buena parte a los que somos naturales de esta ciudad y también a muchos de los «allegados» que se han instalado aquí hace más o menos tiempo.

Y quienes además somos amantes del mar, lo tenemos mucho más claro y lo vivimos de forma más intensa, por lo que en muchas ocasiones nos cuesta estar alejados de aquí y cuando tras una estancia prolongada lejos de la ciudad regresamos a ella, la visión del mar nos relaja y nos hace sentir bien.

Recorrido Habitual

Yo tengo por costumbre, como ya comenté en este mismo espacio hace algún tiempo, salir a caminar al menos un par de veces por semana recorriendo el paseo marítimo, ya sea en dirección a El Portiño o con más frecuencia en dirección a la Torre de Hercules, y continuando hasta la zona del dique de abrigo y regreso por los jardines, siempre a ser posible lo más cerca del mar, es decir, por los caminos que rodean la Torre, hacia la Caracola, los Menhires, San Amaro, y vuelta al paseo.

Jueves 17 Novbre.

En ese recorrido de aproximadamente 10 kms suelo emplear algo más de hora y media, pero hoy lo alargué porque durante el recorrido hice numerosas paradas para observar y tomar muestras gráficas del estado del mar, ya que estamos con uno de esos temporales que en repetidas ocasiones nos manda la meteorología y que son un espectáculo digno de observar, de forma especial para quienes vemos el temporal desde la barrera, es decir, desde la costa. Imagino que quienes tienen que vivirlo desde dentro (navegantes, en general) lo sufren de otra forma más dura.

Y de ese recorrido quiero dejar hoy constancia gráfica. En el tramo que va desde la coraza hasta la fuente de los surfistas, se podía observar con gran detalle las olas que llegaban a las playas del Orzán y Riazor.

Continuando el recorrido hacia la Torre, me gusta desviarme del paseo para acercarme al borde del mar, pasando junto a la Casa de los Peces, y hoy el mar batía con fuerza en las rocas que bordean el Aquarium creando un espectáculo impresionante.

El entrante hasta la playa de las Lapas estaba, naturalmente, mucho más movido que de costumbre, pero no tanto como lo hemos visto en otras ocasiones. Y una vez rodeada la playa, cuando se comienza el ascenso por el sendero que, bordeando la torre, nos lleva hasta las rocas donde los percebes y los pulpos tienen «denominación de origen», las vistas que se podían observar mirando hacia el Aquarium volvían a dejar constancia de las rompientes en aquella zona.

Una vez que se supera la altura de la Torre, siguiendo siempre el sendero que serpentea las rompientes, aparece el entrante donde hace casi 30 años el Mar Egeo se alojó sin pedir permiso, produciendo uno de los mayores desastres marítimos que hasta entonces habían perjudicado a nuestras costas, tras el encallamiento del Urquiola a finales de los años 70 del siglo pasado. Desde allí comenzamos ya a ver a lo lejos la punta donde está ubicada la Caracola, y continuando al borde del mar llegamos al lado opuesto, desde donde la imagen de la Torre de Hercules se deja ver sobre las rompientes.

Dejando atrás la Caracola y antes de enfilar hacia San Amaro, pasamos junto a esos cubos que hace ya muchos años alguien decidió instalar en ese promontorio, no sé si para que fueran utilizados como observatorio de aves o como refugio temporal de caminantes a los que les sorprende la lluvia durante el recorrido. Hace unos años en uno de mis recorridos encontré allí a un gaiteiro que interpretaba el himno del antiguo reino de Galicia. Hoy, junto a los cubos y mirando al océano hay unos bancos en los que el caminante puede deleitarse con la vista de la inmensidad del mar.

El camino prosigue, siempre sobre las rocas, y comienza a verse a lo lejos el campo de los Menhires, llegando a los cuales, si volvemos la vista atrás, nos encontramos otra vez con las olas rompiendo de forma abrupta contra la costa. Y siempre continuando al frente nos tropezamos con el cementerio Arabe, en el que después de años de cierta desidia en su cuidado, en las últimas semanas han hecho una amplia limpieza de las malas hierbas que lo poblaban, y están actualmente instalando nuevas plantas que le cambian, por supuesto para bien, la imagen interna. Es algo que hay que agradecer al gobierno local. Un poco más adelante está la que algunos denominan playa de los moros (imagino que por su cercanía al cementerio árabe), y en la que en los meses de verano algunos privilegiados, entre los que me incluyo, podemos disfrutar del mar y del sol como Dios nos trajo al mundo. Es una playa pequeña, pero dotada de las características que habitualmente se exigen a aquellas adornadas con bandera azul.

Un poco más adelante, antes de llegar a la playa de San Amaro, nos topamos al borde del camino con la Sirena, desde donde se divisa ya el dique de abrigo. Por cierto que hoy había un grupo de escolares que jugaban (imagino que en su rato de descanso entre clase y clase) sobre la arena, mientras los embates del mar hacían que las olas superasen y desbordasen el pequeño muelle anexo a las instalaciones del Club del mar San Amaro.

Volviendo a la senda del paseo, comenzaron a verse hoy numerosos turistas que pronosticaban la presencia en puerto de algún crucero. Pese a estar una mañana muy gris, amenazando agua, los visitantes recorrían el tramo que discurre entre el puerto y la Torre de Hércules. Hace un par de semanas, en otro paseo similar al de esta mañana, encontré por la misma zona a multitud de turistas extranjeros, algunos de los cuales circulaban en bicicleta (todas ellas iguales, imagino que proporcionadas por el propio crucero), y otro grupo en el mismo sentido, pero con patinetes eléctricos. En ambos casos me hicieron recordar el viaje que este verano hicimos por los fiordos noruegos, entre Bergen y Kirkenes, pasando por Cabo Norte, y lo grato que es pasearse por esas ciudades en las que se cuida el turismo, se facilita la estancia de los visitantes, y con ello se consigue la proyección de la ciudad en el exterior. Mi felicitación a los responsables municipales de turismo.

A lo largo del tramo del paseo marítimo que discurre entre el cementerio y el dique de abrigo, además de los turistas se podía ver hoy a algunos pescadores que, animados por el fuerte oleaje, trataban de sacarle al mar alguna lubina despistada. Me resultó también sorprendente el ver a un velero que, desafiando el fuerte oleaje, se disponía a abandonar el puerto dirigiéndose hacia alta mar, mientras unos turistas fotografiaban la escena.

Ya llegados al dique, y pasando el Castillo de San Antón, la afluencia de turistas era más numerosa por la proximidad del barco que, sin ser el de mayor tamaño de los que nos han visitado era lo suficientemente grande para poblar la ciudad de visitantes. Imagino que esa gente que llega a la ciudad valorará de forma muy positiva el hecho de desembarcar en el centro de la urbe, sin tener que estar obligada a importantes desplazamientos para visitar lo más significativo de A Coruña.

Outono Gastronómico 2022

Al igual que en los dos últimos años, también en este 2022 quisimos apuntarnos al Outono Gastronómico, seleccionando en esta ocasión como destino la zona de A Rua y aledaños, y como alojamiento la Casa Rural Pacio do Sil, en las proximidades de A Rua. Y las fechas seleccionadas fueron las del finde del 24-25 de septiembre, condicionado principalmente por la dificultad de encontrar una casa que nos permitiera solo una noche y que además tuviese capacidad suficiente para alojar a los asistentes habituales de los años 20 y 21.

Pese a todo, la proximidad de las fechas y las numerosas ocupaciones de algunos de los que en esos otros años habían asistido, limitaron a 5 el número de parejas que nos apuntamos al plan.

El programa fue concienzudamente preparado por Ipi, teniendo como punto principal la visita al Santuario de As Ermidas, a realizar el domingo 25, pero que en la jornada previa del sábado tenía ya otros destinos que quedaban de camino.

De ese modo, el sábado 24 nos pusimos en marcha a las 9 de la mañana en 3 vehículos, ocupado uno de ellos por Armando y Pila, un segundo conducido por Jose y llevando como acompañantes a María, Rafa y Elena, y el tercero conducido por Fernando a quien acompañábamos Mayi, Ipi y yo. Con este sistema, evidentemente mientras unos conducían… otros viajaban como señorones…

Pero ya se sabe que en todo tiene que haber ricos y pobres….

El primero de los destinos fue Castro Caldelas, donde tras llegar hicimos una breve parada en un café del centro del pueblo, para degustar unos trozos de bica acompañando a los cafés de rigor. Y de inmediato nos dirigimos a la primera de las visitas, que no era otra que al Castillo que domina el pueblo, una fortaleza medieval que fue la mas importante de la Ribeira Sacra y tuvo un papel muy activo en los conflictos de la época, y en especial en la denominada Revuelta Irmandiña. En él recorrimos las diferentes estancias, en algunas de las cuales hay exposiciones temporales. Durante algo más de una hora pudimos fotografiar no solo el interior del propio castillo, sino también aprovechar su privilegiada situación para observar desde allí todo el entorno.

Tras la visita al castillo, nos dirigimos a la iglesia de Santa Isabel, en las proximidades, que tiene al lado el cementerio, y desde donde también hay unas excelentes vistas del valle situado junto a la localidad. El paseo por el pueblo fue muy relajante y agradable, pero como el programa de visitas era amplio, no tuvimos mucho tiempo para alargar la estancia, y hubimos de volver a los coches para continuar la marcha, con destino a Puebla de Trives.

Llegados a Trives y tras buscar aparcamiento, hicimos un corto recorrido por el pueblo, que realmente no tiene mucho que ver, al margen de la torre del reloj, y la plaza del Grifo, donde los peregrinos que viajaban hacia Compostela hacían un alto para refrescarse. Allí teníamos hecha la reserva para la comida. El restaurante elegido era La Viuda, recomendado por una amiga de Ipi, donde nos atendieron estupendamente y pudimos degustar algunas especialidades de la zona y de la casa. Resultó una comida agradable. Al terminar, de camino hacia los coches hicimos una parada en una confitería-café próxima, para adquirir las características Bicas de Trives.

Desde Trives nos dirigimos hasta una zona próxima, los Castiñeiros de Pumbariños, una serie de enormes castiñeiros, entre los cuales hay uno que destaca sobre los demás por su envergadura, lo que da idea de su antigüedad. Alli aprovechamos para hacer las fotos de grupo, y por parejas, para el archivo particular de cada uno y para enviar a la familia,

La siguiente parada, de camino hacia nuestro alojamiento, la hicimos en Ponte Bibei, un puente romano situado junto a la antigua calzada también romana donde además pudimos observar un par de miliarios de la época. Fue un alto en el camino para hacer algunas fotos.

Y ya desde allí, ruta directa hasta la casa rural, a donde llegamos poco después de las 7 de la tarde. Apenas tuvimos tiempo de dejar los equipajes en las habitaciones, porque nos recomendaron acercarnos al lago próximo, que viene a ser la cola del embalse, desde donde pudimos contemplar una excelente puesta de sol y tomas espléndidas fotografías del momento, a la vez que dar un pequeño paseo por el entorno del lago.

De todas formas, en poco mas de una hora regresamos a la casa Pacio do Sil con la idea de tomarnos una cerveza previa a la cena. Pudimos hacerlo, pero aprovechando las últimas existencias que tenían disponibles porque, al parecer, este era el primer fin de semana que la casa estaba abierta tras la pandemia y no se habían molestado en acopiar más que lo imprescindible para preparar la cena y el desayuno. El propietario nos argumentó que los precios que la Xunta había fijado para las actividades del Outono Gastronómico apenas cubrían sus gastos, lo que nos pareció poco adecuado, ya que entendimos que si no era atractivo para ellos, lo que deberían hacer es no adherirse al programa, pero no venía a cuento tratar de justificarse ante nosotros por sus carencias.

En cualquier caso, pasamos a la cena, que no fue gran cosa. Ninguno de los dos menús ofertados estuvo a la altura de las expectativas (que ya no eran muchas). Cabe señalar la buena voluntad y el interés de la hija de los propietarios por atendernos bien, pero desde luego sin ninguna duda este ha sido el peor de los tres Outonos que hemos disfrutado, y desde luego si para el próximo año el programa continua y decidimos acudir, deberemos estudiar y valorar con más cuidado la casa rural en la que alojarnos. El desayuno de la mañana siguiente no mejoró la cena.

Ya abandonada la casa el domingo 25, habíamos concertado con un guía -José- la visita al santuario de As Ermidas, para lo cual acordamos encontrarnos con él en la carretera de acceso al santuario. Es una empinada y estrecha carretera que va recorriendo las estaciones del vía crucis hasta llegar a la base de la iglesia. Nuestro guía nos explicó con todo lujo de detalles todo lo relativo a la construcción y orígenes del santuario, inicialmente desde el exterior y más tarde desde el propio interior del mismo, accediendo a todas las dependencias. La visita duró un par de horas que a alguno se le hicieron largas aunque a la mayoría les resultó de gran interés.

Si bien cuando iniciamos la visita prácticamente éramos los únicos visitantes, a lo largo de la mañana la afluencia de fieles o turistas fue en aumento y cuando terminamos había ya bastante gente. Nos explicó José que el próximo fin de semana aquello estará abarrotado ya que coincide con la celebración anual del santuario.

Saliendo ya de As Ermidas hicimos una parada en los aledaños, para ver un molino de agua próximo, y ya desde allí tomamos rumbo directo hacia nuestro último destino del fin de semana, que era el Pazo do Castro, en Barco de Valdeorras, lugar elegido para la comida final de nuestro periplo por las tierras de Valdeorras.

Como quiera que llegamos con algo menos de media hora de antelación al horario fijado, y habida cuenta de que estaba un día espléndido, decidimos solazarnos en la terraza exterior del Pazo mientras nos tomábamos unas cervezas como aperitivo previo.

El Pazo do Castro es una antigua propiedad rehabilitada años atrás y acondicionada como hotel, con una serie de habitaciones en la edificación principal que han sido ampliadas construyendo otras en edificaciones anexas (antiguas caballerizas). Hoy el Pazo está dedicado a la celebración de eventos y es el principal alojamiento de la zona, así como el de mayor nivel de Valdeorras. La comida resultó francamente bien, con lo cual nos dejó un excelente regusto gastronómico del Outono 2022. Y al final de la comida en el interior del restaurante, optamos por salir a tomar el café en la terraza donde ya previamente habíamos disfrutado del aperitivo.

Y ya luego dimos por terminadas las jornadas de Outono Gastronómico por este años y todos los asistentes nos despedimos para el regreso a casa, felicitándonos mutuamente por el buen fin de semana disfrutado y la exitosa organización de Ipi.

Por Tierras de Castilla

Hace muchos años que este viaje por las tierras de Castilla estaba esperando al momento adecuado para llevarlo a cabo. Y se debe a que el que fue mi suegro, Jesus Conceiro Ruiz, fallecido en julio de 2009, siempre quiso que sus restos reposaran en la tierra de donde era natural y que tanto le gustaba. Aunque nacido en Amusco, provincia de Palencia, añoraba toda Castilla, y sus amplias llanuras.

Ipi en Urueña, Octubre de 2019

Durante muchos años sus cenizas estuvieron esperando el momento adecuado ya que en vida de Pilar, la que fue su esposa, se mantuvieron inicialmente depositadas en el camposanto de Riveira. Pero Ipi, que se convirtió en la depositaria de su legado mental asumió que, tras la muerte de su madre, había que cumplir con los deseos de Jesus y llevar sus restos a las tierras castellanas. Y para ello Ipi eligió como destino Urueña, la llamada ciudad del libro, que su padre, buen amante de la lectura, había conocido en sus recorridos por aquellas tierras. La elección de ese destino la tomó Ipi en un viaje que nosotros realizamos allí en octubre de 2019, regresando de Almería. De modo que tras aquel paso nuestro por esa localidad, comunicó a sus hermanas y sobrinos que Urueña sería el lugar donde reposarían las cenizas de Jesus. A partir de ahí se encargó de preparar el viaje, fijar las fechas y hacer las reservas de alojamiento. Pero poco despùés llegó la pandemia, las restricciones de viajar, y las sucesivas olas de Covid que durante más de dos años impidieron la realización del proyecto hasta ahora.

Llegado el momento, el sábado 17 de septiembre tomamos rumbo a Castilla, teniendo como destino inicial la localidad de Villagarcía de Campos, para visitar la Colegiata, a la que allí conocen como El Escorial de Campos por algunas similitudes con la obra encargada por Felipe II. Esta visita formaba parte de un amplio programa que Ipi preparó y que sobre la marcha hubo de modificar debido a las dificultades para conseguir el acceso a buena parte de las inicialmente previstas. En la Colegiata tuvimos una guía que demostró ser buena conocedora de toda la historia del lugar, y de las peripecias de la vida de Jeromín, hijo ilegítimo de Carlos V y por tanto hermano natural de Felipe II, a quien más tarde llamaron Juan de Austria. Este, (Jeromín) se había criado en aquel lugar bajo la protección de Magdalena de Ulloa y el prior del monasterio, Luis Quijada. La Colegiata tiene en efecto mucho que ver, y tuvimos ocasión de verificarlo en una prolongada visita durante esa mañana del sábado.

Por eso este año, una vez superados los inconvenientes, se reprogramó todo para llevar a cabo su idea en el fin de semana del 17 y 18 de septiembre. Por diversas circunstancias el número de asistentes al acto quedó reducido a dos de las hijas (Amalia e Ipi) junto a sus respectivas familias directas, es decir un total de 7 personas.

De paseo por Urueña

De Villagarcía de Campos marchamos a Urueña, donde teníamos encargada la comida en el Mesón que lleva el nombre de la localidad, en el que nos atendieron bien y comimos de forma aceptable, después de haber tomado un aperitivo con unos torreznos en la terraza de un bar local. Terminada la comida, una pequeña siesta en los bancos de la plaza, al aire libre, para retomar fuerzas de cara a las actividades previstas para la tarde.

Y la primera de esas actividades consistió en la visita al Museo de la Música, en el que pudimos ver más de 600 instrumentos musicales de muy diversas épocas y de todas partes del mundo, guiados por una locución que nos iba desgranando las particularidades de los instrumentos, situados en vitrinas, con el sonido de algunos de los previamente seleccionados. La visita resultó interesante, y al parecer los instrumentos allí expuestos son aproximadamente un 50 % de todos los que tiene el museo en sus fondos.

Completada la visita al museo, nos dirigimos a las almenas de la muralla de Urueña, desde donde las vistas de las llanuras castellanas son realmente impresionantes. Allí, tras un paseo relajado por la muralla, procedimos a leer algunos versos de autores castellanos y también un pequeño relato escrito por el propio Jesus. Fue el paso previo a depositar las cenizas en las tierras de Castilla como Jesús manifestó en vida y cuyo deseo sus hijas se encargaron de cumplir.

Abandonando Urueña, nos cruzamos en sus proximidades con la iglesia de la Anunciada, una preciosa joya románica que no pudimos ver por dentro, pero donde pudimos hacer unas fotos. Previamente al viaje Ipi había tratado de conseguir una visita al interior, pero resultó imposible porque se iba a celebrar una boda y no permitían el acceso. En el viaje anterior citado, del año 2019, Ipi y yo ya tuvimos la oportunidad de verla y admirar una serie de tallas que contiene.

Desde allí ya viajamos directamente a Valladolid, ya que habíamos reservado en un hotel que resultó estar en las afueras, en un polígono industrial. Tras una breve parada para dejar los equipajes, continuamos hacia el centro de la ciudad, en la que encontramos muchísima animación. Estaba muy buena temperatura y las terrazas estaban llenas de gente. Nos dio tiempo de dar un pequeño paseo por la zona antes de acceder al restaurante Parrillada de San Lorenzo, ubicada en los bajos de un convento que, en sus pisos superiores continua ocupada por las monjas. Allí pudimos degustar unas morcillas y un sabroso lechazo que nada tuvo que envidiar al que en un viaje anterior nos sirvieron en el Figón de Recoletos, que pasa por ser el de más fama de la plaza. Además, el marco es incomparable y la atención que nos dispensaron fue también excelente. Al final de la cena, como los jóvenes querían irse al hotel a descansar, decidimos quedarnos los cuatro mayores para dar un paseo por el centro de Valladolid y así bajar la cena para dormir mejor.

En la mañana del domingo, después de desayunar en el hotel, nos dividimos por una parte Ipi y yo con Chema y Hugo para visitar a la familia en Laguna de Duero, mientras Fernando, Mayi y Héctor se quedaron paseando por Valladolid. Y tal como habíamos acordado, nos reunimos de nuevo en Wamba, para una visita a la iglesia de Santa Maria, donde además del templo, francamente hermoso, hay un osario enorme que causa verdadera impresión. Se trató de una visita guiada, con lo cual conocimos con gran lujo de detalles las particularidades de la iglesia y del osario ubicado en un lateral de la misma, a resultas de un monasterio que allí estuvo ubicado en otros tiempos.

Antes de abandonar el pueblo nos tomamos un aperitivo en el bar, al que estábamos invitados por Marta, la mujer de Paco, un primo del padre de Hugo y Chema, que resultó ser la secretaria de ese mismo ayuntamiento, aunque ella no nos acompañó en esa ocasión.

Y ya terminado el aperitivo, de nuevo a los coches para dirigirnos a Villanubla, el pueblo donde está situado el aeropuerto vallisoletano, para comer en un restaurante próximo, desde donde tras la comida acompañamos a Chema al citado aeropuerto, puesto que él había llegado a Valladolid por vía aérea desde Barcelona, y tenía su vuelo de regreso a media tarde. Nosotros terminamos en ese momento nuestra estancia en tierras castellanas para regresar a A Coruña, a donde arribamos cerca de las 9 de la tarde.

Resultó un excelente fin de semana, tanto por el tiempo como por el contenido, y especialmente porque se consiguió el objetivo inicial del programa, que no era otro que dejar en los paramos de Castilla los restos de Jesus Conceiro, el padre de Julieta, Amalia e Ipi.

Diario de navegación 2 – Islas Lofoten a Kirkenes

A medida que hemos ido subiendo hacia el norte, las noches se han acortado de forma considerable, de tal forma que el 5º día amaneció a las 4 de la mañana, pero cuando el día anterior me fui a la cama, a las 1,36 h. Había mucha claridad. Durante la noche, el barco hizo varias paradas, todas ellas de mínima duración. Así paró en Stokmarknes, luego en Sortland, mas tarde en Risoyhamn y ya de mañana, mientras nos preparábamos para ir a desayunar, en Harstad, por cierto una bonita ciudad vista desde la ventana del camarote.

Desayunamos estupendamente, como siempre, y allí nos encontramos con nuestros vecinos de mesa de la cena. Y como no había previsión de salida hasta mediodía, nos dedicamos a una mañana de relax total en la cubierta 5, en la popa del barco, disfrutando del sol con el que nos regaló la costa noruega.

La verdad es que teníamos necesidad de un día de sol, después de tanta lluvia, tanto día nublado e incluso frío en algunos momentos, puesto que con el barco en movimiento, si te dedicas a hacer fotos en el exterior, se nota el fresco. Pero la mañana fue espléndida, con unos paisajes a los lados dignos de ser fotografiados, lo que hicimos de forma generosa.

Durante el trayecto hubo una parada de media hora en Finnsness, una ciudad pequeña pero que parecía bonita, de la que pudimos hacer varias fotos desde la cubierta. Como la parada era algo más prolongada de lo habitual en estas que son cortas, hubo algún viajero que se bajó del barco a estirar las piernas junto al Nordkapp en el mismo muelle.

Tras esa mañana tranquila en la cubierta del barco, la hora de la comida la adelantamos un poco sobre nuestros gustos habituales, puesto que la salida para visitar Tromso estaba programada para poco después de las 2 de la tarde. Tuvimos todavía tiempo de un pequeño descanso en la cabina antes de la salida, y además esta finalmente se retrasó ya que, por alguna razón que no nos explicaron, el barco no atracó en su zona habitual, que está en el mismo centro de Tromso, sino en un muelle bastante mas alejado, con lo que aparte de salir mas tarde de lo previsto, la lejanía al centro complicaba el tiempo disponible.

Como quiera que hubo protestas por parte de quienes abandonaban ya el barco con sus equipajes, al final la compañía puso unos buses a disposición de todos los que salimos, que nos llevaron hasta la estación de autobuses en el centro. Lo malo era que el regreso cada uno se lo buscaba por su cuenta si quería aprovechar al máximo el tiempo, o bien regresaba al barco en el último bus programado a tal fin, que era a las 6 de la tarde.

Como resultado de todo ello, la visita al final solo nos permitió ir a un pequeño recorrido por el centro, mientras buscábamos el bus que nos llevase a la catedral Ártica, que es un moderno edificio situado al otro lado del mar. Y ya decididos a ir allí, nos animamos a cumplir los deseos de Ipi y del otro compañero de mesa, que habían manifestado interés en subir en el teleférico que nos llevó a lo alto, frente a la ciudad, y desde el cual había unas impresionantes vistas no solo de la ciudad sino tambien de todos sus alrededores. Por cierto, desde allí pudimos ver que también Tromso cuenta con un impresionante trampolín de saltos de esquí.

El regreso al barco lo hicimos en bus, el número 42, y de camino a la parada nos fuimos topando con otros viajeros que habían tomado idéntica decisión a la nuestra, con lo que llegamos en grupo al barco. La mala noticia del día es que Ipi se dejó olvidado en el bus el anorak color naranja, de Uniclo, que yo le traje de N. York hace ya varios años y que apenas había usado en A Coruña.

A las 7 de la tarde el Nordkapp se puso de nuevo en marcha hacia la siguiente parada prevista, que era la de Skejervoy, la última de esa jornada de navegación.

Poco después de reiniciar la marcha el barco, nos fuimos a cenar. Pero ese día no funcionó la cosa como habitualmente, porque con los cambios en la hora de las salidas, se retrasaron las horas de las cenas y en lugar de ir a la mesa preestablecida nos mandaron a otra, solos, sin nuestros compañeros habituales. Nos sorprendió la variación del menú, porque apareció una bandeja llena de marisco (cigalas, buey y cangrejo, del que es habitual por estas aguas). Lo cogimos para probar, pero a Ipi no le gustó nada y a mi no me entusiasmó. Parecía como que era marisco sobrante de alguna comida y ahora descongelado. En cuanto al cangrejo, no me supo a nada. Quizás lo mejor era el buey. El resto de la cena tampoco tuvo nada especial, ya que como plato fuerte había bacalao y ya lo comimos a mediodía, por lo que apañamos la cena con algo de jamón, salmón y bacalao marinado, y un poco de ceviche, que eso sí era novedad.

Para después de la cena estaba programada una sesión musical, con cantos regionales, así que del comedor fuimos directamente al salón de proa de la planta 7 para coger sitio. Al poco rato llego quien parecía que iba a ser el presentador, y resultó ser uno de los encargados de atención a los pasajeros que en lugar de venir a presentar a unos artistas vino a explicar que la actuación musical iba a ser una Playlist, con canciones de tres grupos que tuvieron su origen en Tromso, (de ahí lo de músicas regionales). Pero además, para colmo, de la prevista lista solo se pusieron un par de temas y luego se suspendió, sin muchas explicaciones. En definitiva, un desastre, que añadido a los problemas con el desembarco y consiguientes retrasos, hicieron que lo que después de la estupenda mañana parecía un día fantástico, se truncara.

Pero como bien está lo que bien acaba, lo bueno vino al final de la jornada, porque siguió haciendo sol y como nos estábamos ya aproximando a Cabo Norte, en esa jornada sí que se pudo disfrutar del sol de medianoche. Estuvimos Ipi y yo hasta después de la una de la madrugada, haciendo fotos y vídeos, y conectando con nuestros hijos, hermanos y amigos, para hacerlos partícipes en directo del evento, que no sabíamos si podría repetirse en Cabo Norte, porque todo depende de si hace sol o hay nubes de incluso si llueve. En la secuencia de fotos anterior, se puede ver la posición del sol en el horizonte entre las 23,20 horas del día 29 y las 01.00 h. del día 30, pasando por las 0,02 h. del mismo día 30, sin que el sol llegase a ocultarse. Es lo que conocemos por Sol de Medianoche, que únicamente puede observarse en determinadas épocas del año, y siempre por encima del Circulo Polar Artico. Tuvimos la suerte de que precisamente ese día el cielo estuviese despejado y así poder observar el fenómeno.

Con todo ello, nos fuimos a la cama pasadas la una y media, dejando ya las cubiertas libres de pasajeros.

El sábado día 30 amaneció bien, con un día claro aunque no tanto como el día anterior. Sin embargo, las expectativas seguían siendo buenas de carga a la jornada que nos esperaba. Durante la noche el barco había hecho paradas en Oksfjiord, en Hammefest, y en Havoysund antes de la parada que nos interesaba, que era la de Honningsvag, prevista para cerca de las 11 de la mañana.

Después del desayuno me dediqué a pasear por las cubiertas del barco fotografiando todo lo que merecía interés. Aunque no había prácticamente viviendas, solo alguna que otra dispersa, el paisaje era llamativo por las montañas y acantilados que se iban viendo a uno y otro lado del barco e incluso desde la proa las vistas eran espectaculares.

Al llegar a Honningsvag prácticamente todos los viajeros salieron para asistir a una de las dos excursiones previstas, que eran la que nosotros cogimos, dirigiéndose a Nordkapp, y otra que se dirigía a avistar pájaros. Coincidimos en el puerto con dos grandes cruceros.

El recorrido hasta Nordkapp se hizo en bus, en algo menos de 45 minutos, y llegados arriba nos dejaron libertad para durante casi hora y media dedicarnos a fotografiar todo aquello y disfrutar de las preciosas vistas, sabiendo además que estábamos en lo que teóricamente es el punto más septentrional de Europa.

La verdad es que, junto con el deseo de observar el sol de medianoche, llegar a Nordkapp era una de mis metas pendientes desde el anterior viaje. Y además de poder llegar, lo importante era conseguir hacerlo en un día claro, para poder inmortalizarlo adecuadamente. Había mucha gente allí, la mayor parte como nosotros, llegados en bus desde los cruceros atracados en el puerto, pero me llamó especialmente la atención el ver multitud de autocaravanas de gente que también se acercaba hasta aquel punto y que incluso acampaban en la zona.

Está claro que es y ha sido siempre un punto de atracción de turistas de todas partes del mundo. Y que en esta época del año, aprovechan el mejor tiempo para acercarse hasta allí.

Terminado el tiempo que nos dieron de libertad allí, volvimos al bus y regresamos a puerto. La comida se había sustituido en este día por un brunch, ya que el tiempo habitual del desayuno se había ampliado hasta la hora de salida de las excursiones. Por esa razón, una vez de vuelta en el barco, decidimos ir hasta la cafetería a tomar algo. Ipi y yo nos pedimos una pizza y un trozo de pastel, similar al que habíamos estado buscando en Bergen.

Ya por la tarde, se hicieron paradas cortas en Kjiollerfjiord y Mehamn, y el  tiempo se fue oscureciendo y llenando de niebla, con lo cual la visibilidad fue decreciendo y tenía poco aliciente seguir haciendo fotos, de forma que nos dedicamos a leer en los sillones situados en los laterales. Hubo un rato que nos cruzamos con una embarcación que dijeron que pertenecía a algún miembro de la casa real noruega, por el pabellón que exhibía. Más tarde avisaron de que como entrábamos en un tramo de recorrido en mar abierto, era posible que se avistaran ballenas. Aunque fuimos atentos durante bastante rato, la verdad es que no se vió ninguna ballena. Sin embargo, si que tuvimos la ocasión de ver a otro barco de la empresa Hurtigruten con el que nos cruzamos. Era el Nordlys.

Y así poco a poco llegó la hora de la cena, que sería nuestra última cena en el barco, ya que nos habían pasado instrucciones de la hora prevista de desembarco en Kirkenes, sobre las 9 de la mañana siguiente, aunque pedían que se dejasen libres los camarotes a las 8 de la mañana. También pidieron que dejásemos las maletas listas antes de las 0 horas, para que el personal del barco se ocupase de bajarlas por la mañana. En este día hubo una última parada corta en Berlevag.

Por tanto, hechos los deberes nos fuimos a dormir algo antes que otros días, ya sin maletas y pensando que a la mañana siguiente habría que madrugar algo más.

Hemos de reconocer, y así lo comentamos Ipi y yo y también con la gente con la que teníamos más contacto en el barco, que después de un comienzo francamente lluvioso, esto últimos días nos dejaron un buen sabor de boca y además han sido los días en que pudimos disfrutar de varias de las cosas que, al menos para mí, eran objetivos principales en este  viaje.

El domingo día 31 amaneció un día horrible, continuación de una noche similar, en la que el cielo estaba totalmente encapotado y la visibilidad era muy escasa. Además, tal vez por habernos acostado antes o por ser la última noche, dormimos peor. Yo me desperté varias veces durante la noche e Ipi también. Ella se quejaba de que el barco se había movido mucho, aunque yo no tuve esa impresión.

El desayuno lo hicimos poco antes de las 8, y sí es cierto que a esa hora había algo mas de movimiento. De hecho Ipi tuvo una sensación de comienzo de mareo y para evitar tomarse una pastilla, que dice que la adormilan un poco, se sentó en la mesa del restaurante y me pidió que yo le acercase el desayuno para evitar moverse. Fue ya nuestra ultima asistencia al restaurante, porque a las 9 estábamos reunidos junto a la puerta de desembarco. Antes de eso el barco había hecho una última corta parada en Vardok. Y llegados a puerto, un último vistazo al Nordkapp, que nos alojó durante una semana, y en el que pasamos momentos inolvidables.

Ya en tierra habilitaron unos buses para trasladar al pasaje a los hoteles (para quienes como nosotros nos quedábamos en Kirkenes) o al aeropuerto, para la mayoría, que desde el barco se iban directamente a volar de regreso a casa o a continuar vacaciones en otros puntos, como era el caso de alguno de los españoles que conocimos en la travesía.

Una vez que el bus nos dejó en la puerta del Scandic Hotel, donde yo había reservado para una noche, y como todavía no estaba disponible la habitación, nos quedamos en el hall del hotel esperando para hacer el check-in. Estuvimos esperando algo más de una hora, porque tampoco había muchas cosas que hacer en Kirkenes, que es una ciudad con muy poca actividad y menos en domingo.

Después de analizar lo que se podía hacer y tras descartar la primera opción, que era una visita a lo que fueron refugios durante la guerra (nos dijeron que esta temporalmente cerrado), en el hotel nos sugirieron la visita a un museo, así que nos fuimos allí para matar el tiempo, a la vez que tratábamos de conseguir una reserva para la tarde en el Snowhotel, situado a 10 kms del centro. El museo resultó ser muy poco atractivo. Tal vez para los habitantes de Kirkenes tenga algo de interés ya que trata sobre cuestiones de la última guerra, de las relaciones entre los noruegos, finlandeses y rusos (en un radio de 15 kms están las fronteras y pueblos limítrofes de esos dos países), y de algunos aspectos sobre la vida de la ciudad, pero que para turistas foráneos como nosotros no resulta atractivo. En la cafetería del museo nos tomamos un café con una tarta de esas que Ipi quería probar, para engañar al estómago, pensando ya en dejar sitio para la cena que, finalmente conseguimos reservar en el hotel de hielo.

Después de descansar un rato en la habitación, sobre las 5 de la tarde nos desplazamos en taxi al Snowhotel. Hay que señalar que si bien a la mañana nos estábamos arrepintiendo de haber quedado en Kirkenes todo un día, la visita al hotel de hielo dejó mas que justificada la estancia en esta ciudad.

El hotel forma parte de un complejo que tiene unos 150 perros de raza Husky para tirar de trineos, un cercado con 3 renos, y 20 cabañas de hotel, además de otras 12 habitaciones en el hotel de hielo. La visita que hicimos se componía de las explicaciones de todo el complejo, el recorrido por todas las instalaciones y una excelente cena final en el restaurante del complejo.

Tuvimos ocasión de recorrer con calma el interior del hotel de hielo, donde pudimos contemplar cantidad de figuras espléndidamente diseñadas, además de todo lo representativo de una instalación hotelera, como la recepción, el bar, un salón con chimenea, e incluso el trineo de papá Noel, con sus renos.

Una auténtica maravilla, que mantienen todo el año, ya que al parecer hasta hace tres años se destruía al llegar la primavera y volvía a construirse en octubre. Ahora han logrado la forma de mantenerlo activo todo el año, con una temperatura interior de -4 grados. Se puede dormir en el interior, utilizando unos sacos de dormir de los que están diseñados para resistir temperaturas de menos 30 grados.

La cena fue excelente. Nos pusieron como entrante una ensalada de cangrejo real (el marisco del que presumen por toda Noruega), luego un entrecot de reno que estaba delicioso, y como final una tarta con frutos del bosque, también muy buena.

Fue el broche de oro para una jornada que en principio estimábamos casi perdida, pero que al final vino a dejar el mejor sabor de boca para todo el viaje, ya que justamente los últimos tres días del mismo han sido los mejores y mas impresionantes.

Diario de navegación 1 – Bergen a Islas Lofoten

El lunes 25 de julio, tras los trámites de facturación en la terminal Hurtigruten de Bergen, y después de las explicaciones iniciales sobre lo que sería el viaje, nos incorporamos al barco, que en nuestro caso fue el Nordkapp, en la cabina 364, que sin ser una suite, resultó cubrir holgadamente las necesidades para estar cómodos durante la travesía. Después de instalar nuestras cosas, salimos a realizar un primer contacto con el navío, de cara a conocer las ubicaciones de restaurante, cafetería, salas de estar durante el trayecto, etc. Y en torno a las 9 de la tarde, zarpamos de Bergen para comenzar nuestra navegación.

Lo primero que se hizo a bordo, fue una pequeña ceremonia de bienvenida en la cubierta exterior de la planta 7, donde nos ofrecieron unas copas de champán. Aunque la tarde-noche estaba lluviosa, no quisimos perder la celebración, antes de ir al comedor para la cena. Por cierto, para las cenas nos asignaron a todos los pasajeros una mesa determinada, mientras que en los desayunos y comidas te colocabas donde estuviese libre, o al menos eso fue lo indicado. Pero luego hemos visto que a la entrada al comedor en desayunos y cenas había casi siempre alguien de la tripulación que te ubicaba en función de la disponibilidad. Hay que señalar que si bien los horarios de desayuno (7 a 10 de la mañana) y comida (12 a 2) eran abiertos, para las cenas además de asignar mesa, nos asignaron también turnos (18, 19 y 20 horas) y en nuestro caso estuvimos en la mesa 18 (para 6 personas) y en el turno de las 20 horas. Pero esa primera cena era del libre ubicación, así que sobre las 8 nos buscamos la vida y nos fuimos a cenar.

Después de la cena, continuamos con nuestro paseo por las dependencias del barco, para completar el conocimiento de cada zona y al final a dormir, ya con el barco en marcha. A Ipi cada movimiento un poco extraño casi le producía temor, y tardó en dormirse. Así terminó nuestro día final en Bergen y de entrada al barco.

La primera noche en el barco fue de adaptación, tanto a la luz exterior (solo hay una cortina para cerrar la ventana), como al ruido de los motores y al movimiento. Yo no dormí demasiado e Ipi se despertó varias veces, un tanto intranquila con el movimiento. De todas formas, la noche se pasó bien y nos levantamos preparados para afrontar la jornada.

Durante el recorrido nocturno, el barco hace pequeñas paradas en Floro, Maloy, y ya de mañana en Torvik a primera hora.

Acudimos a desayunar sobre las 8,30 y nos dimos cuenta que para días sucesivos era preferible ir mas temprano, por la gran afluencia que había esa mañana. Tras el desayuno, fuimos viendo, en cubiertas exteriores o interiores, el recorrido que nos llevó primero hasta Alesund, una ciudad pequeña donde solo hace una corta parada, y continua luego hasta el final del fiordo de Geiranger, donde tampoco para apenas, si bien lo hace para que descienda el pasaje local y para quienes, como nosotros, se apuntaron a la excursión, puesto que para ese día teníamos reservada la primera salida que consistía en bajar del barco allí.

Una vez en el bus, hicimos un recorrido por el interior de la costa hasta Molde, visitando varios miradores sobre el fiordo, además de las cascadas de la carretera de los Trolls, lo que implicó además un par de transbordos mediante ferrys y con algunas paradas para visitas. Lo malo fue que a causa del mal tiempo (llovía a cántaros en algunos momentos), la visibilidad era muy mala y reducida y apenas si pudimos disfrutar de los hermosos paisajes que se podrían ver bajo otras circunstancias.

El recorrido llevaba aparejado una especie de merienda a media tarde así como una cena en Molde, justo antes de volver a embarcar en esa localidad. El guía se ganó su sueldo y fue muy comunicativo y ameno en sus explicaciones, que como eran en inglés nos dejaron semi-informados.

Ya de vuelta en el barco, estuvimos un rato en el salón de la cubierta 7, que por cierto está siempre abarrotado porque tiene unos comodísimos sillones en los que la gente se instala y no los suelta más que para ir a comer o a dormir. Pero si bien eso ocurre con los de primera fila, hay muchos sillones y butacas desde los que también hay buena visión exterior. Y eso además de otras muchas zonas interiores, tanto en la cubierta 7 como en la 4, donde está el comedor, el bar, la zona de tiendas y conferencias, etc. Pero aparte de eso, tanto en la parte trasera de la cubierta 7, como en la 6 hay cantidad de sillas y sillones para observar todo el paisaje de la navegación, que se realiza entre fiordos, muy cerca de la costa en casi todos los casos, por lo que resulta muy agradable la estancia, que te permite leer, hacer fotos, o simplemente relajarte viendo el paisaje. En la cubierta 5 hay una zona exterior que rodea todo el barco por fuera de los camarotes desde la que se puede fotografiar con comodidad, tanto por babor como por estribor, proa o popa, con total libertad.

Y de regreso al camarote, antes de ponernos a dormir, una peli de Netflix en la tablet, con lo que completamos nuestra primera jornada de navegación.

Durante la segunda noche de navegación, el barco para brevemente en Kristiansund, y ya habituados a los ruidos, a la luz y demás movimientos del barco, hemos podido dormir más y mejor.

Acudimos a desayunar más temprano, en parte para evitar esperas y en parte también porque en esta fecha había prevista una parada de 3 horas en Trondheim, una bonita ciudad que valía la pena visitar. Hurtigruten organiza en casi todas las paradas largas, diferentes tipos de excursiones para dar alternativas de todos los tipos a los viajeros. En esta ocasión, para la ciudad había una visita a pié, guiada, otra en bici, y otra que se suspendió, para ver la catedral con detalle. Nosotros, con la información previamente recopilada por Ipi desde Coruña, fuimos a hacer la visita por nuestra cuenta. Y nos resultó muy bien, muy tranquila y sobre todo con la libertad de ir a donde nos parecía mas interesante.

Visitamos la catedral, sin entrar en ella, recorrimos las principales calles y barrios de más interés, nos hicimos fotos en todos los lugares que nos apeteció y regresamos al barco al tiempo que las otras excursiones, justo para la hora de la comida. Una de las particularidades que encontré en Trondheim fue un enorme cementerio abierto, en el entorno de la catedral, con lápidas conmemorativas de los allí enterrados, supongo que en su mayoría cenizas, por lo que ocupaban. Aunque en principio me pareció que los enterramientos eran todos ellos antiguos, del siglo pasado, al final Ipi descubrió que había algunos modernos, de menos de una década, por lo que nos resultó algo extraño. Junto a la catedral estaban montando un escenario y estaba acordonada toda una gran zona porque en un par de días comienza un festival musical llamado Olavfest, con la actuación de numerosos grupos musicales.

Al regreso de la visita a la ciudad, fuimos directamente al comedor. La comida es francamente buena. El restaurante se llama Torget, y tiene el sobrenombre de “cocina noruega de la costa”. Cada día en el menú, tanto de la comida como en las cenas, hay platos específicos de la zona por la que el barco va navegando, y lo cierto es que todo nos está gustando, además de que se ve que es cocina cuidada. También todo el personal del barco y del restaurante en particular es sumamente amable. Como Ipi no toma vino, y además los precios del vino son exageradamente altos (una botella de cualquier vino, de lo mas sencillo, está entre 65 y 120 euros), yo me tomo en cada comida y cena una cerveza, que también se paga a precios que nosotros en España consideraríamos abusivos (entre 12 y 16 euros una cerveza normalita).

La tarde la pasamos en diferentes cubiertas del barco, haciendo fotos, leyendo, o simplemente viendo el paisaje. En algún momento salimos a la cubierta exterior para tomar mejores fotos, aunque desde la buena posición que conseguimos en la proa de la cubierta 7 también podíamos tomar imágenes de calidad.

Durante la tarde no hubo paradas y por vez primera acudimos a la cena, en la mesa que tenemos asignada. Allí coincidimos con otra pareja española, de Madrid en este caso, que habían programado el viaje hace un par de años y tuvieron que anular y por fin en esta ocasión pueden llevarlo a cabo. La cena se sirve a la carta (a elegir los platos entre un menú previamente establecido), y estuvo bien. Lo negativo en este caso fue que Ipi se mareó un poco cuando nos levantamos de nuestros asientos en la cubierta para ir al comedor. Aunque se tomó inmediatamente la pastilla, tardó en hacerle efecto y estuvo menos comunicativa de lo normal durante la cena. Supimos que nuestros compañeros de mesa se llaman Nieves y Luis Pedro y son agradables. Ellos tienen previstas varias excursiones diferentes a las nuestras, porque ya ayer dejamos reservada la segunda, y en principio última que pensamos hacer, que será la de Cabo Norte.

Después de la cena, como Ipi estaba todavía renqueante de su mareo, nos fuimos directamente a la cabina y ella se puso a dormir enseguida, mientras yo aprovechaba para escribir sobre los primeros días del viaje. En la última parte de la tarde, nos cruzamos navegando con otro de los barcos de la compañía, el Trollfjiord, que viajaba de regreso hacia Bergen. Como cada día sale uno diferente en la ruta norte (Bergen-Kirkenes), lo normal es que diariamente nos crucemos con el que viene de regreso haciendo la ruta sur (Kirkenes-Bergen).

El barco hizo una parada más en ese día, pero solo para dejar y coger carga o pasaje, de corta duración, en Rorvik. Hay que señalar que como durante la noche, o más bien en la madrugada del siguiente día, el barco cruzaría la línea que marca la entrada en el Circulo Polar Artico, se convocó un concurso para que cada uno de los pasajeros estimase la hora exacta en que se atravesaría esa línea.

La navegación nocturna de ese tercer día consistió en varias cortas paradas en Bronnoysund, Sandnessjoen y Nesna, de las que prácticamente no nos enteramos. Tanto esta noche como las dos anteriores en algún momento el barco se movió algo más, pero siempre de forma muy tranquila, y coincidiendo con los momentos de recorrido más alejados de la costa.

Como cada mañana, acudimos temprano al comedor, sobre las 8,15 para no tener que hacer cola de espera. Hay que señalar que tanto desayuno como comida son de tipo buffet, pero en ambos casos muy completos, con fruta variada, embutidos, ensaladas, platos de cocina como los huevos con bacon y en otras presentaciones, salchichas, un preparado de alubias (debe ser muy habitual aquí, porque ya lo encontramos en los desayunos de los hoteles), y un abanico variado de quesos, pescados secos, pasteles y bollería variada.

Como quiera que esta madrugada cruzamos el límite del Círculo Polar Artico, que coincide con el paralelo situado a 66º 33´N, se había programado algo especial en la cubierta 7 posterior, para conmemorarlo, a la vez que se proclamaba el vencedor en el acierto de la hora exacta en que el barco superaba esa barrera.

Hubo una representación de que Njord, soberano de todos los mares, festejaba el evento, a la vez que conjuntamente con el capitán del navío hacia entrega al ganador del concurso de una especie de bandera con los datos del paso.

A la vez, a quienes se sometían al “bautizo” les entregaban un chupito de licor. Yo no quise someterme al bautizo en cuestión, consistente en que el pasajero se sentaba en una silla y el capitán o Njord le bautizaban echando sobre su cabeza y por su espalda, entre la ropa, un cucharón de cubitos de hielo. Por eso me quedé sin catar el chupito. Luego tuvimos oportunidad de hacernos una foto con capitán y Njord. Y mas tarde, al pasar por la cabina, nos encontramos con que nos habían dejado sendos certificados del paso de Círculo Polar.

El barco hizo una breve parada en Ornes, de 10 minutos, y continuó ruta hacia Bodo, una de las principales ciudades del norte. Allí la parada era de algo más de 2 horas, que eran suficientes para la visita de lo principal de la ciudad. Además, tres de las excursiones organizadas por la naviera salían de esta ciudad. Nosotros nos la organizamos por nuestra cuenta, con las indicaciones previamente preparadas por Ipi, que consistían en visitar la catedral y la biblioteca. En este caso, tanto una como otra construcción son novedosas.

La catedral, porque externamente no parece que sea un templo, y la biblioteca porque es muy moderna e incluso ha ganado algún premio en cuanto a diseño y ha sido valorada entre las 10 mejores del mundo hace unos años. La visita en ambos casos nos resultó muy grata, porque la catedral por dentro es muy bonita y elegante. Moderna, con un órgano que suena de maravilla (el organista nos obsequió con algunas actuaciones mientras estuvimos dentro), y muy cuidada. En el caso de la biblioteca, tiene algunas de las características de la de Oslo, aunque de menor tamaño, pero también muy atractiva. Completamos el recorrido de regreso al barco por el centro de Bodo, paseando tranquilamente con nuestros vecinos de mesa en la cena, con los que coincidimos antes de salir a la visita.

Debo comentar que el recuerdo que yo tenía de Bodo es muy diferente a lo que ahora hemos visto. Hace 25 años hice un corto recorrido por la población (algo más de una hora) mientras dejaba el coche aparcado en la cola para embarcar en el ferry rumbo a Lofoten. En aquel entonces la ciudad era pequeña, nada vistosa, y ahora en cambio se ve que ha tenido un crecimiento espectacular, con modernísimas construcciones e imagino que su número de habitantes en estos 25 años se ha multiplicado por cuatro o por cinco, a juzgar por lo que ahora se ve.

Dado que la salida a visitar Bodo coincidía con las horas habituales de la comida, se adelantó la apertura del comedor en media hora, y por esa razón comimos antes de salir del barco, con lo que al regreso al mismo ya nos limitamos a sestear viendo el paisaje, por cierto muy atractivo ya que aunque al principio fue travesía entre Bodo y Stamsund, este último ya en Islas Lofoten, a partir de ahí el viaje transcurrió entre los fiordos, muy cerca de la orilla, teniendo la posibilidad de captar las imágenes de cantidad de casas, faros, etc. Incluso vimos un pequeño aeropuerto en el que estaba aterrizando un avión de hélices.

En el recorrido hacia Svalvoer, nos cruzamos con un nuevo navío HUrtigruten, en este caso el Kong Harald, que viajaba hacia el sur.

Esta noche cenamos solos Ipi y yo en nuestra mesa numero 18, porque nuestros compañeros habían ido a una excursión en bus por la isla principal de las Lofoten, entre Stamsund y Svalvoer, la siguiente parada del barco. Me llamó la atención la gran cantidad de pasajeros que bajaron del barco en Svalvoer, aparentemente terminando su viaje, y en número similar se produjo la entrada de otros que van rumbo norte. Imagino que muchos de los que se quedaron en Svalvoer lo hacen en plan turista, porque viajaban con bicicletas, tal vez para durante unos días hacer recorridos por las islas.

Y después de la cena, nos fuimos a la parte trasera de la cubierta 7, donde Ipi consiguió un par de sofás en la zona abierta pero acristaladla y calefactada. Allí se celebró otra celebración por el paso del Trollfjiord, del que aseguran que es el mas bonito de todos, mientras que del de Geiranger se dice que es el más conocido mundialmente.

En cualquier caso, la fiesta consistía en la entrega a cada pasajero que lo solicitara de una pequeña taza con un licor caliente que estaba muy bueno. Además luego repartieron vasos de sopa de pescado, que estaba lleno de tropezones de bacalao o algo similar, y que estaba exquisito, y entraba de maravilla después de haber transcurrido más de tres horas desde la cena, y estando además al aire libre. En el momento del recorrido por el fiordo comentado, hubo una desbandada general hacia la proa y los costados del barco, para tomar las mejores imágenes del fiordo, francamente bonito.

Un día, por tanto, de lo más completo para nosotros y creo que para la mayoría.

De paseo por Bergen

El domingo día 24 volamos de Oslo a Bergen, para acercarnos al comienzo del viaje marítimo. Habíamos reservado un taxi la noche anterior, y puntualmente vino a recogernos al hotel, del que salimos poco después de las 8,30 de la mañana. En menos de media hora estábamos en el aeropuerto de Gardemoen, donde las gestiones de facturación fueron fáciles y rápidas, y con tranquilidad esperamos la salida del vuelo que, también puntualmente, nos dejó en Bergen. En taxi llegamos al hotel Moxy Bergen, de la misma tipología que el de Oslo, aunque más grande y mucho mas cerca del centro de la ciudad que en la capital noruega.

Como la llegada al hotel fue sobre las 12 de la mañana, no pudimos acceder a la habitación y para no esperar, dejamos las maletas en la cabina destinada al efecto después de hacer el check-in y caminando nos fuimos hacia el centro de Bergen, situado aproximadamente a 1,5 kms del hotel.

Aunque el día estaba lluvioso, no jarreaba, y pudimos hacer el recorrido andando, mientras íbamos descubriendo la ciudad, y revisando las indicaciones que Ipi había tomado para saber qué cosas debíamos mirar para aprovechar la estancia. Localizamos la oficina de turismo justo en el puerto, y ya desde allí lo primero que hicimos fue empezar a fotografiar las casas del barrio de Bryggen, lo mas llamativo de Bergen y lo que aparece en todas las postales y documentales sobre la misma. Atravesamos el mercado al aire libre, visualizando ya algún lugar para comer mas tarde, y ya en el barrio de Bryggen nos dedicamos a ver con calma el interior de aquellas casas que se visitan, básicamente comercios o callejones intermedios. Pero la lluvia se fue haciendo mas presente y a cada rato era necesario abrir el paraguas (en el hotel cogimos uno y teníamos otro pequeño, comprado en el museo FRAM de Oslo).

La ciudad estaba llena de turistas de barco (había dos grandes cruceros atracados en el puerto), y dio la casualidad que en uno de ellos era donde viajaban Fernando Torres y Nica, lo que supimos por un whatsap que habíamos intercambiado. Y viendo el panorama meteorológico, en las visitas a las tiendas de ropa empezamos a valorar la posibilidad de adquirir algo adecuado para estar bien protegidos en la travesía, especialmente yo porque Ipi ya venía super preparada desde España. Me compré una especie de gabardina para el agua, que veíamos que tenían muchas de las personas que caminaban bajo la lluvia, y que estaba muy bien de precio. Además, vi también la chaqueta tipo “Uniclo” que llevaba tiempo buscando en color marrón-verdoso, y como era buena oportunidad, la compré. Y ya por último, un polar bien preparado para llevar bajo las prendas de agua.

Y después de dar unas cuantas vueltas por la zona de Bryggen, nos fuimos a comer al mercado. En uno de los puestos nos entendimos con una española que allí trabajaba (había al menos una española o español en casi todos) y nos recomendó tomar una brocheta que contenía salmón, bacalao, ballena y gambas. Nos llamó la atención la ballena, que nos gustó a los dos. Tiene una textura más parecida a la carne, aparte del color. El salmón estaba estupendo, igual que el bacalao. Y como bebida, agua y una cerveza ligerita (en puestos al aire libre solo se permite venta de alcohol de 2,5 grados).

Después de comer, como parecía que estaba algo mas despejado, nos animamos a coger el funicular que lleva a lo alto de la ciudad, desde donde se dominan unas vistas espectaculares, aunque en esta ocasión estuvieron muy limitadas. Pudimos tomar imágenes de toda la ciudad y hacer unos vídeos, pero como hacía mucho viento y el día estaba muy desapacible, apenas duramos una hora por allí, y regresamos al puerto.

Y en vista de que volvía a llover, decidimos ir tranquilamente de regreso al hotel para terminar allí la tarde. De camino, recorrimos primero toda la calle Stargaten, la mas importante y donde está el mejor comercio. Al final de la misma hay una gran losa de piedra (llamada la piedra azul) sobre la cual en los días anteriores se habían colocado rosas en recuerdo de las víctimas de la matanza de Utoya. Antes de regresar al hotel, nos instalamos en la terraza exterior cubierta del Hotel Norge donde nos tomamos un café con unos pasteles para endulzar la lluviosa jornada. Y de allí directamente al hotel, pero en este caso en bus, porque empezaba a llover fuerte. Por cierto, que la conductora del bus nos permitió viajar sin pagar porque no le funcionaba bien el lector de tarjetas.

La tarde la terminamos en el amplio hall-salón del Moxy, que está preparada tanto para los desayunos como para tomarse unas cervezas o unas copas. Funciona como si fuese un restaurante, aunque con una muy limitada carta, a base de pizza, lasaña, ensaladas, etc. Todo ello pre-cocinado y calentado allí al momento. La sala estaba muy concurrida, imagino que por la misma razón por la que nosotros nos quedamos allí, es decir, por la lluvia. Y así terminamos nuestro primer día en Bergen.

A la mañana siguiente, después de desayunar con calma (seguía el mal tiempo), hicimos la facturación y dejamos las maletas allí consignadas hasta la hora de ir a embarcar, lo que estaba previsto para media tarde. Y directamente nos fuimos al centro de Bergen, para visitar primero la iglesia de S. Jhons, situada en lo alto, y mas tarde a hacer un recorrido por el barrio que está frente a Bryggen, del otro lado del puerto.

Lo hicimos con calma, llegando al parque situado al fondo y bordeando toda esa zona que es principalmente residencial, con casas de madera en su mayor parte, todo muy cuidado. Así alargamos el tiempo hasta la hora de comer, y tras hacer algún nuevo recorrido por las tiendas y las casas de Bryggen, volvimos al mercado para comer en las terrazas cubiertas, pertenecientes a los propios puestos de pescado. Cambiamos de proveedor y tomamos un plato con pescado seco (arenques, salmón, bacalao y ballena), además de Fletán a la plancha. Regado con la misma cerveza del día anterior, que es lo máximo de alcohol que nos podían suministrar.

Como postre, Ipi quería que probásemos un dulce tipo tarta que al parecer es muy valorado, según ella había leído en varios foros. Había anotado los tres lugares en los que al parecer tiene mas fama, así que puestos a elegir, buscamos el mas cercano, del que tenía la dirección pero no el nombre del establecimiento. Resultó que en esa dirección no había ningún café ni pastelería, pero en cambio en la calle había una. Y ni corta ni perezosa, insistió en entrar y tratar de explicar a una camarera lo que buscaba. La buena de la camarera, muy atenta, no conocía ese pastel y nos ofertó toda la gama de los suyos, pero como no era el caso, decidimos buscar en la dirección siguiente, que casualmente estaba de camino al hotel. Y resultó ser la cafetería de la biblioteca, con lo cual además de tomarnos el café y el pastel en cuestión, pudimos echar un vistazo a la biblioteca. Por supuesto nada que ver con la de Oslo, aunque no estaba mal. Desde allí ya nos fuimos al Moxy, a recoger las maletas y tras llamar a un taxi, de camino al puerto, a la terminal Hurtigruten para embarcar, sobre las 5,30 de la tarde.

Una vez hecha la facturación, nos dieron una pequeña charla sobre las características del barco y unas recomendaciones de seguridad. Al barco accedimos poco después de las 6 de la tarde, y nos instalamos en la cabina 364, una cabina triple donde la teórica tercera cama estaba convertida en un sofá. Evidentemente no era una suite, pero tenía vista al mar, y un buen acomodo para la ropa y demás enseres. El baño, lógicamente reducido, estaba muy bien diseñado y era cómodo para la ducha y para instalar en un pequeño armario toda la gama de utensilios de aseo. En fin, que me gustó el alojamiento, aunque Ipi decía que estaría mejor otro tipo suite-junior de la planta superior.

La ciudad de Oslo

El jueves 21 amanecimos ya en Oslo, para empezar nuestro recorrido de 3 días completos en la ciudad. Desde nuestro hotel vamos al centro de la city en bus, ya que estamos a unos 20 kms de Oslo centro. Pero como hemos adquirido el Oslo Pass, tenemos transporte público completo incluido en el mismo, ademas de gratuidad en numerosos museos y otras actividades y descuentos en la mayoría.

El bus tarda casi media hora, pero el viaje es muy agradable, ya que el paisaje es variado y sobre todo muy verde.

Ya en Busterminal, en el centro de Oslo, hemos empezado nuestro paseo por la calle principal, Karl Johans Gate, peatonal y con multitud de comercios y cafés. Lo primero que vimos fue un edificio contiguo a la catedral, lleno de cafeterías. También pudimos enterarnos de que en la catedral, el viernes 22, se celebraba un acto con música de órgano del que tomamos nota.

Continuando el paseo, llegamos a un gran parque, donde se encuentra el Parlamento, el Gran Hotel, el teatro Nacional y más al fondo el Palacio Real. Y desde el mismo parque vimos que salía un bus de visita turística por Oslo, y en vista de que hacía calor optamos por tomarlo para durante algo más de una hora conocer sobre la marcha los principales monumentos y zonas de interés de la ciudad. El recorrido nos sirvió para organizar los tres días de estancia y decidir qué cosas ver con más detalle.

De vuelta al punto de inicio, y de camino hacia el puerto, Ipi sugirió hacer un alto en el edificio del ayuntamiento, que resultó ser precioso. Allí pudimos observar unas hermosas pinturas murales y las salas de reunión así como el salón de plenos. Además, en el gran patio central es donde anualmente se lleva a cabo el acto de entrega del Premio Nobel de La Paz, el único que no se entrega en Estocolmo.

Después de visitar el ayuntamiento, como era ya una hora adecuada para comer, buscamos algún lugar próximo y encontramos una terraza en el puerto muy cómoda donde nos tomamos una pizza y unas cervezas a modo de tentempié para continuar nuestra excursión de ese primer día.

Luego visitamos el castillo, situado justo sobre la terraza donde comimos. La verdad es que el castillo no valía mucho la pena, pero era uno de los puntos que estaban recomendados. Y desde allí ya nos fuimos caminando hacia el edificio de la Ópera de Oslo, algo realmente impactante. Había leído mucho al respecto, e incluso en la programación del viaje hace un par de años llegué a conseguir una reserva para asistir a una representación, creo recordar que de la ópera Carmen, pero como no fuimos, ahí se quedó la cosa. Antes de llegar a la Ópera nos sorprendió ver las saunas que están en el puerto, justo enfrente. Son saunas flotantes, en las cuales la gente, tras darse un baño de calor en ellas, se tira al mar para refrescarse. Y hay muchas, algunas como muy llamativas.

Pero volviendo sobre el edificio de la Ópera es algo realmente impresionante. Tanto en el exterior como en su interior. Nos hartamos de fotografiarla, desde todos los ángulos y en diferentes alturas. Justo frente al edificio hay una especie de playa que ese día estaba muy concurrida porque hacía calor, aunque la tarde estaba ya medio tormentosa y llegaron a caer algunas gotas.

Tras esa visita, en el edificio que está tambien enfrente, al otro lado de la avenida, hay otra construcción grande y moderna, que resultó ser la Biblioteca municipal. Es otra obra grandiosa, con 6 plantas dedicadas a la lectura, con un diseño innovador y muy atractivo. Según supimos, hay más de 450.000 volúmenes, además de zonas dedicadas al diseño, a la fotografía, impresión en 3D, confección, etc. Y también con una zona en la que se puede comer o tomar un café mientras lees. Nos encantó y pese a ser ya las 9 de la tarde, pudimos visitarla con calma porque no cerraba hasta las 10. Con lo cual el día resultó completo en todos los sentidos.

Bueno, casi completo porque en cambio, dada la hora, ya no encontramos sitio donde poder cenar y hubimos de contentarnos con tomar unos bocadillos muy poco apetecibles, que era lo único disponible en el pequeño bar que estaba abierto en la estación de autobuses. Y desde ahí, ya directamente a subirnos al 380, que es el bus que nos acercaba al hotel. Terminamos la jornada viendo una peli de Netflix en la habitación porque todas las cadenas de TV están en noruego y/o inglés.

El segundo día de estancia en Oslo comenzó como el anterior, bueno, parecido porque a primera hora de la mañana llovía con fuerza, incluso diríamos que jarreaba, con lo cual hubimos de esperar algo antes de abandonar el hotel para no empaparnos en el recorrido hasta la parada del bus. En el hotel nos prestaron un paraguas que nos vino de maravilla.

Tras llegar al centro, cambiamos de bus para ir hacia la zona de los museos de Bygdoy, que era el mejor plan mientras no parase la lluvia.

Visitamos con cierta calma el Fram, el museo sobre las expediciones de Amundsen y otros exploradores al polo sur y en general a los descubrimientos de las rutas polares. Es interesante y con muchas particularidades. Hay una reproducción a tamaño real del barco original que Amundsen utilizó. Y otros de menor tamaño, de expediciones posteriores. También pudimos ver en la sala de proyecciones una película sobre esos descubrimientos.

Y como al terminar esa visita casi ya no llovía, tras hacer unas fotos por el entorno, decidimos ir a visitar el museo Vikingo, que resultó estar cerrado, y más tarde el Norsk Folkemuseum, un museo de la historia cultural de Oslo, en el que se pueden ver las casas de los antiguos pobladores de Noruega. Allí, además, está la Kirkechurch, una iglesia del siglo XII, que fue trasladada desde su ubicación original a este lugar en 1855, y que se conserva en muy buen estado, con uñas preciosas y bien conservadas pinturas en su interior. En la cafetería del propio museo hicimos una comida rápida, a base de tostas que por cierto estaban muy buenas.

Ya por la tarde, como queríamos ir al concierto de órgano de la catedral, poco antes de las 5 nos instalamos en uno de los bancos. Realmente lo que había programado no era un concierto sino una misa con actuación especial de un organista. La misa, como supimos al terminar, era una celebración para conmemorar el 11º aniversario del atentado terrorista de Oslo, en esa misma fecha del año 2011, en la que fallecieron 77 personas, la mayor parte niños en el campamento de la isla de Utoya, donde pasaban unos días de vacaciones. Fuera de la iglesia hay un espacio que los recuerda, donde habían depositado numerosas rosas.

De regreso al centro, fuimos recorriendo el puerto hacia la zona de Aker Brygge, que nos recomendaron para cenar. Y esa zona en efecto estaba muy concurrida pero con restaurantes demasiado turísticos. Y en casi todos había cola para conseguir mesa. Al final lo logramos en Olivia, uno de los recomendados, pero que resultó ser de tipo italiano, con pizzas, pasta, etc. Tuvimos que esperar bastante, la atención fue regular y no cumplió las expectativas previas.

Desde allí volvimos a la Busterminale en tranvía, para seguir probando los diferentes tipos de transporte público incluidos en la Oslo Pass.

El tercer día de Oslo empezó como los anteriores, pero con mejor tiempo, ya que no llovía, Por ello, tras el desayuno en el hotel como jueves y viernes, nos dirigimos a la parada del bus para empezar la jornada. Teníamos ya bastante marcado el programa, y de entrada nos fuimos hasta el parque Vingeland, que Ipi quería visitar a toda costa porque era donde había una buena colección de esculturas del titular del parque, y una de esas cosas que en todas las guías recomiendan ver.
Efectivamente el parque es enorme, muy bien cuidado, y como sabíamos, existe una grandísima colección de esculturas de forma humana, bien individualmente hombres mujeres y niños, como agrupadas de dos en dos, en muy diferentes posiciones. En lo alto de la zona principal se alza el Árbol de la Vida, con esculturas de figuras humanas (niños, mujeres y hombres) aparentemente amontonadas que simbolizan los deseos de cada uno de mejorar. Y además en el entorno hay varias líneas de figuras agrupadas de dos en dos, señalando diferentes etapas de la vida.

Había mucha gente en el parque, en parte por ser sábado y en parte también por la buena temperatura y lo bien que se estaba. A Ipi le llamó la atención un grupo de mujeres que parecían indues o paquistaníes, junto a un grupo de niños, que parecían estar celebrando algo como una primera comunión. Como e insistía en que yo fuese a preguntarles cual era la celebración, y yo no lo consideraba adecuado, finalmente fue ella quien se plantó junto a una de las mujeres a preguntar. Al parecer era un grupo familiar africano que venían para asistir a una boda y todas ellas (mujeres y niñas) eran las damas de honor. Ipi hizo numerosas fotos al grupo y quedó satisfecha con las explicaciones. La visita al Vingelandspark resultó, así, de lo mas productiva e interesante, y en ella ocupamos como casi tres horas.

La segunda parte del programa era ir a ver el museo del esquí y el trampolín de saltos que está en las afueras de Oslo. Tras tomar un bus llegamos a la estación del metro que nos debía acercar a Hollmenkollen. En la propia estación, mientras tratábamos de encontrar la parada donde había que bajarse, unos españoles que estaban allí nos dieron la información y con ellos hicimos el viaje. Era una pareja, ambos barceloneses, según ellos “ingenieros frustrados” que al no encontrar trabajo en España decidieron irse a Oslo, donde enseguida consiguieron contrato y se instalaron. Al parecer les cogió el último cierre de fronteras justo un par de días antes de viajar allí, por lo que tuvieron que quedarse en casa de los padres durante casi 8 meses “con lo puesto” ya que habían empaquetado y enviado todo previamente a Oslo. Pero en cuanto se abrió la frontera, ya se instalaron y están encantados allí.

Llegados a la estación de destino, el resto del camino fue a pié, subiendo bastante para llegar a la base de la pista de saltos, desde donde empezamos a ver como los más animados se lanzaban en tirolina desde lo alto. Poco después subimos a la zona intermedia, desde la cual se tomaban buenas vistas y donde yo pude participar en un simulacro de descenso a más de 100 kms/hora, y a otro de un salto desde lo alto del trampolín, mientras Ipi conseguía una mesa para comer algo, debido a que eran ya las 3 de la tarde. Tras la comida, nos fuimos a visitar el museo, también incluido en la Oslo Pass, y que llevaba incluido el acceso por el ascensor interior, a la parte más alta del trampolín, con unas espectaculares vistas de Oslo y de su fiordo.

Terminado el recorrido por allí, volvimos al centro de Oslo para terminar la jornada con un paseo por el parque situado junto al Parlamento y al Teatro Nacional, y acercándonos al Palacio Real, todo ello haciendo tiempo hasta la hora de cenar, lo que al final hicimos en Egon, otro de los lugares recomendados por Lucía, la empleada del hotel. La cena la hicimos con el tiempo justo de tomar el bus de regreso mientras se terminaba la validez de mi Oslo Pass, pero el conductor del bus nos permitió viajar sin tener que hacer un pago adicional.

Y con eso terminó esa última jornada completa en la capital, ya que a la mañana siguiente teníamos el vuelo a Bergen.

A Coruña-Oslo, inicio del viaje

Esto es el inicio de nuestro viaje a los fiordos noruegos, viaje pospuesto un par de veces, ya que la programación inicial data de enero de 2020 para llevarlo a cabo en junio. Y precisamente ese año fue el del comienzo de la pandemia, con el confinamiento al principio y las limitaciones posteriores en los movimientos. Y como quiera que las reservas, tanto de vuelos como de hoteles estaban hechas, hubo que anular todo, pero en el caso de los vuelos no pudimos recuperar el dinero que quedó convertido en bonos en el caso de Iberia, y Cashpoints, en el caso de Norwegian.

Un año después como aparentemente las cosas mejoraban, volvimos a replantear la planificación, con nuevas reservas que además en el caso de Norwegian hubo que volver a pagar porque la compañía estaba en plena reestructuración y los cashpoints habían quedado congelados hasta un año después. Pero de nuevo volvió la segunda o tercera ola, y Noruega cerró el acceso a visitantes extranjeros por lo que nuevamente hubo que cancelar todo.

Por eso, en esta tercera ocasión, para evitar la caducidad de puntos y cashpoints, organizamos el viaje cambiando coche por aviones y barco, con lo que además optábamos por la solución Hurtigruten, que yo ya había analizado antes y descartado por su alto coste. Y decididos a llevar a cabo el recorrido por los fiordos, dejamos reducida la ruta al viaje Bergen-Kirkenes por barco, añadiendo una estancia de 4 días en Oslo, ciudad que yo no conocía de mi viaje anterior.

Las fechas elegidas fueron del 20 de julio al 2 de agosto, condicionadas por la disponibilidad del barco, y de esa forma el miércoles 20 de julio salimos del aeropuerto de Alvedro, para volar a Oslo vía Londres. El viaje empezó puntual, ya que el vuelo de inicio salió a su hora, pese a que la cola para pasar el control de pasaportes era enorme y al ritmo que llevaban amenazaba con retrasarlo. En el último momento decidieron facilitar que los que tuvieran pasaporte español entraran por uno de los lados y así la cola se resolvió pronto.

Aunque inicialmente nos planteamos no salir de Gatwick al aterrizar en Londres, cómo quiera que pudimos liberarnos del equipaje enseguida porque aceptaban la facturación, optamos por tomar un tren a Londres y así hacer más llevadera la espera hasta la hora de embarcar para Oslo.

De esa forma, poco después de las 12, hora inglesa, estábamos paseando por la ciudad. Y como los principales lugares de interés están todos en el centro, desde la estación Victoria, a donde llegamos, nos dirigimos inicialmente a Buckingham Palace, para desde allí continuar hacia la zona de Westminster y proseguimos camino por Horse Guards Street hacia Trafalgar Square.

Todo el recorrido comentado lo hicimos con las calles llenas de gente pese a que hacia bastante calor. Y como entre caminar y  hacer fotos se fue haciendo tarde, antes de llegar a Trafalgar hicimos un alto en un restaurante que ya conocíamos de uno de los viajes anteriores, cuando estuvimos con Elena y Rafa. El sitio se llama Horse and Guardsman y en él nos tomamos unas sabrosas hamburguesas (es la especialidad).

Terminado el almuerzo, seguimos la visita, por Trafalgar y de vuelta hacia la estación Victoria rodeamos por calles menos conocidas para alargar la estancia. En ese recorrido hacia la estación nos encontramos con una reunión de gente, aparentemente familias, que salían de una iglesia donde se había llevado a cabo algo así como la graduación de alguna escuela, porque chicas y chicos estaban vestidos con togas al estilo de una fiesta de fin de carrera.

El viaje de regreso lo hicimos a media tarde, para no correr riesgos por si surgía algún inconveniente. No fue así y llegamos a Gatwick con más de una hora de antelación sobre la hora de salida prevista, si bien luego se produjo un retraso adicional de otra hora y media. En cualquier caso, el vuelo de Norwegian recuperó parte del retraso y hacia las 0,30 h. Llegamos al aeropuerto de Oslo.

Para llegar al hotel llamamos a un taxi que empleó algo más de media hora en el trayecto y finalmente arribamos al hotel sobre las 2 de la madrugada. Tuvimos la suerte de que la recepcionista era una joven extremeña (Lucia) muy simpática que nos dio toda clase de informaciones para nuestra estancia.

Semana Fantástica

Esto no tiene nada que ver con El Corte Inglés ni con sus promociones comerciales, aunque podría decir que coincide con aquellas en que no es realmente una semana y que se dan una serie de circunstancias singulares por lo que este período de entre 9 y 10 días ha sido excepcional.

Podemos poner como comienzo del mismo en el sábado 2 de julio, fecha de inicio del festival +QJazz en el que se incluyeron una serie de conciertos de música que a la postre han resultado de verdad sensacionales en su conjunto, y a la vez realmente espectacular alguno de ellos. Entre medias se han juntado otros acontecimientos, también del ámbito musical, que han configurado esos días como fantásticos, como el festival Burgojazz, O Temple Jazz Festival, el Atlantic Pride, y de forma singular la gira de despedida de Serrat.

Pero volviendo al inicio, el sábado día 2, después de una exitosa comida familiar en Santiago con motivo de la reunión de 7 primos carnales, por mi parte paterna, que me dio la oportunidad de confraternizar unas horas con personas con la que tenemos una poco frecuente pero excelente relación, acudimos a la actuación en Garufa de Gitano Palo, un coruñés que se mueve por el mundo con una música singular, con conexiones y aproximaciones al flamenco, pero con un estilo muy personal. La sala estaba llena de amigos y familiares del cantante y algunos espontáneos como nosotros a quienes nos cautivó su estilo, su voz y su música, aunque en otros aspectos resultase un tanto altivo y chulesco. Pero en su conjunto, la actuación estuvo francamente bien.

El domingo día 3 teníamos que elegir entre dos actuaciones: una de ellas en el Burgojazz, y otra del Atlantic Pride, optando por esta última. La decisión la tomamos porque era Soleá Morente quien actuaba en el museo Luis Seoane dentro de las actuaciones organizadas en los conciertos del orgullo LGTBI, y esa artista nos había dejado un grato recuerdo en dos actuaciones anteriores en la ciudad, una de ellas hace un par de años dentro de la programación municipal de fiestas y la última en Filloa, en un concierto intimista en el que se lanzaba a cantar flamenco. El resultado en esta ocasión fue decepcionante porque hizo un «mix» de varios estilos, (que algún medio informativo calificó como música fusión), sin acertar a nuestro juicio con el repertorio ni con el tono, y dando mucho más valor a la imagen, buscando el beneplácito de la concurrencia, que aprovechando sus virtudes musicales. En síntesis, que nos fuimos a mitad de concierto lamentando no haber elegido las actuaciones que nos perdimos en el botánico de O Burgo a la misma hora.

El lunes 4 ya lo tuvimos claro desde el principio y nos fuimos a ver la actuación de cierre del Burgojazz, que corrió a cargo del grupo madrileño No Reply, un conjunto de 9 músicos que se unieron hace casi 20 años y que, tras un paréntesis de 8 años, han vuelto a juntarse para deleitar al público con una música tipo «swing» muy bien interpretada, y con un repertorio en el que mezclan temas propios con arreglos de otros cantantes y grupos del panorama nacional. El botánico estaba lleno, como siempre, y para todos los asistentes la actuación de No Reply resultó más que buena, premiándoles al final con una prolongada ovación, tras un par de «bises» con los que nos regalaron.

La actuación del martes estaba incluida dentro del programa +QJazz y era en la sala Mardigras. El seleccionado para esta ocasión era Nick Moss, un músico estadounidense, que deleitó al auditorio, en un recinto abarrotado de público. Estaba acompañado por otros tres colegas, uno de los cuales también cantaba y lo hacía muy bien por cierto. Es una pena que la sala no tenga una mayor capacidad, porque la calidad de los músicos era digno de una afluencia muy superior, que sin duda se habría producido si el concierto fuese en Garufa, por ejemplo, que sin ser mucho mayor, tiene más capacidad y sobre todo más comodidad para los asistentes.

El miércoles día 6, había también otro concierto incluido en el mismo +QJazz festival, y era en este caso en Filloa, local que para mí tiene algo especial, seguramente por la sensación de intimidad que da, ya que la capacidad del mismo es sumamente reducida (calculo que como máximo unas 40 personas, de las cuales sentadas poco más de la mitad). Hemos ido muchas veces, casi siempre en mitad de semana, y precisamente los miércoles suele haber de forma habitual actuaciones, no siempre de grandes figuras sino más bien de trios o cuartetos de músicos locales, pero que tienen una gran aproximación al público. En esta ocasión, era un trio en el que bajo la denominación de Cast, se unían Carlos Segovia (piano), Lar Legido (batería) y Oscar Rodríguez (contrabajo). Fué una actuación estupenda, que pudimos disfrutar en primera fila, sentados y lejos de las apreturas de Mardigras, por ejemplo. Y además me sirvió para recuperar ese regusto de la vuelta al Filloa, tras los problemas de la pandemia.

Y tras el miércoles llegó el jueves día 7, un día plagado de actividades, que comenzó cuando poco antes de las 10 de la mañana me fui con varios compañeros Bebeuvas a la Plaza de Lugo a comprar marisco para la comida que teníamos prevista, con las parejas, en el Txoko de Miño, a modo de fiesta de verano, tras el parón de los dos últimos años. Después de la compra, la preparación de la comida y la propia degustación de las cocochas preparadas de forma magistral por nuestro más longevo compañero, Fernando Suarez, y el resto de platos de marisco (percebes, nécoras y cigalas), amén de lacón asado, queso con membrillo, larpeiras, helados, etc….

Pero la jornada era larga y antes de la parte musical todavía teníamos la cata de vinos en Intenso, que era la quinta consecutiva, y que estuvo a la altura de las anteriores. Además de Rafa, mi colega habitual en estas lides, nos acompañó en esta ocasión Julio. No pudimos terminarla como hacemos habitualmente con alguno de los excelentes platos que allí preparan porque era hora de acudir al plato fuerte del día, que fué la actuación en Garufa de Gisele Jackson, dentro del festival +QJazz.

Si todas las actuaciones integradas en el ciclo habían sido buenas, desde luego para mí hasta ese momento la de Gisele Jackson resultó la mas espectacular. Es una cantante impresionante, y no por su aspecto, que también, sino por su voz, por el ritmo que impone a sus canciones, y por la forma de incorporar a los asistentes a su actuación. La sala estaba llena de un público animado, que se fue entregando más y mas con cada canción. Todo un éxito con la elección, desde luego.

Si los días anteriores de la semana habían sido intensos, el viernes día 8 lo teníamos reservado en las agendas desde hacía al menos 6 meses, fecha en la que reservamos las entradas para la gira de despedida de Joan Manuel Serrat. A las 10 de la noche actuaba en el Coliseo, completamente lleno de un público «madurito» que no quiso perderse la que supuestamente es su última actuación en directo en nuestra ciudad, una de las elegidas para esta singular gira. Y Serrat no defraudó, al menos a los incondicionales, que si valoramos por la respuesta de quienes acudimos, fue algo para recordar. Cada una de las canciones que interpretó nos traían recuerdos de tiempos pasados, y yo creo que al menos el 90 % de quienes allí estuvimos participamos tarareando, cantando por lo bajini y al final cantando abiertamente con el artista sus canciones, que todo el público conocía. Un momento especial para Ipi y para mí llegó cuando interpretó, junto a la violinista que formaba parte de su equipo de músicos, «Fue sin querer», la canción que hemos adoptado como nuestra por el texto de la misma, que se acomoda a lo que fueron nuestros comienzos. Al final, todos los asistentes puestos en pie aplaudieron a rabiar a Serrat en su despedida.

Y como he dicho al principio que esta semana fantástica tiene más de siete días, llegó el octavo día de la misma, que coincidía en fecha con el sábado día 9.

Playa y castro de Baroña

Como quiera que amaneció un espectacular día de verano, y teníamos ganas de playa, pero para poder tomar el sol y disfrutar del agua, decidimos que Combouzas está muy bien pero en los últimos tiempos el oleaje es de tal magnitud que prácticamente está prohibido meterse en el agua durante toda la jornada, y aun cuando no lo está es casi imposible darse un baño por la fuerza de las olas. Así que valorando varias alternativas, optamos por ir a la playa de Baroña, a la que hace ya varios años que no acudimos. Y resultó un acierto, porque disfrutamos de un día magnífico en todos los aspectos. Un sol espléndido, sin nada de viento, con lo cual apetecía cada rato ir a mojarse. Y además el mar muy tranquilo (parece que habitualmente allí hay mar movida, pero no lo estaba en esta ocasión). Con lo cual nos bañamos quizás una decena de veces, con estancias prolongadas dentro del agua. La playa estaba casi vacía cuando llegamos y se fue llenando a lo largo del día, aunque seguía llegando gente cuando salimos, poco después de las 6 de la tarde, para regresar a Coruña a la actuación del día.

Dentro de la oferta disponible, como he dicho muy amplia en estas fechas, elegimos acudir a la zona de O Burgo, para ver la actuación de María Toro Trio, encuadrada en O Temple Jazz Festival, que cerraba el ciclo de dos días con un par de actuaciones cada uno de ellos. Previamente a la actuación, con nuestros amigos Rafa, Elena, Pila y Armando, quedamos para hacer algo así como una media cena en una terraza próxima, al borde de la ría. La actuación resultó buena, estando el trio compuesto por la titular, Maria Toro, a la flauta, un excelente pianista que compaginaba piano y teclados, y una buena batería.

La semana fantástica se completó con una novena jornada, el domingo día 10, en la que fue la actuación de cierre del +QJazz Festival. En este caso se trató de una actuación en el Teatro Colón por parte del pianista cubano Pepe Rivero, acompañado por un excelente grupo de músicos (un batería, contrabajo, chelo, violín y viola, y además la flauta de María Toro). Interpretaron temas clásicos con arreglos (desarreglos decía el pianista) que adaptaban esos temas con ritmos propios del caribe en unos casos, y otros ritmos actuales en el conjunto de temas interpretados. Como sorpresa, al final se incorporó un violinista coruñés que participó en una de las interpretaciones.

Como cierre de esta publicación quiero decir que en todas las actuaciones musicales, y en la mayor parte de las actividades comentadas Ipi y yo hemos estado acompañados por Elena y Rafa, nuestros incondicionales amigos, con quienes siempre nos apuntamos a la mayor parte de eventos, unas veces por iniciativa nuestra y siendo en otras ocasiones Elena y/o Rafa los que sugieren algo de interés para los cuatro. En definitiva, que formamos un equipo difícil de mejorar.

Vivir n’A Coruña ……

Ayer, dando uno de mis diarios paseos por la ciudad, generalmente al borde del mar, a la vez que disfrutaba de las preciosas vistas de todo el recorrido iba pensando en la delicia que supone vivir en una ciudad como la nuestra.

Vista de La Dársena

A lo largo de mi dilatada vida he residido en numerosas ciudades. Nacido aquí, en A Coruña, he vivido además de en mi ciudad en Ourense, luego en Madrid, más tarde en Vigo, en Oviedo, en Zaragoza, en Valencia, y finalmente regresé a A Coruña hace ya 18 años, aunque también entre mi paso por esas otras ciudades recalé por más o menos tiempo aquí en varias ocasiones, Y de todas esas ciudades guardo buenos recuerdos, cada una con sus peculiaridades y en función de lo que dio de sí mi estancia en ellas, pero sin duda nuestra querida ciudad mejora, al menos desde mi perspectiva, a todas las demás.

Aparte de tener el mar, que sin duda para mi es un elemento muy importante, A Coruña es una urbe que por su tamaño tiene de todo lo necesario para una vida completa y no está afectada por las complicaciones de otras ciudades de bastante mayor tamaño. Aquí puedes moverte a lo largo de sus calles sin necesidad de usar el coche para todo, y a la vez con cortos desplazamientos puedes acercarte a las poblaciones próximas con un corto recorrido. Pese a que me encanta el campo y vivir en él, reconozco que la ciudad tiene algunas ventajas y, por diversas razones ahora mi sitio está en la ciudad.

Disponer de la playa en pleno centro es algo de lo que pocas capitales españolas pueden presumir. En la nuestra hay más de una playa, unas mayores que otras, y según la zona donde vivas puedes tener el mar a poca distancia de tu casa, en la mayor parte de los caos sin necesidad de utilizar transporte público para llegar a ellas. Y eso, sin duda, es algo muy de valorar.

En los aspectos culturales, hay una amplísima oferta de todo tipo, y en muchos casos sin coste o a precios muy asequibles. Teatro, con las propuestas y ciclos del Rosalía o el Colón, además de la oferta que se puede encontrar en el Agora o el Forum, entre otros. En música clásica, las ofertas de la sociedad filarmónica y la incomparable de la Orquesta Sinfónica de Galicia, en ambos casos con precios muy competitivos si comparamos con otras ciudades. Más reducida es la oferta en eventos como la opera o la zarzuela, pero también la tenemos disponible en fechas concretas. En cine, a pesar de haber desaparecido las antiguas salas individuales, tenemos tres o cuatro grupos de salas con una oferta aceptable.

Exposición al aire libre, en La Marina
Expo fotográfica en Los Cantones

Contamos además con una amplia y variada gama de zonas de exposiciones, desde el Museo de Bellas Artes, que también ocasionalmente ofrece conciertos y conferencias, hasta las salas de las fundaciones de Banco Pastor y de Abanca (Afundación), sin olvidar la del Kiosko Alfonso, y como signo singular de nuestra ciudad, las exposiciones fotográficas al aire libre, en Los Cantones y en La Marina. En la actualidad hay dos de ellas francamente interesantes. En varias de esas salas podemos encontrar también ocasionalmente charlas muy interesantes o proyecciones cinematográficas de interés, casi siempre gratuitas o muy económicas.

La oferta en cuanto a estudios tampoco es desdeñable, sobre todo desde que contamos con universidad propia, que se vino a sumar a las antiguas ofertas de Náutica, Ingeniería Técnica, Magisterio, etc. Hoy nuestros jóvenes solo tienen que marchar a estudiar fuera si quieren optar por carreras específicas con las que no contamos, pero mayoritariamente disponen de un amplio abanico de especialidades sin moverse de su entorno familiar.

Una actuación en el Pub Filloa
La Sala Garufa

También en las últimas décadas contamos con diferentes salas y recintos para acoger grandes o singulares conciertos de música de todo tipo. Desde las grandes actuaciones que se concitan en el Palacio de la Opera o el Coliseo, hasta las más reducidas y entrañables del Filloa, las salas Garufa o Mardigrás, en incluso las actuaciones que también se programan en el Colón o el Rosalía. Por ellas pasan excelentes músicos y cantantes de todo tipo, que nos permiten estar al día en todo los concerniente a nuevas tendencias y músicas más consolidadas.

En lo que respecta a la sanidad, con todas las carencias y problemas que acumula en los últimos años, contamos con el CHUAC, una referencia puntera a nivel nacional, además de otros varios de menor entidad como el Modelo, el Quirón y el San Rafael, pero con una variada oferta en cuanto a especialidades, y todo ello sin moverse de la ciudad.

Riazor, en el último partido del Depor

En el aspecto deportivo la ciudad cuenta con muchas instalaciones de gran nivel. Empezando por el estadio de Riazor, los campos de deportes de la Torre, de La Grela, el parque Adolfo Suarez, etc. Y en las inmediaciones, varios campos de golf. Es una lástima que, con la afición que tiene, el equipo de futbol de la ciudad no haya sabido cumplir con las expectativas que se habían generado para retornar al futbol profesional, tras varios años en las categorías inferiores y pese a que en épocas precedentes ganó una liga y un par de copas del rey, además de tres supercopas.

Comida de amigos en Tira do Playa

Dejando para el final la amplísima y excelente oferta gastronómica, que en los últimos años ha dado un paso muy importante para competir sin temor a comparaciones con otras capitales mucho mayores en población. Podemos presumir de tener varios establecimientos ya reconocidos por la calidad de su cocina y atención con estrellas Michelín y soles Repsol, y otros muchos que, aun sin ese reconocimiento, ofertan una cocina y unos productos que nos deleitan en todo momento. En este sentido únicamente lamentar la dificultad para conseguir una reserva con poca antelación, ya que en la mayoría de los casos las reservas, si son para más de dos comensales, hay que hacerlas con previsión de al menos una semana.

El Orzán en la noche del 22 de junio, previa a la noche meiga

Y se me ha ocurrido el generar esta publicación precisamente hoy porque ayer era un día muy especial para la ciudad. Como ocurre desde hace muchos años, la víspera de San Juan concita a coruñeses y parroquianos del cinturón de la ciudad miles de personas que quieren disfrutar de la noche mágica en las playas de Orzán-Riazor. Desde la noche anterior los jóvenes acuden a las playas para «montar guardia» y preparar sus parcelas para el día siguiente, juntándose al final miles de personas (esta mañana el responsable del dispositivo de seguridad estimaba que la afluencia a estos arenales había sido de aproximadamente 125.000 personas). Y eso contando además con que en esta ocasión coincidía el San Juan con un concierto de Alejandro Sanz en el Coliseo, que con toda seguridad se ha llenado. Y además de la zona de playa, también en muchos de los barrios de la ciudad hubo numerosas hogueras y sardiñadas-churrascadas, con gran participación ciudadana.

En definitiva, que vivimos en una ciudad de la que podemos estar plenamente orgullosos y de la que podemos presumir cuando salimos de aquí. Cuando ayer, en un encuentro con un amigo de edad similar a la mía comentaba que lo malo es que el clima no siempre nos acompaña, también hacía yo la reflexión de que, si A Coruña tuviese un clima similar al de Alicante o Málaga, por usar el ejemplo de dos capitales con mar, ya la afluencia de visitantes nos impediría disfrutar de varias de las singularidades que hoy tenemos. Así pues, «deixemos as cousas como están» y sigamos aprovechando todo de lo que tenemos.