Valenciaaaa…

Cuando en el último octubre nos juntamos todo el grupo para celebrar el Outono Gastronómico ya nos encargamos de buscar una justificación para un nuevo «sarao» y el resultado, a base de localizar vuelos económicos para un futuro desplazamiento fue que nos apareció la posibilidad de viajar a Valencia por un precio asequible, con lo cual inmediatamente, desde la propia casa rural donde nos reuníamos, se hicieron las reservas con Volotea para estas fechas de enero que eran apropiadas para todos. Y ya de regreso a la casa de cada uno, Elena consiguió unas reservas de hotel también a precio asequible y en un lugar bien situado de la ciudad.

Como había tiempo bastante para la preparación del viaje, el programa se dejó pendiente para cuando se acercara la fecha de partida, y se hizo en combinación con mi amiga valenciana Maria José que nos podía asesorar respecto de algunas visitas y de algunos restaurantes, realizando ella misma también alguna reserva.

Resultó también favorable el hecho de que entre los días de nuestra estancia hubiese una representación operística en el Palau de les Arts, el que yo tenía ganas de conocer por no haberlo hecho antes, durante mi etapa de residente el la ciudad y además qué mejor oportunidad que hacerlo asistiendo a una ópera. Y comentando el asunto con quienes nos íbamos a desplazar, hubo varios que se animaron y al final reservamos butacas para 5 de los 12 que viajábamos.

Como detalle negativo del último momento, un par de días antes de viajar se produjo la baja de Elena y Rafa, por motivos familiares, que hubieron de quedarse con las ganas de hacer el desplazamiento. Así pues, el jueves 22 de enero los 10 restantes embarcamos a las 10,50 de la mañana en Alvedro y a las 12,20 estábamos aterrizando en el aeropuerto de Manises, con exquisita puntualidad y buen tiempo, aunque con viento fuerte. Coincidió, sin saberlo de antemano, que ese día era festivo local (San Vicente Ferrer) y a causa de una procesión por el centro de la ciudad, algunas calles estaban cortadas al tráfico por lo cual los taxis que nos trasladaban al hotel nos dejaron ligeramente alejados del mismo, y hubimos de hacer a pié los últimos metros.

El Hotel Inglés, que fue nuestro alojamiento, está situado en el cogollo de Valencia, en la calle Marqués de dos Aguas, justo al lado del palacio del mismo nombre, y en un radio de 500 metros teníamos a pie el Mercado Central, el Ayuntamiento y la Plaza Mayor, el Mercado de Colón, la Catedral, y cantidad de lugares de interés para visitar, sin necesidad de tener que desplazarse en taxi o bus, lo que resultó una ventaja para la movilidad del grupo. Además de céntrico el hotel era no muy grande, (de la cadena SH-singular hotels, o hoteles con encanto) y perfecto para lo que nosotros necesitábamos.

Tras dejar las maletas en las habitaciones, llegó María José a recogernos en el hotel para acompañarnos a comer en el restaurante Habitual, en el Mercado de Colón, donde yo había hecho una reserva previa. Es un local del grupo del cocinero Ricard Camarena, un valenciano con estrella Michelín en otro de sus restaurantes. La elección resultó ser un éxito ya que todos disfrutamos de la comida, a la cual también asistió otra Maria José valenciana, amiga de nuestra Maria José. Hay que decir que ninguna de las dos conocía ese local que a todos nos pareció excelente. Como curiosidad, a la hora de pedir los cafés nos ofrecieron el «cremaet», un café con ron, previamente quemado, que a la postre sería uno de los éxitos del viaje, ya que en todas las futuras sentadas en cafés y restaurantes lo solicitamos y terminamos evaluando que el mejor de todos fue el del primer día.

Después de la comida nos dedicamos a pasear por diferentes zonas para que los que no conocían la ciudad, que eran al menos la mitad de los asistentes, pudieran ir haciéndose una idea de lo más interesante en aquel contorno. Así tras dar una vuelta por el propio Mercado de Colón, recorrimos varias calles pasando junto a la Estació del Nord, Plaza de Toros, Plaza del Ayuntamiento, exterior del Mercado Central y la Lonja, Plaza de la Reina, e incluso asistiendo en la Iglesia de los Santos Juanes a una proyección sobre la evolución del templo a lo largo de los siglos.

Durante ese paseo de la tarde, y antes de ir a cenar nos acercamos hasta el Café de las Horas, para tomar algo, pero nos encontramos con que estaba lleno y había que esperar para que nos hicieran sitio. Como no estábamos por la labor de aguantar allí un rato de espera, decidimos continuar la marcha e ir a degustar el Agua de Valencia al local que tiene el honor de ser «la cuna» es decir, el sitio donde se sirvió por primera vez, que no es otro que el Café Madrid, en el hotel del mismo nombre. Aunque segun la teoría se compone de zumo de naranja y cava, al parecer la composición actual tiene, además de los dos elementos citados, algo de ginebra y ron. Lo cierto es que está bueno, y entre los que estábamos allí nos cepillamos 4 jarras del líquido elemento.

Hicimos una cena ligera en Taberna Las Meninas, donde teníamos reservado previamente. Está situada cerca del hotel, por lo que no tuvimos que hacer un gran recorrido para llegar luego a nuestro alojamiento, donde finalizamos esa primera jornada valenciana, acordando que nos volveríamos a reunir en la mañana siguiente a primera hora, para comenzar la apretada jornada marcada en el programa.

Para ese segundo día buscamos un lugar donde desayunar. La primera idea era ir a una horchatería próxima, pero como no abrían antes de las 10, finalmente nos quedamos en el café Bahía, muy proximo al hotel. El desayuno fue bastante simple, a base de cafés, tostadas, croissants y algunos zumos. Y desde allí, por la calle de la Pau, un corto recorrido hasta la plaza de la Reina aprovechando el márgen de tiempo disponible hasta la hora en que ambas Maria José nos recogerían en sus coches junto al hotel para trasladarnos a la Albufera, donde se desarrollaba el grueso del programa. Hubimos de llamar a un Cabify para trasladarnos al resto, ya que en los dos coches de las chicas no podíamos ir todos.

El plan en La Albufera consistía en acudir a una Barraca donde en exclusiva para nosotros iban a preparar una paella, además de un variado conjunto de platos clásicos de la tierra, y un paseo en barca por la Albufera. El lugar es ideal, y además como el día estaba soleado, pudimos aprovechar la tranquilidad y dedicación de los hosteleros que nos fueron dando toda clase de explicaciones sobre la preparación de la paella, mientras nos iban sirviendo unos aperitivos. Al paseo en barca no se sumaron algunos de los asistentes, pero los que sí estuvimos lo aprovechamos bien, pese a que el recorrido hubo de hacerse más corto de lo previsto porque como hacía mucho viento, no estaba todo lo agradable que hubiera sido en otras circunstancias.

De forma simultanea a la preparación de la paella, nos fuimos al recorrido náutico, durante el cual el patrón nos sirvió unos torreznos de anguila y unos boquerones fritos, que acompañamos con cervezas y otras bebidas.

De vuelta junto al fuego donde seguía preparándose la comida, seguimos paso a paso la evolución, a medida que se iban incorporando ingredientes, ya que después del sofrito inicial de la carne (conejo, pollo y pato salvaje), ase fueron añadiendo las diferentes legumbres características de la tierra.

Un paso que resultó un tanto desconocido fue la incorporación de unas alcachofas troceadas que, tras dejar el sabor en la paella fueron retiradas y pudimos degustar mientras observamos el devenir de la preparación. Incluso durante el proceso estuvo incorporada la cabeza del gallo, que no obstante se retiró en el último momento. Se incluyeron asimismo unos caracoles, y finalmente se incorporó el agua y el arroz, para llegar a la cocción final. En la elaboración todos nosotros, en mayor o menor medida, aportamos lo que pudimos, aunque algunas lo visibilizaron más.

Ya durante el tramo final de la cocción del arroz nos instalamos en el comedor donde se había preparado la mesa, en el interior de la barraca, y fuimos degustando las diferentes elaboraciones, aparte de lo que nos habían servido antes, y asi tomamos unos buñuelos de bacalao, un esgarraet de bacalao y pimiento, unos tomates con aguacate deliciosos, un par de surtidos de pan casero con aceite, un alli pebre de anguila, atún a la plancha con salsa de pistachos, y finalmente la paella que resultó ser lo peor de todo el menu, ya que estaba bastante grasienta y posiblemente también un poco pasada, Hay que señalar asimismo que con todo lo que llevábamos comido hasta que la paella se terminó todos estábamos ya sin capacidad de meter algo más al estómago.

Tras terminar la comida era ya una hora avanzada de la tarde y coincidía que en ese viernes día 23 era cuando teníamos las reservas para la òpera en el Palau de les Arts y por esa razón tras abandonar La Barraca, unos en los coches de nuestras amigas y otros con un taxi solicitado desde allí regresamos a la ciudad. A la ópera asistimos Elvira, Carmela, Ipi, José Ramón y yo mismo. La representación se trataba de Eugenio Onegin, basado en una obra de Aleksandre Pushkin, con música de Chaikovski, desconocida para nosotros pero que nos dejó plenamente satisfechos. Y no solo por la propia representación, en cuanto a los actores, la música y la escenografía, sino también por lo imponente que es el auditorio, que forma parte de la Ciudad de las Ciencias y las Artes de Valencia.

Mientras unos fuimos a la ópera, el resto se dedicaron a pasear por el centro de Valencia, aunque Pila y Armando además aprovecharon para encontrarse con unos parientes que residen en la ciudad y cenar con ellos. Al salir del Palau hubimos de esperar un rato para conseguir un Uber que nos acercase al hotel, donde contrastamos que el resto del grupo ya dormía y nadie estaba por la labor de seguir de marcha. No obstante nosotros dimos unas vueltas por el entorno tratando de encontrar donde tomar una copa, sin éxito, la verdad por lo que optamos por retirarnos a nuestras habitaciones.

El tercer día, sábado, lo empezamos desayunando en la cafetería del Hotel El Siglo, junto a la plaza de la Reina. Se eligió este lugar porque Maria José nos dijo que allí preparaban unos buenos churros. Luego resultó que los churros eran enormes (mucho más grandes de lo que en la carta aparecían) por lo que sobraron casi la mitad de los que pedimos. El chocolate estaba bueno. Al final del desayuno nos recogió María José, con quien habíamos quedado para hacer un recorrido por el centro.

Iniciamos el recorrido matinal acudiendo al Mercado Central, donde hicimos un tranquilo paseo por diferentes tipos de puestos. Como éramos un grupo numeroso, Maria José se había traído, a modo de guía, una banderita para que el grupo no se dispersara. Hubo algún comerciante que protestaba porque decía que no se admiten grupos numerosos, pero la queja no fue a mayores. Algunos llegaron a comprar algún producto que en A Coruña no se encuentra tan facilmente.

Ya fuera del mercado, continuamos por las calles del centro hasta coger un bus en la calle Colón, junto al Corte Inglés, que nos llevaría hasta la zona de la Malvarrosa, ya que teníamos hecha reserva para comer en el restaurante La Pepita, cerca del puerto y la idea era previamente recorrer las playas, El Arenal, La Patacona y La Malvarrosa.

Ya llegados a la zona de playas recorrimos todo el perímetro de las citadas, pasando delante de las casas de antiguos pescadores y algunas otras que destacaban como la casa museo de Blasco Ibañez y varias más con detalles singulares. Por allí está también el hotel-balneario Las Arenas, que fue reformado hace unos años, cuando en Valencia se desarrolló la Copa America, y que es un impresionante hotel, justo frente a la playa.

Cuando llegamos a La Pepita nos sorprendió lo enorme que es, ya que se trata de un macro-restaurante, que además estaba casi lleno, pese a que era temprano (13,30 horas). Pedimos unos entrantes variados y después sendas fideuas, una de pato y otra de productos del mar, que nos sirvieron con bastante celeridad. Sin ser nada del otro mundo, la comida estuvo bien. Además nos ubicaron en una gran mesa redonda con lo que podíamos mantener contacto entre todos.

Después de la comida hicimos un corto paseo por los alrededores del restaurante, donde están los comienzos del puerto y ya desde allí buscamos la forma de regresar hasta el hotel, para visitar el Palacio del Marqués de Dos Aguas.

La visita valió la pena y nos permitió llenar el resto de la tarde hasta la hora de la cena, con reserva hecha en el restaurante Gulliver, ya que teníamos para más tarde reservada una mesa en Jimmy Glass Jazz Bar, un local donde se desarrollaría una actuación nocturna. Al jazz no se habían apuntado Pila y Armando, y con ese motivo Pila, que se encontraba un poco llena, tampoco quiso venir a la cena, donde sí que nos acompañaron ambas Maria José.

Al llegar al local de Jimmy Glass nos encontramos con que ya habíamos estado allí 10 años atrás, en otro concierto, cuando hicimos el viaje con Elena y Rafa. La actuación se concretaba en dos tramos, en medio de los cuales hubo un descanso y aprovechando que a esa hora la mayoría del personal ya estaba cansado, optamos por no quedarnos a la asegunda parte y tomamos el camino de regreso al hotel.

El domingo 25 cambiamos de lugar de desayuno, y en la plaza de la Reina descubrimos la cafetería Pascual + Sheila, que nos pareció muy apropiada para probar otro sitio. Allí efectivamente encontramos una amplia variedad de desayunos e hicimos un cambio significativo respecto de días anteriores. Y en conjunto gustó. Lo digo porque al día siguiente regresamos al mismo sitio…

El programa para ese día consistía en ir hacia la Ciudad de las Ciencias y las Artes recorriendo el antiguo cauce del río Turia, hoy constituido por un hermoso paseo peatonal donde te encuentras a gente haciendo deporte, practicando Tai-Chi o simplemente disfrutando de la tranquilidad de la zona. Hicimos todo el recorrido a pie, para llegar al Museo de las Ciencias a buena hora, ya que llevábamos las entradas previamente reservadas. El Museo es muy amplio, pero donde además del contenido, interesante por sí mismo, posiblemente el continente es lo más llamativo. Toda la ciudad de las ciencias y las artes se levantó entre los años 1995 y 2009, y el Museo de las Ciencias fue el primero en estar operativo. El diseño es de Calatrava, fácilmente reconocible.

En el interior del museo nos movimos al aire de cada uno. Como es muy amplio y tampoco se trataba de aprender todo lo que aquello nos puede enseñar, pusimos una hora de salida, porque donde sí que teníamos fijada hora en el Hemisferic, para ver una proyección a las 13,00 horas.

Con exquisita puntualidad en el cumplimiento de los horarios, unos minutos antes de la hora fijada estábamos todos accediendo al Hemisferic, donde hay una enorme bóveda para desarrollar las proyecciones de todo tipo que allí se muestran. En nuestro caso la proyección era «Animal Kingdom», que estuvo bien sin más. Era la que estaba disponible ese día y a esa hora, pero supongo que deben tener otras más interesantes. Al igual que con el museo, el edificio del Hemisferic es también impresionante.

Una vez finalizada la proyección, tocaba la comida, que también estaba reservada por allí, en este caso en el restaurante Contrapunto, que está en la base del Palau de les Arts. Allí se había pedido ya un menú previo (exigencia del local), que constaba de un par de entrantes (Ensaladilla de anguila ahumada y Olé mis Huevos), ambos francamente buenos y magníficamente presentados. Como plato principal había la elección entre carne (Presa Ibérica) o arroz (Arroz marinero con pato y boletus), siendo este último el plato más solicitado y que tuvo éxito. Como postre nos trajeron un preparado con helado de frambuesa.

Terminada la comida con la que todos quedamos satisfechos, continuamos el paseo bordeando las edificaciones para llegar al Agora, la última de las construidas, que es un espacio lúdico, con un auditorio, cafetería, zona de juegos para niños, etc. Alli hicimos un pequeño descanso, mientras decidíamos lo que hacer en el resto de la tarde, que era ya la última de nuestro viaje.

Y lo decidido fue desplazarse hasta el Roig Arena, a donde podíamos llegar caminando unos 20 minutos. Pila y Armando se descolgaron del paseo y se perdieron la visión del edificio que es realmente interesante. En ese momento parece que se estaba jugando un partido del Valencia Basquet y no pudimos acceder, pero sí vimos salir de otra de las zonas a unas niñas falleras que debían estar preparando algún acto pre-fallero, porque se da la circunstancia de que una sobrina de Roig, el promotor, será nombrada fallera mayor, y por esa razón también en una pantalla aparecía su foto.

Para volver al hotel, fuimos a buscar una parada de bus que nos dejase cerca. No tuvimos que caminar demasiado, aunque la parada donde nos situamos era no la primera del recorrido, sino la última del trayecto inverso, por lo cual después de esperar un buen rato la llegada del bus, el viaje se prolongó un poco más, pero con excelente ambiente entre todos.

Para la cena habíamos hecho una reserva en Gran Mercat, un restaurante especializado en platos típicos valencianos, y más en sentido de tapas que de grandes menus. Fue una cena rápida con la que dimos por finalizada la jornada, eso sí tomando el «cremaet» que, desde la primera comida, se había hecho ya un final característico de todas las demás.

El lunes nos despertamos ya con los equipajes preparados para solo tener que pasar a última hora de la mañana a recoger las maletas en el hotel. Como ya comenté, volvimos a desayunar al sitio del día anterior, ampliando la variedad de los pedidos una vez íbamos descubriendo novedades en la carta.

Después de desayunar, como ya estábamos en la plaza de la Reina y nos había quedado pendiente la visita al Miguelete, decidimos acercarnos allí, y mientras Ipi y Pila se iban a visitar la Iglesia, el resto subimos los más de 210 escalones que llevan a lo alto de la torre para desde allí poder observar toda la ciudad a vista de pájaro.

Otrro de los proyectos del día era visitar la iglesia de San Nicolas, donde se hacen unas proyecciones muy interesantes. Pero resultó que precisamente ese día era la festividad del santo, y no había proyección. Además la iglesia estaba llena de gente que iba a pedir indulgencias al santo. En cualquier caso pudimos visitarla.

Y por último, para completar la jornada de visitas, nos desplazamos hasta la plaza del mercado para acceder a la Lonja, un precioso edificio que tuvo una enorme importancia en su momento como centro de contratación. No estuvimos todos en la visita porque algunos prefirieron ir al Mercado, pero los que estuvimos quedamos satisfechos con la visita.

Todavía antes de la comida pudimos darnos una vuelta por la plaza del Ayuntamiento y como coincidió que estaba abierto para el público el edificio municipal, los primeros en llegar accedieron a él, y tras los primeros fuimos la mayoría del resto del grupo. Fue una oportunidad que yo no había tenido anteriormente y creo que a todos nos gustó poder entrar y ver las salas, muy clásicas y decoradas, e incluso acceder al balcón desde donde pudimos fotografiarnos y también, ya luego desde abajo, yo coger imágenes de algunos como si fueran el alcalde o la alcaldesa.

Al salir del ayuntamiento, nos fuimos directos al lugar donde se iba a celebrar la última comida. Era el restaurante Los Gomez, del mismo grupo del de la noche anterior. El menu era un poco más amplio, y entre otros platos había disponible una especie de cocido valenciano, al que se adhirieron un par de comensales. En cualquier caso se trató de una comida relativamente rápida, aunque la terminamos con el clásico «cremaet».

Y desde allí, directamente al hotel a recoger los equipajes, y en un par de Uber grandes, rumbo al aeropuerto, donde nuestro vuelo salió con la misma puntualidad que a la ida, y al regreso A Coruña nos recibió empezando la lluvia que nos había perdonado durante nuestra estancia viajera. El vuelo resultó tranquilo. Y llegamos cada uno a su casa esperando ya para la siguiente….

Atenas, por fin !!!

Desde hace años, cada vez que aparecía una oferta de vuelos con descuento, miraba para tratar de encontrar algún vuelo económico a Atenas, una de las pocas capitales europeas que no conocía y que quería descubrir. Pero nunca aparecía la ocasión de una buena combinación vuelo + hotel asequible. Por fín esta vez, a finales de diciembre, apareció una posibilidad de viajar en enero con un precio relativamente asequible en cuanto al avión, y muy aceptable en lo referente al hotel. Así que, sobre la marcha, hice las reservas, de forma que al tratarse de una fecha próxima a las navidades el viaje sirviera como regalo de reyes, aniversario, etc. etc.

Las fechas seleccionadas fueron desde el 15 al 19 de enero, de jueves a lunes, con tres días completos en la ciudad y un total de 4 noches, considerando que era tiempo bastante para descubrir todo lo que Atenas guarda para el visitante.

De ese modo el jueves 15 de enero partíamos de A Coruña en dirección a Barcelona, donde tendríamos luego el enlace para llegar a destino. Aunque el tiempo de espera en el aeropuerto era largo consideramos que no lo suficiente como para bajar a la ciudad, por lo que nos dedicamos a leer, pasear y asi llenar el tiempo hasta que a media tarde embarcábamos para llegar a Atenas sobre las 9,15 de la noche (hay una hora de diferencia entre Grecia y España).

Desde el aeropuerto teníamos una excelente comunicación por metro hasta nuestro hotel, por lo que no nos planteamos otra alternativa para llegar al centro de Atenas. El trayecto dura casi una hora. El Moxy Hotel está situado en la plaza Omonia, esquina a la calle Stadiou y la salida del metro queda a poco más de 20 metros del hotel. Sin embargo la gente que circulaba a esas horas por la estación de metro o están poco espabilados o no son de por allí, porque pese a consultarlo con algunas personas, incluyendo a dos vigilantes, no sabían decirnos ni la salida adecuada a la calle Stadiou ni hacia el hotel, pese a tenerlo justo al lado.

Al llegar a la habitación del hotel nos encontramos que, como bienvenida, teníamos una botella de vino espumoso, además de un par de donuts dulces, y celebramos la llegada.

En fin, acomodados en el hotel y como estábamos con ganas de meter algo al estómago (la cafetería del hotel estaba ya cerrada porque pasaban algo de las 11 de la noche) salimos a localizar algún sitio donde nos dieran de cenar, y lo encontramos a poco más de 100 metros. Un pequeño establecimiento totalmente local, con comida griega y en el que ya estaban haciendo la limpieza, donde pudimos tomar un kebab y un plato con productos similares, junto a una cerveza. De lo más típico simplemente llegando a la ciudad.

A la mañana siguiente, tras desayunar en el hotel, programamos el plan de visitas. Hicimos allí, directamente con una persona del equipo del hotel, la reserva para una visita completa a la Acrópolis para el día siguiente, con guía en español. Y a continuación salimos ya a la calle para empezar a conocer la ciudad, y para ello nos subimos a un bus de los que hacen el recorrido por diferentes lugares de la ciudad, un Big-Bus, que cogimos en la misma plaza Omonia, frente al hotel. En el trayecto por diferentes barrios, pasamos junto al mercado, los lugares más significativos e hicimos una parada al pié de la Acrópolis, desde donde tuvimos la primera visión a lo lejos del conjunto.

Nos llamó la atención una pequeña capilla en la que parecía haber tenido un incendio por estar todo el conjunto ahumado, pero resultó que ese color negruzco se debía al humo de las velas que los feligreses ponen de forma continuada como ofrenda y peticiones. Recorrimos también el Mercado Central, y callejeamos por toda la zona.

Recorriendo la calle Ermou, la más comercial de la ciudad, encontramos una pequeña iglesia, cuyo interior era de lo más atractivo. Está situada en una pequeña plaza, rodeado todo de los comercios de las marcas más conocidas. Esa calle (Ermou) va desde la plaza Sintagma, donde se encuentra el Parlamento, hasta el barrio de Monastiraki, otra de las zonas más concurridas, y en cuyo entorno se encuentran una gran parte de los restaurantes típicos, habitualmente lleno de turistas. En ese trayecto pasamos junto a la Catedral de Atenas, en la que el mismo día de nuestro regreso se iba a celebrar el funeral por el fallecimiento de la hermana de la Reina emérita Sofía.

Durante el resto del día continuamos recorriendo las calles y lugares que, desde el Big-Bus, nos habían parecido más atractivas. Nos movimos mayoritariamente por el barrio de Plaka, uno de los más característicos de Atenas, y en uno de esos restaurantes hicimos sendas paradas para comer y cenar algo, siempre volcándonos en platos típicos, como la Musaka que Ipi tomó en un par de ocasiones, o el cordero con arroz que tomé yo.

El segundo día amaneció pronto para nosotros ya que nos recogían a las 7,40 de la mañana para incorporarnos al grupo que había contratado la visita a la Acrópolis al igual que nosotros. No obstante, ya en la agencia, el recorrido en bus con el que se iniciaba la visita no empezó hasta pasadas las 8 de la mañana. Y ese comienzo fue mediante un paseo en autocar por las calles más importantes de la ciudad, contorneando diferentes monumentos para dar una visión global de Atenas, algo que para nosotros fue en cierto modo repetición del Big-Bus del día anterior.

Pasamos frente al estadio Panatinaico, Parlamento, Academia de las Artes, Universidad, Biblioteca, Palacio Presidencial, Arco de Adriano, Jardín Nacional, etc. etc. Y todo ello sin bajar del autocar, y haciendo algunas fotos desde el mismo.

Ya a pie, desde la agencia comenzamos el recorrido hacia la Acrópolis, a la que se llega a través de una serie de calles llenas de comercios y restaurantes, para acceder al recinto cerrado donde comienza la visita. Ya dentro, comenzamos con el Teatro de Dionisos, un recinto semicircular donde se representaban las tragedias de Esquilo, Sófloques y Eurípides. Se le considera la cuna del arte drámatico del mundo antiguo y moderno. Las primeras filas tienen un diseño especial ya que estaban reservadas a los personajes principales de la ciudad, y tienen grabados nombres y/o referencias a los mismos.Junto al Teatro estaba el Templo también dedicado a Dionisos, del cual quedan algunos restos.

Continuando el ascenso a la parte alta de la Acrópilis, dejamos al lado el Odeón de Pericles, construido en el 447 a.C. destinado a celebrar alli concursos musicales. Fué destruido por un incendio en el año 86 a.C. y posteriormente, sobre sus restos en el mismo lugar se edificó el Odeón de Herodes Atico, en el año 161 d.C. en el cual todavía hoy se celebran actuaciones que congregan a multitud de personas. En estros momentos está en restauración.

Y tras subir un poco más llegamos a la zona de entrada de la parte alta, a la que se accede por la Puerta de Belué, que da àso al monumento a Agripa, el Templo de Atenea Niké y Los Propileos, y a partir de ahi nos vamos encontrando la mayor parte de las grandes edificaciones.

Llegamos así al Erecteón, el segundo templo más importante de la Acrópolis, después del Partenon. Su construcción empezó en el año 421 a.C. y se terminó entre los años 409 a 405 a C. En su conjunto están las Cariátides, 6 figuras de mujeres, de cuyos originales 5 se encuentran en el Museo de la Acrópolis y la sexta en el Museo Británico (las actuales son reproducciones).

Y asi llegamos a la construcción principal, el Partenon. Su construcción se inició en el año 447 a.C. y la inauguración tuvo lugar durante la fiesta de las Panateneas en el 438 a.C. Es un templo de estilo dórico, con 8 columnas en la fachada y 17 en los laterales. Construido inicialmente en marmol de Penteli, salvo la techumbre, de madera. En el Museo de la Acrópolis hay una reconstrucción de los frontones.

Después de recorrer tranquilamente todo lo alto de la Acrópolis, con multitud de zonas donde se acomodan restos de las diferentes edificaciones, comenzamos el regreso a la parte baja, donde está el Museo cuya visita también estaba incluida en el programa. Allí es donde se guardan la mayor parte de esculturas originales, donde hay reconstrucciones de los frontones del Partenón, y como ya antes señalé, las estatuas originales de las 5 Cariátides que se conservan en Atenas. La persona que hacía de guía en la visita nos animó a visitar al atardecer el alto del monte Licabeto, desde el cual se tienen espléndidas imágenes del Partenón especialmente a la puesta del sol. Y aunque el día no estaba despejadocomo sería de desear, acordamos que si no empeoraba, allí nos dirigiríamos a la hora adecuada.

Después de transitar por las diferentes salas del museo, que daría para estar allí una jornada entera, y como allí mismo finalizaba la visita guiada, optamos por quedarnos a comer en la cafetería del propio museo, donde degustamos unas ensaladas y una espléndida tabla de quesos, que dicho sea de paso no conseguimos terminar, por lo cual nos llevamos los restos para, ya a la noche en el hotel, terminar con ellos la botella de vino espumoso con la que nos habían obsequiado.

El siguiente paso fué tomar un taxi para acceder a lo alto del Licabeto. Nos habían dicho que se podía llegar mediante un teleférico, pero que tal vez con el viento reinante no funcionaría. En ese caso podía llegarse también subiendo escaleras o mediante la formula mixta taxis + escaleras, que fue lo que finalmente elegimos. No obstante, lo cierto es que no llegamos a localizar el mencionado funicular, y que a punto estuvo Ipi a renunciar a la subida cuando habíamos transitado ya por una buena parte de las escaleras.

En la cima de Licabeto soplaba de lo lindo. Allí hay una capilla y unas vistas excelentes sobre toda la ciudad, y también se puede observar la puesta de sol que nos habían anunciado. en este caso, más que la puesta de sol aprovechamos la caida de la tarde, viendo al fondo, tras el Partenon, el mar sobre el que aparecían varios buques que transitaban por la zona.

La verdad es que la mejor vista del Partenón al atardecer se lograba no desde lo alto del monte, sino algo más abajo, durante el recorrido de descenso que hicimos íntegramente por las escaleras, para llegar finalmente al lugar donde sí que estaba la salida del teleférico que no habíamos visto.

Ya en la parte baja, hicimos un recorrido que era en parte repetitivo, pero que a esas horas, cayendo la tarde, tenía una visión bastante diferente. Pasamos delante del museo bizantino, del Ministerio de Defensa (donde había algún helicóptero, avión, tanque, etc.), Galeria Nacional, etc. Y como íbamos en sentido contrario, retomamos la marcha para llegar a donde pretendíamos, volviendo a fotografiar el Museo de Arte, la Universidad y la biblioteca Nacional, antes de llegar a la plaza Sintagma.

A continuación bajamos hacia el Agora para volver a repetir las calles de Plaka, pasando por Monastiraki y el final de Ermou. Volvimos a captar una visión diferente del Hefesión y pasamos ante una de las iglesias que en otro momento no estaban abiertas. En esta ocasión sí lo estaba, aunque acababa de celebrarse una boda (en cada viaje curiosamente nos encontramos con alguna boda), y los novios (pelados de frío) estaban haciendo fotos junto a la iglesia.

Allí Ipi sugirió cambiar de dirección y meterse hacia el barrio de Psirri, otro de los lugares recomendados y que no habíamos visitado todavía. Resultó ser una zona de lo más animado a esa hora, con gente local mayoritariamente aunque no dejábamos de encontrar también guiris. Era una zona de comidas pero sobre todo de tapeo y copas. Encontramos por allí cafés y bares sudamericanos, principalmente cubanos y venezolanos, todos con un aspecto espléndido y mucha animación que, por la hora, se veía que iba en aumento.

Hay que tener en cuenta, también, que era sábado por la noche y lógicamente hay mucha más gente disponible que en día de semana normal. Ya desde ahí regresamos al hotel sin ganas de hacer una cena formal y sustituimos esta por tomar en el hotel lo que quedaba de la botella de espumoso con el resto de quesos de la comida y unos panecillos que compramos de camino.

Para el domingo teníamos también un programa apretado, porque queríamos estar ante el Parlamento para el cambio de la guardia, y antes pretendíamos visitar el Museo Arqueológico, muy recomendado en todas las guías y también por el personal del hotel. Ya un par de días antes habíamos intentado la visita, pero resultó que cuando llegamos allí eran las 3 de la tarde y cerraban media hora después, con lo cual no compensaba entrar. Y además nos dijeron que el domingo la entrada era gratuita. Así que madrugamos, estuvimos por allí sobre las 9 de la mañana y apenas pudimos hacer una visita corta, porque es aquello tan amplio que habría sido necesaria toda una jornada para verlo medianamente. En cualquier caso nos gustó.

Desde el museo nos fuimos directamente en taxi a la plaza Sintagma, donde está el Parlamento, para ver el cambio de guardia. Como nos habían pronosticado, estaba petado de gente, de forma que para ver algo había que buscar entre las cabezas de quienes teníamos delante. Perdimos allí bastante tiempo porque el proceso del cambio de la guardia es un tanto lento y ceremonioso. Pudimos hacer algunas grabaciones de video levantando el palo selfie y alguna foto no muy buena, pero era lo que había….

Terminado el proceso del cambio de guardia, optamos por acercarnos a la zona del Agora antigua y el Agora moderna para ver el parque donde está el Hefesión. Para ello nos dirigimos a Monastiraki, y desde alli bordeamos el parque buscando la entrada. Pasamos por el Mercado de las Pulgas, que viene a ser como un «rastro» donde cada paisano vende lo que se le ocurre, pero sin realmente cosas interesantes para nosotros. Y después de bordear el parque llegamos a la puerta de acceso que, precisamente ese día, encontramos cerrada porque estaban con temas de mantenimiento.

Y como estábamos ya del otro lado y era temprano para comer, bordeamos todo el parque obteniendo una visión diferente del mismo espacio, a la vez que abríamos el apetito para la comida.

Terminado el paseo empezamos a buscar ya un lugar donde comer, y en esta ocasión pensando en localizar un buen restaurante local, más que un lugar turístico. Pasamos ante el Abisinia, que nos había recomendado Chema, pero nos pareció un tanto apretado, y decidimos seguir adelante, y poco después localizamos en la misma calle Ermou, en el tramo final el restaurante Liystor, que era uno de los que en el hotel nos había recomendado. Ocupa todo un edificio, y en la tercera planta tiene una terraza cerrada y cubierta en la que se estaba fenomenal, con unas preciosas vistas y bien acondicionada (con estufas).

Comimos estupendamente, a base de platos locales pero con categoría. Tras unos variados entrantes, Ipi repitió una Musaka de diseño, mientras yo me tomé un plato típico con espárragos y arroz meloso. Y un postre que también estuvo a la altura. Tiene además una hermosa bodega en el sótano.

Ya tras la comida nos dispusimos a recorrer el Jardin Nacional, donde se encuentra el Arco de Adriano y el Templo de Zeus Olímpico y desde allí caminamos hasta llegar al estadio Panatinaico.

Aunque hacía frío porque ya caía la tarde, nos tomamos con calma el paseo y ya en el interior del estadio hicimos un recorrido bordeando las pistas, haciendo fotos desde ángulos diferentes y finalmente accediendo a una galería interior en la que se muestran los soportes del transporte de la antorcha con la que se llevó la llama olímpica en cada una de las celebraciones de los Juegos, con los carteles representativos, etc.

Y ya después de la visita al estadio, recorrido de regreso hacia el hotel, bordeando el jardín nacional y pasando delante de la residencia presidencial, donde tuvimos ocasión de ver algunos movimientos de los guardas, del mismo conjunto que quienes hacen la guardia frente al Parlamento y con un ceremonial similar, aunque más reducido.

Antes de ir al hotel, no obstante, volvimos a hacer un recorrido por algunas de las calles comerciales recomendadas en las guías, como Tripodón (donde segun nos indicaron en la visita a la Acrópolis, en algunas casas antiguamente colocaban en las puertas el premio que se otorgaba a los ganadores de las obras que se representaban en el Teatro de Dionisos), y como Adrianou, calles que junto a Ermou fueron las que más veces recorrimos en estos cuatro días de Atenas.

A la mañana siguiente, tras desayunar en una cafetería próxima al hotel, donde el surtido de pastelería era impresionante, pasamos a recoger las maletas y allí mismo tomamos un taxi para hacer tranquilamente el regreso y llegar al aeropuerto sin prisas, teniendo en cuenta que luego ya dentro de la zona aeroportuaria hay un largo recorrido a través de cintas para llegar a la zona de facturación y a las puertas de embarque.

La vuelta, de nuevo a través de Barcelona y con poco tiempo de espera, se desarrolló con total puntualidad y con ello dimos por finalizado este periplo por Atenas, cumpliendo así el deseo largamente esperado.

20N – Celebración

Desde hace 50 años (algunos dicen que un par de ellos más), un grupo de antiguos compañeros de los bancos del grupo BBVA organizan una comida (un cocido en este caso) en O Carballiño y/o en ocasiones en algún otro lugar próximo, aunque el nexo común viene siendo esa población entre otras cosas porque los promotores del evento son en su mayoría de allí, si bien los asistentes provienen tanto de la provincia de Ourense como de las de Pontevedra y A Coruña.

Yo he ido en numerosas ocasiones aunque no pertenezco al núcleo de los promotores. Mis inicios fueron a finales de la década de los 80 ó en los inicios de la década de los 90. Pero siempre que he acudido lo he disfrutado, además de por la comida que en estos casos suele ser el «leit motiv», por el encuentro con compañeros de otras zonas y ahora reencuentro, puesto que ya todos estamos jubilados.

En esta oportunidad la comida se celebró en el restaurante Derby, en O Carballiño, y allí nos juntamos un total de 15 compañeros, procedentes de los antiguos Vizcaya, Bilbao y Argentaria, y ahora residentes además de en la propia localidad de Carballiño, en Vigo y A Coruña, así como en otros ayuntamientos ourensanos.

En mi caso y el de los otros tres coruñeses de la Peña Bebeuvas con los que hice el viaje, nos desplazamos en tren a Ourense, y desde allí nos trasladó al lugar de la comida el amigo Lozano, que además en esta ocasión ha sido el promotor y el encargado de seleccionar el lugar de la comida.

Tras un relajado trayecto en tren, Manolo Lozano nos recogió en la estación de Ourense y nos llevó al punto de destino, donde antes de la comida compartimos un rato muy agradable con un grupo de amigos que se reunen de forma habitual en un bar a tomar unos vinos, en esa ocasión el bar en cuestión era el Venezuela desde donde más tarde nos dirigimos al Derby.

Ya en el restaurante nos unimos al colectivo de la zona sur, que estaban llegando, y tras los abrazos de rigor nos acomodamos en el comedor para dar cuenta de un bien preparado y abundante cocido, regado con un ribeiro Viña Amoriño, un mencía Alma, de Monterrey, y una botella magnum de rioja Beronia que algunos más exquisitos se pidieron.

Como a mi me gustan los números y esta era una ocasión especial, ya que se cumplían 50 años de la denominación del encuentro, hice un sondeo entre todos los participantes para conocer su año de nacimiento, con la finalidad de comprobar cuantos años sumamos en conjunto los asistentes al evento y resultó que la suma de todos era de 1.121 años. Es decir, que la media de edad de los «chavalines» que alli nos reunimos estaba en casi 75 años, aunque nacidos en el 50 solo éramos dos, y el abanico iba entre los 82 años del más longevo hasta los 67 del más juvenil. En fin, un colectivo variado pero muy bien avenido.

A los postres nos sirvieron un Brazo de Gitano adornado con el 50 y fue Chan el encargado de soplar las velas, aunque además de ese 50 hubo otro en números grandes colgado de la pared junto a la mesa donde nos ubicamos. Y para los chupitos disfrutamos de un par de botellas de Licor Café y Licor de Hierbas que nos había regalado «Requeixo», el colega con quien tomas los vinos, que es además productor y proveedor de vinos y derivados en diversos bares del lugar.

En definitiva, una reunión para recordar, que en mi caso sirvió además para complementar mis recuerdos relativos al 20 N sobre los que en el día de ayer comenté aquí mismo.

20 – N

Mañana es el 20-N, una nomenclatura que para muchos, sobre todo los jóvenes, no representa nada. Pero que a otros, la gente de mi generación, es una fecha histórica por lo que representa, ya que en ese día, 20 de noviembre de 1975, empezó una segunda fase de nuestra historia que llevó aparejada (con la evolución a lo largo de los años) una nueva forma de vida, en cuanto a disponer de libertades antes imposibles, y a avances en todos los sentidos, pero principalmente en lo relativo a las personas y a su ámbito de actuación.

Pero sin entrar a valorar todo lo caminado en estos 50 años, que no es poco, ahora y el día de hoy en concreto me retrotrae a esa fecha del 19 de noviembre de 1975.

Por esos día yo estaba en Madrid, alojado en casa de los que iban a ser mis suegros, puesto que estaba con los preparativos de mi boda (mi primera boda), que se celebraría un par de semanas después.

Ese día en concreto yo había quedado para ir al teatro, a un teatro que creo que ya no existe porque no he conseguido localizarlo, por la zona de Delicias. La representación era sobre las 11 de la noche, y yo había reservado entradas además de para mi para Carmen, la que iba a ser mi mujer, y para una amiga, Mari Carmen, una enfermera a la que conocí en Ourense durante su época de estudiante de enfermería en el antiguo Hospital Provincial.

Mari Carmen por esas fechas, una vez terminada su carrera, había comenzado a trabajar en el hospital de La Paz, en Madrid, a donde pasamos mi novia y yo a recogerla poco antes de las 10 de la noche. En esos momentos La Paz era un centro de atención no solo español, sino de gran parte del mundo, habida cuenta de que allí se iba acomodando para su muerte Francisco Franco, el todopoderoso dictador durante 40 años de los destinos de España.

Me quedó grabado para siempre el momento en que mi amiga Mari Carmen salió del hospital y, al entrar en el que era mi coche (un Mini 1000, matrícula OR-4088-A del que tan gratos recuerdos tengo), lo primero que dijo fue: «ya está boca arriba«, refiriéndose evidentemente a Franco. Y la traducción explícita de esa información era que el dictador había pasado a mejor vida (bueno, no sé si es apropiado lo de mejor, porque en este mundo ha tenido la que ha querido..).

Portada de La Voz de Galicia – 20 Nov. 1975

Lo cierto es que del hospital nos fuimos al teatro y yo a partir de aquel momento estaba a la espera de que la noticia fuera pública. Se esperaba ya desde algunos días atrás, porque aparentemente se le estaba manteniendo con vida tal vez para preparar el momento en que fuese más adecuado a los intereses del gobierno de turno. Y cuando salimos del teatro seguía sin haber noticias, con lo cual me fui a la cama casi con el transistor pegado a la oreja. Y finalmente sobre las 4,30 de la madrugada en la radio ya empezó a comentarse, aunque la imagen que ha quedado para la posteridad es la de Arias Navarro, con cara tristona dijo aquello de «españoles, Franco ha muerto».

Después de estos 50 años, con la mirada hacia atrás habría un montón de cosas que recordar. Como yo soy de aflorar lo positivo y dejar que lo negativo se vaya a lo mas oscuro del «disco duro», cabe vanagloriarse de los avances que entre todos hemos conseguido y que nos permiten hoy vivir en libertad, incluso aceptando que para algunos esa libertad tenga el significado de saltarse las normas vigentes para todos…

Este pasado fin de semana, en el apartado dedicado a la música de otros tiempos en el programa «A vivir que son dos días» que dirige Javier del Pino, se recordaban canciones de la década de los 70, algunas anteriores al 20-N y otras ya en los primeros momentos de la transición, en las que su utilizaban metáforas para criticar la falta de libertades, para soslayar las prohibiciones derivadas de la censura y para transmitir a la gente la necesidad de avanzar sin confrontaciones. Canciones como las de Cecilia (Mi Querida España), Luis Eduardo Aute y Rosa León (Al Alba), Raimón (Al Vent), Jarcha (Libertad sin Ira), y otras muchas, en las que se decían a medias o se intuían muchas verdades que no era posible comentar abiertamente.

La gente joven de nuestros días no es consciente de lo pasado por nosotros en esa etapa y hoy se aplauden conductas como la de Trump y sus seguidores dentro y fuera de USA y cada vez más cerca de nosotros.

Pero en fin, todo aquello pasó, y como dije al principio hoy para mi es un momento de recordar aquel momento especial de la noche del 19 de noviembre.

OUTONO GASTRONÓMICO 2025

Como en años anteriores, tampoco el 2025 se ha librado de nosotros para participar en la programación del Outono, si bien esta vez lo hicimos con algunas variaciones. La primera de ellas fue que la organización corrió a cargo de Pila y Armando, que han demostrado que cuando son ellos quienes programan se implican a fondo y además lo hacen de maravilla.

Así pues, ellos se ocuparon de buscar el destino (problema arduo, puesto que conseguir una casa que esté bien, tenga el número de habitaciones necesario para un grupo tan numeroso como el nuestro y además admita solo una noche de alojamiento…), y montaron un espléndido programa de actividades para los dos días seleccionados, que fueron el sábado 25 y el domingo 26 de octubre.

En la segunda de las variaciones comentadas antes resulté ser yo el culpable, porque como llevo un par de semanas impedido de moverme con normalidad y no estaba preparado para caminatas, visitas prolongadas, etc, me vi obligado a restringir mi participación a la asistencia a la casa rural dejando de lado el resto de la programación. Y como Ipi no quiso dejarme solo, tampoco ella acudió a las actividades diversas previstas.

Y ya entrando en esas actividades, hay que señalar que el punto de reunión del grupo se fijó en el Castro de Baroña, donde a las 11 habría una visita guiada al mismo a cargo de Gustavo. Por lo que cuentan la visita resultó bien, aunque al parecer el guía era más soso que… en fin, muy soso. Me confirmaron, a toro pasado, que bajo ningún concepto yo habría podido participar en la misma, ni en silla de ruedas como alguien sugirió, por las características del terreno, algo que ya era previsible. Lo que también contaron, y lo muestran las imágenes aportadas, es que desde el castro pudieron observar a varios delfines cerca de la costa, e incluso a un pescador con un pulpo recién capturado.

A continuación, a las 13 horas estaba concertada otra visita guiada, esta vez en el Museo de la Marea, en Porto do son, dirigida por Manuel. en esta ocasión el guía parece que fue ameno y todos salieron contentos con sus explicaciones, porque además el museo tenía gran interés.

La comida la habían reservado los organizadores en Porto Nadela, en el puerto de Porto do Son. Por los comentarios posteriores todos salieron contentos del trato recibido y de los menús que cada uno seleccionó para sí mismo. Y como el programa era denso, tampoco pudieron demorarse demasiado tras la comida, ya que a las 5 de la tarde estaba reservada otra visita guiada, esta vez en Noya y a cargo de Paula, para hacer un recorrido por la zona monumental de la localidad.

También esa visita satisfizo al grupo, destacando todos la calidad de Paula como guía, que hizo su trabajo a la perfección y les permitió descubrir todo lo que esa zona monumental reúne.

Al finalizar ese recorrido por Noya, todos los asistentes se dirigieron ya a la Casa Rural Perfeuto María, en Cabanamoura, municipio de Outes, la seleccionada por Pila y Armando para degustar los menús gastronómicos ofertados en el programa. Y tanto Ipi y yo, que nos incorporábamos a partir de ese momento a las actividades, llegamos al alojamiento «antes de las 8 de la tarde» como se nos había indicado. Hay que decir que aprovechamos para, de camino, hacer una parada en Santiago para asistir al funeral que ese mismo día, a las 6 de la tarde, se celebraba en la iglesia de San Pedro por mi primo José Manuel, fallecido recientemente en Tenerife, donde residía desde hace muchísimos años. En un principio, cuando se nos comunicó la fecha del funeral, dije que no podríamos acudir porque estaríamos de viaje en ese día, pero con el cambio de situación por mi cojera, pudimos combinar ambas actividades.

Llegamos de primeros a la casa rural, que por cierto nos causó una excelente impresión inicial, corroborada posteriormente por el trato recibido. También procede señalar que teníamos ya una información previa de la casa debido a que allí celebraron mis hermanos la reunión familiar que en el mes de mayo nos junta a todos y que en este año programó Paco, no pudiendo nosotros estar presentes debido a que en esas fechas operaron a Ipi de su problema en el hombro.

Después de acomodarnos en la casa, esperamos la llegada del resto del grupo y ya todos juntos, tuvimos las primeras informaciones por parte de los demás de lo acontecido en las horas anteriores. He de señalar que todos llegaron encantados de la jornada y favorablemente predispuestos a lo que quedaba de programa.

La cena estuvo muy bien, porque aunque los entrantes (lacón «a feira» y queso San Simón con nueces, según fuese un menú u otro) y el plato inicial (revuelto de grelos y langostinos o revuelto de setas) resultaron algo escasos, tenía su justificación en la abundancia del plato principal (ternera asada con castañas y manzanas o merluza del pincho al estilo de la casa) en ambos menús. Y luego unos postres variados. Todo ello regado con vino blanco Ribeiro y tinto Mencía. Se completó la cena con cafés y chupitos, aunque luego pasamos a la salita contigua para tomar unos digestivos.

Durante la cena, haciendo repaso a otras reuniones, no solo de los «outonos» sino a la multitud de xuntanzas festivas que venimos llevando a cabo desde hace muchos años, alguien sugirió una excursión para los meses próximos, y Elena que es una artista comprando vuelos a buen precio, se lanzó a la aplicación de Volotea para reservar billetes en enero próximo viajando a Valencia. En el inicio solo consiguió comprar 4 billetes, y por esa razón yo mismo, y creo que también María, intentamos conseguir los del resto de animados a viajar, pero la aplicación no funcionaba como debía y no fuimos capaces de conseguir en ese momento más reservas, algo que a día de hoy parece ya solucionado con gestiones posteriores. Por tanto, al igual que como suele decirse «de una boda sale otra», en nuestro caso lo que ocurre es que de una fiesta sale otra, y queda demostrado no solo en este evento, sino que viene siendo hábito cada vez más repetido.

Casa Perfeuto María en Cabana Moura (Outes) – Finde Outono Gastronómico 2025

Tras una noche de descanso, a las 9,30 del domingo nos concitamos para el desayuno, que además de muy abundante y variado estuvo preparado de forma exquisita. Hay que reseñar que tanto la persona que nos atendió a la cena (Belén) como quien lo hizo por la mañana para el desayuno (Regina) fueron de lo más atento y profesional, lo que nos dejó un excelente sabor respecto de la valoración de la casa rural.

El programa matinal para el domingo consistía en una caminata por la denominada «Ruta dos carpinteiros dos pés mollados» con parada en el Astillero de Ciprián. La ruta comprendía un recorrido cercano a los 10 kms, y en el intermedio unas explicaciones en el citado astillero, (Espazo museístico da carpintería de ribeira, Estaleiro Ciprián). Como quiera que yo no podía participar en la caminata y tampoco Ipi quiso hacerlo sin ir yo, mientras los demás hacían ese recorrido nosotros nos desplazamos desde la casa rural hasta Ponte Maceira, señalado como «uno de los pueblos más bonitos de España».

Por los comentarios de unos y otros, el recorrido incluido en la caminata fue de lo más atractivo, y también nosotros quedamos contentos con la visita a Ponte Maceira. Y calculando el tiempo que debían llevar invertido en la caminata mientras nosotros hicimos nuestra visita comentada, supusimos que tal vez si nos acercábamos hasta el astillero tal vez podríamos encontrarnos de nuevo allí con ellos, y así fue, de modo que pudimos también Ipi y yo participar de las explicaciones en el astillero, visita que a todos nos resultó de lo más interesante, incluidos los videos explicativos de la forma artesanal de trabajar.

Al terminar la visita al astillero, los caminantes continuaron su ruta hasta el final del recorrido previsto, que era el puerto de Freixo, donde después estaba reservada la comida, en Pepe do Freixo.

Aunque nosotros intentamos incorporarnos a la comida, ya no fue posible dado que al parecer el restaurante tenía totalmente completado el aforo y ni siquiera indicando que los comensales estaban dispuestos a apretarse un poco para hacernos sitio, ya los de Pepe do Freixo no admitieron la sugerencia, por lo que Ipi y yo tomamos el camino de regreso a casa mientras los demás terminaban su caminata y acudían a la comida.

Y ya de nuevo cada uno en su casa, hubo un reconocimiento general hacia los organizadores, que lo han hecho de maravilla. Tanto es así que ya han quedado encargados en ser también ellos quienes se ocupen de preparar el Outono del próximo año, a desarrollar en Arzúa.

Una escapada entre semana

Zamora es una ciudad a la que desde hace años debíamos una visita, porque Ipi no la conocía y aunque yo estuve por allí hace año y medio, cuando hicimos un tramo del Camino de la Plata, tampoco en esa ocasión dispusimos de mucho tiempo para visitar lo mas importante. Además para ambos teníamos también pendiente ir a Toro, una localidad que ninguno de los dos conocíamos.

Por otra parte, y además de esas primeras consideraciones, en junio pasado teníamos comprometida una visita «cultural» dentro del programa del Imserso, viaje que hubimos de anular a raiz de la operación de hombro de Ipi un par de semanas antes. En esa ocasión compartíamos viaje con Rafa y Elena, y aunque ellos fueron nosotros nos quedamos en casa.

Así las cosas, y teniendo en cuenta que ahora comienzan las actividades más o menos permanentes (forum, cursos de universidad, clubes de lecturas, escuela de idiomas, conciertos, teatro, etc, etc..) decidimos de un día para otro que podía ser una buena ocasión para escapar a Zamora y Toro, regresando a tiempo para no perder la obra de teatro del viernes, que además era una representación de El Brujo.

Partimos, por tanto, el miércoles día 1 de octubre con rumbo directo a Zamora, a donde llegamos después de cuatro horas de viaje. Un viaje cómodo y tranquilo, con buen tiempo. Y poco después de las 12 de la mañana comenzamos la visita de la ciudad, encontrando de entrada que la catedral, uno de los principales monumentos a ver, estaba cerrada porque están con el montaje de Las Edades del Hombre, que este año se presenta allí. Además de recorrer la catedral por fuera, teníamos por allí la llamada Casa del Cid, y un poco más abajo un mirador desde el que se observa una buena perspectiva del Duero, con las Aceñas más abajo.

Las Aceñas son una variante de los «muiños» de los rios que además de utilizarse para moler el grano en su tiempo, sirvieron para trabajar otros elementos, con estructuras de madera preparadas al efecto en cada uno de los tres molinos que como queda dicho allí se han denominado Aceñas. He sabido hoy, además, que por aqui también se les llama «aceas».

De esa parte baja, volvimos a subir al centro, rodeando la catedral para dirigirnos al castillo, que en realidad es un esqueleto de lo que fue en su día una gran construcción que domina toda la ciudad. Ahora el interior se reduce a una serie de columnas que divide los espacios interiores, todo ello sin techo, pero que se ve que en su momento tuvo una importancia vital. Al pasar junto a la iglesia de San Cipriano, me encontré con el Albergue de Peregrinos, en el que nos alojamos nosotros en el ya comentado recorrido por el Camino de la Plata, en abril del pasado año.

Nos dirigimos desde ahí hacia la Plaza Mayor, donde se encuentran el Ayuntamiento Viejo, hoy sede de la policía municipal, y el moderno ayuntamiento. Entre ambos, la iglesia de San Juan de Puerta Nueva, que no pudimos visitar porque a esa hora estaba cerrada. Junto a la iglesia, en la terraza del restaurante Agape comimos algo, sin excedernos porque queríamos reservarnos para la cena. Allí comí un plato casero, garbanzos a la marinera, que estaba buenísimo. En principio pretendimos ir al restaurante El Colmado, un par de edificios más adelante, del que yo guardaba el buen recuerdo de la cena que hicimos allí el grupo de peregrinos que hicimos el Camino de la Plata hace un año y medio, pero iban a cerrar y ya no quisieron servirnos.

Terminada la comida iniciamos el paseo de recorrido por las calles adyacentes donde se encuentran la mayor parte de las casas modernistas que francamente están muy bien conservadas. También por esa zona se ubican las iglesias más interesantes y que pudimos visitar a partir de las 5 de la tarde, hora de apertura de la mayoría de ellas.

Aprovechamos también para comprar queso y chorizo de Zamora, que nos recordaron a los surtidos que nos ponía Manolo, en A Toquera, cuando alguna tarde nos acercamos a disfrutar de las vistas de su terraza.

Terminado nuestro recorrido por la capital, volvimos al coche para aprovechar el final de la tarde en el alojamiento elegido para esa ocasión, que no era otro que el Castillo del Buen Amor, de excelente recuerdo del peregrinaje de 2024, y al que yo me había comprometido a llevar a Ipi en alguna ocasión, y esta era la más adecuada. En principio quise reservar ahi las dos noches, pero resultó que el segundo día estaba completo, por lo cual tuvimos que buscar otra parada para el día siguiente, en Toro.

El Castillo sigue teniendo el mismo encanto de la vez anterior, y en esta ocasión cogimos una habitación con mejores vistas, situado en un plano más alto. Como llegamos a buena hora tuvimos la oportunidad de hacer un recorrido completo, subiendo a lo alto de la torre para desde allí poder disfrutar de la puesta de sol.

Para cenar bajamos al restaurante y allí elegimos un surtido de platos de la zona. El servicio, como siempre, muy bueno y el menú seleccionado, también perfecto. El comedor no estaba abarrotado, pero sí que se habían cubierto la mayor parte de las mesas, en todos los casos parejas excepto en una mesa ocupada por alguien que imagino yo que era un peregrino. A la mañana siguiente, desayunamos también en el mismo comedor y repitieron la mayor parte de comensales, más un grupo numeroso que posiblemente también estuvieran caminando.

Para proseguir nuestro recorrido habíamos decidido, a sugerencia de Ipi, acercarnos a los Arribes del Duero que no estaban demasiado lejos. Reservamos para hacer un recorrido por el río en catamarán que resultó interesante, no solo por la belleza del recorrido sino también porque la guía nos fue informado de las actividades que se llevan a cabo desde el punto de vista de investigación sobre la fauna y flora del entorno y del propio río. En el recorrido de ida y en el de regreso al punto de partida pudimos observar una garza real y varios ejemplares de buitres leonados y aguilas reales, en vuelo y posados sobre las rocas.

Puesto que el río divide España y Portugal, tuvimos la ocasión de subir en el lado portugués a la localidad de Miranda do Douro, desde cuyo mirador se pueden contemplar excelentes vistas del entorno.

Continuando nuestra ruta, nos acercamos luego a Fermoselle, para algunos la capital de los Arribes del Duero y para otros «balcón del Duero», un pueblo que aparentemente tenía muchas cosas que ver, pero que al final no fueron tantas. Hicimos un recorrido por algunas de sus calles, casi todas muy empinadas y subimos hasta un mirador desde donde se contempla la mayor parte del pueblo. Una de las cosas más interesantes eran las bodegas, pero que a esas horas estaban cerradas, al igual que la iglesia de la Asunción, principal monumento de la localidad. Además del corto recorrido hicimos una parada en la plaza mayor, frente al ayuntamiento, para tomar una caña y una mínima tapa ya que pretendíamos reservarnos para una buena cena en Toro.

Y desde allí, directamente nos fuimos a Toro, población que desde hace años queríamos visitar, y de la que siempre habíamos tenido informaciones atractivas. El alojamiento donde hicimos la reserva era una suerte de vivienda turística, situada en el mismo centro de la localidad, y con un amplio patio en el que pudimos aparcar. La habitación, muy cuidada, y los propietarios encantadores. tienen además un establecimiento de venta de productos alimenticios y flores. Juan, el propietario, nos informó de los mejores lugares para ir a cenar, para comprar productos de allí, y nos facilitó amplia información sobre las visitas imprescindibles.

Después de instalarnos tuvimos todavía tiempo para hacer un recorrido por el pueblo, visitando la joya de la localidad que es la Colegiata, en la que entre muchas cosas de interés destaca el claustro que recuerda al de la catedral de Tudela en algunos aspectos, y que mantiene el color original. De camino a la Colegiata, pasamos por la oficina de turismo del ayuntamiento para recabar información y ya de paso hicimos la reserva para una visita guiada por el pueblo a la mañana siguiente.

Para cenar no pudimos ir al restaurante que inicialmente Juan nos aconsejó, porque estaba cerrado por vacaciones. No obstante, justo al lado estaba la Cafetería Imperial, en cuya terraza pudimos hacer una degustación de platos típicos mientras disfrutábamos al aire libre de la excelente temperatura nocturna.

Como tras la cena nada había que hacer por allí, ya que pocos restaurante o cafeterías estaban abiertos, nos retiramos pronto al alojamiento, y porque además la jornada del siguiente día estaba un tanto apretada, porque las visitas debíamos hacerlas durante la mañana para poder hacer el camino de regreso tras la comida, puesto que al final del día nos esperaba en A Coruña una obra de teatro y la cena de los viernes con el grupo de amigos.

Asi pues, el viernes día 3 salimos pronto a la calle para desayunar en el lugar que Juan nos recomendó, y desde allí hacer un recorrido por Toro hasta el Monasterio de Sancti Spiritus, fundado con el dinero que doña Teresa Gil dejó para ello en 1307 y cuya primera piedra colocó Maria de Molina, reina y señora de Toro. Allí se aloja el Museo de Arte Sacro, con importantes esculturas y pinturas en su interior. Hay que decir que esta población tuvo en su día una gran importancia por su ubicación y por las relaciones entre los reinos de Castilla y de Portugal. En el monasterio todavía se mantienen unas cuantas monjas de clausura.

Tras la visita al monasterio, una parada para observar los barrancos sobre los que está ubicada la localidad y un recorrido rápido por las cinco iglesias que componen el recorrido artístico de Toro. En la mayor parte ya no hay culto y solo se ubican en ellas una parte del numeroso e importante patrimonio artístico de la ciudad. Y para completar el capítulo de visitas, la concertada con la oficina de turismo, que consistía en un recorrido por las calles de Toro, para ver con calma la plaza de toros, que resulta ser una de las más antiguas de España y que nos mostraron con todo detalle, incluyendo los interiores (toriles, chiqueros, etc.) hasta terminar con la entrada a una antigua bodega en una de las calles más céntricas de la localidad, que ahora es patrimonio municipal y que recoge las particularidades de las más antiguas, con prensa, lagar, etc. Solo echamos en falta la degustación de un vino.

Y con eso completamos nuestro periplo de casi tres jornadas por la zona, ya que solo nos restó volver a la cafeteria Imperial a tomar unas tapas que nos permitiesen viajar de regreso a casa con los estómagos ligeros y llegar a tiempo para completar la jornada con los compromisos de teatro y cena ya en A Coruña.

ÚLTIMA ETAPA – Ostabat – St. Jean Pied-de-Port

Estamos ya en Pamplona. Se completó la última etapa con la misma regularidad que las anteriores. Y se ha desarrollado también con la misma precisión que había sido programada.

Para empezar, hoy nos levantamos algo antes. Yo, en particular desperté a las 5,44 por un ruido cerca de la cabecera de mi cama. Creí que era algo del peregrino de la casa de al lado, pero era el cargador de mi cepap que se había caído. Y aunque estuve luego un rato entre sueños, ya no me dormí, con lo cual pensando en que hoy debíamos madrugar un poco más, me fui a la ducha antes de que otros se me adelantasen.

El desayuno hoy era de autoservicio, y cuando llegué al salón solo había dos personas. Luego se fueron incorporando el resto de peregrinos, entre ellos las chicas, y completamos ese primer plato del día pronto. Y a continuación, a recomponer las mochilas como cada mañana, aunque al ser hoy la última etapa ya se podían acomodar mejor algunas cosas.

Cuando hicimos la foto de salida eran las 7,36, es decir que nos pusimos en marcha al menos media hora antes que los días previos. A la salida del albergue, continuamos por el sendero que asciende, similar a los ya conocidos del día anterior y de otros precedentes.

Un poco después, se acomoda al lado de la carretera D933, la continuación de la que nos llevó hace días hacia Saint Palais. Se va por un andadero paralelo a esa carretera durante casi 1 km, y luego nos lleva de nuevo al sendero, con una continuada subida que se va endureciendo a cada paso, de forma que hice varias fotos para que se viera la diferencia de altura entre el sendero y la carretera, que circula casi en paralelo, a cierta distancia.

Cuando van transcurridos algo mas de 4 kms desde la salida, hicimos una parada “de reagrupamiento“ y nos hace la foto Gerault, el holandés que compartía habitación con nosotros. Poco después el sendero va a confluir con la carretera, en pleno ascenso, y encontramos ya un cartel con referencia a nuestro destino, puesto que agrupa a Saint Jean con otros pueblos que comparten la mancomunidad de Baygorri.

Atravesamos la carretera y entramos en el municipio de Gamarthe, un pequeño pueblo cuya economía parece estar unida al cuidado del ganado. De hecho hay que señalar que en esta etapa las plantaciones de maíz prácticamente han desaparecido, y en cambio cada vez aparecen mas enormes prados con rebaños de ovejas y otros con vacas.

Continuando la marcha vemos al poco rato a unas chicas salir de un lateral del sendero, y una indicación de cafés. Como quiera que poco antes Dora había preguntado cuando haríamos la parada matinal, me animo a sugerir la entrada allí. Luego, ya dentro, vemos una mesa no muy cuidada y unos espacios llenos de cosas viejas. Un paisano viene a ofrecernos café, que solo pedimos Amalia y yo. Sin embargo sacamos nuestras provisiones acumuladas de ayer y allí todos se deciden a comer pan, salchichón, fruta, etc. Y Mayi y yo nuestros cafés. Hicimos la foto, en la que todas las chicas se están riendo a partir de un comentario en plan chascarrillo sobre el desastre que parece aquel lugar.

De nuevo en marcha, caminamos por el municipio de Lacarre aunque sin atravesar el pueblo, que queda a lo lejos y en el que vemos un castillo con muy buena pinta (desde lo lejos, porque hemos visto en Google que estaba a la venta por 200.001 €, lo que da idea de que por dentro debe estar destrozado).

No será ese el único castillo que veremos, porque más adelante nos encontraremos con otro. Entretanto, me llama la atención el cambio que se produce en el ganado que v a apareciendo. Mientras la mayoría de las vacas que llevamos viendo por todo el recorrido son de color claro, de pronto aparece un prado lleno de vacas con grandes manchas marrones, y unos cientos de metros después, las que vemos ya no son ni claras ni con manchas, sino prácticamente marrones.

Cuando faltan solo unos 7 kms para llegar al destino final, encontramos ese segundo castillo, en el pueblo de Sarrasquette, menos aparente que el primero que vimos pero que en cambio sí que está en uso. Se llama Chateau d’Arberats, y por lo visto después, admite huéspedes.

Continuando con la marcha, al cabo de un rato se llega a Saint Jean des Vieux, un pueblo muy bien cuidado, y aparentemente con mucho atractivo.

Tiene una iglesia con cementerio adjunto, estupendamente cuidado. En la iglesia nos llama la atención la existencia, a ambos lados de la nave central y en un plano alto, de sendos corredores en dos niveles. Y el cementerio está realmente cuidado.

Dada la proximidad de nuestro final de etapa, y aunque se plantea la posibilidad de sentarse en una terraza a tomar algo, decidimos continuar la marcha, mientras varios de los peregrinos que nos han acompañado en el albergue están allí descansando al sol. No obstante, hacemos una foto de grupo, con la iglesia al fondo.

Enfilamos entonces ya el tramo final de la etapa (y en este caso también de nuestro recorrido francés), con las ganas de llegar a Saint Jean Pied-de-Port y tomar unas cañas en una terraza, ya con el trabajo hecho.

Sin embargo, lo que resta por andar parece ser más de lo que los números dicen, o se cumple aquello de que el final de cada etapa se hace más largo cuando apenas falta un o o dos kilómetros para llegar.

En La Madeleine encontramos otra iglesia en la que vemos unas características similares a la del pueblo anterior, y ya en la ruta nos llama la atención una cigüeña en un prado, por no ser habituales en esa zona.

Y cuando ya definitivamente enfilamos el final de la ruta y empezamos a ver no tan lejos nuestro destino, aparece la nota negativa de que, para llegar allí, hay todavía que subir una prolongada cuesta, para no perder el hábito de lo que aconteció en la mayor parte de las etapas.

Superado el trámite de esa cuesta, entramos por fin en Saint Jean por la puerta de Saint Jacques, que da nombre al camino.

Ya en el interior, bajamos por la empinada cuesta en la que se ubican la mayor parte de los albergues, entre ellos los dos en los que yo me alojé en mis anteriores pasos por esta localidad. Y aprovecho para fotografiar la entrada del último en el año 2017, cuando coincidí allí con el grupo de los amigos franceses y de Truus.

El pueblo está aparentemente como siempre, y en esta ocasión vemos mucho movimiento de peregrinos y de turistas.

Cumplimos nuestro objetivo de sentarnos en una terraza a tomar unas cervezas, y poco después nos dirigimos ya al restaurante Ttipia, en el que tenemos una reserva y a donde deben haber llegado nuestras mochilas. Camino del restaurante, atravesamos el río.

En el restaurante nos encontramos a algunos conocidos, pero nos llama especial atención ver a Gerard, a quien ya no esperábamos volver a topar porque nos llevaba un día de ventaja. Al parecer se ha tomado tomado un día de descanso y mañana hará el paso de los Pirineos hasta Roncesvalles.

La comida ha estado bien, aunque tal vez nos pasamos pidiendo porque nos ha costado terminar. Y como se alargó más de lo previsto, al final se fueron Amalia y Teresa a dar una vuelta por el pueblo que Teresa no conocía, y nos quedamos Dora y yo guardando las mochilas y esperando al taxista.

Asier, que así se llama el taxista de Roncesvalles con el que desea mañana contactamos para que nos recogiese, nos trajo a Pamplona, donde pasaremos la noche para mañana a las 6,55 tomar el bus en el que llegaremos A Coruña.

Una vez instalados en el hotel, por cierto muy céntrico, al lado de la plaza del Castillo y junto a la calle Estafeta, salimos a dar un paseo por la ciudad, Hicimos a pie el recorrido que trazan los toros en San Fermin, desde la Cuesta de Santo Domingo hasta la Plaza de Toros, y después nos fuimos a tomar unos pinchos que nos sirvieron de cena en un bar de la calle Estafeta. Y para final, antes de retirarnos al hotel, tomamos un café en la Plaza del Castillo.

El resumen de la etapa de hoy dice que hemos caminado 21,89 kms a una media de 4 km/hora, en línea con la media de todo el trayecto.

Y en una rápida suma de todo lo caminado en estas 9 etapas, resulta una cifra próxima a los 180 kms, sin contar algunos pesos fuera de control por la App.

En resumen, que nos hemos felicitado mutuamente por el éxito del trayecto, sin problemas en las piernas y encantados del recorrido realizado.

Saint Palais – Ostabat

Ya comenté ayer que esta etapa, al igual que la anterior eran producto de una adaptación para visitar Saint Palais, y que por esa razón la jornada de hoy sería más corta de lo habitual. Lo que no sabía era que, además de la mas corta, seria la mas dura.

Iniciamos la jornada a la misma hora de los días anteriores, es decir, levantarse algo antes de las 7 para estar desayunando sobre las 7,15 y listos para partir poco después de las 8.

La salida desde el albergue nos lleva al centro de la localidad, pasando junto albergue hospital, que yo creo que es el edificio mas alto que he visto desde que iniciamos este camino, porque por toda esta zona hay casas bajas, nunca edificios de viviendas.

Atravesamos diferentes calles de Saint Palais, para tomar la ruta que lleva hacia Saint Jean Pied-de-Port, una carretera en la cual se encuentra una desviación para quienes quieran ir en dirección a Bayona, para hacer el Camino del Norte, en lugar del Camino Francés.

Ya desde el inicio la carretera por la que discurre nuestra ruta es ascendente, al principio de forma un tanto suave pero pronto la pendiente va subiendo de intensidad y durante casi 3 km se hace difícil. Además se nota porque mirando a ambos lados de la carretera vemos a nuestra izquierda las cimas de las lomas y a nuestra derecha el fondo de los valles.

En ese tramo estamos atravesando un pueblo llamado Gibraltar, desde su inicio hasta el final, con muy variados escenarios, ya que pasaremos de la carretera a unos senderos, y mas tarde a un tramo de ruta que es como una parte de una cantera, muy empinada y con suelo de pizarra, con piedras sueltas que dificultan la marcha.

Cuando faltan todavía 7 kms para llegar al final de la etapa del día, pasamos junto a la Stella, una señal de esas que se han significado a lo largo de la ruta, aunque realmente no tiene ningún atractivo a mi modo de ver. Sin embargo desde allí comienza a verse la impresionante subida con suelo de pizarra de la que antes hable. Para muestra, aunque las fotos no son lo suficientemente significativas, estas tres imágenes de otros tantos momentos de la subida, en las que se ve a mis tres acompañantes, afrontando el recorrido.

A lo lejos, en las primeras fotos se ve la base de la subida por la que discurre ese trayecto. Por cierto, que nos llamó la atención al subir el hecho de que antes de iniciar la parte mas dura hubiera varios coches aparcados. Luego más tarde, ya en lo alto, vimos a varios jóvenes, en su mayoría mujeres, corriendo a modo de entrenamiento para lo que suponemos será una carrera “tráil” y además vimos luego que por esa zona está la ruta denominada Gran Travesía del País Vasco.

Al llegar a lo alto nos encontramos con una capilla desde la que se domina todo el valle hacia el que nos dirigimos y al fondo se ven ya con cierta nitidez varias cumbres de los Pirineos.

Comienza luego el descenso, no tan abrupto y menos duro que la subida, pero con un terreno similar, en base de piedra de pizarra que obliga a extremar el cuidado para no resbalar, porque además de forma imprevista, cuando llegamos a lo alto cayeron unas cuantas gotas y las piedras estaban algo resbaladizas.

En la bajada nos topamos con otra de esas señales (stellas), con una inscripción (creemos que en euskera) que por supuesto no entendemos.

Y entramos en la aldea de Harambeltz, en la que destaca una capilla que fue restaurada en la primera década de este siglo, y que al parecer tiene numerosas piezas y pinturas de interés.No pudimos acceder al interior, pero hay un código QR con el que puede verse una grabación que explica con detalle las particularidades de la iglesia.

Llegando a la aldea encontramos a una paisana con un rebaño de ovejas, de camino a su granja. En mi caso pasé delante de ellas antes de que accedieran a la carretera pero a las chicas, que venían un poco mas atrás, las hizo detenerse y se vieron obligadas a caminar tras el rebaño hasta llegar a su encierro.

A la salida de Harambeltz hay un cartel que indica que en esa zona el camino ha sido declarado patrimonio de la Unesco, debido a la confluencia por ahí de tres de los caminos a Compostela procedentes de diversos puntos de Europa.

No sé si para conmemorarlo o qué, pero a partir de ahí se inicia una nueva e impresionante subida por un sendero hecho “ad hoc” con suelo de hormigón, que nos obligará a tomarnos con filosofía la llegada al final de etapa. La subida nos frena y ralentiza, pero finalmente ya en el alto comenzamos a ver a lo lejos el núcleo de Ostabat, lo que minoriza el cansancio que ya llevamos acumulado.

Sin embargo, para llegar a nuestro destino de hoy, todavía hemos de atravesar un estrecho sendero, con base de piedras y poblado de abono del ganado, tras el cual llegamos al centro de Ostabat, que para no variar el curso de la marcha de hoy, se ubica también en un alta al que cuesta de nuevo llegar.

Desde el centro de Ostabat llamamos al albergue para saber la hora de acceso, que en este caso serían las 15,30 horas. Como es muy pronto, paramos en el primer café-bar que vemos abierto para tomar un descanso y reponer fuerzas. Además, hacemos acopio de comida para el almuerzo, que podremos hacer en la terraza del albergue, sin entrar a las habitaciones.

Aprovechamos para hacer un pequeño recorrido por el pueblo, ya que nuestro albergue “Gite d’etape Izarrak” está como un kilómetro mas adelante.

Continuamos la ruta hacia el albergue, viendo a lo lejos una construcción que mas tarde nos enteraremos de que es un castillo, y con calma y buena voluntad accedemos a nuestro final de etapa, que por supuesto también está en un alto.

Y ya llegados al albergue, aprovechamos para comer algo y descansar, acomodándonos en un primer momento en las sillas de la terraza, de las que tenemos que escapar porque hace mucho calor y nos situamos en la sombra, aprovechando los medios disponibles a nuestro alcance.

A todo esto comienzan a llegar otros peregrinos, y cuando por fin podemos instalarnos,lo primero que hacemos algunos es ir a la piscina mientras otros se dedican a “sestear” en una de las siete camas que tiene nuestra habitación.

La cena, con un aperitivo previo, se sirvió a partir de las 18,30 horas, aunque se alargó bastante y no por las cantidad y calidad del producto sino porque nuestro “Gite” estaba al completo, con 27 peregrinos de casi 10 países diferentes. Terminada la cena, incluso Alain, el hospitalero se dedicó a interpretar unas cuantas piezas musicales al acordeón.

El resumen en números de la etapa es el de algo más de 13 km recorridos en cuatro horas y poco. Es decir, una media más baja que en los días previos debido a la dureza de la ruta realizada.

Aroue – Saint Palais

La etapa de hoy es un poco (o bastante) atípica, por cuanto la hemos preparado por decirlo de alguna forma “a medida” puesto que Amalia y Dora tenían interés en que conociésemos esta localidad, que no queda realmente dentro del camino de Le Puy.

Saint Palais es el último pueblo por el que pasa el camino que procede de Paris y Bordeaux, antes de llegar a Ostabat, donde se unen los dos caminos para llegar uno solo a Saint Jean Pied-de-Port.

Pero vamos al principio. Como siempre, nos levantamos temprano para desayunar a las 7,15 y estar listos para caminar sobre las 8. Así pues, eran las 8,12 cuando Irene, nuestra hospitalera nos hizo la foto de arranque de la jornada.

A partir de ahí, el camino se inicia en Aroue, pero como nuestro alojamiento estaba casi 2 km antes de llegar al centro del pueblo, hubo que llegar hasta allí para comenzar la etapa.

Superado Aroue, se pasa por dos pequeñas localidades (Landaco y Paguequipia), circulando sobre asfalto aunque en carreteras con muy poco tráfico. La ruta, por ahí, es ligeramente ascendente, para luego bajar poco a poco hasta la siguiente ascensión que ya es más dura, no por exceso de pendiente sino por lo larga que se hace. Dejamos de lado Olhaibi cuando pasamos por el km 7, y nos faltan unos 4 o 5 kms para llegar al punto donde se produce la bifurcación hacia nuestro final de etapa.

Hay que señalar que hoy, sábado, aparentemente se veían mas caminantes, tal vez algunos no peregrinos, y en varias ocasiones coches aparcados en plena carretera. El paisaje, similar al de días anteriores, con bastante ganado (vacas y ovejas, principalmente) en los prados y menos plantaciones de maíz.

Cuando van recorridos sobre 8 kms, me alcanza Gerard, con quien voy charlando un rato. El no lleva el mismo recorrido que nosotros, por lo cual cuando llegamos a la bifurcación, ya él y la casi totalidad de peregrinos con que nos vamos cruzando y/o juntando, se van en la dirección correcta de la etapa, es decir a Ostabat, a donde nosotros iremos mañana.

A partir de ahí el camino deja de tener las señales habituales (las rayas roja y blanca del GR65), y aparecen unas indicativas de que es la vía de enlace con el recorrido que viene del norte. Sin embargo, en general, está bien señalizado.

Al cabo de un rato por la nueva senda, aparecen a lo lejos unas poblaciones que nos inducen a pensar si ya se trata de nuestro destino, y aunque hay opiniones diferenciadas, la conclusión es que la más lejana de las dos parece ser realmente Saint Palais.

Un poco más adelante nos sorprendemos al ver un grupo de cerdos, enormes cerdos con hocico y trasero negros. Las chicas al principio suponen que se trata de corderos, porque los ven tumbados, pero cuando nos acercamos se levantan y aparecen otros más lejanos y vemos que, en efecto se trata de enormes cerdos.

Encontramos a continuación un cruce de carreteras con varios destinos diferentes y atravesamos el rio Bidouze, con aguas muy transparentes.

A partir de ahí se inicia la ascensión por la carretera D933, de mucho más nivel que cualquiera de las que hemos atravesado y donde los coches circulan a mucha velocidad. Menos mal que un poco más adelante vemos un andadero para circular por él.

Poco después aparece ya un cruce en el que dejamos esa carretera y entramos en la que nos traerá hasta el centro de Saint Palais, que es una villa con mucha vida y entramos la que encontramos ya varios cafés y bares abiertos.

Como quiera que es temprano para entrar al albergue nos sentamos a tomar un café y luego a descubrir las calles y plazas de la localidad.

Como quiera que nos habían dicho que por el camino no encontraríamos donde tomar nada, hemos venido provistos de sendos bocatas que nos preparó Irene, la hospitalera de ayer. Aprovechamos un banco del tipo de los merenderos situado en la plaza, para degustar los mencionados bocatas, algo de fruta, y finalmente también unos pasteles a los que las chicas no han sabido sustraerse tras verlos en una pastelería cercana que además Amalia y Dora ya recordaban de su paso anterior por esta población.

El paso siguiente ha sido acercarnos al albergue, que por cierto nos costó encontrar porque las señales de Google Maps no encontraban la ubicación exacta. Al final, con la salida a recogernos del dueño de la casa, hemos llegado y nos hemos instalado, Tenemos sendas habitaciones de dos camas cada una, con baño incorporando en ambas, con lo cual estamos muy bien instalados.

Después de ducharnos y ponernos ya a tono en plan peregrinos de tarde, las chicas plantearon salir a dar un paseo por el pueblo. Dora quería tomar un helado, y a mi tampoco me pareció mala idea. Pero he aquí un justo antes de salir me entró un mensaje en el móvil avisando que a las 16,15 empezaba el partido entre el Mirandés y el Depor, con lo cual dije que yo anulaba mi predisposición al paseo, y se fueron las chicas. Por cierto, el partido un exitazo, porque el Depor ganó con un resultado abultado. 5-1 al Mirandés en su campo. Bueno, no exactamente en su campo, ya que por una razón que no entendí no podía jugar en su estadio y lo hacía en Mendizorroza, pero jugaba como local.

El paseo de las chicas se prolongó hasta el límite de la hora de la cena, con lo que llegaron cuando eran ya las 7 de la tarde. En el comedor compartimos mesa con otro grupo de 5 personas que tambien vienen desde Le Puy y van hasta Bilbao, para inicial el camino del norte. No hubo demasiada interlocución con ellos, pero algo charlamos.

La cena no fue nada especial. Una crema de zanahoria y tomate, y luego pollo asado con “piperade”. Como aperitivo nos habían dado sangría y unos pimientos fritos tipo guindilla, que no picaban. De postre, una tarta de manzana. Y al final, junto con el café, el patrón nos ofreció unos chupitos de pacharán casero.

Tras la cena hemos salido Amalia, Teresa y yo a dar un paseo hasta el pueblo, para quemar grasa. Dora dijo que prefería irse a dormir. El pueblo estaba prácticamente vacío, a excepción de algunas personas en un par de terrazas.

En resumen, una etapa la de hoy algo fuera de lo habitual por el cambio de recorrido, pero que se hizo bien. Fueron algo más de 18 kms. Y como restan tan solo dos etapas para llegar a Saint Jean P-d-P, podría decirse aquello de “el pescado está ya todo vendido”. Además, la etapa de mañana es corta.

Navarrenx – Aroue

Una nueva etapa, y ya van creo que seis. Como cada día, levantarse algo antes de las 7, hora en la que estaba previsto el desayuno, que nos ofrecieron los hospitaleros. Un buen desayuno, aunque sin fruta, como viene siendo habitual.

Una vez hecho el proceso de recogida (por cierto, como era de esperar apareció el que había cogido por error mi camiseta y las intercambiamos), empaquetado de mochilas para dejarlas al transporte y salida del albergue. Hoy fue el hospitalero quien nos hizo la foto de salida.

Y como primera anécdota de la jornada, cuando iban recorridos unos 150 metros desde el albergue, me dí cuenta de que no había calzado las botas e iba con las sandalias de descanso, con lo cual hube de regresar lo andado para calzarme. Fue una operación rápida.

La salida de Navarrenx se hace por una de las calles principales de la ciudad, hasta llegar a la puerta de los españoles, por donde se llega al exterior de la muralla y casi a continuación encontramos dos figuras de los peregrinos de antaño.

Sin abandonar todavía el termino municipal pasamos el puente sobre el Gave de Oloron, al parecer el río salmonero mas largo de Francia.

Un poco mas adelante se abandona el término municipal de nuestro albergue de ayer para entrar en Castetnau, otro pequeño pueblo con las características de los que vamos encontrando a lo largo de nuestros recorridos.

Aquí vemos a una paisana, ya mayor, con su huerto en el frontal de la casa, en el que tiene plantados pimientos (piparras o guindillas), tomates, etc. Nos ofrece unos tomates para comer, pero como vamos ya con las mochilas cargadas de cosas, se lo agradecemos y nos vamos sin nada. Luego, a la hora de comer, pensamos lo bien que nos habrían venido esos tomates con un poco de sal, como decía la señora.

A partir de ahí comienza una subida suave, inicialmente a través de un sendero, y más tarde ya alternando carretera y senderos. No es en este caso una subida brusca, pero sí prolongada durante varios kilómetros hasta llegar a un río, en el que pedimos a una peregrina que apareció detrás de nosotros, que nos hiciera una foto.

El motivo de la foto es que nos habían comentado que en la etapa de hoy se cruzaba un río que oficialmente marca el comienzo del país vasco francés. Y como no sabíamos si era ese, por si acaso dejamos señalado el momento.

Luego resultaría que ese no era el río (creo que se llamaba Lassau), porque el que hace la división del territorio es el Saison, que cruzaremos más adelante.

En la etapa de hoy empezamos a encontrar varios grupos de peregrinos, algunos de ellos ya conocidos de las jornadas anteriores y otros nuevos, pero se ve ya mas movimiento por los senderos que atravesamos.

Y además del incremento de clientela peregrina, nos vamos encontrando con algunos elementos y motivos curiosos y originales en el recorrido,

Se mantiene la subida, que por momentos es algo mas dura, y un poco mas adelante nos paramos para hacer reunión ante una señal en la que los caminantes van dejando su huella. Allí vemos una especie de cabaña elevada, no sé si para observación de aves, pero algo realmente curioso… y también difícil de escalar.

Algo más adelante, cuando nos restan todavía unos 12 kms para llegar al destino, entramos en el municipio de Charre, un pueblo plano que nos obliga a dar un rodeo para continuar la marcha. Posiblemente ese rodeo suponga un incremento de casi un km en el trayecto de hoy. Y siguiendo el curso de la ruta señalada, atravesamos la carretera y nos encontramos con un chiringuito de carretera montado de forma explícita para los caminantes, que denominan La Pausa, donde volvemos a encontrar un grupo de peregrinos haciendo un alto del camino. Nos viene bien para tomar un café y descansar unos minutos.

Aunque siguen apareciendo maizales, ya hay también otro tipo de plantaciones, como el caso del tabaco, que vimos hoy a la salida de Charre.

Y un poco más adelante, POR FIN, encontramos el río Saison, el que nos han dicho que supone la entrada oficial en el país vasco francés. Lo que sí es cierto es que a partir de entonces todos los pueblos por los que vamos pasando tienen su denominación en dos o tres idiomas, entre ellos siempre francés y euskera.

El paisaje sigue siendo similar, y tampoco las construcciones, por el momento cambian de forma. Estamos ya a unos 5 kms del final de etapa, y de pronto nos encontramos con el lugar que Dora viene pidiendo para hacer una parada y tomar un poco de fruta de la que ayer compramos en Carrefour.

Nos encontramos allí a Gerard, con quien venimos coincidiendo de forma repetida a diario, y también poco después van llegando otros peregrinos, alguno de los cuales ya conocemos y otros nuevos. Se ve que se va animando la gente y que nos acercamos cada vez más a los Pirineos, siendo cada vez mas visibles sus montañas.

Y un par de kilómetros después, continuando entre prados y senderos, llegamos a nuestro destino de hoy, es decir al albergue Ferme Bohoteguia, una antigua granja que está cerca del pueblo de Aroue, a donde no nos ha hecho falta llegar.

Al llegar nos enteramos de que, tras las explicaciones de la hospitalera, una hermana suya ha abierto otro alojamiento y con ciertas trampas a través de las llamadas telefónicas, le roba una parte significativa de los clientes. En nuestro caso somos hoy los únicos alojados, con lo que tenemos toda la tranquilidad del mundo. Aunque no teníamos ganas de comer en serio, hemos podido pinchar algunas cosas para cubrir el expediente. Unas sardinas en lata, un poco de queso, y una especie de ensalada preparada. Pero nos ha sabido todo a gloria, tras los 20 kms de marcha.

La tarde ha sido hoy diferente a la del resto de días, ya que no hemos salido del albergue. Por una parte, porque queda un tanto alejado del pueblo, y sobre todo porque en el pueblo no hay gran cosa que ver. Pero hemos aprovechado el tiempo, haciendo la colada, leyendo y charlando, con total tranquilidad.

Más tarde, y antes de la hora de cenar, nuestra hospitalera nos ofreció un aperitivo, con el Kirk ya conocido, junto a unos frutos secos. Nos lo tomamos con calma porque tampoco había prisa para la cena, que finalmente nos sirvió cerca de las 9 de la noche, algo totalmente fuera de lo habitual por aquí. Luego además ella se sentó con nosotros y hemos estado de charla, contando experiencias suyas sobre la gente que pasa por aquí, así como nosotros sobre nuestras vivencias en las caminatas anteriores y presentes. Ha sido una cena muy agradable. Por cierto, en cuanto al menú, nos sirvió un puré de calabaza, luego lomo con pimientos del piquillo y compota de manzana, queso a continuación y por último, de postre, pastel vasco con helado de pistacho.

Y ahora toca dormir, porque la etapa de mañana es tan intensa como estas dos últimas. Respecto de la terminada hoy, confirmar los más de 20 kms recorridos y el mantenimiento de las medias en lo referente al ritmo de marcha, que está en algo mas de 4 Km/hora, contando con las paradas intermedias.