Llegó el día programado, y hoy, 24 de abril, nos concitamos para iniciar el camino según lo previsto, a la 1 de la tarde de la estación de San Cristóbal para tomar el tren que nos traería a Salamanca, previo paso por la estación de Zamora y después de coger un bus en esa ciudad.
Inicio del camino en la estación
Así pues, llegamos a Salamanca poco antes de las 6 de la tarde, listos para empezar nuestra andadura. Antes de instalarnos en nuestro alojamiento, en plena Plaza Mayor, nos relajamos un rato en una terraza para verificar que tampoco aquí saben servir un ristreto, y a la vez empezar a disfrutar de la hermosa vista de la que, a mi modesto entender, es la más atractiva plaza mayor de nuestro país.
Plaza Mayor de Salamanca
Tras instalarnos en nuestras habitaciones (los tres chicos por un lado y las dos chicas por otro), salimos a solucionar los pequeños déficits acumulados por una mala programación previa, es decir, comprar aquellas cosas que se nos olvidó traer de casa, y a la vez hacer un recorrido por algunas de las preciosas calles de la ciudad.
Vista de Salamanca
Fuimos a la farmacia a comprar los medicamentos que yo olvidé traer, conseguimos comprar unas etiquetas que deberíamos haber traído en las mochilas como identificación, y por último dimos varias vueltas hasta conseguir las credenciales de los “novatos”. Pero todo ello se consiguió sin grandes problemas, y finalmente pudimos ir a tomar unos vinos y unas tapas que nos sirvieron de cena.
El lugar elegido para esa primera cena fue la Taberna de Dionisia, un establecimiento que nos habían recomendado en nuestro alojamiento, y que resultó ser excelente, tanto por la atención del personal, como por los artículos y caldos elegidos para la ocasión, es decir, unas selecciones de tostas especialidad de la casa, y un combinado de derivados del cerdo ibérico, regado con unas cervezas, y unos vinos recomendados (Madremía y Arzuaga) que nos dejaron completamente satisfechos.
En todo caso, antes de venir al alojamiento pasamos por el café Novelty, donde algunos de los reconocidos escritores del pasado siglo se reunían y dejaban su impronta. Así han instalado allí una efigie en bronce de Torrente Ballester, asiduo al parecer del café en su época de residente en Salamanca.
Café Novelty
Y finalizada la jornada, a dormir (unos mas que otros) para mañana estar dispuestos a enfrentar la primera jornada real del Camino Vía de la Plata que, salvo problemas no esperados, nos llevará en los próximos días hasta Astorga.
Se cumplen ahora 7 años desde mi última incursión en los «caminos» de Santiago, en sus diferentes conformaciones y recorridos, y mientras voy realizando los preparativos he tenido tiempo de recordar cada una de las ocasiones en que me metí en estos fregados, y la cantidad de kilómetros que llevo hechos a lo largo de los casi 18 años desde que empecé.
En esta ocasión pretendo continuar por la Via de la Plata un recorrido que inicié en junio del año 2015, junto a Mayi y Dora, desde Mérida y terminando en aquella ocasión en Salamanca. Ahora la pretensión es continuar con ese camino hasta Astorga, donde la Via de la Plata se encuentra con el Camino Francés. Serán un total de 9 etapas, ya que no quiero hacer largos recorridos diarios, y sale una media de 22 kms aproximadamente. Y aunque en principio mi idea era hacerlo solo, al comentarlo se han ido uniendo otros amigos, algunos ya con experiencia como Mayi y Chus, y otros neófitos en estas lides como son Rafa y Armando. En total seremos 5 caminantes con ganas de disfrutar del recorrido. Y lo vamos preparando día a día para llegar debidamente preparados.
Y volviendo a los kilómetros recorridos hasta la fecha, me salen las siguientes cuentas:
Sto. Domingo de la Calzada
Julio 2006, entre los días 15 y 25, partiendo de Saint-Jean-Pied-de-Port y llegando hasta Santo Domingo de la Calzada, aproximadamente 225 km. Fue mi primera experiencia, afortunadamente muy gratificante, por lo cual al poco tiempo quise continuar, y para ello un mes después programé una segunda parte, que iniciaría en Santo Domingo, donde lo había dejado en esa primera fase.
Pero el proyecto se truncó porque en el viaje de ida, el día 21 de agosto de ese mismo año el tren en que viajaba hacia Vitoria tuvo un descarrilamiento al paso por la estación de Villada (Palencia), y aunque yo tuve la fortuna de salir ileso del accidente pese a que viajaba en el vagón que salió peor parado, murieron 6 personas y un número mayor resultaron heridas, algunas de consideración. Yo perdí la mochila, las gafas y el sombrero, y aunque me trasladaron en bus a Vitoria, quedé sin ropa ni elementos para continuar con el camino, y por supuesto sin ganas en aquel momento, así que tras pasar un par de días en casa de una amiga, regresé a casa.
La estación donde se produjo el descarrilamientoColaborando en el rescate a los heridosEl vagón más dañado, donde yo viajaba
En Octubre del mismo año 2006, volví a continuar lo que había dejado en julio y no podido realizar en agosto. Así que partiendo de Santo Domingo, en algo menos de una semana hice el trayecto hasta Boadilla del Camino, en total otros 115 kms. Lo dejé ahí un par de días antes de lo previsto porque me surgieron unos problemas y regresé a casa.
Hasta septiembre del año siguiente no retomé el Camino Francés, y en esta ocasión lo hice acompañado de Chus, que ahora se ha unido también al nuevo proyecto. En aquella ocasión hicimos un total de 229 kms. partiendo de Boadilla del Camino, hasta Ponferrada.
El último tramo de ese mi primer Camino Francés, volví a hacerlo acompañado de Chus. Fue en marzo de 2008 y como en esa fecha ya Ipi había entrado en mi vida, ella nos llevó hasta Ponferrada para el inicio, e incluso nos trasladó las mochilas hasta el albergue donde haríamos la primera noche. También luego nos hizo otra visita el día que llegamos a Palas de Rey, y allí comió con nosotros. En ese cuarto tramo hicimos un total de 224 kms, y en la fase final se unió a nosotros una asturiana que viajaba sola y terminó acompañándonos hasta Santiago. Y con ello, sumando los cuatro tramos hechos, arroja una cifra próxima a los 800 kms lo que es el total del Camino Francés, habida cuenta de que siempre se hacen algunas variaciones para ver tal o cual monumento, o nos desplazamos del camino principal para llegar a algún albergue, etc.
En junio de 2011 hice, junto a Mayi y su amiga Dora, lo que se viene a denominar el «Tramo Aragonés» del Camino Francés. Es la entrada a España desde Francia por Somport, en Huesca, y el recorrido consiguiente hasta unirse al Camino Francés clásico en Puente la Reina. Son algo más de 180 kms de un trayecto bastante duro, y con una etapa especial, la de San Juan de la Peña, que por algunos está considerada como la más complicada de todos los caminos que conducen a Santiago.
Un año más tarde, en junio de 2012, Mayi, Dora y yo hicimos el Camino Primitivo, empezando en Oviedo y con final programado en Melide, donde este Camino se encuentra con el Francés. Son casi 260 kms, que recorrimos en 10 días y en su conjunto a mi modo de ver (y no solo el mío) es uno de los trayectos más duros de los diferentes caminos a Santiago. Pero además de duro, es francamente bonito y vale la pena el esfuerzo de hacer esas etapas, por parajes totalmente verdes e imbuidos de naturaleza virgen.
Solo unos meses más tarde, en septiembre, conseguí convencer a Ipi de que se uniese a mí para un recorrido del Camino de Santiago, en esta ocasión para hacer el tramo entre Santiago y Fisterra, y allí ejecutar el clásico de la quema de las botas. Fueron cuatro días fantásticos, que culminamos con la recepción que, a nuestra llegada al faro de Fisterra, nos hicieron nuestros amigos que se habían desplazado hasta allí para la ocasión. Completamos esa jornada final con un baño en la playa y una excelente comida en el restaurante Tira do Cordel. En ese trayecto hicimos unos 90 kms.
Al año siguiente, final de agosto y comienzos de septiembre, junto a Mayi y Dora, nos lanzamos al Camino Portugués, comenzando poco después de Oporto y terminando en Santiago. Fueron un total de 9 días, y aproximadamente 220 kms. Como era la época en que estaba con nosotros Hajar, tanto en la despedida como en la llegada a Compostela la tuvimos cerca, y ya forma parte del recuerdo de ese periplo.
Fue en junio de 2015, como ya dije al inicio de esta publicación, cuando junto con Mayi y Dora nos animamos a empezar el recorrido por la Via de la Plata, comenzando en Mérida y haciendo un final temporal en Salamanca, donde ahora lo retomaré. En esa oportunidad recorrimos cerca de 300 kms, a lo largo de 12 días. Resultó un tramo duro, especialmente por el calor, aunque muy interesante por los lugares por los que se transita.
El año 2017, entre abril y mayo, llevé a cabo mi proyecto más ambicioso en lo referente al Camino, que fue hacer el trayecto de una sola vez desde Francia, en solitario (es decir, sin acompañamiento inicial). Eso representa hacer de una tirada los casi 800 kms, sin dias de parada para el descanso. En total fueron 28 jornadas, con recorrido entre el 9 de abril y el 9 de mayo. Hubo un alto de 3 días de un viaje «relámpago» a Londres para asistir con Hugo y con Ipi a unos actos que tenía allí Chema (fue la etapa de su residencia en la capital inglesa) y aprovechamos para celebrar en esa ciudad mi 67 cumpleaños. Tengo que señalar que para mí ha sido el mejor de mis recorridos, por la intensidad, por la diferencia que implica el viajar solo, incluyendo en este apartado además la cantidad de personas con las que he convivido durante el periplo y el excelente recuerdo que me han dejado muchas de ellas. En esta ocasión, al paso por Ponferrada tuve la visita de Ipi, y más tarde, al llegar a Samos, también Ipi, en compañía de Elena y Rafa, salieron a mi encuentro. Por último, al regresar de Londres, en las tres últimas etapas Ipi me acompañó, y mi hermano Miguel me acompañó unos kilómetros a mi paso por Arzúa.
Por último, en agosto de 2019, en 3 días hicimos Ipi, Mayi, Fernando y yo el recorrido del Camino Inglés entre A Coruña y Santiago. Un total aproximado de 70 kms que se hizo con tranquilidad y con bastante calor, por cierto. Celebramos nuestra llegada a Santiago como si hubiéramos venido desde Francia, pero lo disfrutamos bien.
Si sumamos todos los recorridos señalados, resulta una cifra superior a los 2.700 kms, pero lo más importante para mi son las experiencias acumuladas en estos 18 años y los buenos recuerdos que guardo de cada uno de los viajes y de cada una de las personas con las que he convivido en ellos. Asi que con esas mismas expectativas partiré para la nueva ruta.
Como cada año llegando estas fechas, tenemos siempre mucho que celebrar, empezando por el momento en que empezamos nuestra relación, continuando con la fecha de la boda, y terminando con el cumpleaños de Ipi, que coincide además con el de Hugo. Y cada vez que llega febrero preparamos (o mas bien ejecutamos) un viaje previamente estudiado y organizado.
Empezamos la serie en 2010, que nos desplazamos a La Rioja para hacer noche en el hotel Marqués de Riscal, diseñado por Guggenheim. Un año después viajamos a Madrid y luego a conocer el Palacio de Sober. En 2013 lo hicimos coincidir con un viaje a Nueva York, y en 2014 fuimos a Portugal, al Palacio de Vidago. En 2015 hicimos el que quizás fue el más especial, porque combinamos Dubai con Omán y las Maldivas, y posiblemente también el más largo de la serie. En 2016 viajamos a Marrakech, y un año después Soria y el entorno próximo fue nuestro destino. En 2018, esta vez acompañados por nuestros hijos, nos desplazamos a Las Palmas.
Llegado febrero de 2019, en lugar de viajar aprovechamos la fecha para casarnos y reunir en A Coruña a familia y amigos. Y un año después de la boda, por estas fechas viajamos a Madrid para compartir nuestro primer aniversario con los hijos. En el 21 las restricciones de la pandemia nos obligaron a quedar en casa, y llegado el 2022 marchamos a Lanzarote, a tomar algo de sol. El pasado año, en febrero no hicimos un viaje específico porque aprovechamos el regreso de esquiar Rafa y yo para que nuestras chicas nos acompañaran pasando un delicioso fin de semana en San Sebastián.
Y por fin llegamos a este 2024 en el que conseguí convencer a Ipi para ir a Madrid a pasar 5 días y de esa forma aprovechar para que conozca algo la ciudad, ya que aunque durante todos estos años hemos ido allí en varias ocasiones, siempre era coincidiendo con el intermedio de un viaje o para estar con nuestros hijos, y sin la libertad de poder movernos a nuestro aire, visitar museos, y en definitiva que Ipi descubriese la capital con cierta calma y para poder moverse allí con soltura.
Asi pues el 14 de febrero, festividad de San Valentín (sin que al programarlo eso fuera un motivo concreto), nos montamos en un Alvia camino de Madrid, que por cierto llegó con algo más de media hora de retraso. Ya en la capital, marchamos directos al hotel, previo recorrido por un largo periplo en Chamartín hasta llegar a la parada de los taxis, debido a las obras que se ejecutan desde hace años en esa estación de ferrocarril. En el hotel, el Westin Palace, junto al Congreso de los Diputados, nos recibieron estupendamente y nos asignaron una amplísima habitación de las ya reformadas, todo un lujo. La elección del hotel estuvo motivada porque allí nos alojamos cuando en noviembre de 2018 viajamos a Madrid a comunicar a nuestros hijos que nos casaríamos unos meses después.
Hotel Westin Palace – MadridHabitación 253Hotel Palace
Después de habernos instalado, comenzamos a recorrer la ciudad, con un amplio y tranquilo paseo por los alrededores del hotel, y más concretamente por el Paseo del Prado, camino de la estación de Atocha, para acercarnos al Museo Reina Sofía, donde habíamos acordado encontrarnos con mi hermana Berta y Ramón, nuestro cuñado, que se habían ofrecido para acompañarnos en algunas de nuestras visitas por la ciudad. Al atravesar la plaza de Carlos V, pasé ante lo que ahora es una tienda de Decathlon, y antes una oficina del antiguo BHA, y que me trajo a la memoria la etapa que pasé trabajando en aquella oficina en 1972 cuando tuve que estar casi dos meses desplazado en Madrid para hacer el curso de oficiales, en el Banco.
El Reina Sofía, al que ya hacía muchos años que yo no acudía, nos resultó un tanto monótono, aunque pudimos volver a contemplar el Guernica y bastantes otras obras de Picasso, de Miró y de otros muchos artistas, aunque no pudimos ver una exposición temporal de Tapies que se inauguraba la semana siguiente. Nos sorprendió ver, cuando salimos, la enorme cola que se había formado a la entrada del museo porque varios días de la semana a partir de las 7 de la tarde el acceso es gratuito.
Edificio del Museo Reina SofíaGuernika, de Pablo Picasso
Reloj animado
Congreso de los Diputados
Al salir del museo fuimos tranquilamente caminando por el Paseo del Prado hacia la Carrera de San Jerónimo, y ya en esta calle nos sorprendió a las 8,00 horas de la tarde un reloj ubicado justo en el edificio que está frente al Hotel Palace, en el que al dar la hora salían al exterior de la ventana una serie de figuras mientras tocaba una conocida melodía. La verdad es que ese reloj seguro que está allí desde hace muchos años y solo Berta y Ramón tenían conocimiento de ello, aunque ninguno de los cuatro había tenido ocasión de admirarlo antes. Continuando hacia la Plaza de Canalejas, vimos iluminado el Congreso de los Diputados.
Al llegar a la plaza pudimos contemplar la gran transformación que ha tenido el edificio que fue la antigua sede principal del Banco Hispano Americano, donde en mi etapa joven estuve numerosas veces por motivos de trabajo. Ahora el edificio ha sido por completo reformado en su interior y alberga un centro comercial de super lujo, con las tiendas de mayor relieve, y en el que curiósamente se conserva la puerta de acceso a la que fue la cámara acorazada del Banco, que aprovechamos para fotografiar. El interior se ha unido al de otro edificio anexo, que tenía su frente y acceso por la calle Alcalá, con lo cual el centro comercial es amplísimo.
Galeria Canalejas – Antigua sede de la central del B.H.A.Interior de la Galeria Canalejas
De camino hacia la Plaza Mayor contemplamos la cantidad de madrileños y turistas que se movían por la Puerta del Sol, que a lo largo de los años ha ido recibiendo numerosas reformas y en la que también la mayor parte de los edificios están ahora ocupados por importantes marcas comerciales. La antigua sede de la Dirección General de Seguridad la ocupa ahora la presidencia de la Comunidad de Madrid y una gran tienda de Apple ocupa el edificio que tiene a su izquierda la Carrera de San Jerónimo y a su derecha el inicio de la calle Alcalá. Incluso la figura del Oso y el Madroño ha cambiado de ubicación, porque donde estaba antes ahora se sitúa una gran entrada al Metro.
Uno de los objetivos de llegar a la Plaza Mayor era poder degustar el típicamente madrileño «bocata de calamares» (que realmente queda en mal lugar si se le compara con alguno de los que podemos tomar en A Coruña, concretamente en el del Bar Down de la Plaza de Ourense). Para ello, tomamos asiento en una de las terrazas de la Plaza Mayor, donde por cierto se estaba divinamente aunque eran ya más de las 9 de la noche, dado que la temperatura era muy agradable, y desde luego poco típica para estas fechas del año. Terminada esa frugal cena Ramón y Berta cogieron el Metro en Sol y nosotros regresamos tranquilamente al hotel, aunque antes de ir a la habitación nos quedamos un rato a disfrutar del buen ambiente del bar del Palace, tomando una cerveza y un café.
Iglesia de Jesus de Medinaceli
A la mañana siguiente salimos a desayunar tratando de encontrar algún sitio donde tomar unas porras, pero en la cafetería más próxima que encontramos, llamada Granja Blanca, no las tenían, así que hubimos de conformarnos con unos simples churros y tostadas. A pocos metros de la cafetería y del hotel está la iglesia de Jesús de Medinaceli, cuya cúpula por cierto es visible desde nuestra habitación. Parece ser que en esa iglesia se forman largas colas para contemplar y besar la imagen del Cristo, y como ninguno de los dos conocía el templo, entramos a visitarlo. La iglesia estaba vacía, y la verdad es que no nos causó ninguna impresión especial.
Fuente de la diosa Cibeles
Tras el desayuno, comenzamos nuestro periplo de visitas del día, consistente en recorrer el paseo de Recoletos hacia la Castellana. En Cibeles Ipi pudo hacerse una primera idea del cruce de calles, ya que es el punto de partida del Paseo del Prado, Paseo de Recoletos, y que parte en dos la Calle de Alcalá, porque desde allí se divisa en un sentido la Puerta de Alcalá y del contrario el comienzo de la Gran Vía. Con todos los edificios que circundan la plaza, es decir antiguo edificio de Correos ahora ocupado por el Ayuntamiento de Madrid, Casa de America, Banco de España y jardines y edificio del Ministerio de Defensa.
Sede del Ayuntamiento de MadridBanco de EspañaCasa de America
Biblioteca Nacional
Continuando hacia la Plaza de Colón, en la idea de visitar la exposición de Marc Chagall que acababa de ser inaugurada en el museo de la Fundación Mapfre, nos encontramos con que aunque la apertura de puertas era a las 11 de la mañana, había ya algo de cola, por lo que decidimos continuar hacia el norte para visitar entretanto la Biblioteca Nacional, que ninguno de los dos conocíamos. El edificio que alberga numerosas joyas de nuestra literatura apenas puede ser visitado más que en su entrada y algunas salas, salvo que hayas solicitado autorización para consultar obras concretas que te den acceso a la sala de la biblioteca, si estás preparando una tesis doctoral o algo similar. En esta ocasión estaba abierta al público una exposición de manuscritos Persas de varios siglos atrás, en la que pudimos observar ejemplares magníficos procedentes de antiguos exploradores y viajeros españoles por aquellas tierras.
Biblioteca NacionalInterior de la Biblioteca NacionalSala exposición Manuscritos Persas
Estatua de Colón
Edificios del Hotel Marqués de Villamagna y antiguo Banco Hispano Americano
Terminada la visita a la biblioteca, que nos causó una grata impresión, retornamos al museo Mapfre, para comprobar que la cola, ahora en el interior, había aumentado y solo despachaban entradas para visitas a partir de la una de la tarde, por lo que decidimos dejarla por el momento hasta saber si Berta y Ramón, que habían quedado con nosotros para más tarde, estaban interesados en asistir también. De modo que continuamos hacia el norte, pasando por la Plaza de Colón e iniciando el Paseo de la Castellana, donde poco más adelante nos topamos con los edificios del Hotel Villamagna y el contiguo, con acceso por la calle de Serrano, del que en su día era el edificio del BHA donde se ubicaban los departamentos de extranjero, y donde yo trabajé en el Departamento de Relaciones Exteriores durante 14 meses entre los años 1974 y 1975, lo que me hizo recordar lo «madurito» que soy porque desde aquella estancia mía en Madrid han pasado ya 50 años.
Sorolla – Autoretrato
Jardines y fuente de la casa donde vivió Sorolla, hoy Museo
Continuando Castellana arriba, decidimos ir a visitar el Museo Sorolla donde más tarde se reunirían con nosotros Berta y Ramón. El museo está ubicado en la que fue la casa del pintor, que tiene en su exterior unos bonitos jardines con fuentes, y que guarda una gran parte de las obras que pintó a lo largo de su vida. Allí se guardan además numerosos recuerdos que fue atesorando, sus útiles de pintor, y hay una extensa colección de las obras y borradores utilizados para los frescos que le fueron encargados por Archer Milton Huntington para la Hispanic Society de Nueva York, donde se representan escenas de las diferentes regiones españolas y que este año, con motivo de su centenario, dió lugar a numerosas exposiciones en diferentes ciudades (una de ellas en A Coruña), bajo el título de Sorolla, viajar par pintar.
Museo SorollaMuseo SorollaMuseo Sorolla
Al terminar la visita, que hicimos con bastante agilidad debido a la hora, y ya reunidos con mi hermana y su marido, decidimos caminar hasta el restaurante Bistronómika, en la calle Ibiza, donde yo había reservado para comer. La verdad es que aunque pensamos que 45 minutos caminando hasta el restaurante nos iba a sentar como preparación para la comida, comenzó a llover, al principio de forma tenue pero poco a poco la lluvia se fue incrementando y terminamos caminando deprisa para no mojarnos demasiado, ya que solo había un paraguas (que utilizamos Ramón y yo) mientras las chicas, equipadas con capucha, poco a poco se fueron remojando más de lo necesario.
Bistronómika
La elección del restaurante había sido un cierto «caprichín» mío, porque meses atrás el cocinero de Bistronómika participó junto con Alvaro, su homólogo del Charlatán en una cena-maridaje a cuatro manos en el restaurante Charlatán, a la que asistimos mi amigo Rafa y yo, de la que guardamos un excelente recuerdo. Sin embargo en esta ocasión la comida nos dejó un cierto sabor amargo porque, sin estar mal, no estuvo a la altura de lo esperado, tanto en los platos que nos sirvieron como en la presentación de los mismos, y ello sin contar el ambiente, ya que fuimos los únicos comensales en el restaurante en ese día.
Jardines del Retiro
Lago del Retiro
Terminada la comida, como en ese momento no llovía, decidimos caminar a través de los Jardines del Retiro en dirección a Cibeles, puesto que había conseguido reservar, por internet, entradas para los cuatro al museo de la fundación Mapfre para las 18,45 h. De camino hacia allí, al llegar a Cibeles intentamos también conseguir entradas para la exposición de Monet en el edificio del ayuntamiento, pero ya no nos daba tiempo y optamos por esperar la hora de nuestras entradas a la exposición de Marc Chagall tomando un refresco en el Café Gijón, ubicado a pocos metros de la fundación. Para esa hora ya había comenzado a llover de nuevo.
Exterior del Café GijónCafé Gijón
La exposición de Chagall resultó muy interesante. Había mucha gente, pero no resultaba agobiante. Ipi dice que le faltó tiempo y que hubiese deseado disponer de más calma para entender bien la obra, pero los demás quedamos satisfechos con lo visto. Y aunque le sugerí volver al día siguiente, tampoco se trataba de eso, así que se informará más desde Coruña sobre el pintor.
Folleto de La Regenta
Por otra parte, tampoco podíamos extendernos más de una hora porque a las 8 de la tarde teníamos entradas para ver en el teatro del Centro Cultural de la Villa (situado en los bajos de la plaza de Colón) «La Regenta» estrenada pocos días antes y que es la primera vez que esa obra de Leopoldo Alas Clarín se representa en un escenario teatral. La sala estaba prácticamente llena, y a ambos nos agradó un montón.
Al terminar el teatro decidimos regresar tranquilamente hacia el hotel, caminando por Recoletos y Paseo del Prado para repetir, al igual que la noche anterior, un paso por el bar del Palace antes de subir a la habitación. Desde allí intenté conseguir «on line» entradas para la exposición de Monet para alguno de los dos días siguientes, pero me encontré con que viernes, sábado y domingo estaban ya todas agotadas, al igual que para los mismos días de la semana siguiente. Es Madrid, que durante los fines de semana está al completo en museos, teatros, etc. y además por cualquier parte de la ciudad te topas con numerosos grupos de visitantes foráneos y también madrileños.
El programa del viernes era «completito» porque nos habíamos comprometido para comer en casa de Cuca y Lalo, unos amigos que viven en la capital; además por la tarde teníamos entradas para un musical y a la noche cena en Txistu con herman@s y cuñad@s. Y como además había que seguir visitando cosas, empezamos por un paseo hacia Los Jerónimos, pasando por los alrededores del Museo del Prado, donde ya, a primera hora, había cola de visitantes.
Museo del PradoIglesia de Los Jerónimos
Casón del Buen Retiro
De ahí continuamos hacia el norte, en esta ocasión recorriendo la avenida de Alfonso XII, bordeando el Retiro hacia la Puerta de Alcalá, y pasando frenter al Cason del Buen Retiro, para continuar por la calle Serrano, siempre en dirección norte, pasando por Colón y para terminar en la zona de El Viso, donde estaba el segundo objetivo del día, que no era otro que la Residencia de Estudiantes, en la calle Pinar, para seguir el rastro de Lorca. Fue una ocurrencia de Pilar, que tenía ganas de conocer los pormenores del lugar donde Federico se había alojado. Como no había visitas guiadas, hubimos de conformarnos con ver el recinto y visualizar desde fuera una habitación «tipo» de las que los estudiantes usaban. Por allí pasaron en aquellos años (antes de 1936, año en que se cerró) artistas como Dalí, Buñuel, Severo Ochoa, el propio Lorca y otros muchos menos conocidos.
Habit.tipo EstudiantesResidencia EstudiantesHabit. tipo Estudiantes
De camino hacia la casa de nuestros amigos, pasamos primero por la calle Claudio Coello, e hicimos una parada frente al colegio a cuyo patio cayó el coche de Carrero Blanco cuando en 1973 fue objeto del atentado de ETA. Hay sendas placas en la pared recordando el atentado y la muerte de los policías que acompañaban al entonces Presidente del Gobierno.
Colegio Jesuitas – Claudio CoelloEdif. calle Juan Bravo
Y un poco más adelante, al atravesar la calle Juan Bravo, recordé la casa donde yo vivía durante esos 14 meses que estuve en Madrid entre los años 1974 y 1975 y no pude dejar de recordar mi estancia de aquellos intensos meses, cuando compartía la jornada entre el horario del Banco, la asistencia a las clases de Económicas en la universidad, en Somosaguas, y mis vivencias en general en la capital. Aproveché para fotografiar el edificio donde tenía alquilada una habitación, y en definitiva hice memoria de aquel tiempo, con lo que al final casi ha resultado que este viaje, programado para que Ipi conociese un poco Madrid, ha servido para rememorar yo aquella época hoy tan lejana.
Puntuales a nuestra cita, llegamos a la casa de nuestros amigos Cuca y Lalo, donde nos encontramos también con su hija Elena, que además es ahijada de Ipi. Tuvimos una amena comida y al término de la misma hicimos un brindis para que no pase tanto tiempo hasta que volvamos a coincidir en un viaje, porque con estos amigos y con Rafa y Elena ya habíamos estado hace ahora 14 años en Pedraza, cuando asistimos al Concierto de las Velas, y posteriormente en Sevilla, años después, cuando nos invitaron a su caseta en la Feria de Abril. En cualquier caso, habíamos acordado ya que cenaríamos la noche siguiente en un restaurante del centro de la capital.
Regresados al hotel, siempre paseando y descubriendo nuevas calles, hicimos un pequeño descanso para ir luego al Teatro Apolo a ver el musical Chicago, para el cual había reservado entradas Ramón tanto para nosotros como para mi hermano Paco y mi cuñada Elva, que ese finde coincidían también en Madrid. Y a la hora convenida nos encontramos los seis frente a la puerta del teatro. El musical estuvo bien, a juicio de la mayoría, aunque a Ipi y a mi nos dejó un tanto indiferentes. Es cierto que los músicos y los actores eran francamente buenos, pero a mi modo de ver falla en la ausencia de un argumento sólido. Hay que decir también que yo no soy un admirador de los musicales.
Mesón Txistu
Al finalizar la representación, sobre las 11 de la noche, salimos escopetados para conseguir sendos taxis que nos llevasen hasta el Mesón Txistu, donde estaba reservada la cena para media hora después.
El local estaba lleno cuando llegamos y la cena estuvo bien. Paco había elegido el sitio porque quería un restaurante donde se come en plan «clásico», es decir cocina tradicional. Es un referente en carnes y, entre otras cosas, nos echamos al cuerpo dos buenos chuletones, marca de la casa, mientras Elva y Berta optaron por una merluza rellena. En fin, tuvimos una cena familiar, invitación nuestra por tratarse de nuestro aniversario. Y dado lo avanzado de la hora, esta vez el regreso al hotel lo hicimos en taxi, después de dejar a Paco y Elva en el suyo.
Para desayunar el sábado seguimos buscando un lugar donde comer porras, y lo encontramos al inicio de la calle del Prado, muy cerca del hotel, para seguir después nuestro recorrido hacia la Puerta del Sol por las calles del centro y con una parada en un comercio (Loué) del que David le había hablado a Ipi, en la calle Virgen de los Peligros entre Alcalá y la Gran Vía, para continuar después por la calle Mayor hasta llegar a la Almudena. Nos encontramos con numerosos grupos de turistas que hacían recorridos «free tour» lo que confirmaba mi comentario anterior de que en los fines de semana el paisaje ciudadano cambia de forma ostensible.
Catedral de Santa Maria la Mayor de La Almudena
Ya dentro de la catedral de Madrid, donde los visitantes eran numerosos, hicimos un recorrido por el interior del templo en el que yo había ya estado años atrás cuando se ofició la boda de Ana Vargas, en mis años jóvenes. La Almudena no tiene grandes cosas que ver, la verdad, e incluso la Cripta, a la que fuimos posteriormente, tiene casi más interés. En todo caso era una visita obligada y por esa razón la hicimos, pensando en mis pretensiones de que Ipi conozca un poco más a fondo Madrid.
Interior de La AldenaCripta de la Almudena
Otra de las ideas que yo tenía para esa mañana era visitar el Palacio Real, pero nos encontramos con que la cola para acceder al mismo era impresionante, con lo que decidimos dejarlo para otra oportunidad y aunque dimos una vuelta por la explanada exterior, terminamos enfilando la calle Bailén para dirigirnos a la Plaza de España.
Recordaba Ipi que la última vez que pasamos por allí fue en 2020, poco antes del inicio de la pandemia, cuando habíamos estado en Madrid celebrando nuestro primer aniversario con los chavales. Entonces la calle Bailén estaba en obras, con la reforma de todo el entorno de la Plaza de Oriente.
Plaza de España, con el antiguo B. Occidental al fondoEdificio España, dentro de la plaza, ahora hotel Riu
En la Plaza de España hicimos un corto recorrido, recordando allí tambien mis últimos días de residente en la capital, antes de regresar a Galicia tras mi paso del BHA al Banco Occidental, cuyo edificio central se encontraba entonces frente a la estatua ubicada en el centro de la plaza, y donde pasé mis primeros días en ese Banco conociendo su funcionamiento en abril de 1974. Recuerdos de otros tiempos, que me venían a la mente circulando por diferentes zonas de la ciudad.
Desde la plaza, tomamos la Gran Vía para subir hasta Callao. Nos habían comentado Berta y Ramón que valía la pena visitar el interior de la tienda de Primark para ver la cúpula. Y lo que yo creía que era ese edificio (el antiguo Cine Avenida), resultó que ahora es Uniclo. Así que por una vez Ipi entró a un comercio con la idea de realmente comprar algo, sin dejarlo para otra ocasión. El resultado fue que salió con un chaleco, una cazadora y hasta un pequeño bolso. Desde allí atravesamos la Gran Vía para finalmente entrar a Primark, que ocupa el edificio del antiguo Sepu, de la década de los 70.
Pero antes de atravesar la calle, entramos en La Casa del Libro, a petición de Ipi, que quería buscar una publicación reciente que resultó ser «La Llamada» , de Leila Guerriero, una periodista argentina que semanalmente tiene una columna en el programa «A Vivir que son dos días» de la SER, libro sobre el que yo había manifestado un cierto interés al conocer su publicación, y que Ipi quería comprar, yo imaginaba que para ella, pero que en realidad era para regalármelo. En fin, que nos vinimos con el libro.
Paseamos a continuación por la calle Fuencarral, muy animada a esas horas del sábado, ya cerca de la hora de comer. Y puesto que teníamos predisposición a comprar, yo aproveché para adquirir una americana, aprovechando el final de las rebajas. El siguiente paso fue la comida, que hicimos en un cafe-restaurante de la zona llamado «El 3 de Galdós» por el nombre de la calle donde está ubicado. Hicimos una comida ligera porque para esa noche teníamos concertada una cena con Cuca y Lalo en un restaurante del centro.
Y pensando en la cena, con ánimo de tomar un descanso antes de volver a salir a la tarde-noche, nos fuimos al hotel a disfrutar un poco de las instalaciones del Palace, y más en concreto para tomar un digestivo en la preciosa cafetería coronada por la cúpula. Allí estuvimos un buen rato recordando el momento en que, cinco años atrás, grabamos el video que mandamos a los amigos para invitarlos a nuestra boda.
Para la cena Lalo reservó en el restaurante Saddle, un lujoso local que en otro tiempo estuvo ocupado por el antiguo Jockey. Está ubicado en una paralela a la Castellana, justo detrás de lo que en su día fue la sede de la Presidencia del Gobierno, en Castellana 3. Es uno de los lugares de los que se dice que son habituales de la «jet set» de Madrid. Nuestra mesa quedaba justo frente al gran ventanal a través del cual se divisa la cocina, con lo que podíamos observar las evoluciones de los chefs. En cualquier caso, cenamos divinamente y terminamos la velada con unas copas en el propio restaurante. Y como la noche estaba agradable, vuelta al hotel caminando.
El domingo ya tocaba recoger, por lo cual preparamos las maletas antes de salir al desayuno, y las dejamos en la consigna del hotel hasta la hora en que Ramón nos vendría a buscar, puesto que nos habían invitado a comer en su casa, para acompañarnos por la tarde a la estación de Chamartín.
Para esta última jornada habíamos dejado un paseo por el barrio de las Letras, partiendo desde el Palace por la calle del Prado hacia la plaza de Santa Ana, donde Ipi quiso fotografiarse junto a la estatua allí levantada en recuerdo de Federico García Lorca. Continuamos luego hasta la Plaza Mayor y Teatro Real tras pasar por el Arco de cuchilleros y hacer una breve visita al Mercado de San Miguel, ahora parcialmente en obras.
Plaza de Santa AnaTeatro Real
Monasterio de las Descalzas Reales
Y desde allí, nuevamente recorrido Gran Vía hacia arriba para buscar la Plaza de Las Descalzas, donde se encuentra el Monasterio de las Descalzas Reales, del siglo XVI, y frente al cual desde hace algo más de un año se ubica el Edition Madrid, que visitamos por su interior y que nos gustó tanto o mas que el de Barcelona. Nos auto-prometimos que cuando podamos iremos a pasar allí al menos una noche en un futuro viaje a la capital.
Edition MadridEdition MadridEdition Madrid
Y ya desde las Descalzas fuimos a buscar la iglesia de los Alemanes, oficialmente iglesia de San Antonio de los Alemanes, una iglesia barroca del siglo XVII, de la que nos habían dicho que valía la pena visitar por los preciosos frescos con que está decorado todo su interior. Está del otro lado de la Gran Via, haciendo esquina a la calle Puebla. Cuando llegamos empezaba la misa de las 12 por lo cual optamos por dar un paseo y esperar al final para poder verla con cierta tranquilidad. Y como quiera que las visitas ya no estaban permitidas a partir de esa hora, no nos quedó mas remedio que entrar cuando la misa estaba a punto de terminar para poder verla como un fiel más durante la celebración. La verdad es que valió la pena el desplazamiento y la espera posterior, porque es realmente bonita.
Desde allí regreso directo al hotel para estar puntuales a la hora prevista de la llegada de Ramón, aunque luego la realidad hizo que tuviésemos que esperar, ya que una manifestación frente al Congreso de los Diputados impedía el acceso de vehículos en aquella zona. Tuvimos que esperar a que la manifestación comenzara su desplazamiento hacia la estación de Atocha para poder salir con las maletas, porque Ramón había conseguido acercarse hasta donde está el edificio de la Bolsa y desde allí ya no tenía forma de llegar con el coche hasta el hotel. O sea, que no nos quedó mas remedio que cruzar el Paseo del Prado con las maletas hasta encontrarnos con Ramón. Una peripecia de las que los madrileños deben estar bastante habituados habida cuenta de la cantidad de manifestaciones que se producen en la capital de forma reiterada.
Ya en San Sebastián de los Reyes, en casa de Ramón y Berta, tuvimos una agradable y tranquila comida y descansamos hasta la hora de ir a la estación para viajar de regreso a casa. Añadimos a nuestro equipaje unas cuantas naranjas de Viandar, que ellos habían recogido en un reciente viaje al pueblo, y un lote de limones procedentes de su huerta de Denia. Todo para degustar ya nosotros en casa.
Y de esta forma dimos por finalizado nuestro periplo aniversario, consiguiendo ya que Ipi pueda moverse con cierta soltura por la capital, y habiendo yo rememorado muchos momentos de mi etapa madrileña de hace 50 años.
Después de haberlo sugerido en varias ocasiones en años anteriores, por fin en esta oportunidad Rafa aceptó mi propuesta y programamos el viaje a Innsbruck para nuestra anual semana de esquí, algo que ya forma parte del programa de actividades y que además ahora que Rafa ya se aproxima a la jubilación, está mas que factible. En esta oportunidad, no obstante, como él bien dice no está jubilado, sino de vacaciones.
Arco del triunfo, en el centro de Innsbruck
Bueno, pues como dije se aceptó mi propuesta de venir a Innsbruck, y para concretarlo nos reunimos una tarde buscando las diferentes alternativas para llegar aqui, pasando todas ellas por un viaje en avión, ya que la distancia hacía inviable cualquier planteamiento de hacer el recorrido en coche. Encontrábamos varias opciones para un viaje que terminase en el aeropuerto de Innsbruck, pero para ello era preciso concitar en todos los casos tres vuelos y casi siempre con diferentes compañías, con el añadido de tener que recoger los equipajes de cada vuelo para facturar en el siguiente, y en casi todos los casos con el riesgo de perder los enlaces y sin posibilidad de reclamar al tratarse de compañías diferentes. Pero después de mucho indagar encontramos la opción mejor: volar de Coruña a Munich, con escala en Madrid, y siempre con la misma compañía, en este caso Iberia. Y ya desde Munich, reservar un coche de alquiler y desplazarnos a nuestro destino final en Innsbruck. Para el alojamiento, tras mirar varias opciones, encontramos la posibilidad de alojarnos en un hotel AC, de la cadena Marriott, con las consiguientes ventajas para nosotros puesto que como es la empresa en que trabaja Chema, podemos optar a tarifas especiales.
Definido el programa de viaje, reservado el alojamiento, y adquiridos los billetes, solo faltaba reservar los forfaits y preparar los equipajes. Por cierto, también decidimos venir con nuestros propios equipos (botas, esquís y bastones) porque el coste del transporte en el avión sería no superior al de alquilarlo aqui, y al menos utilizamos nuestro propio equipamiento. Otro paso posterior fue también la reserva de los SKI plus CITY Pass Stubai Innsbruck, para asegurarnos la disponibilidad de las pistas y no perder tiempo al llegar al destino.
Iniciando el vuelo Coruña-Madrid-Munich
Llegado el día, el domingo 28 de enero nos embarcamos en el vuelo de Iberia con toda la pena del mundo al tener que dejar desconsoladas a nuestras respectivas Ipi y Elena, que no quisieron acompañarnos en esta pequeña aventura. Los vuelos fueron puntuales y llegamos a Munich a la hora prevista, si bien luego allí tuvimos pérdida de tiempo porque mi maleta llegó muy perjudicada (se le había arrancado de cuajo una de las ruedas, dejando a la vista el interior de la misma), y hubimos de patear todo el aeropuerto para presentar la oportuna reclamación, aunque al final no conseguimos que nos atendiesen y la reclamación se hace vía correo electrónico. Pero con retraso y todo, después de recorrer los 180 kms que separan Munich de Innsbruck, sobre las 11 de la noche estábamos haciendo el registro de entrada (mucho mejor esto que decir lo de check-in) en el AC Hotel Innsbruck, donde por cierto nos dieron una excelente habitación, por la relación familiar con la cadena.
Oficina de información turística de Innsbruck, con un paso de cebra delante, con colores Arco Iris, similar a los que tenemos en A Coruña.
De modo que el lunes 29 de enero, a las 7,30 de la mañana estábamos disfrutando de un espléndido desayuno en el hotel para tomar fuerzas de cara a nuestra primera jornada de esquí. Hay que aclarar, para los no documentados, que en las proximidades de Innsbruck hay como una docena de estaciones de esquí situadas entre 12 y 40 kms, a las cuales se puede acudir utilizando el Skipass Innsbruck, que además da derecho a museos, transporte, etc. dentro de la ciudad. Terminado el desayuno y antes de acudir a las pistas nos desplazamos hasta la oficina de información turística, en el centro de Innsbruck, donde nos dieron los forfaits que previamente habíamos reservado. Y aprovechamos también para comprar una maleta que sustituirá a partir de ahora a la que con tanto mimo cuidábamos, con la que hemos viajado durante más de 10 años por cantidad de destinos y que por la incidencia en estos vuelos para venir a esquiar ha quedado ya inutilizada.
Dia 1 – Lunes 29 de enero
Para esa primera jornada, optamos por dirigirnos a Schlick 2000, una estación situada a 20 kms de la ciudad, donde hay más de 20 pistas de diferentes niveles, situadas entre 1.000 y 2.240 metros de altitud, con espesores de nieve actual entre 60 cms y 1,50 mts, todas ellas muy bien cuidadas y preparadas. Es de reseñar que la mayor parte de las pistas discurren entre zona de arbolado, lo que las hace más atractivas, al menos a nuestro parecer. Cumpliendo las previsiones meteorológicas, el día amaneció espléndido, con un sol que iluminaba todo, sin ninguna nube en el cielo.
Momento de relax, a mitad de tornada
En este día recorrimos algo más de 48 kms, básicamente por pistas azules ya que al tratarse del inicio no queríamos forzar ni arriesgarnos más de lo necesario. Son pistas en general muy anchas, bien pisadas y que permiten disfrutar del esquí en función del nivel de cada uno. Los remontes son mayoritariamente «huevos» (es decir, formalmente telecabinas), además de algún telesilla. Esquiamos casi toda la estación, como ya dije en pistas azules, con solo una caída en la bajada final, cerca de la base de la estación, porque se cruzaron unos esquiadores que iban delante de nosotros y nos obligaron a «tirarnos» prácticamente para evitar un encontronazo. Las pistas aquí, en contra de lo que suele ser habitual en las estaciones españolas, no se denominan por nombres concretos sino por números. Nosotros en este lunes inicial discurrimos por la 1, 1-a, 1-b, 6, 7, 7-a, 15 y 16, repitiendo en la mayor parte de ellas, durante las casi 5 horas que estuvimos esquiando, con una corta parada para tomar una cerveza y unas barritas energéticas, ya que en las pistas nunca paramos para comer. Por supuesto Rafa va bastante más ágil que yo, que noto una barbaridad el peso de los años. De hecho, desde aquella caída en San Isidro de hace un par de años, ya no he vuelto a tener la misma agilidad, y creo que también en parte se debe al temor de caerme y lesionarme. Pero sigo disfrutando del esquí, pese a todo.
Exterior del restaurante Goldenes Dachl
Ya de regreso en el hotel, tras la ducha y un breve descanso, salimos a nuestra primera cena, habiendo previamente realizado un concienzudo estudio de los restaurantes de la ciudad en los que, con una buena calificación, podíamos degustar productos típicos del Tyrol. El elegido para esta cena inicial fue el Goldenes Dachl, donde nos tomamos un tartar de vaca delicioso, además de un snifel (escalope muy bien preparado, uno de los platos mas típicos de Austria) y un plato a base de carne hervida, servida con unas espinacas y una salsa, en un bol con líquido de la coccións, todos ellos platos característicos de la ciudad y de la comarca. Nos atendieron de forma excelente, e incluso a Rafa le regalaron una preciosa copa para cerveza, para engrosar su colección de chupitos, copas, etc. que va tomando ya características de museo «ad hoc».
Y después de la cena, un paseo relajado bajo el frío nocturno, y al hotel. En cualquier caso no deja de chocarnos el que no se vea a prácticamente nadie por la calle a partir de las 9 ò 10 de la noche. Vamos a cenar entre 7,30 y 8 y los restaurantes ya están casi completos a esa hora, y somos de los últimos en salir.
Dia 2 – Martes 30 de enero
El día se inició como el anterior, con un generoso desayuno para tomar fuerzas de cara a la dura jornada de esquí que nos esperaba. Y a continuación, salimos rumbo a la estación elegida para ese día, que era la de Stubaier Gletscher, que dista unos 45 kms de la ciudad, y que es la que tiene un mayor número de pistas, todas ellas muy anchas y bien cuidadas, y con espesores de nieve entre 1 m y 3 m, de promedio. A diferencia de la estación elegida el día anterior, aqui las pistas no están entre árboles, sino que es montaña pelada, en su mayor parte, y además son bastante más elevadas como promedio. De hecho en esta estación está el punto que ellos denominan «Top of Tyrol» situado a una altitud de 3210 m. En cuanto al tiempo, se mantuvo el cielo limpio, sin nubes, manteniendo las previsiones iniciales.
Cuenta la estación con 22 pistas, la mayor parte de ellas rojas, aunque hay abundancia de pistas azules, que fueron las que mayoritariamente recorrimos nosotros. En esta ocasión hicimos algo más de 52 kms a lo largo de la jornada de esquí, y nos movimos por todas las áreas de la estación, llegando al punto más elevado justo al final del día, que fue cuando hicimos la parada para tomar las cervezas y las barritas energéticas. Por cierto, que cuando decidimos bajar a la base eran ya las 4 de la tarde y estuvimos solos en las pistas más elevadas, porque ya iban cerrando los remontes. Casi tuvimos que bajar escopetados para no quedarnos colgados en medio de la estación.
De regreso al hotel, decidimos dar una vuelta por el centro de Innsbruck para ir a una farmacia a comprar unas cosas y ver si había algunas buenas ofertas en artículos de nieve en varias tiendas que están de rebajas. Al final solo compramos lo necesario en la farmacia. A la vuelta, ya no hicimos descanso, sino que tras la ducha decidimos ir a cenar para unirnos a los usos habituales en cuanto a horarios.
La cena de este segundo día la hicimos en Die Wilderin, un lugar muy peculiar ya que se trata de bar y restaurante a la vez, mezclando la gente que está en la barra tomando unas cervezas con los que nos acomodamos en mesas para cenar. Una de las mesas, que estaba justo al lado de la nuestra, era un piano y los comensales que la ocupaban tenían sus platos y copas sobre el piano.
Al igual que hicimos en la víspera, pedimos al mesonero que nos recomendase platos típicos del Tyrol, y nos tomamos un par de salchichas de la zona, un plato de carne de caballo y otro plato característico del restaurante, similar a una hamburguesa muy bien preparado. De postre una especie de crepe con crema, y a mayores nos invitó a un postre que ellos tienen en la carta como «churros» para que le diésemos nuestra opinión. Es algo parecido a un churro, pero de masa muy fina y que en su interior está relleno de crema. Ya le dijimos al chef que estaba bueno, pero que la coincidencia y el sabor con un churro español es nulo.
Terminada la cena, al igual que el día anterior, regreso tranquilo al hotel dando un paseo por las calles desiertas, sintiendo en frío de la noche.
Dia 3 – Miércoles 31 de enero
Como cada día, un buen desayuno en el restaurante del hotel, donde recibimos un esmerado servicio, en especial desde que la encargada sabe que somos clientes «familia» de un compañero. Al igual que el lunes, en este día había muy poca gente cuando bajamos a desayunar, aunque repetimos hora con respecto a días anteriores, y en cambio el martes había cantidad de clientes.
Para este tercer día de nuestro programa de esquí decidimos ir a las pistas de Kühtai, una estación sita a unos 3o kms de Innsbruck. El entorno en que se encuentra es el más bonito de los vistos en los días previos, ya que se llega allí a través de una carretera que discurre entre dos grandes moles de montañas, todo poblado de arboles y en su mayor parte cubierto de nieve, pese a ser una zona de menor altitud a las de lunes y martes. Lo que ocurre es que en estos meses en que el sol va bajo, apenas llega a descargar sus rayos sobre esa zona y la nieve tarda más en derretirse. El tiempo siguió siendo bueno, si bien aparecieron nubes en el cielo que presagiaban un empeoramiento para el día siguiente, algo con lo que también contábamos según las previsiones meteorológicas para toda la semana.
Llegados a Kühtai, nos encontramos que allí las pistas son todas ellas rojas y negras, pero que 7 kms. mas adelante hay otra zona llamada Höchoetz, con la que comparten forfait, donde aunque la mayor parte de las pistas son rojas, hay algunas azules, y por esa razón antes de lanzarnos a esquiar solo por las rojas, que son más complicadas, preferimos ir a esta zona a realizar el «calentamiento». Lo cierto es que, una vez allí, comprobamos que las pistas azules son una minoría y prácticamente solo sirven de unión entre otras rojas, por lo que prácticamente todo el día estuvimos recorriendo las diferentes rojas, que además de ser muy anchas están muy bien cuidadas y da gusto deslizarse por esas laderas. Además, la zona vuelve a estar cuajada de arbolado, lo que la hace mucho mas atractiva, al menos a nuestros ojos.
En este tercer día recorrimos poco mas de 30 kms, porque aparte de que tardamos en empezar con las maniobras ya comentadas, yo estuve desde primera hora con un ataque de rinitis, moqueando todo el día y ello nos llevaba a parar con frecuencia. Incluso a mediodía, después de un largo y rápido descenso por la pista numero 5, Rafa quiso repetirla y yo opté por quedarme en la cafetería de la zona intermedia para ver si con el descanso mejoraba mi estado. En ese lapso de tiempo aproveché para tomarme una cerveza y un Snitzel, mientras Rafa regresaba.
Pero como la cosa no mejoró demasiado, tras esa parada hicimos un par de descensos por las pistas 1 y 2, y terminamos por hacer el recorrido de regreso al lugar donde habíamos dejado el coche, ya que la pista 9 baja desde los 2020 m. del lugar donde está el restaurante hasta los 1538 m. de la base. La subida, por la mañana, la habíamos realizado desde ese punto mediante un «huevo». Y ya regresando, sobre la marcha, pensamos que una vez comprobado que estamos preparados para atacar las numerosas pistas rojas de Kühtai, esa estación sería nuestro próximo objetivo.
De regreso al hotel, un rato de descanso antes de volver a salir para la cena. Manteniendo nuestra idea de cenar cada día en un restaurante diferente, siempre con comida característica de la zona, hicimos una preselección de varios lugares. En el primero de ellos, que nos causó una excelente impresión, no tuvimos mesa porque estaba completo, pero dejamos ya reservado para el jueves. En los dos siguientes previamente seleccionados, los hallamos cerrados, y ya cansados de elegir, nos metimos en el primero que encontramos con buena pinta. Y resultó todo un descubrimiento.
Está en la zona vieja, como casi todos. Se llama Goldenes Adler, y cenamos de lujo, aunque demasiado, por lo cual a la vuelta vinimos haciendo un amplio recorrido para aligerar antes de ir a dormir.
Dia 4 – Jueves 1 de febrero
Al despertar, mirada al exterior para comprobar si se cumplían las previsiones y había cambiado el tiempo y, en efecto el sol no aparecía, pero tampoco llovía. Por esa razón, después de desayunar, igual de bien que cada uno de los días anteriores, nos preparamos para ir a Küthai según lo programado, hasta donde viajamos para llegar allí sobre las 10 de la mañana. Y se cumplieron las previsiones, porque empezó a nevar, al principio ligeramente, pero poco a poco iba a más. Lo cierto era que la previsión hablaba de 1 cm de nieve cada hora desde las 10 hasta las 5 de la tarde.
Pese a todo, nos pusimos las botas y nos fuimos a las pistas, aunque sin atrevernos a subir a la zona alta por si la cosa empeoraba, y como realmente cada vez se cerraba más y nevaba con más fuerza, solamente hicimos unas cuantas bajadas por un tramo que era el final de una pista roja, al que se accedía por una silla a pie de la estación. Pasada una hora aproximadamente, sin expectativas de que fuese a mejorar, sino todo lo contrario, optamos por regresar al hotel para cambiarnos y aprovechar el día conociendo un poco más la ciudad.
Y eso hicimos, paseando por todo el entorno de la zona centro, tras una pequeña parada en la terraza de una cafetería (Manna) en la calle Maria Teresa, que nos fue recomendada por una de las chicas de recepción del hotel. El paseo lo hicimos con tranquilidad y así pudimos llevarnos un mejor conocimiento de Innsbruck, tras varias horas recorriendo sus calles.
Hicimos una parada para tomar un café en Starbucks antes de volver al hotel a un ligero descanso antes de la cena.
Como ya habíamos programado en la jornada anterior, la cena del jueves fue en Gasthaus Anich, el restaurante donde habíamos reservado. El lugar tiene un ambiente totalmente local, siendo los clientes gente mayor en general y aparentemente todos austríacos y tiroleses mayoritariamente. La comida, de lo más típica y sobre todo con raciones muy abundantes. Como entrantes tomamos una sopa con dumplings y un goulash, ambos muy buenos, en especial el gulash que eligió Rafa. Y como platos principales, el Viener Snitzel de Rafa y un Grill Mixto (con carne de ternera, cerdo y pavo). Y no tuvimos capacidad para pedir postre. Y además resultó ser la cena más económica de las cuatro efectuadas hasta este día.
Al igual que cada día, regreso al hotel dando un paseo para dar tiempo a la digestión antes de ir a la cama.
Dia 5 – Viernes 2 de febrero
Amaneció nublado, y la visión desde la habitación no era nada halagüeña, porque las montañas que están frente a nosotros estaban cubiertas por las nubes. Por otra parte, la previsión meteorológica anunciaba algo de lluvia a partir de las 10 de la mañana, lo que sin duda en la estación de esquí sería nieve. Con toda esa información, debatimos si subir a las pistas o no, pensando incluso en un plan B. Pero mientras fuimos a desayunar, optamos por animarnos a subir a la estación de Axamer Lizum, bastante próxima a Innsbruck, con la idea de que si no se podía esquiar, siempre regresaríamos pronto al hotel para ejecutar el plan B.
Al llegar a Axamer, vimos que había muy pocos coches en el aparcamiento, lo que venía a representar que pocos éramos los locos que se animaban a subir en un día tan poco atractivo. Pero nos preparamos y subimos en un telecabina desde la base (1.560 m.) hasta el techo de la estación, a 2.340 m. donde ya estaba bastante cerrado e incluso empezaba a nevar. Pese a todo, nos lanzamos por la pista num. 1, una de las escasas azules, que nos llevó de nuevo a la base. Repetimos la operación en varias ocasiones, siempre por la misma pista, mientras a ratos parecía que mejoraba y en otros nevaba con más intensidad. Un poco más tarde, nos animamos a cambiar de pista, dejando el remonte en la mitad de su recorrido, lo que daba acceso a una pista roja que tenía buena pinta. Y ya desde ahí comenzamos a cambiar de unas pistas a otras, siempre por las rojas que eran muy anchas, muy bien pisadas, y con el único inconveniente de que a ratos la nevada era muy intensa y se reducía bastante la visibilidad.
Repetimos varias veces en el telesilla Karleiten que nos permitió el movimiento por diferentes pistas (3-4-5-6 y 7), hasta que al final nos animamos a ir a otro telesilla, el Pleisen, que daba acceso al inicio de la pista 7, el más alejado de la base, para recorrer esa pista hasta el final y dar por finalizado el día de esquí, lo que hicimos mientras cada vez la cosa se ponía más negra. Y regresando a la base nos encontramos con que el final de la 7 continuaba por la 5c, que era la que bajaba más, y que por desgracia estaba en bastante mal estado. Pero pese a todo, y con una caída mía sin mayores complicaciones, llegamos abajo y pudimos dar por concluida nuestra semana de nieve, al menos en la parte deportiva, sin rasguños ni rodillas estropeadas, por lo cual nos felicitamos. A todo eso eran ya cerca de las 3 de la tarde, sin haber parado a tomar la cerveza ni a reponer fuerzas con las barritas energéticas, decidiendo sobre la marcha que lo haríamos ya en Innsbruck.
Pero de camino, como vimos que había que reponer gasolina, paramos en la primera estación de servicio que había regresando, y al intentar abrir la portezuela que da acceso al tapón de la gasolina, nos topamos con que no abría, pese a probarlo de todas maneras. Y no nos quedó más remedio que acudir a un taller de Toyota (el coche que alquilamos es un Yaris), para solucionar el problema. Hete aqui que había uno bastante próximo, pero estaba cerrado y al ser viernes ya no operaba por la tarde. Segundo recurso, ir a la central de Toyota en Innsbruck, a 22 minutos de donde estábamos. Y cuando llegamos allí ya tenían cerrado el taller y no había nadie que nos pudiera solucionar nuestro problema. A base de insistir, llamaron a otro taller, en el centro de la ciudad, donde estaban a punto de cerrar. A todo esto, estábamos ya en la reserva de gasolina y con el temor de no poder solucionar el problema, a pocas horas de viajar a Munich para los vuelos de regreso. Afortunadamente al llegar al nuevo taller ya estaban informados del problema, nos atendieron en un periquete, y conseguimos liberarnos de la presión que todo eso representaba, y cargar gasolina en una estación de servicio justo al lado, para regresar al hotel ya relajados.
Todavía quedaba una cena en Innsbruck para completar la semana de 5 días, y al final decidimos probar en Stiftskeller, uno de los lugares recomendados donde no pudimos estar hace un par de días porque tenían cerrado por vacaciones. La verdad es que valió la pena la espera. Es un lugar frecuentadísimo por personas de todo tipo, mayoritariamente jóvenes, en contra de la tendencia que hemos observado en los días previos, donde nosotros bajábamos la media de edad. Coincidimos en la mesa con unos costarricenses que viven en Innsbruck y ellos también nos recomendaron, y con tanta recomendación resultó que pedimos tres platos de entrantes a compartir, además de un plato principal cada uno. Demasiada comida, porque aunque a mediodía no habíamos tenido ocasión de comer, salimos del restaurante exageradamente llenos.
Ya de regreso al hotel, tocó recomponer maletas, empaquetar tablas y bastones y dejar todo preparado para el desplazamiento que tocaba a la mañana siguiente para ir a Munich a coger el avión con rumbo a Madrid y luego a A Coruña, y con ello volver a la normalidad.
Sábado 3 de febrero – Regreso
Este último día nos levantamos más temprano para acudir a desayunar poco después de las 7 porque habíamos previsto salir a las 8 del hotel, ya directos rumbo al aeropuerto de Munich. En contra de lo que había sido habitual en días anteriores, el restaurante estaba abarrotado para desayunar, supongo que porque había aumentado mucho la clientela del hotel, con gente que venía a esquiar el fin de semana. Tras recoger todo el equipaje, partimos poco después de las 8.
La primera parte del viaje se desarrolló sin novedad. Había amanecido un día soleado y el tráfico era abundante, pero se circulaba bien. Sin embargo a medida que avanzábamos hacia Munich, cada vez el número de coches iba en aumento y según nos acercábamos a la frontera austríaco-alemana, empezamos a encontrar retenciones. El paso por la frontera fue lento, pero sin parar, y ya en suelo alemán volvieron a aparecer retenciones, que nos iban demorando la hora prevista de llegada. La cosa siguió así a ratos, con momentos de marcha rápida y otros con lentitud, aunque sin llegar a parar nunca.
Ya próximos a la ciudad de Munich, como el aeropuerto queda al otro lado de donde nosotros procedíamos, volvieron a surgir retenciones, y empezamos a sentir que el tiempo para llegar a facturar se iba reduciendo porque lo que inicialmente se preveía como un recorrido de 2 horas, se había ampliado en más de media hora adicional. Todavía nos quedaba llenar el depósito para entregar el coche en el parking del aeropuerto, y finalmente pudimos dejarlo, entrar en la terminal y acudir al mostrador de facturación cuando solo restaban 45 minutos para la hora prevista de salida del vuelo. Con todo, cuando llegamos a facturar nos topamos con que, afortunadamente, todavía había mucha cola y aunque fuimos los últimos en llegar, no hubo problemas para dejar los equipajes e ir a la puerta de embarque.
La salida del vuelo se retrasó también porque el avión había llegado con algo de retraso, y partimos de Munich 35 minutos después de la hora prevista, lo que también nos repercutía de cara a la conexión en Madrid. Finalmente bajamos del avión sobre las 15,10 y ya estaban embarcando el vuelo Madrid-Coruña, por lo que aunque tratamos de tomar una caña en la cervecería situada frente a la puerta J52 de la terminal 4 donde se embarcaba, tuve que dejarla por la mitad. Ya en el avión, nos entró la duda de si habrían tenido tiempo en el aeropuerto para cargar nuestros equipajes de un vuelo al otro.
Y según aterrizamos en A Coruña, nos entraron sendos mensajes de Iberia anunciando que nuestros equipajes se habían quedado en Madrid por la demora del vuelo de Munich, y que nos avisarían cuando nos los fueran a entregar en nuestros domicilios, lo que se produjo luego entre el domingo y el lunes, dando así por terminado el viaje.
El recibimiento en A Coruña por nuestras respectivas, como no podía ser de otra forma, fue estupendo e incluso nos habían realizado reserva para cenar en el Terreo, completando asi una jornada que, tras el estrés inicial, terminó de la mejor manera posible.
Cuando el día de reyes nos disponemos a abrir los regalos que previamente cada uno ha colocado junto al árbol, mas o menos ya supones lo que te vas a encontrar, bien sea porque lo has pedido previamente, o porque has escuchado algo al respecto. Pero afortunadamente no siempre es así, y este año en concreto, después de que yo no hubiese dado pistas de lo que me gustaría tener ese día, y de recibir las quejas correspondientes, resultó que por sorpresa me encontré con un sobre en el que se me prometía un viaje a la ciudad condal, y la asistencia a una ópera en el Palau de la Música. Además, y para completar el regalo, Hugo y Chema nos pagaban el alojamiento en el hotel Barcelona Edition, donde también Ipi y yo teníamos ganas de pernoctar.
Y como la fecha ya estaba programada, el martes 23 de enero nos fuimos a Barcelona en el primer avión de la mañana, para aprovechar al máximo ese día. De forma que antes de las 12 estábamos ya cumplimentando el trámite del registro en el hotel, donde por cierto en base a que Chema está allí nos alojaron en una de las suites, al parecer en la que habitualmente se aloja la cantante Rosalía cuando actúa en aquella ciudad. La habitación, por cierto, preciosa, amplísima y con unas vistas excepcionales.
Para aprovechar a fondo la jornada, lo primero que hicimos fue dirigirnos al Museo Picasso, donde se está llevando a cabo en unas de las salas, una exposición conmemorativa del centenario de Joan Miró, con obras de ambos pintores, muchas de las cuales son procedentes de otros museos y colecciones particulares, y que por tanto no pueden verse de forma habitual en el propio museo. La exposición resultó de lo más interesante motivo por el cual se prolongó más de lo inicialmente previsto.
De allí salimos un tanto acelerados porque queríamos comer «calçots» y Chema nos había hecho una reserva en un restaurante típico barcelonés llamado Can Cargolet, y estábamos a casi media hora andando, por lo cual el recorrido fue mas que un paseo una caminata. Pero llegamos con apenas 5 minutos de retraso, y pudimos degustar, además de los citados calçots, unos deliciosos caracoles a la llauna, y una butifarra catalana, con lo cual el menú terminó siendo de lo más clásico de la tierra, en un ambiente de gente de la zona, y donde solo nosotros y otra pareja éramos «guiris».
Terminada la comida, un paseo (ahora sí, un paseo) para regresar al hotel a disfrutar un poco de la habitación antes de asistir a la ópera. Para ello, una hora antes del comienzo de la función nos juntamos con Chema en la cafetería del Palau para tomar algo y disfrutar de lo precioso que es el lugar, sus salas, etc. La ópera seleccionada era La Traviata, que estaba en cartel en esas fechas y que ninguno de nosotros había visto antes. Estuvo francamente bien, con una espléndida actuación de la orquesta y unos buenos actores en el reparto. Nos llamó la atención que no hubiese la pantalla habitual en la que se pone el texto de las canciones que se interpretan, y en el descanso Chema indagó por allí y resultó ser que podía seguirse ese texto con una aplicación en el teléfono móvil que, si bien solucionaba el problema, restaba comodidad porque para leer el texto hay que desplazar la mirada de la actuación. Pero, en fin, se solventó el asunto y el resultado de la función fue más que satisfactorio. Nos llamó la atención el hecho de que, al salir de la sala, poco después de las 10,30 de la noche, no había gente por las calles, algo que parece incongruente con una capital tan singular y turística como Barcelona.
El segundo día, y último de nuestra estancia allí se empezó con un espléndido desayuno en el hotel, en el que estuvimos acompañados por Chema, aunque como era día de trabajo para él, hubo de abandonarnos pronto para empezar su jornada. Tampoco nosotros pudimos alargarnos en exceso para desayunar porque teníamos reservada una visita en la Sagrada Familia para las 10,30 de la mañana y como queríamos hacer el recorrido a pie nos hacía falta el tiempo. Encontramos muy cambiado el monumento desde nuestra anterior visita, tras más de una decena de años transcurridos, lo que da fe de que se trabaja con asiduidad, aunque la complejidad de la obra no permite demasiada celeridad, ello unido a que se construye con los donativos de los ciudadanos y las recaudaciones de las visitas. Faltan todavía por construir las torres que irán delante de lo que será la entrada principal, además de otro edificio similar al de la sacristía, la terminación de la torre principal, y otras obras menores, por lo que yo calculo que como mínimo restan entre 10 y 15 años para la terminación manteniendo el ritmo actual de los trabajos.
Para completar la mañana, desde allí nos fuimos hasta el conjunto modernista de Sant Pau, que fue la sede de un antiguo hospital y hoy funciona como un museo. Es francamente interesante, además de precioso en sus características constructivas y da idea de la importancia que tuvo en su momento como hospital. La visita nos encantó y nos alegramos de haber podido conocer ese conjunto, del que solo recientemente habíamos tenido noticias y recomendaciones para ir a verlo.
La comida de este segundo día fue casi calcada de la anterior porque encontramos en una terraza muy próxima a Sant Pau un restaurante con sabor catalán en el que se ofertaban los calçots, además de unas alcachofas a la brasa que ya en la anterior comida no pudimos degustar por estar llenos. Y para completar el menú, repetimos la butifarra y nos tomamos una escalivada, terminando en el postre con la crema catalana, para no abandonar el sabor de la tierra.
Para aligerar el peso de la comida, el regreso lo hicimos igualmente caminando, aunque antes de volver por el hotel para recoger la maleta pasamos por el mercado de La Boquería, que es siempre un lugar digno de visitar en la ciudad. Y tras un pequeño descanso en la cafetería del Edition y la despedida de Chema, ya nos dirigimos al aeropuerto para dar por terminado ese corto pero excelente paso por Barcelona, volviendo a la entrañable rutina nuestra en A Coruña. En definitiva, que reiteramos lo que ya en ocasiones anteriores hemos dicho que es un acierto: que un viaje es siempre un excelente regalo, ya sea por los reyes, por el santo, el cumpleaños o el aniversario. Siempre mucho mejor que resolver el compromiso con algo que no es totalmente necesario, por lo cual nos hemos comprometido a que no sea esta la última ocasión en que nos auto-regalemos algo similar en circunstancias futuras.
Hace ya bastantes años que pensamos en viajar a la India. De hecho, cuando buscábamos una ONG para compartir nuestro tiempo en una actividad solidaria, valoramos la posibilidad de ir a Calcuta, y si no lo hicimos entonces fue porque era una exigencia manejarse bien en inglés, y por parte de Ipi eso era un problema, por lo cual finalmente en aquel momento nos decidimos por Perú. Y más adelante, cuando Mayi y Dora prepararon su viaje, yo no estuve especialmente interesado en ir, y nos quedamos a las puertas.
Pero este año, hace varios meses, cuando mi cuñado Ramón le planteó a Ipi la posibilidad de anotarnos a un viaje auspiciado (que no subvencionado) por la Comunidad de Madrid, automáticamente nos apuntamos, y por fin se llevó a cabo el planteamiento de ir a conocer ese país un tanto mitificado pero cuya realidad nos ha sorprendido, y del que hemos sacado numerosas conclusiones positivas. Para ese viaje, que comercializan varias de las principales agencias, estaban anotadas 25 personas, más Abel, el guía español que nos acompañó. Resultó ser un colectivo heterogéneo, no tanto por la edad, ya que todos éramos «mayores», sino por las características personales de los componentes. En todo caso, nosotros hicimos piña especial entre los cuatro familiares, que siempre compartimos mesa en los restaurantes, y realizamos de forma más o menos conjunta las diferentes visitas.
Lo primero que llama la atención del turista europeo y/o occidental en general, es el caos circulatorio con el que te encuentras en cuanto sales del aeropuerto y entras en una carretera. Porque aquello es un aparente desastre, aunque como decía nuestro guía indio, Jai, eso es un orden dentro del desorden general. Y en efecto, durante los días que hemos permanecido en el país, en sus diferentes ciudades, no hemos visto un solo accidente, ni un choque de vehículos, entendiendo por tales tanto a los coches, camiones, buses, motos, tuk-tuk o rick shaws que pululan por las ciudades.
Y en nuestra estancia hemos probado de todo en diferentes capitales, siempre con la experiencia positiva de no haber sufrido un solo traspiés, pese a viajar en cada momento con el alma en vilo. Durante un paseo de un par de horas en jeep por Jaipur, en la noche, la velocidad de los vehículos en que íbamos los miembros del grupo, con adelantamientos continuos, con cruces milagrosos en las calles, etc, presagiaban un choque en cualquier momento, y sin embargo no hubo el mínimo roce. Y lo mismo sucedió cuando nos desplazamos en tuk-tuk en Agra, con unos conductores que hacían verdaderas virguerías para moverse entre el tráfico, apretando hasta el último momento en los cruces, y colándose de forma incomprensible entre los coches y buses.
El segundo aspecto que llama la atención es la suciedad, con la que se convive en las ciudades y los pueblos. Por todas partes se ven basuras a lo largo de las calles o las carreteras, algo a lo que el viajero se termina acostumbrando. Aparentemente no hay servicio de recogida de basuras, y si lo hay es que realmente lo que hacen es retirar porquería de calles más o menos principales (en alguna de las principales ciudades), para depositarla en las cunetas o en calles menos concurridas. Es una sensación que nosotros asimilamos a la imagen de miseria. Y sin embargo la gente vive en ese ambiente decadente, sin aparente malestar, porque es lo que han conocido siempre y aunque parece que en los últimos años hay una tendencia a cambiar el rumbo de las cosas, son cambios generacionales que tardarán en asimilarse, y no solo eso, sino que hace falta una enorme aportación de fondos del estado que es difícil de conseguir.
Por lo que hemos sabido a través de nuestro guía indio, solamente un 5% de los ciudadanos paga impuestos sobre la renta, aunque tanto la sanidad como la educación son gratuitas para la población. Aparentemente en las compras en tiendas y demás no se paga impuesto, que solo hemos verificado en los pagos de bebidas en los hoteles. En cualquier caso el país es rico tanto en la agricultura como en minería, piedras preciosas, etc. Hemos visto grandes extensiones de campos perfectamente cultivados con especies muy diversas. Siempre todo muy cuidado. Y hay unos enormes contrastes entre las diferentes zonas del país, al menos en lo que nosotros hemos recorrido. En realidad lo que nosotros hemos visitado es el «triángulo dorado» (Jaipur-Agra-Delhi) donde se concentra el grueso del turismo, pero parece ser que las zonas del sur y del norte son mucho más pobres en general.
En cualquier caso, como tuvimos ocasión de hacer una noche en un pueblo (Suroth), pudimos comprobar que la vida fuera de las grandes ciudades es mucho más «triste», por decirlo de alguna manera. El pueblo estaba abarrotado en sus estrechas calles, que tuvimos ocasión de recorrer, mientras las motos competían con los peatones por ocupar el estrecho pasillo disponible. Allí no disponíamos de wifi en el hotel (un antiguo palacio del emir del pueblo, ahora convertido en Hotel-patrimonio). En este caso el alojamiento dejaba mucho que desear, porque a pesar de que el aspecto externo era en apariencia majestuoso, internamente la limpieza era escasa e incluso el baño de la habitación carecía de ducha, sustituida en este caso por una alcachofa y unos cubos con los que el alojado debía solucionar su limpieza personal.
Otro de los aspectos llamativos para nosotros en este viaje fue el de las comidas. Como quiera que no se ofrece carne de vaca ni de cerdo, el pollo es omnipresente en todos los buffets de los hoteles. Tan solo en un par de comidas hemos encontrado algún plato con pescado (tipo fletán, cocinado con verduras y salsas). Y como las especias forman una parte básica en su alimentación, es difícil encontrar en los menús algo que no resulte picante. Incluso en los platos que aparentemente son «less spices» pican a rabiar. Pero es aplicable tanto a las sopas como a todo tipo de platos, incluso a los de vegetales cocinados, arroces, lentejas, etc. Yo no he dejado ningún plato con comida, pero reconozco que en muchas ocasiones era difícil digerir tanto picante. Por supuesto siguiendo las recomendaciones médicas de antes de partir nos hemos privado de tomar agua que no fuese envasada, incluso evitando las ensaladas por si en la limpieza de los componentes pudiesen producirse contaminación.
El trato con la gente, es decir, con los indios, excelente. Son personas muy amables, que con frecuencia piden fotografiarse junto a nosotros durante las visitas a los templos, a los monumentos, etc. Y como turistas que somos, nos encontramos de forma habitual que al bajar del bus para alguna visita, nos rodean multitud de vendedores de todo tipo, ofreciendo toda clase de objetos a precios ridículos en la mayor parte de los casos, y que si piensas comprar, puedes regatear para conseguir que al final el precio que pagas es el 25% de lo que inicialmente te pedían. Hablo en particular de collares, pulseras, pequeños recuerdos, etc. Y también en esas paradas de los buses, te asaltan multitud de mujeres con bebes en brazos, niños que piden algún billete, etc. Es uno de los signos de que la gente, aunque es feliz con poco, realmente vive en condiciones económicas muy deficientes. Es muy frecuente encontrarse en todas partes con algunos símbolos muy representativos del país, entre los cuales destaca el elefante, las vacas, e incluso las imágenes del kamasutra, que estaban en unos paneles en el palacio donde nos alojamos en Suroth.
Otra nota muy llamativa para nosotros es comprobar como hay mucha gente que vive en la calle, algo que aunque tenemos también en nuestro país en las ciudades (durmiendo bajo un puente, o en los soportales de algunas zonas), en el caso de India es más contraste porque realmente familias enteras tienen montada su «casa» bajo un viaducto, con los niños moviéndose libremente por allí, y la ropa lavada y tendida en alambradas. Es algo perfectamente visible en ciudades como Delhi, Jaipur o Agra. Y pese a todo, en general a las personas se les ve limpias, especialmente a los niños.
En contraposición a lo anterior, señalar también que en el centro de las capitales que hemos visitado, hay zonas de alto estatus, con viviendas de calidad, parques muy cuidados, y en general elevado nivel de vida, que naturalmente solo pueden disfrutar funcionarios de alto rango, diputados o senadores y gente del gobierno que disfrutan de viviendas propiedad del estado. Y todo ello con amplias zonas verdes, en especial en Delhi que en sus 1484 km2 de extensión y casi 23 millones de habitantes, es una de las capitales con más parques.
Y entrando ya en el recorrido del propio viaje, después de un vuelo inicial Madrid-Estambul, de cuatro horas de duración, tuvimos un rato de espera en el aeropuerto de esa ciudad, que ha sido por completo remozado y poco recuerda al que conocí en mi anterior viaje a esa capital en el año 2005. Hoy el aeropuerto pasa por ser uno de los más modernos y concurridos del mundo, y también la flota de Turkish Airlines es, además de muy amplia, muy moderna en general. Después de ese vuelo inicial, tuvimos un segundo trayecto desde Estambul a Delhi, con una duración de 6 horas.
A la llegada al aeropuerto de Delhi, nos esperaba Jai, el guía indio que sería quien nos iba a organizar todos los trayectos por el país con el bus que utilizamos en esos desplazamientos. Y lo primero que nos organizó fue un generoso desayuno en un hotel (Holiday Inn) de camino hacia Jaipur. Tuvieron la deferencia de poner a nuestra disposición unas cuantas habitaciones para que quienes lo desearan pudieran darse una ducha antes del desayuno, algo que particularmente nosotros hicimos. En el trayecto que hicimos a continuación empezamos a ver las cosas que se contemplan a todas horas por las carreteras y que a nosotros nos sorprenden pero que son lo más común entre ellos, como ver a varias personas en el techo de un camión, o tractores con gente encima de la mercancía que estan transportando, o ver circular un elefante por la vía, etc. etc.
Para comer hicimos un alto en el camino en la aldea de Shapura, reservándonos nuestro primer almuerzo en el hotel Shapura Haveli, un antiguo palacio totalmente remozado, donde en su día moraba el preboste de la ciudad. Para acceder al hotel, hubimos de abandonar el bus y circular en jeep por unas estrechas callejuelas, donde aprendimos que los constantes pitidos de los coches y las motos son para avisar «aqui estoy yo» y no para quejarse de lo que ha hecho el otro conductor. La comida fue agradable y empezamos a comprobar que casi todo tenía exceso de picante.
Llegados a Jaipur a media tarde, tras acomodarnos en las habitaciones del hotel nos llevaron a contemplar la ceremonia Aarti (algo así como dar gracias al dios de turno por el día transcurrido) en el templo Birla. Hay que reseñar que en India las religiones más seguidas son la Hinduista (la gran mayoría), a continuación la Musulmana, y en tercer lugar la Sij. Pero además, dentro de los hinduistas hay diferentes dioses, cada cual con su templo y seguidores respectivos.
De regreso al hotel, tras la visita, coincidimos con la ceremonia de unos novios que se iban a encontrar por vez primera, tras el acuerdo de boda. El encuentro sería precisamente en nuestro hotel, donde esperaba la novia, mientras el novio llegaba con una comitiva que caminaba a pie con mucha marcha y el novio montado a caballo. Ni qué decir tiene que les sirvió a Ipi y Berta para integrarse en la comitiva y bailar con ellos de camino al hotel. Fue la primera de varias bodas que pudimos observar en nuestros días de estancia en India.
Y todavía antes de cenar y acostarnos, salimos a visitar un templo Sij ubicado en las proximidades del hotel. Allí tuvimos que pertrecharnos con velo las chicas y cubre-cabezas los chicos para poder acceder al templo, en el que nos permitieron hacer unas fotos y un video. Comentar, como anécdota, que yo crucé la avenida para poder fotografiar el templo con perspectiva, y luego me resultaba casi imposible volver a atravesar la calzada debido al tráfico intenso, con lo cual Ipi y Berta convencieron al «vigilante» del templo para que buenamente parase el tráfico y me facilitase la vuelta sin problemas.
A la mañana siguiente realizamos la visita del fuerte Amber, donde se encuentran los impresionantes palacios de Jagmandir y Jai Mahal, entre otros, y el templo de Kali, con unos cuidados jardines. Allí nos encontramos con que una de las atracciones son los paseos en elefante para lo cual hemos visto mas de una docena de paquidermos, muy decorados, desfilando por el recinto con los turistas sobre sus lomos.
Al fuerte se accede mediante jeeps, porque los buses no pueden subir hasta la entrada, y durante todo el trayecto de subida te bombardean los vendedores de todo tipo de trastos, recuerdos, libros, collares, etc. Incluso, a la salida, mientras bajábamos en el jeep uno de los vendedores se colgó del vehículo para tratar de que uno de los que íbamos en él le comprase unos bolsos, mientras iba reduciendo el precio y jugándose el tipo porque el jeep circulaba a toda velocidad, de forma que por el camino fue perdiendo alguno de los productos que pretendía vender, hasta que finalmente se tiró del jeep ya cerca de donde teníamos el bus. Desde el aparcamiento de los buses se contemplaba una buena vista del fuerte en lo alto, así como de otras murallas de otra construcción defensiva que se utilizó en épocas anteriores.
Después de almorzar en un restaurante en la zona antigua de Jaipur, llamada la Ciudad Rosada porque en su día se pintaron las fachadas de ese color para una visita del príncipe Alberto, de la corona real británica, por la tarde visitamos el Palacio de la Ciudad, que contiene el Chandra Mahal, el Mubarak Mahal y la Puerta del Pavo Real.
Previamente, sin embargo, habíamos realizado un amplio recorrido por el observatorio astrológico de Jantar Mantar, en el que existe un enorme reloj solar en el que se puede verificar la hora con hasta menos de un minuto de precisión. Junto a él, otros varios relojes menores que están enfocados a los calendarios astrológicos para determinar la carta austral de los nacidos en cada uno de los signos zodíacos, asi como otros elementos diversos todos ellos relacionados con el sol y su proyección sobre el terreno.
Para terminar esa segunda jornada en Jaipur, después de cenar en el hotel hicimos un largo paseo en jeep por la ciudad para ver determinados edificios iluminados, y para hacer una parada ante la fachada del Palacio de los Vientos, que es una edificación muy vistosa, pero que en realidad es solamente una fachada, ya que solo era utilizada para que las damas del Marajá de turno pudiesen observar el ambiente de las calles sin, a su vez, ser vistas por el pueblo. Ya en un recorrido matinal habíamos pasado ante ese palacio, pero por las dificultades para parar el bus hubimos de verlo casi sin tiempo para fotografiarlo.
En el tercer día de estancia, arrancamos en el bus camino de Suroth, donde habríamos de dormir. Ya en ruta, una parada en el Chand Baori, un pozo escalonado impresionante, que en su día construyeron para recopilar agua, y por cuyos laterales bajaba la gente a llenar sus cántaros. Fuera de lo que es el pozo, hay también otros restos de un antiguo templo, hoy casi en ruinas, aunque mantiene el altar principal activo.
A Suroth llegamos a medio día, justo para comer, encontrándonos un desastroso pueblo que carecía de las infraestructuras esperables en una ciudad y en el que solo había gente por todas partes, motos a rabiar, mucho comercio en las estrechas calles, y suciedad. El hotel o alojamiento que nos habían reservado es un antiguo palacio, ahora rehabilitado, que en apariencia está muy bien, aunque internamente carece de las mínimas comodidades que se pueden esperar de un establecimiento hotelero de nivel. Allí tuvimos problemas para ducharnos, la limpieza en las habitaciones era más que mejorable y solo la comida fue mas o menos aceptable, básicamente porque tenía menos picante y en el desayuno había algo de fruta. En el programa de actividades de la jornada, además de un paseo por las calles del pueblo, habían previsto la asistencia a la ceremonia del final del día en el templo integrado en el complejo, además de un espectáculo de lucha entre dos aguerridos jóvenes, y unas actuaciones musicales posteriores, actuaciones de las que nosotros prescindimos porque Ramón se fue a la cama pronto y nosotros también queríamos descansar puesto que ya arrastrábamos bastante tos y malestar general.
A la mañana siguiente, antes de abandonar Suroth fuimos a ver una escuela, y como era domingo no había alumnos en ella. Se trataba de una escuela privada, en la que se imparten las enseñanzas entre Indi e inglés. Aprovechamos para conocer un poco sobre los aspectos de la educación en India, que como ya comenté en otro apartado, es obligatoria (pero no demasiado) en la fase primaria y ESO. Luego, en la fase de «college» (lo que en países de antecedente británico viene a ser antes de la Universidad) es ya voluntaria. Y en ambos tramos la educación es pública y gratuita, con simplemente un pequeño pago inicial para la inscripción. Para la educación universitaria, también hay partes gratuitas. En cuanto al acceso, al parecer establecen cuotas, por castas y por otro tipo de criterios, de forma que es posible que en la cuota «abierta» se puedan quedar fuera estudiantes con mejores calificaciones que otros que han accedido por otro tipo de cuotas.
En ese día paramos a comer en un impresionante resort, posiblemente el más suntuoso de los que vimos durante el viaje. El comedor donde nos ubicaron era de lo más elegante y tanto los jardines exteriores como el conjunto nos admiraron a todos los visitantes. Estaban preparando los jardines para una boda, con lo que aproveché para preguntar a Jai lo que podría suponer el coste de una celebración de ese tipo para alrededor de 100 personas, sin incluir alojamiento en el hotel, y me comentó que aproximadamente sería el equivalente a una cifra entre 8.000 y 10.000 euros.
Después de la excelente comida, continuamos rumbo a Agra, pero con una parada previa en Fatehpur Sikri, la llamada «ciudad fantasma» porque su construcción quedó sin finalizar cuando el emperador mogol de la época decidió cambiar la capitalidad para Agra. En ese recorrido a través del Rajastán, vemos áridos paisajes que contrastan con el verde de otras zonas anteriores. En esa ciudad fantasma, visitamos el Mausoleo de Salim Chisti (uno de los emperadores) y el Panch Mahal, además de admirar la belleza de la mezquita Jama Masjid.
Durante el recorrido en el bus, Jai nos había ofrecido la posibilidad de asistir a un espectáculo musical sobre la historia de amor de uno de los emperadores. Aunque fuimos pocos los que nos anotamos, finalmente no pudimos ir porque la entrada en Agra fue caótica, con unos atascos increíbles y al llegar al hotel era ya más tarde de lo previsto.
Y por fín estábamos en Agra, donde nos esperaban algunas de las visitas mas deseadas, en especial la del Taj Mahal, que sin duda es uno de los iconos de India. Puesto que la afluencia es siempre masiva, nos pidieron que a las 7 de la mañana, ya desayunados, estuviésemos para salir del hotel hacia allí. Y a la llegada era tal la cantidad de gente para entrar que hubimos de esperar un poco para coger los coches eléctricos que llevan a la entrada. Para nuestro disgusto, a primera hora la niebla impedía una perfecta visión del monumento desde lejos, e incluso cayeron unas gotas, pero afortunadamente a lo largo de las horas fue clareando y hasta llegó a salir el sol, con lo cual pudimos fotografiar desde todos los ángulos, eso sí, haciendo colas muchas de las veces porque todo el mundo quería captar la mejor foto desde el mejor lugar.
Visitamos el mausoleo donde reposan los cuerpos del emperador y su amada. El monumento fue construido precisamente por el emperador para acoger los restos de su amor, y posteriormente también él fue alojado allí a su muerte. La edificación principal está rodeada de otras de menor entidad, pero también muy majestuosas, tanto la de la entrada como las que se sitúan a los lados del mausoleo.
Todo el entorno del Taj Mahal está rodeado de jardines, muy vistosos en su mayoría, pero en todo caso con extensas zonas verdes. Y una curiosidad de esas zonas verdes es que para el mantenimiento del césped, para cortarlo, no se utiliza maquinaria porque según razonan, si se usan cortacésped mecánicos, se perjudicaría el medio ambiente y en cambio el corte se hace de forma manual, por lo cual es frecuente ver en esos jardines a grupos de mujeres en cuclillas sobre el césped haciendo el corte a mano, y juntando la hierba cortada en pequeños montones que luego recogen. Esto lo vimos allí y también luego en otros jardines del centro de la ciudad. En la misma línea, justifican el hecho de no tener iluminado el mausoleo por las noches en base a que como es de mármol blanco, con las luces atraerían a las moscas y otros insectos, que acabarían por ensuciar el monumento. Y solo en noches de luna llena con el cielo totalmente despejado de nubes es posible conseguir una visión nocturna del Taj Mahal. Aunque se dio la circunstancia de que la noche de nuestra estancia en Agra había luna llena, la niebla no permitía esa visión tan espectacular que dicen tener con la luna en su pleno apogeo. Una lástima.
Después de comer, visitamos el Fuerte de Agra, en el que se alojan una docena de palacios y pabellones mogoles. Si bien la mayor parte del fuerte está construido en arenisca roja, como la mayoría de las construcciones de esa zona, la llamada «mezquita celestial» es de mármol blanco. A esta visita Ipi no vino, ya que se encontraba con fuerte dolor de cabeza y prefirió quedarse a descansar en el hotel, para estar mejor a última hora, cuando iríamos al espectáculo musical al que no pudimos asistir la tarde anterior.
Sobre la marcha, Jai nos ofertó la posibilidad de hacer un recorrido en tuk-tuk hasta los jardines sitos frente a la parte posterior del Taj Mahal. Fue un paseo rápido, y la verdad es que las vistas sobre la parte trasera del monumento no eran gran cosa, en parte porque había vuelto la niebla y no estaba claro. Lo mejor fue el propio paseo, comprobando la pericia de los conductores de tuk-tuk para manejarse entre el denso tráfico. Antes de volver al hotel, una breve parada en una de las calles céntricas de Agra, donde había tiendas, aunque no dio tiempo para nada porque urgía regresar al alojamiento para dejar a la gente y salir para el espectáculo nocturno. Este, sin ser nada espectacular, tenía una gran variedad de vestuario, muy vistoso, y la música estuvo bien.
A la mañana siguiente abandonamos Agra, ya con destino a Delhi, punto final del viaje en India. De camino, una parada en Sikandra, para visitar el mausoleo de Akbar el Grande. Como la mayoría de sus similares, este emperador se preocupó de construir en vida la enorme edificación que le serviría de tumba. Allí, en otros alojamientos más modestos, están también los restos de algunos de sus ministros y funcionarios de alto rango, todo ello rodeado de una gran extensión de jardines.
Cuando nos vamos acercando a Delhi, encontramos varias grandes urbanizaciones a medio construir y/o ocupadas a medias. Son grupos de grandes edificios destinados a albergar a gente joven, trabajadores que actualmente viven en la ciudad y podrán disponer de nuevas residencias en las afueras, donde actualmente el metro se está prolongando. También unos 25 kms antes de llegar a la capital dejamos a la izquierda el circuito de Fórmula 1.
Al llegar a Delhi, hicimos en primer lugar la visita al minarete de Qutub Minar, que en principio estaba prevista para la jornada siguiente. El minarete forma parte de un gran conjunto de restos de construcciones anteriores. Había visitantes de todo tipo, especialmente «indígenas» entre los cuales era habitual que se quisieran fotografiar con nosotros, en particular con las chicas.
Nuestra última jornada del viaje se inició con la visita a la gran mezquita de Jama Masjid, de la que se dice que acoge hasta a 25.000 personas en los días de oración. Está ubicada sobre una colina de la parte vieja de la ciudad, la antigua Delhi, y se le considera la mayor mezquita musulmana de India. Desde allí se ven las calles adyacentes, llenas de comerciantes, y con un gentío enorme. Para acceder hubimos de descalzarnos (como en la mayoría de los templos) pero además en este caso las mujeres debían cubrirse la cabeza y poner una túnica hasta los pies.
Terminada la visita, un paseo en rick shaw por las calles contiguas nos permitió otra visión algo diferente, aunque a veces parecía que el conductor no podía con nosotros y debía bajarse de la bicicleta para tirar del vehículo. Hicimos un recorrido por las calles atestadas de tiendas, callejas estrechas en muchos casos.
Con una pequeña parada en una de las calles comerciales de la zona vieja, todavía alguno aprovechó para hacer las últimas compras, antes de que el bus nos llevase al Memorial de Mahatma Gandhi, levantado en el lugar donde fue incinerado, y que es un pequeño monumento situado en el Raj Ghat (patio real), una amplia zona verde en la que pudimos comprobar que en febrero de 1993 durante una visita realizada a New Delhi, el entonces presidente del gobierno español Felipe González plantó un árbol que hoy luce ya con buen tamaño.
Por la tarde quedaba la visita al mayor templo Sij Gurudwara Bangla Sahib, el mayor de Delhi, en el que era obligatorio descalzarse por completo para acceder a las partes internas como son la propia sala de oración, la piscina y los comedores anexos. En ese templo es habitual a cualquier hora del día encontrar gente que después de orar (o sin haberlo hecho) reciben gratuitamente comida preparada en unas amplias cocinas, atendidas por voluntarios y que a su vez se nutren de donaciones de particulares. Tuvimos ocasión de acceder tanto a las cocinas como a los salones donde la gente come.
Y para terminar el viaje en cuanto a visitas, hicimos primero una parada en otro pozo escalonado, no tan grande como el visto días atrás, pero también llamativo. Esta situado en la vieja Delhi. Finalmente, ya desde el bus, terminamos con un recorrido por el centro de Delhi, el distrito de Rashtrapati Bhavan, la parte más cuidada, donde se encuentra el Parlamento (el antiguo y el nuevo), asi como el Palacio Presidencial, y otras edificaciones de menor entidad, aunque toda la zona está rodeada de amplias extensiones de jardines y zonas verdes en las que es habitual encontrar a la gente tumbada sobre el césped.
En resumen, una gran experiencia la de este viaje, que deja en el aire las ganas de repetir aunque con otro formato (más personalizado y menos global) que permita conocer otras zonas como pueden ser Calcuta, Bombay y/o Benarés, y tal vez con desplazamiento a Nepal. Pero esa es otra historia…..
Viviendo en A Coruña, una ciudad completamente rodeada de mar, no es nada extraño que de forma repetitiva nos encontremos que, al pasear junto a la playa o bordeando la costa, tenemos frente a nosotros el fantástico espectáculo del mar batiendo en las rocas, rompiendo sobre la arena de la playa, o en ocasiones sobrepasando los límites habituales de la arena y saltando a la calzada.
Cada año, a partir de estas fechas o incluso antes, se producen temporales que nos hacen mirar al mar de forma inusitada y quedarnos un tanto perplejos ante las batidas de las olas y aunque la mayoría de los coruñeses estamos de sobra familiarizados con esos eventos, suelen ser con más frecuencia los turistas o los foráneos quienes se quedan pasmados viendo el batir de las olas. En la playa de Riazor, la que tenemos más accesible todos los coruñeses, visualizamos cada otoño la preparación de una duna para frenar en lo posible los embates del oleaje, pero un año tras otro resulta casi siempre escasa la protección y hay que recomponerla un par de veces al menos durante el invierno. Y en esta ocasión se ha repetido ese hecho, incluso antes que otras veces.
Pero volviendo a lo que es el espectáculo, hace un par de días en mi paseo bordeando la costa desde la coraza hasta el dique de abrigo tuve la oportunidad de fotografiar repetidamente los lugares donde las embestidas de las olas eran más llamativas y recrearme junto a otros caminantes observando como la espuma saltaba sobre los acantilados amenazando a quien se quisiera acercar en demasía al borde de las rocas.
Ya desde el inicio del paseo, en las ensenadas de Riazor y el Orzán se podía comprobar la bravura del mar y continuando el recorrido hacia la torre, recién superada la playa de matadero (en su día esa zona se conocía como Berbiriana, según supe en fecha reciente), un reducido grupo de intrépidos surfistas desafiaba las inclemencias meteorológicas para disfrutar de su deporte favorito. Eran solo cuatro, y entre ellos uno parecía ser el mejor preparado y quien afrontaba con más seguridad cabalgar sobre las olas.
Un poco más adelante, las rompientes bajo la plaza del reloj también impresionaban. Y ya bordeando el paseo, superado el Aquarium Finisterrae y después de rebasar la playa de las Lapas, cuando empieza la subida hacia la parte posterior de la Torre de Hércules la vista sobre el entrante de la playa y sobre la parte trasera del aquarium, mostraba unas imágenes que no dejaban lugar a dudas sobre la virulencia de las olas.
No obstante, las visiones mas espectaculares estaban por llegar, porque al pasar junto al bloque que está bajo la Torre y que se ocupa de potenciar la señal de las sirenas que avisan a los buques de la proximidad de la costa, empieza ya a verse a lo lejos Punta Herminia, donde la fuerza del oleaje se vislumbraba con mayor intensidad.
Por esa razón opté por dirigirme hacia ese saliente de Punta Herminia, donde sin duda podría valorar de cerca la potencia del mar al romper sobre las rocas. Como quiera que el espectáculo llama la atención de quienes circundan la zona, me encontré con unos ciclistas que tenían interés en dejar constancia de que habían estado allí en esas circunstancias, y poco después también una pareja de turistas que dijeron venir de Sevilla, de los cuales él resultó ser el más aguerrido (mientras ella le recriminaba su acercamiento al límite de las olas), quienes me pidieron que inmortalizase en su móvil el momento. En una de esas embestidas de las olas, la espuma resultante regó al turista sevillano, mientras su pareja le gritaba que se acercase.
Al continuar mi recorrido hacia la zona de los Menhires, tuve la desagradable sorpresa de ver que habían desaparecido los antiguos «cubos» situados en esa península, que imagino que en su día fueron concebidos como lugares para la observación de aves, y de los cuales yo guardaba un gran recuerdo porque al menos en una ocasión me sirvieron como resguardo de una fuerte tromba de agua en uno de mis paseos por la zona, hace ya bastantes años. La verdad es que unos meses atrás escuché en unas noticias en la radio que al parecer se había previsto retirarlo para remodelar esa parte, algo que a mi parecer era totalmente innecesario. Pero como quiera que fue pasando el tiempo y las casetas de madera continuaban allí, pensé que tal vez se había cambiado de planes y nunca serían retiradas. Hoy la visión de la Torre de Hercules desde allí es más diáfana pero mucho mas simple y, personalmente para mi, mucho menos atractiva. Aqui dejo unas imágenes del «antes» y el después». Una pena.
En las rocas próximas a los Menhires también llamaba la atención el choque de las olas y la rompiente en la ensenada próxima, si bien a medida que el mar se adentraba en la bahía, hacia el paseo marítimo era menor la virulencia del oleaje.
En la playa de San Amaro, sin ser tan fuerte el temporal, también se dejaba notar la diferencia entre una jornada normal y un día de mar fuerte. Tal vez lo más llamativo era que, sin estar la marea totalmente alta, el romper de las olas sobre el «teórico embarcadero» hacía que estas sobrepasasen la parte alta volcándose del otro lado, aunque sin alcanzar la zona de paso que bordea al Club del Mar.
A partir de ahí, ya el recorrido por el paseo marítimo se hace mas tranquilo, puesto que el oleaje en esta zona era ahora muy inferior al de otras ocasiones en las que se ve que las olas rompen sobre la escollera del dique de abrigo y puntualmente llegan a superar el borde, saltando al otro lado. No era el caso en estos días, aunque sin duda la fuerza del mar en la bahía hacía que no hubiese a la vista ninguna embarcación, estando todas recogidas en puerto.
El resto del recorrido, de regreso a casa, ya alejado del mar, me animó a recopilar mentalmente las imágenes de todo lo visto, y a tratar de transmitirlo por este medio, para quien quiera leerlo y por si un día a mí mismo me sirve para recordar estos momentos.
Al igual que hicimos en los últimos años, en cuanto este otoño tuvimos noticias de que se ponía en marcha la programación de la Xunta sobre el Outono Gastronómico, empezamos a preparar fechas y destino, contando previamente con el colectivo para saber quienes se apuntaban al evento. Y resultó que nadie quería perdérselo, de modo que nos pusimos a indagar posibilidades de alojamiento, ya que al ser un número elevado no todas las casas rurales disponen de capacidad para lo que necesitamos, y además con la particularidad de que tratamos de conseguir siempre una casa en la que seamos los únicos residentes en la fecha seleccionada.
Tras diferentes intentos, siempre pensando en la provincia de Lugo, terminamos encontrando las fechas del 4-5 de noviembre en Pazo O almacén, en el municipio de Cervo. Como quiera que se hizo la reserva para los 14 del grupo, y Julio y Merchi no podían asistir en esa fecha por tener otro evento, María sugirió la posibilidad de invitar a Suso y Carmen, si tenían a bien acompañarnos. Y así fue como se completó el aforo de la citada casa rural.
Por otra parte, como quiera que este otoño, después de una primera fase de calor y sol no habitual, se lió a llover sin parar en las últimas 3-4 semanas, hubo quien dudó de que se pudiera llevar a cabo el programa, pero al final se demostró que somos incombustibles y no nos amedrenta casi nada, por lo que en la fecha y hora programadas, en cuatro coches dimos inicio al recorrido.
De inicio acordamos reunirnos en las inmediaciones de la Fervenza do Rio Xestosa, y allí llegamos todos preparados para las inclemencias meteorológicas, aunque con la suerte de que al realizar la bajada hasta la base de la fervenza no llovía. Y a consecuencia de las lluvias ya comentadas de las últimas semanas, el rio bajaba con un potencia inusual, por lo que parecía más una catarata que una cascada. Fue impresionante la contemplación del trepidar del agua y aprovechamos todos para dejar constancia gráfica del momento. Aunque la llegada repentina de la lluvia no nos dejó demasiado tiempo de contemplación y rápidamente hubimos de volver a los coches.
La segunda parada programada era el Souto da Retorta, ya en las inmediaciones de Viveiro. Es un gran bosque de eucaliptos entre los que se encuentra el reconocido como el de mayor tamaño de Galicia, al menos en el perímetro del tronco. Ipi y yo ya lo habíamos visitado en el verano de 2018 y guardábamos un muy grato recuerdo de aquel día. Al llegar al souto, el viento azotaba de tal forma que hubo alguno que dudó si entrar o no por el camino ante la duda de que se pudiese caer alguno de los árboles. Pero los temores se calmaron y pudimos discurrir tranquilamente por el sendero que lleva hasta el tronco principal, donde también nos hicimos una foto de grupo. Tuvimos en esta ocasión suerte de que la lluvia se olvidase de nosotros durante un buen rato y solo cuando ya llegábamos de regreso a los coches comenzaba a llover.
Y animados por el éxito que estaba teniendo el plan programado, decidimos afrontar la tercera de las visitas previstas esa mañana, que consistía en subir al Mirador de san Roque desde donde se contemplan unas sensacionales vistas de Viveiro y la costa próxima. Llegamos hasta el mismo mirador con los coches, pero al salir al exterior casi volamos, tal era la fuerza del viento. De hecho no pudimos parar allí mas que unos breves minutos porque era un riesgo innecesario, e incluso cuando tratamos de hacer una foto de grupo, tanto la cámara de Rafa como mi teléfono móvil volaron sin poder completar las fotos.
Y sin más dilación nos dirigimos al cuarto punto del programa que era el restaurante Boa Vista, donde teníamos reservada la mesa para comer a las dos y media de la tarde.
El lugar elegido resultó un éxito, porque la atención del personal fue excelente y los platos seleccionados nos dejaron a todos satisfechos. Tomamos como entrantes unas cazuelas de almejas, gambas y pulpo, además de una parrillada de verduras, y como platos principales la mayoría una parrillada de pescados (con Lubina, Rape, Rodaballo y San Martiño) y otros tomaron Rodaballo, San Martiño y Cocochas. Todo en su punto y exquisito. Lo regamos con albariño Lagar de Cervera, cervezas y aguas. Y en los postres también hubo variedad, entre Filloas con helado de Turrón, Torrija, Carpaccio de Piña con helado, Tartaleta de manzana, Tarta de la Abuela y Helados. La minuta, adecuada al excelente menú y todos contentos.
El programa de la tarde contemplaba acercarnos al puerto de Morás, para visitar los Acantilados de Papel, un grupo de rocas sobre el mar que llevan ese nombre por una cierta similitud con las formas del papel doblado. Desde allí pudimos observar la fuerza del mar, con olas de varios metros, y sobre todo con la enorme fuerza del viento, que hacía que toda la costa estuviese marcada con alerta roja. Con las debidas precauciones algunos nos animamos a subir a lo alto de los acantilados para observar mejor el oleaje y tan bien lo vimos que, en uno de esos embates de olas grandes, la espuma resultante del choque con las rocas y el viento que soplaba en ese momento, se nos viniera encima y nos dejase calados a quienes estábamos en ese momento en lo alto, y en mi caso particular que grababa en video el momento, me obligó a cambiar el pantalón que había quedado empapado. Pese a todo, no estuvimos en riesgo en ningún momento.
Algunos de los Dolos que están en el puerto
Terminada la visita al puerto de Morás, desde donde se contemplan unas vistas de todo el complejo de alúmina-aluminio de San Cibrao, nos dirigimos ya al alojamiento para terminar el resto de la jornada. En el puerto hay depositados unos enormes «dolos» que se utilizaron para formar la escollera en su momento, y se ve que los excedentes (que son muchos) los han dejado por allí, y varios de ellos han sido decorados con colores llamativos.
Acantilados de papel
El Pazo O Almacén es un pequeño hotel-restaurante que lleva muchos años funcionando en la zona y que ha sobrevivido en gran medida gracias al movimiento del personal de la empresa de aluminio, especialmente en los años álgidos de la instalación. Nos comentaba el propietario que como consecuencia de la crisis del año 2008 hubo de prescindir de buena parte del personal y que en estos años se ha dedicado a sobrevivir, ya que únicamente los meses de julio y agosto son meses de alta ocupación. Actualmente atienden el negocio el propietario y su hermano, además de un cocinero y un par de personas que ayudan en momentos puntuales.
Hotel Rest. O Almacén. Cervo – Outono Gastronómico 2023
El propietario, en la década de los 90, participó junto a cocineros muy reconocidos de Galicia en viajes promovidos por la Xunta a lo largo de toda España así como por varios países sudamericanos para promocionar el nombre de Galicia. En concreto él fue nombrado el Mago de la Queimada y tiene un montón de fotos con personajes conocidos, con su atuendo especial, y más tarde ha sido reconocido también por su labor de cocinero durante 35 años, por lo que le concedieron el Collar de miembro del grupo de Paul Bocuse, en Paris.
El resto de la tarde, antes de la cena, y una vez instalados en las 7 habitaciones con que cuenta el Pazo, lo dedicamos a participar en juegos de grupo, como intentando acertar el nombre de una persona o personaje que asignaban a cada uno, y más tarde formando dos equipos en los que se trataba de acertar el título de una película, en la que uno intentaba explicar a sus colegas con mímica algo que diese pistas sobre el nombre del film de que se trataba.
Hotel Rest. O Almacén. Cervo – Outono Gastronómico 2023Hotel Rest. O Almacén. Cervo – Outono Gastronómico 2023Hotel Rest. O Almacén. Cervo – Outono Gastronómico 2023
Con todo eso y unas cervezas, aguas, patatas fritas y aceitunas, fuimos abriendo el apetito para atacar el menú gastronómico. Hay que decir que en principio el comedor no estaba especialmente cálido y que además, por causa del temporal, en la primera media hora de nuestra llegada hubo varios cortes de energía eléctrica que nos amenazaba a que tuviésemos que cenar a la luz de las velas. Pero finalmente no fue necesario, y además encendieron la chimenea que fue caldeando el comedor y ya durante la cena se estaba bien.
El menú gastronómico en esta ocasión lo combinaron entre las dos opciones disponibles en el programa Outono, y como entrantes nos pusieron un pastel de pescado, unas setas a la plancha y unas fabes con jabalí. Los platos principales fueron a base de caza, siendo uno de ellos Ciervo con arándanos y el otro Jabalí con salsa de calabaza. Y de postre, tarta de galleta y tarta de queso. Para beber, un Mencía «Alma» que no era nada especial, pero tampoco estaba mal, aunque nuestro colectivo es más de riojas.
Después de la cena, nos ofrecieron visitar un «pub» que tienen frente al Pazo, preparado a partir de la edificación de un antiguo molino. Hicimos la visita, pero se encontraba vacío y prácticamente nadie estaba por la labor de quedarse a tomar nada allí, ya que además de desangelado estaba frío.
Hotel Rest. O Almacén. Cervo – Outono Gastronómico 2023Hotel Rest. O Almacén. Cervo – Outono Gastronómico 2023Hotel Rest. O Almacén. Cervo – Outono Gastronómico 2023
Hotel Rest. O Almacén. Cervo – Outono Gastronómico 2023
No obstante, una vez hecha la visita y como el propietario y su hermano estaban con ganas de charla, Roberto, Rafa y yo nos animamos a quedar un rato y tomar una copa, mientras el resto del grupo se iba a dormir y/o a calentar la cama para los que nos quedamos allí. En el rato que estuvimos en el pub nos contaron un montón de historias de su vida como hosteleros, e incluso Roberto tuvo la ocasión de obtener información sobre un antiguo jefe de compras de la empresa de aluminios, con el que en su momento (hace 30 años) tuvo bastante relación profesional.
El desayuno de la mañana del domingo lo habíamos programado para las 9,30 horas y con total puntualidad aparecimos en el comedor, pero hubo que esperar un rato hasta montar una sola mesa que en principio tenían preparada en dos de 8 + 6. Una vez reorganizada nos ofrecieron tostadas, churros, bizcocho, etc. Y los cafés, de lo mas variado como suele ser habitual. Echamos de menos algo de fruta, aunque tras pedirla se consiguieron unos plátanos y manzanas.
Y terminado el desayuno y recogidas las cosas, volvimos a los coches para el plan matinal, que consistió en visitar las instalaciones de la fábrica de Sargadelos, que de antemano sabíamos que estaría cerrada, tanto en lo referente a la factoría como en lo que respecta a la tienda. Después de hacer unas cuantas fotos de grupo, en vista de que en aquel momento no llovía, las chicas se lanzaron a caminar hasta la zona de la antigua factoría e instalaciones próximas, donde está el Paseo de los Enamorados, una fuente, una cascada, etc. Hay también una cafetería donde pudimos hacer una breve parada para tomar algo.
El paso siguiente en el programa de actividades era acercarnos al Fuciño do Porco y aunque de antemano éramos conscientes de que dificilmente podríamos hacer la caminata por la pasarela, nos acercamos hasta las proximidades, confirmando allí que estaba cerrado por causa del temporal. Sin embargo, de camino hacia Ortigueira, donde estaba reservada la comida, hicimos una parada en Loiba, para acercarnos a su famoso banco (que alguien definió como «el mas bonito del mundo»).
Alli hicimos fotos por parejas y también de las excelentes vistas que hay, además en esta ocasión complementadas con la fuerza del oleaje. Hubo suerte porque durante el corto espacio de tiempo que pasamos junto al banco, prácticamente no llovió y cuando empezó a caer la lluvia, montamos a los coches para dar por finalizada la visita.
Para comer, como dije, habíamos hecho una reserva en Ortigueira, en el restaurante A Cabana de Fos, siguiendo una recomendación de un antiguo compañero del banco. Comimos calamares y chipirones de la ría como entrantes, y a continuación Merluza en diferentes variedades (plancha, gallega y romana), y algunos optaron por varios lenguados que había en esa ocasión. Luego postres para unos pocos y como bebida un par de botellas de albariño Terras Gauda, además de las características aguas, cervezas, etc. El sentir común fue que la comida, aunque estuvo bien, no llegó al excelente nivel que habíamos observado el sábado en Celeiro.
Y a la salida del restaurante, bajo una lluvia intensa, aprovechamos para despedirnos dando por terminado el Outono Gastronómico 2023 y felicitándonos mutuamente por el resultado de la excursión y las visitas, pese a los temores previos que auguraban casi un encierro en la casa rural por causa del temporal.
Hace un año mi cuñado Ramón y mi hermana Berta nos enviaron desde Viandar de la Vera, unas fotos y videos sobre las Fiestas del Paseo que celebran cada año. Y vimos que se mantenían unas tradiciones muy interesantes con lo cual Ipi, que se apunta a un bombardeo, dijo que quería asistir a las celebraciones de 2023. Y continuó insistiendo en la visita a lo largo de estos últimos meses.
Por ese motivo se fue programando el viaje para estar allí unos cuantos días y participar en el mayor número de actividades posibles. Las fechas elegidas por nosotros fueron desde el viernes 29 de septiembre hasta el lunes 2 de octubre, ambos inclusive, y para retornar a casa el martes día 3, aunque Ramón y Berta que había llegado en esa misma fecha se quedaban hasta el final de los festejos, varios días después. Realmente el programa oficial se iniciaba el viernes 29 y duraba hasta el miércoles día 4.
Tras un plácido viaje, con parada en Rueda para tomar un refrigerio y aprovechar para comprar vino de cocinar, algo que hago cada vez que paso por allí desde hace casi 50 años, la llegada a Viandar fue a media tarde y después de un breve descanso para intercambio de novedades, ya nos unimos a la primera de las actividades, que en este caso era la Ronda de las Rosqueras, consistente en recorrer las calles del pueblo parando en cada casa para cantar a los inquilinos y esperar a que entreguen un lote de pastas, rosquillas, etc. Nos incluimos los cuatro como unos más del pueblo y participamos durante algo más de una hora en la recogida de esos dulces que un par de días después serían distribuidos entre todos los viandareños en la plaza mayor. Comentar que durante el paseo fue anocheciendo y en esa fecha había una luna espectacular.
Esa primera noche, tras la actividad comentada y una cena en casa, salimos al «pollo» (un banco situado en el frente de la casa de Ramón, que sirve de punto de encuentro para reuniones en la calle en ocasiones diversas). Junto a nosotros terminaron por unirse varios de los «primos» (primeros, segundos, etc…) que componían el grupo «Los Mirandini» del que nosotros también formamos parte, y que vino a ser la «peña» participante junto a otras muchas en los eventos festivos. La reunión terminó de madrugada, mientras nos tomábamos unos cubatas e íbamos conociendo a buena parte de los familiares. Y nos fuimos a dormir a la antigua casa de los padres de ramón, ahora de su hermano, situada en lo alto del pueblo, lejos de los altavoces de la carpa instalada en la plaza mayor de Viandar.
A la mañana siguiente nos habíamos comprometido a participar en la elaboración de las Roscas que se ofrecen a la virgen y posteriormente se venden entre los viandareños y asistentes en general a las fiestas y cuya recaudación sirve para sufragar gastos de los festejos y mantenimiento de la iglesia. Las Roscas se preparan en la tahona del vecino pueblo de Losar de la Vera, ya que en los últimos años ha dejado de funcionar la tahona de Viandar. El trabajo consiste en que, una vez el panadero ha preparado la masa, dar forma a la misma para conformar las roscas, y luego picar el borde las mismas para darles un mejor aspecto. Ya preparadas se meten al horno y quedan listas para su presentación a los compradores al día siguiente. Hay que señalar que se hicieron 360 roscas, con el chollo que eso conlleva, y que los participantes en los trabajos fuimos en total unas 10 personas. Resultó algo original y entretenido. Y durante el proceso, al mismo tiempo yo pude observar como la panadera preparaba la masa de otros dulces típicos (los huesecillos) a base de harina, con anís, aguardiente, zumo de naranja, mantequilla, azúcar, etc. Y por supuesto, aprovechamos la estancia en la tahona para dejar encargados unos cuantos huesecillos cuya masa había sido preparada ante mis ojos. Estaban buenos, francamente, aunque al final de tanto repartir casi me quedo sin catarlos.
Terminada la faena de las Roscas, nos fuimos a conocer una de las fincas de Ramón, a la que denominan Las Parrillas. Es un olivar en el que hay además algunas higueras, y que como Ramón no puede atenderlo desde el pueblo, lo tiene cedido a un paisano que teóricamente lo mantiene limpio, aunque ni siquiera le da la mínima prueba de lo que produce, como sería normal. Pero como ahora el precio del aceite está por las nubes y hay muchos interesados en gestionarlo, posiblemente se cambie el trato y se ceda a otras personas que harían el mantenimiento y reportarían al propietario hasta un 50% de la producción. Señalar, como dato de interés, que al parecer una finca como la suya con la actual producción generará más de 2.000 kg de olivas, que con un aprovechamiento del 9% daría cerca de 200 litros de aceite. Allí pudimos verificar que esos cálculos son perfectamente válidos, contrastándolo con otra gente del pueblo que trabaja sus olivares. Lo cierto es que los árboles este año están cargados a tope, en todas las fincas.
Ya de regreso al pueblo, nos unimos a los preparativos del Concurso de Paellas, puesto que cada una de las peñas organiza la suya al aire libre. En nuestro caso, se ubicaban los preparativos justo frente a la casa de Ramón, y allí se reunió toda la gente, si bien la preparación corría a cargo de un pariente (Raul), mientras el resto de concurrentes nos tomábamos un aperitivo. La fiesta fue amenizada por una charanga denominada «La Mejor Pata Negra» que iba recorriendo los lugares del pueblo donde se iban cocinando las respectivas paellas. En nuestro caso, estuvieron bastante rato tocando y motivando a todo el personal a bailar al ritmo de «Paquito el Chocolatero» y otras melodías del mismo estilo, pero desde luego la participación resultó de lo mas motivada, de lo cual dan cuenta las fotografías y videos tomadas sobre la marcha. En cuanto al premio final, parece que no tuvimos éxito porque cuando el comité de valoración pasó junto a nuestro cocinero, no estaba lista la paella para ser degustada. Pero eso no quitó nada al acontecimiento, y la paella se consumió en su totalidad, con más de 30 comensales asistentes al acto. A la comida siguió una animada sobremesa.
Por la tarde estaban previstas otras actividades, como la Ronda de Peñas y algunos concursos, pero en esos no participamos, y nos dedicamos a descansar de las actividades matinales. No obstante, al igual que el día anterior, nos fuimos a dormir a la casa del hermano de Ramón, lejos del ruido musical.
El domingo era el día grande, en cuanto a las celebraciones, básicamente religiosas, que se iniciaban a las 7,30 horas con el Rosario de la Aurora, acto al que Ipi tenía intención de asistir aunque sobre la marcha renunció para no pegarse el madrugón. Y más tarde, a las 12, asistencia a la iglesia para sacar a la virgen del Rosario (la patrona) en procesión por varias calles del pueblo. Posteriormente, ya de regreso en el templo, se celebró la misa en la que cantaron varias personas. Durante la procesión, tanto Berta como Ipi se apuntaron a llevar en andas a la imagen de la virgen durante un corto recorrido. Al parecer el peso es grande y cada poco se van turnando los interesados en participar. Finalizada la misa es cuando la Mayordoma de este año invita a todos los del pueblo en la plaza mayor con los dulces que la ronda de rosqueras había recogido en la primera jornada. Nosotros también degustamos algunos de esos dulces, a modo de aperitivo, porque después la comida de ese día estaba reservada para tomar en Talaveruela, el pueblo próximo donde ahora vive Alberto, el hermano de Ramón que es uno de los Mayordomos, aunque este año no era él quien dirigía las fiestas. Por cierto, durante la misa se anunciaron que hay un par de personas que se ofrecen para colaborar y convertirse en Mayordom@s en los dos próximos años.
La jornada de tarde se iniciaba temprano, por lo que la comida fue rápida. A las 5, en la plaza mayor se llevó a cabo el Ofertorio en Honor a la Patrona, cuya imagen ha sido trasladada desde la iglesia. El Ofertorio consiste en que unas mujeres, adornadas con mantillas, llevan a la virgen las Roscas que el día anterior habíamos preparado en la tahona de Losar. En esta ocasión las mujeres fueron un grupo de niñas. Y una vez recibidas por la virgen, los Mayordom@s hacen la venta a quien las quiera comprar. Al final se venden todas y como ya comenté la recaudación es para el mantenimiento de la virgen y la iglesia.
Hubo luego en la carpa la actuación de un grupo folclórico extremeño y a continuación nos fuimos a dar un paseo y a ver otra de las fincas de Ramón, en la que tiene naranjos, uvas, etc. Terminamos la jornada en casa, con una cena ligera, antes de alejarnos de nuevo del ruido musical de la casa de Ramón para volver a lo alto del pueblo donde se dormía mejor.
La última jornada completa de nuestra estancia, el lunes día 2, también estábamos apuntados a las actividades, en este caso eran comida y cena con toda la gente del pueblo, en la carpa instalada en la plaza. Pero previamente Ramón había logrado que en una almazara cercana, uno de los empresarios de Viandar nos recibiera y nos vendiera unos tarros de aceitunas en diferentes versiones, alguna de las cuales en la víspera habíamos probado durante el aperitivo. Aunque no suelen vender allí, como favor especial nos permitió hacer la compra.
Y también en otra estupenda gestión, Ramón consiguió que nos organizasen una visita guiada al Molino recientemente restaurado que en su día servía como almazara para que los viandareños pudieran transformar en aceite el fruto de sus olivares. Ya se intentó la visita hace año y medio, cuando estuvimos por allí los hermanos en la reunión de mayo de 2022, pero entonces el molino estaba en plena restauración, y la visita no fue posible. Ahora nos hizo de anfitriona una empleada municipal, Yolanda, que nos dio amplias y detalladas explicaciones sobre los orígenes y funcionamiento del mismo en su época de plena actividad, cuando no existían las modernas instalaciones que ahora se dedican al proceso del aceite. Resultó muy interesante la visita, e incluso Ramón aprovechó para indagar cómo hacía Yolanda con sus olivas, a donde las lleva a exprimir y qué porcentaje se consigue de rendimiento. Y como también le consultamos donde se podía comprar aceite de la cosecha anterior, y al parecer estaba difícil conseguirlo, ella se ofreció a regalarnos una pequeña muestra del suyo, lo que hizo a la mañana siguiente, y le correspondimos con una porción de queso gallego que previamente habíamos llevado nosotros de A Coruña.
De regreso en el centro del pueblo, colaboramos un poco en la preparación de las mesas para la comida y nos hicimos unas fotos con los cocineros, que habían preparado una sopa de marisco y un plato de «magro» (carne de cerdo) con verduras, y de postre melón y queso. Todo ello acompañado de refrescos y vino, aunque en nuestro caso Ramón quiso aportar una botella del reserva de la Rioja Alta que pedimos para el grupo familiar. Durante la comida pudimos confraternizar con los vecinos de mesa, mayoritariamente gente de edad superior a la nuestra, que nos contaban que en sus tiempos jóvenes esas comidas reunían a más del doble de los asistentes actuales. Por la noche se repitió la reunión en el mismo lugar, aunque la cena fue mucho mas ligera, con un plato de queso y fiambres y como remate chocolate con churros. Todo ello en un excelente ambiente, del que nos resultó muy grato participar.
Y aunque en principio Ramón decía que ese día ya por la noche no habría jolgorio hasta altas horas de la madrugada, se equivocaba porque estaba contratado un cantante de coplas que congregó a buena parte del pueblo, mientras nosotros nos dedicamos a dar un paseo hasta la vieja ermita, donde pudimos disfrutar de una visión clara del cielo estrellado, ya que por aquella zona había poca incidencia lumínica. De vuelta del paseo todavía tuvimos tiempo de escuchar varias de las coplas, porque el artista contratado no cesaba de dar «bises» a petición de los asistentes al evento. Al terminar el cantante de coplas, continuaba la fiesta con un DJ que amenazaba con mantenernos en vilo hasta altas horas de la madrugada, por lo cual también esa noche volvimos a la casa de Alberto, en lo alto del pueblo, para poder dormir a gusto.
Y con esos cuatro días de festejos dimos por finalizada nuestra visita a Viandar para regresar a casa a la vida habitual. Desde luego la experiencia ha sido totalmente positiva. Quedamos encantados con el ambiente de los viandareños, tanto de los que actualmente habitan allí como los emigrados que puntualmente regresan cada año para participar de las fiestas. Y especialmente agradecidos a Ramón y Berta por su invitación y por las atenciones que nos dispensaron en esos días, además de contentos de haber podido vivir directamente y participar de esas tradiciones que desgraciadamente se van perdiendo y que en el caso de Viandar de la Vera se mantienen gracias al coraje y dedicación de una parte de sus vecinos.
Desde hace varios años comentamos en ocasiones la idea de volver a Ile-de-Ré en un verano, tras la buena experiencia de nuestro viaje de hace ya 15 años. Sin embargo la cosa ha ido quedando entre los asuntos «pendientes» y por fin este año nos animamos a llevarlo a cabo, si bien el plan idea inicial se modificó para adaptar el viaje a unos condicionantes surgidos. Por esa razón se cambió la idea original de estar unos días en la isla por simplemente hacer una visita y durante una semana recorrer los puntos más señalados de la Bretaña francesa. Y para ello programamos el viaje en avión a Burdeos, alquilando a partir de allí un coche con el que hacer el recorrido previsto. Y ese viaje, como solemos hacer, lo planificamos con Rafa y Elena.
Las fechas elegidas fueron las de la última semana de julio, una vez que Elena ya terminaba sus habituales ocupaciones fiscales de cada año. Pero previamente al inicio del viaje, ese finde nos desplazamos a Vigo para asistir a un concierto de Maria José Llergo, que se celebró en el auditorio de la ciudad, en una terraza con vistas sobre la bahía, y con las islas Cies al fondo, en una jornada espectacular por la temperatura y la climatología en general.
El concierto resultó fantástico, y al terminar nos acercamos a la zona de la Piedra, en Vigo, para cenar en una terraza con mucha afluencia de turistas y nativos, es decir con un ambiente de lo más entretenido. Y habida cuenta de la buena noche que hacía, regresamos al hotel, situado justo al lado del auditorio, caminando y disfrutando de la temperatura.
De regreso a A Coruña yo había reservado con un mes de antelación para comer en el restaurante que hay en Punta Cabalo, en la Illa de Arousa, un lugar que conocí durante una excursión con los Bebeuvas y del que además había unas buenas referencias previas. Coincidió además que justamente ese día, sábado 22 de julio en A Illa celebraban la procesión marítima de la Virgen del Carmen, con lo cual tuvimos una ubicación de lo más adecuado para contemplar y fotografiar a la amplísima concurrencia de barcos al evento.
La comida resultó muy bien en general en la terraza del restaurante y por falta de tiempo no pudimos quedar a disfrutar de la playa, ya que además de tener que preparar las maletas para el viaje, Rafa y Elena habían hecho una reserva en Terreo para celebrar con nosotros en una cena sus respectivos cumpleaños y no era cosa de dejarlo con lo difícil que es conseguir reserva en ese restaurante. La cena, como no podía ser de otra forma, fue espléndida.
Y ya, a la mañana siguiente, domingo dia 30, comenzó propiamente el viaje a Bretaña, viajando a Santiago para allí embarcar en un vuelo de Ryannair con destino a Burdeos. Por cierto, que habiendo llegado con mucha antelación, nos sentamos de charla en la cafetería del aeropuerto y casi nos tienen que reclamar por megafonía porque llegamos a la puerta de embarque con todo el pasaje ya en el avión. Una anécdota para recordar. El vuelo llegó a destino con puntualidad y ya en Burdeos lo primero que hicimos fue recoger el coche reservado con antelación para iniciar el recorrido.
El primer destino lo fijamos directamente en Ile-de-Ré, con una parada previa breve por la autopista para comer algo. La visita rodeando la isla les encantó a quienes no la conocían, por la cantidad de turistas que encontramos por todas partes, la mayoría circulando en bicicleta familias enteras en unas rutas habilitadas especialmente al borde las carreteras. Visitamos en primer lugar el Faro de las Ballenas, en la esquina de la isla más alejada del puente de acceso. Subimos al faro, hicimos muchas fotos y terminamos degustando unos helados en el sitio más reconocido.
Y posteriormente continuamos ruta hasta La Flotte, donde está el puerto más concurrido, completamente lleno de gente y donde nos costó encontrar un restaurante donde cenar, para empezar degustando el plato típico de la isla y de la mayor parte de las poblaciones de toda la costa francesa, las «Moules Frites», es decir mejillones al vapor con patatas fritas, aunque ahora hay diferentes variedades en las que añaden todo tipo de salsas a los mejillones.
Para dormir, teníamos reserva en La Rochelle, la población desde la que se accede a la isla, y que es un reconocido puerto deportivo de la costa francesa. A la mañana siguiente fuimos a desayunar al Café de la Paix, situado en el centro, haciendo luego un amplio recorrido por la zona histórica de la ciudad y con dedicación especial al puerto.
Pese a que en La Rochelle habríamos podido estar mucho más tiempo, porque es una ciudad digna de disfrutar, la programación del viaje nos obligó a volver al coche para continuar el recorrido hacia la siguiente parada. En el trayecto hicimos un alto para fotografiar un campo de girasoles integrándonos entre las flores.
La parada comentada era Rochefort-en-Terre. Se trata de una pequeña localidad muy vistosa por la que hicimos un amplio paseo. La verdad es que estaba llena de visitantes turistas como nosotros, y hasta tuvimos un ligero encontronazo con el dueño de una cafetería que consideró que le estábamos presionando para que nos sirviese rápido. Pero la cosa no pasó a mayores y quedó como otra anécdota para el recuerdo. El pueblo se presta a ser fotografiado y los cuatro nos ocupamos de darle ritmo a las cámaras.
Y de Rochefort, nos fuimos directos a Vannes, donde estaba reservado el alojamiento para esa segunda noche en Francia. Es una pequeña ciudad, muy típica de la Bretaña, con un centro histórico en el que destacan las casas construidas con madera entrelazada, muy cuidado todo él y lleno de restaurantes, y especialmente creperías, ya que las «galètes» (crepes saladas) son uno de los platos más consumidos en toda la zona. Después de instalarnos en el hotel, hicimos un recorrido para localizar un restaurante, y terminamos cenando en uno en el que el camarero que nos atendió era un francés que recientemente había pasado varios meses en Vigo (creo que con un erasmus).
A la mañana siguiente nos dedicamos a pasear de nuevo por la ciudad y para ello nos montamos también en un tren chu-chu que hizo un recorrido por toda la zona antigua, recorrido que posteriormente nosotros repetimos luego a pie para poder contemplar con más detalle los lugares que nos habían atraído más y fotografiar todo el trayecto con calma.
En Vannes comimos nuestras primeras «galètes» siendo las del restaurante elegido posiblemente unas de las mejores degustadas durante todo el viaje. Y acompañamos las galètes con la característica sidra de la zona.
Nos quedamos con la lástima de no haber podido aprovechar un festival de jazz que se celebraba en los días siguientes, pero tras la comida continuamos viaje hacia Auray, una localidad próxima de la que teníamos buenas referencias, que se vieron confirmadas con la visita.
La siguiente para fue para observar en Carnac los monumentos megalíticos sobre los que hay un montón de teorías, pero que en realidad es un conjunto enorme de piedras de diferentes tamaños, que realmente no tienen nada de particular. La parada fue breve, porque en el programa todavía teníamos varias visitas programadas.
Continuamos camino hasta Pont-Aven, una pequeña localidad que algunos denominan «la ciudad de los pintores» porque allí se han instalado numerosos pintores, y con la particularidad de que entre ellos Paul Gaughin, el más conocido vivió allí mucho tiempo. Es un lugar interesante, aunque como llegamos ya pasadas las 7,30 de la tarde encontramos todo cerrado. Sin embargo valió la pena la parada.
Continuando la ruta una última visita a Concarneau, una localidad pesquera que está considerado el primer puerto atunero de Europa. Hicimos un recorrido por su zona fortificada, donde nos encontramos con el concierto de un grupo que en sus actuaciones cantaba tanto en francés como en español. Habida cuenta de que se hacía tarde, optamos por cenar en uno de los restaurantes de esa localidad, para llegar al hotel de destino directamente a dormir.
Y precisamente esa noche, la única en que no habíamos llamado previamente al alojamiento para anunciar que llegaríamos tarde, resultó ser la de un hotel que no tenía recepción durante las 24 horas. Con lo cual al llegar nos encontramos cerrada la verja al aparcamiento. Para solucionarlo, llamamos al teléfono en que se había realizado la reserva. Pero lo único que salía en ese número era una locución en francés diciendo que la atención estaba fuera de hora. Por lo cual no me quedó mas remedio que entrar por una puerta lateral e intentar encontrar una fórmula de acceso diferente. Después de mucho buscar, encontramos la zona de recepción donde se indicaba que aquello cerraba a las 21 horas y afortunadamente allí sí que había otro teléfono (de la persona que habitualmente atiende la recepción) con la cual pude comunicarme y que me dió las instrucciones para localizar las llaves de las habitaciones en un cofre ubicado fuera de la oficina. También me facilitó una clave para la apertura de la verja, con lo cual pudimos pasar el coche. Para colmo de males, las habitaciones estaban situadas en la segunda planta, cuyo único acceso era una escalera de caracol por la que hubimos de subir las pesadas maletas. Pero, en fin, conseguimos alojarnos y dormir bien en Quimper.
A la mañana siguiente, miércoles 26, salimos pronto a desayunar, y lo hicimos en la plaza mayor, en una cafetería en la que pese a ser muy aparente, nos atendieron bastante mal. La primera visita fue a la catedral, justo enfrente de donde desayunamos, y a continuación hicimos un amplio recorrido por Quimper, que resultó ser otra pequeña ciudad muy típica de la Bretaña, con las casas con madera entrelazada, pequeñas plazas, y poco más que ver.
Salimos de Quimper para continuar la ruta hacia Camaret-sur-Mer, un puerto en apariencia muy atractivo, pero que resultó un pequeño fiasco. Realmente ese destino se marcó como alternativa a viajar hasta Brest habida cuenta de que el recorrido previsto para esa fecha era muy largo y deberíamos acortarlo para visitar el mayor número de localidades posible. Lo mejor de Camaret, por no decir lo único bueno, fue que comimos estupendamente. Había mucha gente en el pueblo, la mayor parte se veía que eran turistas, y nosotros además de comer visitamos lo que reseñaban los foros, es decir un fortín y una pequeña capilla, así como una zona de desecho de embarcaciones.
Para continuar la ruta, fuimos hasta Roscoff, una población que nos habían recomendado mis amigos Didier y Cris. Es también un lugar tremendamente turístico y que destaca por su producción de cebollas rosas, que exportan a toda Francia e Inglaterra, cuya costa está relativamente próxima. Estaba marea baja, en días de mareas vivas y era impresionante ver la mayor parte de las embarcaciones varadas y el mar muy alejado de la costa, lo que nos anticipaba lo que dias después veríamos en Mont St. Michel. Hicimos un recorrido rápido por el pueblo que nos dejó un buen recuerdo.
El punto elegido para dormir las dos noches siguientes era Dinan, y aunque inicialmente también teníamos otra recomendación para visitar otra localidad turística, Tregastel, lo cierto es que decidimos obviar esa visita y dirigirnos directamente a Dinan, reservando incluso sobre la marcha para cenar. Y justo llegamos para la cena en el restaurante «Au Bout de la Ligne», después de intentar la reserva en otros varios. La cena estuvo francamente bien y ahí empezó la buena impresión que, al cabo de los dos días, nos causaría esa población, de reducida población, pero espléndida en su contenido.
A la mañana siguiente, jueves 27, aunque la idea inicial era visitar el Mont St. Michel y Saint Malo, las previsiones meteorológicas indicaban que por esa zona llovería bastante, por lo cual decidimos cambiar de plan e ir al sur, hacia el interior, concretamente a Rennes, donde el tiempo estaría mejor y cuya visita habíamos inicialmente planificado para el viernes. De modo que allá nos fuimos, para pasar el día puesto que es una ciudad con bastante contenido.
Rennes tiene una zona antigua fortificada muy interesante, y con las construcciones interiores muy similares a lo ya visto en otras ciudades (casas con madera entrelazada), además de una catedral y otras iglesias dignas de visitar. Aunque apenas llovió, lo peor es que lo hizo justo a la salida de la comida, de forma que para regresar al coche nos mojamos un poco. Por cierto que para comer descubrimos un pequeño restaurante libanés (O Liban) donde estuvimos de maravilla. Pero en cualquier caso la visita valió la pena a pesar de la mojadura.
De regreso en Dinan, a media tarde, aprovechamos para hacer un amplio recorrido por sus calles llenas de gente mientras seleccionábamos otro lugar para cenar al menos tan bien como el día anterior, lo cual no fue difícil habida cuenta de la cantidad de creperías y restaurantes en la ciudad. Al final nos decidimos por ir a «La Main á la pâte» donde nos conseguimos que nos atendieran más tarde que en la mayoría y allí tranquilamente, en un ambiente muy acogedor y relajado, hicimos nuestra cena final de Dinan.
Como por esas ciudades es prácticamente imposible encontrar un lugar donde tomarse un digestivo o una copa después de la cena, para un día en que no teníamos que conducir, optamos por una visita nocturna al puerto deportivo de la ciudad, que está situado bastante más abajo del centro de la misma.
Pero como casi todo lo que se baja hay que subirlo y no había taxis disponibles, tras la cena hubo que volver a subir tranquilamente la empinada cuesta y contribuir así a irnos a la cama un poco mas cansados.
Llegado el viernes 28, madrugamos un poco mas que de costumbre para ir pronto a la visita de Mont Saint Michel, donde era previsible una gran afluencia de visitantes. Previamente habíamos reservado online las entradas a la abadía y cuando llegamos a la zona de aparcamiento previa todavía tuvimos que guardar una pequeña cola para acceder a las lanzaderas que nos transportaban a la base de Saint Michel. Cuando llegamos la marea estaba baja y el mar se veía a lo lejos lo que nos hizo calcular que al menos tendríamos una espera de 6 horas si queríamos ver la subida del mar rodeando la isla.
Una vez accedidos al monte, pudimos comprobar que nuestras previsiones en cuanto a los visitantes se quedaban cortas, pues en el interior la marea humana nos obligaba a caminar lentamente hacia la abadía, pese a que luego al haber comprado de forma anticipada las entradas no tuvimos que esperar apenas cola para acceder al interior. Ya dentro de la zona fortificada nos encontramos con el restaurante «La Mère Poulard», muy bien valorado y uno de cuyos platos estrella es una tortilla super especial, así como el cordero criado con la vegetación de la zona, influida por la proximidad del mar, que da un tono especial a la carne del animal. Y como no podía ser de otra manera nos propusimos comer más tarde allí aunque hubiese que esperar por exceso de afluencia.
El interior de la abadía está bien pero tampoco es nada espectacular. Había mucha gente en todas las estancias y durante el recorrido por las diferentes terrazas exteriores pudimos ir viendo como el mar se aproximaba a medida que avanzaba la marea. No obstante, parecía que la espera sería mayor de lo esperado si queríamos ver el mar rodeando el monte.
Por consiguiente, bajamos mientras tanto a comer al restaurante ya comentado, donde no hubo que hacer cola porque se ve que la mayoría de los visitantes acudían a otro tipo de creperías o bares más asequibles. La comida estuvo bien, aunque resultó menos espectacular de lo esperado, pero al menos no nos quedamos con las ganas de degustar los dos platos estrella, además de la sidra especial de la casa.
Finalizada la comida, salimos al exterior del monte para esperar a la subida del mar. Tuvimos tiempo de hacer un amplio recorrido por la playa, bordeando el monte, y cuando definitivamente verificamos que el mar no iba a llegar a subir lo suficiente, decidimos tomar el camino de vuelta. Según pudimos comprobar por la tabla de mareas y por la consulta a uno de los gendarmes allí presentes, solo en ocasiones el mar llega a cubrir el contorno del monte con mareas muy vivas y que superan el 100% de lo habitual, y en nuestro caso, siempre según la tabla de mareas, aquel día estaba al 48%. Pero de todos modos salimos satisfechos de la visita y el camino de regreso al coche lo hicimos caminando para poder ver y fotografiar repetidamente el que era uno de los objetivos de nuestro viaje.
El planing del día contemplaba también una visita a Saint Malo, una de las más importantes plazas turísticas francesas, y la mas concurrida de la Bretaña. Como no disponíamos ya de mucho tiempo, porque esa noche dormiríamos en Nantes, hubimos de hacer una visita relativamente corta, por el puerto, bordeando la muralla, y finalmente haciendo una parada para cenar y tomar unas «galètes» en una de las creperías que encontramos a nuestro paso.
Como ya dije, después de la cena emprendimos el viaje de vuelta para hacer noche en Nantes, que era la ciudad a visitar al día siguiente. Y así, el sábado 29 de julio, nos levantamos decididos a ver lo máximo de esa ciudad que es una de las capitales francesas importantes. Desayunamos en un céntrico café y a partir de ahí iniciamos las visitas por la catedral, para continuar por la Place Royale y la Rue D’Orleans, donde estaban ubicadas unas exposiciones temporales al aire libre.
Continuamos luego el recorrido por diferentes zonas de la ciudad, muy rica en monumentos y lugares dignos de admirar, como el Castillo de los Duques de Bretaña, o la Iglesia de Saint Pierre y otros muchos.
Hicimos un alto en las visitas para comer volviendo a la Place Royale, en una de las terrazas allí existentes, y ya descansados y con el estómago agradecido retomamos los paseos por Nantes, para llegar a la Opera, el Passage Pommeraye, un precioso centro comercial, terminando luego al borde del rio para ver de lejos el Elefante (uno de los elementos significativos de la ciudad), que está ubicado en la isla bordeada por el rio Loira a su paso por la ciudad.
Finalizadas las visitas nos esperaba un largo recorrido hasta Burdeos, algo asi como 320 kms, que hicimos de un tirón, tratando de sobre la marcha de conseguir reserva en algún restaurante que mereciese la pena para esa última cena francesa, la cual queríamos regar con un buen Burdeos, y a ser posible rematar con un coñac adecuado. Por lo apretado de la hora de llegada nos costó localizar uno que reuniese las características exigidas y finalmente conseguimos la reserva en «Temps a Nouveaux», donde degustamos algunas exquisiteces del local, y pudimos ya tomarnos una botella de Chateau Bonneau (burdeos) y rematar con sendas copas de Armagnac, cuya botella finalizamos.
Y como postres, estando en Francia, no podíamos dejar de tomar unos quesos y unos profiteroles. En fin, una cena digna de la última noche de nuestra excursión, teniendo en cuenta que el hotel estaba próximo y no había problemas para conducir tras la cena.
A la mañana siguiente, domingo día 30, ya nos levantamos sin demasiada prisa y solo con la necesidad de ir a entregar el coche con tiempo suficiente para luego facturar y embarcar a la hora prevista.
El vuelo de regreso fue puntual y así dimos por finalizada nuestra aventura por la Bretaña francesa, emplazándonos todos los asistentes para repetir el vuelo a Burdeos y así poder conocer un poco la ciudad, ya que en esta ocasión se nos quedó corto el tiempo.