La ciudad de Oslo

El jueves 21 amanecimos ya en Oslo, para empezar nuestro recorrido de 3 días completos en la ciudad. Desde nuestro hotel vamos al centro de la city en bus, ya que estamos a unos 20 kms de Oslo centro. Pero como hemos adquirido el Oslo Pass, tenemos transporte público completo incluido en el mismo, ademas de gratuidad en numerosos museos y otras actividades y descuentos en la mayoría.

El bus tarda casi media hora, pero el viaje es muy agradable, ya que el paisaje es variado y sobre todo muy verde.

Ya en Busterminal, en el centro de Oslo, hemos empezado nuestro paseo por la calle principal, Karl Johans Gate, peatonal y con multitud de comercios y cafés. Lo primero que vimos fue un edificio contiguo a la catedral, lleno de cafeterías. También pudimos enterarnos de que en la catedral, el viernes 22, se celebraba un acto con música de órgano del que tomamos nota.

Continuando el paseo, llegamos a un gran parque, donde se encuentra el Parlamento, el Gran Hotel, el teatro Nacional y más al fondo el Palacio Real. Y desde el mismo parque vimos que salía un bus de visita turística por Oslo, y en vista de que hacía calor optamos por tomarlo para durante algo más de una hora conocer sobre la marcha los principales monumentos y zonas de interés de la ciudad. El recorrido nos sirvió para organizar los tres días de estancia y decidir qué cosas ver con más detalle.

De vuelta al punto de inicio, y de camino hacia el puerto, Ipi sugirió hacer un alto en el edificio del ayuntamiento, que resultó ser precioso. Allí pudimos observar unas hermosas pinturas murales y las salas de reunión así como el salón de plenos. Además, en el gran patio central es donde anualmente se lleva a cabo el acto de entrega del Premio Nobel de La Paz, el único que no se entrega en Estocolmo.

Después de visitar el ayuntamiento, como era ya una hora adecuada para comer, buscamos algún lugar próximo y encontramos una terraza en el puerto muy cómoda donde nos tomamos una pizza y unas cervezas a modo de tentempié para continuar nuestra excursión de ese primer día.

Luego visitamos el castillo, situado justo sobre la terraza donde comimos. La verdad es que el castillo no valía mucho la pena, pero era uno de los puntos que estaban recomendados. Y desde allí ya nos fuimos caminando hacia el edificio de la Ópera de Oslo, algo realmente impactante. Había leído mucho al respecto, e incluso en la programación del viaje hace un par de años llegué a conseguir una reserva para asistir a una representación, creo recordar que de la ópera Carmen, pero como no fuimos, ahí se quedó la cosa. Antes de llegar a la Ópera nos sorprendió ver las saunas que están en el puerto, justo enfrente. Son saunas flotantes, en las cuales la gente, tras darse un baño de calor en ellas, se tira al mar para refrescarse. Y hay muchas, algunas como muy llamativas.

Pero volviendo sobre el edificio de la Ópera es algo realmente impresionante. Tanto en el exterior como en su interior. Nos hartamos de fotografiarla, desde todos los ángulos y en diferentes alturas. Justo frente al edificio hay una especie de playa que ese día estaba muy concurrida porque hacía calor, aunque la tarde estaba ya medio tormentosa y llegaron a caer algunas gotas.

Tras esa visita, en el edificio que está tambien enfrente, al otro lado de la avenida, hay otra construcción grande y moderna, que resultó ser la Biblioteca municipal. Es otra obra grandiosa, con 6 plantas dedicadas a la lectura, con un diseño innovador y muy atractivo. Según supimos, hay más de 450.000 volúmenes, además de zonas dedicadas al diseño, a la fotografía, impresión en 3D, confección, etc. Y también con una zona en la que se puede comer o tomar un café mientras lees. Nos encantó y pese a ser ya las 9 de la tarde, pudimos visitarla con calma porque no cerraba hasta las 10. Con lo cual el día resultó completo en todos los sentidos.

Bueno, casi completo porque en cambio, dada la hora, ya no encontramos sitio donde poder cenar y hubimos de contentarnos con tomar unos bocadillos muy poco apetecibles, que era lo único disponible en el pequeño bar que estaba abierto en la estación de autobuses. Y desde ahí, ya directamente a subirnos al 380, que es el bus que nos acercaba al hotel. Terminamos la jornada viendo una peli de Netflix en la habitación porque todas las cadenas de TV están en noruego y/o inglés.

El segundo día de estancia en Oslo comenzó como el anterior, bueno, parecido porque a primera hora de la mañana llovía con fuerza, incluso diríamos que jarreaba, con lo cual hubimos de esperar algo antes de abandonar el hotel para no empaparnos en el recorrido hasta la parada del bus. En el hotel nos prestaron un paraguas que nos vino de maravilla.

Tras llegar al centro, cambiamos de bus para ir hacia la zona de los museos de Bygdoy, que era el mejor plan mientras no parase la lluvia.

Visitamos con cierta calma el Fram, el museo sobre las expediciones de Amundsen y otros exploradores al polo sur y en general a los descubrimientos de las rutas polares. Es interesante y con muchas particularidades. Hay una reproducción a tamaño real del barco original que Amundsen utilizó. Y otros de menor tamaño, de expediciones posteriores. También pudimos ver en la sala de proyecciones una película sobre esos descubrimientos.

Y como al terminar esa visita casi ya no llovía, tras hacer unas fotos por el entorno, decidimos ir a visitar el museo Vikingo, que resultó estar cerrado, y más tarde el Norsk Folkemuseum, un museo de la historia cultural de Oslo, en el que se pueden ver las casas de los antiguos pobladores de Noruega. Allí, además, está la Kirkechurch, una iglesia del siglo XII, que fue trasladada desde su ubicación original a este lugar en 1855, y que se conserva en muy buen estado, con uñas preciosas y bien conservadas pinturas en su interior. En la cafetería del propio museo hicimos una comida rápida, a base de tostas que por cierto estaban muy buenas.

Ya por la tarde, como queríamos ir al concierto de órgano de la catedral, poco antes de las 5 nos instalamos en uno de los bancos. Realmente lo que había programado no era un concierto sino una misa con actuación especial de un organista. La misa, como supimos al terminar, era una celebración para conmemorar el 11º aniversario del atentado terrorista de Oslo, en esa misma fecha del año 2011, en la que fallecieron 77 personas, la mayor parte niños en el campamento de la isla de Utoya, donde pasaban unos días de vacaciones. Fuera de la iglesia hay un espacio que los recuerda, donde habían depositado numerosas rosas.

De regreso al centro, fuimos recorriendo el puerto hacia la zona de Aker Brygge, que nos recomendaron para cenar. Y esa zona en efecto estaba muy concurrida pero con restaurantes demasiado turísticos. Y en casi todos había cola para conseguir mesa. Al final lo logramos en Olivia, uno de los recomendados, pero que resultó ser de tipo italiano, con pizzas, pasta, etc. Tuvimos que esperar bastante, la atención fue regular y no cumplió las expectativas previas.

Desde allí volvimos a la Busterminale en tranvía, para seguir probando los diferentes tipos de transporte público incluidos en la Oslo Pass.

El tercer día de Oslo empezó como los anteriores, pero con mejor tiempo, ya que no llovía, Por ello, tras el desayuno en el hotel como jueves y viernes, nos dirigimos a la parada del bus para empezar la jornada. Teníamos ya bastante marcado el programa, y de entrada nos fuimos hasta el parque Vingeland, que Ipi quería visitar a toda costa porque era donde había una buena colección de esculturas del titular del parque, y una de esas cosas que en todas las guías recomiendan ver.
Efectivamente el parque es enorme, muy bien cuidado, y como sabíamos, existe una grandísima colección de esculturas de forma humana, bien individualmente hombres mujeres y niños, como agrupadas de dos en dos, en muy diferentes posiciones. En lo alto de la zona principal se alza el Árbol de la Vida, con esculturas de figuras humanas (niños, mujeres y hombres) aparentemente amontonadas que simbolizan los deseos de cada uno de mejorar. Y además en el entorno hay varias líneas de figuras agrupadas de dos en dos, señalando diferentes etapas de la vida.

Había mucha gente en el parque, en parte por ser sábado y en parte también por la buena temperatura y lo bien que se estaba. A Ipi le llamó la atención un grupo de mujeres que parecían indues o paquistaníes, junto a un grupo de niños, que parecían estar celebrando algo como una primera comunión. Como e insistía en que yo fuese a preguntarles cual era la celebración, y yo no lo consideraba adecuado, finalmente fue ella quien se plantó junto a una de las mujeres a preguntar. Al parecer era un grupo familiar africano que venían para asistir a una boda y todas ellas (mujeres y niñas) eran las damas de honor. Ipi hizo numerosas fotos al grupo y quedó satisfecha con las explicaciones. La visita al Vingelandspark resultó, así, de lo mas productiva e interesante, y en ella ocupamos como casi tres horas.

La segunda parte del programa era ir a ver el museo del esquí y el trampolín de saltos que está en las afueras de Oslo. Tras tomar un bus llegamos a la estación del metro que nos debía acercar a Hollmenkollen. En la propia estación, mientras tratábamos de encontrar la parada donde había que bajarse, unos españoles que estaban allí nos dieron la información y con ellos hicimos el viaje. Era una pareja, ambos barceloneses, según ellos “ingenieros frustrados” que al no encontrar trabajo en España decidieron irse a Oslo, donde enseguida consiguieron contrato y se instalaron. Al parecer les cogió el último cierre de fronteras justo un par de días antes de viajar allí, por lo que tuvieron que quedarse en casa de los padres durante casi 8 meses “con lo puesto” ya que habían empaquetado y enviado todo previamente a Oslo. Pero en cuanto se abrió la frontera, ya se instalaron y están encantados allí.

Llegados a la estación de destino, el resto del camino fue a pié, subiendo bastante para llegar a la base de la pista de saltos, desde donde empezamos a ver como los más animados se lanzaban en tirolina desde lo alto. Poco después subimos a la zona intermedia, desde la cual se tomaban buenas vistas y donde yo pude participar en un simulacro de descenso a más de 100 kms/hora, y a otro de un salto desde lo alto del trampolín, mientras Ipi conseguía una mesa para comer algo, debido a que eran ya las 3 de la tarde. Tras la comida, nos fuimos a visitar el museo, también incluido en la Oslo Pass, y que llevaba incluido el acceso por el ascensor interior, a la parte más alta del trampolín, con unas espectaculares vistas de Oslo y de su fiordo.

Terminado el recorrido por allí, volvimos al centro de Oslo para terminar la jornada con un paseo por el parque situado junto al Parlamento y al Teatro Nacional, y acercándonos al Palacio Real, todo ello haciendo tiempo hasta la hora de cenar, lo que al final hicimos en Egon, otro de los lugares recomendados por Lucía, la empleada del hotel. La cena la hicimos con el tiempo justo de tomar el bus de regreso mientras se terminaba la validez de mi Oslo Pass, pero el conductor del bus nos permitió viajar sin tener que hacer un pago adicional.

Y con eso terminó esa última jornada completa en la capital, ya que a la mañana siguiente teníamos el vuelo a Bergen.

A Coruña-Oslo, inicio del viaje

Esto es el inicio de nuestro viaje a los fiordos noruegos, viaje pospuesto un par de veces, ya que la programación inicial data de enero de 2020 para llevarlo a cabo en junio. Y precisamente ese año fue el del comienzo de la pandemia, con el confinamiento al principio y las limitaciones posteriores en los movimientos. Y como quiera que las reservas, tanto de vuelos como de hoteles estaban hechas, hubo que anular todo, pero en el caso de los vuelos no pudimos recuperar el dinero que quedó convertido en bonos en el caso de Iberia, y Cashpoints, en el caso de Norwegian.

Un año después como aparentemente las cosas mejoraban, volvimos a replantear la planificación, con nuevas reservas que además en el caso de Norwegian hubo que volver a pagar porque la compañía estaba en plena reestructuración y los cashpoints habían quedado congelados hasta un año después. Pero de nuevo volvió la segunda o tercera ola, y Noruega cerró el acceso a visitantes extranjeros por lo que nuevamente hubo que cancelar todo.

Por eso, en esta tercera ocasión, para evitar la caducidad de puntos y cashpoints, organizamos el viaje cambiando coche por aviones y barco, con lo que además optábamos por la solución Hurtigruten, que yo ya había analizado antes y descartado por su alto coste. Y decididos a llevar a cabo el recorrido por los fiordos, dejamos reducida la ruta al viaje Bergen-Kirkenes por barco, añadiendo una estancia de 4 días en Oslo, ciudad que yo no conocía de mi viaje anterior.

Las fechas elegidas fueron del 20 de julio al 2 de agosto, condicionadas por la disponibilidad del barco, y de esa forma el miércoles 20 de julio salimos del aeropuerto de Alvedro, para volar a Oslo vía Londres. El viaje empezó puntual, ya que el vuelo de inicio salió a su hora, pese a que la cola para pasar el control de pasaportes era enorme y al ritmo que llevaban amenazaba con retrasarlo. En el último momento decidieron facilitar que los que tuvieran pasaporte español entraran por uno de los lados y así la cola se resolvió pronto.

Aunque inicialmente nos planteamos no salir de Gatwick al aterrizar en Londres, cómo quiera que pudimos liberarnos del equipaje enseguida porque aceptaban la facturación, optamos por tomar un tren a Londres y así hacer más llevadera la espera hasta la hora de embarcar para Oslo.

De esa forma, poco después de las 12, hora inglesa, estábamos paseando por la ciudad. Y como los principales lugares de interés están todos en el centro, desde la estación Victoria, a donde llegamos, nos dirigimos inicialmente a Buckingham Palace, para desde allí continuar hacia la zona de Westminster y proseguimos camino por Horse Guards Street hacia Trafalgar Square.

Todo el recorrido comentado lo hicimos con las calles llenas de gente pese a que hacia bastante calor. Y como entre caminar y  hacer fotos se fue haciendo tarde, antes de llegar a Trafalgar hicimos un alto en un restaurante que ya conocíamos de uno de los viajes anteriores, cuando estuvimos con Elena y Rafa. El sitio se llama Horse and Guardsman y en él nos tomamos unas sabrosas hamburguesas (es la especialidad).

Terminado el almuerzo, seguimos la visita, por Trafalgar y de vuelta hacia la estación Victoria rodeamos por calles menos conocidas para alargar la estancia. En ese recorrido hacia la estación nos encontramos con una reunión de gente, aparentemente familias, que salían de una iglesia donde se había llevado a cabo algo así como la graduación de alguna escuela, porque chicas y chicos estaban vestidos con togas al estilo de una fiesta de fin de carrera.

El viaje de regreso lo hicimos a media tarde, para no correr riesgos por si surgía algún inconveniente. No fue así y llegamos a Gatwick con más de una hora de antelación sobre la hora de salida prevista, si bien luego se produjo un retraso adicional de otra hora y media. En cualquier caso, el vuelo de Norwegian recuperó parte del retraso y hacia las 0,30 h. Llegamos al aeropuerto de Oslo.

Para llegar al hotel llamamos a un taxi que empleó algo más de media hora en el trayecto y finalmente arribamos al hotel sobre las 2 de la madrugada. Tuvimos la suerte de que la recepcionista era una joven extremeña (Lucia) muy simpática que nos dio toda clase de informaciones para nuestra estancia.

Semana Fantástica

Esto no tiene nada que ver con El Corte Inglés ni con sus promociones comerciales, aunque podría decir que coincide con aquellas en que no es realmente una semana y que se dan una serie de circunstancias singulares por lo que este período de entre 9 y 10 días ha sido excepcional.

Podemos poner como comienzo del mismo en el sábado 2 de julio, fecha de inicio del festival +QJazz en el que se incluyeron una serie de conciertos de música que a la postre han resultado de verdad sensacionales en su conjunto, y a la vez realmente espectacular alguno de ellos. Entre medias se han juntado otros acontecimientos, también del ámbito musical, que han configurado esos días como fantásticos, como el festival Burgojazz, O Temple Jazz Festival, el Atlantic Pride, y de forma singular la gira de despedida de Serrat.

Pero volviendo al inicio, el sábado día 2, después de una exitosa comida familiar en Santiago con motivo de la reunión de 7 primos carnales, por mi parte paterna, que me dio la oportunidad de confraternizar unas horas con personas con la que tenemos una poco frecuente pero excelente relación, acudimos a la actuación en Garufa de Gitano Palo, un coruñés que se mueve por el mundo con una música singular, con conexiones y aproximaciones al flamenco, pero con un estilo muy personal. La sala estaba llena de amigos y familiares del cantante y algunos espontáneos como nosotros a quienes nos cautivó su estilo, su voz y su música, aunque en otros aspectos resultase un tanto altivo y chulesco. Pero en su conjunto, la actuación estuvo francamente bien.

El domingo día 3 teníamos que elegir entre dos actuaciones: una de ellas en el Burgojazz, y otra del Atlantic Pride, optando por esta última. La decisión la tomamos porque era Soleá Morente quien actuaba en el museo Luis Seoane dentro de las actuaciones organizadas en los conciertos del orgullo LGTBI, y esa artista nos había dejado un grato recuerdo en dos actuaciones anteriores en la ciudad, una de ellas hace un par de años dentro de la programación municipal de fiestas y la última en Filloa, en un concierto intimista en el que se lanzaba a cantar flamenco. El resultado en esta ocasión fue decepcionante porque hizo un «mix» de varios estilos, (que algún medio informativo calificó como música fusión), sin acertar a nuestro juicio con el repertorio ni con el tono, y dando mucho más valor a la imagen, buscando el beneplácito de la concurrencia, que aprovechando sus virtudes musicales. En síntesis, que nos fuimos a mitad de concierto lamentando no haber elegido las actuaciones que nos perdimos en el botánico de O Burgo a la misma hora.

El lunes 4 ya lo tuvimos claro desde el principio y nos fuimos a ver la actuación de cierre del Burgojazz, que corrió a cargo del grupo madrileño No Reply, un conjunto de 9 músicos que se unieron hace casi 20 años y que, tras un paréntesis de 8 años, han vuelto a juntarse para deleitar al público con una música tipo «swing» muy bien interpretada, y con un repertorio en el que mezclan temas propios con arreglos de otros cantantes y grupos del panorama nacional. El botánico estaba lleno, como siempre, y para todos los asistentes la actuación de No Reply resultó más que buena, premiándoles al final con una prolongada ovación, tras un par de «bises» con los que nos regalaron.

La actuación del martes estaba incluida dentro del programa +QJazz y era en la sala Mardigras. El seleccionado para esta ocasión era Nick Moss, un músico estadounidense, que deleitó al auditorio, en un recinto abarrotado de público. Estaba acompañado por otros tres colegas, uno de los cuales también cantaba y lo hacía muy bien por cierto. Es una pena que la sala no tenga una mayor capacidad, porque la calidad de los músicos era digno de una afluencia muy superior, que sin duda se habría producido si el concierto fuese en Garufa, por ejemplo, que sin ser mucho mayor, tiene más capacidad y sobre todo más comodidad para los asistentes.

El miércoles día 6, había también otro concierto incluido en el mismo +QJazz festival, y era en este caso en Filloa, local que para mí tiene algo especial, seguramente por la sensación de intimidad que da, ya que la capacidad del mismo es sumamente reducida (calculo que como máximo unas 40 personas, de las cuales sentadas poco más de la mitad). Hemos ido muchas veces, casi siempre en mitad de semana, y precisamente los miércoles suele haber de forma habitual actuaciones, no siempre de grandes figuras sino más bien de trios o cuartetos de músicos locales, pero que tienen una gran aproximación al público. En esta ocasión, era un trio en el que bajo la denominación de Cast, se unían Carlos Segovia (piano), Lar Legido (batería) y Oscar Rodríguez (contrabajo). Fué una actuación estupenda, que pudimos disfrutar en primera fila, sentados y lejos de las apreturas de Mardigras, por ejemplo. Y además me sirvió para recuperar ese regusto de la vuelta al Filloa, tras los problemas de la pandemia.

Y tras el miércoles llegó el jueves día 7, un día plagado de actividades, que comenzó cuando poco antes de las 10 de la mañana me fui con varios compañeros Bebeuvas a la Plaza de Lugo a comprar marisco para la comida que teníamos prevista, con las parejas, en el Txoko de Miño, a modo de fiesta de verano, tras el parón de los dos últimos años. Después de la compra, la preparación de la comida y la propia degustación de las cocochas preparadas de forma magistral por nuestro más longevo compañero, Fernando Suarez, y el resto de platos de marisco (percebes, nécoras y cigalas), amén de lacón asado, queso con membrillo, larpeiras, helados, etc….

Pero la jornada era larga y antes de la parte musical todavía teníamos la cata de vinos en Intenso, que era la quinta consecutiva, y que estuvo a la altura de las anteriores. Además de Rafa, mi colega habitual en estas lides, nos acompañó en esta ocasión Julio. No pudimos terminarla como hacemos habitualmente con alguno de los excelentes platos que allí preparan porque era hora de acudir al plato fuerte del día, que fué la actuación en Garufa de Gisele Jackson, dentro del festival +QJazz.

Si todas las actuaciones integradas en el ciclo habían sido buenas, desde luego para mí hasta ese momento la de Gisele Jackson resultó la mas espectacular. Es una cantante impresionante, y no por su aspecto, que también, sino por su voz, por el ritmo que impone a sus canciones, y por la forma de incorporar a los asistentes a su actuación. La sala estaba llena de un público animado, que se fue entregando más y mas con cada canción. Todo un éxito con la elección, desde luego.

Si los días anteriores de la semana habían sido intensos, el viernes día 8 lo teníamos reservado en las agendas desde hacía al menos 6 meses, fecha en la que reservamos las entradas para la gira de despedida de Joan Manuel Serrat. A las 10 de la noche actuaba en el Coliseo, completamente lleno de un público «madurito» que no quiso perderse la que supuestamente es su última actuación en directo en nuestra ciudad, una de las elegidas para esta singular gira. Y Serrat no defraudó, al menos a los incondicionales, que si valoramos por la respuesta de quienes acudimos, fue algo para recordar. Cada una de las canciones que interpretó nos traían recuerdos de tiempos pasados, y yo creo que al menos el 90 % de quienes allí estuvimos participamos tarareando, cantando por lo bajini y al final cantando abiertamente con el artista sus canciones, que todo el público conocía. Un momento especial para Ipi y para mí llegó cuando interpretó, junto a la violinista que formaba parte de su equipo de músicos, «Fue sin querer», la canción que hemos adoptado como nuestra por el texto de la misma, que se acomoda a lo que fueron nuestros comienzos. Al final, todos los asistentes puestos en pie aplaudieron a rabiar a Serrat en su despedida.

Y como he dicho al principio que esta semana fantástica tiene más de siete días, llegó el octavo día de la misma, que coincidía en fecha con el sábado día 9.

Playa y castro de Baroña

Como quiera que amaneció un espectacular día de verano, y teníamos ganas de playa, pero para poder tomar el sol y disfrutar del agua, decidimos que Combouzas está muy bien pero en los últimos tiempos el oleaje es de tal magnitud que prácticamente está prohibido meterse en el agua durante toda la jornada, y aun cuando no lo está es casi imposible darse un baño por la fuerza de las olas. Así que valorando varias alternativas, optamos por ir a la playa de Baroña, a la que hace ya varios años que no acudimos. Y resultó un acierto, porque disfrutamos de un día magnífico en todos los aspectos. Un sol espléndido, sin nada de viento, con lo cual apetecía cada rato ir a mojarse. Y además el mar muy tranquilo (parece que habitualmente allí hay mar movida, pero no lo estaba en esta ocasión). Con lo cual nos bañamos quizás una decena de veces, con estancias prolongadas dentro del agua. La playa estaba casi vacía cuando llegamos y se fue llenando a lo largo del día, aunque seguía llegando gente cuando salimos, poco después de las 6 de la tarde, para regresar a Coruña a la actuación del día.

Dentro de la oferta disponible, como he dicho muy amplia en estas fechas, elegimos acudir a la zona de O Burgo, para ver la actuación de María Toro Trio, encuadrada en O Temple Jazz Festival, que cerraba el ciclo de dos días con un par de actuaciones cada uno de ellos. Previamente a la actuación, con nuestros amigos Rafa, Elena, Pila y Armando, quedamos para hacer algo así como una media cena en una terraza próxima, al borde de la ría. La actuación resultó buena, estando el trio compuesto por la titular, Maria Toro, a la flauta, un excelente pianista que compaginaba piano y teclados, y una buena batería.

La semana fantástica se completó con una novena jornada, el domingo día 10, en la que fue la actuación de cierre del +QJazz Festival. En este caso se trató de una actuación en el Teatro Colón por parte del pianista cubano Pepe Rivero, acompañado por un excelente grupo de músicos (un batería, contrabajo, chelo, violín y viola, y además la flauta de María Toro). Interpretaron temas clásicos con arreglos (desarreglos decía el pianista) que adaptaban esos temas con ritmos propios del caribe en unos casos, y otros ritmos actuales en el conjunto de temas interpretados. Como sorpresa, al final se incorporó un violinista coruñés que participó en una de las interpretaciones.

Como cierre de esta publicación quiero decir que en todas las actuaciones musicales, y en la mayor parte de las actividades comentadas Ipi y yo hemos estado acompañados por Elena y Rafa, nuestros incondicionales amigos, con quienes siempre nos apuntamos a la mayor parte de eventos, unas veces por iniciativa nuestra y siendo en otras ocasiones Elena y/o Rafa los que sugieren algo de interés para los cuatro. En definitiva, que formamos un equipo difícil de mejorar.

Vivir n’A Coruña ……

Ayer, dando uno de mis diarios paseos por la ciudad, generalmente al borde del mar, a la vez que disfrutaba de las preciosas vistas de todo el recorrido iba pensando en la delicia que supone vivir en una ciudad como la nuestra.

Vista de La Dársena

A lo largo de mi dilatada vida he residido en numerosas ciudades. Nacido aquí, en A Coruña, he vivido además de en mi ciudad en Ourense, luego en Madrid, más tarde en Vigo, en Oviedo, en Zaragoza, en Valencia, y finalmente regresé a A Coruña hace ya 18 años, aunque también entre mi paso por esas otras ciudades recalé por más o menos tiempo aquí en varias ocasiones, Y de todas esas ciudades guardo buenos recuerdos, cada una con sus peculiaridades y en función de lo que dio de sí mi estancia en ellas, pero sin duda nuestra querida ciudad mejora, al menos desde mi perspectiva, a todas las demás.

Aparte de tener el mar, que sin duda para mi es un elemento muy importante, A Coruña es una urbe que por su tamaño tiene de todo lo necesario para una vida completa y no está afectada por las complicaciones de otras ciudades de bastante mayor tamaño. Aquí puedes moverte a lo largo de sus calles sin necesidad de usar el coche para todo, y a la vez con cortos desplazamientos puedes acercarte a las poblaciones próximas con un corto recorrido. Pese a que me encanta el campo y vivir en él, reconozco que la ciudad tiene algunas ventajas y, por diversas razones ahora mi sitio está en la ciudad.

Disponer de la playa en pleno centro es algo de lo que pocas capitales españolas pueden presumir. En la nuestra hay más de una playa, unas mayores que otras, y según la zona donde vivas puedes tener el mar a poca distancia de tu casa, en la mayor parte de los caos sin necesidad de utilizar transporte público para llegar a ellas. Y eso, sin duda, es algo muy de valorar.

En los aspectos culturales, hay una amplísima oferta de todo tipo, y en muchos casos sin coste o a precios muy asequibles. Teatro, con las propuestas y ciclos del Rosalía o el Colón, además de la oferta que se puede encontrar en el Agora o el Forum, entre otros. En música clásica, las ofertas de la sociedad filarmónica y la incomparable de la Orquesta Sinfónica de Galicia, en ambos casos con precios muy competitivos si comparamos con otras ciudades. Más reducida es la oferta en eventos como la opera o la zarzuela, pero también la tenemos disponible en fechas concretas. En cine, a pesar de haber desaparecido las antiguas salas individuales, tenemos tres o cuatro grupos de salas con una oferta aceptable.

Exposición al aire libre, en La Marina
Expo fotográfica en Los Cantones

Contamos además con una amplia y variada gama de zonas de exposiciones, desde el Museo de Bellas Artes, que también ocasionalmente ofrece conciertos y conferencias, hasta las salas de las fundaciones de Banco Pastor y de Abanca (Afundación), sin olvidar la del Kiosko Alfonso, y como signo singular de nuestra ciudad, las exposiciones fotográficas al aire libre, en Los Cantones y en La Marina. En la actualidad hay dos de ellas francamente interesantes. En varias de esas salas podemos encontrar también ocasionalmente charlas muy interesantes o proyecciones cinematográficas de interés, casi siempre gratuitas o muy económicas.

La oferta en cuanto a estudios tampoco es desdeñable, sobre todo desde que contamos con universidad propia, que se vino a sumar a las antiguas ofertas de Náutica, Ingeniería Técnica, Magisterio, etc. Hoy nuestros jóvenes solo tienen que marchar a estudiar fuera si quieren optar por carreras específicas con las que no contamos, pero mayoritariamente disponen de un amplio abanico de especialidades sin moverse de su entorno familiar.

Una actuación en el Pub Filloa
La Sala Garufa

También en las últimas décadas contamos con diferentes salas y recintos para acoger grandes o singulares conciertos de música de todo tipo. Desde las grandes actuaciones que se concitan en el Palacio de la Opera o el Coliseo, hasta las más reducidas y entrañables del Filloa, las salas Garufa o Mardigrás, en incluso las actuaciones que también se programan en el Colón o el Rosalía. Por ellas pasan excelentes músicos y cantantes de todo tipo, que nos permiten estar al día en todo los concerniente a nuevas tendencias y músicas más consolidadas.

En lo que respecta a la sanidad, con todas las carencias y problemas que acumula en los últimos años, contamos con el CHUAC, una referencia puntera a nivel nacional, además de otros varios de menor entidad como el Modelo, el Quirón y el San Rafael, pero con una variada oferta en cuanto a especialidades, y todo ello sin moverse de la ciudad.

Riazor, en el último partido del Depor

En el aspecto deportivo la ciudad cuenta con muchas instalaciones de gran nivel. Empezando por el estadio de Riazor, los campos de deportes de la Torre, de La Grela, el parque Adolfo Suarez, etc. Y en las inmediaciones, varios campos de golf. Es una lástima que, con la afición que tiene, el equipo de futbol de la ciudad no haya sabido cumplir con las expectativas que se habían generado para retornar al futbol profesional, tras varios años en las categorías inferiores y pese a que en épocas precedentes ganó una liga y un par de copas del rey, además de tres supercopas.

Comida de amigos en Tira do Playa

Dejando para el final la amplísima y excelente oferta gastronómica, que en los últimos años ha dado un paso muy importante para competir sin temor a comparaciones con otras capitales mucho mayores en población. Podemos presumir de tener varios establecimientos ya reconocidos por la calidad de su cocina y atención con estrellas Michelín y soles Repsol, y otros muchos que, aun sin ese reconocimiento, ofertan una cocina y unos productos que nos deleitan en todo momento. En este sentido únicamente lamentar la dificultad para conseguir una reserva con poca antelación, ya que en la mayoría de los casos las reservas, si son para más de dos comensales, hay que hacerlas con previsión de al menos una semana.

El Orzán en la noche del 22 de junio, previa a la noche meiga

Y se me ha ocurrido el generar esta publicación precisamente hoy porque ayer era un día muy especial para la ciudad. Como ocurre desde hace muchos años, la víspera de San Juan concita a coruñeses y parroquianos del cinturón de la ciudad miles de personas que quieren disfrutar de la noche mágica en las playas de Orzán-Riazor. Desde la noche anterior los jóvenes acuden a las playas para «montar guardia» y preparar sus parcelas para el día siguiente, juntándose al final miles de personas (esta mañana el responsable del dispositivo de seguridad estimaba que la afluencia a estos arenales había sido de aproximadamente 125.000 personas). Y eso contando además con que en esta ocasión coincidía el San Juan con un concierto de Alejandro Sanz en el Coliseo, que con toda seguridad se ha llenado. Y además de la zona de playa, también en muchos de los barrios de la ciudad hubo numerosas hogueras y sardiñadas-churrascadas, con gran participación ciudadana.

En definitiva, que vivimos en una ciudad de la que podemos estar plenamente orgullosos y de la que podemos presumir cuando salimos de aquí. Cuando ayer, en un encuentro con un amigo de edad similar a la mía comentaba que lo malo es que el clima no siempre nos acompaña, también hacía yo la reflexión de que, si A Coruña tuviese un clima similar al de Alicante o Málaga, por usar el ejemplo de dos capitales con mar, ya la afluencia de visitantes nos impediría disfrutar de varias de las singularidades que hoy tenemos. Así pues, «deixemos as cousas como están» y sigamos aprovechando todo de lo que tenemos.

Mayo Viajero – 3 – La Palma

Para terminar el mes de mayo, llegó la tercera de las actividades viajeras previstas, es decir el viaje a la Isla de La Palma que habíamos organizado varios meses atrás, cuando nuestra amiga Elena localizó los vuelos a la isla, con salida desde el aeropuerto de Santiago, y estuvimos todos de acuerdo en reservar para colaborar en la reconstrucción tras la erupción del volcán. Hechas las reservas de los vuelos, a los pocos días localizó también una buena oferta para el alojamiento, quedando todo previsto para los días 27 a 30 de mayo, para las dos parejas, es decir Rafa-Elena, Ipi y yo.

A todo esto, hay que señalar que durante nuestra estancia en Lanzarote, en el mes de febrero, también Elena se enteró de que podíamos apuntarnos para participar en los sorteos de unos bonos turísticos de 250 € por persona que el Cabildo de La Palma montó para que quien resultase afortunado pudiera destinar ese dinero a gastarlo en la isla. Acordamos que nos anotábamos los cuatro y si alguno resultaba agraciado, el bono lo compartiríamos. Y mira por donde, cuando yo jamás soy afortunado en sorteos, esta vez me tocó a mi. Me llegó el aviso durante nuestra estancia en Matalascañas.

Y volviendo al objeto de esta entrada, el viernes 27 de mayo iniciamos el viaje. Por cierto, que como la salida del vuelo era a las 6,30 de la mañana desde Santiago, apenas pudimos dormir cuatro horas. Pero pese a ello, el primer día lo aprovechamos al máximo. Llegados a La Palma, enseguida recogimos el coche que previamente Rafa había reservado (un Volkswagen T-Roc, muy cómodo por cierto) y nos lanzamos a recorrer la isla, ya que hasta la tarde no podíamos acceder al alojamiento. De entrada nos dirigimos al sur hacia Fuencaliente donde después de recorrer el pueblo localizamos un lugar donde meter al cuerpo un rico desayuno, y ya repuestos del vacío estomacal, continuamos al Faro situado en el extremo sur de la isla, desde donde pudimos observar todo el recorrido de la lava que el volcán Teneguía dejó en su erupción del año 1971. También sobre aquella zona generó su erupción cientos de años antes el volcán San Antonio, y sobre la lava de aquella erupción ya brota ahora algún tipo de vegetación. Hoy se mantiene todo eso sin tocar apenas (solamente se abrieron algunas zonas para rehabilitar carreteras). Cerca del faro hay una especie de gruta con unos manantiales de aguas medicinales que quedaron en su día cubiertos por la lava y que desde hace unos años tratan de recuperar. Junto al faro hay un restaurante, que estaba cerrado, y unas salinas. Y poco más que ver, además de una exposición sobre las bondades naturales del mar en aquellos pagos.

En la oficina de turismo del pueblo de Fuencaliente Ipi consiguió amplia información sobre todo lo que podíamos ver ese primer día, para optimizar el tiempo, de modo que nos dirigimos de nuevo hacia el norte, esta vez por la parte oeste de la isla, para llegar hasta Todoque, el pueblo que quedó cortado por la erupción de este año. Allí llegamos hasta un mirador en el que está la imagen de una virgen. Ese mirador está situado justo en el límite lateral de la zona accesible, completamente llena de ceniza de la que, cuando la erupción del volcán Cumbre Vieja, a finales del pasado año, nos mostraban las televisiones que abarrotaban los campos y tejados de las casas próximas al cráter. Impresiona realmente la magnitud de lo que allí hay acumulado. En la actualidad multitud de trabajadores se afanan por retirar algunas de esas cenizas, que van acumulando en lo que es ya una montaña en las proximidades del pueblo. Uno de esos trabajadores, bombero, nos explicaba lo que están haciendo, y la forma en que todo el mundo está colaborando en la medida de sus posibilidades. Nos causó una gran impresión ese primer contacto con la ceniza y la lava, y desde allí mismo podían verse algunos de los tejados de las casas que quedaron semi-enterradas y otras que, sin estar cubiertas quedaron aisladas por las corrientes de lava.

Después de recorrer las partes accesibles, y dado que era ya una hora más que prudente para comer, localizamos un lugar (el Bar Americano) para poder tomar algo. El resultado no fué malo, aunque no todos quedamos igual de conformes con la elección. Yo, por mi parte, tomé una cazuela con carne guisada que estaba deliciosa. Otros que eligieron alitas de pollo llegaron a la conclusión de que se habían equivocado. Pero con una par de postres, al final todos quedamos contentos. Y desde allí continuamos nuestro periplo bajando hacia la costa para continuar observando los desastres de la erupción, y haciendo el recorrido inverso nos dirigimos a Santa Cruz de la Palma, la población principal de la isla, donde habíamos reservado nuestro alojamiento. Allí, una vez instalados, salimos a hacer un pequeño recorrido por la ciudad, antes de prepararnos para la cena. Lo primero que encontramos es la plaza de España, donde se ubica la iglesia. La plaza estaba preparada para un acto de arriado de bandera por parte de unos militares. La calle real estaba engalanada con estandartes debido a que un par de días después se celebraba el día de la Comunidad.

Después de tomarnos unas cervezas en una de las terrazas con mayor ambiente (el Bar Cuatro), seleccionamos restaurante donde cenar. Y como a la hora del desayuno habíamos comprobado que no todos los establecimientos aceptaban como pago la tarjeta del bono turístico, hicimos un repaso a la información del mismo para conocer aquellos que, con mejor valoración en Tripadvisor, estaban incluidos. Uno de ellos era Casa Osmunda, que también nos había sido recomendado por el dueño de la casa donde nos alojamos, y allí reservamos directamente para la primera cena. Y otro, el de mayor relevancia, era La Gatera, que aquel día estaba completo y en el que dejamos ya hecha reserva para cenar el domingo, como cierre, puesto que el lunes regresábamos por la mañana a Santiago. La cena estuvo francamente bien, degustando productos típicos de la isla y regado con un vino de la tierra. Allí de forma casual coincidimos con el dueño de la casa y su novia, que casualmente también acudieron a cenar esa noche.

A la mañana siguiente, con la programación ya hecha de antemano, tomamos un espléndido desayuno en una cafetería cercana, instalada en un edificio que en su momento fué sede de la Compañía Transmediterranea. Y a continuación hicimos un recorrido por las principales calles de Santa Cruz. Hemos visto una ciudad bastante cuidada, con unos espléndidos balcones en la calle principal, frente al mar. Al parecer muchos años atrás, el mar llegaba directamente hasta las casas al igual que ocurría en A Coruña en la zona de La Marina. En la calle paralela a la avenida principal, numerosos comercios que aquel sábado no estaban muy concurridos porque era temprano, pero que en época turística deben tener mucho movimiento. Y de paso que hacíamos el recorrido, lo terminamos en el mercado para hacer acopio de artículos para la cena, puesto que era el sábado en que se celebraba la final de Champions en Paris, y optamos por quedar a verla en el excelente televisor de 65 pulgadas que tenía el salón de nuestra casa. Compramos queso (teóricamente uno de los doce mejor valorados del Mundo), pan, cervezas y otras exquisiteces para acompañar los 90 minutos de la final.

Terminado el recorrido por la ciudad, arrancamos con el coche hacia el norte. Hay que decir que Santa Cruz de la Palma tiene tantas cuestas y tan empinadas que nos costó llegar a la carretera porque la calle por la que accedimos tenía una impresionante pendiente y las ruedas del coche patinaban (ruedas que por cierto estaban en muy mal estado pese a que el vehículo tenía menos de 14.000 kms). Alguna de las chicas quiso bajarse del vehículo viendo que no era capaz de subir y al patinar las ruedas se deslizaba hacia atrás. Pero se salvó el escollo y finalmente llegamos a la carretera. El plan marcado para ese día nos llevó a Puntallana, donde visitamos un mercadillo y la iglesia del pueblo, para continuar luego hasta el Mirador de San Bartolo y un poco más tarde llegar a la Cascada de Los Tilos, que todo el mundo nos había recomendado visitar. Para llegar a la cascada hay que recorrer una especie de pasadizo estrecho, al borde del lecho de un río que en esta ocasión estaba sin agua. La afluencia de visitantes era enorme, por lo que casi había que hacer cola para fotografiarse junto a la cascada. En cualquier caso, valió la pena el recorrido, tanto por la vistosidad de la cascada como por la del camino recorrido. Hay que señalar además que durante todo el trayecto hasta Los Tilos, como la carretera circula bastante elevada sobre la costa y con preciosas vistas, cada poco rato hacíamos una parada en el arcén para fotografiar el paisaje.

Paramos a comer en San Andrés, poco después de abandonar la cascada. En el pueblo se había celebrado una carrera ciclista y estaba cortado el camino. El primer restaurante donde intentamos tener sitio estaba completo y charlando con unos policías locales nos informaron que cerca de allí, bajando hacia el puerto, había varios restaurantes más atractivos. Cuando llegamos estaba casi todo lleno y hubimos de esperar, pero al final conseguimos mesa en el Restaurante San Andrés y comimos bastante bien. Al salir del mismo, como quiera que la calle tenía mucha pendiente, Elena prefirió hacer la bajada a pié y se incorporó a continuación al coche. A partir de allí, de camino hacia el Charco Azul, hicimos multitud de paradas en los plataneros porque Ipi quería conocer con detalle las particularidades de la producción, y a base de consultas a los paisanos llegamos a saber que la «piña» tiene «manos» y estas tienen «dedos». Fue un arduo proceso hasta dejar a Ipi contenta con sus conocimientos sobre las plantaciones de plátanos de La Palma.

El Charco Azul es una zona de baño, junto al mar, en el que hay unas lagunas naturales muy bien preparadas y con amplio espacio para tomar el sol e incluso algún chiringuito. Entre las rocas, algunos charcos que se han producido por el azote del mar, generan acumulaciones de sal a causa de la evaporación. A la hora de nuestra visita estaba ocupada principalmente por grupos de jóvenes, aparentemente de algún colegio, además de alguna familia. Pese a que el día no era demasiado soleado, la temperatura era buena y había gente bañándose. En todo caso, hicimos una parada breve para no alargar demasiado la excursión, habida cuenta de que el partido era temprano (en Canarias hay una hora menos) y nos hacía falta el tiempo para regresar. El camino de vuelta lo hicimos de nuevo con numerosas paradas para fotografiar el paisaje.

La cena fría, mientras veíamos ganar al Madrid la Champions, fue un mero entretenimiento habida cuenta de que el queso que en teoría era uno de los mejor valorados no nos gustó casi nada. Era como «corchudo» (supongo que este término no es muy correcto, pero así lo sentí yo), y pese a todo entre las cervezas y el resto de cosas que habíamos comprado, resultó entretenida. Al terminar salimos a tomar una copa para celebrarlo y alargar la jornada, pero todo estaba abarrotado. Cuando al final conseguimos encontrar donde sentarnos, resultó que había poco surtido de ginebras, no tenían gominolas, y en fin, fué simplemente pasar el rato, con lo que nos fuimos a dormir pronto.

A la mañana siguiente, tras desayunar en el mismo sitio e igual de bien, arrancamos directamente hacia la zona del Roque de los Muchachos, por la carretera que atraviesa la isla de este a oeste. Es una ruta endiablada, con curvas constantes que no permiten circular a más de 40 km/h más o menos. Aunque estaba poco transitada a primera hora, cuando de pronto nos encontrábamos con un coche delante, costaba trabajo adelantarlo. Hicimos un par de paradas llegando a lo alto, porque antes lo denso de la vegetación casi impedía ver hacia el mar. En uno de los miradores poco antes de llegar a lo alto, se podía visualizar la isla de Tenerife, con el Teide sobresaliendo de las nubes, y en otro de ellos había unas vistas magníficas sobre la Caldera de Taburiente y allí nos paramos un rato, aprovechando además para recibir información de otro visitante que era palmero y conocía bien el terreno. Ya desde allí seguimos hasta el mirador del Roque de los Muchachos, en cuyas proximidades se ubican varios observatorios astronómicos, pertenecientes a diferentes países. El mayor de todos es el Observatorio Astrofísico de Canarias (el que vemos más frecuentemente a través de la televisión), pero hay otra serie de ellos de menor tamaño, y particularmente nos llamaron la atención unas antenas que son mucho más modernas (los Magic Telescopes), instaladas para captar una serie de señales electromagnéticas.

Desde lo alto del mirador de El Roque, hay unas espectaculares vistas de toda la Caldera. El lugar estaba muy concurrido porque era domingo, y como además estaba buen día y despejado, tuvimos ocasión de captar numerosas imágenes de todo el entorno. Desde El Roque continuamos la ruta hacia el oeste, en principio hacia Garafía, haciendo una parada breve en el primer bar que nos encontramos de camino.

Llegados a Garafía, y desde el mirador, unas preciosas vistas sobre el mar, pero nada que señalar en cuanto al pueblo, minúsculo. Y como la hora de comer se nos podía pasar, aceleramos el regreso hacia el sur, buscando un restaurante donde acomodarnos, aunque por cada lugar que pasamos íbamos viendo que todos estaban llenos, hasta que casi sin darnos cuenta llegamos al Mirador de El Time, el lugar desde el que, según nos había dicho el bombero el primer día, mejores vistas del volcán Cumbre Vieja podíamos tener.

Allí, en el propio mirador, hay un bar en el que comimos de nuevo con productos típicos, muy bien elaborados, al tiempo que nos cansamos de fotografiar el volcán, toda la zona cubierta de lava, y el puerto de Tazacorte, desde donde las televisiones enfocaban el cráter del volcán durante la erupción. Por cierto, aunque inicialmente el cono estaba semi-cubierto por las nubes, mientras comimos se fue descubriendo y pudimos comprobar que todavía sigue saliendo humo del cráter. Terminada la comida, que hicimos con mucha calma por lo bien situados que estábamos, bajamos hasta el puerto de Tazacorte. Aunque nos hubiese gustado hacer una pequeña excursión marítima para acercarnos a la fajana hasta su entrada al mar, no fue posible, y pronto volvimos al coche para tomar el camino de vuelta a casa, pero pasando previamente por La Cumbrecita, otro mirador que nos recomendaron abiertamente. De camino, en Los Llanos de Aridane, localidad muy próxima al cráter, tuvimos ocasión de hacer las fotos de cerca.

El Mirador de La Cumbrecita está integrado en un gran bosque y desde lo alto hay buenas vistas, pero tampoco tiene nada demasiado especial. Desde allí ya regresamos directamente a casa, para un breve descanso antes de ir a cenar a La Gatera, que resultó ser uno de los mejores (sino el mejor) restaurantes de La Palma. Cenamos de maravilla, siendo de destacar un Tartar de Albacora que tomamos Rafa y yo, espléndido, y que nos dejó un gratísimo recuerdo. Nos atendió una joven maitre que pese a su edad demostró gran experiencia y capacidad, y que al terminar la cena nos obsequió con un malvasía dulce, en parte para compensarnos porque las copas de vino que nos habían puesto no eran del tamaño adecuado. Terminamos la cena ya tarde y como el local estaba alejado del centro de Santa Cruz, regresamos en taxi, igual que habíamos ido, para poder estar relajados durante la cena.

En la mañana del lunes ya tocaba regresar. Aunque el vuelo estaba fijado para las 10,30 h, como antes había que entregar el coche en el aeropuerto, optamos por levantarnos pronto y desayunar en Zulai, una cafetería próxima, una franquicia de la misma en la que el primer día desayunamos en Fuencaliente. Allí nos dimos el último homenaje antes de volver a A Coruña. La espera en el aeropuerto no fué larga, y el vuelo de vuelta también agradable.

Desde Santiago volvimos en el coche de Rafa, que había quedado en un aparcamiento próximo. Y con la llegada a casa a la hora de comer, terminamos este fantástico viaje, que nos volvió a demostrar la magnífica compenetración que tenemos los cuatro viajeros, y en la que en esta ocasión pudimos además disfrutar de esas dos excelentes cenas que, gracias al bono turístico, nos financió el Cabildo de La Palma.

Mayo viajero – 2 – La Vera

Tras el viaje del Imserso a Matalascañas, y antes del ya previsto a final de mes a la isla de La Palma, recién terminado el mes de marzo surgió una nueva propuesta, que en esta ocasión vino del grupo familiar, ya que en la visita que por aquellas fechas hicieron mi hermana Berta y mi cuñado Ramón a A Coruña, en una comida en la que nos juntamos los cinco hermanos y sus respectivas parejas, se habló de la posibilidad de ir en el puente de las «Letras Galegas» a la tierra de Ramón, la comarca de La Vera en la provincia de Cáceres y tanto Pilar como yo rápidamente nos apuntamos, pese a que ya conocíamos la zona de viajes anteriores.

Ramón, natural de Viandar de la Vera, se ocupó de elaborar un detallado y amplio programa de actos y visitas para todo el puente, que resultó interesantísimo y que además sirvió para la convivencia de las cuatro familias (Paco y Elva, Berta y Ramón, Coló y Manolo, además de Pilar y yo). Miguel y Valentina no pudieron asistir por estar en esas fechas con Covid, y Rafa que no es muy partidario de esas reuniones estaba además ausente.

Asi pues, el sábado 14 de mayo nos lanzamos a la carretera. Por una parte Paco, Elva, Coló y Manolo en un coche, conduciendo este último, y por otra Pilar y yo. Por un lapso de programación, el recorrido que hicimos unos y otros no fue el mismo, ya que el coche en que viajaban los cuatro al llegar a Benavente tomó dirección por la autopista de La Plata, mientras nosotros continuamos por la A-6 hasta Adanero y luego ya nos dirigimos hacia La Vera por Gredos, con lo cual llegamos un poco antes a Madrigal, y luego a Villanueva de la Vera, que era el punto de encuentro donde se unirían a nosotros Berta y Ramón, que ya estaban por alli un par de días antes.

Cascada del Diablo y Villanueva

Nada más llegar, y mientras aguardábamos la llegada del otro coche, Ramón nos llevó hasta la Cascada del Diablo, muy próxima, y donde se estaba de maravilla, toda vez que a esas horas hacía ya bastante calor y la proximidad del agua nos refrescaba. Al poco rato llegó el coche de los rezagados y mientras ellos iban a visitar la cascada, Pilar y yo, junto a Berta, hicimos un breve paseo por el pueblo de Villanueva y nos sentamos a tomar unas cervezas en la plaza mayor del lugar, acudiendo el resto de la familia poco rato después. Fue la primera reunión del grupo, que aprovechamos para comentar las incidencias del viaje y las particularidades familiares de cada uno. En esa reunión encargamos a Ramón como tesorero-pagador para gestionar todo el tema económico en el tiempo que durase nuestra estancia, algo que hizo de maravilla.

El grupo en la huerta de una tía de Ramón

Tras el relax de Villanueva, nos dirigimos a Losar de la Vera, nuestro lugar de alojamiento para esas tres noches, aunque en el camino hicimos una parada en Valverde de la Vera, un pueblo muy singular, donde teníamos prevista una visita al Museo del Empalado, que no pudo llevarse a cabo porque la persona encargada del museo ese día estaba asistiendo a una primera comunión y no se la pudo localizar. Allí, sin estar previsto, Ramón se encontró a una tía, con la que nos fotografiamos en la huerta de su casa.

Finalmente arribamos a Losar, donde teníamos reservadas tres casitas para cada una de las parejas que viajamos desde A Coruña. Estaban muy bien, eran cómodas y tranquilas y pese a que apenas pudimos utilizar las instalaciones (tienen piscina -no operativa en esas fechas-, asi como gimnasio, y una zona verde de lo más agradable), la estancia resultó bien. El desayuno era variado y no hubo queja alguna.

Liberados de los equipajes, nos dirigimos al pueblo para cenar en una terraza al aire libre, puesto que la temperatura era francamente buena. Degustamos productos típicos de allí, y para regarlos tuvimos un problema de entendimiento con los camareros, ya que el vino que decían tener era o ribera o guadiana, y cuando le preguntábamos el nombre de la bodega, insistían en Ribera o Guadiana, con lo que finalmente optamos por no pelearnos y aceptar el Guadiana. Fué una cena muy agradable, a la que siguió una prolongada tertulia sentados en otra terraza, en la parte alta del pueblo, delante de unos cafés y digestivos con los que se terminó la jornada sobre la una de la madrugada, aunque con una temperatura de las que en A Coruña tenemos solo un par de veces en el verano.

Camara de Carlos V

A la mañana siguiente habríamos de levantarnos a buena hora puesto que la primera visita del día estaba ya fijada para poco después de las 10 en el Monasterio de San Jerónimo de Yuste. Los que ya lo conocíamos volvimos a disfrutar del entorno tanto como quienes asistían por primera vez. El paseo por los claustros, por el interior del recinto y por los jardines resultó francamente agradable. Hicimos un montón de fotos y alguno tuvo la oportunidad de demostrar sus conocimientos de floricultura a través de una App, con lo que nos puso al día de las características de la vegetación que rodea al monasterio. Uno de los vigilantes que resultó ser vecino de Ramón nos dió cantidad de detalles sobre las particularidades del alojamiento del emperador Carlos V en el poco tiempo que habitó aquellas estancias. Muy próximo al monasterio está el Cementerio de los Alemanes, que nosotros nunca habíamos visitado. Es el lugar donde enterraron los restos de algunos de los alemanes (pilotos y otros militares) que participaron en la guerra civil española. Es un lugar mantenido por la embajada alemana en España.

Desde Yuste nos fuimos a Garganta la Olla, otro pintoresco pueblo de La Vera que algunos ya conocíamos (en 2005 ya estuvimos por allí Colo y yo cuando fuimos a ver florecer los cerezos en una Semana Santa, acompañados por su amiga María y mi amiga Tita, y también en 2010 Pilar y yo visitamos el pueblo y la zona con nuestro grupo de amigos en estas mismas fechas). Garganta la Olla es super turístico y en los días de nuestra visita estaba muy concurrido. Allí pudimos visitar la «casa azul», una casa que se mantiene como estaba en tiempos de Carlos V. Era un prostíbulo creado por el emperador y que se nutría de prostitutas traídas al efecto para que sus soldados pudieran liberar sus necesidades sexuales sin atentar contra las mozas del lugar. El inmueble hoy está habitado y en perfecto estado. Después de un paseo por el pueblo, continuamos camino hacia Cabezuela del Valle, por una tortuosa carretera que atraviesa de la comarca de La Vera hacia el valle del Jerte, pasando por el alto del Piornal, donde hay un mirador desde el que se domina el valle.

Foto de grupo en el mirador

El descenso desde Piornal a Cabezuela se realiza atravesando toda una ladera poblada de cerezos, que en esta ocasión estaban cargados del fruto en algunas fincas (las menos) y en la mayoría con las cerezas a medio madurar, pero en cualquier caso impresionaba la cantidad de frutales que hay. Se veía con claridad que la posición de los cerezos respecto del sol influía notablemente en los que tenían el fruto más maduro. Pudimos dejar constancia gráfica de algunos de los árboles mejor situados y cargados de cerezas, pero en los tres días que nos movimos por allí no llegamos a probarlas. En Cabezuela era donde Ramón había reservado para comer en el restaurante La Judería. La elección del mismo fue un completo éxito, porque comimos de maravilla. Después de comer, y tomar un café en una terraza del pueblo, nos acercamos al Museo de la Cereza, que sin tener demasiado que ver, nos dió algo más de información sobre el proceso de plantación, cuidados de los cerezos, y recogida de los frutos.

Plasencia

La siguiente parada fue en Plasencia, ciudad que también conocíamos y que, en esta ocasión, me resultó bastante anodina. Allí visitamos la exposición de «Las edades del hombre» inaugurada un par de días antes, y que tampoco nos causó especiales sensaciones, además que resultaba un tanto monótona y larga. Finalmente nos acomodamos en una terraza de la plaza principal, para tomar unos refrescos y relajarnos un poco después de tanto paseo. Regresando ya al alojamiento, hicimos una parada en Jarandilla de la Vera, quizás la localidad más importante de la comarca, y en una terraza hicimos una semi-cena, a base de bocadillos de jamón (el jamón no lo servían en raciones, solo en bocadillos) y unas tabla de embutidos. Después de un día con muy buena temperatura, ya a esas horas refrescaba y nos vimos obligados a poner cazadoras y similares por primera vez desde que llegamos a La Vera. Cuando llegamos a nuestros aposentos ya no había nada abierto para tomar una copa, así que nos fuimos a la cama algo más temprano que el día anterior, y además con la idea de levantarnos entre las 5 y las 6 de la madrugada para observar un eclipse total de luna, algo que hicimos solo parte de los excursionistas.

Ala mañana siguiente, después del desayuno, un pequeño recorrido por Losar para admirar los setos cuidados y diseñados con figuras de lo más diverso por un jardinero local, antes de dirigirnos de nuevo a Jarandilla, para recorrer el lugar.

Después de recorrer sus calles nos acercamos a la plaza del Ayuntamiento, donde está también la iglesia, que aunque estaba cerrada, la buena gestión de las chicas hizo que el párroco nos abriera las puertas y nos diera cumplidas explicaciones sobre la misma, mostrándonos un par de cosas de verdadero interés, como eran un cristo de marfil maravillosamente realizado y con un montón de años de antigüedad y perfectamente mantenido en el tiempo, y una pila bautismal que también tiene muchos siglos de antigüedad. Después de la iglesia, fuimos al Museo de Los Escobazos, una fiesta típica del pueblo, situado al lado de la iglesia. Y de allí, a visitar el Parador, un precioso y cuidado Palacio medieval en el que Carlos V residió varios meses mientras se acondicionaba el Monasterio de Yuste. Allí tomamos un aperitivo antes de ir a comer, en esta ocasión en el restaurante El Labrador. La comida resultó bien, pero no tan exitosa como la de la jornada precedente. Y después de comer, nos solazamos en el parque que está tras el parador, donde algunos echamos una cabezada aprovechando el tupido verde de los jardines. Y antes de abandonar Jarandilla, hicimos las compras reglamentarias para traer productos de La Vera a casa. De camino hacia el pueblo de Ramón hicimos un alto en la Garganta de Cuarcos, donde hay un puente romano muy bien conservado y en el que cantidad de gente aprovechaba para darse un baño en las pozas que se forman entre las piedras.

El resto de la tarde lo dedicamos a recorrer Viandar, el pueblo de Ramón, que resultó ser mucho más grande de lo que quienes ya habíamos estado por allí lo recordábamos. Para la cena Berta y Ramón nos habían preparado un selecto y espléndido surtido de productos del país, que degustamos en la terraza frontal de su casa, la cual por cierto tras la reforma que hicieron quedó fantástica. Fué una jornada de lo más completa y una nueva oportunidad de convivir y compartir entre los hermanos y Cuñad@s, que nos dejó a todos un excelente recuerdo. Allí, antes de despedirnos de Ramón y Berta, quedamos emplazados para sendas comidas a celebrar en Santa Cruz en el mes de agosto, por una parte los seis hermanos en la terraza de la casa que fue de mamá, y por otra parte el grupo de cuñad@s, para no ser menos.

El último día, martes 17, después del desayuno pusimos rumbo de regreso a casa, por la ruta de la Plata. Hicimos una parada en Baños de Montemayor para que Ipi y el resto de viajeros pudieran conocer las termas romanas que allí se conservan en excelente estado y en uso actualmente. El pueblo está montado todo él en plan balneario, con varios hoteles y residencias destinadas a ello. Continuamos recorrido de regreso para hacer de nuevo un alto en Candelario, un precioso pueblo de la provincia de Salamanca. Un recorrido tranquilo por sus calles muy bien cuidadas nos entretuvo buena parte de la mañana, al final del cual aprovechamos para tomar unas tablas de embutidos y de queso a modo de comida ligera para así continuar la ruta de vuelta sin el estómago pesado.

Ya de vuelta a la carretera, nosotros hicimos una breve parada en un área de servicio para echar una cabezada, mientras los del otro coche continuaron camino. Y puesto que al final veníamos solos y no teníamos especial prisa en llegar a casa, al pasar Ponferrada decidimos acercarnos al Monasterio de Carracedo, que ya quisimos visitar en un viaje anterior pero estaba en obras en aquella ocasión. Ahora pudimos recorrerlo tranquilamente aunque todavía no está totalmente preparado para las visitas, ya que la restauración se está llevando a cabo con bastante calma, imagino que por falta de recursos.

Y con la llegada a casa cerca de las diez de la tarde-noche, se dió por terminado este periplo por las tierras de La Vera, del cual todos los asistentes guardamos excelente recuerdo y por cuya organización una vez más hemos felicitado a Ramón.

Mayo viajero – 1 – Matalascañas

Tras dos años en los que ha resultado casi imposible organizar viajes, o más que organizarlos llegar a realizarlos, en este 2022 parece que todos estamos ansiosos por quitarnos de encima la modorra y echarnos al monte, o más directamente a la carretera, a los aeropuertos, o a las estaciones ferroviarias. Y cuando digo todos, hablo de la generalidad, tanto en España como en el extranjero.

Y como nosotros somos y hemos sido a lo largo de los años unos viajeros que no precisan de demasiado impulso externo para lanzarnos a preparar las maletas, en el pasado mes de febrero nos tomamos una semana de relax en Lanzarote a modo de ensayo para lo que pudiera venir durante el año actual. Y ese ensayo resultó tan exitoso y agradable, que directamente nos a animamos a preparar otras salidas.

Hay que decir que ya previamente, en el pasado otoño nos apuntamos a un viaje del Imserso para llevar a cabo en los primeros días de mayo, por lo cual eso estaba ya programado de antemano, aunque luego, ya en combinación con nuestros amigos Elena y Rafa preparamos una segunda salida, en este caso a la Isla de Palma, para solidarizarnos con los palmeros y colaborar en su recuperación tras los desastres del volcán a finales del pasado año. Y después de programar el viaje a La Palma, incluso nos fuimos un fin de semana a Braga, donde las celebraciones de Semana Santa tienen bastante interés.

Hotel Barcelona Edition

Pero volviendo al inicio para seguir un orden cronológico en lo que a mayo respecta, el día 1 de este citado mes de mayo partimos del aeropuerto de A Coruña, con Vueling en dirección a Sevilla, con una escala previa en Barcelona, escala que no estaba prevista cuando contratamos el viaje y que luego Mundiplan y Vueling modificaron sin consultarlo con los beneficiarios del programa. Eso convirtió el trámite del viaje en algo bastante farragoso, porque a la ida la parada en Barcelona fue de más de 6 horas y al regreso la espera fue menor pero también alargó el viaje de forma innecesaria. Hay que decir que en nuestro caso aprovechamos la parada en Barcelona para acercarnos al centro de la ciudad, donde pasamos unas horas visitando el hotel Barcelona Edition en el que Chema trabaja desde hace unos meses, y allí comimos e hicimos más llevadera la parada.

Llegados a Sevilla, nos trasladaron en bus a Matalascañas, en concreto al Gran Hotel del Coto, donde la estancia fue sumamente agradable, la atención excelente y todo en conjunto resultó magnífico, como así hicimos saber al director del hotel, al que tuvimos ocasión de saludar antes de nuestra partida para regresar a casa el 8 de mayo.

Habíamos reservado un coche para los cuatro primeros días de estancia, con idea de recorrer la provincia de Huelva, que apenas conocíamos y quedamos francamente contentos de todo lo que vimos. En la primera jornada recorrimos en el Citroen C-3 (el coche elegido, idóneo para esos días) toda la costa entre nuestro lugar de residencia y Ayamonte, donde hicimos una primera parada. Ayamonte tiene el encanto de un típico pueblo andaluz, y aunque el día no estaba muy soleado, había buen ambiente en sus calles, incluso nos encontramos con la gente que iba en romería, puesto que en esas fechas tanto allí como en otras poblaciones estaban con las celebraciones de la santa cruz. Desde allí continuamos luego hacia Lepe y Cartaya, pasando por El Rompido y terminando en Huelva capital antes de retornar al hotel. De vuelta nos sorprendió una tormenta, con abundante lluvia. De la capital poco o nada que reseñar. Tal vez lo que más me llamó la atención fué una estructura metálica en el puerto, que constituía el muelle de hierro construido por los ingleses para cargar el mineral que llegaba desde Riotinto a través del ferrocarril. Y casi lo mejor fue la parada que hicimos en un pub en lo más alto de la urbe donde nos deleitamos con un mojito y un digestivo. De regreso en el hotel, y tras la cena de rigor, una relajada estancia en la terraza de la cafetería del hotel, para tomar un café y un digestivo.

Castillo de Almonaster la Real

El segundo de los días nos dirigimos a la zona norte de la provincia, a través de la Sierra de Aracena, donde descubrimos pintorescos y preciosos lugares que nos eran desconocidos, como es el caso de Almonaster la Real, una población con un espectacular castillo en el que en un tiempo hubo una mezquita árabe. Coincidimos en esa fecha con una celebración en el pueblo, en la que los lugareños acudían en romería (según su ubicación en el pueblo) a dos zonas diferentes de la localidad, y al terminar las respectivas romerías tanto los del Llano como los de La Fuente se juntaban en el centro del pueblo. Pero lo llamativo es que en esa fecha los habitantes de una y otra zona no se hablaban con sus vecinos y estaban como enfrentados. Aunque a Ipi le apetecía esperar a ver ese reencuentro, no fue posible ya que habría que esperar hasta el final del día. Continuando nuestra ruta pasamos por Cortegana donde hay otro castillo, seguimos a Fuenteheridos cuya plaza de toros es muy característica, y terminamos en la localidad de Aracena, donde pudimos visitar la Gruta de las Maravillas, además de hacer un amplio recorrido por el pueblo, con mucho que ver. Allí compramos unos quesos para traer a casa y compartir con los amigos. En el camino de vuelta pasamos por Riotinto aunque sin parar, entre otras cosas porque nos cayó una tremenda tormenta y porque además nos dimos cuenta de que aquella población era necesario visitarla con más calma, lo que hicimos al día siguiente. De vuelta al hotel, nuevamente la cena y la visita a la cafetería para terminar la jornada con café y digestivo.

Algunas vistas de Aracena

En efecto, el tercer día fuimos directamente a Riotinto, para recorrer las zonas donde han estado las minas, con excavaciones impresionantes a cielo abierto, que en algún caso y tras bastantes años de abandono han vuelto a trabajarse. A través de una galería subterranea accedimos a la mina de la Peña del Hierro, que fue en su momento la primera explotación, y más tarde viajando en el Tren Minero, hicimos un largo recorrido por toda la zona excavada a lo largo de los años para extraer el mineral.El nombre de la localidad proviene del color de las aguas del rio al que se vertían las escorias una vez procesado el mineral excavado.

De vuelta hacia Matalascañas hicimos una parada en Niebla, un pueblo en el que es digno de visitar el castillo y un par de iglesias mozarabes. Y antes de llegar al hotel, nos paramos en El Rocio que, aunque sin ambiente festivo, nos causó una gran impresión ver lo grande que es, ya que la idea que teníamos a través de la televisión cuando hacen el «salto de la reja» para sacar a la virgen en procesión era de un lugar mucho más reducido. Allí pudimos acceder a la sede de la Cofredía de Sanlucar de Barrameda, a la que acuden para alojarse los cofrades de aquella localidad cuando asisten a la celebración en los primeros días del mes de junio. De hecho, en El Rocío estaban ya con los preparativos para la celebración, adornando las calles. Antes de dejar el pueblo pudimos hacer un pequeño recorrido por la marisma de Doñana en lo que atañe a su confluencia con esa localidad. En el hotel, después de la cena al igual que en días anteriores, y mientras la mayoría de los huespedes se afanaban en cantar en el karaoke o bailar animadamente, nuestro café y digestivo en la terraza, aprovechando la buena temperatura.

El jueves dia 5, cuarto día en Matalascañas, nos dedicamos a un recorrido por Moguer, la tierra de Juan Ramón Jiménez, una localidad que nos gustó y en la que Ipi hizo el seguimiento del escritor, visitando su biblioteca y casa oficial, donde pudimos conocer además de la mencionada biblioteca, su despacho, asi como también el de su mujer, asimismo escritora, y hacer un amplio recorrido por el pueblo, todo ello antes de empezar a disfrutar de la playa, puesto que fué el primer día en que realmente apetecía ponerse al sol. Elegimos, por proximidad, la playa de Mazagón, una precioso y enorme arenal que discurre prácticamente desde Huelva capital hasta Matalascañas.

Nos soleamos durante aproximadamente cuatro horas, que para ser el primer día no estuvo nada mal, y a continuación fuimos a visitar La Rapita, y alli tanto el el Monasterio desde el que Colón gestionó su viaje (por cierto, el Monasterio no nos gustó nada, porque se ve todo él remozado pero con mal gusto, sin prácticamente nada original de su fecha), como luego la réplica de las carabelas que hicieron el viaje del descubrimiento.

También esto nos desilusionó, porque está montado todo con un aspecto super turístico, más dirigido a los guiris que a los indígenas y/o turistas nacionales. Ya de vuelta al hotel, cena, café y digestivo, en esta ocasión mientras veíamos un partido de la Champions.

Y ya los dos días siguientes prescindimos del coche y nos dedicamos a disfrutar del entorno del hotel, es decir de Matalascañas y el coto de Doñana. Para empezar, el viernes día 6, que además coincidió con mi 72 cumpleños, hicimos tras el desayuno un tranquilo y relajado recorrido por el paseo marítimo de Matalascañas, que tiene casi 6 kms. de largo. A la vuelta, y antes de ir a la playa, una parada en un chiringuito del paseo, donde pudimos degustar unas cañas con unas gambas de Huelva. Hicimos luego una breve y ligera comida en el hotel para después ir a solazarnos en el arenal que está junto al mismo hotel. Allí terminamos la tarde, antes de volver a la habitación para, en la propia terraza con vista al mar y con la puesta de sol, darnos un homenaje para celebrar el cumple, a base de mojama, boquerones, gambas de Huelva y jamón de jabugo, todo ello regado con una botella de manzanilla La Guita. Ipi me sorprendió con un tarta de cumpleaños que encargó en el hotel, para poder soplar la vela requerida al efecto. Para cumplinar la celebración, bajamos más tarde a la cafetería del hotel a tomar el café y el digestivo que diariamente nos tomamos cada noche durante nuestra estancia.

El sábado, sexto día, lo dedicamos integramente a la playa. Ese día como era sábado ya la afluencia de gente a la playa fue muy superior, algunos en plan familiar con mesa, sombrilla, hamacas y por supuesto la nevera, todo ello preparado para aprovechar el sol de justicia que ya calentaba en plan veraniego. Al volver de la playa, una parada en un chiringuito al borde del arenal, donde tomamos unas cañas y unas frituras para completar la exigua comida que hicimos sobre la arena al borde del mar. No obstante, y dado que del día anterior había quedado casi media botella de manzanilla, optamos por pedir de nuevo en el hotel unas gambas y jamón para completar la jornada, antes de terminarla como cada noche con el café y digestivo correspondientes.

Y con eso completamos nuestra estancia en Matalascañas, ya que a mediodía del día siguiente, domingo, nos recogió el bus que nos trasladó al aeropuerto de Sevilla donde embarcamos para el vuelo de regreso a casa, nuevamente via Barcelona, aunque en esta ocasión la espera en el aeropuerto barcelonés fue mas breve. En cualquier caso no llegamos a A coruña hasta cerca de las 10 de la noche, dando así por terminado este primer viaje de mayo.

Hoy vengo a hablar de mi libro

Me apropio temporalmente de esta frase, que se hizo famosa a raiz de una entrevista que le hicieron a Francisco Umbral, para lo que hoy pretendo, que es precisamente hablar sobre el libro que escribí recientemente, a modo de Libro de Vida, siguiendo un programa elaborado al efecto por Afundación, en combinación con Envita.

Portada del Libro

Efectivamente en los inicios del año 2021 mi querida Ipi me comentó que le había llegado una comunicación del espacio +60 de Afundación, anunciando un programa denominado Historias Vividas, que consistía en utilizar un programa generado por Envita para escribir algo parecido a un libro de memorias. En síntesis, consistía en seguir un guion que facilita el recuerdo de determinados momentos a lo largo de la vida, para recordar con relativa facilidad momentos en los que cada uno tiene cosas para relatar. Ipi me dijo que ella se había inscrito y me animó a que yo hiciera lo mismo. Y como soy muy «mandadiño», me inscribí.

Después de una reunión en la que se precisaron los aspectos particulares del programa y se ofreció el apoyo necesario para desarrollar el proyecto, comencé con la escritura, apoyándome en las fotos que conservo, muchas de ellas heredadas de mis padres y la mayor parte realizadas por mi a lo largo de todos mis años, desde aquella cámara de formato «6 x 9 de pase ancho» con las que tengo mis primeros recuerdos allá por los años 60 del pasado siglo, hasta las sucesivas Olympus, Canon y las digitales actuales.

A lo largo de todo el año 2021 hemos tenido varias reuniones, algunas presenciales y la mayor parte de ellas por vía telemática, a causa de las restricciones de la pandemia, en las que Susana y sus compañeras de Afundación nos ofrecían su apoyo para avanzar en la escritura del libro, y nos iban marcando los ritmos para llegar a terminarlo antes de final de año. Por cierto, debo señalar que Ipi, después de embarcarme a mi en el proyecto, se dió de baja y me dejó solo en mi aventura.

Los cinco que presentamos el libro

Como el programa abarcaba a las diferentes sedes de Afundación en Galicia, creo que estuvimos metidos en esto una decena de personas, de las cuales al final siete terminamos el libro a tiempo para su impresión antes de las navidades y el resto se han vuelto a anotar para continuar con la escritura a lo largo de 2022. Por mi parte debo decir que conseguir llegar a tiempo, pese a que en el último tramo me lié con las fotografías, pretendiendo un encaje que en muchos casos resultó imposible, por lo que hube de recurrir a multitud de «collages» para integrar todas las imágenes que deseaba.

Ipi y David, a quienes va dedicado

Cumplidos los plazos, a finales de noviembre entregamos los textos y fotografias para su impresión, con la idea de que pudiésemos tener los libros en nuestro poder antes de Navidad para regalarlo a las personas a las que iba dedicado. En mi caso, los receptores eran Ipi y David. Para dar un mayor realce a la terminación, se había previsto un acto el día 22 de diciembre, con familiares y amigos, acto que finalmente no pudo celebrarse por las restricciones de la pandemia, quedando la fecha pospuesta sin fijar una nueva.

Las intervenciones de los familiares

Y como la gente de Afundación y Envita querían dar realce al programa y fomentar las inscripciones para la nueva edición del programa, se fijó nueva fecha para el 30 de abril de 2022, y en esta ocasión sí se llevó a cabo la reunión, a la que acudieron familiares y amigos. Fué un acto para mí muy emotivo y que personalmente me dejó buen sabor de boca, en el que estuve acompañado por varios de mis hermanos y sus respectivas, además de algunos de mis amigos más cercanos, y en el que tanto Ipi como David y mi hermana Coló participaron de forma activa, siendo entrevistados. Ipi y David lo fueron como receptores directos del libro, y Coló por ser la primera de mis familiares que tuvieron acceso a la lectura del mismo.

Foto de grupo con los familiares y amigos asistentes

En el acto participamos al final cinco de los siete que completamos el libro en 2021, al no poder asistir por diversos motivos los dos restantes. Para mí fue un día completo, que me deja un excelente recuerdo para añadir a todo lo vivido directamente con la escritura del Libro de Vida. Al día siguiente apareció una reseña significativa en el diario La Opinión, que queda aquí plasmada.

Por cierto, que en las entrevistas con familiares, David demostró unas excelentes dotes de comunicación, como fue valorado por algunos asistentes no «implicados». En definitiva, algo para añadir a los recuerdos incluidos en el propio Libro de Vida.

Outono Gastronómico – Ruta de los Monasterios

Con el buen sabor de boca que nos dejó el pasado año aquel finde que hicimos en octubre aprovechando las ventajas del Outono Gastronómico, este año quisimos repetir la experiencia y para ello, utilizando la multitud de notas que Ipi tiene sobre rutas, miradores, lugares emblemáticos, joyas del románico, etc. etc. etc…, ella misma se encargó de organizar el fin de semana, eligiendo casa rural, menú, y por supuesto recorrido.

Se puso a ello a finales de septiembre y como somos un colectivo numeroso, lo primero que vio era que resultaba difícil encontrar un alojamiento con tantas habitaciones disponibles. Hay que señalar, además, que este año a los fijos del Chiringuito se añadirían otras dos parejas, ya que se lo ofrecimos a Julio y Pilar de Ourense y también María invitó a sus amigos Suso y Carmen. Por tanto, un total de 16 personas y 8 habitaciones, que nos obligaron a retrasar la fecha hasta este último fin de semana por falta de alojamientos disponibles para tanta cuadrilla.

Con suficiente antelación Ipi envió a los asistentes el programa detallado, incluyendo menús a elegir, para lo cual previamente se había dedicado a contactar con los lugares a visitar, restaurantes donde comer, reserva de guías, y, en fin, todo aquello que nos facilitaría a los no currantes poder aprovechar al máximo el viaje. Debo decir que también , por disponibilidad de las visitas previstas, hubo de cambiar el orden del recorrido. Pero todo eso lo explico a continuación.

Monasterio de los Escolapios

Como quiera que no llevamos bus sino que cada pareja se organizaba el viaje en coche por su cuenta, nos agrupamos en varios vehículos en la medida de lo posible, fijando como punto de reunión para iniciar las visitas el Monasterio de los Escolapios, en Monforte de Lemos, el sábado día 20 de noviembre a las 11 horas. La elección de la fecha fue mera coincidencia con el famoso 20-N y no tenía otro tipo de connotaciones.

Puntuales como suele ser habitual, cuando Ipi y yo llegamos al punto de encuentro en el coche con Rafa y Elena, ya la mayoría de asistentes estaban tomando un café en las cercanías, lo que asimismo hicimos nosotros para llevar el estómago y el cuerpo en general debidamente preparado.

Vistas diversas del interior del Monasterio

En los Escolapios, la guía que nos hizo de anfitriona nos explicó con todo lujo de detalles los antecedentes de la edificación, la finalidad con la que fue creada, y la evolución a lo largo del tiempo de su construcción, que se llevó a cabo en diferentes etapas. Hay que señalar que el colegio realmente se denomina «Colegio de Nuestra Señora de la Antigua» y como no es objeto de esta entrada detallar la historia del mismo, para quien pueda estar interesado en conocerla más a fondo puede acceder al siguiente enlace: https://es.wikipedia.org/wiki/Colegio_de_Nuestra_Se%C3%B1ora_de_la_Antigua_(Monforte_de_Lemos)

Torre del Homenaje y Parador

Finalizada la visita inicial de las previstas para ese día, nos dirigimos al castillo de Monforte, que realmente es la conocida Torre del Homenaje y está situada en lo alto de la localidad, junto al Monasterio de San Vicente del Pino, desde hace muchos años reconvertido a Parador Nacional, y donde teníamos encargada la comida de esa jornada. Como parte del colectivo quiso demostrar su buen estado de forma física, la mayoría de los asistentes optaron por hacer el camino a pie mientras otros lo hacíamos en coche, no por falta de capacidad aeróbica, sino pensando en que después de la comida tendríamos el tiempo bastante justo para llegar a la siguiente visita de las planeadas.

Comida en el Parador

Como quiera que la iglesia del monasterio estaba cerrada por obras, con calma realizamos la visita a la Torre del Homenaje y accedimos luego ya al interior del edificio del Parador, donde habida cuenta de que faltaba casi media hora para las 2 de la tarde, hora prevista de la comida, pensamos que era un momento adecuado para tomar un aperitivo mientras nos deleitábamos de las instalaciones. Tras el mencionado aperitivo, ya pasamos directamente al comedor, donde dimos cuenta del menú seleccionado (un variado de entrantes, teniendo como plato fuerte Caldeirada de pescado o Chuleta de Porco Celta). Estuvo bien en general, siendo la caldeirada la elección menos satisfactoria.

Monasterio de las Bernardas, en Ferreira

Como dije, estaba un poco justo el tiempo después de la comida porque a las 4 de la tarde se había programado la visita al Monasterio de Santa María, de las Madres Bernardas, en Ferreira de Pantón, donde nos esperaba la guía que nos acompañaría el resto de la tarde. En esta primera visita nos detalló las características del monasterio, que inicialmente fue benedictino y más tarde pasó a ser cisterciense, siempre atendido por monjas. Hicimos un recorrido por el interior y exterior de la iglesia, y una vez en el interior del monasterio nos invitaron a comprar algunos de los dulces que las monjas elaboran. Yo conseguí la última de las cajas disponibles de almendrados y una caja más de tejas. Ambos productos están francamente buenos, después de haberlos catado ya en casa de forma repetitiva.

San Miguel de Eiré

Terminado el recorrido por el citado monasterio, la guía nos llevó hasta la iglesia de San Miguel de Eiré, también conocido por O Mosteiro. Es uno de los ejemplos más interesantes del románico de la Ribeira Sacra. Formó parte de un monasterio benedictino en el siglo XII, aunque del mismo solo sobrevive hoy la iglesia. Parece ser que para visitarlo hay que pedir la llave a la señora Carmen, una paisana del pueblo que vive junto a la iglesia y habitualmente está junto a ella tomando el aire, como era el caso, si bien en esta ocasión la propia guía tenía la llave.

Santo Estevo de Atan

Y por último, la guía nos dirigió al Monasterio de Santo Estevo de Atán, donde hubimos de hacer visita nocturna, a la luz de una linterna que portaba Rafa y con la ayuda de la luz de los teléfonos móviles. Fue construida a principios del siglo XIII, si bien al parecer en estudios arqueológicos de hace algunos años se localizaron piedras prerrománicas que hoy forman parte de la torre del campanario. Contiene una serie de pinturas murales muy interesantes, algunas de las cuales se conservan en bastante buen estado.

De camino a esta última iglesia pudimos disfrutar de unas preciosas vistas de las vides coloreadas después de la vendimia, que conferían un aspecto precioso al paisaje de la zona.

Terminadas las visitas vespertinas, el paso siguiente era ir directamente a la Casa dos Muros, el lugar seleccionado como alojamiento. Aunque estaba próximo a los lugares por donde nos estuvimos moviendo durante la tarde, el hecho de coincidir con una carretera cortada por obras nos hizo dar un amplio rodeo, con lo cual llegamos a nuestro destino nocturno ya en plena oscuridad. Aprovecho para decir que la casa, aunque no cabe calificarla de deficiente, desde luego no tenía el nivel del Pazo de Buzaca donde nos alojamos el pasado año. Las habitaciones eran menos amplias, y sobre todo hacía frío en general en prácticamente todas, pese a estar los radiadores encendidos, se ve que desde pocas horas antes. La casa se configura en diferentes niveles, por lo cual las habitaciones que ocupamos estaban en dos zonas diferentes.

Casa dos Muros

La cena se llevó a cabo en un amplio comedor, con chimenea, que compartimos con otras dos mesas de otros grupos de comensales. Para esa finalidad se adecuaba perfectamente, pero en cambio a efectos de la sobremesa hubiese sido más adecuado otro tipo de salón, y si bien en alguna de las zonas de la casa había otros salones, pero no estaban acondicionados para acomodarnos los 16 miembros de la expedición. En cualquier caso la cena resultó amena y todavía tras la misma tuvimos tiempo de charlar animadamente hasta que los más dormilones comenzaron a irse a sus habitaciones, camino que poco después tomamos el resto de los más golfos. El menú estuvo bien. Se componía de unos entrantes (croquetas, embutidos, champiñones, revuelto de setas), y como plato fuerte, Costilla de cerdo con ensalada y patatas fritas; también pusieron unos langostinos a la plancha para quienes no comían carne. Y después del postre y cafés, chupitos. A la mañana siguiente, un desayuno a base de tostadas, bizcocho y zumo, acompañando al cola-cao, o café, según los casos.

Mirador de Matacás

Y como quiera que teníamos en mente acercarnos al mirador de Matacás antes de nuestra primera visita de románico, antes de las 10 de la mañana ya estábamos en los coches rumbo al mirador, al que llegamos con una densa niebla que cubría el río, por lo cual la mayor parte de las fotos que se hicieron reflejan esa situación, aunque en el momento de abandonarlo ya empezaba a despejar. Como curiosidad o anécdota, comentar que a punto de arrancar desde allí, recibimos la llamada de la hostelera de Casa dos Muros pidiendo que le mandásemos los DNI de todos porque había omitido tomarlos la noche anterior, y solamente pudimos enviar 15 de los 16 porque una de las integrantes de la expedición «se lo olvidó en casa». Y la petición venía a cuento porque otros huéspedes se empeñaron en decir que uno de sus coches había sido rallado por uno de los nuestros, lo cual no era cierto. Y durante todo el resto de la jornada hubimos de estar mandando videos de cada uno de los coches para demostrar que no éramos nosotros quienes habían rallado al coche en cuestión.

Monasterio de Santa Maria, en Xunqueira

Ajustados de tiempo llegamos a las 12 del mediodía al Monasterio de Santa María, en Xunqueira de Espadanedo, donde la guía nos recibió echando chispas porque contaba con nosotros un cuarto de hora antes para evitar que la hora se juntase con el comienzo de la misa vecinal de las 12,30. Por esa razón, la visita a la iglesia fue realizada a toda prisa y sin casi tiempo de observar nada. Luego, ya fuera del templo, terminó las explicaciones sobre los inicios del monasterio, que se sitúa en siglo XII, al principio como benedictino, para integrarse luego en el císter. Por lo visto es uno de los más visitados de la Ribeira Sacra. Finalizada la visita, como quiera que restaba casi una hora para el momento previsto de la comida, tuvimos tiempo de disfrutar en una terraza del agradable sol matinal mientras la mayoría nos tomábamos una cerveza y el resto se echaban a caminar un rato.

La comida tuvo lugar a poco más de 1 km. de allí, en el Restaurante Prieto, con un menú que tenía como entrantes queso y embutidos, calamares y pulpo, y como plato principal Rodaballo a la plancha para unos y Cabrito para otros. Con postres, cafés y algún que otro chupito. Y al igual que el día anterior, salida rápida para llegar a buena hora a nuestra última visita, el Monasterio de San Pedro de Rocas.

San Pedro de Rocas

Aunque hay antecedentes de vida en grupo en el año 573, en el siglo IX reaparece la vida comunal, y ya en el siglo X se data como monasterio dependiente de Celanova. La particularidad de esta iglesia, que es lo que hay hoy en día, aunque ya sin utilización litúrgica, es que está parcialmente excavada en la roca, con varios enterramientos perfectamente visibles. Está ubicado en un entorno precioso, con un bosque que en estas épocas del año tiene un colorido increíble. Y próximo al monasterio, en pleno bosque, está la fuente de San Benito, según se dice con propiedades curativas para lesiones de piel y similares.

La zona boscosa de San Pedro de Rocas – La fuente de San Benito – Y la parada en Los Caracoles

Y es realmente en ese punto donde damos por finalizada la reunión de grupo, porque aunque prevemos hacer una parada técnica en la Derrasa, ya cerca de Ourense, un par de las parejas asistentes no hacen ese alto y regresan directamente a sus lugares de origen. Esa parada, en la cafetería de Los Caracoles, es definitivamente el punto de despedida para todos, dando por finalizada la excursión de Outono Gastronómico y Ruta dos Mosteiros da Ribeira Sacra, pero con ganas de repetir.

Un sábado excelente

Este último sábado, día 6 de noviembre, nos levantamos sin un plan definido, si bien en la agenda había al menos dos eventos a realizar como eran la asistencia a un partido de futbol y más tarde a un concierto. Pero un sábado bien aprovechado puede dar mucho de sí, y en este caso tuvimos la intuición de aprovecharlo, sobre todo porque amaneció un día precioso después de varios días de mal tiempo.

Mientras desayunábamos a Ipi se le ocurrió que, puesto que a la tarde viajaríamos hasta Ferrol para ver al Racing, se podría aprovechar la salida para hacer un recorrido por alguno de esos lugares que ella tiene en su agenda para cuando se presente la oportunidad. Y buscando en su «libreta de notas» aparecía un recorrido por los Miradoiros de la zona norte de la provincia, entre Cariño y Cedeira que nos iba bien por quedar relativamente cerca de Ferrol.

Vista de Cariño, desde lo alto

De modo que, pensado y decidido, en poco tiempo nos preparamos para tomar la ruta. Acordamos ir directamente hasta Cariño para iniciar desde allí el recorrido, lo que resultó un acierto. Llegados al punto de destino y después de un breve recorrido por el pueblo, nos marchamos hasta Cabo Ortegal, donde ella no había estado nunca y en cambio yo sí que había visitado ya hace 12 años con mis compañeros Bebeuvas. Gracias al precioso sol que nos acompañaba pudimos disfrutar de la vista de los Aguillóns (tres peñascos situados frente al faro) que según se indica en un cartel, suponen la división entre el Atlántico y el Cantábrico, aunque al parecer hay otros intereses que sitúan ese límite en Estaca de Bares. Sea como sea, la panorámica que se divisa desde el faro es excelente a un lado y al otro de esa divisoria. Por cierto que descubrimos que un buen número de personas opinaron igual que nosotros y aprovecharon para ir hasta allí.

Imágenes desde el mirador da herbeira

Regresando hacia Cariño encontramos una desviación que llevaba hasta la zona de los miradoiros, que son numerosos entre Cariño y Cedeira, empezando por los que nos permiten una visión espléndida de Cariño y su zona próxima, y continuando hacia los que nos llevan sobre el mar hacia San Andrés de Teixido y Cedeira. Uno de esos puntos elevados, quizás el más alto (se indica que con sus 64o metros de acantilado es el mas alto de la Europa continental) es el mirador o Garita da Herbeira (también señalado como Vixía da Herbeira), ubicado junto a un impresionante parque eólico donde además soplaba el viento de forma considerable, lo que dada la altura del lugar y pese al sol la temperatura era «fresquita». Desde allí pudimos tomar unas interesantes imágenes de la abrupta costa. Hay que señalar que también la zona estaba bastante concurrida para las fechas en que nos encontramos.

El mirador indicado se encuentra en plena Serra da Capelada, donde a cada lado de la ruta vamos encontrando cantidad de ganado en libertad, fundamentalmente vacas y caballos, con algunos cercados donde los lugareños acomodan a sus reses por las noches. Toda la Capelada es una enorme extensión con una vegetación característica donde afortunadamente los incendios no han estropeado el paisaje.

De camino hacia Cedeira nos acercamos a San Andrés de Teixido, donde decidimos parar para visitar el pueblo, hacer unas fotos y ya de paso comer algo. No nos sorprendió demasiado ver que, al igual que en los sitios anteriores había bastantes visitantes por lo que incluso esperamos un rato para tener mesa en el restaurante elegido, tiempo que aprovechamos para hacer un breve recorrido por la iglesia y el entorno de la misma. Comimos en Taberna Hermanos Bouza, en la terraza, y pudimos degustar unos sabrosos percebes (cogidos en Os Aguillons, según nos aseguró la camarera), unos berberechos fritos (plato típico de la zona, por lo visto) que estaban buenísimos, y un secreto ibérico, también muy bueno. Y unos postres caseros (arroz con leche y requesón con miel). Todo ello con un precio satisfactorio y un buen servicio.

Terminada la comida, volvimos a la carretera para ir haciendo altos por los miradoiros ( Carris y otros) y luego Chao do Pe, desde el cual hay una buena vista sobre San Andrés. Ya posteriormente la ruta nos lleva bordeando la costa hasta Cedeira, una localidad que en verano debe tener mucha vida, a juzgar por las edificaciones que hay en el centro y al lado de la playa, pero que este sábado a esas horas (tras la comida) estaba prácticamente vacía. Pudimos hacer un pequeño recorrido por el pueblo, hasta el puerto, antes de tomar ya la dirección de A Malata, en Ferrol, donde nos esperaba el partido que enfrentó al Racing (el equipo donde Hugo ejerce de fisioterapeuta) contra la UD Logroñes. Por desgracia, o más bien porque jugó mal, el equipo local perdió 0-2, y nosotros nos vinimos hacia A Coruña donde nos esperaba el último de los programas del día.

Soleá Morente, en Filloa

Y ese último programa consistía, nada más y nada menos, que poder disfrutar del directo de Soleá Morente en el Filloa, con un reducido grupo de espectadores y nosotros en primerísima fila. Resultó sumamente agradable este concierto en el que según señaló la artista, era el primero que hacía como «cantaora». Hace un par de años tuvimos ocasión de verla en el Colón, interpretando entonces música «pop», en una actuación que inicialmente estaba prevista en el Castillo de San Antón pero que por causa de la lluvia se tuvo que trasladar al teatro.

Y antes de ir a dormir, habida cuenta de que con las prisas del futbol y el concierto no tuvimos tiempo de meter nada al estómago, unos pinchitos en el Victoria, en la calle de los Olmos, y rematado con unos cafés y chupitos de 1866 en Bocatín, a punto de cerrar.

En fin, una jornada supercompleta, aprovechando el buen tiempo y las ganas de aprovechar al máximo cada oportunidad.