Viandar de la Vera – Mantener las tradiciones

Hace un año mi cuñado Ramón y mi hermana Berta nos enviaron desde Viandar de la Vera, unas fotos y videos sobre las Fiestas del Paseo que celebran cada año. Y vimos que se mantenían unas tradiciones muy interesantes con lo cual Ipi, que se apunta a un bombardeo, dijo que quería asistir a las celebraciones de 2023. Y continuó insistiendo en la visita a lo largo de estos últimos meses.

Por ese motivo se fue programando el viaje para estar allí unos cuantos días y participar en el mayor número de actividades posibles. Las fechas elegidas por nosotros fueron desde el viernes 29 de septiembre hasta el lunes 2 de octubre, ambos inclusive, y para retornar a casa el martes día 3, aunque Ramón y Berta que había llegado en esa misma fecha se quedaban hasta el final de los festejos, varios días después. Realmente el programa oficial se iniciaba el viernes 29 y duraba hasta el miércoles día 4.

Tras un plácido viaje, con parada en Rueda para tomar un refrigerio y aprovechar para comprar vino de cocinar, algo que hago cada vez que paso por allí desde hace casi 50 años, la llegada a Viandar fue a media tarde y después de un breve descanso para intercambio de novedades, ya nos unimos a la primera de las actividades, que en este caso era la Ronda de las Rosqueras, consistente en recorrer las calles del pueblo parando en cada casa para cantar a los inquilinos y esperar a que entreguen un lote de pastas, rosquillas, etc. Nos incluimos los cuatro como unos más del pueblo y participamos durante algo más de una hora en la recogida de esos dulces que un par de días después serían distribuidos entre todos los viandareños en la plaza mayor. Comentar que durante el paseo fue anocheciendo y en esa fecha había una luna espectacular.

Esa primera noche, tras la actividad comentada y una cena en casa, salimos al «pollo» (un banco situado en el frente de la casa de Ramón, que sirve de punto de encuentro para reuniones en la calle en ocasiones diversas). Junto a nosotros terminaron por unirse varios de los «primos» (primeros, segundos, etc…) que componían el grupo «Los Mirandini» del que nosotros también formamos parte, y que vino a ser la «peña» participante junto a otras muchas en los eventos festivos. La reunión terminó de madrugada, mientras nos tomábamos unos cubatas e íbamos conociendo a buena parte de los familiares. Y nos fuimos a dormir a la antigua casa de los padres de ramón, ahora de su hermano, situada en lo alto del pueblo, lejos de los altavoces de la carpa instalada en la plaza mayor de Viandar.

A la mañana siguiente nos habíamos comprometido a participar en la elaboración de las Roscas que se ofrecen a la virgen y posteriormente se venden entre los viandareños y asistentes en general a las fiestas y cuya recaudación sirve para sufragar gastos de los festejos y mantenimiento de la iglesia. Las Roscas se preparan en la tahona del vecino pueblo de Losar de la Vera, ya que en los últimos años ha dejado de funcionar la tahona de Viandar. El trabajo consiste en que, una vez el panadero ha preparado la masa, dar forma a la misma para conformar las roscas, y luego picar el borde las mismas para darles un mejor aspecto. Ya preparadas se meten al horno y quedan listas para su presentación a los compradores al día siguiente. Hay que señalar que se hicieron 360 roscas, con el chollo que eso conlleva, y que los participantes en los trabajos fuimos en total unas 10 personas. Resultó algo original y entretenido. Y durante el proceso, al mismo tiempo yo pude observar como la panadera preparaba la masa de otros dulces típicos (los huesecillos) a base de harina, con anís, aguardiente, zumo de naranja, mantequilla, azúcar, etc. Y por supuesto, aprovechamos la estancia en la tahona para dejar encargados unos cuantos huesecillos cuya masa había sido preparada ante mis ojos. Estaban buenos, francamente, aunque al final de tanto repartir casi me quedo sin catarlos.

Terminada la faena de las Roscas, nos fuimos a conocer una de las fincas de Ramón, a la que denominan Las Parrillas. Es un olivar en el que hay además algunas higueras, y que como Ramón no puede atenderlo desde el pueblo, lo tiene cedido a un paisano que teóricamente lo mantiene limpio, aunque ni siquiera le da la mínima prueba de lo que produce, como sería normal. Pero como ahora el precio del aceite está por las nubes y hay muchos interesados en gestionarlo, posiblemente se cambie el trato y se ceda a otras personas que harían el mantenimiento y reportarían al propietario hasta un 50% de la producción. Señalar, como dato de interés, que al parecer una finca como la suya con la actual producción generará más de 2.000 kg de olivas, que con un aprovechamiento del 9% daría cerca de 200 litros de aceite. Allí pudimos verificar que esos cálculos son perfectamente válidos, contrastándolo con otra gente del pueblo que trabaja sus olivares. Lo cierto es que los árboles este año están cargados a tope, en todas las fincas.

Ya de regreso al pueblo, nos unimos a los preparativos del Concurso de Paellas, puesto que cada una de las peñas organiza la suya al aire libre. En nuestro caso, se ubicaban los preparativos justo frente a la casa de Ramón, y allí se reunió toda la gente, si bien la preparación corría a cargo de un pariente (Raul), mientras el resto de concurrentes nos tomábamos un aperitivo. La fiesta fue amenizada por una charanga denominada «La Mejor Pata Negra» que iba recorriendo los lugares del pueblo donde se iban cocinando las respectivas paellas. En nuestro caso, estuvieron bastante rato tocando y motivando a todo el personal a bailar al ritmo de «Paquito el Chocolatero» y otras melodías del mismo estilo, pero desde luego la participación resultó de lo mas motivada, de lo cual dan cuenta las fotografías y videos tomadas sobre la marcha. En cuanto al premio final, parece que no tuvimos éxito porque cuando el comité de valoración pasó junto a nuestro cocinero, no estaba lista la paella para ser degustada. Pero eso no quitó nada al acontecimiento, y la paella se consumió en su totalidad, con más de 30 comensales asistentes al acto. A la comida siguió una animada sobremesa.

Por la tarde estaban previstas otras actividades, como la Ronda de Peñas y algunos concursos, pero en esos no participamos, y nos dedicamos a descansar de las actividades matinales. No obstante, al igual que el día anterior, nos fuimos a dormir a la casa del hermano de Ramón, lejos del ruido musical.

El domingo era el día grande, en cuanto a las celebraciones, básicamente religiosas, que se iniciaban a las 7,30 horas con el Rosario de la Aurora, acto al que Ipi tenía intención de asistir aunque sobre la marcha renunció para no pegarse el madrugón. Y más tarde, a las 12, asistencia a la iglesia para sacar a la virgen del Rosario (la patrona) en procesión por varias calles del pueblo. Posteriormente, ya de regreso en el templo, se celebró la misa en la que cantaron varias personas. Durante la procesión, tanto Berta como Ipi se apuntaron a llevar en andas a la imagen de la virgen durante un corto recorrido. Al parecer el peso es grande y cada poco se van turnando los interesados en participar. Finalizada la misa es cuando la Mayordoma de este año invita a todos los del pueblo en la plaza mayor con los dulces que la ronda de rosqueras había recogido en la primera jornada. Nosotros también degustamos algunos de esos dulces, a modo de aperitivo, porque después la comida de ese día estaba reservada para tomar en Talaveruela, el pueblo próximo donde ahora vive Alberto, el hermano de Ramón que es uno de los Mayordomos, aunque este año no era él quien dirigía las fiestas. Por cierto, durante la misa se anunciaron que hay un par de personas que se ofrecen para colaborar y convertirse en Mayordom@s en los dos próximos años.

La jornada de tarde se iniciaba temprano, por lo que la comida fue rápida. A las 5, en la plaza mayor se llevó a cabo el Ofertorio en Honor a la Patrona, cuya imagen ha sido trasladada desde la iglesia. El Ofertorio consiste en que unas mujeres, adornadas con mantillas, llevan a la virgen las Roscas que el día anterior habíamos preparado en la tahona de Losar. En esta ocasión las mujeres fueron un grupo de niñas. Y una vez recibidas por la virgen, los Mayordom@s hacen la venta a quien las quiera comprar. Al final se venden todas y como ya comenté la recaudación es para el mantenimiento de la virgen y la iglesia.

Hubo luego en la carpa la actuación de un grupo folclórico extremeño y a continuación nos fuimos a dar un paseo y a ver otra de las fincas de Ramón, en la que tiene naranjos, uvas, etc. Terminamos la jornada en casa, con una cena ligera, antes de alejarnos de nuevo del ruido musical de la casa de Ramón para volver a lo alto del pueblo donde se dormía mejor.

La última jornada completa de nuestra estancia, el lunes día 2, también estábamos apuntados a las actividades, en este caso eran comida y cena con toda la gente del pueblo, en la carpa instalada en la plaza. Pero previamente Ramón había logrado que en una almazara cercana, uno de los empresarios de Viandar nos recibiera y nos vendiera unos tarros de aceitunas en diferentes versiones, alguna de las cuales en la víspera habíamos probado durante el aperitivo. Aunque no suelen vender allí, como favor especial nos permitió hacer la compra.

Y también en otra estupenda gestión, Ramón consiguió que nos organizasen una visita guiada al Molino recientemente restaurado que en su día servía como almazara para que los viandareños pudieran transformar en aceite el fruto de sus olivares. Ya se intentó la visita hace año y medio, cuando estuvimos por allí los hermanos en la reunión de mayo de 2022, pero entonces el molino estaba en plena restauración, y la visita no fue posible. Ahora nos hizo de anfitriona una empleada municipal, Yolanda, que nos dio amplias y detalladas explicaciones sobre los orígenes y funcionamiento del mismo en su época de plena actividad, cuando no existían las modernas instalaciones que ahora se dedican al proceso del aceite. Resultó muy interesante la visita, e incluso Ramón aprovechó para indagar cómo hacía Yolanda con sus olivas, a donde las lleva a exprimir y qué porcentaje se consigue de rendimiento. Y como también le consultamos donde se podía comprar aceite de la cosecha anterior, y al parecer estaba difícil conseguirlo, ella se ofreció a regalarnos una pequeña muestra del suyo, lo que hizo a la mañana siguiente, y le correspondimos con una porción de queso gallego que previamente habíamos llevado nosotros de A Coruña.

De regreso en el centro del pueblo, colaboramos un poco en la preparación de las mesas para la comida y nos hicimos unas fotos con los cocineros, que habían preparado una sopa de marisco y un plato de «magro» (carne de cerdo) con verduras, y de postre melón y queso. Todo ello acompañado de refrescos y vino, aunque en nuestro caso Ramón quiso aportar una botella del reserva de la Rioja Alta que pedimos para el grupo familiar. Durante la comida pudimos confraternizar con los vecinos de mesa, mayoritariamente gente de edad superior a la nuestra, que nos contaban que en sus tiempos jóvenes esas comidas reunían a más del doble de los asistentes actuales. Por la noche se repitió la reunión en el mismo lugar, aunque la cena fue mucho mas ligera, con un plato de queso y fiambres y como remate chocolate con churros. Todo ello en un excelente ambiente, del que nos resultó muy grato participar.

Y aunque en principio Ramón decía que ese día ya por la noche no habría jolgorio hasta altas horas de la madrugada, se equivocaba porque estaba contratado un cantante de coplas que congregó a buena parte del pueblo, mientras nosotros nos dedicamos a dar un paseo hasta la vieja ermita, donde pudimos disfrutar de una visión clara del cielo estrellado, ya que por aquella zona había poca incidencia lumínica. De vuelta del paseo todavía tuvimos tiempo de escuchar varias de las coplas, porque el artista contratado no cesaba de dar «bises» a petición de los asistentes al evento. Al terminar el cantante de coplas, continuaba la fiesta con un DJ que amenazaba con mantenernos en vilo hasta altas horas de la madrugada, por lo cual también esa noche volvimos a la casa de Alberto, en lo alto del pueblo, para poder dormir a gusto.

Y con esos cuatro días de festejos dimos por finalizada nuestra visita a Viandar para regresar a casa a la vida habitual. Desde luego la experiencia ha sido totalmente positiva. Quedamos encantados con el ambiente de los viandareños, tanto de los que actualmente habitan allí como los emigrados que puntualmente regresan cada año para participar de las fiestas. Y especialmente agradecidos a Ramón y Berta por su invitación y por las atenciones que nos dispensaron en esos días, además de contentos de haber podido vivir directamente y participar de esas tradiciones que desgraciadamente se van perdiendo y que en el caso de Viandar de la Vera se mantienen gracias al coraje y dedicación de una parte de sus vecinos.

Viaje a la Bretaña francesa

Desde hace varios años comentamos en ocasiones la idea de volver a Ile-de-Ré en un verano, tras la buena experiencia de nuestro viaje de hace ya 15 años. Sin embargo la cosa ha ido quedando entre los asuntos «pendientes» y por fin este año nos animamos a llevarlo a cabo, si bien el plan idea inicial se modificó para adaptar el viaje a unos condicionantes surgidos. Por esa razón se cambió la idea original de estar unos días en la isla por simplemente hacer una visita y durante una semana recorrer los puntos más señalados de la Bretaña francesa. Y para ello programamos el viaje en avión a Burdeos, alquilando a partir de allí un coche con el que hacer el recorrido previsto. Y ese viaje, como solemos hacer, lo planificamos con Rafa y Elena.

Las fechas elegidas fueron las de la última semana de julio, una vez que Elena ya terminaba sus habituales ocupaciones fiscales de cada año. Pero previamente al inicio del viaje, ese finde nos desplazamos a Vigo para asistir a un concierto de Maria José Llergo, que se celebró en el auditorio de la ciudad, en una terraza con vistas sobre la bahía, y con las islas Cies al fondo, en una jornada espectacular por la temperatura y la climatología en general.

El concierto resultó fantástico, y al terminar nos acercamos a la zona de la Piedra, en Vigo, para cenar en una terraza con mucha afluencia de turistas y nativos, es decir con un ambiente de lo más entretenido. Y habida cuenta de la buena noche que hacía, regresamos al hotel, situado justo al lado del auditorio, caminando y disfrutando de la temperatura.

De regreso a A Coruña yo había reservado con un mes de antelación para comer en el restaurante que hay en Punta Cabalo, en la Illa de Arousa, un lugar que conocí durante una excursión con los Bebeuvas y del que además había unas buenas referencias previas. Coincidió además que justamente ese día, sábado 22 de julio en A Illa celebraban la procesión marítima de la Virgen del Carmen, con lo cual tuvimos una ubicación de lo más adecuado para contemplar y fotografiar a la amplísima concurrencia de barcos al evento.

La comida resultó muy bien en general en la terraza del restaurante y por falta de tiempo no pudimos quedar a disfrutar de la playa, ya que además de tener que preparar las maletas para el viaje, Rafa y Elena habían hecho una reserva en Terreo para celebrar con nosotros en una cena sus respectivos cumpleaños y no era cosa de dejarlo con lo difícil que es conseguir reserva en ese restaurante. La cena, como no podía ser de otra forma, fue espléndida.

Y ya, a la mañana siguiente, domingo dia 30, comenzó propiamente el viaje a Bretaña, viajando a Santiago para allí embarcar en un vuelo de Ryannair con destino a Burdeos. Por cierto, que habiendo llegado con mucha antelación, nos sentamos de charla en la cafetería del aeropuerto y casi nos tienen que reclamar por megafonía porque llegamos a la puerta de embarque con todo el pasaje ya en el avión. Una anécdota para recordar. El vuelo llegó a destino con puntualidad y ya en Burdeos lo primero que hicimos fue recoger el coche reservado con antelación para iniciar el recorrido.

El primer destino lo fijamos directamente en Ile-de-Ré, con una parada previa breve por la autopista para comer algo. La visita rodeando la isla les encantó a quienes no la conocían, por la cantidad de turistas que encontramos por todas partes, la mayoría circulando en bicicleta familias enteras en unas rutas habilitadas especialmente al borde las carreteras. Visitamos en primer lugar el Faro de las Ballenas, en la esquina de la isla más alejada del puente de acceso. Subimos al faro, hicimos muchas fotos y terminamos degustando unos helados en el sitio más reconocido.

Y posteriormente continuamos ruta hasta La Flotte, donde está el puerto más concurrido, completamente lleno de gente y donde nos costó encontrar un restaurante donde cenar, para empezar degustando el plato típico de la isla y de la mayor parte de las poblaciones de toda la costa francesa, las «Moules Frites», es decir mejillones al vapor con patatas fritas, aunque ahora hay diferentes variedades en las que añaden todo tipo de salsas a los mejillones.

Para dormir, teníamos reserva en La Rochelle, la población desde la que se accede a la isla, y que es un reconocido puerto deportivo de la costa francesa. A la mañana siguiente fuimos a desayunar al Café de la Paix, situado en el centro, haciendo luego un amplio recorrido por la zona histórica de la ciudad y con dedicación especial al puerto.

Pese a que en La Rochelle habríamos podido estar mucho más tiempo, porque es una ciudad digna de disfrutar, la programación del viaje nos obligó a volver al coche para continuar el recorrido hacia la siguiente parada. En el trayecto hicimos un alto para fotografiar un campo de girasoles integrándonos entre las flores.

La parada comentada era Rochefort-en-Terre. Se trata de una pequeña localidad muy vistosa por la que hicimos un amplio paseo. La verdad es que estaba llena de visitantes turistas como nosotros, y hasta tuvimos un ligero encontronazo con el dueño de una cafetería que consideró que le estábamos presionando para que nos sirviese rápido. Pero la cosa no pasó a mayores y quedó como otra anécdota para el recuerdo. El pueblo se presta a ser fotografiado y los cuatro nos ocupamos de darle ritmo a las cámaras.

Y de Rochefort, nos fuimos directos a Vannes, donde estaba reservado el alojamiento para esa segunda noche en Francia. Es una pequeña ciudad, muy típica de la Bretaña, con un centro histórico en el que destacan las casas construidas con madera entrelazada, muy cuidado todo él y lleno de restaurantes, y especialmente creperías, ya que las «galètes» (crepes saladas) son uno de los platos más consumidos en toda la zona. Después de instalarnos en el hotel, hicimos un recorrido para localizar un restaurante, y terminamos cenando en uno en el que el camarero que nos atendió era un francés que recientemente había pasado varios meses en Vigo (creo que con un erasmus).

A la mañana siguiente nos dedicamos a pasear de nuevo por la ciudad y para ello nos montamos también en un tren chu-chu que hizo un recorrido por toda la zona antigua, recorrido que posteriormente nosotros repetimos luego a pie para poder contemplar con más detalle los lugares que nos habían atraído más y fotografiar todo el trayecto con calma.

En Vannes comimos nuestras primeras «galètes» siendo las del restaurante elegido posiblemente unas de las mejores degustadas durante todo el viaje. Y acompañamos las galètes con la característica sidra de la zona.

Nos quedamos con la lástima de no haber podido aprovechar un festival de jazz que se celebraba en los días siguientes, pero tras la comida continuamos viaje hacia Auray, una localidad próxima de la que teníamos buenas referencias, que se vieron confirmadas con la visita.

La siguiente para fue para observar en Carnac los monumentos megalíticos sobre los que hay un montón de teorías, pero que en realidad es un conjunto enorme de piedras de diferentes tamaños, que realmente no tienen nada de particular. La parada fue breve, porque en el programa todavía teníamos varias visitas programadas.

Continuamos camino hasta Pont-Aven, una pequeña localidad que algunos denominan «la ciudad de los pintores» porque allí se han instalado numerosos pintores, y con la particularidad de que entre ellos Paul Gaughin, el más conocido vivió allí mucho tiempo. Es un lugar interesante, aunque como llegamos ya pasadas las 7,30 de la tarde encontramos todo cerrado. Sin embargo valió la pena la parada.

Continuando la ruta una última visita a Concarneau, una localidad pesquera que está considerado el primer puerto atunero de Europa. Hicimos un recorrido por su zona fortificada, donde nos encontramos con el concierto de un grupo que en sus actuaciones cantaba tanto en francés como en español. Habida cuenta de que se hacía tarde, optamos por cenar en uno de los restaurantes de esa localidad, para llegar al hotel de destino directamente a dormir.

Y precisamente esa noche, la única en que no habíamos llamado previamente al alojamiento para anunciar que llegaríamos tarde, resultó ser la de un hotel que no tenía recepción durante las 24 horas. Con lo cual al llegar nos encontramos cerrada la verja al aparcamiento. Para solucionarlo, llamamos al teléfono en que se había realizado la reserva. Pero lo único que salía en ese número era una locución en francés diciendo que la atención estaba fuera de hora. Por lo cual no me quedó mas remedio que entrar por una puerta lateral e intentar encontrar una fórmula de acceso diferente. Después de mucho buscar, encontramos la zona de recepción donde se indicaba que aquello cerraba a las 21 horas y afortunadamente allí sí que había otro teléfono (de la persona que habitualmente atiende la recepción) con la cual pude comunicarme y que me dió las instrucciones para localizar las llaves de las habitaciones en un cofre ubicado fuera de la oficina. También me facilitó una clave para la apertura de la verja, con lo cual pudimos pasar el coche. Para colmo de males, las habitaciones estaban situadas en la segunda planta, cuyo único acceso era una escalera de caracol por la que hubimos de subir las pesadas maletas. Pero, en fin, conseguimos alojarnos y dormir bien en Quimper.

A la mañana siguiente, miércoles 26, salimos pronto a desayunar, y lo hicimos en la plaza mayor, en una cafetería en la que pese a ser muy aparente, nos atendieron bastante mal. La primera visita fue a la catedral, justo enfrente de donde desayunamos, y a continuación hicimos un amplio recorrido por Quimper, que resultó ser otra pequeña ciudad muy típica de la Bretaña, con las casas con madera entrelazada, pequeñas plazas, y poco más que ver.

Salimos de Quimper para continuar la ruta hacia Camaret-sur-Mer, un puerto en apariencia muy atractivo, pero que resultó un pequeño fiasco. Realmente ese destino se marcó como alternativa a viajar hasta Brest habida cuenta de que el recorrido previsto para esa fecha era muy largo y deberíamos acortarlo para visitar el mayor número de localidades posible. Lo mejor de Camaret, por no decir lo único bueno, fue que comimos estupendamente. Había mucha gente en el pueblo, la mayor parte se veía que eran turistas, y nosotros además de comer visitamos lo que reseñaban los foros, es decir un fortín y una pequeña capilla, así como una zona de desecho de embarcaciones.

Para continuar la ruta, fuimos hasta Roscoff, una población que nos habían recomendado mis amigos Didier y Cris. Es también un lugar tremendamente turístico y que destaca por su producción de cebollas rosas, que exportan a toda Francia e Inglaterra, cuya costa está relativamente próxima. Estaba marea baja, en días de mareas vivas y era impresionante ver la mayor parte de las embarcaciones varadas y el mar muy alejado de la costa, lo que nos anticipaba lo que dias después veríamos en Mont St. Michel. Hicimos un recorrido rápido por el pueblo que nos dejó un buen recuerdo.

El punto elegido para dormir las dos noches siguientes era Dinan, y aunque inicialmente también teníamos otra recomendación para visitar otra localidad turística, Tregastel, lo cierto es que decidimos obviar esa visita y dirigirnos directamente a Dinan, reservando incluso sobre la marcha para cenar. Y justo llegamos para la cena en el restaurante «Au Bout de la Ligne», después de intentar la reserva en otros varios. La cena estuvo francamente bien y ahí empezó la buena impresión que, al cabo de los dos días, nos causaría esa población, de reducida población, pero espléndida en su contenido.

A la mañana siguiente, jueves 27, aunque la idea inicial era visitar el Mont St. Michel y Saint Malo, las previsiones meteorológicas indicaban que por esa zona llovería bastante, por lo cual decidimos cambiar de plan e ir al sur, hacia el interior, concretamente a Rennes, donde el tiempo estaría mejor y cuya visita habíamos inicialmente planificado para el viernes. De modo que allá nos fuimos, para pasar el día puesto que es una ciudad con bastante contenido.

Rennes tiene una zona antigua fortificada muy interesante, y con las construcciones interiores muy similares a lo ya visto en otras ciudades (casas con madera entrelazada), además de una catedral y otras iglesias dignas de visitar. Aunque apenas llovió, lo peor es que lo hizo justo a la salida de la comida, de forma que para regresar al coche nos mojamos un poco. Por cierto que para comer descubrimos un pequeño restaurante libanés (O Liban) donde estuvimos de maravilla. Pero en cualquier caso la visita valió la pena a pesar de la mojadura.

De regreso en Dinan, a media tarde, aprovechamos para hacer un amplio recorrido por sus calles llenas de gente mientras seleccionábamos otro lugar para cenar al menos tan bien como el día anterior, lo cual no fue difícil habida cuenta de la cantidad de creperías y restaurantes en la ciudad. Al final nos decidimos por ir a «La Main á la pâte» donde nos conseguimos que nos atendieran más tarde que en la mayoría y allí tranquilamente, en un ambiente muy acogedor y relajado, hicimos nuestra cena final de Dinan.

Como por esas ciudades es prácticamente imposible encontrar un lugar donde tomarse un digestivo o una copa después de la cena, para un día en que no teníamos que conducir, optamos por una visita nocturna al puerto deportivo de la ciudad, que está situado bastante más abajo del centro de la misma.

Pero como casi todo lo que se baja hay que subirlo y no había taxis disponibles, tras la cena hubo que volver a subir tranquilamente la empinada cuesta y contribuir así a irnos a la cama un poco mas cansados.

Llegado el viernes 28, madrugamos un poco mas que de costumbre para ir pronto a la visita de Mont Saint Michel, donde era previsible una gran afluencia de visitantes. Previamente habíamos reservado online las entradas a la abadía y cuando llegamos a la zona de aparcamiento previa todavía tuvimos que guardar una pequeña cola para acceder a las lanzaderas que nos transportaban a la base de Saint Michel. Cuando llegamos la marea estaba baja y el mar se veía a lo lejos lo que nos hizo calcular que al menos tendríamos una espera de 6 horas si queríamos ver la subida del mar rodeando la isla.

Una vez accedidos al monte, pudimos comprobar que nuestras previsiones en cuanto a los visitantes se quedaban cortas, pues en el interior la marea humana nos obligaba a caminar lentamente hacia la abadía, pese a que luego al haber comprado de forma anticipada las entradas no tuvimos que esperar apenas cola para acceder al interior. Ya dentro de la zona fortificada nos encontramos con el restaurante «La Mère Poulard», muy bien valorado y uno de cuyos platos estrella es una tortilla super especial, así como el cordero criado con la vegetación de la zona, influida por la proximidad del mar, que da un tono especial a la carne del animal. Y como no podía ser de otra manera nos propusimos comer más tarde allí aunque hubiese que esperar por exceso de afluencia.

El interior de la abadía está bien pero tampoco es nada espectacular. Había mucha gente en todas las estancias y durante el recorrido por las diferentes terrazas exteriores pudimos ir viendo como el mar se aproximaba a medida que avanzaba la marea. No obstante, parecía que la espera sería mayor de lo esperado si queríamos ver el mar rodeando el monte.

Por consiguiente, bajamos mientras tanto a comer al restaurante ya comentado, donde no hubo que hacer cola porque se ve que la mayoría de los visitantes acudían a otro tipo de creperías o bares más asequibles. La comida estuvo bien, aunque resultó menos espectacular de lo esperado, pero al menos no nos quedamos con las ganas de degustar los dos platos estrella, además de la sidra especial de la casa.

Finalizada la comida, salimos al exterior del monte para esperar a la subida del mar. Tuvimos tiempo de hacer un amplio recorrido por la playa, bordeando el monte, y cuando definitivamente verificamos que el mar no iba a llegar a subir lo suficiente, decidimos tomar el camino de vuelta. Según pudimos comprobar por la tabla de mareas y por la consulta a uno de los gendarmes allí presentes, solo en ocasiones el mar llega a cubrir el contorno del monte con mareas muy vivas y que superan el 100% de lo habitual, y en nuestro caso, siempre según la tabla de mareas, aquel día estaba al 48%. Pero de todos modos salimos satisfechos de la visita y el camino de regreso al coche lo hicimos caminando para poder ver y fotografiar repetidamente el que era uno de los objetivos de nuestro viaje.

El planing del día contemplaba también una visita a Saint Malo, una de las más importantes plazas turísticas francesas, y la mas concurrida de la Bretaña. Como no disponíamos ya de mucho tiempo, porque esa noche dormiríamos en Nantes, hubimos de hacer una visita relativamente corta, por el puerto, bordeando la muralla, y finalmente haciendo una parada para cenar y tomar unas «galètes» en una de las creperías que encontramos a nuestro paso.

Como ya dije, después de la cena emprendimos el viaje de vuelta para hacer noche en Nantes, que era la ciudad a visitar al día siguiente. Y así, el sábado 29 de julio, nos levantamos decididos a ver lo máximo de esa ciudad que es una de las capitales francesas importantes. Desayunamos en un céntrico café y a partir de ahí iniciamos las visitas por la catedral, para continuar por la Place Royale y la Rue D’Orleans, donde estaban ubicadas unas exposiciones temporales al aire libre.

Continuamos luego el recorrido por diferentes zonas de la ciudad, muy rica en monumentos y lugares dignos de admirar, como el Castillo de los Duques de Bretaña, o la Iglesia de Saint Pierre y otros muchos.

Hicimos un alto en las visitas para comer volviendo a la Place Royale, en una de las terrazas allí existentes, y ya descansados y con el estómago agradecido retomamos los paseos por Nantes, para llegar a la Opera, el Passage Pommeraye, un precioso centro comercial, terminando luego al borde del rio para ver de lejos el Elefante (uno de los elementos significativos de la ciudad), que está ubicado en la isla bordeada por el rio Loira a su paso por la ciudad.

Finalizadas las visitas nos esperaba un largo recorrido hasta Burdeos, algo asi como 320 kms, que hicimos de un tirón, tratando de sobre la marcha de conseguir reserva en algún restaurante que mereciese la pena para esa última cena francesa, la cual queríamos regar con un buen Burdeos, y a ser posible rematar con un coñac adecuado. Por lo apretado de la hora de llegada nos costó localizar uno que reuniese las características exigidas y finalmente conseguimos la reserva en «Temps a Nouveaux», donde degustamos algunas exquisiteces del local, y pudimos ya tomarnos una botella de Chateau Bonneau (burdeos) y rematar con sendas copas de Armagnac, cuya botella finalizamos.

Y como postres, estando en Francia, no podíamos dejar de tomar unos quesos y unos profiteroles. En fin, una cena digna de la última noche de nuestra excursión, teniendo en cuenta que el hotel estaba próximo y no había problemas para conducir tras la cena.

A la mañana siguiente, domingo día 30, ya nos levantamos sin demasiada prisa y solo con la necesidad de ir a entregar el coche con tiempo suficiente para luego facturar y embarcar a la hora prevista.

El vuelo de regreso fue puntual y así dimos por finalizada nuestra aventura por la Bretaña francesa, emplazándonos todos los asistentes para repetir el vuelo a Burdeos y así poder conocer un poco la ciudad, ya que en esta ocasión se nos quedó corto el tiempo.

Finde Gigirey 2023 – Ribeira Sacra

Hace tres años, a raíz de la muerte de nuestra madre, sugerí a mis hermanos la posibilidad y/o conveniencia de juntarnos al menos una vez al año, en un fin de semana, para al menos mantener ese contacto directo que antes se producía de forma más o menos sistemática en las veces que nos juntábamos en torno a mi progenitora. La sugerencia tuvo buena acogida, y acordamos que cada año sería uno de los hermanos quien se encargaría de organizarlo, previa propuesta de la fecha al resto con tiempo suficiente como para que cada uno pudiese programar su agenda.

Posteriormente, en un viaje de Berta y Ramón a A Coruña, durante una comida que yo organicé en El Charlatán, varios propusieron un viaje al Jerte en el mes de mayo, al que Ipi y yo rápidamente nos unimos, y que sirvió de primera reunión familiar de este tipo, aunque en ella no estuvieron Valentina y Miguel porque en fechas recientes habían estado por la zona y además las fechas no les venían bien.

Y fueron nuevamente Miguel y Valentina quienes decidieron retomar su iniciativa original para proponer la reunión de este año, precisamente en estas fechas (19 a 21 de mayo) y también con el programa de la primera vez en torno a Chantada, en la Ribeira Sacra, eligiendo como alojamiento la Casa Dulcinea, una casa rural que ellos ya conocían.

De modo que llegada la fecha y ya con Berta y Ramón en A Coruña, Ipi y yo propusimos iniciar el viaje en la mañana del mismo viernes 19 para visitar varias iglesias románicas próximas a Chantada. Pero como no todos somos ociosos y algunos defienden la economía del pais trabajando, acordamos que la reunión formal se iniciaría el mismo viernes por la tarde en Casa Dulcinea, el lugar elegido por los anfitriones para juntarnos. Miguel y Valentina se ocuparon de la infraestructura (viandas para cenas y desayunos) y el resto aportamos nuestras ganas de pasarlo bien.

Por esa razón el mismo viernes nos encontramos poco antes de las 11 de la mañana en las cercanías de Chantada con Elvira, una guía de la zona experta en el románico gallego, quien se ocupó de gestionar las visitas a las tres iglesias elegidas. En primer lugar, fuimos a Santa María de Nogueira de Miño, a la que algunos denominan la «Capilla Sixtina» de Galicia por las espléndidas pinturas que decoran la mayor parte de la iglesia y que se conservan en bastante buen estado, tras las recuperaciones realizadas. El pueblo en el que se ubica está apenas poblado, pero la visita mereció la pena y pudimos tomar abundante material fotográfico del interior y exterior de esa iglesia.

Tras esa visita inicial, Elvira (la guía) decidió que como la seguíamos con celeridad y sin miedo a las estrechas carreteras (más bien diríamos corredoiras, en muchos casos), podíamos afrontar las siguientes visitas sin apearnos de los coches, y desde Nogueira de Miño nos dirigimos a la iglesia de San Estevo de Rivas de Miño, una edificación más grandiosa que la primera, aunque menos decorada en su interior. Está ubicada en un lugar de acceso relativamente complicado, pero precioso aunque muy aislado de viviendas. En otro momento posterior pudimos contemplar una espléndida vista de la iglesia desde la carretera que va desde Chantada hacia el río.

Y después de las dos primeras, aunque yo en principio era reticente a tanta visita, acordamos de forma conjunta los cuatro asistentes el ir también a Santa María de Pesqueiras, muy próxima a la anterior, y que también guarda en su interior unos excelentes frescos en el ábside. Esta iglesia, escondida en un lugar de acceso complicado (el camino por el que nos metimos con el coche era más un camino de cabras que otra cosa), está en los últimos años reservada para la protección y conservación de murciélagos, por lo cual tiene dividido su interior en dos zonas, separadas por una redecilla que impide que los murciélagos accedan al ábside donde están las pinturas, y en cambio puedan conservarse y reproducirse en el resto del edificio, teniendo una de las ventanas sin vidrio para poder entrar y salir del mismo. Como quiera que allí no pueden encenderse luces, tuvimos que observar las pinturas con la sola entrada de luz exterior, aunque la suerte nos favoreció con varios momentos de sol que nos permitieron tomar buenas fotos de los frescos. En esta iglesia se conserva la réplica de una imagen de la virgen con el niño, cuyo original teóricamente se quemó en un incendio ocurrido hace años, aunque la idea general es que fue robada porque una parte metálica que tenía la imagen nunca apareció entre las cenizas.

Tras las visitas comentadas, comimos en Chantada, en el Mesón Lucus, donde previamente Ipi había hecho una reserva. Y como el resto de la familia no tenía previsto llegar a Casa Dulcinea hasta cerca de las 7 de la tarde, después de comer nosotros nos acercamos hasta Monforte, para que Berta y Ramón vieran la Torre y el Parador. Allí tomamos un café haciendo tiempo, hasta dirigirnos luego al punto de reunión.

Casa Dulcinea resultó ser, como los organizadores vaticinaban, un excelente lugar de reuniones. Cuenta con 6 habitaciones con baño incorporado, además de amplios salones, una gran cocina con mesa incorporada para un regimiento, y una finca estupenda, aunque en este caso nosotros no hicimos apenas uso de la misma, ya que el programa estaba centrado en visitas al entorno.

Y las primeras de esas visitas fueron los accesos a los miradores de Santiurxo y otro próximo, ambos cercanos a nuestro alojamiento.

Como ya dije, Miguel y Valentina habían llevado todo lo necesario para organizar unas buenas cenas y unos deliciosos desayunos. Para la primera cena dispusimos de empanada, chicharrones, quesos, una gran fuente de jamón y como plato fuerte un lacón para preparar asado al horno. Con todos esos elementos la primera cena resultó francamente espléndida, con la colaboración de todos los asistentes tanto en la preparación como luego a la hora de recoger. Y después de cenar una reunión de todo el grupo en el salón, en torno a la chimenea (que en esta ocasión no se había encendido). Ese tiempo sirvió para comentar un poco de todo entre los miembros del grupo, y también el programa de actividades de la jornada siguiente.

El sábado amaneció un día soleado y desde primera hora Ramón y Berta, los más madrugadores, pusieron su empeño en preparar los desayunos, siendo Ramón el que exprimía las naranjas para preparar los zumos, mientras también Miguel ponía las cafeteras al fuego y otros nos encargábamos de calentar la leche, cortar fruta, etc. Y poco a poco todos fuimos completando los desayunos para estar listos a salir en torno a las 10,30 – 11,00 horas.

La primera de las actividades era la visita a la bodega Alma de Donas, donde Roberto, el propietario, nos hizo una buena presentación de sus vinos después de habernos mostrado una parte de las viñas de las que se obtienen los caldos que comercializan. Sus vinos, todos con la denominación Alma… son basados en su mayoría en las uvas Mencía (para los tintos) y Godello (para los blancos y el rosado), con algunas incorporación de Garnacha, Treixadura, etc. La cata que nos ofreció resultó muy atractiva, probando un blanco (Almalarga), un rosado (Almalola) y un tinto (Almanova), acompañando todo ello con unas pruebas de queso y chorizo, para hacer más factible la prueba de los vinos a esas horas tempranas de la mañana.

Como quiera que hasta la hora de la comida no había tiempo para otra actividad, hicimos tiempo con un paseo por Peares, el lugar donde se juntan los rios Miño y Sil, y ya desde allí fuimos al restaurante elegido que era la Rectoral de Castillón, donde comimos muy bien. Es una edificación dedicada a alojamientos como casa rural y restaurante, que cuenta con una finca preciosa y muy bien cuidada.

Después de comer, tras pasar por el mirador Cabo do Mundo, situado junto a la bodega Abadía da Cova, donde están unas preciosas vistas del rio, nos dirigimos al Eco-Museo de Arxeriz, cuya visita según el plan inicial estaba prevista para la mañana, pero que se pospuso a la tarde por haberse alargado mucho la visita matinal a la bodega.

El museo en cuestión es la recuperación de unos edificios y unas fincas antiguas, en las que se hace exposición de barcas y artes de pesca en el río, un edificio con habitaciones del estilo de primeros del pasado siglo, una serie de plantaciones de viñas con la tipología de las características de las vides propias de Galicia, así como una pequeña recuperación de un castro. Todo ello en una ubicación privilegiada, con espléndidas vistas sobre el meandro del rio.

A continuación seguimos un recorrido que nos llevó hasta la playa de A Cova, donde intentamos hacer una parada para tomar algo en una de las terrazas allí existentes, con tan mala suerte que recién terminaban de cerrar los bares y nos fuimos de vacío.

El plan previsto a continuación era pasar a ver los viñedos en Belesar, pero dio la circunstancia de que el pueblo celebraba la fiesta de la cereza, y estaba cortada la carretera por la que deberíamos pasar, con lo que hubimos de darnos la vuelta para regresar hacia la casa. Sobre la marcha, Miguel y quienes circulaban en el coche de Paco (Elva, Coló y Manolo Souto), decidieron desviarse a ver, aunque fuese desde el exterior (ya no había guía) la iglesia de Santo Estevo de Ribas de Miño. El resto nos fuimos ya directos a Casa Dulcinea, para ir preparando la cena.

Esa segunda cena fue similar a la primera. Calentamos de nuevo el lacón en el horno y dimos cuenta del resto de chicharrones, empanada, jamón, queso, etc. Y con el mismo ambiente de la tarde anterior, más los vinos que habíamos traído de Alma de Donas, disfrutamos de una agradable velada, que terminamos nuevamente en torno a la chimenea, que esta vez había sido encendida y atendida de forma magistral por Ramón con unos troncos que los propietarios de la casa tenían allí dispuestos al efecto.

El último día de nuestra reunión, el domingo día 21, amaneció un día espléndido. Los preparativos del desayuno corrieron, al igual que la jornada previa, a cargo de Ramón, Miguel y los que nos fuimos incorporando a continuación. En esta ocasión además de recoger las cosas había que empaquetar los excedentes para dejar la casa limpia. Lo hicimos unos cuantos mientras el resto se dedicaban a recoger las habitaciones, cerrar las maletas, etc. porque los caseros venían a recoger las llaves de la casa entre las 11 y las 11,30 h. Y como aprovecharon hasta el último minuto, llegaron cuando justamente nos disponíamos a dejar las llaves bajo una maceta. Pero finalmente se entregaron en mano y todos pudimos marchar tranquilamente.

Como quiera que el programa principal del día era visitar Finca Míllara con el pueblo allí rehabilitado y más tarde dar un paseo por el río para terminar comiendo en un bar-restaurante cercano, ya desde Casa Dulcinea nos dirigimos a la bodega, donde nos recibieron Pepe Delgado y su pareja Patty, que fueron unos encantadores anfitriones durante todo el día.

Resultó que cuando Miguel hizo la gestión para la visita, supo luego que Pepe Delgado era amigo de Paco, que le lleva además algunos temas jurídicos. Nos mostraron la bodega, explicando el proceso de puesta en marcha y las características de los vinos que elaboran. A continuación nos ofrecieron una degustación de un par de vinos, acompañados de un poco de queso y chorizo, y finalmente nos llevaron a conocer su casa, por cierto una vivienda preciosa con unas increíbles vistas sobre el río, y allí mismo pudimos probar las deliciosas cerezas de un par de árboles que las tenían ya en su punto exacto de maduración.

Dejando ya la casa, bajamos por una empinadísima pendiente hasta un pantalán que tienen habilitado en el río, para embarcar en una lujosa lancha fluvial en la que nos hicieron un recorrido por una parte de la ribera en las proximidades de su pueblo para después hacer el recorrido hasta Pincelo, una aldea al borde del río, donde se encuentra la bodega-tasca Quinta Sacra, donde estaba encargada la comida. Resultó que la propietaria, Luisa, es amiga de Cuca y Pilar la estuvo saludando y dándole recuerdos.

La comida fue a base de cosas frías: empanada, quesos, tortilla, croquetas, algo de embutido, y al final unos filetes empanados. Como postre una tarta y unas rosquillas. Todo ello regado con algunos de los vinos de Finca Míllara. La mesa donde nos instalaron está ubicada un poco elevada sobre la ladera, con unas preciosas vistas, con techo ecológico, y hubo un ambiente fenomenal que nos dejó el mejor de los recuerdos de la visita al mismo, con ganas de repetir la experiencia en otra oportunidad. Terminada la comida, de nuevo regreso a la lancha para hacer el camino de vuelta al pantalán, despedirnos de los anfitriones, y aprovechar para hacer unas pequeñas compras de vino y aceite en la bodega.

El camino de regreso a casa que iniciamos allí, pasaba por visitar previamente a los padres de Valentina y conocer su casa. Es una vivienda enorme, perfectamente reconstruida desde su origen y en la que podría alojarse un regimiento, aunque los padres de Valentina son los únicos habitantes en la actualidad. Allí tomamos unos cafés y refrescos antes de volver a los coches para la ruta de regreso a los puntos de origen de cada uno, con lo que la jornada terminó con la llegada a casa sobre las 10 de la tarde-noche.

En síntesis, un fin de semana para el recuerdo que ha dejado muy alto el pabellón organizativo por parte de Miguel y Valentina y que nos lo pone complicado a los que tendremos que organizarlo en futuras ocasiones.

Semana de Esqui – 2023

Después de tres años de obligado parón a causa del Covid y sus consecuencias, este año mi amigo Rafa y yo volvemos a retomar nuestra costumbre de disfrutar de una semana de esquí a pleno rendimiento. La última ocasión fue en febrero de 2020, justo antes del inicio del confinamiento, y en los dos años posteriores no se pudo repetir primero porque todo estaba cerrado, y en el caso de 2022 porque además yo mismo había sufrido un pequeño accidente en una jornada de preparación en San Isidro, en diciembre de 2021.

Y volviendo al motivo de esta publicación, estuvimos un poco remisos a hacer reservas hasta hace menos de un mes porque apenas había nieve en las estaciones que nos gusta esquiar. Pero tras los temporales de inicios de año, todo cambió radicalmente y ahora los principales centros de esquí está a tope. Así las cosas, nos decidimos a reservar en Baqueira, estación ya conocida por nosotros porque aqui estuvimos en 2016, aunque yo también esquié en esta estación en diferentes años antes (creo recordar que en 1995, en 2002, y en 2009).

Y la semana de esquí elegida para este 2023 fue la del 5 al 10 de febrero (semana de 5 dias, como habitualmente). Nos alojamos en Betren, hotel TUCA, situado en el límite de Betren con Vielha, con lo cual estamos a solo 12 km del centro de la estación y tenemos a tiro de piedra toda la infraestructura hostelera de Vielha, porque no hay que olvidar que una parte importante de la semana de esqui es el aspecto gastronómico, que nosotros practicamos a conciencia.

Dia 0 – Domingo 5 de febrero

El viaje lo realizamos en coche, por toda la costa norte de España (la A-8) hasta la frontera francesa, haciendo el resto del recorrido por el sur de Francia, hasta volver a entrar en nuestro pais cerca de Vielha. Fué un viaje cómodo, y en algo menos de 10 horas nos plantamos en el hotel, con un par de cortas paradas para repostar y para tomar un refrigerio a modo de almuerzo. Ya en suelo francés, antes de llegar a destino, pudimos visualizar el imponente aspecto de los Pirineos, cerca de Lourdes, lo que hizo que empezasemos a imaginar una espléndida semana de nuestro deporte preferido. La conducción la llevamos a cabo turnándonos Rafa y yo como hacemos de forma habitual.

Llegados al hotel y acomodados, nos dimos un paseo por Vielha para visitar algunos de los restaurantes que habíamos ido seleccionando para estos días, en la mayoría de los cuales solo nos aseguraban mesa en esa noche para mucho más tarde, con lo cual optamos por hacer reservas para dias sucesivos. No obstante, finalmente encontramos un lugar donde cenar, que fue El Indecente, donde además de disfrutar de un excelente menu, a base de platos característicos del local y de la zona, el propietario nos hizo una amplia información sobre lo más interesante de por aqui, amen de contarnos toda su experiencia en este y otros negocios, informar sobre las particularidades de la clientela habitual de muchos de los restaurantes de Vielha, extranjeros adinerados (en buena parte rusos) que pagan unas extraordinarias minutas compuetas en la mayor parte de los casos por vinos de altísimo coste, caviar del Valle de Arán, y otras exquisiteces.

Dia 1º – Lunes 6 de febrero

Y llegado el primer día de esquí, nos sorprendió una jornada excelente, con un sol radiante, una nieve en estado impecable (nieve polvo de mucho espesor), y unas pistas bien acondicionadas, con pocos clientes, lo que permitía aprovechar al máximo el tiempo de moverse por ellasas, sin esperas en los remontes, con lo cual pudimos movernos por un montón de pistas durante más de seis horas, recorriendo muchos kilómetros. Nos movimos fundamentalmente por la zona de Beret, ya que para no tener que andar con los esquís a cuestas entre el aparcamiento de Baqueira 1500 y los remontes, nos fuimos a aparcar a Orri, como 10 kms más arriba, y donde te pones los esquís al lado del coche y tienes el remonte a 50 metros.

Por tratarse del primer día, hicimos solo recorridos por pistas azules, tanto por mis dudas ante la toma de contacto con la nieve después de mi lesión de rodilla, como por el propio deseo de Rafa de tomarse con calma esa primera jornada. Nos movimos por multitud de pistas, subimos por numerosos remontes, repitiendo solo algunos de ellos, e hicimos un pequeño parón a mediodía para tomar una cerveza al sol, mientras nos metíamos al cuerpo unas barritas energéticas, ya que como es nuestro hábito, durante la jornada de esquí apenas paramos, no hacemos comida formal, y reservamos nuestro apetito para la cena.

Después de un descanso merecido en el hotel para recuperar fuerzas, llegó la hora de la segunda cena. Habíamos reservado el día anterior en El Molí, un restaurante muy típico de Vielha, donde tenían calçots, que a ambos nos gustan y que tratamos de degustar siempre que se nos presenta la ocasión. Previamente nos habíamos llevado al estómago una exqusitez de la casa (Alcachofitas fritas con boletus y huevo trufado, un plato delicioso) y a continuación sendas raciones de calçots con salsa Romesco. Una delicia. Todo ello lo acompañamos con vino de la Terra Alta, Lafou, que resultó estar estupendo. Previamente la casa nos había invitado a la llegada con unas copas de cava, unas aceitunas y un poco de fuet. Para postre, aunque Rafa no quería, degustamos (como no!) una crema catalana, que también estuvo muy buena. En definitiva, una cena para recordar tras una excepcional jornada de esquí.

Dia 2º – Martes 7 de febrero

El segundo día amaneció ya nublado, aunque no se preveía nieve en las cumbres hasta pasado el mediodía. Pero no fue asi porque ya al salir del hotel comenzaban a caer pequeños copos de nieve, que fueron en aumento a medida que nos acercábamos a las pistas. Viendo el panorama, optamos por repetir dirigiéndonos a Orri. Hoy había menos coches, lo que implicaba menos gente en las pistas. Y ya para empezar las horas de esquí comenzó a nevar, en momentos de forma muy copiosa y en otros ratos sin apenas nieve. Pero la visibilidad, sin ser mala del todo, lo que implicaba era que se percibía muy mal el relieve de las pistas, con lo cual resultaba mucho más complicado esquiar con soltura. De hecho, ambos nos caímos, en una o dos ocasiones Rafa, y en tres ocasiones yo, siempre a causa de no poder ver bien el terreno por el que pisábamos. Caídas, en todos lo casos, sin más consecuencias que el consiguiente parón para volver a ponerse en pié, afortunadamente.

Según la aplicación de mi teléfono en esta segunda jornada recorrimos más de 66 kms (incluidos los tamos de remontes) y segun la propia aplicación, la distancia de esquí real serían alrededor de 31,6 kms, que no está nada mal teniendo en cuenta lo duro del clima, porque en las zonas altas el viento azotaba con cierta intensidad y en los remontes molestaba bastante a medida que nos acercábamos a las cimas. Por mi parte, sigo con cierto temor sobre las tablas, porque todavía no he conseguido recuperar la confianza previa a mi lesión, y en esta jornada he ido en todo momento a la cola de Rafa y no solo eso, sino que me ha tenido que ir esperando en la mayor parte de los recorridos por las pistas. Hemos seguido solo por pistas azules, porque con el mal tiempo tampoco nos apetecía subir de nivel. En cualquier caso, y como resumen del segundo día, aceptable.

Pero después de esquiar y descansar un rato, una buena cena es lo mas adecuado, asi que siguiendo el plan inicialmente previsto, nos dirigimos a otro de los lugares seleccionados, que era Urtau, un restaurante con platos típicos del Vall d’Aran donde nos han atendido de maravilla. Tras degustar un par de pinchos de la barra, ya en la mesa nos decantamos por unos Torreznos, exquisitos. Y como no podía ser de otra manera, una Olla aranesa, deliciosa, que nos recordó a la que en otro restaurante habíamos degustado ya en nuestra anterior visita en 2016. Continuamos con otra especialidad de la casa, una Butifarra a la brasa con verduras, y como remate unas Albóndigas de la cocinera. Todo espectacular, regado por cierto con un Acustic 2019, un vino de Montsant. No nos resistimos a tomar un postre de la casa. Y como cada noche, tras la cena un paseito hasta el hotel para bajar la cena, con la helada como acompañante, que en esta ocasión y pese al día nublado y nevado, estaba ya medianamente despejado y con la luna a la vista, preludio de que tal vez el próximo día de esquí no sea tan malo como se presumía.

Dia 3º – Miércoles 8 de febrero

El miércoles amaneció ya sin una nube, con un cielo azul increible, y por tanto unas excelentes expectativas para la jornada, aunque las previsiones meteorológicas decían que a primera hora de la tarde aparecerían las nubes. En cualquier caso, tras el desayuno nos dispusimos a subir a las pistas, teniendo previamente que hacer unos trabajos de limpieza del hielo que cubría los cristales del coche, aparcado frente al hotel. Decidimos ir directamente a Bonaigua, zona en la que nunca antes ninguno de los dos había esquiado. Llegados allí, había buen sitio para aparcar (poca gente), y de inmediato nos lanzamos a las pistas . Empezamos por las más próximas a la estación (Cap a Baqueira y Pleta del Duc) que recorrimos un par de veces, antes de cambiar para ir hacia Beret, para descubrir nuevas pistas. Y efectivamente nos encontramos con La Llança, a la que se accede mediante un doble arrastre, y desde allí bajamos repetidamente por Teso Dera Mina, Costes de Ruda y Lhastres dera Mina, par subir después a Cap de Baqueira, para recorrer Ta Arguls, Cara Nord, y otras antes de regresar a la zona de Bonaigua. Hicimos una corta parada para tomar un refrigerio, y sin perder tiempo volvimos a las pistas, repitiendo varias veces algunas de las pistas señaladas, que nos encantaron a ambos, tanto por el excelente estado de la nieve como por la amplitud de las propias pistas, siempre azules, aunque en muchas de ellas con palas importantes que eran más propias de pistas rojas. Por cierto, que en la primera subida que hicimos a la mañana en el remonte pudimos ver como un esquiador que bajaba mangado por una pista roja, voló por los aires y se pegó un imponente tortazo, al que luego vimos que retiraban en camilla, lo que nos recordó el accidente de Rafa en Sierra Nevada años atrás.

Segun las aplicaciones del teléfono, recorrimos un total de 63 kms en algo más de 6 horas, pero lo más importante es lo que disfrutamos, sin una sola caida, mejorando en cada descenso y descubriendo nuevas pistas en la zona de la Bonaigua que nunca antes habíamos practicado.

De regreso al hotel, y tras el obligado descanso, la cerveza que ya nos tomamos cada día al llegar a la habitación, y un par de horas de relax, ducha, etc… la salida para la cena. Hoy nos programamos para ir a Era Bruisha (La Bruja), una sidrería de la que nos hablaron en la recepción del hotel. Y como menú nos decidimos por un Paté Aranes, y un Chuletón de vaca vieja con alta maduración. Acompaños la cena con un vino de la zona (como cada día). En este caso se trató de Altosiós, un Costas del Segre, muy adecuado para el paté y el chuletón. Como postre, un delicioso Tatín. Y tras el café, un par de chupitos de Havana 7. En definitiva, que también a este local le dimos una alta calificación. Se ve que sabemos elegir, Y de regreso, ya dejamos reservado para mañana en otro de los seleccionados.

Dia 4º – Jueves 8 de febrero

Amaneció el día con algunas nubes, pero estas se fueron diluyendo de forma que cuando accedimos a la estación ya el cielo estaba prácticamente despejado del todo. Hoy decidimos volver a la zona de Beret, aparcando en Orri como en días anteriores, para aprovechar mejor el sol que ilumina esa zona en las primeras horas de la mañana. Y acertamos. Además tuvimos la ocasión de aparcar muy cerca del comienzo de la zona cubierta de nieve, con lo cual para salir y para llegar casi estábamos al lado del coche.

Pasamos la mañana moviéndonos por la zona de Beret, recorriendo varias veces las pistas Dera Reina, Beret 1-2-3 y 4, Collet de Marimanha, Ta Baqueira, etc. Y asi se pasaron varias horas hasta que decidimos animarnos a alguna pista roja, habida cuenta de que la nieve estaba espléndida, no hacía viento, y no había exceso de esquiadores en las diferentes pistas. Asi que decidimos lanzarnos a la pista Audeth, roja y con pocas pendientes, que resultó estar fenomenal y por esa razón la repetimos. Pero como además teníamos echado el ojo a otra roja, mucho mas amplia y con mas pendiente, decidimos ir también a bajarla. Es la pista Dossau, con una primera pala muy fuerte, pero que luego se suaviza. Es muy larga, y la disfrutamos un montón. Casi al final paramos a tomar un caldo y una cerveza en un bar situado en la propia pista. Y ya en horas de tarde, resultó que yo llevo todos estos días echando un ojo a dos pistas que, por las mañanas estan bloqueadas para entrenamiento de esquiadores de equipos selectos, pero que a última hora, sin que se hayan liberado las puertas de entrada, ya no están ocupadas. Asi que hoy, ya animados, nos metimos a ellas. Son las pistas Stadium Fernandez Ochoa y Stadium 2, preparadas para Slalom y Slalom Gigante. De modo que bajamos ambas pistas, lo que nos supuso un subidón de adrenalina, y antes de terminar la jornada decidimos repetir una de ellas. Una gozada.

En total, teniendo en cuenta toda la jornada, fueron 83,42 kms recorridos en algo menos de 7 horas. Todo ello con un sol envidiable, sin apenas viento y con poca gente en las pistas, de forma que en ningún momento hubimos de hacer cola en los remontes, ya que era prácticamente llegar y acceder a las sillas. He de reconocer que, de los 4 dias que han pasado de esquí, esta jornada ha sido sin duda la mejor.

Y después del rato de descanso en la habitación del hotel, la salida a la cena. Hoy habíamos reservado en WoollooMooloo, donde nos autoregalamos un buen tataki de atun, unos exquisitos Torreznos, aunque con denominación de Chicharrones, y luego Maigret de Pato para rafa y Risotto de Ceps (Boletus) patra mi. Lo completamos con una tabla de quesos para postre y todo ello regado con otro vino de la zona, en este caso un Punti..i, de Terra Alta.

Dia 5º – Viernes 9 de febrero

Ya desde el momento que, en la habitación, abrimos la cortina para ver como empezaba el día, se pudo confirmar que teníamos ante nosotros otra mañana preciosa de sol, sin nube alguna a la vista. Y como cada mañana nos fuimos a tomar el desayuno (por cierto, señalar que a ambos nos pareció muy completo y variado el bufet-desayuno del hotel), para después terminar de cerrar maletas, ya que era el momento de abandonar el hotel y dejar todo en el maletero hasta el final de la jornada de esquí, puesto que ya desde las pistas iniciaríamos el viaje de regreso.

Para empezar, volvimos al aparcamiento de Orri, donde se había demostrado que estábamos mejor situados para ir al primer remonte sin cargar con los esquís, aunque tampoco el de Bonaigua estaba mal. Y efectivamente, pudimos colocar el coche tan cerca de la nieve que teníamos acceso a él sin andar más de diez pasos. Y como anécdota, comentar que mientras nos colocábamos las botas, aparcaron a nuestro lado dos parejas que venían de San Sebastián, con los que se inició una corta conversación, y de la que resultó que eran los propietarios de un tal Antonio Bar, de Donosti, que nos recomendaron.

Y ya montados sobre las tablas, pudimos completar otra fenomenal mañana de esquí, centrada básicamente en el entorno de Beret, porque es donde a primera hora está la mejor orientación del sol. De forma que tras subir en el TSD Jesus Serra, nos tiramos por la pista Dera Reina, accediendo luego al TSD Blanhiblar, que nos llevó al Tuc de Cortajas, después de haber enlazado con el arrastre del mismo nombre, y asi, desde ese pico (2338 m) hacer la bajada directa por las pistas de Cortajás y Blanhiblar de nuevo hasta la base de los remontes. Luego repetimos la operación para aprovechar el magnífico estado de esas pistas, y posteriormente cambiamos para acceder al Tuc Audeth Dossau (2516 m) y asi repetir las pistas rojas que hicimos el día anterior, en las que ya desde la mañana lucía un sol de plano, que hacía suponer que la nieve en esas pistas no estaría demasiado dura. Para ello, subimos primero por el TSD Dera Reina, bajamos por Pins hasta el TSD Clot der Os, y bajamos por Cabanes, que nos llevó a la base del TSD Dossau. En la bajada por Dossau, de nuevo nos fuimos al TSD Clot der Os para bajar por la pista del mismo nombre, muy larga y especialmente interesante. El resto de la mañana lo pasamos repitiendo algunas de esas pistas, asi como Ta Beret 1, y 2, y después de una corta parada en la base de Beret, antes de despedirnos de las pistas nos volvimos a colar en las que estaban reservadas a los profesionales (Stadium 2), que a esa hora ya habían terminado los entrenamientos. Aunque ‘formalmente’ seguian esas pistas cerradas, nos colamos como el dia anterior e hicimos una sensacional bajada, que nos dejó muy alto el listón de la semana. Para regresar al coche volvimos al TSD Dera Reina, desde cuya altura (2350 m) ya nos lanzamos por Ta Baqueira hacia el aparcamiento. Como anécdota, el desvio desde Torn de Baciver hacia la parte baja de Ta Baqueira estaba cerrado, pero decidimos de todas formas cogerlo puesto que era el camino que nos llevaría justo al lado del coche. Efectivamente comprobamos en el descenso que la pista estaba en reparación, con algunos tramos sin pisar bien, pero en cualquier caso eso no nos impidió hacer el recorrido completo y llegar puntualmente al aparcamiento sin bajar de los esquís. Fueron, en cualquier caso, cinco horas y media de estancia en las pistas, con más de 53 kms recorridos en total. En fin, un cierre de semana de lo más adecuado.

Como particularidad con respecto a otros años, en esta ocasión planificamos que como el recorrido lo hacíamos por todo el norte para ahorrar casi 100 kms y una hora de viaje en coche, y al regresar, la noche de parada la haríamos en San Sebastián. Y nuestras chicas, que no pierden ocasión de escapar de casa, programaron que el viernes se reunirían con nosotros en San Sebastián, tras haber viajado en avión de Coruña a Bilbao y desde allí enlazar con Donostia en un rápido bus que tomaban justo en el aeropuerto. Y asi sucedió que nos encontramos en ese punto del recorrido. Ellas llegaron al hotel con algo más de una hora de antelación a nuestra arrivada y se lanzaron a visitar la ciudad. Cuando nosotros llegamos al NH Collection Aranzazu (por cierto, excelente y con una atención exquisita), tras la ducha y el cambio de look de monte a ciudad, nos reunimos con ellas para confirmar que San Sebastián tiene fama por el tapeo en sus calles de bares y la calidad de los pinchos. Lo verificamos en primer lugar en el Sport (uno de los recomendados) y más tarde cenando en el Antonio Bar (el que nuestros vecinos de aparcamiento nos habían sugerido, y que ‘curiosamente’ era propiedad de uno de ellos). Cenamos allí estupendamente (y la factura estuvo en consonancia, claro está) y después de la cena, nos fuimos a la cafetería del hotel a tomar unos chupitos, cafetería en la que había una gran animación, por cierto.

Sábado 11 de febrero

Empezamos el sábado desayunando en el Antiguo, un café cercano al hotel. Realmente no ígamos allí, pero el local al que Elena nos llevaba (recomendación de las guías) estaba completo en el interior y fuera era como demasiado forzado estar porque a primera hora de la mañana, aunque con sol, la temperatura era muy baja (entre 3 y 5 grados). El desayuno, sin ser en el sitio recomendado, estuvo bien, y nos preparó para una extensa jornada de paseo por la ciudad.

Nos dirigimos en primer lugar hacia la playa de Ondarreta, para llegar a donde está la obra de Chillida «El peine del viento» donde hicimos numerosas fotografías. Había mucha animación por ser sábado y estar una mañana preciosa, ya que a medida que avanzaban las horas la temperatura iba en aumento. Como sobre esa zona de la playa está el Monte Igueldo en principio pensamos en subir en el teleférico a disfrutar de las vistas de la ciudad desde ese punto, pero Elena comentó que las recomendaciones de las guías de turismo sugieren que el mejor momento para ver la ciudad desde ese alto es la hora del atardecer, asi que decidimos posponer la visita hasta la tarde.

En lugar de subir al Monte, pateamos toda la playa de Ondarreta, pasando bajo el Palacio de Miramar y conectando ya ahi con la Playa de la Concha, siguiendo todo el Paseo Marítimo, del que cabe destacar la personalidad de todos los edificios situados a lo largo del mismo, que dan idea de por qué esa ciudad fue y sigue siendo un lugar de veraneo de alto nivel, no solo en los tiempos en que la reina Maria Cristina pasaba allí sus veranos, sino actualmente. El paseo estaba repleto de gente, y también en el arenal había numerosas personas, además de quienes navegaban en pequeños velero o con tablas de padel-surf. En la mitad del paseo hicimos una parada en la terraza del café La Perla, naturalmente al sol.

Continuamos luego todo el recorrido del paseo marítimo hasta llegar al puerto deportivo, situado al final del paseo, y tras superar el edificio del Ayuntamiento. Previamente en el arenal descubrimos a un ‘abertzale’ que además de realizar un espléndido dibujo sobre la arena, dejaba su manifiesto mediante notas escritas en esa misma arena.

Y desde el puerto deportivo se accede directamente a toda la zona vieja, donde están la mayoría de los bares, que a esas horas (ya nos situábamos cerca de las 2 de la tarde) estaban en su mayoría abarrotados de gente. Pese a todo, logramos en uno de ellos encontrar un barril con 4 taburetes sobre los que hacer un pequeño descanso mientras metíamos al cuerpo unos suculentos pinchos y unas cervezas. Fue la primera parte de una comida informal, que se completó cuando tras varios intentos conseguimos una pequeña esquina en la barra del bar La Viña, famoso no solo por la calidad de los pinchos, sino especialmente por la tarta de queso. Allí, aunque de pie, degustamos algunas de sus especialidades, que terminamos completando con la indicada tarta de queso, que realmente merece todos los excelente calificativos que se le atribuyen. Y rematamos la comida tomando unos cafés en una terraza.

Como continuación a la visita de la ciudad, recorrimos el resto del paseo que nos llevó hasta donde está situado el Kursaal, que bordeamos para verlo desde diferentes ángulos. Es una obra impresionante, que me gustaría conocer también en su interior, y para ello estuvimos viendo la programación de actuaciones musicales y operas que nos permitan organizar un nuevo desplazamiento a la ciudad y hagan compatible la asistencia a alguno de esos espectáculos. Proseguimos el tour por la zona pasando ante el Hotel Maria Cristina, donde inicialmente pensamos en alojarnos pero de cuya idea desistimos al confirmar los precios y constatar que con esa diferencia podríamos disfrutar de una buena cena y alguna sesión adicional de pinchos por los bares de la ciudad. La elección fue adecuada puesto que el hotel NH resultó muy bien. Y siguiendo con el recorrido, llegamos hasta el puente de Maria Cristina, para visitar luego la catedral. Ya el tiempo no dió para más porque era la hora de ir a Monte Igueldo, desplazamiento que hicimos en taxi. Por cierto, señalar que en Donostia no es posible parar un taxi por la calle, porque alguna normativa municipal asi lo impide, y obliga a que tengas que llamar al teléfono de teletaxi, indicando donde estás para que te manden un vehículo.

Llegados a Monte Igueldo, lo que hay alli es un pequeño parque de atracciones, un poco a la antigua usanza, si bien parece que sigue teniendo éxito entre los peques ya que había numerosas familias con niños que disfrutaban con los tiovivos, coches de choques, etc. Nosotros nos limitamos a observar la puesta de sol y conseguir espléndidas vistas de la ciudad desde diferentes ángulos. Y terminada la estancia en lo alto del monte, decidimos continuar pateando la ciudad e hicimos la bajada a pie hasta la zona de Ondarreta, continuando desde allí otra vez hacia el centro a pie, camino que repetimos a lo largo del paseo marítimo, esta vez también bastante concurrido.

Para completar la jornada, localizamos el segundo Antonio Bar, situado tras el edificio del ayuntamiento, ya que nos habían indicado que en ese establecimiento preparaban la tortilla que había obtenido el 3º premio en el certamen nacional. Tiene la particularidad de que se prepara con 2 kg. de patatas, 3 docenas de huevos, pimiento y cebolla caramelizada. Es por lo tanto mucho mas gruesa de lo que estamos acostumbrados a ver en una tortilla, pero está francamente deliciosa, y por lo que se ve tiene una gran aceptación, porque se agota enseguida. Pudimos degustarla en la terraza del bar, al aire libre pese a que ya caía la tarde y empezaba a refrescar. Y ya con el estómago preparado y animado, volvimos a la zona de los bares para completar la cena a base de pinchos en un par de tabernas. El café, no obstante, decidimos ir a tomarlo, junto con un postre, a la cafetería del hotel que, como la noche anterior estaba muy concurrida y animada. Naturalmente para volver al hotel tuvimos que hacer el previo requerimiento telefónico del taxi.

Domingo 12 de febrero

Con la llegada del domingo, se terminaba nuestra semana de esquí ampliada con la visita de las chicas. Pero tratando de aprovechar al máximo el tiempo, planeamos hacer el recorrido hasta A Coruña con una parada intermedia en Gijón, ciudad que les apetecía visitar a Elena y Rafa y en la que Ipi hizo de anfitriona porque recientemente tuvo un desplazamiento hasta allí con los clubes de lectura para asistir a una conferencia con el último premio Princesa de Asturias de las letras, Juan Mayorga.

Empezamos la mañana acudiendo a desayunar al mismo lugar del día anterior. Pero ocurrió que, al ser domingo estaba cerrado. En su lugar descubrimos que enfrente estaba el BB Café, que era a donde Elena nos había querido llevar la mañana del sábado. Es un local pequeño en el que conseguimos acomodo de casualidad porque inmediatamente se llenó de gente. Desayunamos unas espléndidas y contundentes tostas con aguacate, salmón y/o pavo, que juntamente con los cafés y unos zumos de naranja ‘king-size’ nos permitieron mantener los estómagos sin queja hasta la hora de la comida.

Los 360 kms que separan Donostia de Gijón los cubrimos en algo menos de tres horas y media, conduciendo yo, pues ya habíamos acordado que Rafa lo haría por la tarde, hasta llegar a casa. Al entrar en Gijón buscamos un parking cercano a la playa para no dejar el coche (cargado con esquís y demás) a la vista. Y este resultó estar en una de las esquinas de la playa de Poniente, en la zona más alejada del puerto. Pero ello nos obligó a recorrer toda la playa hasta llegar al cogollo de la ciudad, y la parte de la misma donde más fácilmente podríamos encontrar un lugar par comer.

Tras ese recorrido bordeando la playa de Poniente bordeamos el puerto deportivo y nos adentramos después hacia la plaza mayor, no sin antes desde la iglesia de San Pedro, junto a las Termas Romanas, captar una vista completa de la playa de San Lorenzo y el resto de la ciudad. Y a continuación nos dedicamos a buscar donde comer, lo que finalmente hicimos en la sidrería San Bernardo, cercana a la plaza mayor. Fue una comida ‘de viaje’, sin especiales pretensiones, ya que de lo que se trataba era de dar alimento al estómago y cubrir el expediente hasta llegar a casa.

El viaje de regreso ya lo hicimos de un tirón, conduciendo Rafa, para llegar a destino sobre las 8 de la tarde-noche. En definitiva, una excepcional semana de nieve y turismo, para recordar.

Los valores de la amistad

Este pasado sábado, día 10 de diciembre, a raíz de la cena que compartimos en el restaurante Tira do Playa para, un año más, celebrar la proximidad de la Navidad y sobre todo el hecho de poder realizarlo en grupo como lo hemos venido haciendo de forma habitual desde hace muchos años, se me ocurrió hacer una reflexión sobre el valor de saber conservar esos vínculos de amistad que hemos sabido mantener dentro de lo que podemos denominar «grupo Chiringuito» desde hace más de 10 años.

Y por esa razón me he puesto a bucear en los álbumes de fotos para ver si encontraba la más antigua de las que tenemos en la que estemos los 12 del «nucleo duro» (es decir, los insistentes) y me he topado con dos, una del 2012 y otra del año 2013. Hay un par de fotos previas. En ambas todavía no están Teresa y Roberto, que se integraron poco después. En una de esas dos fotos, del año 2009, están además Mary y Chus, que inicialmente formaron parte del grupo y con el paso del tiempo se han ido alejando por diferentes razones, aunque mantenemos el contacto externo.

En la segunda de esas fotos, de febrero de 2012, en la antigua casa de Ipi, se hacía la celebración del Botillo. En esa foto está Chus, pero no Mary. Aparecemos todos bajo la bandera del Bierzo, que ya sabeis que mi chica es muy de su tierra.

Y volviendo a la primera de las que estamos los 12, es de abril de 2012, esta vez en el Chiringuito, y en ella además de los actuales está Mary, pero no Chus. Organizamos un lechazo, que como casi todas las cosas que hemos hecho en grupo, salió estupendo.

Lechazo 2012

Ya metidos en el año 2013, volvemos a reunirnos para celebrar el Botillo, en esa ocasión en el Chiringuito. Y ese año contamos con la asistencia de Joaquim, Carmen, y una pareja amiga de Ipi (Justo y Marga) que tenían interés en saber como era eso del botillo, y dieron un toque de originalidad a la reunión. Supongo que todos recordais aquel evento.

El año 2013 fue bastante prolijo en actividades y hay un par de fotos que atestiguan las reuniones de todo el grupo. La primera de ellas, en septiembre, tuvo por objeto conmemorar la marcha de Hajar, la niña marroquí que tuvimos con nosotros durante 3 meses. En esa imagen, en el Chiringuito, estamos todos los del grupo con la niña.

Y un mes más tarde, en octubre, nos fuimos de fin de semana a una casa rural. Caminamos como locos, por sendas que, viendo hoy las fotos, se deduce que estamos en plena forma porque hay cuestas increíbles, pero ni siquiera nos perdimos, lo que también es un éxito en nuestro caso.

En el ano siguiente, 2014, hay otra foto en el Chiringuito, que curiosamente es la que ahora tenemos puesta como foto fija en el whatsap del grupo. No recuerdo cual fue el evento que se celebró, pero todo estuvo muy rico.

A partir de esa fecha, sin tampoco pelearme demasiado en rebuscar en los archivos, no vuelvo a localizar fotos con el grupo al completo hasta el año 2020.

Sin embargo, como el objeto de esta publicación es felicitarnos mutuamente por lo que supone de éxito el mantener nuestras buenas relaciones, tanto como grupo conjunto como en reuniones parciales, sería demasiado redundante el detallar todas y cada una de las celebraciones que hemos hecho, ya sean los botillos, las sardiñadas, las mariscadas, las october o november-fest, las cenas navideñas, comidas solidarias, las meriendas o cenas en la terraza de Elena y Rafa, las comidas o cenas en chez-Bra o en chez-Verdes, y naturalmente los «saraos» de Cambre, etc. etc.

Faro da Punta Nariga. Malpica

Volviendo a las fotos, en 2020 pese al Covid, tuvimos la reunión del Parador de Muxía y posterior recorrido por la Costa da Morte y comida en Malpica. Allí volvimos a juntarnos los 12 y escapar momentáneamente de las restricciones que la pandemia nos imponía de forma periódica.

Y llegados a este punto, aprovechando la reciente reunión del pasado sábado, vuelvo a la reflexión principal, y es que considero que todos tenemos un importante mérito en conseguir que, transcurridos un mínimo de 10 años desde el inicio del colectivo «12» o Chiringuito, si preferimos denominarlo como el grupo de whatsap, seamos capaces de mantener ese buen ánimo para juntarnos periódicamente y celebrar todo lo que se nos ocurra.

No me cabe duda alguna de que es un mérito colectivo, superando mosqueos puntuales cuando ha habido alguno, pero aportando todos la buena voluntad imprescindible para mantener la unidad. Seguro que todos tenemos en nuestras cabezas experiencias de grupos de amigos anteriores que, con el paso del tiempo se han perdido por falta de interés o por motivos de todo tipo.

Y nosotros, en este caso, no solo hemos conseguido mantener la mecha siempre encendida sino que también hemos estado abiertos a la incorporación de otras personas, unas veces puntual y otras veces con idea de permanencia. Y así lo atestigua el hecho de que la última de las fotos, la que servirá de cierre de este rollo filosófico, aparece con la presencia de las recientes incorporaciones de Elvira y Carmela, que vienen siendo ya habituales en nuestras reuniones semanales.

Y si el tiempo no lo impide, con el ánimo que nos caracteriza, seguiremos mientras sea posible celebrando todo tipo de acontecimientos. Amen.

Un finde para recordar

Este último fin de semana, es decir el último del mes de noviembre, ha sido especialmente interesante y merece la pena ser destacado tanto por la cantidad de actividades realizadas como por la diversidad y excelente resultado de las mismas.

Para empezar, y anticipándome al propio finde, el pasado jueves día 24 tuvo lugar en la sede de Espazo+60, de Afundación, una presentación del programa Historias Vividas para el próximo año, y para animar a los posibles interesados, la organización nos invitó a quienes el pasado año escribimos y completamos nuestro Libro de Vida a que expusiésemos a los asistentes nuestra particular visión del programa. Fue un acto sencillo, breve y de lo más natural, en el que volvimos a encontrarnos cinco de los siete que lo completamos en los años 2020 y 2021.

Lucia Fumero Trio, en Afundación

Y ya entrando de lleno en las actividades a que hice antes referencia, para el viernes 25 teníamos reserva de entradas en el auditorio de Afundación para asistir al concierto de jazz de Lucía Fumero Trio. En su momento reservamos para Pilar y para mí, y junto a nosotros incluimos a varios de los habituales del grupo, aunque finalmente no todos pudieron asistir y repartimos las entradas entre otros conocidos para no desaprovecharlas. Lo cierto es que todos los que acudieron salieron tan satisfechos como nosotros con la gran actuación del trio. Las composiciones eran todas de Lucía Fumero, que las interpretaba al piano, junto a un contrabajo y un batería que cumplieron a la perfección.

Tras el concierto, María José había reservado para cenar en Gatopeixe un local cercano a la plaza del Campo de Artillería. La cena no estuvo mal, sin ser nada especial, pero el local es muy ruidoso y estaba abarrotado de los parroquianos próximos, por lo que en cuanto terminamos de cenar salimos de allí sin alargar la sobremesa.

El sábado amaneció gris, pero sin lluvia, por lo que nos animamos para hacer una caminata. Dentro del amplio abanico que Ipi tiene anotados para ocasiones similares, optamos por ir a una que se desarrolla en el entorno del Encoro de Cecebre. Sus anotaciones (que no sé exactamente de donde procedían) indicaban que la ruta se llevaba a cabo entorno a la mitad más o menos del embalse, pero al llegar allí nos encontramos con que hay una ruta perfectamente diseñada y señalizada que discurre alrededor del citado embalse, pero más amplia que la que ella tenía guardada. Pese a que yo tenía claro que, al menos en apariencia, la señalizada allí era más interesante, al final me dejé guiar por el interés de Ipi en la suya, y allí nos dirigimos.

Y resultó ser una complicación porque esa ruta se separaba de la principal, sin estar debidamente señalizada, con lo que terminamos haciendo un recorrido de lo más complicado, por caminos muchas veces poco transitables, y guiándonos más por la orientación del embalse, aunque la mayor parte del tiempo haciendo un recorrido mucho más lento, poco accesible y que finalmente nos hizo tardar mucho más en proporción a lo largo de la senda. Hay que señalar que en buena parte del curso de la marcha los caminos eran francamente atractivos, pero en el conjunto tengo la seguridad de que hay que volver a recorrer la ruta por la senda señalizada.

Aunque más tarde de lo inicialmente previsto, llegamos cerca de las 3 de la tarde al punto inicial, que está junto al restaurante Las Tablas, que yo conocía ya de cuando algunos domingos iba a jugar al futbol a los campos de deporte de Abegondo, porque al final del partido nos juntábamos allí para tomar unas cañas y unas tapas de callos.

Como quiera que el local estaba a esa hora a tope, tuvimos que esperar un rato para poder comer, pero al final lo hicimos y, tras la comida, regresamos a casa, antes de proseguir con el plan fijado para la tarde. Y ese plan no era otro que asistir a la función del Teatro Rosalía, a la representación de una obra sobre la vida de Ramón Areces, el fundador de El Corte Inglés. La obra no valió gran cosa, mas bien diría que fue un fiasco. De hecho en su momento, cuando cogimos los abonos del teatro, esta era una de esas obras que ponen como añadidas y no la habíamos adquirido. Pero como tenían las entradas Mayi y Fernando y tenían un viaje, nos las cedieron y por esa razón fuimos a verla.

A la salida del teatro, como no habíamos reservado para la cena, encontramos todo abarrotado y tuvimos dificultades para encontrar un local donde poder tomar algo a modo de cena, lo que conseguimos finalmente en el Mesón El Real, sin grandes pretensiones.

La mañana del domingo empezó con un apretado programa, ya que a las 12,30 teníamos en Bellas Artes un concierto de guitarra acompañado de un recital de poesía. La poeta, Yolanda Castaño, a quien ya conocíamos por un recital años atrás en el Agora, desgranaba algunos versos y a continuación José Manuel Dapena, acompañado de su guitarra, interpretaba algo de Granados. Fue una magnífica actuación de ambos, que al final nos obsequiaron con otro poema de Yolanda mientras de forma simultánea el guitarrista acompañaba sus versos con el Romance español. Este cierre resultó ser lo mejor de toda la actuación, ya que si el resto fue bueno, el hecho de que en ese bis música y palabra estuviesen al unísono, le añadió un plus especial.

La segunda actividad de las programadas el domingo era una comida en Ecletic, un restaurante que a mi siempre me ha gustado y al que no habíamos ido desde que se cambió de ubicación. Ahora el local es mucho más amplio y acogedor, y el menú más variado y elaborado, si cabe, que antes. Tras la recepción, un aperitivo de pie frente a los fogones, y antes de acompañarnos a la mesa. Los menús, corto y largo, se diferenciaban únicamente en 3 bocados, porque el largo añadía caza (en esta ocasión pichón) y un postre adicional. Se compuso de un variado de verduras, productos del mar y carne.

A destacar, a mi gusto, un carpaccio de buey, los bocados de berberecho, sardina y ostra, el solomillo de vaca vieja y el pichón, amen de que el resto de bocados estaban exquisitos, al igual que los postres.

Para acompañamiento, después de barajar diferentes alternativas, un Pinot Noir, ligero pero delicioso. En definitiva, una comida digna de recordar y que repetiremos no tardando mucho, con toda seguridad. De hecho Ipi que no es demasiado partidaria de los menús degustación y que en las anteriores visitas a este restaurante no había quedado entusiasmada, en esta ocasión terminó encantada con el menú, la atención, y el conjunto de la velada.

Para terminar la jornada del domingo, teníamos previsto ver por TV los partidos del Depor y de la selección española. Al primero de ellos llegamos solo a la segunda parte, dado lo prolongado de la comida, pero tuvimos la satisfacción de ver como mi equipo ganaba a domicilio. Y en el caso de la roja, el empate ha sido un buen resultado, y el partido estuvo disputado y emocionante.

En definitiva, que el conjunto del fin de semana ha sido más que satisfactorio, y digno de recordar.

A Coruña y el mar

Decir que la ciudad de A Coruña y el mar son algo inseparable es una perogrullada, por evidente, pero es una realidad que define en buena parte a los que somos naturales de esta ciudad y también a muchos de los «allegados» que se han instalado aquí hace más o menos tiempo.

Y quienes además somos amantes del mar, lo tenemos mucho más claro y lo vivimos de forma más intensa, por lo que en muchas ocasiones nos cuesta estar alejados de aquí y cuando tras una estancia prolongada lejos de la ciudad regresamos a ella, la visión del mar nos relaja y nos hace sentir bien.

Recorrido Habitual

Yo tengo por costumbre, como ya comenté en este mismo espacio hace algún tiempo, salir a caminar al menos un par de veces por semana recorriendo el paseo marítimo, ya sea en dirección a El Portiño o con más frecuencia en dirección a la Torre de Hercules, y continuando hasta la zona del dique de abrigo y regreso por los jardines, siempre a ser posible lo más cerca del mar, es decir, por los caminos que rodean la Torre, hacia la Caracola, los Menhires, San Amaro, y vuelta al paseo.

Jueves 17 Novbre.

En ese recorrido de aproximadamente 10 kms suelo emplear algo más de hora y media, pero hoy lo alargué porque durante el recorrido hice numerosas paradas para observar y tomar muestras gráficas del estado del mar, ya que estamos con uno de esos temporales que en repetidas ocasiones nos manda la meteorología y que son un espectáculo digno de observar, de forma especial para quienes vemos el temporal desde la barrera, es decir, desde la costa. Imagino que quienes tienen que vivirlo desde dentro (navegantes, en general) lo sufren de otra forma más dura.

Y de ese recorrido quiero dejar hoy constancia gráfica. En el tramo que va desde la coraza hasta la fuente de los surfistas, se podía observar con gran detalle las olas que llegaban a las playas del Orzán y Riazor.

Continuando el recorrido hacia la Torre, me gusta desviarme del paseo para acercarme al borde del mar, pasando junto a la Casa de los Peces, y hoy el mar batía con fuerza en las rocas que bordean el Aquarium creando un espectáculo impresionante.

El entrante hasta la playa de las Lapas estaba, naturalmente, mucho más movido que de costumbre, pero no tanto como lo hemos visto en otras ocasiones. Y una vez rodeada la playa, cuando se comienza el ascenso por el sendero que, bordeando la torre, nos lleva hasta las rocas donde los percebes y los pulpos tienen «denominación de origen», las vistas que se podían observar mirando hacia el Aquarium volvían a dejar constancia de las rompientes en aquella zona.

Una vez que se supera la altura de la Torre, siguiendo siempre el sendero que serpentea las rompientes, aparece el entrante donde hace casi 30 años el Mar Egeo se alojó sin pedir permiso, produciendo uno de los mayores desastres marítimos que hasta entonces habían perjudicado a nuestras costas, tras el encallamiento del Urquiola a finales de los años 70 del siglo pasado. Desde allí comenzamos ya a ver a lo lejos la punta donde está ubicada la Caracola, y continuando al borde del mar llegamos al lado opuesto, desde donde la imagen de la Torre de Hercules se deja ver sobre las rompientes.

Dejando atrás la Caracola y antes de enfilar hacia San Amaro, pasamos junto a esos cubos que hace ya muchos años alguien decidió instalar en ese promontorio, no sé si para que fueran utilizados como observatorio de aves o como refugio temporal de caminantes a los que les sorprende la lluvia durante el recorrido. Hace unos años en uno de mis recorridos encontré allí a un gaiteiro que interpretaba el himno del antiguo reino de Galicia. Hoy, junto a los cubos y mirando al océano hay unos bancos en los que el caminante puede deleitarse con la vista de la inmensidad del mar.

El camino prosigue, siempre sobre las rocas, y comienza a verse a lo lejos el campo de los Menhires, llegando a los cuales, si volvemos la vista atrás, nos encontramos otra vez con las olas rompiendo de forma abrupta contra la costa. Y siempre continuando al frente nos tropezamos con el cementerio Arabe, en el que después de años de cierta desidia en su cuidado, en las últimas semanas han hecho una amplia limpieza de las malas hierbas que lo poblaban, y están actualmente instalando nuevas plantas que le cambian, por supuesto para bien, la imagen interna. Es algo que hay que agradecer al gobierno local. Un poco más adelante está la que algunos denominan playa de los moros (imagino que por su cercanía al cementerio árabe), y en la que en los meses de verano algunos privilegiados, entre los que me incluyo, podemos disfrutar del mar y del sol como Dios nos trajo al mundo. Es una playa pequeña, pero dotada de las características que habitualmente se exigen a aquellas adornadas con bandera azul.

Un poco más adelante, antes de llegar a la playa de San Amaro, nos topamos al borde del camino con la Sirena, desde donde se divisa ya el dique de abrigo. Por cierto que hoy había un grupo de escolares que jugaban (imagino que en su rato de descanso entre clase y clase) sobre la arena, mientras los embates del mar hacían que las olas superasen y desbordasen el pequeño muelle anexo a las instalaciones del Club del mar San Amaro.

Volviendo a la senda del paseo, comenzaron a verse hoy numerosos turistas que pronosticaban la presencia en puerto de algún crucero. Pese a estar una mañana muy gris, amenazando agua, los visitantes recorrían el tramo que discurre entre el puerto y la Torre de Hércules. Hace un par de semanas, en otro paseo similar al de esta mañana, encontré por la misma zona a multitud de turistas extranjeros, algunos de los cuales circulaban en bicicleta (todas ellas iguales, imagino que proporcionadas por el propio crucero), y otro grupo en el mismo sentido, pero con patinetes eléctricos. En ambos casos me hicieron recordar el viaje que este verano hicimos por los fiordos noruegos, entre Bergen y Kirkenes, pasando por Cabo Norte, y lo grato que es pasearse por esas ciudades en las que se cuida el turismo, se facilita la estancia de los visitantes, y con ello se consigue la proyección de la ciudad en el exterior. Mi felicitación a los responsables municipales de turismo.

A lo largo del tramo del paseo marítimo que discurre entre el cementerio y el dique de abrigo, además de los turistas se podía ver hoy a algunos pescadores que, animados por el fuerte oleaje, trataban de sacarle al mar alguna lubina despistada. Me resultó también sorprendente el ver a un velero que, desafiando el fuerte oleaje, se disponía a abandonar el puerto dirigiéndose hacia alta mar, mientras unos turistas fotografiaban la escena.

Ya llegados al dique, y pasando el Castillo de San Antón, la afluencia de turistas era más numerosa por la proximidad del barco que, sin ser el de mayor tamaño de los que nos han visitado era lo suficientemente grande para poblar la ciudad de visitantes. Imagino que esa gente que llega a la ciudad valorará de forma muy positiva el hecho de desembarcar en el centro de la urbe, sin tener que estar obligada a importantes desplazamientos para visitar lo más significativo de A Coruña.

Outono Gastronómico 2022

Al igual que en los dos últimos años, también en este 2022 quisimos apuntarnos al Outono Gastronómico, seleccionando en esta ocasión como destino la zona de A Rua y aledaños, y como alojamiento la Casa Rural Pacio do Sil, en las proximidades de A Rua. Y las fechas seleccionadas fueron las del finde del 24-25 de septiembre, condicionado principalmente por la dificultad de encontrar una casa que nos permitiera solo una noche y que además tuviese capacidad suficiente para alojar a los asistentes habituales de los años 20 y 21.

Pese a todo, la proximidad de las fechas y las numerosas ocupaciones de algunos de los que en esos otros años habían asistido, limitaron a 5 el número de parejas que nos apuntamos al plan.

El programa fue concienzudamente preparado por Ipi, teniendo como punto principal la visita al Santuario de As Ermidas, a realizar el domingo 25, pero que en la jornada previa del sábado tenía ya otros destinos que quedaban de camino.

De ese modo, el sábado 24 nos pusimos en marcha a las 9 de la mañana en 3 vehículos, ocupado uno de ellos por Armando y Pila, un segundo conducido por Jose y llevando como acompañantes a María, Rafa y Elena, y el tercero conducido por Fernando a quien acompañábamos Mayi, Ipi y yo. Con este sistema, evidentemente mientras unos conducían… otros viajaban como señorones…

Pero ya se sabe que en todo tiene que haber ricos y pobres….

El primero de los destinos fue Castro Caldelas, donde tras llegar hicimos una breve parada en un café del centro del pueblo, para degustar unos trozos de bica acompañando a los cafés de rigor. Y de inmediato nos dirigimos a la primera de las visitas, que no era otra que al Castillo que domina el pueblo, una fortaleza medieval que fue la mas importante de la Ribeira Sacra y tuvo un papel muy activo en los conflictos de la época, y en especial en la denominada Revuelta Irmandiña. En él recorrimos las diferentes estancias, en algunas de las cuales hay exposiciones temporales. Durante algo más de una hora pudimos fotografiar no solo el interior del propio castillo, sino también aprovechar su privilegiada situación para observar desde allí todo el entorno.

Tras la visita al castillo, nos dirigimos a la iglesia de Santa Isabel, en las proximidades, que tiene al lado el cementerio, y desde donde también hay unas excelentes vistas del valle situado junto a la localidad. El paseo por el pueblo fue muy relajante y agradable, pero como el programa de visitas era amplio, no tuvimos mucho tiempo para alargar la estancia, y hubimos de volver a los coches para continuar la marcha, con destino a Puebla de Trives.

Llegados a Trives y tras buscar aparcamiento, hicimos un corto recorrido por el pueblo, que realmente no tiene mucho que ver, al margen de la torre del reloj, y la plaza del Grifo, donde los peregrinos que viajaban hacia Compostela hacían un alto para refrescarse. Allí teníamos hecha la reserva para la comida. El restaurante elegido era La Viuda, recomendado por una amiga de Ipi, donde nos atendieron estupendamente y pudimos degustar algunas especialidades de la zona y de la casa. Resultó una comida agradable. Al terminar, de camino hacia los coches hicimos una parada en una confitería-café próxima, para adquirir las características Bicas de Trives.

Desde Trives nos dirigimos hasta una zona próxima, los Castiñeiros de Pumbariños, una serie de enormes castiñeiros, entre los cuales hay uno que destaca sobre los demás por su envergadura, lo que da idea de su antigüedad. Alli aprovechamos para hacer las fotos de grupo, y por parejas, para el archivo particular de cada uno y para enviar a la familia,

La siguiente parada, de camino hacia nuestro alojamiento, la hicimos en Ponte Bibei, un puente romano situado junto a la antigua calzada también romana donde además pudimos observar un par de miliarios de la época. Fue un alto en el camino para hacer algunas fotos.

Y ya desde allí, ruta directa hasta la casa rural, a donde llegamos poco después de las 7 de la tarde. Apenas tuvimos tiempo de dejar los equipajes en las habitaciones, porque nos recomendaron acercarnos al lago próximo, que viene a ser la cola del embalse, desde donde pudimos contemplar una excelente puesta de sol y tomas espléndidas fotografías del momento, a la vez que dar un pequeño paseo por el entorno del lago.

De todas formas, en poco mas de una hora regresamos a la casa Pacio do Sil con la idea de tomarnos una cerveza previa a la cena. Pudimos hacerlo, pero aprovechando las últimas existencias que tenían disponibles porque, al parecer, este era el primer fin de semana que la casa estaba abierta tras la pandemia y no se habían molestado en acopiar más que lo imprescindible para preparar la cena y el desayuno. El propietario nos argumentó que los precios que la Xunta había fijado para las actividades del Outono Gastronómico apenas cubrían sus gastos, lo que nos pareció poco adecuado, ya que entendimos que si no era atractivo para ellos, lo que deberían hacer es no adherirse al programa, pero no venía a cuento tratar de justificarse ante nosotros por sus carencias.

En cualquier caso, pasamos a la cena, que no fue gran cosa. Ninguno de los dos menús ofertados estuvo a la altura de las expectativas (que ya no eran muchas). Cabe señalar la buena voluntad y el interés de la hija de los propietarios por atendernos bien, pero desde luego sin ninguna duda este ha sido el peor de los tres Outonos que hemos disfrutado, y desde luego si para el próximo año el programa continua y decidimos acudir, deberemos estudiar y valorar con más cuidado la casa rural en la que alojarnos. El desayuno de la mañana siguiente no mejoró la cena.

Ya abandonada la casa el domingo 25, habíamos concertado con un guía -José- la visita al santuario de As Ermidas, para lo cual acordamos encontrarnos con él en la carretera de acceso al santuario. Es una empinada y estrecha carretera que va recorriendo las estaciones del vía crucis hasta llegar a la base de la iglesia. Nuestro guía nos explicó con todo lujo de detalles todo lo relativo a la construcción y orígenes del santuario, inicialmente desde el exterior y más tarde desde el propio interior del mismo, accediendo a todas las dependencias. La visita duró un par de horas que a alguno se le hicieron largas aunque a la mayoría les resultó de gran interés.

Si bien cuando iniciamos la visita prácticamente éramos los únicos visitantes, a lo largo de la mañana la afluencia de fieles o turistas fue en aumento y cuando terminamos había ya bastante gente. Nos explicó José que el próximo fin de semana aquello estará abarrotado ya que coincide con la celebración anual del santuario.

Saliendo ya de As Ermidas hicimos una parada en los aledaños, para ver un molino de agua próximo, y ya desde allí tomamos rumbo directo hacia nuestro último destino del fin de semana, que era el Pazo do Castro, en Barco de Valdeorras, lugar elegido para la comida final de nuestro periplo por las tierras de Valdeorras.

Como quiera que llegamos con algo menos de media hora de antelación al horario fijado, y habida cuenta de que estaba un día espléndido, decidimos solazarnos en la terraza exterior del Pazo mientras nos tomábamos unas cervezas como aperitivo previo.

El Pazo do Castro es una antigua propiedad rehabilitada años atrás y acondicionada como hotel, con una serie de habitaciones en la edificación principal que han sido ampliadas construyendo otras en edificaciones anexas (antiguas caballerizas). Hoy el Pazo está dedicado a la celebración de eventos y es el principal alojamiento de la zona, así como el de mayor nivel de Valdeorras. La comida resultó francamente bien, con lo cual nos dejó un excelente regusto gastronómico del Outono 2022. Y al final de la comida en el interior del restaurante, optamos por salir a tomar el café en la terraza donde ya previamente habíamos disfrutado del aperitivo.

Y ya luego dimos por terminadas las jornadas de Outono Gastronómico por este años y todos los asistentes nos despedimos para el regreso a casa, felicitándonos mutuamente por el buen fin de semana disfrutado y la exitosa organización de Ipi.

Por Tierras de Castilla

Hace muchos años que este viaje por las tierras de Castilla estaba esperando al momento adecuado para llevarlo a cabo. Y se debe a que el que fue mi suegro, Jesus Conceiro Ruiz, fallecido en julio de 2009, siempre quiso que sus restos reposaran en la tierra de donde era natural y que tanto le gustaba. Aunque nacido en Amusco, provincia de Palencia, añoraba toda Castilla, y sus amplias llanuras.

Ipi en Urueña, Octubre de 2019

Durante muchos años sus cenizas estuvieron esperando el momento adecuado ya que en vida de Pilar, la que fue su esposa, se mantuvieron inicialmente depositadas en el camposanto de Riveira. Pero Ipi, que se convirtió en la depositaria de su legado mental asumió que, tras la muerte de su madre, había que cumplir con los deseos de Jesus y llevar sus restos a las tierras castellanas. Y para ello Ipi eligió como destino Urueña, la llamada ciudad del libro, que su padre, buen amante de la lectura, había conocido en sus recorridos por aquellas tierras. La elección de ese destino la tomó Ipi en un viaje que nosotros realizamos allí en octubre de 2019, regresando de Almería. De modo que tras aquel paso nuestro por esa localidad, comunicó a sus hermanas y sobrinos que Urueña sería el lugar donde reposarían las cenizas de Jesus. A partir de ahí se encargó de preparar el viaje, fijar las fechas y hacer las reservas de alojamiento. Pero poco despùés llegó la pandemia, las restricciones de viajar, y las sucesivas olas de Covid que durante más de dos años impidieron la realización del proyecto hasta ahora.

Llegado el momento, el sábado 17 de septiembre tomamos rumbo a Castilla, teniendo como destino inicial la localidad de Villagarcía de Campos, para visitar la Colegiata, a la que allí conocen como El Escorial de Campos por algunas similitudes con la obra encargada por Felipe II. Esta visita formaba parte de un amplio programa que Ipi preparó y que sobre la marcha hubo de modificar debido a las dificultades para conseguir el acceso a buena parte de las inicialmente previstas. En la Colegiata tuvimos una guía que demostró ser buena conocedora de toda la historia del lugar, y de las peripecias de la vida de Jeromín, hijo ilegítimo de Carlos V y por tanto hermano natural de Felipe II, a quien más tarde llamaron Juan de Austria. Este, (Jeromín) se había criado en aquel lugar bajo la protección de Magdalena de Ulloa y el prior del monasterio, Luis Quijada. La Colegiata tiene en efecto mucho que ver, y tuvimos ocasión de verificarlo en una prolongada visita durante esa mañana del sábado.

Por eso este año, una vez superados los inconvenientes, se reprogramó todo para llevar a cabo su idea en el fin de semana del 17 y 18 de septiembre. Por diversas circunstancias el número de asistentes al acto quedó reducido a dos de las hijas (Amalia e Ipi) junto a sus respectivas familias directas, es decir un total de 7 personas.

De paseo por Urueña

De Villagarcía de Campos marchamos a Urueña, donde teníamos encargada la comida en el Mesón que lleva el nombre de la localidad, en el que nos atendieron bien y comimos de forma aceptable, después de haber tomado un aperitivo con unos torreznos en la terraza de un bar local. Terminada la comida, una pequeña siesta en los bancos de la plaza, al aire libre, para retomar fuerzas de cara a las actividades previstas para la tarde.

Y la primera de esas actividades consistió en la visita al Museo de la Música, en el que pudimos ver más de 600 instrumentos musicales de muy diversas épocas y de todas partes del mundo, guiados por una locución que nos iba desgranando las particularidades de los instrumentos, situados en vitrinas, con el sonido de algunos de los previamente seleccionados. La visita resultó interesante, y al parecer los instrumentos allí expuestos son aproximadamente un 50 % de todos los que tiene el museo en sus fondos.

Completada la visita al museo, nos dirigimos a las almenas de la muralla de Urueña, desde donde las vistas de las llanuras castellanas son realmente impresionantes. Allí, tras un paseo relajado por la muralla, procedimos a leer algunos versos de autores castellanos y también un pequeño relato escrito por el propio Jesus. Fue el paso previo a depositar las cenizas en las tierras de Castilla como Jesús manifestó en vida y cuyo deseo sus hijas se encargaron de cumplir.

Abandonando Urueña, nos cruzamos en sus proximidades con la iglesia de la Anunciada, una preciosa joya románica que no pudimos ver por dentro, pero donde pudimos hacer unas fotos. Previamente al viaje Ipi había tratado de conseguir una visita al interior, pero resultó imposible porque se iba a celebrar una boda y no permitían el acceso. En el viaje anterior citado, del año 2019, Ipi y yo ya tuvimos la oportunidad de verla y admirar una serie de tallas que contiene.

Desde allí ya viajamos directamente a Valladolid, ya que habíamos reservado en un hotel que resultó estar en las afueras, en un polígono industrial. Tras una breve parada para dejar los equipajes, continuamos hacia el centro de la ciudad, en la que encontramos muchísima animación. Estaba muy buena temperatura y las terrazas estaban llenas de gente. Nos dio tiempo de dar un pequeño paseo por la zona antes de acceder al restaurante Parrillada de San Lorenzo, ubicada en los bajos de un convento que, en sus pisos superiores continua ocupada por las monjas. Allí pudimos degustar unas morcillas y un sabroso lechazo que nada tuvo que envidiar al que en un viaje anterior nos sirvieron en el Figón de Recoletos, que pasa por ser el de más fama de la plaza. Además, el marco es incomparable y la atención que nos dispensaron fue también excelente. Al final de la cena, como los jóvenes querían irse al hotel a descansar, decidimos quedarnos los cuatro mayores para dar un paseo por el centro de Valladolid y así bajar la cena para dormir mejor.

En la mañana del domingo, después de desayunar en el hotel, nos dividimos por una parte Ipi y yo con Chema y Hugo para visitar a la familia en Laguna de Duero, mientras Fernando, Mayi y Héctor se quedaron paseando por Valladolid. Y tal como habíamos acordado, nos reunimos de nuevo en Wamba, para una visita a la iglesia de Santa Maria, donde además del templo, francamente hermoso, hay un osario enorme que causa verdadera impresión. Se trató de una visita guiada, con lo cual conocimos con gran lujo de detalles las particularidades de la iglesia y del osario ubicado en un lateral de la misma, a resultas de un monasterio que allí estuvo ubicado en otros tiempos.

Antes de abandonar el pueblo nos tomamos un aperitivo en el bar, al que estábamos invitados por Marta, la mujer de Paco, un primo del padre de Hugo y Chema, que resultó ser la secretaria de ese mismo ayuntamiento, aunque ella no nos acompañó en esa ocasión.

Y ya terminado el aperitivo, de nuevo a los coches para dirigirnos a Villanubla, el pueblo donde está situado el aeropuerto vallisoletano, para comer en un restaurante próximo, desde donde tras la comida acompañamos a Chema al citado aeropuerto, puesto que él había llegado a Valladolid por vía aérea desde Barcelona, y tenía su vuelo de regreso a media tarde. Nosotros terminamos en ese momento nuestra estancia en tierras castellanas para regresar a A Coruña, a donde arribamos cerca de las 9 de la tarde.

Resultó un excelente fin de semana, tanto por el tiempo como por el contenido, y especialmente porque se consiguió el objetivo inicial del programa, que no era otro que dejar en los paramos de Castilla los restos de Jesus Conceiro, el padre de Julieta, Amalia e Ipi.

Diario de navegación 2 – Islas Lofoten a Kirkenes

A medida que hemos ido subiendo hacia el norte, las noches se han acortado de forma considerable, de tal forma que el 5º día amaneció a las 4 de la mañana, pero cuando el día anterior me fui a la cama, a las 1,36 h. Había mucha claridad. Durante la noche, el barco hizo varias paradas, todas ellas de mínima duración. Así paró en Stokmarknes, luego en Sortland, mas tarde en Risoyhamn y ya de mañana, mientras nos preparábamos para ir a desayunar, en Harstad, por cierto una bonita ciudad vista desde la ventana del camarote.

Desayunamos estupendamente, como siempre, y allí nos encontramos con nuestros vecinos de mesa de la cena. Y como no había previsión de salida hasta mediodía, nos dedicamos a una mañana de relax total en la cubierta 5, en la popa del barco, disfrutando del sol con el que nos regaló la costa noruega.

La verdad es que teníamos necesidad de un día de sol, después de tanta lluvia, tanto día nublado e incluso frío en algunos momentos, puesto que con el barco en movimiento, si te dedicas a hacer fotos en el exterior, se nota el fresco. Pero la mañana fue espléndida, con unos paisajes a los lados dignos de ser fotografiados, lo que hicimos de forma generosa.

Durante el trayecto hubo una parada de media hora en Finnsness, una ciudad pequeña pero que parecía bonita, de la que pudimos hacer varias fotos desde la cubierta. Como la parada era algo más prolongada de lo habitual en estas que son cortas, hubo algún viajero que se bajó del barco a estirar las piernas junto al Nordkapp en el mismo muelle.

Tras esa mañana tranquila en la cubierta del barco, la hora de la comida la adelantamos un poco sobre nuestros gustos habituales, puesto que la salida para visitar Tromso estaba programada para poco después de las 2 de la tarde. Tuvimos todavía tiempo de un pequeño descanso en la cabina antes de la salida, y además esta finalmente se retrasó ya que, por alguna razón que no nos explicaron, el barco no atracó en su zona habitual, que está en el mismo centro de Tromso, sino en un muelle bastante mas alejado, con lo que aparte de salir mas tarde de lo previsto, la lejanía al centro complicaba el tiempo disponible.

Como quiera que hubo protestas por parte de quienes abandonaban ya el barco con sus equipajes, al final la compañía puso unos buses a disposición de todos los que salimos, que nos llevaron hasta la estación de autobuses en el centro. Lo malo era que el regreso cada uno se lo buscaba por su cuenta si quería aprovechar al máximo el tiempo, o bien regresaba al barco en el último bus programado a tal fin, que era a las 6 de la tarde.

Como resultado de todo ello, la visita al final solo nos permitió ir a un pequeño recorrido por el centro, mientras buscábamos el bus que nos llevase a la catedral Ártica, que es un moderno edificio situado al otro lado del mar. Y ya decididos a ir allí, nos animamos a cumplir los deseos de Ipi y del otro compañero de mesa, que habían manifestado interés en subir en el teleférico que nos llevó a lo alto, frente a la ciudad, y desde el cual había unas impresionantes vistas no solo de la ciudad sino tambien de todos sus alrededores. Por cierto, desde allí pudimos ver que también Tromso cuenta con un impresionante trampolín de saltos de esquí.

El regreso al barco lo hicimos en bus, el número 42, y de camino a la parada nos fuimos topando con otros viajeros que habían tomado idéntica decisión a la nuestra, con lo que llegamos en grupo al barco. La mala noticia del día es que Ipi se dejó olvidado en el bus el anorak color naranja, de Uniclo, que yo le traje de N. York hace ya varios años y que apenas había usado en A Coruña.

A las 7 de la tarde el Nordkapp se puso de nuevo en marcha hacia la siguiente parada prevista, que era la de Skejervoy, la última de esa jornada de navegación.

Poco después de reiniciar la marcha el barco, nos fuimos a cenar. Pero ese día no funcionó la cosa como habitualmente, porque con los cambios en la hora de las salidas, se retrasaron las horas de las cenas y en lugar de ir a la mesa preestablecida nos mandaron a otra, solos, sin nuestros compañeros habituales. Nos sorprendió la variación del menú, porque apareció una bandeja llena de marisco (cigalas, buey y cangrejo, del que es habitual por estas aguas). Lo cogimos para probar, pero a Ipi no le gustó nada y a mi no me entusiasmó. Parecía como que era marisco sobrante de alguna comida y ahora descongelado. En cuanto al cangrejo, no me supo a nada. Quizás lo mejor era el buey. El resto de la cena tampoco tuvo nada especial, ya que como plato fuerte había bacalao y ya lo comimos a mediodía, por lo que apañamos la cena con algo de jamón, salmón y bacalao marinado, y un poco de ceviche, que eso sí era novedad.

Para después de la cena estaba programada una sesión musical, con cantos regionales, así que del comedor fuimos directamente al salón de proa de la planta 7 para coger sitio. Al poco rato llego quien parecía que iba a ser el presentador, y resultó ser uno de los encargados de atención a los pasajeros que en lugar de venir a presentar a unos artistas vino a explicar que la actuación musical iba a ser una Playlist, con canciones de tres grupos que tuvieron su origen en Tromso, (de ahí lo de músicas regionales). Pero además, para colmo, de la prevista lista solo se pusieron un par de temas y luego se suspendió, sin muchas explicaciones. En definitiva, un desastre, que añadido a los problemas con el desembarco y consiguientes retrasos, hicieron que lo que después de la estupenda mañana parecía un día fantástico, se truncara.

Pero como bien está lo que bien acaba, lo bueno vino al final de la jornada, porque siguió haciendo sol y como nos estábamos ya aproximando a Cabo Norte, en esa jornada sí que se pudo disfrutar del sol de medianoche. Estuvimos Ipi y yo hasta después de la una de la madrugada, haciendo fotos y vídeos, y conectando con nuestros hijos, hermanos y amigos, para hacerlos partícipes en directo del evento, que no sabíamos si podría repetirse en Cabo Norte, porque todo depende de si hace sol o hay nubes de incluso si llueve. En la secuencia de fotos anterior, se puede ver la posición del sol en el horizonte entre las 23,20 horas del día 29 y las 01.00 h. del día 30, pasando por las 0,02 h. del mismo día 30, sin que el sol llegase a ocultarse. Es lo que conocemos por Sol de Medianoche, que únicamente puede observarse en determinadas épocas del año, y siempre por encima del Circulo Polar Artico. Tuvimos la suerte de que precisamente ese día el cielo estuviese despejado y así poder observar el fenómeno.

Con todo ello, nos fuimos a la cama pasadas la una y media, dejando ya las cubiertas libres de pasajeros.

El sábado día 30 amaneció bien, con un día claro aunque no tanto como el día anterior. Sin embargo, las expectativas seguían siendo buenas de carga a la jornada que nos esperaba. Durante la noche el barco había hecho paradas en Oksfjiord, en Hammefest, y en Havoysund antes de la parada que nos interesaba, que era la de Honningsvag, prevista para cerca de las 11 de la mañana.

Después del desayuno me dediqué a pasear por las cubiertas del barco fotografiando todo lo que merecía interés. Aunque no había prácticamente viviendas, solo alguna que otra dispersa, el paisaje era llamativo por las montañas y acantilados que se iban viendo a uno y otro lado del barco e incluso desde la proa las vistas eran espectaculares.

Al llegar a Honningsvag prácticamente todos los viajeros salieron para asistir a una de las dos excursiones previstas, que eran la que nosotros cogimos, dirigiéndose a Nordkapp, y otra que se dirigía a avistar pájaros. Coincidimos en el puerto con dos grandes cruceros.

El recorrido hasta Nordkapp se hizo en bus, en algo menos de 45 minutos, y llegados arriba nos dejaron libertad para durante casi hora y media dedicarnos a fotografiar todo aquello y disfrutar de las preciosas vistas, sabiendo además que estábamos en lo que teóricamente es el punto más septentrional de Europa.

La verdad es que, junto con el deseo de observar el sol de medianoche, llegar a Nordkapp era una de mis metas pendientes desde el anterior viaje. Y además de poder llegar, lo importante era conseguir hacerlo en un día claro, para poder inmortalizarlo adecuadamente. Había mucha gente allí, la mayor parte como nosotros, llegados en bus desde los cruceros atracados en el puerto, pero me llamó especialmente la atención el ver multitud de autocaravanas de gente que también se acercaba hasta aquel punto y que incluso acampaban en la zona.

Está claro que es y ha sido siempre un punto de atracción de turistas de todas partes del mundo. Y que en esta época del año, aprovechan el mejor tiempo para acercarse hasta allí.

Terminado el tiempo que nos dieron de libertad allí, volvimos al bus y regresamos a puerto. La comida se había sustituido en este día por un brunch, ya que el tiempo habitual del desayuno se había ampliado hasta la hora de salida de las excursiones. Por esa razón, una vez de vuelta en el barco, decidimos ir hasta la cafetería a tomar algo. Ipi y yo nos pedimos una pizza y un trozo de pastel, similar al que habíamos estado buscando en Bergen.

Ya por la tarde, se hicieron paradas cortas en Kjiollerfjiord y Mehamn, y el  tiempo se fue oscureciendo y llenando de niebla, con lo cual la visibilidad fue decreciendo y tenía poco aliciente seguir haciendo fotos, de forma que nos dedicamos a leer en los sillones situados en los laterales. Hubo un rato que nos cruzamos con una embarcación que dijeron que pertenecía a algún miembro de la casa real noruega, por el pabellón que exhibía. Más tarde avisaron de que como entrábamos en un tramo de recorrido en mar abierto, era posible que se avistaran ballenas. Aunque fuimos atentos durante bastante rato, la verdad es que no se vió ninguna ballena. Sin embargo, si que tuvimos la ocasión de ver a otro barco de la empresa Hurtigruten con el que nos cruzamos. Era el Nordlys.

Y así poco a poco llegó la hora de la cena, que sería nuestra última cena en el barco, ya que nos habían pasado instrucciones de la hora prevista de desembarco en Kirkenes, sobre las 9 de la mañana siguiente, aunque pedían que se dejasen libres los camarotes a las 8 de la mañana. También pidieron que dejásemos las maletas listas antes de las 0 horas, para que el personal del barco se ocupase de bajarlas por la mañana. En este día hubo una última parada corta en Berlevag.

Por tanto, hechos los deberes nos fuimos a dormir algo antes que otros días, ya sin maletas y pensando que a la mañana siguiente habría que madrugar algo más.

Hemos de reconocer, y así lo comentamos Ipi y yo y también con la gente con la que teníamos más contacto en el barco, que después de un comienzo francamente lluvioso, esto últimos días nos dejaron un buen sabor de boca y además han sido los días en que pudimos disfrutar de varias de las cosas que, al menos para mí, eran objetivos principales en este  viaje.

El domingo día 31 amaneció un día horrible, continuación de una noche similar, en la que el cielo estaba totalmente encapotado y la visibilidad era muy escasa. Además, tal vez por habernos acostado antes o por ser la última noche, dormimos peor. Yo me desperté varias veces durante la noche e Ipi también. Ella se quejaba de que el barco se había movido mucho, aunque yo no tuve esa impresión.

El desayuno lo hicimos poco antes de las 8, y sí es cierto que a esa hora había algo mas de movimiento. De hecho Ipi tuvo una sensación de comienzo de mareo y para evitar tomarse una pastilla, que dice que la adormilan un poco, se sentó en la mesa del restaurante y me pidió que yo le acercase el desayuno para evitar moverse. Fue ya nuestra ultima asistencia al restaurante, porque a las 9 estábamos reunidos junto a la puerta de desembarco. Antes de eso el barco había hecho una última corta parada en Vardok. Y llegados a puerto, un último vistazo al Nordkapp, que nos alojó durante una semana, y en el que pasamos momentos inolvidables.

Ya en tierra habilitaron unos buses para trasladar al pasaje a los hoteles (para quienes como nosotros nos quedábamos en Kirkenes) o al aeropuerto, para la mayoría, que desde el barco se iban directamente a volar de regreso a casa o a continuar vacaciones en otros puntos, como era el caso de alguno de los españoles que conocimos en la travesía.

Una vez que el bus nos dejó en la puerta del Scandic Hotel, donde yo había reservado para una noche, y como todavía no estaba disponible la habitación, nos quedamos en el hall del hotel esperando para hacer el check-in. Estuvimos esperando algo más de una hora, porque tampoco había muchas cosas que hacer en Kirkenes, que es una ciudad con muy poca actividad y menos en domingo.

Después de analizar lo que se podía hacer y tras descartar la primera opción, que era una visita a lo que fueron refugios durante la guerra (nos dijeron que esta temporalmente cerrado), en el hotel nos sugirieron la visita a un museo, así que nos fuimos allí para matar el tiempo, a la vez que tratábamos de conseguir una reserva para la tarde en el Snowhotel, situado a 10 kms del centro. El museo resultó ser muy poco atractivo. Tal vez para los habitantes de Kirkenes tenga algo de interés ya que trata sobre cuestiones de la última guerra, de las relaciones entre los noruegos, finlandeses y rusos (en un radio de 15 kms están las fronteras y pueblos limítrofes de esos dos países), y de algunos aspectos sobre la vida de la ciudad, pero que para turistas foráneos como nosotros no resulta atractivo. En la cafetería del museo nos tomamos un café con una tarta de esas que Ipi quería probar, para engañar al estómago, pensando ya en dejar sitio para la cena que, finalmente conseguimos reservar en el hotel de hielo.

Después de descansar un rato en la habitación, sobre las 5 de la tarde nos desplazamos en taxi al Snowhotel. Hay que señalar que si bien a la mañana nos estábamos arrepintiendo de haber quedado en Kirkenes todo un día, la visita al hotel de hielo dejó mas que justificada la estancia en esta ciudad.

El hotel forma parte de un complejo que tiene unos 150 perros de raza Husky para tirar de trineos, un cercado con 3 renos, y 20 cabañas de hotel, además de otras 12 habitaciones en el hotel de hielo. La visita que hicimos se componía de las explicaciones de todo el complejo, el recorrido por todas las instalaciones y una excelente cena final en el restaurante del complejo.

Tuvimos ocasión de recorrer con calma el interior del hotel de hielo, donde pudimos contemplar cantidad de figuras espléndidamente diseñadas, además de todo lo representativo de una instalación hotelera, como la recepción, el bar, un salón con chimenea, e incluso el trineo de papá Noel, con sus renos.

Una auténtica maravilla, que mantienen todo el año, ya que al parecer hasta hace tres años se destruía al llegar la primavera y volvía a construirse en octubre. Ahora han logrado la forma de mantenerlo activo todo el año, con una temperatura interior de -4 grados. Se puede dormir en el interior, utilizando unos sacos de dormir de los que están diseñados para resistir temperaturas de menos 30 grados.

La cena fue excelente. Nos pusieron como entrante una ensalada de cangrejo real (el marisco del que presumen por toda Noruega), luego un entrecot de reno que estaba delicioso, y como final una tarta con frutos del bosque, también muy buena.

Fue el broche de oro para una jornada que en principio estimábamos casi perdida, pero que al final vino a dejar el mejor sabor de boca para todo el viaje, ya que justamente los últimos tres días del mismo han sido los mejores y mas impresionantes.