Cuando en el último octubre nos juntamos todo el grupo para celebrar el Outono Gastronómico ya nos encargamos de buscar una justificación para un nuevo «sarao» y el resultado, a base de localizar vuelos económicos para un futuro desplazamiento fue que nos apareció la posibilidad de viajar a Valencia por un precio asequible, con lo cual inmediatamente, desde la propia casa rural donde nos reuníamos, se hicieron las reservas con Volotea para estas fechas de enero que eran apropiadas para todos. Y ya de regreso a la casa de cada uno, Elena consiguió unas reservas de hotel también a precio asequible y en un lugar bien situado de la ciudad.
Como había tiempo bastante para la preparación del viaje, el programa se dejó pendiente para cuando se acercara la fecha de partida, y se hizo en combinación con mi amiga valenciana Maria José que nos podía asesorar respecto de algunas visitas y de algunos restaurantes, realizando ella misma también alguna reserva.
Resultó también favorable el hecho de que entre los días de nuestra estancia hubiese una representación operística en el Palau de les Arts, el que yo tenía ganas de conocer por no haberlo hecho antes, durante mi etapa de residente el la ciudad y además qué mejor oportunidad que hacerlo asistiendo a una ópera. Y comentando el asunto con quienes nos íbamos a desplazar, hubo varios que se animaron y al final reservamos butacas para 5 de los 12 que viajábamos.
Como detalle negativo del último momento, un par de días antes de viajar se produjo la baja de Elena y Rafa, por motivos familiares, que hubieron de quedarse con las ganas de hacer el desplazamiento. Así pues, el jueves 22 de enero los 10 restantes embarcamos a las 10,50 de la mañana en Alvedro y a las 12,20 estábamos aterrizando en el aeropuerto de Manises, con exquisita puntualidad y buen tiempo, aunque con viento fuerte. Coincidió, sin saberlo de antemano, que ese día era festivo local (San Vicente Ferrer) y a causa de una procesión por el centro de la ciudad, algunas calles estaban cortadas al tráfico por lo cual los taxis que nos trasladaban al hotel nos dejaron ligeramente alejados del mismo, y hubimos de hacer a pié los últimos metros.


El Hotel Inglés, que fue nuestro alojamiento, está situado en el cogollo de Valencia, en la calle Marqués de dos Aguas, justo al lado del palacio del mismo nombre, y en un radio de 500 metros teníamos a pie el Mercado Central, el Ayuntamiento y la Plaza Mayor, el Mercado de Colón, la Catedral, y cantidad de lugares de interés para visitar, sin necesidad de tener que desplazarse en taxi o bus, lo que resultó una ventaja para la movilidad del grupo. Además de céntrico el hotel era no muy grande, (de la cadena SH-singular hotels, o hoteles con encanto) y perfecto para lo que nosotros necesitábamos.


Tras dejar las maletas en las habitaciones, llegó María José a recogernos en el hotel para acompañarnos a comer en el restaurante Habitual, en el Mercado de Colón, donde yo había hecho una reserva previa. Es un local del grupo del cocinero Ricard Camarena, un valenciano con estrella Michelín en otro de sus restaurantes. La elección resultó ser un éxito ya que todos disfrutamos de la comida, a la cual también asistió otra Maria José valenciana, amiga de nuestra Maria José. Hay que decir que ninguna de las dos conocía ese local que a todos nos pareció excelente. Como curiosidad, a la hora de pedir los cafés nos ofrecieron el «cremaet», un café con ron, previamente quemado, que a la postre sería uno de los éxitos del viaje, ya que en todas las futuras sentadas en cafés y restaurantes lo solicitamos y terminamos evaluando que el mejor de todos fue el del primer día.


Después de la comida nos dedicamos a pasear por diferentes zonas para que los que no conocían la ciudad, que eran al menos la mitad de los asistentes, pudieran ir haciéndose una idea de lo más interesante en aquel contorno. Así tras dar una vuelta por el propio Mercado de Colón, recorrimos varias calles pasando junto a la Estació del Nord, Plaza de Toros, Plaza del Ayuntamiento, exterior del Mercado Central y la Lonja, Plaza de la Reina, e incluso asistiendo en la Iglesia de los Santos Juanes a una proyección sobre la evolución del templo a lo largo de los siglos.









Durante ese paseo de la tarde, y antes de ir a cenar nos acercamos hasta el Café de las Horas, para tomar algo, pero nos encontramos con que estaba lleno y había que esperar para que nos hicieran sitio. Como no estábamos por la labor de aguantar allí un rato de espera, decidimos continuar la marcha e ir a degustar el Agua de Valencia al local que tiene el honor de ser «la cuna» es decir, el sitio donde se sirvió por primera vez, que no es otro que el Café Madrid, en el hotel del mismo nombre. Aunque segun la teoría se compone de zumo de naranja y cava, al parecer la composición actual tiene, además de los dos elementos citados, algo de ginebra y ron. Lo cierto es que está bueno, y entre los que estábamos allí nos cepillamos 4 jarras del líquido elemento.

Hicimos una cena ligera en Taberna Las Meninas, donde teníamos reservado previamente. Está situada cerca del hotel, por lo que no tuvimos que hacer un gran recorrido para llegar luego a nuestro alojamiento, donde finalizamos esa primera jornada valenciana, acordando que nos volveríamos a reunir en la mañana siguiente a primera hora, para comenzar la apretada jornada marcada en el programa.
Para ese segundo día buscamos un lugar donde desayunar. La primera idea era ir a una horchatería próxima, pero como no abrían antes de las 10, finalmente nos quedamos en el café Bahía, muy proximo al hotel. El desayuno fue bastante simple, a base de cafés, tostadas, croissants y algunos zumos. Y desde allí, por la calle de la Pau, un corto recorrido hasta la plaza de la Reina aprovechando el márgen de tiempo disponible hasta la hora en que ambas Maria José nos recogerían en sus coches junto al hotel para trasladarnos a la Albufera, donde se desarrollaba el grueso del programa. Hubimos de llamar a un Cabify para trasladarnos al resto, ya que en los dos coches de las chicas no podíamos ir todos.


El plan en La Albufera consistía en acudir a una Barraca donde en exclusiva para nosotros iban a preparar una paella, además de un variado conjunto de platos clásicos de la tierra, y un paseo en barca por la Albufera. El lugar es ideal, y además como el día estaba soleado, pudimos aprovechar la tranquilidad y dedicación de los hosteleros que nos fueron dando toda clase de explicaciones sobre la preparación de la paella, mientras nos iban sirviendo unos aperitivos. Al paseo en barca no se sumaron algunos de los asistentes, pero los que sí estuvimos lo aprovechamos bien, pese a que el recorrido hubo de hacerse más corto de lo previsto porque como hacía mucho viento, no estaba todo lo agradable que hubiera sido en otras circunstancias.






De forma simultanea a la preparación de la paella, nos fuimos al recorrido náutico, durante el cual el patrón nos sirvió unos torreznos de anguila y unos boquerones fritos, que acompañamos con cervezas y otras bebidas.



De vuelta junto al fuego donde seguía preparándose la comida, seguimos paso a paso la evolución, a medida que se iban incorporando ingredientes, ya que después del sofrito inicial de la carne (conejo, pollo y pato salvaje), ase fueron añadiendo las diferentes legumbres características de la tierra.



Un paso que resultó un tanto desconocido fue la incorporación de unas alcachofas troceadas que, tras dejar el sabor en la paella fueron retiradas y pudimos degustar mientras observamos el devenir de la preparación. Incluso durante el proceso estuvo incorporada la cabeza del gallo, que no obstante se retiró en el último momento. Se incluyeron asimismo unos caracoles, y finalmente se incorporó el agua y el arroz, para llegar a la cocción final. En la elaboración todos nosotros, en mayor o menor medida, aportamos lo que pudimos, aunque algunas lo visibilizaron más.



Ya durante el tramo final de la cocción del arroz nos instalamos en el comedor donde se había preparado la mesa, en el interior de la barraca, y fuimos degustando las diferentes elaboraciones, aparte de lo que nos habían servido antes, y asi tomamos unos buñuelos de bacalao, un esgarraet de bacalao y pimiento, unos tomates con aguacate deliciosos, un par de surtidos de pan casero con aceite, un alli pebre de anguila, atún a la plancha con salsa de pistachos, y finalmente la paella que resultó ser lo peor de todo el menu, ya que estaba bastante grasienta y posiblemente también un poco pasada, Hay que señalar asimismo que con todo lo que llevábamos comido hasta que la paella se terminó todos estábamos ya sin capacidad de meter algo más al estómago.



Tras terminar la comida era ya una hora avanzada de la tarde y coincidía que en ese viernes día 23 era cuando teníamos las reservas para la òpera en el Palau de les Arts y por esa razón tras abandonar La Barraca, unos en los coches de nuestras amigas y otros con un taxi solicitado desde allí regresamos a la ciudad. A la ópera asistimos Elvira, Carmela, Ipi, José Ramón y yo mismo. La representación se trataba de Eugenio Onegin, basado en una obra de Aleksandre Pushkin, con música de Chaikovski, desconocida para nosotros pero que nos dejó plenamente satisfechos. Y no solo por la propia representación, en cuanto a los actores, la música y la escenografía, sino también por lo imponente que es el auditorio, que forma parte de la Ciudad de las Ciencias y las Artes de Valencia.






Mientras unos fuimos a la ópera, el resto se dedicaron a pasear por el centro de Valencia, aunque Pila y Armando además aprovecharon para encontrarse con unos parientes que residen en la ciudad y cenar con ellos. Al salir del Palau hubimos de esperar un rato para conseguir un Uber que nos acercase al hotel, donde contrastamos que el resto del grupo ya dormía y nadie estaba por la labor de seguir de marcha. No obstante nosotros dimos unas vueltas por el entorno tratando de encontrar donde tomar una copa, sin éxito, la verdad por lo que optamos por retirarnos a nuestras habitaciones.
El tercer día, sábado, lo empezamos desayunando en la cafetería del Hotel El Siglo, junto a la plaza de la Reina. Se eligió este lugar porque Maria José nos dijo que allí preparaban unos buenos churros. Luego resultó que los churros eran enormes (mucho más grandes de lo que en la carta aparecían) por lo que sobraron casi la mitad de los que pedimos. El chocolate estaba bueno. Al final del desayuno nos recogió María José, con quien habíamos quedado para hacer un recorrido por el centro.



Iniciamos el recorrido matinal acudiendo al Mercado Central, donde hicimos un tranquilo paseo por diferentes tipos de puestos. Como éramos un grupo numeroso, Maria José se había traído, a modo de guía, una banderita para que el grupo no se dispersara. Hubo algún comerciante que protestaba porque decía que no se admiten grupos numerosos, pero la queja no fue a mayores. Algunos llegaron a comprar algún producto que en A Coruña no se encuentra tan facilmente.



Ya fuera del mercado, continuamos por las calles del centro hasta coger un bus en la calle Colón, junto al Corte Inglés, que nos llevaría hasta la zona de la Malvarrosa, ya que teníamos hecha reserva para comer en el restaurante La Pepita, cerca del puerto y la idea era previamente recorrer las playas, El Arenal, La Patacona y La Malvarrosa.



Ya llegados a la zona de playas recorrimos todo el perímetro de las citadas, pasando delante de las casas de antiguos pescadores y algunas otras que destacaban como la casa museo de Blasco Ibañez y varias más con detalles singulares. Por allí está también el hotel-balneario Las Arenas, que fue reformado hace unos años, cuando en Valencia se desarrolló la Copa America, y que es un impresionante hotel, justo frente a la playa.



Cuando llegamos a La Pepita nos sorprendió lo enorme que es, ya que se trata de un macro-restaurante, que además estaba casi lleno, pese a que era temprano (13,30 horas). Pedimos unos entrantes variados y después sendas fideuas, una de pato y otra de productos del mar, que nos sirvieron con bastante celeridad. Sin ser nada del otro mundo, la comida estuvo bien. Además nos ubicaron en una gran mesa redonda con lo que podíamos mantener contacto entre todos.



Después de la comida hicimos un corto paseo por los alrededores del restaurante, donde están los comienzos del puerto y ya desde allí buscamos la forma de regresar hasta el hotel, para visitar el Palacio del Marqués de Dos Aguas.



La visita valió la pena y nos permitió llenar el resto de la tarde hasta la hora de la cena, con reserva hecha en el restaurante Gulliver, ya que teníamos para más tarde reservada una mesa en Jimmy Glass Jazz Bar, un local donde se desarrollaría una actuación nocturna. Al jazz no se habían apuntado Pila y Armando, y con ese motivo Pila, que se encontraba un poco llena, tampoco quiso venir a la cena, donde sí que nos acompañaron ambas Maria José.



Al llegar al local de Jimmy Glass nos encontramos con que ya habíamos estado allí 10 años atrás, en otro concierto, cuando hicimos el viaje con Elena y Rafa. La actuación se concretaba en dos tramos, en medio de los cuales hubo un descanso y aprovechando que a esa hora la mayoría del personal ya estaba cansado, optamos por no quedarnos a la asegunda parte y tomamos el camino de regreso al hotel.
El domingo 25 cambiamos de lugar de desayuno, y en la plaza de la Reina descubrimos la cafetería Pascual + Sheila, que nos pareció muy apropiada para probar otro sitio. Allí efectivamente encontramos una amplia variedad de desayunos e hicimos un cambio significativo respecto de días anteriores. Y en conjunto gustó. Lo digo porque al día siguiente regresamos al mismo sitio…



El programa para ese día consistía en ir hacia la Ciudad de las Ciencias y las Artes recorriendo el antiguo cauce del río Turia, hoy constituido por un hermoso paseo peatonal donde te encuentras a gente haciendo deporte, practicando Tai-Chi o simplemente disfrutando de la tranquilidad de la zona. Hicimos todo el recorrido a pie, para llegar al Museo de las Ciencias a buena hora, ya que llevábamos las entradas previamente reservadas. El Museo es muy amplio, pero donde además del contenido, interesante por sí mismo, posiblemente el continente es lo más llamativo. Toda la ciudad de las ciencias y las artes se levantó entre los años 1995 y 2009, y el Museo de las Ciencias fue el primero en estar operativo. El diseño es de Calatrava, fácilmente reconocible.



En el interior del museo nos movimos al aire de cada uno. Como es muy amplio y tampoco se trataba de aprender todo lo que aquello nos puede enseñar, pusimos una hora de salida, porque donde sí que teníamos fijada hora en el Hemisferic, para ver una proyección a las 13,00 horas.



Con exquisita puntualidad en el cumplimiento de los horarios, unos minutos antes de la hora fijada estábamos todos accediendo al Hemisferic, donde hay una enorme bóveda para desarrollar las proyecciones de todo tipo que allí se muestran. En nuestro caso la proyección era «Animal Kingdom», que estuvo bien sin más. Era la que estaba disponible ese día y a esa hora, pero supongo que deben tener otras más interesantes. Al igual que con el museo, el edificio del Hemisferic es también impresionante.



Una vez finalizada la proyección, tocaba la comida, que también estaba reservada por allí, en este caso en el restaurante Contrapunto, que está en la base del Palau de les Arts. Allí se había pedido ya un menú previo (exigencia del local), que constaba de un par de entrantes (Ensaladilla de anguila ahumada y Olé mis Huevos), ambos francamente buenos y magníficamente presentados. Como plato principal había la elección entre carne (Presa Ibérica) o arroz (Arroz marinero con pato y boletus), siendo este último el plato más solicitado y que tuvo éxito. Como postre nos trajeron un preparado con helado de frambuesa.




Terminada la comida con la que todos quedamos satisfechos, continuamos el paseo bordeando las edificaciones para llegar al Agora, la última de las construidas, que es un espacio lúdico, con un auditorio, cafetería, zona de juegos para niños, etc. Alli hicimos un pequeño descanso, mientras decidíamos lo que hacer en el resto de la tarde, que era ya la última de nuestro viaje.



Y lo decidido fue desplazarse hasta el Roig Arena, a donde podíamos llegar caminando unos 20 minutos. Pila y Armando se descolgaron del paseo y se perdieron la visión del edificio que es realmente interesante. En ese momento parece que se estaba jugando un partido del Valencia Basquet y no pudimos acceder, pero sí vimos salir de otra de las zonas a unas niñas falleras que debían estar preparando algún acto pre-fallero, porque se da la circunstancia de que una sobrina de Roig, el promotor, será nombrada fallera mayor, y por esa razón también en una pantalla aparecía su foto.



Para volver al hotel, fuimos a buscar una parada de bus que nos dejase cerca. No tuvimos que caminar demasiado, aunque la parada donde nos situamos era no la primera del recorrido, sino la última del trayecto inverso, por lo cual después de esperar un buen rato la llegada del bus, el viaje se prolongó un poco más, pero con excelente ambiente entre todos.
Para la cena habíamos hecho una reserva en Gran Mercat, un restaurante especializado en platos típicos valencianos, y más en sentido de tapas que de grandes menus. Fue una cena rápida con la que dimos por finalizada la jornada, eso sí tomando el «cremaet» que, desde la primera comida, se había hecho ya un final característico de todas las demás.
El lunes nos despertamos ya con los equipajes preparados para solo tener que pasar a última hora de la mañana a recoger las maletas en el hotel. Como ya comenté, volvimos a desayunar al sitio del día anterior, ampliando la variedad de los pedidos una vez íbamos descubriendo novedades en la carta.
Después de desayunar, como ya estábamos en la plaza de la Reina y nos había quedado pendiente la visita al Miguelete, decidimos acercarnos allí, y mientras Ipi y Pila se iban a visitar la Iglesia, el resto subimos los más de 210 escalones que llevan a lo alto de la torre para desde allí poder observar toda la ciudad a vista de pájaro.





Otrro de los proyectos del día era visitar la iglesia de San Nicolas, donde se hacen unas proyecciones muy interesantes. Pero resultó que precisamente ese día era la festividad del santo, y no había proyección. Además la iglesia estaba llena de gente que iba a pedir indulgencias al santo. En cualquier caso pudimos visitarla.


Y por último, para completar la jornada de visitas, nos desplazamos hasta la plaza del mercado para acceder a la Lonja, un precioso edificio que tuvo una enorme importancia en su momento como centro de contratación. No estuvimos todos en la visita porque algunos prefirieron ir al Mercado, pero los que estuvimos quedamos satisfechos con la visita.






Todavía antes de la comida pudimos darnos una vuelta por la plaza del Ayuntamiento y como coincidió que estaba abierto para el público el edificio municipal, los primeros en llegar accedieron a él, y tras los primeros fuimos la mayoría del resto del grupo. Fue una oportunidad que yo no había tenido anteriormente y creo que a todos nos gustó poder entrar y ver las salas, muy clásicas y decoradas, e incluso acceder al balcón desde donde pudimos fotografiarnos y también, ya luego desde abajo, yo coger imágenes de algunos como si fueran el alcalde o la alcaldesa.






Al salir del ayuntamiento, nos fuimos directos al lugar donde se iba a celebrar la última comida. Era el restaurante Los Gomez, del mismo grupo del de la noche anterior. El menu era un poco más amplio, y entre otros platos había disponible una especie de cocido valenciano, al que se adhirieron un par de comensales. En cualquier caso se trató de una comida relativamente rápida, aunque la terminamos con el clásico «cremaet».
Y desde allí, directamente al hotel a recoger los equipajes, y en un par de Uber grandes, rumbo al aeropuerto, donde nuestro vuelo salió con la misma puntualidad que a la ida, y al regreso A Coruña nos recibió empezando la lluvia que nos había perdonado durante nuestra estancia viajera. El vuelo resultó tranquilo. Y llegamos cada uno a su casa esperando ya para la siguiente….
Manu: Está tan bien que casi casi no echo de menos no haber podido ir…. jajajaja.
Sólo me faltan algunas fotos más de las comidas … (ya sabes que a mí me gustan)
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