Mi «NO» Camino 2026

El pasado año, por estas fechas de primeros de septiembre, me apunté junto con Mayi, Dora y Teresa a hacer el tramo final del Camino de Le Puy en Francia hasta llegar a la frontera con España en Sint Jean Pied de Port, y ya por aquel entonces las chicas quedaron con la idea de volver a Francia este año para otro tramo diferente.

En un principio la idea era, partiendo desde Paris, tomar el Camino que bajando hacia el sur termina enlazando con el camino de Le Puy, pero surgieron problemas derivados de falta de transporte de mochilas y otros que finalmente derivaron en elegir el otro camino que, partiendo de Arles, lleva hasta la frontera española de Somport. Y me liaron a acompañarlas en el recorrido.

Preparado el programa, que consistía en hacer 10 etapas con inicio en Arles y final en Lunas, con un recorrido de algo más de 200 kms, se fijó la fecha de comienzo para el 5 de septiembre para llegar a Marsella y un par de días después ir ya a Arles donde comenzaría la marcha. Se hicieron las reservas pertinentes, aviones, trenes, albergues, mochilas, etc… y quedó todo previsto para el inicio.

Pero resultó que a causa de mis problemas en la cadera, mientras estaban haciéndome pruebas para determinar el alcance de ese problema y su posible solución, la traumatóloga me recomendó no hacer el recorrido en estos momentos. Por esa razón, habida cuenta de que tenía ya billetes, reservas, etc, decidí asistir a la primera parte del viaje (Marsella, Arles…) sin iniciar la caminata y volviendo a Coruña mientras las chicas se dedicaban a caminar.

El día 5 de septiembre, según lo programado, salimos Mayi y yo de A Coruña en tren hacia Madrid, donde al final de la tarde teníamos que volar a Marsella con Ryanair. Como llegamos a la capital temprano por la mañana y hacía calor, optamos por buscar alguna actividad que nos mantuviera entretenidos sin asarnos. Por esa razón, después de acercarnos al aeropuerto a dejar en consigna los equipajes, volvimos a Madrid a ver una exposición de reproducciones de Banksi, en la zona de Acacias, que nos mantuvo ocupados durante toda la mañana.

La exposición es interesante. Tiene algo más de 170 reproducciones, la mayor parte de ellas sobre paredes imitando en tamaño y formato a las originales. Está montada sobre un antiguo garaje.

Terminada la visita, aprovechamos para comer en un bar cercano y al final de la comida ya regresamos directamente a Barajas, a donde se irían incorporando luego Teresa y Dora, la primera procedente de Ponferrada y la segunda de Madrid, a donde había llegado la tarde anterior desde Santander.

En Barajas nos tocó una prolongada espera porque el vuelo a Marsella tenía demora, y nos entretuvimos comentando las expectativas de los días siguientes. Al final la demora fue menos de lo esperado y tras un vuelo normal llegamos al aeropuerto marsellés a buena hora para coger un transporte e ir directamente al hotel Meininger, donde habíamos hecho la reserva de una habitación cuádruple en la que nos apañamos bien las dos noches que allí pernoctamos.

Para la mañana siguiente Mayi se había encargado de reservar una visita guiada por la ciudad, por lo cual tras el desayuno nos dirigimos hacia el «Hotel de Ville» que era el punto de encuentro acordado. Es un recorrido de algo menos de un cuarto de hora, que se hizo de forma cómoda a esa hora de la mañana, aunque ya sabíamos que haría calor.

La visita de la ciudad empezó junto al ayuntamiento, viendo al fondo el puerto. Formamos un grupo de algo menos de 20 personas, y la guía nos transportó por varias calles y plazas de la ciudad, explicando las cosas más significadas en cada zona. Junto a la plaza del ayuntamiento (en cuyo edificio durante la 2ª guerra mundial los alemanes utilizaron como sede de oficinas de la Gestapo), está el Hotel Dieu Intercontinental, que en otro tiempo fue el famoso Hospital de Dieu.

A partir de ese lugar comenzamos a subir por estrechas callejas típicas de Marsella. La guía, una joven colombiana que antes de instalarse allí había estado en Suiza, nos señaló que en Marsella está el origen del jabón hecho con aceite de oliva con una proporción del 72%, algo de lo que presumen y por cuya razón encontramos muchos establecimientos que lo anuncian y lo venden como algo singular.

Recorriendo diferentes calles, la mayor parte de ellas llenas de pintadas características, transitamos por el barrio Le Panier, zona de visita turística, antes de llegar a la catedral.

La catedral de Santa María la Mayor es una edificación relativamente reciente, ya que fue construida en la segunda mitad del siglo XIX, en la época de florecimiento de la ciudad. Situada junto al mar, entre los puertos viejo y nuevo, está decorada en su interior con mármol y pórfido. En el exterior también el aspecto es llamativo, ya que la piedra es de dos colores diferentes, como por capas. Fue levantada en un lateral de la vieja catedral, cuyos restos se mantienen.

Visitada la catedral nos dirigimos a la zona del puerto viejo, donde hay varios museos y una edificación antigua en la que está ubicado el Museo de las Civilizaciones y del Mediterráneo, con unos jardines y una zona de esparcimiento, en la que nos instalamos para tomar un refrigerio, antes de ir a comer.

Desde esa zona se obtienen excelentes vistas de todo el puerto viejo, edificaciones adyacentes, así como del puerto deportivo e incluso del montículo donde se ubica la basílica de Notre Dame.

Al terminar la visita con la guía, que nos dejó frente al museo citado, nos recomendó un par de sitios para comer o tomar unas cervezas. El primero de ellos, para comer, fue La Table d’Augustine, que resultó ser un restaurante de buen nivel, en el que la especialidad eran los pescados. Comimos en una terraza, bajo la sombra de unos árboles, donde el calor era soportable. Comimos bien, la verdad, sin que fuera especialmente caro.

Al terminar de comer las chicas plantearon ir a visitar la basilica de Notre Dame de la Garde, en lo alto de una colina, e incluso alguna de ellas, muy optimista, sugirió la posibilidad de ir andando, algo totalmente inadecuado habida cuenta que estaba bastante lejos, hacía un calor sofocante y nos podía dar un telele por el camino. Así las cosas, optamos por ir a descansar un rato al hotel, y acceder luego a la basílica en taxi.

Y así lo hicimos, llegando casi al límite de la hora de cierre, porque aunque salimos con cierto margen de tiempo del hotel, había bastante tráfico y gracias a que el chofer del Uber que nos llevó era bastante espabilado, conseguimos llegar a lo alto al pié de la basílica, diez minutos antes de las 6, hora de cierre.

La iglesia tiene similitudes en cuanto al tipo de construcción, materiales, etc, a la catedral de la ciudad, y desde el exterior las vistas de la ciudad son impresionantes. Apenas tuvimos tiempo de visitar el interior, ya que a las 6 en punto de la tarde estaban ordenando a todo el mundo que saliera, por lo que ya no pudimos acceder a la cripta, ni casi tampoco a bordear el contorno de la edificación.

Lo que sí hicimos al salir fue bajar hasta el puerto caminando, con lo que descubrimos un montón de calles empinadas donde debe resultar dificultoso vivir. Hicimos una parada a la sombra de los arboles de un parque en medio del recorrido y finalmente llegamos casi a la base, junto a L’ Abbey de Saint Victor, desde donde volvimos a disfrutar de unas buenas vistas del puerto deportivo.

Y ya a continuación llegamos al puerto, haciendo un tranquilo paseo entre la multitud de turistas que transitaban por la zona. Las chicas tenían la idea de volver hasta el lugar donde habíamos comido para comprar frente al restaurante el jabón marsellés original, pero calculamos que, a esa hora y además siendo domingo, lo más probable era que la tienda estuviese cerrada.

De modo que optamos por buscar un lugar donde tomar algo ligero a modo de cena, puesto que habíamos comido bien. Encontramos así acomodo en una terraza frente al mar donde nos tomamos una ensalada y una pizza, todo a compartir, con lo que cubrimos las necesidades alimentarias sin pasarnos.

Y puesto que a la mañana siguiente había que levantarse a buena hora para viajar, desde el restaurante, dando un paseo de lo más tranquilo, y bordeando el puerto, regresamos al hotel para nuestra última noche marsellesa.

El lunes día 7, después del desayuno (por cierto, muy variado en el propio hotel, igual que el día anterior), llamamos a un Uber para que nos transportara directamente a la estación. Conseguimos billetes para el primer tren disponible, con lo que tuvimos poco que esperar para la salida.

Arles está a 74 kms de Marsella, y el viaje nos llevó poco más de una hora, en un tren tipo cercanías, prácticamente lleno.

Al llegar a Arles nos fuimos directamente al Auberge de la Jeunesse, en un Uber que pedimos desde la estación. Y una vez dejadas las mochilas, caminando hasta el centro del pueblo para poder hacer una visita a lo más importante, motivo por el cual nos acercamos a la oficina de información turística, donde compramos unos bonos en los que se incluía la visita a varios de los monumentos interesantes.

En primer lugar, en la plaza central de Arles visitamos la catedral de San Trófimo, para luego dirigirnos al Anfiteatro Romano, y más tarde al Coliseo, en magnífico estado de conservación. Nos llamó la atención encontrar tales monumentos en una población aparentemente no demasiado importante, pero que sin duda en su tiempo formó una parte muy importante de la instalación romana en en sur francés.

Al lado de la catedral, está el claustro de Saint-Trophine, también incluido en las visitas del bono. Es un lugar muy bien conservado, y con esculturas y detalles realmente atractivos.

El anfiteatro, aunque más pequeño que el de Mérida, por ejemplo, está bien conservado y en él se llevan a cabo algunas representaciones. Y un poco más adelante encontramos el Coliseo, también magníficamente conservado y preparado para representaciones y corridas de toros en su amplio coso, de forma ovalada.

Y como tras estas visitas se pasaba la hora de comer, tratamos de encontrar una terraza donde nos pudieran servir algo, y nos encontramos con que la mayoría de los restaurantes tenían ya cerrada la cocina, logrando finalmente un pequeño bar donde todavía servían comidas. Y allí nos instalamos, frente al Coliseo, y teniendo al lado a un fotógrafo con una cámara antigua que iba aceptando clientes a los que retratar según los antiguos cánones.

Después de comer, continuamos con nuestro ritmo de visitas, y fuimos a los Criptopórticos, unas galerias subterráneas de orígen romano, bajo lo que fue el Foro romano y que tenían por objeto servir de soporte a las construcciones erigidas en la superficie. Sirvieron además como alojamiento de caballos. Están en perfecto estado de conservación.

Y la siguiente parada fue en las Thermas de Constantin situadas al borde del río Ródano que baña toda la ciudad. Esas termas por su tamaño dan idea de la importancia que tuvo Arles en la etapa romana.

Para completar nuestro programa de visitas a los lugares recomendados en la oficina de turismo, llamamos a un Uber que nos acercase a Alyscamps, una necrópolis tambien de la etapa romana, de la que se han ido excavando numerosas tumbas cuyos sarcófagos están ubicados a lo largo de una amplia vía. Es una de las mas famosas necrópolis del mundo antiguo. Su nombre proviene de la expresión latina Elisii Campi (Campos Elíseos). Sobre ellas habla Ariosto en su «Orlando Furioso» y también Dante en su «Divina comedia».

Finalizada la visita a la necrópolis, tras un largo día de paseos y calor, nos retiramos al albergue para descansar un rato antes de cenar, lo que hicimos al final de la jornada en el centro de la ciudad, con buena temperatura y en una terraza. Por cierto, durante el paseo por Alyscamps vimos la reproducción de un cuadro de Van Gogh (que vivió en Arles) en el que hace referencia a la propia necrópolis.

A la mañana siguiente, ya en plan inicio de la caminata, nos levantamos temprano, y cada uno tomó el destino correspondiente. Las chicas salieron preparadas para comenzar su ruta y yo pedí un Uber para ir a la estación, donde un par de horas después cogí un tren para volver a Marsella, y después de otras tres horas de espera, un Flixbus que me llevaría de vuelta a Barcelona.

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