Estos días estoy de preparativos para mi semana anual de esquí, algo que trato de repetir cada año aunque a veces, por diferentes razones, no pueda realizar pero manteniendo siempre el deseo de insistir en ello. Posiblemente es algo así como un reto personal, uno de esos retos que cada uno a su nivel se genera y de los que nos cuesta prescindir, a veces porque realmente nos enstusiasma y a veces simplemente porque nos sirve como un baremo de medición de fuerzas, de enfrentarnos al paso del tiempo y de calcular hasta cuando lo podemos resistir.
En mi caso eso ocurre en más de una disciplina, fundamentalmente en el tema del deporte, pero no solo en eso. Y hoy lo que me viene a la mente es lo del esquí, porque si yo no lo hubiera tomado desde el principio como algo interesante, creo que en mi primera incursión en la nieve ya habría desistido de repetir. Porque realmente mi primer viaje a la montaña para practicar el esquí, allá por el final de los años 60 del siglo pasado o inicio de los 70, (qué carroza que soy, dicho sea de paso…) fué decepcionante, y tal vez eso fué lo que me motivó a insistir hasta llegar al día de hoy.
Aquel primer acceso a la nieve fué con una excursión promovida por la OJE (los viejos sabrán de qué hablo,
y aunque yo no tenía nada que ver con esa organización, pude añadirme a uno de los viajes que en Orense se planificaban para ir a Manzaneda). Recuerdo que me equipé con un pantalón de pana, embutido en su parte baja en calcetines gordos, unas botas de tipo militar, y un jersey grueso con algo tipo chubasquero en la parte externa. Los esquís nos los facilitaban los organizadores, esquís que hoy serían de museo, y que nunca llegué a utilizar. Bueno, pues debió estar tan mal elegido el día para la excursión que tras pasar Puebla de Trives e iniciar la ascensión a Manzaneda, por una carretera (si se le podía llamar así a aquel camino de tierra) cuyos bordes apenas se percibían por la nieve, el bus se salió de la calzada principal y quedó atascado en la cuneta. Nevaba de forma abundante y después de muchos intentos y de mucho tiempo de trabajo, entre todos los ocupantes del autobús conseguimos hacer que volviese al centro de la calzada, pero ya sin tiempo y sin posibilidades (por la hora y el mal tiempo) de seguir la ascensión, de forma que el conductor consiguió dar la vuelta e iniciar el regreso a Orense. Esa fué mi primera experiencia con la nieve, y aunque no esquié, tampoco deseché la ocasión de dejar constancia gráfica del momento.
Años después, cuando yo estaba en la «mili» (hoy estoy suena desfasado, claro está..), quise retomar la afición y para ello invertí o más bien me embarqué en la compra de dos juegos de esquís y tres pares de botas, para dos de mis hermanos (Berta y Rafa) y para mí. Los esquís eran un juego para mi y otro para compartir entre mis hermanos, que eran quienes me acompañaban a Manzaneda. Esa inversión la realicé pagando en cómodos plazos mensuales en la tienda de
deportes que La Región (el diario orensano) tenía en la capital de las Burgas. Yo por aquel entonces trabajaba y podía atender esos pagos. También hay que señalar que por aquellas fechas Manzaneda
era una zona habilitada mínimamente para el esquí, ya que no había instalación alguna (en una de las fotos puede verse como empezaba a montarse lo que sería luego la cafetería) y la forma de esquiar era echarse las tablas al hombro, subir la montaña hasta donde cada uno aguantase, y luego tirarse hacia abajo hasta llegar a zona llana donde fuese facil parar. Las excursiones las hacía los domingos, durante el invierno de 1973,
cuando estaba en la mili. Y en una de esas escapadas a Manzaneda conocí a un grupo de estudiantes de enfermería de la que salieron luego un buen grupo de amigas y amigos. Yo por entonces tenía el Mini que me permitía esos devaneos.
Tras la etapa de Manzaneda, ya estando en Madrid, tuve la ocasión de volver a practicar algunas veces en Navacerrada, allá por el año 74. Y creo que luego, hasta 1985 no volví a esquiar. Recuerdo haber adquirido unas botas preciosas para mi y para mi ex, con la idea de estrenarlas durante la Semana Santa en un viaje a Madrid. De camino hacia allá en el viaje de ida se veía la
sierra completamente
nevada pero un par de días después cuando subimos a Navacerrada la lluvia se había cargado la mayor parte de la nieve y las botas quedaron casi sin estrenar. Y luego, el nacimiento de David y las limitaciones que conlleva un niño pequeño (y seguramente muchas otras razones que ahora no viene al caso rememorar) hicieron que pasaran 10 años sin volver a repetir las experiencias del esquí.
Hasta que en 1995 programé un viaje a Baqueira, en la semana entre año nuevo y reyes, viaje al que se sumaron dos de mis hermanos con sus respectivas familias y en el que llevamos con nosotros a mi madre. Recuerdo que estuvimos en el Parador de Vielha y tanto los mayores como los peques disfrutamos de lo lindo. A partir de ahí las semanas de esquí se fueron haciendo más habituales cada año y en mayor o menor medida he venido manteniendo el deseo de tomar cada año una semana para
dedicarla a la nieve. En familia inicialmente, solo en algunas ocasiones como cuando conseguí mi medalla en la bajada posterior al último curso que hice, allá por el año 2008 en Baqueira, y acompañado por Ipi alguna vez en los últimos años, si bien las más recientes han sido con el grupo de esquí de Ponferrada que cada año hace una escapada a los Alpes en Semana Santa, o en viajes puntuales a alguna estación próxima con Rafa, con quien ya el año pasado hice la semana de esquí en Baqueira y que este año repetiremos en Andorra.
Para mí, como dije al principio, es un reto en alguna medida. Primero porque ese contacto con la naturaleza es algo que me carga enormemente las pilas. Esas sensaciones de estar en lo alto de una montaña, con la vista de otras enormes montañas alrededor cubiertas de nieve, soplando el viento y sin otros ruidos que los propios del viento o del deslizarse de los esquís, es algo dificilmente igualable (solo estar navegando a vela en medio del mar es equiparable). Y en segundo lugar porque de alguna forma el reto es conmigo mismo, con mi capacidad de seguir un año más soportando o más bien consiguiendo que el cuerpo acepte el esfuerzo al que se le somete en cada descenso, en cada giro o en cada caida que, aunque pocas, también las hay.
De modo que en unos días, un año más, volveré a enfrentarme a ese reto, pero sabiendo que es una forma de disfrute muy singular para mí, que podré hacerlo con la gran compañía de mi amigo Rafa, y que tras las horas de pistas, de remontes, de descensos, de fotos increibles y de momentos especiales, también tendremos el relax de la piscina o la sauna y al final de la jornada unas cervezas, una buena cena y el descanso necesario para afrontar otro día de esquí.
Pero de momento, los preparativos. El viaje a partir del domingo y los esquís a partir del lunes…