Cuando se va a cumplir la primera semana, y tras la marcha de mis amigos franceses, con los que tan bien he congeniado, y con quienes he formado grupo junto a Truus (por cierto, ese nombre es un diminutivo de Gertrudis, puesto que hoy me entere de que su nombre es Gertrudis Elena María), hay que hacer algunas valoraciones sobre lo que supone hacer grupo respecto de viajar solo.
En concreto y con la experiencia de estos días debo decir que no me ha perjudicado para nada el ir en grupo ya que en todo momento he disfrutado de mi “soledad” mientras camino porque mi marcha es
diferente de la de los otros y siempre he ido al ritmo que marca mi cuerpo, sin verme en nada condicionado por el ritmo de los demás. No obstante lo dicho, en algunos momentos hemos caminado juntos más de uno, en lo que a mí respecta con Philippe a veces y en otras ocasiones con Xavier o con Truus. Y sin embargo sí que he obtenido beneficios del grupo, por cuanto los ratos de descanso se han convertido en
momentos de alegría, comentando sucesos del recorrido, temas singulares de alguno de los participantes o simplemente charlando sobre temas actuales. También me he beneficiado de la posibilidad de tener quien o quienes se ocupan de mis cosas mientras vas al baño, o entras a comprar algo. Y las ventajas de poder hacer fotos e intercambiarlas con los demás.
Con su marcha se abre ahora una situación algo diferente ya que al haber antes dos mujeres, muchos ratos los pasaban juntas y está por ver si la sintonía que en apariencia tengo con Truus en cuanto a los tiempos y ritmos de marcha, planificación de etapas y demás se mantiene o cada uno va a su aire. Y evidentemente también está el hecho de que vamos coincidiendo con otra gente y se puede volver a formar grupo o crear otro completamente diferente.
Y por lo que concierne a mis percepciones hay algo que me está sorprendiendo gratamente: desde que he empezado el Camino es la primera vez que, tras varios días de marcha, y además de etapas largas, rápidas y algunas muy duras, no tengo la menor molestia en los pies, ni en las piernas, más allá del lógico cansancio tras cada jornada, pero que se recupera de un día para otro. Ni siquiera (o tal vez por eso) estoy recurriendo a los remedios antes habituales de la vaselina, el alcohol de romero, las protecciones ínter dedos del pie ni el ibuprofeno. Me limito, en cuanto al cuidado de los pies, al gel para descanso de los ídem, que pongo cada día tras la ducha y que tenía en casa sin usar desde hace 12 años.
En cuanto a la tipología de los peregrinos cada vez es más heterogénea. Ahora que termina la Semana Santa se ve que el porcentaje de extranjeros crece de forma muy considerable y los hay de los lugares más dispares, de todas las edades, y con las más diversas motivaciones por lo poco que he podido averiguar.
Estoy consiguiendo la “desconexión” que buscaba, y eso que hasta ahora, por el tiempo transcurrido estoy en la misma tesitura que la primera vez que lo inicié, 11 años atrás. Justamente a partir de ahora será cuando lo perciba mejor, pero solo con pensar que no tengo que cortar la ruta, ya me siento más libre. Únicamente echo en falta la pareja. Aunque sé que Ipi no está para estos trotes, no dejo de pensar lo diferente que sería este Camino si lo hiciésemos juntos, como veo a otros matrimonios o parejas. La compenetración que se produce es algo importante y en nuestro caso ya lo hemos comprobado cuando el recorrido hasta Finisterre, así que habrá que programar algún otro de varios días sin que sean demasiados.
Enviado desde mi iPad





















































De forma que salimos a buena hora, con el afán de hacer un alto en el Monte do Gozo, y desde allí bajar directamente hasta el centro de Santiago, donde ya nos esperaba un caluroso recibimiento.
Rodríguez Gigirey, cerca de Lavacolla, y ya en Santiago hicimos una parada, con foto, ante el crucero de la Rua de San Pedro, donde vivió mi padre cuando era pequeño. Fué mi pequeño recuerdo en ese momento para mi tio y mi padre, naturales de Santiago.