Anoche, viendo que la etapa de hoy era quizás la más larga de las preparadas, decidimos levantarnos sobre las 7 para estar desayunando a las 7,30 cuando abría la cafetería del Teleclub, y más o menos sobre las 8 estar empezando a caminar.
El desayuno fue de lo más sencillo porque solo pudimos tomar café y unas magdalenas.
Otra decisión tomada ayer en Asamblea General fue que hoy dormiríamos en un hostal, habida cuenta de que el albergue de Benavente tiene pocas camas y de que nos apetecía estar un poco más cómodos.
El Teleclub donde se gestiona el albergue
Así pues, según lo previsto, poco después de las 8 estábamos ya subiendo la cuesta por la que se sale de Moreruela para tomar los caminos agrícolas habituales, sobre los que sigo insistiendo en que dan a veces demasiadas vueltas que alargan de forma innecesaria el recorrido.
Los primeros 9,5 km transitan por los caminos habituales, realmente de poco interés, salvo contadas ocasiones en las que aparece arbolado autóctono y donde podemos escuchar los trinos de los pájaros, que siempre es agradable.
El primer pueblo que encontramos, y donde además hay un bar que nos permite una parada tranquila es Santovenia del Esla, donde además de tomar un café calentito, nos metemos al cuerpo parte de la fruta que compramos ayer, es decir plátanos y mandarinas.
El camino continúa su recorrido en los siguientes 6 km hacia Villaveza del Agua, y al poco de salir de allí empieza a llover, por lo que todos nos paramos a equiparnos con los chubasqueros, aunque luego la lluvia apenas dura unos minutos y no nos atrevemos a quitarlos por si acaso. En su mayor parte el camino discurre paralelo a la N-630, sin mejorar demasiado en cuanto al contenido. incluso al pasar por el pueblo desaparecen las señales y hubimos de preguntar a un paisano si estábamos en la buena dirección.
Un par de kilómetros después, por un sendero cercano y paralelo a la general, llegamos a Barcial del Barco, donde el único bar del pueblo está cerrado porque descansan los martes. Nos habían indicado que desde ahí hasta Benavente se podía hacer el recorrido por la Vía Verde, que discurre por lo que hace años era el trayecto del ferrocarril de la Vía de la Plata. Localizamos el inicio de la vía gracias a la información que nos facilitó el cartero del pueblo.
Y ya a partir ese momento entramos en un recorrido mucho más atractivo, y en el que destacan varios puentes de hierro sobre el río Esla.
Vemos también una piscifactoria en el río, de donde posiblemente habrán salido las truchas que unas horas después comemos en el restaurante.
La vía verde realmente es cómoda de recorrer, con muchos matices en cuanto a la vegetación, y sobre todo los puentes, destacando el mayor de ellos.
Pero al final, los 7 km de esa vía verde nos empiezan a resultar un poco pesados, porque se añaden a los 20 km que ya llevamos recorridos con antelación.
Cuando por fin terminamos la vía , dejando a un lado el último pueblo, Villanueva de Azoague, buscamos el camino para llegar al Hostal La Trucha, donde tenemos la reserva.
Y para llegar allí todavía nos restan casi 2 km, casi todo en subida, y ese trecho termina con nuestra resistencia. Completamos así una jornada de 28 km, la más larga de nuestro periplo.
Al llegar al hostal ya es hora de comer por lo que después de tomar unas cervezas vamos directos al restaurante.
Tras la comida, subimos a descansar y echamos una buena siesta. Con la ducha y recuperados decidimos salir a dar una vuelta y comprar fruta, y a la vez pasamos por la lavandería para reponer la ropa para las últimas 3 etapas antideslizantes volver a casa.
Como hoy se jugaba la semifinal de Champions entre Madrid y Bayern, nos quedamos en la cafetería del hostal mientras las chicas se van al centro, a tomar algo.
Y ya terminado el partido y de vuelta las chicas, todos a las habitaciones para preparar los cuerpos para la etapa de mañana.
La etapa de hoy, ecuador de este proceso por ser la 5 de nueve, ha sido relativamente tranquila, aunque se me ha hecho algo larga.
Los datos del recorrido de hoy
Salimos del albergue sobre las 8,30 horas, dejando allí a Armando, que como ayer colapsaron sus botas, y no hubo forma de arreglarlas no le quedó otra opción que comprar unas nuevas. Le gestionamos que el taxi que traslada las mochilas le llevase a Decathlon de Zamora y ya luego le dejase en el final de etapa de hoy. Es decir, que se libró de la caminata.
El restaurante de Rosa Mary
Después de desayunar en Rosa Mary, el restaurante donde ayer cenamos, arrancamos a andar a las 9,15 con destino a Fontanillas, un pueblo situado a mitad de etapa, donde teóricamente había un bar para hacer la parada intermedia.
El desayuno
El camino deja la carretera bordeando la iglesia de Santa María del Castillo, que ayer visitamos y se adentra por el medio de terrenos agrícolas similares a los de días pasados, cambiando con frecuencia de dirección por lo que en apariencia se alarga más de lo imprescindible.
Cuando llevaba caminados unos 4 km se pasa de nuevo junto a la vía del AVE aunque en este caso por un paso subterráneo, que no alarga el recorrido. A esas alturas de la marcha, sobrepase a la coreana y a un par de caminantes más que habían salido antes. Rafa y las chicas caminaban un poco más atrás.
Varios kilómetros antes de llegar a Fontanillas se dejan a la izquierda los restos de lo que en su día fue una fortaleza, el Castillo de Castrotorafe. No merece la pena acercarse a visitarlos, y simplemente indico su existencia.
Restos del Castillo
A esa altura hay un cartel anunciando la existencia de un bar a 300 metros, pero como obliga a desviarse, lo dejo pasar, pensando que podremos tomar algo en Fontanillas. Pero cuando llego al pueblo previsto como parada intermedia, me entero de que no hay bar, sino simplemente un pequeño local con una máquina donde se pueden tomar unas bebidas calientes.
Así que allí me voy, esperando la llegada de mis colegas de marcha y aprovecho para escuchar y ver por el móvil la comparecencia de Pedro Sánchez, nuestro presidente, que decide no dimitir y continuar al frente del gobierno.
Tras alrededor de media hora de descanso en ese ‘coffee break’ retomamos la marcha, ya con la idea de hacer de una tirada los casi 12 km que restan hasta el final de etapa, donde ya Armando nos ha avisado que nos está esperando. La idea era que él pudiese reservar las camas para todos pero al parecer el posadero le indica que solo a medida que cada uno vaya llegando puede elegir cama.
Se pasa por el pueblo de Riego del Camino después de caminar casi otros 4 km desde el anterior, pero ahí no hay nada que ver, y a continuación se afrontan ya los 7 km restantes, que se hacen muy largos, porque el paisaje no tiene nada de particular respecto de lo ya andado e incluso es más aburrido, y cuando a lo lejos aparece el pueblo todavía faltan casi 3 km para entrar en el.
Granja de Moreruela al fondo
Así llego a Granja de Moreruela sobre las 13,40 horas, después de recorrer los más de 27 km de la etapa de hoy. Me espera Armando y después de hacer el registro en el Bar- Teleclub de quien gestiona el albergue ya puedo venir a instalarme, mientras Armando queda pendiente de la llegada de Rafa, Mayi y Chus, que lo hacen 20 minutos después.
Nuestro albergue de hoy
Tras acomodarnos todos, ducharnos y cambiar de ropa, puesto que se hace tarde nos vamos a comer al bar, que es el único en Moreruela en estos momentos. En principio nos ponen mala cara porque dicen que es tarde, pero al final nos atienden bien y comemos adecuadamente.
Tras la comida, una siesta reparadora para más tarde salir a hacer algo de compra en la única tienda del pueblo, donde cogemos fruta para mañana.
Y nos queda tiempo antes de la cena para descubrir el pueblo, que tiene una iglesia con buena pinta justo al lado de nuestro albergue, pero esta cerrada, vemos el edificio del ayuntamiento, lleno de nidos de golondrinas, y finalmente la zona próxima al bar, con un parque precioso, el colegio y unas zonas de recreo.
Antes de cenar nos da tiempo tambien a tomar un refresco en la terraza del bar, aprovechando los últimos rayos de sol, y luego, ya de nuevo dentro del bar cenamos un buen plato de embutido.
Atardecer en Moreruela
Y como el día no da para más y la gente en el albergue se pone a dormir antes de las 10, para que nadie nos proteste, todos a la cama.
Hoy la etapa parecía de principio más llevadera, porque eran algo menos de 20 km y ya no había anuncio de lluvia.
Empezamos la marcha poco después de las 8 de la mañana, una vez el transporte nos recogió las mochilas. La salida de Zamora desde el centro es a través de la puerta de Doña Urraca, y en varios sitios nos encontramos paneles pintados muy interesantes. Aparte de eso el tramo ciudadano es un poco rollo, además lleva aparejada una cuesta considerable, y antes de llegar a los caminos agrícolas obliga a transitar un rato por carretera con apenas arcén.
Tras aproximadamente 6 km de marcha nos encontramos el único pueblo con servicios, que es Roales, donde hay uno o dos bares pero no paramos porque teníamos muy reciente el desayuno. Nos llamó la atención en ese lugar el nombre de las calles principales. General Franco y Primo de Rivera (José Antonio). Habría que avisar al equipo de Memoria Histórica, aunque aquí en Castilla-León se han marcado una ley a su gusto.
Más adelante el trayecto continúa siempre por senderos agrícolas, con plantaciones diversas entre las que destacan la colza y la avena, además de otras grandes parcelas aparentemente en barbecho o pendientes de nueva siembra.
Cuando íbamos por la mitad del recorrido, más o menos, Rafa y yo que marchábamos un poco distanciados del resto, hicimos una parada para reagrupamiento, y para tomar algo, habida cuenta de que ya no tendríamos donde hacerlo hasta el final de etapa.
Nos paramos junto a la entrada de una enorme superficie de paneles solares, y allí dimos cuenta de galletas, frutos secos y unas mandarinas compradas el día anterior en un Gadis de Zamora.
Un poco después el Camino hace un quiebro para salvar las vías del AVE, lo que nos obliga a un rodeo que no hace más que alargar el recorrido. Aunque confiábamos en que pasase algún tren mientras pasábamos por el alto, no hubo suerte, y sin embargo pasó poco después y pude captarlo desde abajo.
El resto del recorrido hasta el final de etapa ya lo hicimos a buen ritmo, porque Rafa quería llegar a tiempo de ver por televisión el campeonato de moto GP desde Jerez.
Albergue de Montemarta
Llegamos al albergue tranquilos y con el encargo de coger camas bajas, aunque solo lo logramos en parte, puesto que de las bajas quedaban solo tres, por lo que los otros dos dormirán en la parte alta de las literas. El alojamiento es de lo más sencillo pero nos servirá para pasar esta noche.
Vista del dormitorio del albergue
Una vez instalados, duchados y cambiados de ropa, marchamos todos a reunirnos con Rafa en un bar cercano, donde vimos la carrera. Y ya allí decidimos comer, un menú del día bastante aceptable y sobre todo abundante.
Tras la comida, una siesta para relajar cuerpo y piernas, y una vez recuperadas las fuerzas, paseo por el pueblo hasta una iglesia próxima ubicada justo al lado de un pantano. Como hacía buena tarde, el paseo resultó de lo más agradable.
Había gente pescando (o más bien intentándolo, porque al parecer no picaban), pero se veía saltar a los peces.
De vuelta hacia el pueblo, tomamos un refresco en la terraza de un bar y, más tarde, para completar la jornada, cenamos en otro restaurante de Montemarta, el Rosa María, que será donde mañana desayunaremos porque en este albergue no hay lo necesario.
Ya sabemos que no se ganó Zamora en una hora, y aunque tampoco lo pretendíamos, la verdad es que hoy la marcha ha sido más lenta de lo previsto, por las inclemencias meteorológicas. El recorrido total ha sido de algo más de 19 km y el tiempo total invertido, con paradas intermedias, como 6,30 horas.
Arrancamos a las 8,30 de la mañana, sin haber desayunado porque en el albergue no había nada y tampoco nosotros habíamos llevado lo necesario para poder organizar allí un desayuno. De todas formas, poco después de salir un paisano nos dijo que en el pueblo de San Marcial situado a unos 6 km podríamos encontrar un bar abierto, con lo cual hacia allí nos dirigimos.
El primer contratiempo se produjo cuando nos dimos cuenta de que mi sombrero se había quedado olvidado, con lo cual yo tuve que regresar a buscarlo mientras el resto del grupo iniciaba la marcha. Tuve que acelerar un poco más para alcanzarlos cuando habíamos recorrido algo más de 2 km.
Y además, casi al salir de Campean empezó a llover, al principio no muy fuerte, pero la cosa fue en aumento, de forma que llegamos al bar poco antes de las 10 y ya un poco mojados. Al arribar, el bar todavía estaba cerrado y tardó la chica en llegar como 20 minutos, que se nos hicieron eternos porque hacía frío y con la humedad la cosa era más difícil de llevar.
Un par de vistas del trayecto
Como la lluvia se mantuvo durante más de hora y media, mientras tanto nos tomamos los cola-cao y cafés de desayuno, además de un par de bocatas de jamón que repartimos entre todos. Y no fue hasta alrededor de las 11,30 que pudimos volver a caminar, tras haber parado de llover.
Al reanudar la marcha ya vimos que el suelo de los caminos se había deteriorado una barbaridad, porque se ve que no se absorbe el agua con facilidad, y empezó a estar resbaladizo y nos frenó la marcha, además de que corríamos riesgo de patinar y estamparnos contra el barro. Las botas se iban haciendo cada vez más pesadas y los bajos de los pantalones se iban poniendo del color del suelo.
En un momento determinado, como yo me había alejado, empecé a preocuparme por si las chicas hubieran tenido algún percance, ya que tardaban en llegar a mi altura. Además, como quiera que las telefonee y no contestan, decidí volver atrás unos cientos de metros, hasta encontrarme con ellas. Resulto que únicamente se habían parado a beber y a hacer fotos. En fin, que continuamos ya hacia el final de etapa cada uno a su ritmo. En esta última parte del trayecto un par de veces la lluvia nos amenazó con volver a fastidiarnos, pero fueron pequeños chaparrones sin más importancia.
Cuando por fin llegamos a la entrada de Zamora nos encontramos con que el puente de piedra, que es el acceso clásico, está en obras y por esa razón para llegar al albergue tuvimos que dar un importante rodeo, que alargó la etapa en más de 1 km sobre lo previsto.
Llegados al alojamiento, pasadas las 3 de la tarde (hora de apertura), había un atasco importante para anotarse por lo que lo hicimos uno a uno a medida que llegamos, intercalados con muchos otros peregrinos que hoy llegaban a la ciudad.
Por todo ello, tardamos bastante en estar listos para salir a comer algo, antes de que Chus y Mayi se fuesen al médico por un pequeño problema que tenía Chus, y mientras los chicos nos fuimos a buscar una lavandería para yo hacer mi colada.
Cenando en La Colmena
Y para remate del día, a tomar unos vinos y pinchos a un par de sitios típicos, terminando en La Colmena, un restaurante donde nos trataron de maravilla y cenamos muy bien, antes de volver al albergue para estar dentro a las 10 de la noche, hora de cierre.
Hoy amanecimos muy relajados, tras una noche con todas las comodidades que nos ofreció el Castillo del Buen Amor. Y lo primero que hicimos fue ir al comedor a degustar el excelente desayuno-buffet que se nos ofrecía en el paquete reservado.
Recorrido de esta etapa
Hubimos de esperar a las 9 de la mañana, hora un tanto tardía para lo que acostumbramos cuando estamos de caminata, pero valió la pena la demora en salir, con lo cual cuando iniciamos la marcha eran ya las 10,20 horas.
Antes de partir, delante de recepción.
Hoy el recorrido inicial hasta El Cubo del Vino tuvimos que hacerlo por la N-630 a causa del desvío que hubimos de hacer para llegar al Castillo. Pero como fue a primera hora, los 14 km que hicimos por carretera fueron más llevaderos.
Sendas vistas desde la carretera
Al llegar a El Cubo de la tierra del Vino, un pequeño descanso en el Bar Hernández para reponer fuerzas y aligerar fluidos. Allí nos encontramos a otros peregrinos que hacen este mismo recorrido.
El Cubo de la tierra del Vino
Cuando ya retomamos la marcha, nos tropezamos en la plaza del pueblo a la coreana que vimos ayer. Hoy bajaba de un bus, o sea que se había saltado el recorrido.
El camino a partir de El Cubo circula por una senda agrícola muy cómoda, que lleva a su derecha una vía de tren en desuso. El paisaje es muy interesante, con grandes zonas arboladas con flora autóctona por la derecha y enormes extensiones de tierra labrada por la izquierda, con maquinaria agrícola de peso.
Vistas a lo largo del camino
A medio camino se notó un leve chispeo de lluvia, presagio de la borrasca que tenemos anunciada, pero la cosa no pasó a mayores.
Una leve parada en el recorrido
Sin embargo en todas las fotos que hice a lo largo de la marcha queda patente por los nubarrones que se ven, que probablemente mañana lloverá a lo largo de la jornada. De hecho, esta tarde ha llovido ya un poco en Villanueva de Campean, donde hoy pernoctamos. En cualquier caso hoy el paisaje ha sido realmente atractivo.
Recorriendo estos parajes
En el último tramo hasta llegar a nuestro destino de hoy, se pueden ver grandes extensiones de viñedos, y también enormes superficies en los que las plantaciones de avena destacan entre otras. Cabe destacar tambien lo hermoso del paisaje al margen de los cultivos, lleno de jaras, y multitud de otros arbustos en plena efervescencia en este mes de abril.
Vistas a lo largo del Camino
A la llegada a Campean se nos presentan sendos bloques de piedra, imitando a los antiguos miliarios, que anuncian el nombre del pueblo.
Según llegamos al pueblo, buscamos el albergue donde nos han dejado las mochilas. La verdad es que, viniendo del Castillo, a más de uno se le cae la moral al suelo. Y no es para menos porque quienes no conocen los albergues de peregrinos no imaginan como son, pero quienes los conocemos podemos opinar que este forma parte de la gama más cutre.
Este es nuestro albergue
Una vez colocadas las mochilas, nos vamos a tomar una cerveza al bar del pueblo, y resulta que no hay bar y lo único disponible es un local social comunal donde por cierto nos dan toda clase de facilidades y nos tratan de maravilla.
De regreso al albergue, ducha y acomodo, mientras preparamos la búsqueda de algún sitio para cenar, que al final conseguimos en un pueblo situado 4 km más allá, y con taxista que nos facilita los desplazamientos.
Acomodados en las literas
Conseguimos cenar francamente bien y como hay que acostarse pronto, a las 10 en el alojamiento, y a la cama poco después porque mañana es otro día de caminata.
De cena en el pueblo vecino
En fin. que los nuevos van descubriendo como funciona esto y nosotros nos encargamos de facilitarles la adaptación.
Hoy, 25 de abril, mientras Portugal celebra su fiesta nosotros empezamos nuestra andadura por esta Vía de la Plata camino de Astorga y con esta primera etapa que concluye en en Castillo del Buen Amor.
Resumen de nuestro recorrido
La jornada se inició a las 8 de la mañana, después de una plácida noche. A esa hora, con puntualidad exquisita, vinieron a recoger nuestras mochilas y a la misma hora acudimos a desayunar a la cafetería situada justo debajo del que fue nuestro alojamiento, en plena plaza mayor salmantina.
El desayuno en Salamanca
Y aproximadamente media hora más tarde, nos pusimos rumbo a nuestro destino de esta primera etapa. El camino transcurre por varias calles de Salamanca en dirección Zamora y ya saliendo de la capital transita por un arcén de la carretera nacional durante varios kilómetros, con deficiente señalización hasta que, pasados unos 7 kilómetros, se acomoda por un andadero que discurre en un lateral de la propia N-630.
Caminando por el andadero
Se llega a Aldeaseca de Armuña, ya un poco alejado de la nacional y se continúa por senderos hacia Castellanos de Villiquera, donde hicimos una parada para tomar un café y aligerar líquidos, cuando llevábamos caminados 12 kms. Allí nos encontramos con una coreana que caminaba un poco más lenta que nuestro grupo.
Castellanos es un pequeño lugar donde nos llamaron la atención algunas pinturas murales que decoraban diversas casas y locales.
Vistas de Castellanos
El siguiente pueblo fue Calzada de Valdoncel, algo más importante porque a diferencia de los anteriores, contaba con un par de entidades bancarias y cuyo ayuntamiento ocupaba un moderno edificio. En ese pueblo había además un par de albergues, uno de ellos privado y otro municipal. Y tenían una plaza adornada con restos de varios miliarios que suelen ser frecuentes por estos parajes, ya que por aquí discurría la vía romana que conectaba Sevilla con Astorga.
Calzada de Valdoncel
A partir de este pueblo ya no hay nada destacable hasta El Cubo del Vino, que dista más de 20 kms, por lo que elegimos como final de etapa el Castillo del Buen Amor, algo fuera de la ruta oficial del Camino De Santiago. Para llegar al final de etapa estimábamos que restaban 7 u 8 kms que finalmente se convertirían en algo más de 10, hasta completar un recorrido total de 27,3 kms.
Dos vistas del Castillo del Buen Amor
Invertimos en ese recorrido algo más de 6 horas, aunque con varias paradas, pero llegamos a nuestro destino cerca de las 3 de la tarde, con ganas de descansar y comer algo.
Comiendo algo tras la llegada
El Castillo del Buen Amor es un excelente lugar para disfrutar de un fin de semana, y aunque nosotros no disponemos de ese tiempo, tratamos de sacarle el máximo partido en el margen de nuestras posibilidades.
Nuestra habitación
Después de reponer fuerzas, ya pasamos a las habitaciones para descansar, ducharnos y recuperarnos para la siguiente jornada. Hemos estado en las habitaciones un par de horas y luego salimos a recorrer las diferentes estancias del castillo, que ha resultado ser muy interesante. Está muy bien cuidado, con un montón de salones y lugares para uso de los clientes. Y tiene un precioso y bien cuidado entorno, con plantaciones de uvas propio.
Un par de estancias del Castillo
Hemos hecho tambien buenas migas con el personal de recepción, de cafetería y del restaurante, alguno de ellos gallego (de Cariño, y con conocidos comunes por Rafa y Mayi). En resumen, que hemos aterrizado en el lugar adecuado.
Otras estancias
Cenamos en el restaurante, que por su forma, nos recordaba al del Hostal de los RR. Católicos. La cena tambien estupenda.
El comedor y un vino de la propia cosecha
Y como con todo eso ya se hizo tarde, nos vinimos a las habitaciones sobre las 11,30 para mañana desayunar a las 9.
Otras estancias del hotel
En definitiva, una primera jornada excelente y con ganas de seguir en la misma linea en los próximos días.
Llegó el día programado, y hoy, 24 de abril, nos concitamos para iniciar el camino según lo previsto, a la 1 de la tarde de la estación de San Cristóbal para tomar el tren que nos traería a Salamanca, previo paso por la estación de Zamora y después de coger un bus en esa ciudad.
Inicio del camino en la estación
Así pues, llegamos a Salamanca poco antes de las 6 de la tarde, listos para empezar nuestra andadura. Antes de instalarnos en nuestro alojamiento, en plena Plaza Mayor, nos relajamos un rato en una terraza para verificar que tampoco aquí saben servir un ristreto, y a la vez empezar a disfrutar de la hermosa vista de la que, a mi modesto entender, es la más atractiva plaza mayor de nuestro país.
Plaza Mayor de Salamanca
Tras instalarnos en nuestras habitaciones (los tres chicos por un lado y las dos chicas por otro), salimos a solucionar los pequeños déficits acumulados por una mala programación previa, es decir, comprar aquellas cosas que se nos olvidó traer de casa, y a la vez hacer un recorrido por algunas de las preciosas calles de la ciudad.
Vista de Salamanca
Fuimos a la farmacia a comprar los medicamentos que yo olvidé traer, conseguimos comprar unas etiquetas que deberíamos haber traído en las mochilas como identificación, y por último dimos varias vueltas hasta conseguir las credenciales de los “novatos”. Pero todo ello se consiguió sin grandes problemas, y finalmente pudimos ir a tomar unos vinos y unas tapas que nos sirvieron de cena.
El lugar elegido para esa primera cena fue la Taberna de Dionisia, un establecimiento que nos habían recomendado en nuestro alojamiento, y que resultó ser excelente, tanto por la atención del personal, como por los artículos y caldos elegidos para la ocasión, es decir, unas selecciones de tostas especialidad de la casa, y un combinado de derivados del cerdo ibérico, regado con unas cervezas, y unos vinos recomendados (Madremía y Arzuaga) que nos dejaron completamente satisfechos.
En todo caso, antes de venir al alojamiento pasamos por el café Novelty, donde algunos de los reconocidos escritores del pasado siglo se reunían y dejaban su impronta. Así han instalado allí una efigie en bronce de Torrente Ballester, asiduo al parecer del café en su época de residente en Salamanca.
Café Novelty
Y finalizada la jornada, a dormir (unos mas que otros) para mañana estar dispuestos a enfrentar la primera jornada real del Camino Vía de la Plata que, salvo problemas no esperados, nos llevará en los próximos días hasta Astorga.
Se cumplen ahora 7 años desde mi última incursión en los «caminos» de Santiago, en sus diferentes conformaciones y recorridos, y mientras voy realizando los preparativos he tenido tiempo de recordar cada una de las ocasiones en que me metí en estos fregados, y la cantidad de kilómetros que llevo hechos a lo largo de los casi 18 años desde que empecé.
En esta ocasión pretendo continuar por la Via de la Plata un recorrido que inicié en junio del año 2015, junto a Mayi y Dora, desde Mérida y terminando en aquella ocasión en Salamanca. Ahora la pretensión es continuar con ese camino hasta Astorga, donde la Via de la Plata se encuentra con el Camino Francés. Serán un total de 9 etapas, ya que no quiero hacer largos recorridos diarios, y sale una media de 22 kms aproximadamente. Y aunque en principio mi idea era hacerlo solo, al comentarlo se han ido uniendo otros amigos, algunos ya con experiencia como Mayi y Chus, y otros neófitos en estas lides como son Rafa y Armando. En total seremos 5 caminantes con ganas de disfrutar del recorrido. Y lo vamos preparando día a día para llegar debidamente preparados.
Y volviendo a los kilómetros recorridos hasta la fecha, me salen las siguientes cuentas:
Sto. Domingo de la Calzada
Julio 2006, entre los días 15 y 25, partiendo de Saint-Jean-Pied-de-Port y llegando hasta Santo Domingo de la Calzada, aproximadamente 225 km. Fue mi primera experiencia, afortunadamente muy gratificante, por lo cual al poco tiempo quise continuar, y para ello un mes después programé una segunda parte, que iniciaría en Santo Domingo, donde lo había dejado en esa primera fase.
Pero el proyecto se truncó porque en el viaje de ida, el día 21 de agosto de ese mismo año el tren en que viajaba hacia Vitoria tuvo un descarrilamiento al paso por la estación de Villada (Palencia), y aunque yo tuve la fortuna de salir ileso del accidente pese a que viajaba en el vagón que salió peor parado, murieron 6 personas y un número mayor resultaron heridas, algunas de consideración. Yo perdí la mochila, las gafas y el sombrero, y aunque me trasladaron en bus a Vitoria, quedé sin ropa ni elementos para continuar con el camino, y por supuesto sin ganas en aquel momento, así que tras pasar un par de días en casa de una amiga, regresé a casa.
La estación donde se produjo el descarrilamientoColaborando en el rescate a los heridosEl vagón más dañado, donde yo viajaba
En Octubre del mismo año 2006, volví a continuar lo que había dejado en julio y no podido realizar en agosto. Así que partiendo de Santo Domingo, en algo menos de una semana hice el trayecto hasta Boadilla del Camino, en total otros 115 kms. Lo dejé ahí un par de días antes de lo previsto porque me surgieron unos problemas y regresé a casa.
Hasta septiembre del año siguiente no retomé el Camino Francés, y en esta ocasión lo hice acompañado de Chus, que ahora se ha unido también al nuevo proyecto. En aquella ocasión hicimos un total de 229 kms. partiendo de Boadilla del Camino, hasta Ponferrada.
El último tramo de ese mi primer Camino Francés, volví a hacerlo acompañado de Chus. Fue en marzo de 2008 y como en esa fecha ya Ipi había entrado en mi vida, ella nos llevó hasta Ponferrada para el inicio, e incluso nos trasladó las mochilas hasta el albergue donde haríamos la primera noche. También luego nos hizo otra visita el día que llegamos a Palas de Rey, y allí comió con nosotros. En ese cuarto tramo hicimos un total de 224 kms, y en la fase final se unió a nosotros una asturiana que viajaba sola y terminó acompañándonos hasta Santiago. Y con ello, sumando los cuatro tramos hechos, arroja una cifra próxima a los 800 kms lo que es el total del Camino Francés, habida cuenta de que siempre se hacen algunas variaciones para ver tal o cual monumento, o nos desplazamos del camino principal para llegar a algún albergue, etc.
En junio de 2011 hice, junto a Mayi y su amiga Dora, lo que se viene a denominar el «Tramo Aragonés» del Camino Francés. Es la entrada a España desde Francia por Somport, en Huesca, y el recorrido consiguiente hasta unirse al Camino Francés clásico en Puente la Reina. Son algo más de 180 kms de un trayecto bastante duro, y con una etapa especial, la de San Juan de la Peña, que por algunos está considerada como la más complicada de todos los caminos que conducen a Santiago.
Un año más tarde, en junio de 2012, Mayi, Dora y yo hicimos el Camino Primitivo, empezando en Oviedo y con final programado en Melide, donde este Camino se encuentra con el Francés. Son casi 260 kms, que recorrimos en 10 días y en su conjunto a mi modo de ver (y no solo el mío) es uno de los trayectos más duros de los diferentes caminos a Santiago. Pero además de duro, es francamente bonito y vale la pena el esfuerzo de hacer esas etapas, por parajes totalmente verdes e imbuidos de naturaleza virgen.
Solo unos meses más tarde, en septiembre, conseguí convencer a Ipi de que se uniese a mí para un recorrido del Camino de Santiago, en esta ocasión para hacer el tramo entre Santiago y Fisterra, y allí ejecutar el clásico de la quema de las botas. Fueron cuatro días fantásticos, que culminamos con la recepción que, a nuestra llegada al faro de Fisterra, nos hicieron nuestros amigos que se habían desplazado hasta allí para la ocasión. Completamos esa jornada final con un baño en la playa y una excelente comida en el restaurante Tira do Cordel. En ese trayecto hicimos unos 90 kms.
Al año siguiente, final de agosto y comienzos de septiembre, junto a Mayi y Dora, nos lanzamos al Camino Portugués, comenzando poco después de Oporto y terminando en Santiago. Fueron un total de 9 días, y aproximadamente 220 kms. Como era la época en que estaba con nosotros Hajar, tanto en la despedida como en la llegada a Compostela la tuvimos cerca, y ya forma parte del recuerdo de ese periplo.
Fue en junio de 2015, como ya dije al inicio de esta publicación, cuando junto con Mayi y Dora nos animamos a empezar el recorrido por la Via de la Plata, comenzando en Mérida y haciendo un final temporal en Salamanca, donde ahora lo retomaré. En esa oportunidad recorrimos cerca de 300 kms, a lo largo de 12 días. Resultó un tramo duro, especialmente por el calor, aunque muy interesante por los lugares por los que se transita.
El año 2017, entre abril y mayo, llevé a cabo mi proyecto más ambicioso en lo referente al Camino, que fue hacer el trayecto de una sola vez desde Francia, en solitario (es decir, sin acompañamiento inicial). Eso representa hacer de una tirada los casi 800 kms, sin dias de parada para el descanso. En total fueron 28 jornadas, con recorrido entre el 9 de abril y el 9 de mayo. Hubo un alto de 3 días de un viaje «relámpago» a Londres para asistir con Hugo y con Ipi a unos actos que tenía allí Chema (fue la etapa de su residencia en la capital inglesa) y aprovechamos para celebrar en esa ciudad mi 67 cumpleaños. Tengo que señalar que para mí ha sido el mejor de mis recorridos, por la intensidad, por la diferencia que implica el viajar solo, incluyendo en este apartado además la cantidad de personas con las que he convivido durante el periplo y el excelente recuerdo que me han dejado muchas de ellas. En esta ocasión, al paso por Ponferrada tuve la visita de Ipi, y más tarde, al llegar a Samos, también Ipi, en compañía de Elena y Rafa, salieron a mi encuentro. Por último, al regresar de Londres, en las tres últimas etapas Ipi me acompañó, y mi hermano Miguel me acompañó unos kilómetros a mi paso por Arzúa.
Por último, en agosto de 2019, en 3 días hicimos Ipi, Mayi, Fernando y yo el recorrido del Camino Inglés entre A Coruña y Santiago. Un total aproximado de 70 kms que se hizo con tranquilidad y con bastante calor, por cierto. Celebramos nuestra llegada a Santiago como si hubiéramos venido desde Francia, pero lo disfrutamos bien.
Si sumamos todos los recorridos señalados, resulta una cifra superior a los 2.700 kms, pero lo más importante para mi son las experiencias acumuladas en estos 18 años y los buenos recuerdos que guardo de cada uno de los viajes y de cada una de las personas con las que he convivido en ellos. Asi que con esas mismas expectativas partiré para la nueva ruta.
Como cada año llegando estas fechas, tenemos siempre mucho que celebrar, empezando por el momento en que empezamos nuestra relación, continuando con la fecha de la boda, y terminando con el cumpleaños de Ipi, que coincide además con el de Hugo. Y cada vez que llega febrero preparamos (o mas bien ejecutamos) un viaje previamente estudiado y organizado.
Empezamos la serie en 2010, que nos desplazamos a La Rioja para hacer noche en el hotel Marqués de Riscal, diseñado por Guggenheim. Un año después viajamos a Madrid y luego a conocer el Palacio de Sober. En 2013 lo hicimos coincidir con un viaje a Nueva York, y en 2014 fuimos a Portugal, al Palacio de Vidago. En 2015 hicimos el que quizás fue el más especial, porque combinamos Dubai con Omán y las Maldivas, y posiblemente también el más largo de la serie. En 2016 viajamos a Marrakech, y un año después Soria y el entorno próximo fue nuestro destino. En 2018, esta vez acompañados por nuestros hijos, nos desplazamos a Las Palmas.
Llegado febrero de 2019, en lugar de viajar aprovechamos la fecha para casarnos y reunir en A Coruña a familia y amigos. Y un año después de la boda, por estas fechas viajamos a Madrid para compartir nuestro primer aniversario con los hijos. En el 21 las restricciones de la pandemia nos obligaron a quedar en casa, y llegado el 2022 marchamos a Lanzarote, a tomar algo de sol. El pasado año, en febrero no hicimos un viaje específico porque aprovechamos el regreso de esquiar Rafa y yo para que nuestras chicas nos acompañaran pasando un delicioso fin de semana en San Sebastián.
Y por fin llegamos a este 2024 en el que conseguí convencer a Ipi para ir a Madrid a pasar 5 días y de esa forma aprovechar para que conozca algo la ciudad, ya que aunque durante todos estos años hemos ido allí en varias ocasiones, siempre era coincidiendo con el intermedio de un viaje o para estar con nuestros hijos, y sin la libertad de poder movernos a nuestro aire, visitar museos, y en definitiva que Ipi descubriese la capital con cierta calma y para poder moverse allí con soltura.
Asi pues el 14 de febrero, festividad de San Valentín (sin que al programarlo eso fuera un motivo concreto), nos montamos en un Alvia camino de Madrid, que por cierto llegó con algo más de media hora de retraso. Ya en la capital, marchamos directos al hotel, previo recorrido por un largo periplo en Chamartín hasta llegar a la parada de los taxis, debido a las obras que se ejecutan desde hace años en esa estación de ferrocarril. En el hotel, el Westin Palace, junto al Congreso de los Diputados, nos recibieron estupendamente y nos asignaron una amplísima habitación de las ya reformadas, todo un lujo. La elección del hotel estuvo motivada porque allí nos alojamos cuando en noviembre de 2018 viajamos a Madrid a comunicar a nuestros hijos que nos casaríamos unos meses después.
Hotel Westin Palace – MadridHabitación 253Hotel Palace
Después de habernos instalado, comenzamos a recorrer la ciudad, con un amplio y tranquilo paseo por los alrededores del hotel, y más concretamente por el Paseo del Prado, camino de la estación de Atocha, para acercarnos al Museo Reina Sofía, donde habíamos acordado encontrarnos con mi hermana Berta y Ramón, nuestro cuñado, que se habían ofrecido para acompañarnos en algunas de nuestras visitas por la ciudad. Al atravesar la plaza de Carlos V, pasé ante lo que ahora es una tienda de Decathlon, y antes una oficina del antiguo BHA, y que me trajo a la memoria la etapa que pasé trabajando en aquella oficina en 1972 cuando tuve que estar casi dos meses desplazado en Madrid para hacer el curso de oficiales, en el Banco.
El Reina Sofía, al que ya hacía muchos años que yo no acudía, nos resultó un tanto monótono, aunque pudimos volver a contemplar el Guernica y bastantes otras obras de Picasso, de Miró y de otros muchos artistas, aunque no pudimos ver una exposición temporal de Tapies que se inauguraba la semana siguiente. Nos sorprendió ver, cuando salimos, la enorme cola que se había formado a la entrada del museo porque varios días de la semana a partir de las 7 de la tarde el acceso es gratuito.
Edificio del Museo Reina SofíaGuernika, de Pablo Picasso
Reloj animado
Congreso de los Diputados
Al salir del museo fuimos tranquilamente caminando por el Paseo del Prado hacia la Carrera de San Jerónimo, y ya en esta calle nos sorprendió a las 8,00 horas de la tarde un reloj ubicado justo en el edificio que está frente al Hotel Palace, en el que al dar la hora salían al exterior de la ventana una serie de figuras mientras tocaba una conocida melodía. La verdad es que ese reloj seguro que está allí desde hace muchos años y solo Berta y Ramón tenían conocimiento de ello, aunque ninguno de los cuatro había tenido ocasión de admirarlo antes. Continuando hacia la Plaza de Canalejas, vimos iluminado el Congreso de los Diputados.
Al llegar a la plaza pudimos contemplar la gran transformación que ha tenido el edificio que fue la antigua sede principal del Banco Hispano Americano, donde en mi etapa joven estuve numerosas veces por motivos de trabajo. Ahora el edificio ha sido por completo reformado en su interior y alberga un centro comercial de super lujo, con las tiendas de mayor relieve, y en el que curiósamente se conserva la puerta de acceso a la que fue la cámara acorazada del Banco, que aprovechamos para fotografiar. El interior se ha unido al de otro edificio anexo, que tenía su frente y acceso por la calle Alcalá, con lo cual el centro comercial es amplísimo.
Galeria Canalejas – Antigua sede de la central del B.H.A.Interior de la Galeria Canalejas
De camino hacia la Plaza Mayor contemplamos la cantidad de madrileños y turistas que se movían por la Puerta del Sol, que a lo largo de los años ha ido recibiendo numerosas reformas y en la que también la mayor parte de los edificios están ahora ocupados por importantes marcas comerciales. La antigua sede de la Dirección General de Seguridad la ocupa ahora la presidencia de la Comunidad de Madrid y una gran tienda de Apple ocupa el edificio que tiene a su izquierda la Carrera de San Jerónimo y a su derecha el inicio de la calle Alcalá. Incluso la figura del Oso y el Madroño ha cambiado de ubicación, porque donde estaba antes ahora se sitúa una gran entrada al Metro.
Uno de los objetivos de llegar a la Plaza Mayor era poder degustar el típicamente madrileño «bocata de calamares» (que realmente queda en mal lugar si se le compara con alguno de los que podemos tomar en A Coruña, concretamente en el del Bar Down de la Plaza de Ourense). Para ello, tomamos asiento en una de las terrazas de la Plaza Mayor, donde por cierto se estaba divinamente aunque eran ya más de las 9 de la noche, dado que la temperatura era muy agradable, y desde luego poco típica para estas fechas del año. Terminada esa frugal cena Ramón y Berta cogieron el Metro en Sol y nosotros regresamos tranquilamente al hotel, aunque antes de ir a la habitación nos quedamos un rato a disfrutar del buen ambiente del bar del Palace, tomando una cerveza y un café.
Iglesia de Jesus de Medinaceli
A la mañana siguiente salimos a desayunar tratando de encontrar algún sitio donde tomar unas porras, pero en la cafetería más próxima que encontramos, llamada Granja Blanca, no las tenían, así que hubimos de conformarnos con unos simples churros y tostadas. A pocos metros de la cafetería y del hotel está la iglesia de Jesús de Medinaceli, cuya cúpula por cierto es visible desde nuestra habitación. Parece ser que en esa iglesia se forman largas colas para contemplar y besar la imagen del Cristo, y como ninguno de los dos conocía el templo, entramos a visitarlo. La iglesia estaba vacía, y la verdad es que no nos causó ninguna impresión especial.
Fuente de la diosa Cibeles
Tras el desayuno, comenzamos nuestro periplo de visitas del día, consistente en recorrer el paseo de Recoletos hacia la Castellana. En Cibeles Ipi pudo hacerse una primera idea del cruce de calles, ya que es el punto de partida del Paseo del Prado, Paseo de Recoletos, y que parte en dos la Calle de Alcalá, porque desde allí se divisa en un sentido la Puerta de Alcalá y del contrario el comienzo de la Gran Vía. Con todos los edificios que circundan la plaza, es decir antiguo edificio de Correos ahora ocupado por el Ayuntamiento de Madrid, Casa de America, Banco de España y jardines y edificio del Ministerio de Defensa.
Sede del Ayuntamiento de MadridBanco de EspañaCasa de America
Biblioteca Nacional
Continuando hacia la Plaza de Colón, en la idea de visitar la exposición de Marc Chagall que acababa de ser inaugurada en el museo de la Fundación Mapfre, nos encontramos con que aunque la apertura de puertas era a las 11 de la mañana, había ya algo de cola, por lo que decidimos continuar hacia el norte para visitar entretanto la Biblioteca Nacional, que ninguno de los dos conocíamos. El edificio que alberga numerosas joyas de nuestra literatura apenas puede ser visitado más que en su entrada y algunas salas, salvo que hayas solicitado autorización para consultar obras concretas que te den acceso a la sala de la biblioteca, si estás preparando una tesis doctoral o algo similar. En esta ocasión estaba abierta al público una exposición de manuscritos Persas de varios siglos atrás, en la que pudimos observar ejemplares magníficos procedentes de antiguos exploradores y viajeros españoles por aquellas tierras.
Biblioteca NacionalInterior de la Biblioteca NacionalSala exposición Manuscritos Persas
Estatua de Colón
Edificios del Hotel Marqués de Villamagna y antiguo Banco Hispano Americano
Terminada la visita a la biblioteca, que nos causó una grata impresión, retornamos al museo Mapfre, para comprobar que la cola, ahora en el interior, había aumentado y solo despachaban entradas para visitas a partir de la una de la tarde, por lo que decidimos dejarla por el momento hasta saber si Berta y Ramón, que habían quedado con nosotros para más tarde, estaban interesados en asistir también. De modo que continuamos hacia el norte, pasando por la Plaza de Colón e iniciando el Paseo de la Castellana, donde poco más adelante nos topamos con los edificios del Hotel Villamagna y el contiguo, con acceso por la calle de Serrano, del que en su día era el edificio del BHA donde se ubicaban los departamentos de extranjero, y donde yo trabajé en el Departamento de Relaciones Exteriores durante 14 meses entre los años 1974 y 1975, lo que me hizo recordar lo «madurito» que soy porque desde aquella estancia mía en Madrid han pasado ya 50 años.
Sorolla – Autoretrato
Jardines y fuente de la casa donde vivió Sorolla, hoy Museo
Continuando Castellana arriba, decidimos ir a visitar el Museo Sorolla donde más tarde se reunirían con nosotros Berta y Ramón. El museo está ubicado en la que fue la casa del pintor, que tiene en su exterior unos bonitos jardines con fuentes, y que guarda una gran parte de las obras que pintó a lo largo de su vida. Allí se guardan además numerosos recuerdos que fue atesorando, sus útiles de pintor, y hay una extensa colección de las obras y borradores utilizados para los frescos que le fueron encargados por Archer Milton Huntington para la Hispanic Society de Nueva York, donde se representan escenas de las diferentes regiones españolas y que este año, con motivo de su centenario, dió lugar a numerosas exposiciones en diferentes ciudades (una de ellas en A Coruña), bajo el título de Sorolla, viajar par pintar.
Museo SorollaMuseo SorollaMuseo Sorolla
Al terminar la visita, que hicimos con bastante agilidad debido a la hora, y ya reunidos con mi hermana y su marido, decidimos caminar hasta el restaurante Bistronómika, en la calle Ibiza, donde yo había reservado para comer. La verdad es que aunque pensamos que 45 minutos caminando hasta el restaurante nos iba a sentar como preparación para la comida, comenzó a llover, al principio de forma tenue pero poco a poco la lluvia se fue incrementando y terminamos caminando deprisa para no mojarnos demasiado, ya que solo había un paraguas (que utilizamos Ramón y yo) mientras las chicas, equipadas con capucha, poco a poco se fueron remojando más de lo necesario.
Bistronómika
La elección del restaurante había sido un cierto «caprichín» mío, porque meses atrás el cocinero de Bistronómika participó junto con Alvaro, su homólogo del Charlatán en una cena-maridaje a cuatro manos en el restaurante Charlatán, a la que asistimos mi amigo Rafa y yo, de la que guardamos un excelente recuerdo. Sin embargo en esta ocasión la comida nos dejó un cierto sabor amargo porque, sin estar mal, no estuvo a la altura de lo esperado, tanto en los platos que nos sirvieron como en la presentación de los mismos, y ello sin contar el ambiente, ya que fuimos los únicos comensales en el restaurante en ese día.
Jardines del Retiro
Lago del Retiro
Terminada la comida, como en ese momento no llovía, decidimos caminar a través de los Jardines del Retiro en dirección a Cibeles, puesto que había conseguido reservar, por internet, entradas para los cuatro al museo de la fundación Mapfre para las 18,45 h. De camino hacia allí, al llegar a Cibeles intentamos también conseguir entradas para la exposición de Monet en el edificio del ayuntamiento, pero ya no nos daba tiempo y optamos por esperar la hora de nuestras entradas a la exposición de Marc Chagall tomando un refresco en el Café Gijón, ubicado a pocos metros de la fundación. Para esa hora ya había comenzado a llover de nuevo.
Exterior del Café GijónCafé Gijón
La exposición de Chagall resultó muy interesante. Había mucha gente, pero no resultaba agobiante. Ipi dice que le faltó tiempo y que hubiese deseado disponer de más calma para entender bien la obra, pero los demás quedamos satisfechos con lo visto. Y aunque le sugerí volver al día siguiente, tampoco se trataba de eso, así que se informará más desde Coruña sobre el pintor.
Folleto de La Regenta
Por otra parte, tampoco podíamos extendernos más de una hora porque a las 8 de la tarde teníamos entradas para ver en el teatro del Centro Cultural de la Villa (situado en los bajos de la plaza de Colón) «La Regenta» estrenada pocos días antes y que es la primera vez que esa obra de Leopoldo Alas Clarín se representa en un escenario teatral. La sala estaba prácticamente llena, y a ambos nos agradó un montón.
Al terminar el teatro decidimos regresar tranquilamente hacia el hotel, caminando por Recoletos y Paseo del Prado para repetir, al igual que la noche anterior, un paso por el bar del Palace antes de subir a la habitación. Desde allí intenté conseguir «on line» entradas para la exposición de Monet para alguno de los dos días siguientes, pero me encontré con que viernes, sábado y domingo estaban ya todas agotadas, al igual que para los mismos días de la semana siguiente. Es Madrid, que durante los fines de semana está al completo en museos, teatros, etc. y además por cualquier parte de la ciudad te topas con numerosos grupos de visitantes foráneos y también madrileños.
El programa del viernes era «completito» porque nos habíamos comprometido para comer en casa de Cuca y Lalo, unos amigos que viven en la capital; además por la tarde teníamos entradas para un musical y a la noche cena en Txistu con herman@s y cuñad@s. Y como además había que seguir visitando cosas, empezamos por un paseo hacia Los Jerónimos, pasando por los alrededores del Museo del Prado, donde ya, a primera hora, había cola de visitantes.
Museo del PradoIglesia de Los Jerónimos
Casón del Buen Retiro
De ahí continuamos hacia el norte, en esta ocasión recorriendo la avenida de Alfonso XII, bordeando el Retiro hacia la Puerta de Alcalá, y pasando frenter al Cason del Buen Retiro, para continuar por la calle Serrano, siempre en dirección norte, pasando por Colón y para terminar en la zona de El Viso, donde estaba el segundo objetivo del día, que no era otro que la Residencia de Estudiantes, en la calle Pinar, para seguir el rastro de Lorca. Fue una ocurrencia de Pilar, que tenía ganas de conocer los pormenores del lugar donde Federico se había alojado. Como no había visitas guiadas, hubimos de conformarnos con ver el recinto y visualizar desde fuera una habitación «tipo» de las que los estudiantes usaban. Por allí pasaron en aquellos años (antes de 1936, año en que se cerró) artistas como Dalí, Buñuel, Severo Ochoa, el propio Lorca y otros muchos menos conocidos.
Habit.tipo EstudiantesResidencia EstudiantesHabit. tipo Estudiantes
De camino hacia la casa de nuestros amigos, pasamos primero por la calle Claudio Coello, e hicimos una parada frente al colegio a cuyo patio cayó el coche de Carrero Blanco cuando en 1973 fue objeto del atentado de ETA. Hay sendas placas en la pared recordando el atentado y la muerte de los policías que acompañaban al entonces Presidente del Gobierno.
Colegio Jesuitas – Claudio CoelloEdif. calle Juan Bravo
Y un poco más adelante, al atravesar la calle Juan Bravo, recordé la casa donde yo vivía durante esos 14 meses que estuve en Madrid entre los años 1974 y 1975 y no pude dejar de recordar mi estancia de aquellos intensos meses, cuando compartía la jornada entre el horario del Banco, la asistencia a las clases de Económicas en la universidad, en Somosaguas, y mis vivencias en general en la capital. Aproveché para fotografiar el edificio donde tenía alquilada una habitación, y en definitiva hice memoria de aquel tiempo, con lo que al final casi ha resultado que este viaje, programado para que Ipi conociese un poco Madrid, ha servido para rememorar yo aquella época hoy tan lejana.
Puntuales a nuestra cita, llegamos a la casa de nuestros amigos Cuca y Lalo, donde nos encontramos también con su hija Elena, que además es ahijada de Ipi. Tuvimos una amena comida y al término de la misma hicimos un brindis para que no pase tanto tiempo hasta que volvamos a coincidir en un viaje, porque con estos amigos y con Rafa y Elena ya habíamos estado hace ahora 14 años en Pedraza, cuando asistimos al Concierto de las Velas, y posteriormente en Sevilla, años después, cuando nos invitaron a su caseta en la Feria de Abril. En cualquier caso, habíamos acordado ya que cenaríamos la noche siguiente en un restaurante del centro de la capital.
Regresados al hotel, siempre paseando y descubriendo nuevas calles, hicimos un pequeño descanso para ir luego al Teatro Apolo a ver el musical Chicago, para el cual había reservado entradas Ramón tanto para nosotros como para mi hermano Paco y mi cuñada Elva, que ese finde coincidían también en Madrid. Y a la hora convenida nos encontramos los seis frente a la puerta del teatro. El musical estuvo bien, a juicio de la mayoría, aunque a Ipi y a mi nos dejó un tanto indiferentes. Es cierto que los músicos y los actores eran francamente buenos, pero a mi modo de ver falla en la ausencia de un argumento sólido. Hay que decir también que yo no soy un admirador de los musicales.
Mesón Txistu
Al finalizar la representación, sobre las 11 de la noche, salimos escopetados para conseguir sendos taxis que nos llevasen hasta el Mesón Txistu, donde estaba reservada la cena para media hora después.
El local estaba lleno cuando llegamos y la cena estuvo bien. Paco había elegido el sitio porque quería un restaurante donde se come en plan «clásico», es decir cocina tradicional. Es un referente en carnes y, entre otras cosas, nos echamos al cuerpo dos buenos chuletones, marca de la casa, mientras Elva y Berta optaron por una merluza rellena. En fin, tuvimos una cena familiar, invitación nuestra por tratarse de nuestro aniversario. Y dado lo avanzado de la hora, esta vez el regreso al hotel lo hicimos en taxi, después de dejar a Paco y Elva en el suyo.
Para desayunar el sábado seguimos buscando un lugar donde comer porras, y lo encontramos al inicio de la calle del Prado, muy cerca del hotel, para seguir después nuestro recorrido hacia la Puerta del Sol por las calles del centro y con una parada en un comercio (Loué) del que David le había hablado a Ipi, en la calle Virgen de los Peligros entre Alcalá y la Gran Vía, para continuar después por la calle Mayor hasta llegar a la Almudena. Nos encontramos con numerosos grupos de turistas que hacían recorridos «free tour» lo que confirmaba mi comentario anterior de que en los fines de semana el paisaje ciudadano cambia de forma ostensible.
Catedral de Santa Maria la Mayor de La Almudena
Ya dentro de la catedral de Madrid, donde los visitantes eran numerosos, hicimos un recorrido por el interior del templo en el que yo había ya estado años atrás cuando se ofició la boda de Ana Vargas, en mis años jóvenes. La Almudena no tiene grandes cosas que ver, la verdad, e incluso la Cripta, a la que fuimos posteriormente, tiene casi más interés. En todo caso era una visita obligada y por esa razón la hicimos, pensando en mis pretensiones de que Ipi conozca un poco más a fondo Madrid.
Interior de La AldenaCripta de la Almudena
Otra de las ideas que yo tenía para esa mañana era visitar el Palacio Real, pero nos encontramos con que la cola para acceder al mismo era impresionante, con lo que decidimos dejarlo para otra oportunidad y aunque dimos una vuelta por la explanada exterior, terminamos enfilando la calle Bailén para dirigirnos a la Plaza de España.
Recordaba Ipi que la última vez que pasamos por allí fue en 2020, poco antes del inicio de la pandemia, cuando habíamos estado en Madrid celebrando nuestro primer aniversario con los chavales. Entonces la calle Bailén estaba en obras, con la reforma de todo el entorno de la Plaza de Oriente.
Plaza de España, con el antiguo B. Occidental al fondoEdificio España, dentro de la plaza, ahora hotel Riu
En la Plaza de España hicimos un corto recorrido, recordando allí tambien mis últimos días de residente en la capital, antes de regresar a Galicia tras mi paso del BHA al Banco Occidental, cuyo edificio central se encontraba entonces frente a la estatua ubicada en el centro de la plaza, y donde pasé mis primeros días en ese Banco conociendo su funcionamiento en abril de 1974. Recuerdos de otros tiempos, que me venían a la mente circulando por diferentes zonas de la ciudad.
Desde la plaza, tomamos la Gran Vía para subir hasta Callao. Nos habían comentado Berta y Ramón que valía la pena visitar el interior de la tienda de Primark para ver la cúpula. Y lo que yo creía que era ese edificio (el antiguo Cine Avenida), resultó que ahora es Uniclo. Así que por una vez Ipi entró a un comercio con la idea de realmente comprar algo, sin dejarlo para otra ocasión. El resultado fue que salió con un chaleco, una cazadora y hasta un pequeño bolso. Desde allí atravesamos la Gran Vía para finalmente entrar a Primark, que ocupa el edificio del antiguo Sepu, de la década de los 70.
Pero antes de atravesar la calle, entramos en La Casa del Libro, a petición de Ipi, que quería buscar una publicación reciente que resultó ser «La Llamada» , de Leila Guerriero, una periodista argentina que semanalmente tiene una columna en el programa «A Vivir que son dos días» de la SER, libro sobre el que yo había manifestado un cierto interés al conocer su publicación, y que Ipi quería comprar, yo imaginaba que para ella, pero que en realidad era para regalármelo. En fin, que nos vinimos con el libro.
Paseamos a continuación por la calle Fuencarral, muy animada a esas horas del sábado, ya cerca de la hora de comer. Y puesto que teníamos predisposición a comprar, yo aproveché para adquirir una americana, aprovechando el final de las rebajas. El siguiente paso fue la comida, que hicimos en un cafe-restaurante de la zona llamado «El 3 de Galdós» por el nombre de la calle donde está ubicado. Hicimos una comida ligera porque para esa noche teníamos concertada una cena con Cuca y Lalo en un restaurante del centro.
Y pensando en la cena, con ánimo de tomar un descanso antes de volver a salir a la tarde-noche, nos fuimos al hotel a disfrutar un poco de las instalaciones del Palace, y más en concreto para tomar un digestivo en la preciosa cafetería coronada por la cúpula. Allí estuvimos un buen rato recordando el momento en que, cinco años atrás, grabamos el video que mandamos a los amigos para invitarlos a nuestra boda.
Para la cena Lalo reservó en el restaurante Saddle, un lujoso local que en otro tiempo estuvo ocupado por el antiguo Jockey. Está ubicado en una paralela a la Castellana, justo detrás de lo que en su día fue la sede de la Presidencia del Gobierno, en Castellana 3. Es uno de los lugares de los que se dice que son habituales de la «jet set» de Madrid. Nuestra mesa quedaba justo frente al gran ventanal a través del cual se divisa la cocina, con lo que podíamos observar las evoluciones de los chefs. En cualquier caso, cenamos divinamente y terminamos la velada con unas copas en el propio restaurante. Y como la noche estaba agradable, vuelta al hotel caminando.
El domingo ya tocaba recoger, por lo cual preparamos las maletas antes de salir al desayuno, y las dejamos en la consigna del hotel hasta la hora en que Ramón nos vendría a buscar, puesto que nos habían invitado a comer en su casa, para acompañarnos por la tarde a la estación de Chamartín.
Para esta última jornada habíamos dejado un paseo por el barrio de las Letras, partiendo desde el Palace por la calle del Prado hacia la plaza de Santa Ana, donde Ipi quiso fotografiarse junto a la estatua allí levantada en recuerdo de Federico García Lorca. Continuamos luego hasta la Plaza Mayor y Teatro Real tras pasar por el Arco de cuchilleros y hacer una breve visita al Mercado de San Miguel, ahora parcialmente en obras.
Plaza de Santa AnaTeatro Real
Monasterio de las Descalzas Reales
Y desde allí, nuevamente recorrido Gran Vía hacia arriba para buscar la Plaza de Las Descalzas, donde se encuentra el Monasterio de las Descalzas Reales, del siglo XVI, y frente al cual desde hace algo más de un año se ubica el Edition Madrid, que visitamos por su interior y que nos gustó tanto o mas que el de Barcelona. Nos auto-prometimos que cuando podamos iremos a pasar allí al menos una noche en un futuro viaje a la capital.
Edition MadridEdition MadridEdition Madrid
Y ya desde las Descalzas fuimos a buscar la iglesia de los Alemanes, oficialmente iglesia de San Antonio de los Alemanes, una iglesia barroca del siglo XVII, de la que nos habían dicho que valía la pena visitar por los preciosos frescos con que está decorado todo su interior. Está del otro lado de la Gran Via, haciendo esquina a la calle Puebla. Cuando llegamos empezaba la misa de las 12 por lo cual optamos por dar un paseo y esperar al final para poder verla con cierta tranquilidad. Y como quiera que las visitas ya no estaban permitidas a partir de esa hora, no nos quedó mas remedio que entrar cuando la misa estaba a punto de terminar para poder verla como un fiel más durante la celebración. La verdad es que valió la pena el desplazamiento y la espera posterior, porque es realmente bonita.
Desde allí regreso directo al hotel para estar puntuales a la hora prevista de la llegada de Ramón, aunque luego la realidad hizo que tuviésemos que esperar, ya que una manifestación frente al Congreso de los Diputados impedía el acceso de vehículos en aquella zona. Tuvimos que esperar a que la manifestación comenzara su desplazamiento hacia la estación de Atocha para poder salir con las maletas, porque Ramón había conseguido acercarse hasta donde está el edificio de la Bolsa y desde allí ya no tenía forma de llegar con el coche hasta el hotel. O sea, que no nos quedó mas remedio que cruzar el Paseo del Prado con las maletas hasta encontrarnos con Ramón. Una peripecia de las que los madrileños deben estar bastante habituados habida cuenta de la cantidad de manifestaciones que se producen en la capital de forma reiterada.
Ya en San Sebastián de los Reyes, en casa de Ramón y Berta, tuvimos una agradable y tranquila comida y descansamos hasta la hora de ir a la estación para viajar de regreso a casa. Añadimos a nuestro equipaje unas cuantas naranjas de Viandar, que ellos habían recogido en un reciente viaje al pueblo, y un lote de limones procedentes de su huerta de Denia. Todo para degustar ya nosotros en casa.
Y de esta forma dimos por finalizado nuestro periplo aniversario, consiguiendo ya que Ipi pueda moverse con cierta soltura por la capital, y habiendo yo rememorado muchos momentos de mi etapa madrileña de hace 50 años.
Después de haberlo sugerido en varias ocasiones en años anteriores, por fin en esta oportunidad Rafa aceptó mi propuesta y programamos el viaje a Innsbruck para nuestra anual semana de esquí, algo que ya forma parte del programa de actividades y que además ahora que Rafa ya se aproxima a la jubilación, está mas que factible. En esta oportunidad, no obstante, como él bien dice no está jubilado, sino de vacaciones.
Arco del triunfo, en el centro de Innsbruck
Bueno, pues como dije se aceptó mi propuesta de venir a Innsbruck, y para concretarlo nos reunimos una tarde buscando las diferentes alternativas para llegar aqui, pasando todas ellas por un viaje en avión, ya que la distancia hacía inviable cualquier planteamiento de hacer el recorrido en coche. Encontrábamos varias opciones para un viaje que terminase en el aeropuerto de Innsbruck, pero para ello era preciso concitar en todos los casos tres vuelos y casi siempre con diferentes compañías, con el añadido de tener que recoger los equipajes de cada vuelo para facturar en el siguiente, y en casi todos los casos con el riesgo de perder los enlaces y sin posibilidad de reclamar al tratarse de compañías diferentes. Pero después de mucho indagar encontramos la opción mejor: volar de Coruña a Munich, con escala en Madrid, y siempre con la misma compañía, en este caso Iberia. Y ya desde Munich, reservar un coche de alquiler y desplazarnos a nuestro destino final en Innsbruck. Para el alojamiento, tras mirar varias opciones, encontramos la posibilidad de alojarnos en un hotel AC, de la cadena Marriott, con las consiguientes ventajas para nosotros puesto que como es la empresa en que trabaja Chema, podemos optar a tarifas especiales.
Definido el programa de viaje, reservado el alojamiento, y adquiridos los billetes, solo faltaba reservar los forfaits y preparar los equipajes. Por cierto, también decidimos venir con nuestros propios equipos (botas, esquís y bastones) porque el coste del transporte en el avión sería no superior al de alquilarlo aqui, y al menos utilizamos nuestro propio equipamiento. Otro paso posterior fue también la reserva de los SKI plus CITY Pass Stubai Innsbruck, para asegurarnos la disponibilidad de las pistas y no perder tiempo al llegar al destino.
Iniciando el vuelo Coruña-Madrid-Munich
Llegado el día, el domingo 28 de enero nos embarcamos en el vuelo de Iberia con toda la pena del mundo al tener que dejar desconsoladas a nuestras respectivas Ipi y Elena, que no quisieron acompañarnos en esta pequeña aventura. Los vuelos fueron puntuales y llegamos a Munich a la hora prevista, si bien luego allí tuvimos pérdida de tiempo porque mi maleta llegó muy perjudicada (se le había arrancado de cuajo una de las ruedas, dejando a la vista el interior de la misma), y hubimos de patear todo el aeropuerto para presentar la oportuna reclamación, aunque al final no conseguimos que nos atendiesen y la reclamación se hace vía correo electrónico. Pero con retraso y todo, después de recorrer los 180 kms que separan Munich de Innsbruck, sobre las 11 de la noche estábamos haciendo el registro de entrada (mucho mejor esto que decir lo de check-in) en el AC Hotel Innsbruck, donde por cierto nos dieron una excelente habitación, por la relación familiar con la cadena.
Oficina de información turística de Innsbruck, con un paso de cebra delante, con colores Arco Iris, similar a los que tenemos en A Coruña.
De modo que el lunes 29 de enero, a las 7,30 de la mañana estábamos disfrutando de un espléndido desayuno en el hotel para tomar fuerzas de cara a nuestra primera jornada de esquí. Hay que aclarar, para los no documentados, que en las proximidades de Innsbruck hay como una docena de estaciones de esquí situadas entre 12 y 40 kms, a las cuales se puede acudir utilizando el Skipass Innsbruck, que además da derecho a museos, transporte, etc. dentro de la ciudad. Terminado el desayuno y antes de acudir a las pistas nos desplazamos hasta la oficina de información turística, en el centro de Innsbruck, donde nos dieron los forfaits que previamente habíamos reservado. Y aprovechamos también para comprar una maleta que sustituirá a partir de ahora a la que con tanto mimo cuidábamos, con la que hemos viajado durante más de 10 años por cantidad de destinos y que por la incidencia en estos vuelos para venir a esquiar ha quedado ya inutilizada.
Dia 1 – Lunes 29 de enero
Para esa primera jornada, optamos por dirigirnos a Schlick 2000, una estación situada a 20 kms de la ciudad, donde hay más de 20 pistas de diferentes niveles, situadas entre 1.000 y 2.240 metros de altitud, con espesores de nieve actual entre 60 cms y 1,50 mts, todas ellas muy bien cuidadas y preparadas. Es de reseñar que la mayor parte de las pistas discurren entre zona de arbolado, lo que las hace más atractivas, al menos a nuestro parecer. Cumpliendo las previsiones meteorológicas, el día amaneció espléndido, con un sol que iluminaba todo, sin ninguna nube en el cielo.
Momento de relax, a mitad de tornada
En este día recorrimos algo más de 48 kms, básicamente por pistas azules ya que al tratarse del inicio no queríamos forzar ni arriesgarnos más de lo necesario. Son pistas en general muy anchas, bien pisadas y que permiten disfrutar del esquí en función del nivel de cada uno. Los remontes son mayoritariamente «huevos» (es decir, formalmente telecabinas), además de algún telesilla. Esquiamos casi toda la estación, como ya dije en pistas azules, con solo una caída en la bajada final, cerca de la base de la estación, porque se cruzaron unos esquiadores que iban delante de nosotros y nos obligaron a «tirarnos» prácticamente para evitar un encontronazo. Las pistas aquí, en contra de lo que suele ser habitual en las estaciones españolas, no se denominan por nombres concretos sino por números. Nosotros en este lunes inicial discurrimos por la 1, 1-a, 1-b, 6, 7, 7-a, 15 y 16, repitiendo en la mayor parte de ellas, durante las casi 5 horas que estuvimos esquiando, con una corta parada para tomar una cerveza y unas barritas energéticas, ya que en las pistas nunca paramos para comer. Por supuesto Rafa va bastante más ágil que yo, que noto una barbaridad el peso de los años. De hecho, desde aquella caída en San Isidro de hace un par de años, ya no he vuelto a tener la misma agilidad, y creo que también en parte se debe al temor de caerme y lesionarme. Pero sigo disfrutando del esquí, pese a todo.
Exterior del restaurante Goldenes Dachl
Ya de regreso en el hotel, tras la ducha y un breve descanso, salimos a nuestra primera cena, habiendo previamente realizado un concienzudo estudio de los restaurantes de la ciudad en los que, con una buena calificación, podíamos degustar productos típicos del Tyrol. El elegido para esta cena inicial fue el Goldenes Dachl, donde nos tomamos un tartar de vaca delicioso, además de un snifel (escalope muy bien preparado, uno de los platos mas típicos de Austria) y un plato a base de carne hervida, servida con unas espinacas y una salsa, en un bol con líquido de la coccións, todos ellos platos característicos de la ciudad y de la comarca. Nos atendieron de forma excelente, e incluso a Rafa le regalaron una preciosa copa para cerveza, para engrosar su colección de chupitos, copas, etc. que va tomando ya características de museo «ad hoc».
Y después de la cena, un paseo relajado bajo el frío nocturno, y al hotel. En cualquier caso no deja de chocarnos el que no se vea a prácticamente nadie por la calle a partir de las 9 ò 10 de la noche. Vamos a cenar entre 7,30 y 8 y los restaurantes ya están casi completos a esa hora, y somos de los últimos en salir.
Dia 2 – Martes 30 de enero
El día se inició como el anterior, con un generoso desayuno para tomar fuerzas de cara a la dura jornada de esquí que nos esperaba. Y a continuación, salimos rumbo a la estación elegida para ese día, que era la de Stubaier Gletscher, que dista unos 45 kms de la ciudad, y que es la que tiene un mayor número de pistas, todas ellas muy anchas y bien cuidadas, y con espesores de nieve entre 1 m y 3 m, de promedio. A diferencia de la estación elegida el día anterior, aqui las pistas no están entre árboles, sino que es montaña pelada, en su mayor parte, y además son bastante más elevadas como promedio. De hecho en esta estación está el punto que ellos denominan «Top of Tyrol» situado a una altitud de 3210 m. En cuanto al tiempo, se mantuvo el cielo limpio, sin nubes, manteniendo las previsiones iniciales.
Cuenta la estación con 22 pistas, la mayor parte de ellas rojas, aunque hay abundancia de pistas azules, que fueron las que mayoritariamente recorrimos nosotros. En esta ocasión hicimos algo más de 52 kms a lo largo de la jornada de esquí, y nos movimos por todas las áreas de la estación, llegando al punto más elevado justo al final del día, que fue cuando hicimos la parada para tomar las cervezas y las barritas energéticas. Por cierto, que cuando decidimos bajar a la base eran ya las 4 de la tarde y estuvimos solos en las pistas más elevadas, porque ya iban cerrando los remontes. Casi tuvimos que bajar escopetados para no quedarnos colgados en medio de la estación.
De regreso al hotel, decidimos dar una vuelta por el centro de Innsbruck para ir a una farmacia a comprar unas cosas y ver si había algunas buenas ofertas en artículos de nieve en varias tiendas que están de rebajas. Al final solo compramos lo necesario en la farmacia. A la vuelta, ya no hicimos descanso, sino que tras la ducha decidimos ir a cenar para unirnos a los usos habituales en cuanto a horarios.
La cena de este segundo día la hicimos en Die Wilderin, un lugar muy peculiar ya que se trata de bar y restaurante a la vez, mezclando la gente que está en la barra tomando unas cervezas con los que nos acomodamos en mesas para cenar. Una de las mesas, que estaba justo al lado de la nuestra, era un piano y los comensales que la ocupaban tenían sus platos y copas sobre el piano.
Al igual que hicimos en la víspera, pedimos al mesonero que nos recomendase platos típicos del Tyrol, y nos tomamos un par de salchichas de la zona, un plato de carne de caballo y otro plato característico del restaurante, similar a una hamburguesa muy bien preparado. De postre una especie de crepe con crema, y a mayores nos invitó a un postre que ellos tienen en la carta como «churros» para que le diésemos nuestra opinión. Es algo parecido a un churro, pero de masa muy fina y que en su interior está relleno de crema. Ya le dijimos al chef que estaba bueno, pero que la coincidencia y el sabor con un churro español es nulo.
Terminada la cena, al igual que el día anterior, regreso tranquilo al hotel dando un paseo por las calles desiertas, sintiendo en frío de la noche.
Dia 3 – Miércoles 31 de enero
Como cada día, un buen desayuno en el restaurante del hotel, donde recibimos un esmerado servicio, en especial desde que la encargada sabe que somos clientes «familia» de un compañero. Al igual que el lunes, en este día había muy poca gente cuando bajamos a desayunar, aunque repetimos hora con respecto a días anteriores, y en cambio el martes había cantidad de clientes.
Para este tercer día de nuestro programa de esquí decidimos ir a las pistas de Kühtai, una estación sita a unos 3o kms de Innsbruck. El entorno en que se encuentra es el más bonito de los vistos en los días previos, ya que se llega allí a través de una carretera que discurre entre dos grandes moles de montañas, todo poblado de arboles y en su mayor parte cubierto de nieve, pese a ser una zona de menor altitud a las de lunes y martes. Lo que ocurre es que en estos meses en que el sol va bajo, apenas llega a descargar sus rayos sobre esa zona y la nieve tarda más en derretirse. El tiempo siguió siendo bueno, si bien aparecieron nubes en el cielo que presagiaban un empeoramiento para el día siguiente, algo con lo que también contábamos según las previsiones meteorológicas para toda la semana.
Llegados a Kühtai, nos encontramos que allí las pistas son todas ellas rojas y negras, pero que 7 kms. mas adelante hay otra zona llamada Höchoetz, con la que comparten forfait, donde aunque la mayor parte de las pistas son rojas, hay algunas azules, y por esa razón antes de lanzarnos a esquiar solo por las rojas, que son más complicadas, preferimos ir a esta zona a realizar el «calentamiento». Lo cierto es que, una vez allí, comprobamos que las pistas azules son una minoría y prácticamente solo sirven de unión entre otras rojas, por lo que prácticamente todo el día estuvimos recorriendo las diferentes rojas, que además de ser muy anchas están muy bien cuidadas y da gusto deslizarse por esas laderas. Además, la zona vuelve a estar cuajada de arbolado, lo que la hace mucho mas atractiva, al menos a nuestros ojos.
En este tercer día recorrimos poco mas de 30 kms, porque aparte de que tardamos en empezar con las maniobras ya comentadas, yo estuve desde primera hora con un ataque de rinitis, moqueando todo el día y ello nos llevaba a parar con frecuencia. Incluso a mediodía, después de un largo y rápido descenso por la pista numero 5, Rafa quiso repetirla y yo opté por quedarme en la cafetería de la zona intermedia para ver si con el descanso mejoraba mi estado. En ese lapso de tiempo aproveché para tomarme una cerveza y un Snitzel, mientras Rafa regresaba.
Pero como la cosa no mejoró demasiado, tras esa parada hicimos un par de descensos por las pistas 1 y 2, y terminamos por hacer el recorrido de regreso al lugar donde habíamos dejado el coche, ya que la pista 9 baja desde los 2020 m. del lugar donde está el restaurante hasta los 1538 m. de la base. La subida, por la mañana, la habíamos realizado desde ese punto mediante un «huevo». Y ya regresando, sobre la marcha, pensamos que una vez comprobado que estamos preparados para atacar las numerosas pistas rojas de Kühtai, esa estación sería nuestro próximo objetivo.
De regreso al hotel, un rato de descanso antes de volver a salir para la cena. Manteniendo nuestra idea de cenar cada día en un restaurante diferente, siempre con comida característica de la zona, hicimos una preselección de varios lugares. En el primero de ellos, que nos causó una excelente impresión, no tuvimos mesa porque estaba completo, pero dejamos ya reservado para el jueves. En los dos siguientes previamente seleccionados, los hallamos cerrados, y ya cansados de elegir, nos metimos en el primero que encontramos con buena pinta. Y resultó todo un descubrimiento.
Está en la zona vieja, como casi todos. Se llama Goldenes Adler, y cenamos de lujo, aunque demasiado, por lo cual a la vuelta vinimos haciendo un amplio recorrido para aligerar antes de ir a dormir.
Dia 4 – Jueves 1 de febrero
Al despertar, mirada al exterior para comprobar si se cumplían las previsiones y había cambiado el tiempo y, en efecto el sol no aparecía, pero tampoco llovía. Por esa razón, después de desayunar, igual de bien que cada uno de los días anteriores, nos preparamos para ir a Küthai según lo programado, hasta donde viajamos para llegar allí sobre las 10 de la mañana. Y se cumplieron las previsiones, porque empezó a nevar, al principio ligeramente, pero poco a poco iba a más. Lo cierto era que la previsión hablaba de 1 cm de nieve cada hora desde las 10 hasta las 5 de la tarde.
Pese a todo, nos pusimos las botas y nos fuimos a las pistas, aunque sin atrevernos a subir a la zona alta por si la cosa empeoraba, y como realmente cada vez se cerraba más y nevaba con más fuerza, solamente hicimos unas cuantas bajadas por un tramo que era el final de una pista roja, al que se accedía por una silla a pie de la estación. Pasada una hora aproximadamente, sin expectativas de que fuese a mejorar, sino todo lo contrario, optamos por regresar al hotel para cambiarnos y aprovechar el día conociendo un poco más la ciudad.
Y eso hicimos, paseando por todo el entorno de la zona centro, tras una pequeña parada en la terraza de una cafetería (Manna) en la calle Maria Teresa, que nos fue recomendada por una de las chicas de recepción del hotel. El paseo lo hicimos con tranquilidad y así pudimos llevarnos un mejor conocimiento de Innsbruck, tras varias horas recorriendo sus calles.
Hicimos una parada para tomar un café en Starbucks antes de volver al hotel a un ligero descanso antes de la cena.
Como ya habíamos programado en la jornada anterior, la cena del jueves fue en Gasthaus Anich, el restaurante donde habíamos reservado. El lugar tiene un ambiente totalmente local, siendo los clientes gente mayor en general y aparentemente todos austríacos y tiroleses mayoritariamente. La comida, de lo más típica y sobre todo con raciones muy abundantes. Como entrantes tomamos una sopa con dumplings y un goulash, ambos muy buenos, en especial el gulash que eligió Rafa. Y como platos principales, el Viener Snitzel de Rafa y un Grill Mixto (con carne de ternera, cerdo y pavo). Y no tuvimos capacidad para pedir postre. Y además resultó ser la cena más económica de las cuatro efectuadas hasta este día.
Al igual que cada día, regreso al hotel dando un paseo para dar tiempo a la digestión antes de ir a la cama.
Dia 5 – Viernes 2 de febrero
Amaneció nublado, y la visión desde la habitación no era nada halagüeña, porque las montañas que están frente a nosotros estaban cubiertas por las nubes. Por otra parte, la previsión meteorológica anunciaba algo de lluvia a partir de las 10 de la mañana, lo que sin duda en la estación de esquí sería nieve. Con toda esa información, debatimos si subir a las pistas o no, pensando incluso en un plan B. Pero mientras fuimos a desayunar, optamos por animarnos a subir a la estación de Axamer Lizum, bastante próxima a Innsbruck, con la idea de que si no se podía esquiar, siempre regresaríamos pronto al hotel para ejecutar el plan B.
Al llegar a Axamer, vimos que había muy pocos coches en el aparcamiento, lo que venía a representar que pocos éramos los locos que se animaban a subir en un día tan poco atractivo. Pero nos preparamos y subimos en un telecabina desde la base (1.560 m.) hasta el techo de la estación, a 2.340 m. donde ya estaba bastante cerrado e incluso empezaba a nevar. Pese a todo, nos lanzamos por la pista num. 1, una de las escasas azules, que nos llevó de nuevo a la base. Repetimos la operación en varias ocasiones, siempre por la misma pista, mientras a ratos parecía que mejoraba y en otros nevaba con más intensidad. Un poco más tarde, nos animamos a cambiar de pista, dejando el remonte en la mitad de su recorrido, lo que daba acceso a una pista roja que tenía buena pinta. Y ya desde ahí comenzamos a cambiar de unas pistas a otras, siempre por las rojas que eran muy anchas, muy bien pisadas, y con el único inconveniente de que a ratos la nevada era muy intensa y se reducía bastante la visibilidad.
Repetimos varias veces en el telesilla Karleiten que nos permitió el movimiento por diferentes pistas (3-4-5-6 y 7), hasta que al final nos animamos a ir a otro telesilla, el Pleisen, que daba acceso al inicio de la pista 7, el más alejado de la base, para recorrer esa pista hasta el final y dar por finalizado el día de esquí, lo que hicimos mientras cada vez la cosa se ponía más negra. Y regresando a la base nos encontramos con que el final de la 7 continuaba por la 5c, que era la que bajaba más, y que por desgracia estaba en bastante mal estado. Pero pese a todo, y con una caída mía sin mayores complicaciones, llegamos abajo y pudimos dar por concluida nuestra semana de nieve, al menos en la parte deportiva, sin rasguños ni rodillas estropeadas, por lo cual nos felicitamos. A todo eso eran ya cerca de las 3 de la tarde, sin haber parado a tomar la cerveza ni a reponer fuerzas con las barritas energéticas, decidiendo sobre la marcha que lo haríamos ya en Innsbruck.
Pero de camino, como vimos que había que reponer gasolina, paramos en la primera estación de servicio que había regresando, y al intentar abrir la portezuela que da acceso al tapón de la gasolina, nos topamos con que no abría, pese a probarlo de todas maneras. Y no nos quedó más remedio que acudir a un taller de Toyota (el coche que alquilamos es un Yaris), para solucionar el problema. Hete aqui que había uno bastante próximo, pero estaba cerrado y al ser viernes ya no operaba por la tarde. Segundo recurso, ir a la central de Toyota en Innsbruck, a 22 minutos de donde estábamos. Y cuando llegamos allí ya tenían cerrado el taller y no había nadie que nos pudiera solucionar nuestro problema. A base de insistir, llamaron a otro taller, en el centro de la ciudad, donde estaban a punto de cerrar. A todo esto, estábamos ya en la reserva de gasolina y con el temor de no poder solucionar el problema, a pocas horas de viajar a Munich para los vuelos de regreso. Afortunadamente al llegar al nuevo taller ya estaban informados del problema, nos atendieron en un periquete, y conseguimos liberarnos de la presión que todo eso representaba, y cargar gasolina en una estación de servicio justo al lado, para regresar al hotel ya relajados.
Todavía quedaba una cena en Innsbruck para completar la semana de 5 días, y al final decidimos probar en Stiftskeller, uno de los lugares recomendados donde no pudimos estar hace un par de días porque tenían cerrado por vacaciones. La verdad es que valió la pena la espera. Es un lugar frecuentadísimo por personas de todo tipo, mayoritariamente jóvenes, en contra de la tendencia que hemos observado en los días previos, donde nosotros bajábamos la media de edad. Coincidimos en la mesa con unos costarricenses que viven en Innsbruck y ellos también nos recomendaron, y con tanta recomendación resultó que pedimos tres platos de entrantes a compartir, además de un plato principal cada uno. Demasiada comida, porque aunque a mediodía no habíamos tenido ocasión de comer, salimos del restaurante exageradamente llenos.
Ya de regreso al hotel, tocó recomponer maletas, empaquetar tablas y bastones y dejar todo preparado para el desplazamiento que tocaba a la mañana siguiente para ir a Munich a coger el avión con rumbo a Madrid y luego a A Coruña, y con ello volver a la normalidad.
Sábado 3 de febrero – Regreso
Este último día nos levantamos más temprano para acudir a desayunar poco después de las 7 porque habíamos previsto salir a las 8 del hotel, ya directos rumbo al aeropuerto de Munich. En contra de lo que había sido habitual en días anteriores, el restaurante estaba abarrotado para desayunar, supongo que porque había aumentado mucho la clientela del hotel, con gente que venía a esquiar el fin de semana. Tras recoger todo el equipaje, partimos poco después de las 8.
La primera parte del viaje se desarrolló sin novedad. Había amanecido un día soleado y el tráfico era abundante, pero se circulaba bien. Sin embargo a medida que avanzábamos hacia Munich, cada vez el número de coches iba en aumento y según nos acercábamos a la frontera austríaco-alemana, empezamos a encontrar retenciones. El paso por la frontera fue lento, pero sin parar, y ya en suelo alemán volvieron a aparecer retenciones, que nos iban demorando la hora prevista de llegada. La cosa siguió así a ratos, con momentos de marcha rápida y otros con lentitud, aunque sin llegar a parar nunca.
Ya próximos a la ciudad de Munich, como el aeropuerto queda al otro lado de donde nosotros procedíamos, volvieron a surgir retenciones, y empezamos a sentir que el tiempo para llegar a facturar se iba reduciendo porque lo que inicialmente se preveía como un recorrido de 2 horas, se había ampliado en más de media hora adicional. Todavía nos quedaba llenar el depósito para entregar el coche en el parking del aeropuerto, y finalmente pudimos dejarlo, entrar en la terminal y acudir al mostrador de facturación cuando solo restaban 45 minutos para la hora prevista de salida del vuelo. Con todo, cuando llegamos a facturar nos topamos con que, afortunadamente, todavía había mucha cola y aunque fuimos los últimos en llegar, no hubo problemas para dejar los equipajes e ir a la puerta de embarque.
La salida del vuelo se retrasó también porque el avión había llegado con algo de retraso, y partimos de Munich 35 minutos después de la hora prevista, lo que también nos repercutía de cara a la conexión en Madrid. Finalmente bajamos del avión sobre las 15,10 y ya estaban embarcando el vuelo Madrid-Coruña, por lo que aunque tratamos de tomar una caña en la cervecería situada frente a la puerta J52 de la terminal 4 donde se embarcaba, tuve que dejarla por la mitad. Ya en el avión, nos entró la duda de si habrían tenido tiempo en el aeropuerto para cargar nuestros equipajes de un vuelo al otro.
Y según aterrizamos en A Coruña, nos entraron sendos mensajes de Iberia anunciando que nuestros equipajes se habían quedado en Madrid por la demora del vuelo de Munich, y que nos avisarían cuando nos los fueran a entregar en nuestros domicilios, lo que se produjo luego entre el domingo y el lunes, dando así por terminado el viaje.
El recibimiento en A Coruña por nuestras respectivas, como no podía ser de otra forma, fue estupendo e incluso nos habían realizado reserva para cenar en el Terreo, completando asi una jornada que, tras el estrés inicial, terminó de la mejor manera posible.