Barcelona…

Cuando el día de reyes nos disponemos a abrir los regalos que previamente cada uno ha colocado junto al árbol, mas o menos ya supones lo que te vas a encontrar, bien sea porque lo has pedido previamente, o porque has escuchado algo al respecto. Pero afortunadamente no siempre es así, y este año en concreto, después de que yo no hubiese dado pistas de lo que me gustaría tener ese día, y de recibir las quejas correspondientes, resultó que por sorpresa me encontré con un sobre en el que se me prometía un viaje a la ciudad condal, y la asistencia a una ópera en el Palau de la Música. Además, y para completar el regalo, Hugo y Chema nos pagaban el alojamiento en el hotel Barcelona Edition, donde también Ipi y yo teníamos ganas de pernoctar.

Y como la fecha ya estaba programada, el martes 23 de enero nos fuimos a Barcelona en el primer avión de la mañana, para aprovechar al máximo ese día. De forma que antes de las 12 estábamos ya cumplimentando el trámite del registro en el hotel, donde por cierto en base a que Chema está allí nos alojaron en una de las suites, al parecer en la que habitualmente se aloja la cantante Rosalía cuando actúa en aquella ciudad. La habitación, por cierto, preciosa, amplísima y con unas vistas excepcionales.

Para aprovechar a fondo la jornada, lo primero que hicimos fue dirigirnos al Museo Picasso, donde se está llevando a cabo en unas de las salas, una exposición conmemorativa del centenario de Joan Miró, con obras de ambos pintores, muchas de las cuales son procedentes de otros museos y colecciones particulares, y que por tanto no pueden verse de forma habitual en el propio museo. La exposición resultó de lo más interesante motivo por el cual se prolongó más de lo inicialmente previsto.

De allí salimos un tanto acelerados porque queríamos comer «calçots» y Chema nos había hecho una reserva en un restaurante típico barcelonés llamado Can Cargolet, y estábamos a casi media hora andando, por lo cual el recorrido fue mas que un paseo una caminata. Pero llegamos con apenas 5 minutos de retraso, y pudimos degustar, además de los citados calçots, unos deliciosos caracoles a la llauna, y una butifarra catalana, con lo cual el menú terminó siendo de lo más clásico de la tierra, en un ambiente de gente de la zona, y donde solo nosotros y otra pareja éramos «guiris».

Terminada la comida, un paseo (ahora sí, un paseo) para regresar al hotel a disfrutar un poco de la habitación antes de asistir a la ópera. Para ello, una hora antes del comienzo de la función nos juntamos con Chema en la cafetería del Palau para tomar algo y disfrutar de lo precioso que es el lugar, sus salas, etc. La ópera seleccionada era La Traviata, que estaba en cartel en esas fechas y que ninguno de nosotros había visto antes. Estuvo francamente bien, con una espléndida actuación de la orquesta y unos buenos actores en el reparto. Nos llamó la atención que no hubiese la pantalla habitual en la que se pone el texto de las canciones que se interpretan, y en el descanso Chema indagó por allí y resultó ser que podía seguirse ese texto con una aplicación en el teléfono móvil que, si bien solucionaba el problema, restaba comodidad porque para leer el texto hay que desplazar la mirada de la actuación. Pero, en fin, se solventó el asunto y el resultado de la función fue más que satisfactorio. Nos llamó la atención el hecho de que, al salir de la sala, poco después de las 10,30 de la noche, no había gente por las calles, algo que parece incongruente con una capital tan singular y turística como Barcelona.

El segundo día, y último de nuestra estancia allí se empezó con un espléndido desayuno en el hotel, en el que estuvimos acompañados por Chema, aunque como era día de trabajo para él, hubo de abandonarnos pronto para empezar su jornada. Tampoco nosotros pudimos alargarnos en exceso para desayunar porque teníamos reservada una visita en la Sagrada Familia para las 10,30 de la mañana y como queríamos hacer el recorrido a pie nos hacía falta el tiempo. Encontramos muy cambiado el monumento desde nuestra anterior visita, tras más de una decena de años transcurridos, lo que da fe de que se trabaja con asiduidad, aunque la complejidad de la obra no permite demasiada celeridad, ello unido a que se construye con los donativos de los ciudadanos y las recaudaciones de las visitas. Faltan todavía por construir las torres que irán delante de lo que será la entrada principal, además de otro edificio similar al de la sacristía, la terminación de la torre principal, y otras obras menores, por lo que yo calculo que como mínimo restan entre 10 y 15 años para la terminación manteniendo el ritmo actual de los trabajos.

Para completar la mañana, desde allí nos fuimos hasta el conjunto modernista de Sant Pau, que fue la sede de un antiguo hospital y hoy funciona como un museo. Es francamente interesante, además de precioso en sus características constructivas y da idea de la importancia que tuvo en su momento como hospital. La visita nos encantó y nos alegramos de haber podido conocer ese conjunto, del que solo recientemente habíamos tenido noticias y recomendaciones para ir a verlo.

La comida de este segundo día fue casi calcada de la anterior porque encontramos en una terraza muy próxima a Sant Pau un restaurante con sabor catalán en el que se ofertaban los calçots, además de unas alcachofas a la brasa que ya en la anterior comida no pudimos degustar por estar llenos. Y para completar el menú, repetimos la butifarra y nos tomamos una escalivada, terminando en el postre con la crema catalana, para no abandonar el sabor de la tierra.

Para aligerar el peso de la comida, el regreso lo hicimos igualmente caminando, aunque antes de volver por el hotel para recoger la maleta pasamos por el mercado de La Boquería, que es siempre un lugar digno de visitar en la ciudad. Y tras un pequeño descanso en la cafetería del Edition y la despedida de Chema, ya nos dirigimos al aeropuerto para dar por terminado ese corto pero excelente paso por Barcelona, volviendo a la entrañable rutina nuestra en A Coruña. En definitiva, que reiteramos lo que ya en ocasiones anteriores hemos dicho que es un acierto: que un viaje es siempre un excelente regalo, ya sea por los reyes, por el santo, el cumpleaños o el aniversario. Siempre mucho mejor que resolver el compromiso con algo que no es totalmente necesario, por lo cual nos hemos comprometido a que no sea esta la última ocasión en que nos auto-regalemos algo similar en circunstancias futuras.

INDIA – Una experiencia inolvidable

Hace ya bastantes años que pensamos en viajar a la India. De hecho, cuando buscábamos una ONG para compartir nuestro tiempo en una actividad solidaria, valoramos la posibilidad de ir a Calcuta, y si no lo hicimos entonces fue porque era una exigencia manejarse bien en inglés, y por parte de Ipi eso era un problema, por lo cual finalmente en aquel momento nos decidimos por Perú. Y más adelante, cuando Mayi y Dora prepararon su viaje, yo no estuve especialmente interesado en ir, y nos quedamos a las puertas.

Pero este año, hace varios meses, cuando mi cuñado Ramón le planteó a Ipi la posibilidad de anotarnos a un viaje auspiciado (que no subvencionado) por la Comunidad de Madrid, automáticamente nos apuntamos, y por fin se llevó a cabo el planteamiento de ir a conocer ese país un tanto mitificado pero cuya realidad nos ha sorprendido, y del que hemos sacado numerosas conclusiones positivas. Para ese viaje, que comercializan varias de las principales agencias, estaban anotadas 25 personas, más Abel, el guía español que nos acompañó. Resultó ser un colectivo heterogéneo, no tanto por la edad, ya que todos éramos «mayores», sino por las características personales de los componentes. En todo caso, nosotros hicimos piña especial entre los cuatro familiares, que siempre compartimos mesa en los restaurantes, y realizamos de forma más o menos conjunta las diferentes visitas.

Lo primero que llama la atención del turista europeo y/o occidental en general, es el caos circulatorio con el que te encuentras en cuanto sales del aeropuerto y entras en una carretera. Porque aquello es un aparente desastre, aunque como decía nuestro guía indio, Jai, eso es un orden dentro del desorden general. Y en efecto, durante los días que hemos permanecido en el país, en sus diferentes ciudades, no hemos visto un solo accidente, ni un choque de vehículos, entendiendo por tales tanto a los coches, camiones, buses, motos, tuk-tuk o rick shaws que pululan por las ciudades.

Y en nuestra estancia hemos probado de todo en diferentes capitales, siempre con la experiencia positiva de no haber sufrido un solo traspiés, pese a viajar en cada momento con el alma en vilo. Durante un paseo de un par de horas en jeep por Jaipur, en la noche, la velocidad de los vehículos en que íbamos los miembros del grupo, con adelantamientos continuos, con cruces milagrosos en las calles, etc, presagiaban un choque en cualquier momento, y sin embargo no hubo el mínimo roce. Y lo mismo sucedió cuando nos desplazamos en tuk-tuk en Agra, con unos conductores que hacían verdaderas virguerías para moverse entre el tráfico, apretando hasta el último momento en los cruces, y colándose de forma incomprensible entre los coches y buses.

El segundo aspecto que llama la atención es la suciedad, con la que se convive en las ciudades y los pueblos. Por todas partes se ven basuras a lo largo de las calles o las carreteras, algo a lo que el viajero se termina acostumbrando. Aparentemente no hay servicio de recogida de basuras, y si lo hay es que realmente lo que hacen es retirar porquería de calles más o menos principales (en alguna de las principales ciudades), para depositarla en las cunetas o en calles menos concurridas. Es una sensación que nosotros asimilamos a la imagen de miseria. Y sin embargo la gente vive en ese ambiente decadente, sin aparente malestar, porque es lo que han conocido siempre y aunque parece que en los últimos años hay una tendencia a cambiar el rumbo de las cosas, son cambios generacionales que tardarán en asimilarse, y no solo eso, sino que hace falta una enorme aportación de fondos del estado que es difícil de conseguir.

Por lo que hemos sabido a través de nuestro guía indio, solamente un 5% de los ciudadanos paga impuestos sobre la renta, aunque tanto la sanidad como la educación son gratuitas para la población. Aparentemente en las compras en tiendas y demás no se paga impuesto, que solo hemos verificado en los pagos de bebidas en los hoteles. En cualquier caso el país es rico tanto en la agricultura como en minería, piedras preciosas, etc. Hemos visto grandes extensiones de campos perfectamente cultivados con especies muy diversas. Siempre todo muy cuidado. Y hay unos enormes contrastes entre las diferentes zonas del país, al menos en lo que nosotros hemos recorrido. En realidad lo que nosotros hemos visitado es el «triángulo dorado» (Jaipur-Agra-Delhi) donde se concentra el grueso del turismo, pero parece ser que las zonas del sur y del norte son mucho más pobres en general.

En cualquier caso, como tuvimos ocasión de hacer una noche en un pueblo (Suroth), pudimos comprobar que la vida fuera de las grandes ciudades es mucho más «triste», por decirlo de alguna manera. El pueblo estaba abarrotado en sus estrechas calles, que tuvimos ocasión de recorrer, mientras las motos competían con los peatones por ocupar el estrecho pasillo disponible. Allí no disponíamos de wifi en el hotel (un antiguo palacio del emir del pueblo, ahora convertido en Hotel-patrimonio). En este caso el alojamiento dejaba mucho que desear, porque a pesar de que el aspecto externo era en apariencia majestuoso, internamente la limpieza era escasa e incluso el baño de la habitación carecía de ducha, sustituida en este caso por una alcachofa y unos cubos con los que el alojado debía solucionar su limpieza personal.

Otro de los aspectos llamativos para nosotros en este viaje fue el de las comidas. Como quiera que no se ofrece carne de vaca ni de cerdo, el pollo es omnipresente en todos los buffets de los hoteles. Tan solo en un par de comidas hemos encontrado algún plato con pescado (tipo fletán, cocinado con verduras y salsas). Y como las especias forman una parte básica en su alimentación, es difícil encontrar en los menús algo que no resulte picante. Incluso en los platos que aparentemente son «less spices» pican a rabiar. Pero es aplicable tanto a las sopas como a todo tipo de platos, incluso a los de vegetales cocinados, arroces, lentejas, etc. Yo no he dejado ningún plato con comida, pero reconozco que en muchas ocasiones era difícil digerir tanto picante. Por supuesto siguiendo las recomendaciones médicas de antes de partir nos hemos privado de tomar agua que no fuese envasada, incluso evitando las ensaladas por si en la limpieza de los componentes pudiesen producirse contaminación.

El trato con la gente, es decir, con los indios, excelente. Son personas muy amables, que con frecuencia piden fotografiarse junto a nosotros durante las visitas a los templos, a los monumentos, etc. Y como turistas que somos, nos encontramos de forma habitual que al bajar del bus para alguna visita, nos rodean multitud de vendedores de todo tipo, ofreciendo toda clase de objetos a precios ridículos en la mayor parte de los casos, y que si piensas comprar, puedes regatear para conseguir que al final el precio que pagas es el 25% de lo que inicialmente te pedían. Hablo en particular de collares, pulseras, pequeños recuerdos, etc. Y también en esas paradas de los buses, te asaltan multitud de mujeres con bebes en brazos, niños que piden algún billete, etc. Es uno de los signos de que la gente, aunque es feliz con poco, realmente vive en condiciones económicas muy deficientes. Es muy frecuente encontrarse en todas partes con algunos símbolos muy representativos del país, entre los cuales destaca el elefante, las vacas, e incluso las imágenes del kamasutra, que estaban en unos paneles en el palacio donde nos alojamos en Suroth.

Otra nota muy llamativa para nosotros es comprobar como hay mucha gente que vive en la calle, algo que aunque tenemos también en nuestro país en las ciudades (durmiendo bajo un puente, o en los soportales de algunas zonas), en el caso de India es más contraste porque realmente familias enteras tienen montada su «casa» bajo un viaducto, con los niños moviéndose libremente por allí, y la ropa lavada y tendida en alambradas. Es algo perfectamente visible en ciudades como Delhi, Jaipur o Agra. Y pese a todo, en general a las personas se les ve limpias, especialmente a los niños.

En contraposición a lo anterior, señalar también que en el centro de las capitales que hemos visitado, hay zonas de alto estatus, con viviendas de calidad, parques muy cuidados, y en general elevado nivel de vida, que naturalmente solo pueden disfrutar funcionarios de alto rango, diputados o senadores y gente del gobierno que disfrutan de viviendas propiedad del estado. Y todo ello con amplias zonas verdes, en especial en Delhi que en sus 1484 km2 de extensión y casi 23 millones de habitantes, es una de las capitales con más parques.

Y entrando ya en el recorrido del propio viaje, después de un vuelo inicial Madrid-Estambul, de cuatro horas de duración, tuvimos un rato de espera en el aeropuerto de esa ciudad, que ha sido por completo remozado y poco recuerda al que conocí en mi anterior viaje a esa capital en el año 2005. Hoy el aeropuerto pasa por ser uno de los más modernos y concurridos del mundo, y también la flota de Turkish Airlines es, además de muy amplia, muy moderna en general. Después de ese vuelo inicial, tuvimos un segundo trayecto desde Estambul a Delhi, con una duración de 6 horas.

A la llegada al aeropuerto de Delhi, nos esperaba Jai, el guía indio que sería quien nos iba a organizar todos los trayectos por el país con el bus que utilizamos en esos desplazamientos. Y lo primero que nos organizó fue un generoso desayuno en un hotel (Holiday Inn) de camino hacia Jaipur. Tuvieron la deferencia de poner a nuestra disposición unas cuantas habitaciones para que quienes lo desearan pudieran darse una ducha antes del desayuno, algo que particularmente nosotros hicimos. En el trayecto que hicimos a continuación empezamos a ver las cosas que se contemplan a todas horas por las carreteras y que a nosotros nos sorprenden pero que son lo más común entre ellos, como ver a varias personas en el techo de un camión, o tractores con gente encima de la mercancía que estan transportando, o ver circular un elefante por la vía, etc. etc.

Para comer hicimos un alto en el camino en la aldea de Shapura, reservándonos nuestro primer almuerzo en el hotel Shapura Haveli, un antiguo palacio totalmente remozado, donde en su día moraba el preboste de la ciudad. Para acceder al hotel, hubimos de abandonar el bus y circular en jeep por unas estrechas callejuelas, donde aprendimos que los constantes pitidos de los coches y las motos son para avisar «aqui estoy yo» y no para quejarse de lo que ha hecho el otro conductor. La comida fue agradable y empezamos a comprobar que casi todo tenía exceso de picante.

Llegados a Jaipur a media tarde, tras acomodarnos en las habitaciones del hotel nos llevaron a contemplar la ceremonia Aarti (algo así como dar gracias al dios de turno por el día transcurrido) en el templo Birla. Hay que reseñar que en India las religiones más seguidas son la Hinduista (la gran mayoría), a continuación la Musulmana, y en tercer lugar la Sij. Pero además, dentro de los hinduistas hay diferentes dioses, cada cual con su templo y seguidores respectivos.

De regreso al hotel, tras la visita, coincidimos con la ceremonia de unos novios que se iban a encontrar por vez primera, tras el acuerdo de boda. El encuentro sería precisamente en nuestro hotel, donde esperaba la novia, mientras el novio llegaba con una comitiva que caminaba a pie con mucha marcha y el novio montado a caballo. Ni qué decir tiene que les sirvió a Ipi y Berta para integrarse en la comitiva y bailar con ellos de camino al hotel. Fue la primera de varias bodas que pudimos observar en nuestros días de estancia en India.

Y todavía antes de cenar y acostarnos, salimos a visitar un templo Sij ubicado en las proximidades del hotel. Allí tuvimos que pertrecharnos con velo las chicas y cubre-cabezas los chicos para poder acceder al templo, en el que nos permitieron hacer unas fotos y un video. Comentar, como anécdota, que yo crucé la avenida para poder fotografiar el templo con perspectiva, y luego me resultaba casi imposible volver a atravesar la calzada debido al tráfico intenso, con lo cual Ipi y Berta convencieron al «vigilante» del templo para que buenamente parase el tráfico y me facilitase la vuelta sin problemas.

A la mañana siguiente realizamos la visita del fuerte Amber, donde se encuentran los impresionantes palacios de Jagmandir y Jai Mahal, entre otros, y el templo de Kali, con unos cuidados jardines. Allí nos encontramos con que una de las atracciones son los paseos en elefante para lo cual hemos visto mas de una docena de paquidermos, muy decorados, desfilando por el recinto con los turistas sobre sus lomos.

Al fuerte se accede mediante jeeps, porque los buses no pueden subir hasta la entrada, y durante todo el trayecto de subida te bombardean los vendedores de todo tipo de trastos, recuerdos, libros, collares, etc. Incluso, a la salida, mientras bajábamos en el jeep uno de los vendedores se colgó del vehículo para tratar de que uno de los que íbamos en él le comprase unos bolsos, mientras iba reduciendo el precio y jugándose el tipo porque el jeep circulaba a toda velocidad, de forma que por el camino fue perdiendo alguno de los productos que pretendía vender, hasta que finalmente se tiró del jeep ya cerca de donde teníamos el bus. Desde el aparcamiento de los buses se contemplaba una buena vista del fuerte en lo alto, así como de otras murallas de otra construcción defensiva que se utilizó en épocas anteriores.

Después de almorzar en un restaurante en la zona antigua de Jaipur, llamada la Ciudad Rosada porque en su día se pintaron las fachadas de ese color para una visita del príncipe Alberto, de la corona real británica, por la tarde visitamos el Palacio de la Ciudad, que contiene el Chandra Mahal, el Mubarak Mahal y la Puerta del Pavo Real.

Previamente, sin embargo, habíamos realizado un amplio recorrido por el observatorio astrológico de Jantar Mantar, en el que existe un enorme reloj solar en el que se puede verificar la hora con hasta menos de un minuto de precisión. Junto a él, otros varios relojes menores que están enfocados a los calendarios astrológicos para determinar la carta austral de los nacidos en cada uno de los signos zodíacos, asi como otros elementos diversos todos ellos relacionados con el sol y su proyección sobre el terreno.

Para terminar esa segunda jornada en Jaipur, después de cenar en el hotel hicimos un largo paseo en jeep por la ciudad para ver determinados edificios iluminados, y para hacer una parada ante la fachada del Palacio de los Vientos, que es una edificación muy vistosa, pero que en realidad es solamente una fachada, ya que solo era utilizada para que las damas del Marajá de turno pudiesen observar el ambiente de las calles sin, a su vez, ser vistas por el pueblo. Ya en un recorrido matinal habíamos pasado ante ese palacio, pero por las dificultades para parar el bus hubimos de verlo casi sin tiempo para fotografiarlo.

En el tercer día de estancia, arrancamos en el bus camino de Suroth, donde habríamos de dormir. Ya en ruta, una parada en el Chand Baori, un pozo escalonado impresionante, que en su día construyeron para recopilar agua, y por cuyos laterales bajaba la gente a llenar sus cántaros. Fuera de lo que es el pozo, hay también otros restos de un antiguo templo, hoy casi en ruinas, aunque mantiene el altar principal activo.

A Suroth llegamos a medio día, justo para comer, encontrándonos un desastroso pueblo que carecía de las infraestructuras esperables en una ciudad y en el que solo había gente por todas partes, motos a rabiar, mucho comercio en las estrechas calles, y suciedad. El hotel o alojamiento que nos habían reservado es un antiguo palacio, ahora rehabilitado, que en apariencia está muy bien, aunque internamente carece de las mínimas comodidades que se pueden esperar de un establecimiento hotelero de nivel. Allí tuvimos problemas para ducharnos, la limpieza en las habitaciones era más que mejorable y solo la comida fue mas o menos aceptable, básicamente porque tenía menos picante y en el desayuno había algo de fruta. En el programa de actividades de la jornada, además de un paseo por las calles del pueblo, habían previsto la asistencia a la ceremonia del final del día en el templo integrado en el complejo, además de un espectáculo de lucha entre dos aguerridos jóvenes, y unas actuaciones musicales posteriores, actuaciones de las que nosotros prescindimos porque Ramón se fue a la cama pronto y nosotros también queríamos descansar puesto que ya arrastrábamos bastante tos y malestar general.

A la mañana siguiente, antes de abandonar Suroth fuimos a ver una escuela, y como era domingo no había alumnos en ella. Se trataba de una escuela privada, en la que se imparten las enseñanzas entre Indi e inglés. Aprovechamos para conocer un poco sobre los aspectos de la educación en India, que como ya comenté en otro apartado, es obligatoria (pero no demasiado) en la fase primaria y ESO. Luego, en la fase de «college» (lo que en países de antecedente británico viene a ser antes de la Universidad) es ya voluntaria. Y en ambos tramos la educación es pública y gratuita, con simplemente un pequeño pago inicial para la inscripción. Para la educación universitaria, también hay partes gratuitas. En cuanto al acceso, al parecer establecen cuotas, por castas y por otro tipo de criterios, de forma que es posible que en la cuota «abierta» se puedan quedar fuera estudiantes con mejores calificaciones que otros que han accedido por otro tipo de cuotas.

En ese día paramos a comer en un impresionante resort, posiblemente el más suntuoso de los que vimos durante el viaje. El comedor donde nos ubicaron era de lo más elegante y tanto los jardines exteriores como el conjunto nos admiraron a todos los visitantes. Estaban preparando los jardines para una boda, con lo que aproveché para preguntar a Jai lo que podría suponer el coste de una celebración de ese tipo para alrededor de 100 personas, sin incluir alojamiento en el hotel, y me comentó que aproximadamente sería el equivalente a una cifra entre 8.000 y 10.000 euros.

Después de la excelente comida, continuamos rumbo a Agra, pero con una parada previa en Fatehpur Sikri, la llamada «ciudad fantasma» porque su construcción quedó sin finalizar cuando el emperador mogol de la época decidió cambiar la capitalidad para Agra. En ese recorrido a través del Rajastán, vemos áridos paisajes que contrastan con el verde de otras zonas anteriores. En esa ciudad fantasma, visitamos el Mausoleo de Salim Chisti (uno de los emperadores) y el Panch Mahal, además de admirar la belleza de la mezquita Jama Masjid.

Durante el recorrido en el bus, Jai nos había ofrecido la posibilidad de asistir a un espectáculo musical sobre la historia de amor de uno de los emperadores. Aunque fuimos pocos los que nos anotamos, finalmente no pudimos ir porque la entrada en Agra fue caótica, con unos atascos increíbles y al llegar al hotel era ya más tarde de lo previsto.

Y por fín estábamos en Agra, donde nos esperaban algunas de las visitas mas deseadas, en especial la del Taj Mahal, que sin duda es uno de los iconos de India. Puesto que la afluencia es siempre masiva, nos pidieron que a las 7 de la mañana, ya desayunados, estuviésemos para salir del hotel hacia allí. Y a la llegada era tal la cantidad de gente para entrar que hubimos de esperar un poco para coger los coches eléctricos que llevan a la entrada. Para nuestro disgusto, a primera hora la niebla impedía una perfecta visión del monumento desde lejos, e incluso cayeron unas gotas, pero afortunadamente a lo largo de las horas fue clareando y hasta llegó a salir el sol, con lo cual pudimos fotografiar desde todos los ángulos, eso sí, haciendo colas muchas de las veces porque todo el mundo quería captar la mejor foto desde el mejor lugar.

Visitamos el mausoleo donde reposan los cuerpos del emperador y su amada. El monumento fue construido precisamente por el emperador para acoger los restos de su amor, y posteriormente también él fue alojado allí a su muerte. La edificación principal está rodeada de otras de menor entidad, pero también muy majestuosas, tanto la de la entrada como las que se sitúan a los lados del mausoleo.

Todo el entorno del Taj Mahal está rodeado de jardines, muy vistosos en su mayoría, pero en todo caso con extensas zonas verdes. Y una curiosidad de esas zonas verdes es que para el mantenimiento del césped, para cortarlo, no se utiliza maquinaria porque según razonan, si se usan cortacésped mecánicos, se perjudicaría el medio ambiente y en cambio el corte se hace de forma manual, por lo cual es frecuente ver en esos jardines a grupos de mujeres en cuclillas sobre el césped haciendo el corte a mano, y juntando la hierba cortada en pequeños montones que luego recogen. Esto lo vimos allí y también luego en otros jardines del centro de la ciudad. En la misma línea, justifican el hecho de no tener iluminado el mausoleo por las noches en base a que como es de mármol blanco, con las luces atraerían a las moscas y otros insectos, que acabarían por ensuciar el monumento. Y solo en noches de luna llena con el cielo totalmente despejado de nubes es posible conseguir una visión nocturna del Taj Mahal. Aunque se dio la circunstancia de que la noche de nuestra estancia en Agra había luna llena, la niebla no permitía esa visión tan espectacular que dicen tener con la luna en su pleno apogeo. Una lástima.

Después de comer, visitamos el Fuerte de Agra, en el que se alojan una docena de palacios y pabellones mogoles. Si bien la mayor parte del fuerte está construido en arenisca roja, como la mayoría de las construcciones de esa zona, la llamada «mezquita celestial» es de mármol blanco. A esta visita Ipi no vino, ya que se encontraba con fuerte dolor de cabeza y prefirió quedarse a descansar en el hotel, para estar mejor a última hora, cuando iríamos al espectáculo musical al que no pudimos asistir la tarde anterior.

Sobre la marcha, Jai nos ofertó la posibilidad de hacer un recorrido en tuk-tuk hasta los jardines sitos frente a la parte posterior del Taj Mahal. Fue un paseo rápido, y la verdad es que las vistas sobre la parte trasera del monumento no eran gran cosa, en parte porque había vuelto la niebla y no estaba claro. Lo mejor fue el propio paseo, comprobando la pericia de los conductores de tuk-tuk para manejarse entre el denso tráfico. Antes de volver al hotel, una breve parada en una de las calles céntricas de Agra, donde había tiendas, aunque no dio tiempo para nada porque urgía regresar al alojamiento para dejar a la gente y salir para el espectáculo nocturno. Este, sin ser nada espectacular, tenía una gran variedad de vestuario, muy vistoso, y la música estuvo bien.

A la mañana siguiente abandonamos Agra, ya con destino a Delhi, punto final del viaje en India. De camino, una parada en Sikandra, para visitar el mausoleo de Akbar el Grande. Como la mayoría de sus similares, este emperador se preocupó de construir en vida la enorme edificación que le serviría de tumba. Allí, en otros alojamientos más modestos, están también los restos de algunos de sus ministros y funcionarios de alto rango, todo ello rodeado de una gran extensión de jardines.

Cuando nos vamos acercando a Delhi, encontramos varias grandes urbanizaciones a medio construir y/o ocupadas a medias. Son grupos de grandes edificios destinados a albergar a gente joven, trabajadores que actualmente viven en la ciudad y podrán disponer de nuevas residencias en las afueras, donde actualmente el metro se está prolongando. También unos 25 kms antes de llegar a la capital dejamos a la izquierda el circuito de Fórmula 1.

Al llegar a Delhi, hicimos en primer lugar la visita al minarete de Qutub Minar, que en principio estaba prevista para la jornada siguiente. El minarete forma parte de un gran conjunto de restos de construcciones anteriores. Había visitantes de todo tipo, especialmente «indígenas» entre los cuales era habitual que se quisieran fotografiar con nosotros, en particular con las chicas.

Nuestra última jornada del viaje se inició con la visita a la gran mezquita de Jama Masjid, de la que se dice que acoge hasta a 25.000 personas en los días de oración. Está ubicada sobre una colina de la parte vieja de la ciudad, la antigua Delhi, y se le considera la mayor mezquita musulmana de India. Desde allí se ven las calles adyacentes, llenas de comerciantes, y con un gentío enorme. Para acceder hubimos de descalzarnos (como en la mayoría de los templos) pero además en este caso las mujeres debían cubrirse la cabeza y poner una túnica hasta los pies.

Terminada la visita, un paseo en rick shaw por las calles contiguas nos permitió otra visión algo diferente, aunque a veces parecía que el conductor no podía con nosotros y debía bajarse de la bicicleta para tirar del vehículo. Hicimos un recorrido por las calles atestadas de tiendas, callejas estrechas en muchos casos.

Con una pequeña parada en una de las calles comerciales de la zona vieja, todavía alguno aprovechó para hacer las últimas compras, antes de que el bus nos llevase al Memorial de Mahatma Gandhi, levantado en el lugar donde fue incinerado, y que es un pequeño monumento situado en el Raj Ghat (patio real), una amplia zona verde en la que pudimos comprobar que en febrero de 1993 durante una visita realizada a New Delhi, el entonces presidente del gobierno español Felipe González plantó un árbol que hoy luce ya con buen tamaño.

Por la tarde quedaba la visita al mayor templo Sij Gurudwara Bangla Sahib, el mayor de Delhi, en el que era obligatorio descalzarse por completo para acceder a las partes internas como son la propia sala de oración, la piscina y los comedores anexos. En ese templo es habitual a cualquier hora del día encontrar gente que después de orar (o sin haberlo hecho) reciben gratuitamente comida preparada en unas amplias cocinas, atendidas por voluntarios y que a su vez se nutren de donaciones de particulares. Tuvimos ocasión de acceder tanto a las cocinas como a los salones donde la gente come.

Y para terminar el viaje en cuanto a visitas, hicimos primero una parada en otro pozo escalonado, no tan grande como el visto días atrás, pero también llamativo. Esta situado en la vieja Delhi. Finalmente, ya desde el bus, terminamos con un recorrido por el centro de Delhi, el distrito de Rashtrapati Bhavan, la parte más cuidada, donde se encuentra el Parlamento (el antiguo y el nuevo), asi como el Palacio Presidencial, y otras edificaciones de menor entidad, aunque toda la zona está rodeada de amplias extensiones de jardines y zonas verdes en las que es habitual encontrar a la gente tumbada sobre el césped.

En resumen, una gran experiencia la de este viaje, que deja en el aire las ganas de repetir aunque con otro formato (más personalizado y menos global) que permita conocer otras zonas como pueden ser Calcuta, Bombay y/o Benarés, y tal vez con desplazamiento a Nepal. Pero esa es otra historia…..

El espectáculo del mar

Viviendo en A Coruña, una ciudad completamente rodeada de mar, no es nada extraño que de forma repetitiva nos encontremos que, al pasear junto a la playa o bordeando la costa, tenemos frente a nosotros el fantástico espectáculo del mar batiendo en las rocas, rompiendo sobre la arena de la playa, o en ocasiones sobrepasando los límites habituales de la arena y saltando a la calzada.

Cada año, a partir de estas fechas o incluso antes, se producen temporales que nos hacen mirar al mar de forma inusitada y quedarnos un tanto perplejos ante las batidas de las olas y aunque la mayoría de los coruñeses estamos de sobra familiarizados con esos eventos, suelen ser con más frecuencia los turistas o los foráneos quienes se quedan pasmados viendo el batir de las olas. En la playa de Riazor, la que tenemos más accesible todos los coruñeses, visualizamos cada otoño la preparación de una duna para frenar en lo posible los embates del oleaje, pero un año tras otro resulta casi siempre escasa la protección y hay que recomponerla un par de veces al menos durante el invierno. Y en esta ocasión se ha repetido ese hecho, incluso antes que otras veces.

Pero volviendo a lo que es el espectáculo, hace un par de días en mi paseo bordeando la costa desde la coraza hasta el dique de abrigo tuve la oportunidad de fotografiar repetidamente los lugares donde las embestidas de las olas eran más llamativas y recrearme junto a otros caminantes observando como la espuma saltaba sobre los acantilados amenazando a quien se quisiera acercar en demasía al borde de las rocas.

Ya desde el inicio del paseo, en las ensenadas de Riazor y el Orzán se podía comprobar la bravura del mar y continuando el recorrido hacia la torre, recién superada la playa de matadero (en su día esa zona se conocía como Berbiriana, según supe en fecha reciente), un reducido grupo de intrépidos surfistas desafiaba las inclemencias meteorológicas para disfrutar de su deporte favorito. Eran solo cuatro, y entre ellos uno parecía ser el mejor preparado y quien afrontaba con más seguridad cabalgar sobre las olas.

Un poco más adelante, las rompientes bajo la plaza del reloj también impresionaban. Y ya bordeando el paseo, superado el Aquarium Finisterrae y después de rebasar la playa de las Lapas, cuando empieza la subida hacia la parte posterior de la Torre de Hércules la vista sobre el entrante de la playa y sobre la parte trasera del aquarium, mostraba unas imágenes que no dejaban lugar a dudas sobre la virulencia de las olas.

No obstante, las visiones mas espectaculares estaban por llegar, porque al pasar junto al bloque que está bajo la Torre y que se ocupa de potenciar la señal de las sirenas que avisan a los buques de la proximidad de la costa, empieza ya a verse a lo lejos Punta Herminia, donde la fuerza del oleaje se vislumbraba con mayor intensidad.

Por esa razón opté por dirigirme hacia ese saliente de Punta Herminia, donde sin duda podría valorar de cerca la potencia del mar al romper sobre las rocas. Como quiera que el espectáculo llama la atención de quienes circundan la zona, me encontré con unos ciclistas que tenían interés en dejar constancia de que habían estado allí en esas circunstancias, y poco después también una pareja de turistas que dijeron venir de Sevilla, de los cuales él resultó ser el más aguerrido (mientras ella le recriminaba su acercamiento al límite de las olas), quienes me pidieron que inmortalizase en su móvil el momento. En una de esas embestidas de las olas, la espuma resultante regó al turista sevillano, mientras su pareja le gritaba que se acercase.

Al continuar mi recorrido hacia la zona de los Menhires, tuve la desagradable sorpresa de ver que habían desaparecido los antiguos «cubos» situados en esa península, que imagino que en su día fueron concebidos como lugares para la observación de aves, y de los cuales yo guardaba un gran recuerdo porque al menos en una ocasión me sirvieron como resguardo de una fuerte tromba de agua en uno de mis paseos por la zona, hace ya bastantes años. La verdad es que unos meses atrás escuché en unas noticias en la radio que al parecer se había previsto retirarlo para remodelar esa parte, algo que a mi parecer era totalmente innecesario. Pero como quiera que fue pasando el tiempo y las casetas de madera continuaban allí, pensé que tal vez se había cambiado de planes y nunca serían retiradas. Hoy la visión de la Torre de Hercules desde allí es más diáfana pero mucho mas simple y, personalmente para mi, mucho menos atractiva. Aqui dejo unas imágenes del «antes» y el después». Una pena.

En las rocas próximas a los Menhires también llamaba la atención el choque de las olas y la rompiente en la ensenada próxima, si bien a medida que el mar se adentraba en la bahía, hacia el paseo marítimo era menor la virulencia del oleaje.

En la playa de San Amaro, sin ser tan fuerte el temporal, también se dejaba notar la diferencia entre una jornada normal y un día de mar fuerte. Tal vez lo más llamativo era que, sin estar la marea totalmente alta, el romper de las olas sobre el «teórico embarcadero» hacía que estas sobrepasasen la parte alta volcándose del otro lado, aunque sin alcanzar la zona de paso que bordea al Club del Mar.

A partir de ahí, ya el recorrido por el paseo marítimo se hace mas tranquilo, puesto que el oleaje en esta zona era ahora muy inferior al de otras ocasiones en las que se ve que las olas rompen sobre la escollera del dique de abrigo y puntualmente llegan a superar el borde, saltando al otro lado. No era el caso en estos días, aunque sin duda la fuerza del mar en la bahía hacía que no hubiese a la vista ninguna embarcación, estando todas recogidas en puerto.

El resto del recorrido, de regreso a casa, ya alejado del mar, me animó a recopilar mentalmente las imágenes de todo lo visto, y a tratar de transmitirlo por este medio, para quien quiera leerlo y por si un día a mí mismo me sirve para recordar estos momentos.

Outono Gastronómico 2023

Al igual que hicimos en los últimos años, en cuanto este otoño tuvimos noticias de que se ponía en marcha la programación de la Xunta sobre el Outono Gastronómico, empezamos a preparar fechas y destino, contando previamente con el colectivo para saber quienes se apuntaban al evento. Y resultó que nadie quería perdérselo, de modo que nos pusimos a indagar posibilidades de alojamiento, ya que al ser un número elevado no todas las casas rurales disponen de capacidad para lo que necesitamos, y además con la particularidad de que tratamos de conseguir siempre una casa en la que seamos los únicos residentes en la fecha seleccionada.

Tras diferentes intentos, siempre pensando en la provincia de Lugo, terminamos encontrando las fechas del 4-5 de noviembre en Pazo O almacén, en el municipio de Cervo. Como quiera que se hizo la reserva para los 14 del grupo, y Julio y Merchi no podían asistir en esa fecha por tener otro evento, María sugirió la posibilidad de invitar a Suso y Carmen, si tenían a bien acompañarnos. Y así fue como se completó el aforo de la citada casa rural.

Por otra parte, como quiera que este otoño, después de una primera fase de calor y sol no habitual, se lió a llover sin parar en las últimas 3-4 semanas, hubo quien dudó de que se pudiera llevar a cabo el programa, pero al final se demostró que somos incombustibles y no nos amedrenta casi nada, por lo que en la fecha y hora programadas, en cuatro coches dimos inicio al recorrido.

De inicio acordamos reunirnos en las inmediaciones de la Fervenza do Rio Xestosa, y allí llegamos todos preparados para las inclemencias meteorológicas, aunque con la suerte de que al realizar la bajada hasta la base de la fervenza no llovía. Y a consecuencia de las lluvias ya comentadas de las últimas semanas, el rio bajaba con un potencia inusual, por lo que parecía más una catarata que una cascada. Fue impresionante la contemplación del trepidar del agua y aprovechamos todos para dejar constancia gráfica del momento. Aunque la llegada repentina de la lluvia no nos dejó demasiado tiempo de contemplación y rápidamente hubimos de volver a los coches.

La segunda parada programada era el Souto da Retorta, ya en las inmediaciones de Viveiro. Es un gran bosque de eucaliptos entre los que se encuentra el reconocido como el de mayor tamaño de Galicia, al menos en el perímetro del tronco. Ipi y yo ya lo habíamos visitado en el verano de 2018 y guardábamos un muy grato recuerdo de aquel día. Al llegar al souto, el viento azotaba de tal forma que hubo alguno que dudó si entrar o no por el camino ante la duda de que se pudiese caer alguno de los árboles. Pero los temores se calmaron y pudimos discurrir tranquilamente por el sendero que lleva hasta el tronco principal, donde también nos hicimos una foto de grupo. Tuvimos en esta ocasión suerte de que la lluvia se olvidase de nosotros durante un buen rato y solo cuando ya llegábamos de regreso a los coches comenzaba a llover.

Y animados por el éxito que estaba teniendo el plan programado, decidimos afrontar la tercera de las visitas previstas esa mañana, que consistía en subir al Mirador de san Roque desde donde se contemplan unas sensacionales vistas de Viveiro y la costa próxima. Llegamos hasta el mismo mirador con los coches, pero al salir al exterior casi volamos, tal era la fuerza del viento. De hecho no pudimos parar allí mas que unos breves minutos porque era un riesgo innecesario, e incluso cuando tratamos de hacer una foto de grupo, tanto la cámara de Rafa como mi teléfono móvil volaron sin poder completar las fotos.

Y sin más dilación nos dirigimos al cuarto punto del programa que era el restaurante Boa Vista, donde teníamos reservada la mesa para comer a las dos y media de la tarde.

El lugar elegido resultó un éxito, porque la atención del personal fue excelente y los platos seleccionados nos dejaron a todos satisfechos. Tomamos como entrantes unas cazuelas de almejas, gambas y pulpo, además de una parrillada de verduras, y como platos principales la mayoría una parrillada de pescados (con Lubina, Rape, Rodaballo y San Martiño) y otros tomaron Rodaballo, San Martiño y Cocochas. Todo en su punto y exquisito. Lo regamos con albariño Lagar de Cervera, cervezas y aguas. Y en los postres también hubo variedad, entre Filloas con helado de Turrón, Torrija, Carpaccio de Piña con helado, Tartaleta de manzana, Tarta de la Abuela y Helados. La minuta, adecuada al excelente menú y todos contentos.

El programa de la tarde contemplaba acercarnos al puerto de Morás, para visitar los Acantilados de Papel, un grupo de rocas sobre el mar que llevan ese nombre por una cierta similitud con las formas del papel doblado. Desde allí pudimos observar la fuerza del mar, con olas de varios metros, y sobre todo con la enorme fuerza del viento, que hacía que toda la costa estuviese marcada con alerta roja. Con las debidas precauciones algunos nos animamos a subir a lo alto de los acantilados para observar mejor el oleaje y tan bien lo vimos que, en uno de esos embates de olas grandes, la espuma resultante del choque con las rocas y el viento que soplaba en ese momento, se nos viniera encima y nos dejase calados a quienes estábamos en ese momento en lo alto, y en mi caso particular que grababa en video el momento, me obligó a cambiar el pantalón que había quedado empapado. Pese a todo, no estuvimos en riesgo en ningún momento.

Algunos de los Dolos que están en el puerto

Terminada la visita al puerto de Morás, desde donde se contemplan unas vistas de todo el complejo de alúmina-aluminio de San Cibrao, nos dirigimos ya al alojamiento para terminar el resto de la jornada. En el puerto hay depositados unos enormes «dolos» que se utilizaron para formar la escollera en su momento, y se ve que los excedentes (que son muchos) los han dejado por allí, y varios de ellos han sido decorados con colores llamativos.

Acantilados de papel

El Pazo O Almacén es un pequeño hotel-restaurante que lleva muchos años funcionando en la zona y que ha sobrevivido en gran medida gracias al movimiento del personal de la empresa de aluminio, especialmente en los años álgidos de la instalación. Nos comentaba el propietario que como consecuencia de la crisis del año 2008 hubo de prescindir de buena parte del personal y que en estos años se ha dedicado a sobrevivir, ya que únicamente los meses de julio y agosto son meses de alta ocupación. Actualmente atienden el negocio el propietario y su hermano, además de un cocinero y un par de personas que ayudan en momentos puntuales.

Hotel Rest. O Almacén. Cervo – Outono Gastronómico 2023

El propietario, en la década de los 90, participó junto a cocineros muy reconocidos de Galicia en viajes promovidos por la Xunta a lo largo de toda España así como por varios países sudamericanos para promocionar el nombre de Galicia. En concreto él fue nombrado el Mago de la Queimada y tiene un montón de fotos con personajes conocidos, con su atuendo especial, y más tarde ha sido reconocido también por su labor de cocinero durante 35 años, por lo que le concedieron el Collar de miembro del grupo de Paul Bocuse, en Paris.

El resto de la tarde, antes de la cena, y una vez instalados en las 7 habitaciones con que cuenta el Pazo, lo dedicamos a participar en juegos de grupo, como intentando acertar el nombre de una persona o personaje que asignaban a cada uno, y más tarde formando dos equipos en los que se trataba de acertar el título de una película, en la que uno intentaba explicar a sus colegas con mímica algo que diese pistas sobre el nombre del film de que se trataba.

Con todo eso y unas cervezas, aguas, patatas fritas y aceitunas, fuimos abriendo el apetito para atacar el menú gastronómico. Hay que decir que en principio el comedor no estaba especialmente cálido y que además, por causa del temporal, en la primera media hora de nuestra llegada hubo varios cortes de energía eléctrica que nos amenazaba a que tuviésemos que cenar a la luz de las velas. Pero finalmente no fue necesario, y además encendieron la chimenea que fue caldeando el comedor y ya durante la cena se estaba bien.

El menú gastronómico en esta ocasión lo combinaron entre las dos opciones disponibles en el programa Outono, y como entrantes nos pusieron un pastel de pescado, unas setas a la plancha y unas fabes con jabalí. Los platos principales fueron a base de caza, siendo uno de ellos Ciervo con arándanos y el otro Jabalí con salsa de calabaza. Y de postre, tarta de galleta y tarta de queso. Para beber, un Mencía «Alma» que no era nada especial, pero tampoco estaba mal, aunque nuestro colectivo es más de riojas.

Después de la cena, nos ofrecieron visitar un «pub» que tienen frente al Pazo, preparado a partir de la edificación de un antiguo molino. Hicimos la visita, pero se encontraba vacío y prácticamente nadie estaba por la labor de quedarse a tomar nada allí, ya que además de desangelado estaba frío.

Hotel Rest. O Almacén. Cervo – Outono Gastronómico 2023

No obstante, una vez hecha la visita y como el propietario y su hermano estaban con ganas de charla, Roberto, Rafa y yo nos animamos a quedar un rato y tomar una copa, mientras el resto del grupo se iba a dormir y/o a calentar la cama para los que nos quedamos allí. En el rato que estuvimos en el pub nos contaron un montón de historias de su vida como hosteleros, e incluso Roberto tuvo la ocasión de obtener información sobre un antiguo jefe de compras de la empresa de aluminios, con el que en su momento (hace 30 años) tuvo bastante relación profesional.

El desayuno de la mañana del domingo lo habíamos programado para las 9,30 horas y con total puntualidad aparecimos en el comedor, pero hubo que esperar un rato hasta montar una sola mesa que en principio tenían preparada en dos de 8 + 6. Una vez reorganizada nos ofrecieron tostadas, churros, bizcocho, etc. Y los cafés, de lo mas variado como suele ser habitual. Echamos de menos algo de fruta, aunque tras pedirla se consiguieron unos plátanos y manzanas.

Y terminado el desayuno y recogidas las cosas, volvimos a los coches para el plan matinal, que consistió en visitar las instalaciones de la fábrica de Sargadelos, que de antemano sabíamos que estaría cerrada, tanto en lo referente a la factoría como en lo que respecta a la tienda. Después de hacer unas cuantas fotos de grupo, en vista de que en aquel momento no llovía, las chicas se lanzaron a caminar hasta la zona de la antigua factoría e instalaciones próximas, donde está el Paseo de los Enamorados, una fuente, una cascada, etc. Hay también una cafetería donde pudimos hacer una breve parada para tomar algo.

El paso siguiente en el programa de actividades era acercarnos al Fuciño do Porco y aunque de antemano éramos conscientes de que dificilmente podríamos hacer la caminata por la pasarela, nos acercamos hasta las proximidades, confirmando allí que estaba cerrado por causa del temporal. Sin embargo, de camino hacia Ortigueira, donde estaba reservada la comida, hicimos una parada en Loiba, para acercarnos a su famoso banco (que alguien definió como «el mas bonito del mundo»).

Alli hicimos fotos por parejas y también de las excelentes vistas que hay, además en esta ocasión complementadas con la fuerza del oleaje. Hubo suerte porque durante el corto espacio de tiempo que pasamos junto al banco, prácticamente no llovió y cuando empezó a caer la lluvia, montamos a los coches para dar por finalizada la visita.

Para comer, como dije, habíamos hecho una reserva en Ortigueira, en el restaurante A Cabana de Fos, siguiendo una recomendación de un antiguo compañero del banco. Comimos calamares y chipirones de la ría como entrantes, y a continuación Merluza en diferentes variedades (plancha, gallega y romana), y algunos optaron por varios lenguados que había en esa ocasión. Luego postres para unos pocos y como bebida un par de botellas de albariño Terras Gauda, además de las características aguas, cervezas, etc. El sentir común fue que la comida, aunque estuvo bien, no llegó al excelente nivel que habíamos observado el sábado en Celeiro.

Y a la salida del restaurante, bajo una lluvia intensa, aprovechamos para despedirnos dando por terminado el Outono Gastronómico 2023 y felicitándonos mutuamente por el resultado de la excursión y las visitas, pese a los temores previos que auguraban casi un encierro en la casa rural por causa del temporal.

Viandar de la Vera – Mantener las tradiciones

Hace un año mi cuñado Ramón y mi hermana Berta nos enviaron desde Viandar de la Vera, unas fotos y videos sobre las Fiestas del Paseo que celebran cada año. Y vimos que se mantenían unas tradiciones muy interesantes con lo cual Ipi, que se apunta a un bombardeo, dijo que quería asistir a las celebraciones de 2023. Y continuó insistiendo en la visita a lo largo de estos últimos meses.

Por ese motivo se fue programando el viaje para estar allí unos cuantos días y participar en el mayor número de actividades posibles. Las fechas elegidas por nosotros fueron desde el viernes 29 de septiembre hasta el lunes 2 de octubre, ambos inclusive, y para retornar a casa el martes día 3, aunque Ramón y Berta que había llegado en esa misma fecha se quedaban hasta el final de los festejos, varios días después. Realmente el programa oficial se iniciaba el viernes 29 y duraba hasta el miércoles día 4.

Tras un plácido viaje, con parada en Rueda para tomar un refrigerio y aprovechar para comprar vino de cocinar, algo que hago cada vez que paso por allí desde hace casi 50 años, la llegada a Viandar fue a media tarde y después de un breve descanso para intercambio de novedades, ya nos unimos a la primera de las actividades, que en este caso era la Ronda de las Rosqueras, consistente en recorrer las calles del pueblo parando en cada casa para cantar a los inquilinos y esperar a que entreguen un lote de pastas, rosquillas, etc. Nos incluimos los cuatro como unos más del pueblo y participamos durante algo más de una hora en la recogida de esos dulces que un par de días después serían distribuidos entre todos los viandareños en la plaza mayor. Comentar que durante el paseo fue anocheciendo y en esa fecha había una luna espectacular.

Esa primera noche, tras la actividad comentada y una cena en casa, salimos al «pollo» (un banco situado en el frente de la casa de Ramón, que sirve de punto de encuentro para reuniones en la calle en ocasiones diversas). Junto a nosotros terminaron por unirse varios de los «primos» (primeros, segundos, etc…) que componían el grupo «Los Mirandini» del que nosotros también formamos parte, y que vino a ser la «peña» participante junto a otras muchas en los eventos festivos. La reunión terminó de madrugada, mientras nos tomábamos unos cubatas e íbamos conociendo a buena parte de los familiares. Y nos fuimos a dormir a la antigua casa de los padres de ramón, ahora de su hermano, situada en lo alto del pueblo, lejos de los altavoces de la carpa instalada en la plaza mayor de Viandar.

A la mañana siguiente nos habíamos comprometido a participar en la elaboración de las Roscas que se ofrecen a la virgen y posteriormente se venden entre los viandareños y asistentes en general a las fiestas y cuya recaudación sirve para sufragar gastos de los festejos y mantenimiento de la iglesia. Las Roscas se preparan en la tahona del vecino pueblo de Losar de la Vera, ya que en los últimos años ha dejado de funcionar la tahona de Viandar. El trabajo consiste en que, una vez el panadero ha preparado la masa, dar forma a la misma para conformar las roscas, y luego picar el borde las mismas para darles un mejor aspecto. Ya preparadas se meten al horno y quedan listas para su presentación a los compradores al día siguiente. Hay que señalar que se hicieron 360 roscas, con el chollo que eso conlleva, y que los participantes en los trabajos fuimos en total unas 10 personas. Resultó algo original y entretenido. Y durante el proceso, al mismo tiempo yo pude observar como la panadera preparaba la masa de otros dulces típicos (los huesecillos) a base de harina, con anís, aguardiente, zumo de naranja, mantequilla, azúcar, etc. Y por supuesto, aprovechamos la estancia en la tahona para dejar encargados unos cuantos huesecillos cuya masa había sido preparada ante mis ojos. Estaban buenos, francamente, aunque al final de tanto repartir casi me quedo sin catarlos.

Terminada la faena de las Roscas, nos fuimos a conocer una de las fincas de Ramón, a la que denominan Las Parrillas. Es un olivar en el que hay además algunas higueras, y que como Ramón no puede atenderlo desde el pueblo, lo tiene cedido a un paisano que teóricamente lo mantiene limpio, aunque ni siquiera le da la mínima prueba de lo que produce, como sería normal. Pero como ahora el precio del aceite está por las nubes y hay muchos interesados en gestionarlo, posiblemente se cambie el trato y se ceda a otras personas que harían el mantenimiento y reportarían al propietario hasta un 50% de la producción. Señalar, como dato de interés, que al parecer una finca como la suya con la actual producción generará más de 2.000 kg de olivas, que con un aprovechamiento del 9% daría cerca de 200 litros de aceite. Allí pudimos verificar que esos cálculos son perfectamente válidos, contrastándolo con otra gente del pueblo que trabaja sus olivares. Lo cierto es que los árboles este año están cargados a tope, en todas las fincas.

Ya de regreso al pueblo, nos unimos a los preparativos del Concurso de Paellas, puesto que cada una de las peñas organiza la suya al aire libre. En nuestro caso, se ubicaban los preparativos justo frente a la casa de Ramón, y allí se reunió toda la gente, si bien la preparación corría a cargo de un pariente (Raul), mientras el resto de concurrentes nos tomábamos un aperitivo. La fiesta fue amenizada por una charanga denominada «La Mejor Pata Negra» que iba recorriendo los lugares del pueblo donde se iban cocinando las respectivas paellas. En nuestro caso, estuvieron bastante rato tocando y motivando a todo el personal a bailar al ritmo de «Paquito el Chocolatero» y otras melodías del mismo estilo, pero desde luego la participación resultó de lo mas motivada, de lo cual dan cuenta las fotografías y videos tomadas sobre la marcha. En cuanto al premio final, parece que no tuvimos éxito porque cuando el comité de valoración pasó junto a nuestro cocinero, no estaba lista la paella para ser degustada. Pero eso no quitó nada al acontecimiento, y la paella se consumió en su totalidad, con más de 30 comensales asistentes al acto. A la comida siguió una animada sobremesa.

Por la tarde estaban previstas otras actividades, como la Ronda de Peñas y algunos concursos, pero en esos no participamos, y nos dedicamos a descansar de las actividades matinales. No obstante, al igual que el día anterior, nos fuimos a dormir a la casa del hermano de Ramón, lejos del ruido musical.

El domingo era el día grande, en cuanto a las celebraciones, básicamente religiosas, que se iniciaban a las 7,30 horas con el Rosario de la Aurora, acto al que Ipi tenía intención de asistir aunque sobre la marcha renunció para no pegarse el madrugón. Y más tarde, a las 12, asistencia a la iglesia para sacar a la virgen del Rosario (la patrona) en procesión por varias calles del pueblo. Posteriormente, ya de regreso en el templo, se celebró la misa en la que cantaron varias personas. Durante la procesión, tanto Berta como Ipi se apuntaron a llevar en andas a la imagen de la virgen durante un corto recorrido. Al parecer el peso es grande y cada poco se van turnando los interesados en participar. Finalizada la misa es cuando la Mayordoma de este año invita a todos los del pueblo en la plaza mayor con los dulces que la ronda de rosqueras había recogido en la primera jornada. Nosotros también degustamos algunos de esos dulces, a modo de aperitivo, porque después la comida de ese día estaba reservada para tomar en Talaveruela, el pueblo próximo donde ahora vive Alberto, el hermano de Ramón que es uno de los Mayordomos, aunque este año no era él quien dirigía las fiestas. Por cierto, durante la misa se anunciaron que hay un par de personas que se ofrecen para colaborar y convertirse en Mayordom@s en los dos próximos años.

La jornada de tarde se iniciaba temprano, por lo que la comida fue rápida. A las 5, en la plaza mayor se llevó a cabo el Ofertorio en Honor a la Patrona, cuya imagen ha sido trasladada desde la iglesia. El Ofertorio consiste en que unas mujeres, adornadas con mantillas, llevan a la virgen las Roscas que el día anterior habíamos preparado en la tahona de Losar. En esta ocasión las mujeres fueron un grupo de niñas. Y una vez recibidas por la virgen, los Mayordom@s hacen la venta a quien las quiera comprar. Al final se venden todas y como ya comenté la recaudación es para el mantenimiento de la virgen y la iglesia.

Hubo luego en la carpa la actuación de un grupo folclórico extremeño y a continuación nos fuimos a dar un paseo y a ver otra de las fincas de Ramón, en la que tiene naranjos, uvas, etc. Terminamos la jornada en casa, con una cena ligera, antes de alejarnos de nuevo del ruido musical de la casa de Ramón para volver a lo alto del pueblo donde se dormía mejor.

La última jornada completa de nuestra estancia, el lunes día 2, también estábamos apuntados a las actividades, en este caso eran comida y cena con toda la gente del pueblo, en la carpa instalada en la plaza. Pero previamente Ramón había logrado que en una almazara cercana, uno de los empresarios de Viandar nos recibiera y nos vendiera unos tarros de aceitunas en diferentes versiones, alguna de las cuales en la víspera habíamos probado durante el aperitivo. Aunque no suelen vender allí, como favor especial nos permitió hacer la compra.

Y también en otra estupenda gestión, Ramón consiguió que nos organizasen una visita guiada al Molino recientemente restaurado que en su día servía como almazara para que los viandareños pudieran transformar en aceite el fruto de sus olivares. Ya se intentó la visita hace año y medio, cuando estuvimos por allí los hermanos en la reunión de mayo de 2022, pero entonces el molino estaba en plena restauración, y la visita no fue posible. Ahora nos hizo de anfitriona una empleada municipal, Yolanda, que nos dio amplias y detalladas explicaciones sobre los orígenes y funcionamiento del mismo en su época de plena actividad, cuando no existían las modernas instalaciones que ahora se dedican al proceso del aceite. Resultó muy interesante la visita, e incluso Ramón aprovechó para indagar cómo hacía Yolanda con sus olivas, a donde las lleva a exprimir y qué porcentaje se consigue de rendimiento. Y como también le consultamos donde se podía comprar aceite de la cosecha anterior, y al parecer estaba difícil conseguirlo, ella se ofreció a regalarnos una pequeña muestra del suyo, lo que hizo a la mañana siguiente, y le correspondimos con una porción de queso gallego que previamente habíamos llevado nosotros de A Coruña.

De regreso en el centro del pueblo, colaboramos un poco en la preparación de las mesas para la comida y nos hicimos unas fotos con los cocineros, que habían preparado una sopa de marisco y un plato de «magro» (carne de cerdo) con verduras, y de postre melón y queso. Todo ello acompañado de refrescos y vino, aunque en nuestro caso Ramón quiso aportar una botella del reserva de la Rioja Alta que pedimos para el grupo familiar. Durante la comida pudimos confraternizar con los vecinos de mesa, mayoritariamente gente de edad superior a la nuestra, que nos contaban que en sus tiempos jóvenes esas comidas reunían a más del doble de los asistentes actuales. Por la noche se repitió la reunión en el mismo lugar, aunque la cena fue mucho mas ligera, con un plato de queso y fiambres y como remate chocolate con churros. Todo ello en un excelente ambiente, del que nos resultó muy grato participar.

Y aunque en principio Ramón decía que ese día ya por la noche no habría jolgorio hasta altas horas de la madrugada, se equivocaba porque estaba contratado un cantante de coplas que congregó a buena parte del pueblo, mientras nosotros nos dedicamos a dar un paseo hasta la vieja ermita, donde pudimos disfrutar de una visión clara del cielo estrellado, ya que por aquella zona había poca incidencia lumínica. De vuelta del paseo todavía tuvimos tiempo de escuchar varias de las coplas, porque el artista contratado no cesaba de dar «bises» a petición de los asistentes al evento. Al terminar el cantante de coplas, continuaba la fiesta con un DJ que amenazaba con mantenernos en vilo hasta altas horas de la madrugada, por lo cual también esa noche volvimos a la casa de Alberto, en lo alto del pueblo, para poder dormir a gusto.

Y con esos cuatro días de festejos dimos por finalizada nuestra visita a Viandar para regresar a casa a la vida habitual. Desde luego la experiencia ha sido totalmente positiva. Quedamos encantados con el ambiente de los viandareños, tanto de los que actualmente habitan allí como los emigrados que puntualmente regresan cada año para participar de las fiestas. Y especialmente agradecidos a Ramón y Berta por su invitación y por las atenciones que nos dispensaron en esos días, además de contentos de haber podido vivir directamente y participar de esas tradiciones que desgraciadamente se van perdiendo y que en el caso de Viandar de la Vera se mantienen gracias al coraje y dedicación de una parte de sus vecinos.

Viaje a la Bretaña francesa

Desde hace varios años comentamos en ocasiones la idea de volver a Ile-de-Ré en un verano, tras la buena experiencia de nuestro viaje de hace ya 15 años. Sin embargo la cosa ha ido quedando entre los asuntos «pendientes» y por fin este año nos animamos a llevarlo a cabo, si bien el plan idea inicial se modificó para adaptar el viaje a unos condicionantes surgidos. Por esa razón se cambió la idea original de estar unos días en la isla por simplemente hacer una visita y durante una semana recorrer los puntos más señalados de la Bretaña francesa. Y para ello programamos el viaje en avión a Burdeos, alquilando a partir de allí un coche con el que hacer el recorrido previsto. Y ese viaje, como solemos hacer, lo planificamos con Rafa y Elena.

Las fechas elegidas fueron las de la última semana de julio, una vez que Elena ya terminaba sus habituales ocupaciones fiscales de cada año. Pero previamente al inicio del viaje, ese finde nos desplazamos a Vigo para asistir a un concierto de Maria José Llergo, que se celebró en el auditorio de la ciudad, en una terraza con vistas sobre la bahía, y con las islas Cies al fondo, en una jornada espectacular por la temperatura y la climatología en general.

El concierto resultó fantástico, y al terminar nos acercamos a la zona de la Piedra, en Vigo, para cenar en una terraza con mucha afluencia de turistas y nativos, es decir con un ambiente de lo más entretenido. Y habida cuenta de la buena noche que hacía, regresamos al hotel, situado justo al lado del auditorio, caminando y disfrutando de la temperatura.

De regreso a A Coruña yo había reservado con un mes de antelación para comer en el restaurante que hay en Punta Cabalo, en la Illa de Arousa, un lugar que conocí durante una excursión con los Bebeuvas y del que además había unas buenas referencias previas. Coincidió además que justamente ese día, sábado 22 de julio en A Illa celebraban la procesión marítima de la Virgen del Carmen, con lo cual tuvimos una ubicación de lo más adecuado para contemplar y fotografiar a la amplísima concurrencia de barcos al evento.

La comida resultó muy bien en general en la terraza del restaurante y por falta de tiempo no pudimos quedar a disfrutar de la playa, ya que además de tener que preparar las maletas para el viaje, Rafa y Elena habían hecho una reserva en Terreo para celebrar con nosotros en una cena sus respectivos cumpleaños y no era cosa de dejarlo con lo difícil que es conseguir reserva en ese restaurante. La cena, como no podía ser de otra forma, fue espléndida.

Y ya, a la mañana siguiente, domingo dia 30, comenzó propiamente el viaje a Bretaña, viajando a Santiago para allí embarcar en un vuelo de Ryannair con destino a Burdeos. Por cierto, que habiendo llegado con mucha antelación, nos sentamos de charla en la cafetería del aeropuerto y casi nos tienen que reclamar por megafonía porque llegamos a la puerta de embarque con todo el pasaje ya en el avión. Una anécdota para recordar. El vuelo llegó a destino con puntualidad y ya en Burdeos lo primero que hicimos fue recoger el coche reservado con antelación para iniciar el recorrido.

El primer destino lo fijamos directamente en Ile-de-Ré, con una parada previa breve por la autopista para comer algo. La visita rodeando la isla les encantó a quienes no la conocían, por la cantidad de turistas que encontramos por todas partes, la mayoría circulando en bicicleta familias enteras en unas rutas habilitadas especialmente al borde las carreteras. Visitamos en primer lugar el Faro de las Ballenas, en la esquina de la isla más alejada del puente de acceso. Subimos al faro, hicimos muchas fotos y terminamos degustando unos helados en el sitio más reconocido.

Y posteriormente continuamos ruta hasta La Flotte, donde está el puerto más concurrido, completamente lleno de gente y donde nos costó encontrar un restaurante donde cenar, para empezar degustando el plato típico de la isla y de la mayor parte de las poblaciones de toda la costa francesa, las «Moules Frites», es decir mejillones al vapor con patatas fritas, aunque ahora hay diferentes variedades en las que añaden todo tipo de salsas a los mejillones.

Para dormir, teníamos reserva en La Rochelle, la población desde la que se accede a la isla, y que es un reconocido puerto deportivo de la costa francesa. A la mañana siguiente fuimos a desayunar al Café de la Paix, situado en el centro, haciendo luego un amplio recorrido por la zona histórica de la ciudad y con dedicación especial al puerto.

Pese a que en La Rochelle habríamos podido estar mucho más tiempo, porque es una ciudad digna de disfrutar, la programación del viaje nos obligó a volver al coche para continuar el recorrido hacia la siguiente parada. En el trayecto hicimos un alto para fotografiar un campo de girasoles integrándonos entre las flores.

La parada comentada era Rochefort-en-Terre. Se trata de una pequeña localidad muy vistosa por la que hicimos un amplio paseo. La verdad es que estaba llena de visitantes turistas como nosotros, y hasta tuvimos un ligero encontronazo con el dueño de una cafetería que consideró que le estábamos presionando para que nos sirviese rápido. Pero la cosa no pasó a mayores y quedó como otra anécdota para el recuerdo. El pueblo se presta a ser fotografiado y los cuatro nos ocupamos de darle ritmo a las cámaras.

Y de Rochefort, nos fuimos directos a Vannes, donde estaba reservado el alojamiento para esa segunda noche en Francia. Es una pequeña ciudad, muy típica de la Bretaña, con un centro histórico en el que destacan las casas construidas con madera entrelazada, muy cuidado todo él y lleno de restaurantes, y especialmente creperías, ya que las «galètes» (crepes saladas) son uno de los platos más consumidos en toda la zona. Después de instalarnos en el hotel, hicimos un recorrido para localizar un restaurante, y terminamos cenando en uno en el que el camarero que nos atendió era un francés que recientemente había pasado varios meses en Vigo (creo que con un erasmus).

A la mañana siguiente nos dedicamos a pasear de nuevo por la ciudad y para ello nos montamos también en un tren chu-chu que hizo un recorrido por toda la zona antigua, recorrido que posteriormente nosotros repetimos luego a pie para poder contemplar con más detalle los lugares que nos habían atraído más y fotografiar todo el trayecto con calma.

En Vannes comimos nuestras primeras «galètes» siendo las del restaurante elegido posiblemente unas de las mejores degustadas durante todo el viaje. Y acompañamos las galètes con la característica sidra de la zona.

Nos quedamos con la lástima de no haber podido aprovechar un festival de jazz que se celebraba en los días siguientes, pero tras la comida continuamos viaje hacia Auray, una localidad próxima de la que teníamos buenas referencias, que se vieron confirmadas con la visita.

La siguiente para fue para observar en Carnac los monumentos megalíticos sobre los que hay un montón de teorías, pero que en realidad es un conjunto enorme de piedras de diferentes tamaños, que realmente no tienen nada de particular. La parada fue breve, porque en el programa todavía teníamos varias visitas programadas.

Continuamos camino hasta Pont-Aven, una pequeña localidad que algunos denominan «la ciudad de los pintores» porque allí se han instalado numerosos pintores, y con la particularidad de que entre ellos Paul Gaughin, el más conocido vivió allí mucho tiempo. Es un lugar interesante, aunque como llegamos ya pasadas las 7,30 de la tarde encontramos todo cerrado. Sin embargo valió la pena la parada.

Continuando la ruta una última visita a Concarneau, una localidad pesquera que está considerado el primer puerto atunero de Europa. Hicimos un recorrido por su zona fortificada, donde nos encontramos con el concierto de un grupo que en sus actuaciones cantaba tanto en francés como en español. Habida cuenta de que se hacía tarde, optamos por cenar en uno de los restaurantes de esa localidad, para llegar al hotel de destino directamente a dormir.

Y precisamente esa noche, la única en que no habíamos llamado previamente al alojamiento para anunciar que llegaríamos tarde, resultó ser la de un hotel que no tenía recepción durante las 24 horas. Con lo cual al llegar nos encontramos cerrada la verja al aparcamiento. Para solucionarlo, llamamos al teléfono en que se había realizado la reserva. Pero lo único que salía en ese número era una locución en francés diciendo que la atención estaba fuera de hora. Por lo cual no me quedó mas remedio que entrar por una puerta lateral e intentar encontrar una fórmula de acceso diferente. Después de mucho buscar, encontramos la zona de recepción donde se indicaba que aquello cerraba a las 21 horas y afortunadamente allí sí que había otro teléfono (de la persona que habitualmente atiende la recepción) con la cual pude comunicarme y que me dió las instrucciones para localizar las llaves de las habitaciones en un cofre ubicado fuera de la oficina. También me facilitó una clave para la apertura de la verja, con lo cual pudimos pasar el coche. Para colmo de males, las habitaciones estaban situadas en la segunda planta, cuyo único acceso era una escalera de caracol por la que hubimos de subir las pesadas maletas. Pero, en fin, conseguimos alojarnos y dormir bien en Quimper.

A la mañana siguiente, miércoles 26, salimos pronto a desayunar, y lo hicimos en la plaza mayor, en una cafetería en la que pese a ser muy aparente, nos atendieron bastante mal. La primera visita fue a la catedral, justo enfrente de donde desayunamos, y a continuación hicimos un amplio recorrido por Quimper, que resultó ser otra pequeña ciudad muy típica de la Bretaña, con las casas con madera entrelazada, pequeñas plazas, y poco más que ver.

Salimos de Quimper para continuar la ruta hacia Camaret-sur-Mer, un puerto en apariencia muy atractivo, pero que resultó un pequeño fiasco. Realmente ese destino se marcó como alternativa a viajar hasta Brest habida cuenta de que el recorrido previsto para esa fecha era muy largo y deberíamos acortarlo para visitar el mayor número de localidades posible. Lo mejor de Camaret, por no decir lo único bueno, fue que comimos estupendamente. Había mucha gente en el pueblo, la mayor parte se veía que eran turistas, y nosotros además de comer visitamos lo que reseñaban los foros, es decir un fortín y una pequeña capilla, así como una zona de desecho de embarcaciones.

Para continuar la ruta, fuimos hasta Roscoff, una población que nos habían recomendado mis amigos Didier y Cris. Es también un lugar tremendamente turístico y que destaca por su producción de cebollas rosas, que exportan a toda Francia e Inglaterra, cuya costa está relativamente próxima. Estaba marea baja, en días de mareas vivas y era impresionante ver la mayor parte de las embarcaciones varadas y el mar muy alejado de la costa, lo que nos anticipaba lo que dias después veríamos en Mont St. Michel. Hicimos un recorrido rápido por el pueblo que nos dejó un buen recuerdo.

El punto elegido para dormir las dos noches siguientes era Dinan, y aunque inicialmente también teníamos otra recomendación para visitar otra localidad turística, Tregastel, lo cierto es que decidimos obviar esa visita y dirigirnos directamente a Dinan, reservando incluso sobre la marcha para cenar. Y justo llegamos para la cena en el restaurante «Au Bout de la Ligne», después de intentar la reserva en otros varios. La cena estuvo francamente bien y ahí empezó la buena impresión que, al cabo de los dos días, nos causaría esa población, de reducida población, pero espléndida en su contenido.

A la mañana siguiente, jueves 27, aunque la idea inicial era visitar el Mont St. Michel y Saint Malo, las previsiones meteorológicas indicaban que por esa zona llovería bastante, por lo cual decidimos cambiar de plan e ir al sur, hacia el interior, concretamente a Rennes, donde el tiempo estaría mejor y cuya visita habíamos inicialmente planificado para el viernes. De modo que allá nos fuimos, para pasar el día puesto que es una ciudad con bastante contenido.

Rennes tiene una zona antigua fortificada muy interesante, y con las construcciones interiores muy similares a lo ya visto en otras ciudades (casas con madera entrelazada), además de una catedral y otras iglesias dignas de visitar. Aunque apenas llovió, lo peor es que lo hizo justo a la salida de la comida, de forma que para regresar al coche nos mojamos un poco. Por cierto que para comer descubrimos un pequeño restaurante libanés (O Liban) donde estuvimos de maravilla. Pero en cualquier caso la visita valió la pena a pesar de la mojadura.

De regreso en Dinan, a media tarde, aprovechamos para hacer un amplio recorrido por sus calles llenas de gente mientras seleccionábamos otro lugar para cenar al menos tan bien como el día anterior, lo cual no fue difícil habida cuenta de la cantidad de creperías y restaurantes en la ciudad. Al final nos decidimos por ir a «La Main á la pâte» donde nos conseguimos que nos atendieran más tarde que en la mayoría y allí tranquilamente, en un ambiente muy acogedor y relajado, hicimos nuestra cena final de Dinan.

Como por esas ciudades es prácticamente imposible encontrar un lugar donde tomarse un digestivo o una copa después de la cena, para un día en que no teníamos que conducir, optamos por una visita nocturna al puerto deportivo de la ciudad, que está situado bastante más abajo del centro de la misma.

Pero como casi todo lo que se baja hay que subirlo y no había taxis disponibles, tras la cena hubo que volver a subir tranquilamente la empinada cuesta y contribuir así a irnos a la cama un poco mas cansados.

Llegado el viernes 28, madrugamos un poco mas que de costumbre para ir pronto a la visita de Mont Saint Michel, donde era previsible una gran afluencia de visitantes. Previamente habíamos reservado online las entradas a la abadía y cuando llegamos a la zona de aparcamiento previa todavía tuvimos que guardar una pequeña cola para acceder a las lanzaderas que nos transportaban a la base de Saint Michel. Cuando llegamos la marea estaba baja y el mar se veía a lo lejos lo que nos hizo calcular que al menos tendríamos una espera de 6 horas si queríamos ver la subida del mar rodeando la isla.

Una vez accedidos al monte, pudimos comprobar que nuestras previsiones en cuanto a los visitantes se quedaban cortas, pues en el interior la marea humana nos obligaba a caminar lentamente hacia la abadía, pese a que luego al haber comprado de forma anticipada las entradas no tuvimos que esperar apenas cola para acceder al interior. Ya dentro de la zona fortificada nos encontramos con el restaurante «La Mère Poulard», muy bien valorado y uno de cuyos platos estrella es una tortilla super especial, así como el cordero criado con la vegetación de la zona, influida por la proximidad del mar, que da un tono especial a la carne del animal. Y como no podía ser de otra manera nos propusimos comer más tarde allí aunque hubiese que esperar por exceso de afluencia.

El interior de la abadía está bien pero tampoco es nada espectacular. Había mucha gente en todas las estancias y durante el recorrido por las diferentes terrazas exteriores pudimos ir viendo como el mar se aproximaba a medida que avanzaba la marea. No obstante, parecía que la espera sería mayor de lo esperado si queríamos ver el mar rodeando el monte.

Por consiguiente, bajamos mientras tanto a comer al restaurante ya comentado, donde no hubo que hacer cola porque se ve que la mayoría de los visitantes acudían a otro tipo de creperías o bares más asequibles. La comida estuvo bien, aunque resultó menos espectacular de lo esperado, pero al menos no nos quedamos con las ganas de degustar los dos platos estrella, además de la sidra especial de la casa.

Finalizada la comida, salimos al exterior del monte para esperar a la subida del mar. Tuvimos tiempo de hacer un amplio recorrido por la playa, bordeando el monte, y cuando definitivamente verificamos que el mar no iba a llegar a subir lo suficiente, decidimos tomar el camino de vuelta. Según pudimos comprobar por la tabla de mareas y por la consulta a uno de los gendarmes allí presentes, solo en ocasiones el mar llega a cubrir el contorno del monte con mareas muy vivas y que superan el 100% de lo habitual, y en nuestro caso, siempre según la tabla de mareas, aquel día estaba al 48%. Pero de todos modos salimos satisfechos de la visita y el camino de regreso al coche lo hicimos caminando para poder ver y fotografiar repetidamente el que era uno de los objetivos de nuestro viaje.

El planing del día contemplaba también una visita a Saint Malo, una de las más importantes plazas turísticas francesas, y la mas concurrida de la Bretaña. Como no disponíamos ya de mucho tiempo, porque esa noche dormiríamos en Nantes, hubimos de hacer una visita relativamente corta, por el puerto, bordeando la muralla, y finalmente haciendo una parada para cenar y tomar unas «galètes» en una de las creperías que encontramos a nuestro paso.

Como ya dije, después de la cena emprendimos el viaje de vuelta para hacer noche en Nantes, que era la ciudad a visitar al día siguiente. Y así, el sábado 29 de julio, nos levantamos decididos a ver lo máximo de esa ciudad que es una de las capitales francesas importantes. Desayunamos en un céntrico café y a partir de ahí iniciamos las visitas por la catedral, para continuar por la Place Royale y la Rue D’Orleans, donde estaban ubicadas unas exposiciones temporales al aire libre.

Continuamos luego el recorrido por diferentes zonas de la ciudad, muy rica en monumentos y lugares dignos de admirar, como el Castillo de los Duques de Bretaña, o la Iglesia de Saint Pierre y otros muchos.

Hicimos un alto en las visitas para comer volviendo a la Place Royale, en una de las terrazas allí existentes, y ya descansados y con el estómago agradecido retomamos los paseos por Nantes, para llegar a la Opera, el Passage Pommeraye, un precioso centro comercial, terminando luego al borde del rio para ver de lejos el Elefante (uno de los elementos significativos de la ciudad), que está ubicado en la isla bordeada por el rio Loira a su paso por la ciudad.

Finalizadas las visitas nos esperaba un largo recorrido hasta Burdeos, algo asi como 320 kms, que hicimos de un tirón, tratando de sobre la marcha de conseguir reserva en algún restaurante que mereciese la pena para esa última cena francesa, la cual queríamos regar con un buen Burdeos, y a ser posible rematar con un coñac adecuado. Por lo apretado de la hora de llegada nos costó localizar uno que reuniese las características exigidas y finalmente conseguimos la reserva en «Temps a Nouveaux», donde degustamos algunas exquisiteces del local, y pudimos ya tomarnos una botella de Chateau Bonneau (burdeos) y rematar con sendas copas de Armagnac, cuya botella finalizamos.

Y como postres, estando en Francia, no podíamos dejar de tomar unos quesos y unos profiteroles. En fin, una cena digna de la última noche de nuestra excursión, teniendo en cuenta que el hotel estaba próximo y no había problemas para conducir tras la cena.

A la mañana siguiente, domingo día 30, ya nos levantamos sin demasiada prisa y solo con la necesidad de ir a entregar el coche con tiempo suficiente para luego facturar y embarcar a la hora prevista.

El vuelo de regreso fue puntual y así dimos por finalizada nuestra aventura por la Bretaña francesa, emplazándonos todos los asistentes para repetir el vuelo a Burdeos y así poder conocer un poco la ciudad, ya que en esta ocasión se nos quedó corto el tiempo.

Finde Gigirey 2023 – Ribeira Sacra

Hace tres años, a raíz de la muerte de nuestra madre, sugerí a mis hermanos la posibilidad y/o conveniencia de juntarnos al menos una vez al año, en un fin de semana, para al menos mantener ese contacto directo que antes se producía de forma más o menos sistemática en las veces que nos juntábamos en torno a mi progenitora. La sugerencia tuvo buena acogida, y acordamos que cada año sería uno de los hermanos quien se encargaría de organizarlo, previa propuesta de la fecha al resto con tiempo suficiente como para que cada uno pudiese programar su agenda.

Posteriormente, en un viaje de Berta y Ramón a A Coruña, durante una comida que yo organicé en El Charlatán, varios propusieron un viaje al Jerte en el mes de mayo, al que Ipi y yo rápidamente nos unimos, y que sirvió de primera reunión familiar de este tipo, aunque en ella no estuvieron Valentina y Miguel porque en fechas recientes habían estado por la zona y además las fechas no les venían bien.

Y fueron nuevamente Miguel y Valentina quienes decidieron retomar su iniciativa original para proponer la reunión de este año, precisamente en estas fechas (19 a 21 de mayo) y también con el programa de la primera vez en torno a Chantada, en la Ribeira Sacra, eligiendo como alojamiento la Casa Dulcinea, una casa rural que ellos ya conocían.

De modo que llegada la fecha y ya con Berta y Ramón en A Coruña, Ipi y yo propusimos iniciar el viaje en la mañana del mismo viernes 19 para visitar varias iglesias románicas próximas a Chantada. Pero como no todos somos ociosos y algunos defienden la economía del pais trabajando, acordamos que la reunión formal se iniciaría el mismo viernes por la tarde en Casa Dulcinea, el lugar elegido por los anfitriones para juntarnos. Miguel y Valentina se ocuparon de la infraestructura (viandas para cenas y desayunos) y el resto aportamos nuestras ganas de pasarlo bien.

Por esa razón el mismo viernes nos encontramos poco antes de las 11 de la mañana en las cercanías de Chantada con Elvira, una guía de la zona experta en el románico gallego, quien se ocupó de gestionar las visitas a las tres iglesias elegidas. En primer lugar, fuimos a Santa María de Nogueira de Miño, a la que algunos denominan la «Capilla Sixtina» de Galicia por las espléndidas pinturas que decoran la mayor parte de la iglesia y que se conservan en bastante buen estado, tras las recuperaciones realizadas. El pueblo en el que se ubica está apenas poblado, pero la visita mereció la pena y pudimos tomar abundante material fotográfico del interior y exterior de esa iglesia.

Tras esa visita inicial, Elvira (la guía) decidió que como la seguíamos con celeridad y sin miedo a las estrechas carreteras (más bien diríamos corredoiras, en muchos casos), podíamos afrontar las siguientes visitas sin apearnos de los coches, y desde Nogueira de Miño nos dirigimos a la iglesia de San Estevo de Rivas de Miño, una edificación más grandiosa que la primera, aunque menos decorada en su interior. Está ubicada en un lugar de acceso relativamente complicado, pero precioso aunque muy aislado de viviendas. En otro momento posterior pudimos contemplar una espléndida vista de la iglesia desde la carretera que va desde Chantada hacia el río.

Y después de las dos primeras, aunque yo en principio era reticente a tanta visita, acordamos de forma conjunta los cuatro asistentes el ir también a Santa María de Pesqueiras, muy próxima a la anterior, y que también guarda en su interior unos excelentes frescos en el ábside. Esta iglesia, escondida en un lugar de acceso complicado (el camino por el que nos metimos con el coche era más un camino de cabras que otra cosa), está en los últimos años reservada para la protección y conservación de murciélagos, por lo cual tiene dividido su interior en dos zonas, separadas por una redecilla que impide que los murciélagos accedan al ábside donde están las pinturas, y en cambio puedan conservarse y reproducirse en el resto del edificio, teniendo una de las ventanas sin vidrio para poder entrar y salir del mismo. Como quiera que allí no pueden encenderse luces, tuvimos que observar las pinturas con la sola entrada de luz exterior, aunque la suerte nos favoreció con varios momentos de sol que nos permitieron tomar buenas fotos de los frescos. En esta iglesia se conserva la réplica de una imagen de la virgen con el niño, cuyo original teóricamente se quemó en un incendio ocurrido hace años, aunque la idea general es que fue robada porque una parte metálica que tenía la imagen nunca apareció entre las cenizas.

Tras las visitas comentadas, comimos en Chantada, en el Mesón Lucus, donde previamente Ipi había hecho una reserva. Y como el resto de la familia no tenía previsto llegar a Casa Dulcinea hasta cerca de las 7 de la tarde, después de comer nosotros nos acercamos hasta Monforte, para que Berta y Ramón vieran la Torre y el Parador. Allí tomamos un café haciendo tiempo, hasta dirigirnos luego al punto de reunión.

Casa Dulcinea resultó ser, como los organizadores vaticinaban, un excelente lugar de reuniones. Cuenta con 6 habitaciones con baño incorporado, además de amplios salones, una gran cocina con mesa incorporada para un regimiento, y una finca estupenda, aunque en este caso nosotros no hicimos apenas uso de la misma, ya que el programa estaba centrado en visitas al entorno.

Y las primeras de esas visitas fueron los accesos a los miradores de Santiurxo y otro próximo, ambos cercanos a nuestro alojamiento.

Como ya dije, Miguel y Valentina habían llevado todo lo necesario para organizar unas buenas cenas y unos deliciosos desayunos. Para la primera cena dispusimos de empanada, chicharrones, quesos, una gran fuente de jamón y como plato fuerte un lacón para preparar asado al horno. Con todos esos elementos la primera cena resultó francamente espléndida, con la colaboración de todos los asistentes tanto en la preparación como luego a la hora de recoger. Y después de cenar una reunión de todo el grupo en el salón, en torno a la chimenea (que en esta ocasión no se había encendido). Ese tiempo sirvió para comentar un poco de todo entre los miembros del grupo, y también el programa de actividades de la jornada siguiente.

El sábado amaneció un día soleado y desde primera hora Ramón y Berta, los más madrugadores, pusieron su empeño en preparar los desayunos, siendo Ramón el que exprimía las naranjas para preparar los zumos, mientras también Miguel ponía las cafeteras al fuego y otros nos encargábamos de calentar la leche, cortar fruta, etc. Y poco a poco todos fuimos completando los desayunos para estar listos a salir en torno a las 10,30 – 11,00 horas.

La primera de las actividades era la visita a la bodega Alma de Donas, donde Roberto, el propietario, nos hizo una buena presentación de sus vinos después de habernos mostrado una parte de las viñas de las que se obtienen los caldos que comercializan. Sus vinos, todos con la denominación Alma… son basados en su mayoría en las uvas Mencía (para los tintos) y Godello (para los blancos y el rosado), con algunas incorporación de Garnacha, Treixadura, etc. La cata que nos ofreció resultó muy atractiva, probando un blanco (Almalarga), un rosado (Almalola) y un tinto (Almanova), acompañando todo ello con unas pruebas de queso y chorizo, para hacer más factible la prueba de los vinos a esas horas tempranas de la mañana.

Como quiera que hasta la hora de la comida no había tiempo para otra actividad, hicimos tiempo con un paseo por Peares, el lugar donde se juntan los rios Miño y Sil, y ya desde allí fuimos al restaurante elegido que era la Rectoral de Castillón, donde comimos muy bien. Es una edificación dedicada a alojamientos como casa rural y restaurante, que cuenta con una finca preciosa y muy bien cuidada.

Después de comer, tras pasar por el mirador Cabo do Mundo, situado junto a la bodega Abadía da Cova, donde están unas preciosas vistas del rio, nos dirigimos al Eco-Museo de Arxeriz, cuya visita según el plan inicial estaba prevista para la mañana, pero que se pospuso a la tarde por haberse alargado mucho la visita matinal a la bodega.

El museo en cuestión es la recuperación de unos edificios y unas fincas antiguas, en las que se hace exposición de barcas y artes de pesca en el río, un edificio con habitaciones del estilo de primeros del pasado siglo, una serie de plantaciones de viñas con la tipología de las características de las vides propias de Galicia, así como una pequeña recuperación de un castro. Todo ello en una ubicación privilegiada, con espléndidas vistas sobre el meandro del rio.

A continuación seguimos un recorrido que nos llevó hasta la playa de A Cova, donde intentamos hacer una parada para tomar algo en una de las terrazas allí existentes, con tan mala suerte que recién terminaban de cerrar los bares y nos fuimos de vacío.

El plan previsto a continuación era pasar a ver los viñedos en Belesar, pero dio la circunstancia de que el pueblo celebraba la fiesta de la cereza, y estaba cortada la carretera por la que deberíamos pasar, con lo que hubimos de darnos la vuelta para regresar hacia la casa. Sobre la marcha, Miguel y quienes circulaban en el coche de Paco (Elva, Coló y Manolo Souto), decidieron desviarse a ver, aunque fuese desde el exterior (ya no había guía) la iglesia de Santo Estevo de Ribas de Miño. El resto nos fuimos ya directos a Casa Dulcinea, para ir preparando la cena.

Esa segunda cena fue similar a la primera. Calentamos de nuevo el lacón en el horno y dimos cuenta del resto de chicharrones, empanada, jamón, queso, etc. Y con el mismo ambiente de la tarde anterior, más los vinos que habíamos traído de Alma de Donas, disfrutamos de una agradable velada, que terminamos nuevamente en torno a la chimenea, que esta vez había sido encendida y atendida de forma magistral por Ramón con unos troncos que los propietarios de la casa tenían allí dispuestos al efecto.

El último día de nuestra reunión, el domingo día 21, amaneció un día espléndido. Los preparativos del desayuno corrieron, al igual que la jornada previa, a cargo de Ramón, Miguel y los que nos fuimos incorporando a continuación. En esta ocasión además de recoger las cosas había que empaquetar los excedentes para dejar la casa limpia. Lo hicimos unos cuantos mientras el resto se dedicaban a recoger las habitaciones, cerrar las maletas, etc. porque los caseros venían a recoger las llaves de la casa entre las 11 y las 11,30 h. Y como aprovecharon hasta el último minuto, llegaron cuando justamente nos disponíamos a dejar las llaves bajo una maceta. Pero finalmente se entregaron en mano y todos pudimos marchar tranquilamente.

Como quiera que el programa principal del día era visitar Finca Míllara con el pueblo allí rehabilitado y más tarde dar un paseo por el río para terminar comiendo en un bar-restaurante cercano, ya desde Casa Dulcinea nos dirigimos a la bodega, donde nos recibieron Pepe Delgado y su pareja Patty, que fueron unos encantadores anfitriones durante todo el día.

Resultó que cuando Miguel hizo la gestión para la visita, supo luego que Pepe Delgado era amigo de Paco, que le lleva además algunos temas jurídicos. Nos mostraron la bodega, explicando el proceso de puesta en marcha y las características de los vinos que elaboran. A continuación nos ofrecieron una degustación de un par de vinos, acompañados de un poco de queso y chorizo, y finalmente nos llevaron a conocer su casa, por cierto una vivienda preciosa con unas increíbles vistas sobre el río, y allí mismo pudimos probar las deliciosas cerezas de un par de árboles que las tenían ya en su punto exacto de maduración.

Dejando ya la casa, bajamos por una empinadísima pendiente hasta un pantalán que tienen habilitado en el río, para embarcar en una lujosa lancha fluvial en la que nos hicieron un recorrido por una parte de la ribera en las proximidades de su pueblo para después hacer el recorrido hasta Pincelo, una aldea al borde del río, donde se encuentra la bodega-tasca Quinta Sacra, donde estaba encargada la comida. Resultó que la propietaria, Luisa, es amiga de Cuca y Pilar la estuvo saludando y dándole recuerdos.

La comida fue a base de cosas frías: empanada, quesos, tortilla, croquetas, algo de embutido, y al final unos filetes empanados. Como postre una tarta y unas rosquillas. Todo ello regado con algunos de los vinos de Finca Míllara. La mesa donde nos instalaron está ubicada un poco elevada sobre la ladera, con unas preciosas vistas, con techo ecológico, y hubo un ambiente fenomenal que nos dejó el mejor de los recuerdos de la visita al mismo, con ganas de repetir la experiencia en otra oportunidad. Terminada la comida, de nuevo regreso a la lancha para hacer el camino de vuelta al pantalán, despedirnos de los anfitriones, y aprovechar para hacer unas pequeñas compras de vino y aceite en la bodega.

El camino de regreso a casa que iniciamos allí, pasaba por visitar previamente a los padres de Valentina y conocer su casa. Es una vivienda enorme, perfectamente reconstruida desde su origen y en la que podría alojarse un regimiento, aunque los padres de Valentina son los únicos habitantes en la actualidad. Allí tomamos unos cafés y refrescos antes de volver a los coches para la ruta de regreso a los puntos de origen de cada uno, con lo que la jornada terminó con la llegada a casa sobre las 10 de la tarde-noche.

En síntesis, un fin de semana para el recuerdo que ha dejado muy alto el pabellón organizativo por parte de Miguel y Valentina y que nos lo pone complicado a los que tendremos que organizarlo en futuras ocasiones.

Semana de Esqui – 2023

Después de tres años de obligado parón a causa del Covid y sus consecuencias, este año mi amigo Rafa y yo volvemos a retomar nuestra costumbre de disfrutar de una semana de esquí a pleno rendimiento. La última ocasión fue en febrero de 2020, justo antes del inicio del confinamiento, y en los dos años posteriores no se pudo repetir primero porque todo estaba cerrado, y en el caso de 2022 porque además yo mismo había sufrido un pequeño accidente en una jornada de preparación en San Isidro, en diciembre de 2021.

Y volviendo al motivo de esta publicación, estuvimos un poco remisos a hacer reservas hasta hace menos de un mes porque apenas había nieve en las estaciones que nos gusta esquiar. Pero tras los temporales de inicios de año, todo cambió radicalmente y ahora los principales centros de esquí está a tope. Así las cosas, nos decidimos a reservar en Baqueira, estación ya conocida por nosotros porque aqui estuvimos en 2016, aunque yo también esquié en esta estación en diferentes años antes (creo recordar que en 1995, en 2002, y en 2009).

Y la semana de esquí elegida para este 2023 fue la del 5 al 10 de febrero (semana de 5 dias, como habitualmente). Nos alojamos en Betren, hotel TUCA, situado en el límite de Betren con Vielha, con lo cual estamos a solo 12 km del centro de la estación y tenemos a tiro de piedra toda la infraestructura hostelera de Vielha, porque no hay que olvidar que una parte importante de la semana de esqui es el aspecto gastronómico, que nosotros practicamos a conciencia.

Dia 0 – Domingo 5 de febrero

El viaje lo realizamos en coche, por toda la costa norte de España (la A-8) hasta la frontera francesa, haciendo el resto del recorrido por el sur de Francia, hasta volver a entrar en nuestro pais cerca de Vielha. Fué un viaje cómodo, y en algo menos de 10 horas nos plantamos en el hotel, con un par de cortas paradas para repostar y para tomar un refrigerio a modo de almuerzo. Ya en suelo francés, antes de llegar a destino, pudimos visualizar el imponente aspecto de los Pirineos, cerca de Lourdes, lo que hizo que empezasemos a imaginar una espléndida semana de nuestro deporte preferido. La conducción la llevamos a cabo turnándonos Rafa y yo como hacemos de forma habitual.

Llegados al hotel y acomodados, nos dimos un paseo por Vielha para visitar algunos de los restaurantes que habíamos ido seleccionando para estos días, en la mayoría de los cuales solo nos aseguraban mesa en esa noche para mucho más tarde, con lo cual optamos por hacer reservas para dias sucesivos. No obstante, finalmente encontramos un lugar donde cenar, que fue El Indecente, donde además de disfrutar de un excelente menu, a base de platos característicos del local y de la zona, el propietario nos hizo una amplia información sobre lo más interesante de por aqui, amen de contarnos toda su experiencia en este y otros negocios, informar sobre las particularidades de la clientela habitual de muchos de los restaurantes de Vielha, extranjeros adinerados (en buena parte rusos) que pagan unas extraordinarias minutas compuetas en la mayor parte de los casos por vinos de altísimo coste, caviar del Valle de Arán, y otras exquisiteces.

Dia 1º – Lunes 6 de febrero

Y llegado el primer día de esquí, nos sorprendió una jornada excelente, con un sol radiante, una nieve en estado impecable (nieve polvo de mucho espesor), y unas pistas bien acondicionadas, con pocos clientes, lo que permitía aprovechar al máximo el tiempo de moverse por ellasas, sin esperas en los remontes, con lo cual pudimos movernos por un montón de pistas durante más de seis horas, recorriendo muchos kilómetros. Nos movimos fundamentalmente por la zona de Beret, ya que para no tener que andar con los esquís a cuestas entre el aparcamiento de Baqueira 1500 y los remontes, nos fuimos a aparcar a Orri, como 10 kms más arriba, y donde te pones los esquís al lado del coche y tienes el remonte a 50 metros.

Por tratarse del primer día, hicimos solo recorridos por pistas azules, tanto por mis dudas ante la toma de contacto con la nieve después de mi lesión de rodilla, como por el propio deseo de Rafa de tomarse con calma esa primera jornada. Nos movimos por multitud de pistas, subimos por numerosos remontes, repitiendo solo algunos de ellos, e hicimos un pequeño parón a mediodía para tomar una cerveza al sol, mientras nos metíamos al cuerpo unas barritas energéticas, ya que como es nuestro hábito, durante la jornada de esquí apenas paramos, no hacemos comida formal, y reservamos nuestro apetito para la cena.

Después de un descanso merecido en el hotel para recuperar fuerzas, llegó la hora de la segunda cena. Habíamos reservado el día anterior en El Molí, un restaurante muy típico de Vielha, donde tenían calçots, que a ambos nos gustan y que tratamos de degustar siempre que se nos presenta la ocasión. Previamente nos habíamos llevado al estómago una exqusitez de la casa (Alcachofitas fritas con boletus y huevo trufado, un plato delicioso) y a continuación sendas raciones de calçots con salsa Romesco. Una delicia. Todo ello lo acompañamos con vino de la Terra Alta, Lafou, que resultó estar estupendo. Previamente la casa nos había invitado a la llegada con unas copas de cava, unas aceitunas y un poco de fuet. Para postre, aunque Rafa no quería, degustamos (como no!) una crema catalana, que también estuvo muy buena. En definitiva, una cena para recordar tras una excepcional jornada de esquí.

Dia 2º – Martes 7 de febrero

El segundo día amaneció ya nublado, aunque no se preveía nieve en las cumbres hasta pasado el mediodía. Pero no fue asi porque ya al salir del hotel comenzaban a caer pequeños copos de nieve, que fueron en aumento a medida que nos acercábamos a las pistas. Viendo el panorama, optamos por repetir dirigiéndonos a Orri. Hoy había menos coches, lo que implicaba menos gente en las pistas. Y ya para empezar las horas de esquí comenzó a nevar, en momentos de forma muy copiosa y en otros ratos sin apenas nieve. Pero la visibilidad, sin ser mala del todo, lo que implicaba era que se percibía muy mal el relieve de las pistas, con lo cual resultaba mucho más complicado esquiar con soltura. De hecho, ambos nos caímos, en una o dos ocasiones Rafa, y en tres ocasiones yo, siempre a causa de no poder ver bien el terreno por el que pisábamos. Caídas, en todos lo casos, sin más consecuencias que el consiguiente parón para volver a ponerse en pié, afortunadamente.

Según la aplicación de mi teléfono en esta segunda jornada recorrimos más de 66 kms (incluidos los tamos de remontes) y segun la propia aplicación, la distancia de esquí real serían alrededor de 31,6 kms, que no está nada mal teniendo en cuenta lo duro del clima, porque en las zonas altas el viento azotaba con cierta intensidad y en los remontes molestaba bastante a medida que nos acercábamos a las cimas. Por mi parte, sigo con cierto temor sobre las tablas, porque todavía no he conseguido recuperar la confianza previa a mi lesión, y en esta jornada he ido en todo momento a la cola de Rafa y no solo eso, sino que me ha tenido que ir esperando en la mayor parte de los recorridos por las pistas. Hemos seguido solo por pistas azules, porque con el mal tiempo tampoco nos apetecía subir de nivel. En cualquier caso, y como resumen del segundo día, aceptable.

Pero después de esquiar y descansar un rato, una buena cena es lo mas adecuado, asi que siguiendo el plan inicialmente previsto, nos dirigimos a otro de los lugares seleccionados, que era Urtau, un restaurante con platos típicos del Vall d’Aran donde nos han atendido de maravilla. Tras degustar un par de pinchos de la barra, ya en la mesa nos decantamos por unos Torreznos, exquisitos. Y como no podía ser de otra manera, una Olla aranesa, deliciosa, que nos recordó a la que en otro restaurante habíamos degustado ya en nuestra anterior visita en 2016. Continuamos con otra especialidad de la casa, una Butifarra a la brasa con verduras, y como remate unas Albóndigas de la cocinera. Todo espectacular, regado por cierto con un Acustic 2019, un vino de Montsant. No nos resistimos a tomar un postre de la casa. Y como cada noche, tras la cena un paseito hasta el hotel para bajar la cena, con la helada como acompañante, que en esta ocasión y pese al día nublado y nevado, estaba ya medianamente despejado y con la luna a la vista, preludio de que tal vez el próximo día de esquí no sea tan malo como se presumía.

Dia 3º – Miércoles 8 de febrero

El miércoles amaneció ya sin una nube, con un cielo azul increible, y por tanto unas excelentes expectativas para la jornada, aunque las previsiones meteorológicas decían que a primera hora de la tarde aparecerían las nubes. En cualquier caso, tras el desayuno nos dispusimos a subir a las pistas, teniendo previamente que hacer unos trabajos de limpieza del hielo que cubría los cristales del coche, aparcado frente al hotel. Decidimos ir directamente a Bonaigua, zona en la que nunca antes ninguno de los dos había esquiado. Llegados allí, había buen sitio para aparcar (poca gente), y de inmediato nos lanzamos a las pistas . Empezamos por las más próximas a la estación (Cap a Baqueira y Pleta del Duc) que recorrimos un par de veces, antes de cambiar para ir hacia Beret, para descubrir nuevas pistas. Y efectivamente nos encontramos con La Llança, a la que se accede mediante un doble arrastre, y desde allí bajamos repetidamente por Teso Dera Mina, Costes de Ruda y Lhastres dera Mina, par subir después a Cap de Baqueira, para recorrer Ta Arguls, Cara Nord, y otras antes de regresar a la zona de Bonaigua. Hicimos una corta parada para tomar un refrigerio, y sin perder tiempo volvimos a las pistas, repitiendo varias veces algunas de las pistas señaladas, que nos encantaron a ambos, tanto por el excelente estado de la nieve como por la amplitud de las propias pistas, siempre azules, aunque en muchas de ellas con palas importantes que eran más propias de pistas rojas. Por cierto, que en la primera subida que hicimos a la mañana en el remonte pudimos ver como un esquiador que bajaba mangado por una pista roja, voló por los aires y se pegó un imponente tortazo, al que luego vimos que retiraban en camilla, lo que nos recordó el accidente de Rafa en Sierra Nevada años atrás.

Segun las aplicaciones del teléfono, recorrimos un total de 63 kms en algo más de 6 horas, pero lo más importante es lo que disfrutamos, sin una sola caida, mejorando en cada descenso y descubriendo nuevas pistas en la zona de la Bonaigua que nunca antes habíamos practicado.

De regreso al hotel, y tras el obligado descanso, la cerveza que ya nos tomamos cada día al llegar a la habitación, y un par de horas de relax, ducha, etc… la salida para la cena. Hoy nos programamos para ir a Era Bruisha (La Bruja), una sidrería de la que nos hablaron en la recepción del hotel. Y como menú nos decidimos por un Paté Aranes, y un Chuletón de vaca vieja con alta maduración. Acompaños la cena con un vino de la zona (como cada día). En este caso se trató de Altosiós, un Costas del Segre, muy adecuado para el paté y el chuletón. Como postre, un delicioso Tatín. Y tras el café, un par de chupitos de Havana 7. En definitiva, que también a este local le dimos una alta calificación. Se ve que sabemos elegir, Y de regreso, ya dejamos reservado para mañana en otro de los seleccionados.

Dia 4º – Jueves 8 de febrero

Amaneció el día con algunas nubes, pero estas se fueron diluyendo de forma que cuando accedimos a la estación ya el cielo estaba prácticamente despejado del todo. Hoy decidimos volver a la zona de Beret, aparcando en Orri como en días anteriores, para aprovechar mejor el sol que ilumina esa zona en las primeras horas de la mañana. Y acertamos. Además tuvimos la ocasión de aparcar muy cerca del comienzo de la zona cubierta de nieve, con lo cual para salir y para llegar casi estábamos al lado del coche.

Pasamos la mañana moviéndonos por la zona de Beret, recorriendo varias veces las pistas Dera Reina, Beret 1-2-3 y 4, Collet de Marimanha, Ta Baqueira, etc. Y asi se pasaron varias horas hasta que decidimos animarnos a alguna pista roja, habida cuenta de que la nieve estaba espléndida, no hacía viento, y no había exceso de esquiadores en las diferentes pistas. Asi que decidimos lanzarnos a la pista Audeth, roja y con pocas pendientes, que resultó estar fenomenal y por esa razón la repetimos. Pero como además teníamos echado el ojo a otra roja, mucho mas amplia y con mas pendiente, decidimos ir también a bajarla. Es la pista Dossau, con una primera pala muy fuerte, pero que luego se suaviza. Es muy larga, y la disfrutamos un montón. Casi al final paramos a tomar un caldo y una cerveza en un bar situado en la propia pista. Y ya en horas de tarde, resultó que yo llevo todos estos días echando un ojo a dos pistas que, por las mañanas estan bloqueadas para entrenamiento de esquiadores de equipos selectos, pero que a última hora, sin que se hayan liberado las puertas de entrada, ya no están ocupadas. Asi que hoy, ya animados, nos metimos a ellas. Son las pistas Stadium Fernandez Ochoa y Stadium 2, preparadas para Slalom y Slalom Gigante. De modo que bajamos ambas pistas, lo que nos supuso un subidón de adrenalina, y antes de terminar la jornada decidimos repetir una de ellas. Una gozada.

En total, teniendo en cuenta toda la jornada, fueron 83,42 kms recorridos en algo menos de 7 horas. Todo ello con un sol envidiable, sin apenas viento y con poca gente en las pistas, de forma que en ningún momento hubimos de hacer cola en los remontes, ya que era prácticamente llegar y acceder a las sillas. He de reconocer que, de los 4 dias que han pasado de esquí, esta jornada ha sido sin duda la mejor.

Y después del rato de descanso en la habitación del hotel, la salida a la cena. Hoy habíamos reservado en WoollooMooloo, donde nos autoregalamos un buen tataki de atun, unos exquisitos Torreznos, aunque con denominación de Chicharrones, y luego Maigret de Pato para rafa y Risotto de Ceps (Boletus) patra mi. Lo completamos con una tabla de quesos para postre y todo ello regado con otro vino de la zona, en este caso un Punti..i, de Terra Alta.

Dia 5º – Viernes 9 de febrero

Ya desde el momento que, en la habitación, abrimos la cortina para ver como empezaba el día, se pudo confirmar que teníamos ante nosotros otra mañana preciosa de sol, sin nube alguna a la vista. Y como cada mañana nos fuimos a tomar el desayuno (por cierto, señalar que a ambos nos pareció muy completo y variado el bufet-desayuno del hotel), para después terminar de cerrar maletas, ya que era el momento de abandonar el hotel y dejar todo en el maletero hasta el final de la jornada de esquí, puesto que ya desde las pistas iniciaríamos el viaje de regreso.

Para empezar, volvimos al aparcamiento de Orri, donde se había demostrado que estábamos mejor situados para ir al primer remonte sin cargar con los esquís, aunque tampoco el de Bonaigua estaba mal. Y efectivamente, pudimos colocar el coche tan cerca de la nieve que teníamos acceso a él sin andar más de diez pasos. Y como anécdota, comentar que mientras nos colocábamos las botas, aparcaron a nuestro lado dos parejas que venían de San Sebastián, con los que se inició una corta conversación, y de la que resultó que eran los propietarios de un tal Antonio Bar, de Donosti, que nos recomendaron.

Y ya montados sobre las tablas, pudimos completar otra fenomenal mañana de esquí, centrada básicamente en el entorno de Beret, porque es donde a primera hora está la mejor orientación del sol. De forma que tras subir en el TSD Jesus Serra, nos tiramos por la pista Dera Reina, accediendo luego al TSD Blanhiblar, que nos llevó al Tuc de Cortajas, después de haber enlazado con el arrastre del mismo nombre, y asi, desde ese pico (2338 m) hacer la bajada directa por las pistas de Cortajás y Blanhiblar de nuevo hasta la base de los remontes. Luego repetimos la operación para aprovechar el magnífico estado de esas pistas, y posteriormente cambiamos para acceder al Tuc Audeth Dossau (2516 m) y asi repetir las pistas rojas que hicimos el día anterior, en las que ya desde la mañana lucía un sol de plano, que hacía suponer que la nieve en esas pistas no estaría demasiado dura. Para ello, subimos primero por el TSD Dera Reina, bajamos por Pins hasta el TSD Clot der Os, y bajamos por Cabanes, que nos llevó a la base del TSD Dossau. En la bajada por Dossau, de nuevo nos fuimos al TSD Clot der Os para bajar por la pista del mismo nombre, muy larga y especialmente interesante. El resto de la mañana lo pasamos repitiendo algunas de esas pistas, asi como Ta Beret 1, y 2, y después de una corta parada en la base de Beret, antes de despedirnos de las pistas nos volvimos a colar en las que estaban reservadas a los profesionales (Stadium 2), que a esa hora ya habían terminado los entrenamientos. Aunque ‘formalmente’ seguian esas pistas cerradas, nos colamos como el dia anterior e hicimos una sensacional bajada, que nos dejó muy alto el listón de la semana. Para regresar al coche volvimos al TSD Dera Reina, desde cuya altura (2350 m) ya nos lanzamos por Ta Baqueira hacia el aparcamiento. Como anécdota, el desvio desde Torn de Baciver hacia la parte baja de Ta Baqueira estaba cerrado, pero decidimos de todas formas cogerlo puesto que era el camino que nos llevaría justo al lado del coche. Efectivamente comprobamos en el descenso que la pista estaba en reparación, con algunos tramos sin pisar bien, pero en cualquier caso eso no nos impidió hacer el recorrido completo y llegar puntualmente al aparcamiento sin bajar de los esquís. Fueron, en cualquier caso, cinco horas y media de estancia en las pistas, con más de 53 kms recorridos en total. En fin, un cierre de semana de lo más adecuado.

Como particularidad con respecto a otros años, en esta ocasión planificamos que como el recorrido lo hacíamos por todo el norte para ahorrar casi 100 kms y una hora de viaje en coche, y al regresar, la noche de parada la haríamos en San Sebastián. Y nuestras chicas, que no pierden ocasión de escapar de casa, programaron que el viernes se reunirían con nosotros en San Sebastián, tras haber viajado en avión de Coruña a Bilbao y desde allí enlazar con Donostia en un rápido bus que tomaban justo en el aeropuerto. Y asi sucedió que nos encontramos en ese punto del recorrido. Ellas llegaron al hotel con algo más de una hora de antelación a nuestra arrivada y se lanzaron a visitar la ciudad. Cuando nosotros llegamos al NH Collection Aranzazu (por cierto, excelente y con una atención exquisita), tras la ducha y el cambio de look de monte a ciudad, nos reunimos con ellas para confirmar que San Sebastián tiene fama por el tapeo en sus calles de bares y la calidad de los pinchos. Lo verificamos en primer lugar en el Sport (uno de los recomendados) y más tarde cenando en el Antonio Bar (el que nuestros vecinos de aparcamiento nos habían sugerido, y que ‘curiosamente’ era propiedad de uno de ellos). Cenamos allí estupendamente (y la factura estuvo en consonancia, claro está) y después de la cena, nos fuimos a la cafetería del hotel a tomar unos chupitos, cafetería en la que había una gran animación, por cierto.

Sábado 11 de febrero

Empezamos el sábado desayunando en el Antiguo, un café cercano al hotel. Realmente no ígamos allí, pero el local al que Elena nos llevaba (recomendación de las guías) estaba completo en el interior y fuera era como demasiado forzado estar porque a primera hora de la mañana, aunque con sol, la temperatura era muy baja (entre 3 y 5 grados). El desayuno, sin ser en el sitio recomendado, estuvo bien, y nos preparó para una extensa jornada de paseo por la ciudad.

Nos dirigimos en primer lugar hacia la playa de Ondarreta, para llegar a donde está la obra de Chillida «El peine del viento» donde hicimos numerosas fotografías. Había mucha animación por ser sábado y estar una mañana preciosa, ya que a medida que avanzaban las horas la temperatura iba en aumento. Como sobre esa zona de la playa está el Monte Igueldo en principio pensamos en subir en el teleférico a disfrutar de las vistas de la ciudad desde ese punto, pero Elena comentó que las recomendaciones de las guías de turismo sugieren que el mejor momento para ver la ciudad desde ese alto es la hora del atardecer, asi que decidimos posponer la visita hasta la tarde.

En lugar de subir al Monte, pateamos toda la playa de Ondarreta, pasando bajo el Palacio de Miramar y conectando ya ahi con la Playa de la Concha, siguiendo todo el Paseo Marítimo, del que cabe destacar la personalidad de todos los edificios situados a lo largo del mismo, que dan idea de por qué esa ciudad fue y sigue siendo un lugar de veraneo de alto nivel, no solo en los tiempos en que la reina Maria Cristina pasaba allí sus veranos, sino actualmente. El paseo estaba repleto de gente, y también en el arenal había numerosas personas, además de quienes navegaban en pequeños velero o con tablas de padel-surf. En la mitad del paseo hicimos una parada en la terraza del café La Perla, naturalmente al sol.

Continuamos luego todo el recorrido del paseo marítimo hasta llegar al puerto deportivo, situado al final del paseo, y tras superar el edificio del Ayuntamiento. Previamente en el arenal descubrimos a un ‘abertzale’ que además de realizar un espléndido dibujo sobre la arena, dejaba su manifiesto mediante notas escritas en esa misma arena.

Y desde el puerto deportivo se accede directamente a toda la zona vieja, donde están la mayoría de los bares, que a esas horas (ya nos situábamos cerca de las 2 de la tarde) estaban en su mayoría abarrotados de gente. Pese a todo, logramos en uno de ellos encontrar un barril con 4 taburetes sobre los que hacer un pequeño descanso mientras metíamos al cuerpo unos suculentos pinchos y unas cervezas. Fue la primera parte de una comida informal, que se completó cuando tras varios intentos conseguimos una pequeña esquina en la barra del bar La Viña, famoso no solo por la calidad de los pinchos, sino especialmente por la tarta de queso. Allí, aunque de pie, degustamos algunas de sus especialidades, que terminamos completando con la indicada tarta de queso, que realmente merece todos los excelente calificativos que se le atribuyen. Y rematamos la comida tomando unos cafés en una terraza.

Como continuación a la visita de la ciudad, recorrimos el resto del paseo que nos llevó hasta donde está situado el Kursaal, que bordeamos para verlo desde diferentes ángulos. Es una obra impresionante, que me gustaría conocer también en su interior, y para ello estuvimos viendo la programación de actuaciones musicales y operas que nos permitan organizar un nuevo desplazamiento a la ciudad y hagan compatible la asistencia a alguno de esos espectáculos. Proseguimos el tour por la zona pasando ante el Hotel Maria Cristina, donde inicialmente pensamos en alojarnos pero de cuya idea desistimos al confirmar los precios y constatar que con esa diferencia podríamos disfrutar de una buena cena y alguna sesión adicional de pinchos por los bares de la ciudad. La elección fue adecuada puesto que el hotel NH resultó muy bien. Y siguiendo con el recorrido, llegamos hasta el puente de Maria Cristina, para visitar luego la catedral. Ya el tiempo no dió para más porque era la hora de ir a Monte Igueldo, desplazamiento que hicimos en taxi. Por cierto, señalar que en Donostia no es posible parar un taxi por la calle, porque alguna normativa municipal asi lo impide, y obliga a que tengas que llamar al teléfono de teletaxi, indicando donde estás para que te manden un vehículo.

Llegados a Monte Igueldo, lo que hay alli es un pequeño parque de atracciones, un poco a la antigua usanza, si bien parece que sigue teniendo éxito entre los peques ya que había numerosas familias con niños que disfrutaban con los tiovivos, coches de choques, etc. Nosotros nos limitamos a observar la puesta de sol y conseguir espléndidas vistas de la ciudad desde diferentes ángulos. Y terminada la estancia en lo alto del monte, decidimos continuar pateando la ciudad e hicimos la bajada a pie hasta la zona de Ondarreta, continuando desde allí otra vez hacia el centro a pie, camino que repetimos a lo largo del paseo marítimo, esta vez también bastante concurrido.

Para completar la jornada, localizamos el segundo Antonio Bar, situado tras el edificio del ayuntamiento, ya que nos habían indicado que en ese establecimiento preparaban la tortilla que había obtenido el 3º premio en el certamen nacional. Tiene la particularidad de que se prepara con 2 kg. de patatas, 3 docenas de huevos, pimiento y cebolla caramelizada. Es por lo tanto mucho mas gruesa de lo que estamos acostumbrados a ver en una tortilla, pero está francamente deliciosa, y por lo que se ve tiene una gran aceptación, porque se agota enseguida. Pudimos degustarla en la terraza del bar, al aire libre pese a que ya caía la tarde y empezaba a refrescar. Y ya con el estómago preparado y animado, volvimos a la zona de los bares para completar la cena a base de pinchos en un par de tabernas. El café, no obstante, decidimos ir a tomarlo, junto con un postre, a la cafetería del hotel que, como la noche anterior estaba muy concurrida y animada. Naturalmente para volver al hotel tuvimos que hacer el previo requerimiento telefónico del taxi.

Domingo 12 de febrero

Con la llegada del domingo, se terminaba nuestra semana de esquí ampliada con la visita de las chicas. Pero tratando de aprovechar al máximo el tiempo, planeamos hacer el recorrido hasta A Coruña con una parada intermedia en Gijón, ciudad que les apetecía visitar a Elena y Rafa y en la que Ipi hizo de anfitriona porque recientemente tuvo un desplazamiento hasta allí con los clubes de lectura para asistir a una conferencia con el último premio Princesa de Asturias de las letras, Juan Mayorga.

Empezamos la mañana acudiendo a desayunar al mismo lugar del día anterior. Pero ocurrió que, al ser domingo estaba cerrado. En su lugar descubrimos que enfrente estaba el BB Café, que era a donde Elena nos había querido llevar la mañana del sábado. Es un local pequeño en el que conseguimos acomodo de casualidad porque inmediatamente se llenó de gente. Desayunamos unas espléndidas y contundentes tostas con aguacate, salmón y/o pavo, que juntamente con los cafés y unos zumos de naranja ‘king-size’ nos permitieron mantener los estómagos sin queja hasta la hora de la comida.

Los 360 kms que separan Donostia de Gijón los cubrimos en algo menos de tres horas y media, conduciendo yo, pues ya habíamos acordado que Rafa lo haría por la tarde, hasta llegar a casa. Al entrar en Gijón buscamos un parking cercano a la playa para no dejar el coche (cargado con esquís y demás) a la vista. Y este resultó estar en una de las esquinas de la playa de Poniente, en la zona más alejada del puerto. Pero ello nos obligó a recorrer toda la playa hasta llegar al cogollo de la ciudad, y la parte de la misma donde más fácilmente podríamos encontrar un lugar par comer.

Tras ese recorrido bordeando la playa de Poniente bordeamos el puerto deportivo y nos adentramos después hacia la plaza mayor, no sin antes desde la iglesia de San Pedro, junto a las Termas Romanas, captar una vista completa de la playa de San Lorenzo y el resto de la ciudad. Y a continuación nos dedicamos a buscar donde comer, lo que finalmente hicimos en la sidrería San Bernardo, cercana a la plaza mayor. Fue una comida ‘de viaje’, sin especiales pretensiones, ya que de lo que se trataba era de dar alimento al estómago y cubrir el expediente hasta llegar a casa.

El viaje de regreso ya lo hicimos de un tirón, conduciendo Rafa, para llegar a destino sobre las 8 de la tarde-noche. En definitiva, una excepcional semana de nieve y turismo, para recordar.

Los valores de la amistad

Este pasado sábado, día 10 de diciembre, a raíz de la cena que compartimos en el restaurante Tira do Playa para, un año más, celebrar la proximidad de la Navidad y sobre todo el hecho de poder realizarlo en grupo como lo hemos venido haciendo de forma habitual desde hace muchos años, se me ocurrió hacer una reflexión sobre el valor de saber conservar esos vínculos de amistad que hemos sabido mantener dentro de lo que podemos denominar «grupo Chiringuito» desde hace más de 10 años.

Y por esa razón me he puesto a bucear en los álbumes de fotos para ver si encontraba la más antigua de las que tenemos en la que estemos los 12 del «nucleo duro» (es decir, los insistentes) y me he topado con dos, una del 2012 y otra del año 2013. Hay un par de fotos previas. En ambas todavía no están Teresa y Roberto, que se integraron poco después. En una de esas dos fotos, del año 2009, están además Mary y Chus, que inicialmente formaron parte del grupo y con el paso del tiempo se han ido alejando por diferentes razones, aunque mantenemos el contacto externo.

En la segunda de esas fotos, de febrero de 2012, en la antigua casa de Ipi, se hacía la celebración del Botillo. En esa foto está Chus, pero no Mary. Aparecemos todos bajo la bandera del Bierzo, que ya sabeis que mi chica es muy de su tierra.

Y volviendo a la primera de las que estamos los 12, es de abril de 2012, esta vez en el Chiringuito, y en ella además de los actuales está Mary, pero no Chus. Organizamos un lechazo, que como casi todas las cosas que hemos hecho en grupo, salió estupendo.

Lechazo 2012

Ya metidos en el año 2013, volvemos a reunirnos para celebrar el Botillo, en esa ocasión en el Chiringuito. Y ese año contamos con la asistencia de Joaquim, Carmen, y una pareja amiga de Ipi (Justo y Marga) que tenían interés en saber como era eso del botillo, y dieron un toque de originalidad a la reunión. Supongo que todos recordais aquel evento.

El año 2013 fue bastante prolijo en actividades y hay un par de fotos que atestiguan las reuniones de todo el grupo. La primera de ellas, en septiembre, tuvo por objeto conmemorar la marcha de Hajar, la niña marroquí que tuvimos con nosotros durante 3 meses. En esa imagen, en el Chiringuito, estamos todos los del grupo con la niña.

Y un mes más tarde, en octubre, nos fuimos de fin de semana a una casa rural. Caminamos como locos, por sendas que, viendo hoy las fotos, se deduce que estamos en plena forma porque hay cuestas increíbles, pero ni siquiera nos perdimos, lo que también es un éxito en nuestro caso.

En el ano siguiente, 2014, hay otra foto en el Chiringuito, que curiosamente es la que ahora tenemos puesta como foto fija en el whatsap del grupo. No recuerdo cual fue el evento que se celebró, pero todo estuvo muy rico.

A partir de esa fecha, sin tampoco pelearme demasiado en rebuscar en los archivos, no vuelvo a localizar fotos con el grupo al completo hasta el año 2020.

Sin embargo, como el objeto de esta publicación es felicitarnos mutuamente por lo que supone de éxito el mantener nuestras buenas relaciones, tanto como grupo conjunto como en reuniones parciales, sería demasiado redundante el detallar todas y cada una de las celebraciones que hemos hecho, ya sean los botillos, las sardiñadas, las mariscadas, las october o november-fest, las cenas navideñas, comidas solidarias, las meriendas o cenas en la terraza de Elena y Rafa, las comidas o cenas en chez-Bra o en chez-Verdes, y naturalmente los «saraos» de Cambre, etc. etc.

Faro da Punta Nariga. Malpica

Volviendo a las fotos, en 2020 pese al Covid, tuvimos la reunión del Parador de Muxía y posterior recorrido por la Costa da Morte y comida en Malpica. Allí volvimos a juntarnos los 12 y escapar momentáneamente de las restricciones que la pandemia nos imponía de forma periódica.

Y llegados a este punto, aprovechando la reciente reunión del pasado sábado, vuelvo a la reflexión principal, y es que considero que todos tenemos un importante mérito en conseguir que, transcurridos un mínimo de 10 años desde el inicio del colectivo «12» o Chiringuito, si preferimos denominarlo como el grupo de whatsap, seamos capaces de mantener ese buen ánimo para juntarnos periódicamente y celebrar todo lo que se nos ocurra.

No me cabe duda alguna de que es un mérito colectivo, superando mosqueos puntuales cuando ha habido alguno, pero aportando todos la buena voluntad imprescindible para mantener la unidad. Seguro que todos tenemos en nuestras cabezas experiencias de grupos de amigos anteriores que, con el paso del tiempo se han perdido por falta de interés o por motivos de todo tipo.

Y nosotros, en este caso, no solo hemos conseguido mantener la mecha siempre encendida sino que también hemos estado abiertos a la incorporación de otras personas, unas veces puntual y otras veces con idea de permanencia. Y así lo atestigua el hecho de que la última de las fotos, la que servirá de cierre de este rollo filosófico, aparece con la presencia de las recientes incorporaciones de Elvira y Carmela, que vienen siendo ya habituales en nuestras reuniones semanales.

Y si el tiempo no lo impide, con el ánimo que nos caracteriza, seguiremos mientras sea posible celebrando todo tipo de acontecimientos. Amen.

Un finde para recordar

Este último fin de semana, es decir el último del mes de noviembre, ha sido especialmente interesante y merece la pena ser destacado tanto por la cantidad de actividades realizadas como por la diversidad y excelente resultado de las mismas.

Para empezar, y anticipándome al propio finde, el pasado jueves día 24 tuvo lugar en la sede de Espazo+60, de Afundación, una presentación del programa Historias Vividas para el próximo año, y para animar a los posibles interesados, la organización nos invitó a quienes el pasado año escribimos y completamos nuestro Libro de Vida a que expusiésemos a los asistentes nuestra particular visión del programa. Fue un acto sencillo, breve y de lo más natural, en el que volvimos a encontrarnos cinco de los siete que lo completamos en los años 2020 y 2021.

Lucia Fumero Trio, en Afundación

Y ya entrando de lleno en las actividades a que hice antes referencia, para el viernes 25 teníamos reserva de entradas en el auditorio de Afundación para asistir al concierto de jazz de Lucía Fumero Trio. En su momento reservamos para Pilar y para mí, y junto a nosotros incluimos a varios de los habituales del grupo, aunque finalmente no todos pudieron asistir y repartimos las entradas entre otros conocidos para no desaprovecharlas. Lo cierto es que todos los que acudieron salieron tan satisfechos como nosotros con la gran actuación del trio. Las composiciones eran todas de Lucía Fumero, que las interpretaba al piano, junto a un contrabajo y un batería que cumplieron a la perfección.

Tras el concierto, María José había reservado para cenar en Gatopeixe un local cercano a la plaza del Campo de Artillería. La cena no estuvo mal, sin ser nada especial, pero el local es muy ruidoso y estaba abarrotado de los parroquianos próximos, por lo que en cuanto terminamos de cenar salimos de allí sin alargar la sobremesa.

El sábado amaneció gris, pero sin lluvia, por lo que nos animamos para hacer una caminata. Dentro del amplio abanico que Ipi tiene anotados para ocasiones similares, optamos por ir a una que se desarrolla en el entorno del Encoro de Cecebre. Sus anotaciones (que no sé exactamente de donde procedían) indicaban que la ruta se llevaba a cabo entorno a la mitad más o menos del embalse, pero al llegar allí nos encontramos con que hay una ruta perfectamente diseñada y señalizada que discurre alrededor del citado embalse, pero más amplia que la que ella tenía guardada. Pese a que yo tenía claro que, al menos en apariencia, la señalizada allí era más interesante, al final me dejé guiar por el interés de Ipi en la suya, y allí nos dirigimos.

Y resultó ser una complicación porque esa ruta se separaba de la principal, sin estar debidamente señalizada, con lo que terminamos haciendo un recorrido de lo más complicado, por caminos muchas veces poco transitables, y guiándonos más por la orientación del embalse, aunque la mayor parte del tiempo haciendo un recorrido mucho más lento, poco accesible y que finalmente nos hizo tardar mucho más en proporción a lo largo de la senda. Hay que señalar que en buena parte del curso de la marcha los caminos eran francamente atractivos, pero en el conjunto tengo la seguridad de que hay que volver a recorrer la ruta por la senda señalizada.

Aunque más tarde de lo inicialmente previsto, llegamos cerca de las 3 de la tarde al punto inicial, que está junto al restaurante Las Tablas, que yo conocía ya de cuando algunos domingos iba a jugar al futbol a los campos de deporte de Abegondo, porque al final del partido nos juntábamos allí para tomar unas cañas y unas tapas de callos.

Como quiera que el local estaba a esa hora a tope, tuvimos que esperar un rato para poder comer, pero al final lo hicimos y, tras la comida, regresamos a casa, antes de proseguir con el plan fijado para la tarde. Y ese plan no era otro que asistir a la función del Teatro Rosalía, a la representación de una obra sobre la vida de Ramón Areces, el fundador de El Corte Inglés. La obra no valió gran cosa, mas bien diría que fue un fiasco. De hecho en su momento, cuando cogimos los abonos del teatro, esta era una de esas obras que ponen como añadidas y no la habíamos adquirido. Pero como tenían las entradas Mayi y Fernando y tenían un viaje, nos las cedieron y por esa razón fuimos a verla.

A la salida del teatro, como no habíamos reservado para la cena, encontramos todo abarrotado y tuvimos dificultades para encontrar un local donde poder tomar algo a modo de cena, lo que conseguimos finalmente en el Mesón El Real, sin grandes pretensiones.

La mañana del domingo empezó con un apretado programa, ya que a las 12,30 teníamos en Bellas Artes un concierto de guitarra acompañado de un recital de poesía. La poeta, Yolanda Castaño, a quien ya conocíamos por un recital años atrás en el Agora, desgranaba algunos versos y a continuación José Manuel Dapena, acompañado de su guitarra, interpretaba algo de Granados. Fue una magnífica actuación de ambos, que al final nos obsequiaron con otro poema de Yolanda mientras de forma simultánea el guitarrista acompañaba sus versos con el Romance español. Este cierre resultó ser lo mejor de toda la actuación, ya que si el resto fue bueno, el hecho de que en ese bis música y palabra estuviesen al unísono, le añadió un plus especial.

La segunda actividad de las programadas el domingo era una comida en Ecletic, un restaurante que a mi siempre me ha gustado y al que no habíamos ido desde que se cambió de ubicación. Ahora el local es mucho más amplio y acogedor, y el menú más variado y elaborado, si cabe, que antes. Tras la recepción, un aperitivo de pie frente a los fogones, y antes de acompañarnos a la mesa. Los menús, corto y largo, se diferenciaban únicamente en 3 bocados, porque el largo añadía caza (en esta ocasión pichón) y un postre adicional. Se compuso de un variado de verduras, productos del mar y carne.

A destacar, a mi gusto, un carpaccio de buey, los bocados de berberecho, sardina y ostra, el solomillo de vaca vieja y el pichón, amen de que el resto de bocados estaban exquisitos, al igual que los postres.

Para acompañamiento, después de barajar diferentes alternativas, un Pinot Noir, ligero pero delicioso. En definitiva, una comida digna de recordar y que repetiremos no tardando mucho, con toda seguridad. De hecho Ipi que no es demasiado partidaria de los menús degustación y que en las anteriores visitas a este restaurante no había quedado entusiasmada, en esta ocasión terminó encantada con el menú, la atención, y el conjunto de la velada.

Para terminar la jornada del domingo, teníamos previsto ver por TV los partidos del Depor y de la selección española. Al primero de ellos llegamos solo a la segunda parte, dado lo prolongado de la comida, pero tuvimos la satisfacción de ver como mi equipo ganaba a domicilio. Y en el caso de la roja, el empate ha sido un buen resultado, y el partido estuvo disputado y emocionante.

En definitiva, que el conjunto del fin de semana ha sido más que satisfactorio, y digno de recordar.