Finde Gigirey 2023 – Ribeira Sacra

Hace tres años, a raíz de la muerte de nuestra madre, sugerí a mis hermanos la posibilidad y/o conveniencia de juntarnos al menos una vez al año, en un fin de semana, para al menos mantener ese contacto directo que antes se producía de forma más o menos sistemática en las veces que nos juntábamos en torno a mi progenitora. La sugerencia tuvo buena acogida, y acordamos que cada año sería uno de los hermanos quien se encargaría de organizarlo, previa propuesta de la fecha al resto con tiempo suficiente como para que cada uno pudiese programar su agenda.

Posteriormente, en un viaje de Berta y Ramón a A Coruña, durante una comida que yo organicé en El Charlatán, varios propusieron un viaje al Jerte en el mes de mayo, al que Ipi y yo rápidamente nos unimos, y que sirvió de primera reunión familiar de este tipo, aunque en ella no estuvieron Valentina y Miguel porque en fechas recientes habían estado por la zona y además las fechas no les venían bien.

Y fueron nuevamente Miguel y Valentina quienes decidieron retomar su iniciativa original para proponer la reunión de este año, precisamente en estas fechas (19 a 21 de mayo) y también con el programa de la primera vez en torno a Chantada, en la Ribeira Sacra, eligiendo como alojamiento la Casa Dulcinea, una casa rural que ellos ya conocían.

De modo que llegada la fecha y ya con Berta y Ramón en A Coruña, Ipi y yo propusimos iniciar el viaje en la mañana del mismo viernes 19 para visitar varias iglesias románicas próximas a Chantada. Pero como no todos somos ociosos y algunos defienden la economía del pais trabajando, acordamos que la reunión formal se iniciaría el mismo viernes por la tarde en Casa Dulcinea, el lugar elegido por los anfitriones para juntarnos. Miguel y Valentina se ocuparon de la infraestructura (viandas para cenas y desayunos) y el resto aportamos nuestras ganas de pasarlo bien.

Por esa razón el mismo viernes nos encontramos poco antes de las 11 de la mañana en las cercanías de Chantada con Elvira, una guía de la zona experta en el románico gallego, quien se ocupó de gestionar las visitas a las tres iglesias elegidas. En primer lugar, fuimos a Santa María de Nogueira de Miño, a la que algunos denominan la «Capilla Sixtina» de Galicia por las espléndidas pinturas que decoran la mayor parte de la iglesia y que se conservan en bastante buen estado, tras las recuperaciones realizadas. El pueblo en el que se ubica está apenas poblado, pero la visita mereció la pena y pudimos tomar abundante material fotográfico del interior y exterior de esa iglesia.

Tras esa visita inicial, Elvira (la guía) decidió que como la seguíamos con celeridad y sin miedo a las estrechas carreteras (más bien diríamos corredoiras, en muchos casos), podíamos afrontar las siguientes visitas sin apearnos de los coches, y desde Nogueira de Miño nos dirigimos a la iglesia de San Estevo de Rivas de Miño, una edificación más grandiosa que la primera, aunque menos decorada en su interior. Está ubicada en un lugar de acceso relativamente complicado, pero precioso aunque muy aislado de viviendas. En otro momento posterior pudimos contemplar una espléndida vista de la iglesia desde la carretera que va desde Chantada hacia el río.

Y después de las dos primeras, aunque yo en principio era reticente a tanta visita, acordamos de forma conjunta los cuatro asistentes el ir también a Santa María de Pesqueiras, muy próxima a la anterior, y que también guarda en su interior unos excelentes frescos en el ábside. Esta iglesia, escondida en un lugar de acceso complicado (el camino por el que nos metimos con el coche era más un camino de cabras que otra cosa), está en los últimos años reservada para la protección y conservación de murciélagos, por lo cual tiene dividido su interior en dos zonas, separadas por una redecilla que impide que los murciélagos accedan al ábside donde están las pinturas, y en cambio puedan conservarse y reproducirse en el resto del edificio, teniendo una de las ventanas sin vidrio para poder entrar y salir del mismo. Como quiera que allí no pueden encenderse luces, tuvimos que observar las pinturas con la sola entrada de luz exterior, aunque la suerte nos favoreció con varios momentos de sol que nos permitieron tomar buenas fotos de los frescos. En esta iglesia se conserva la réplica de una imagen de la virgen con el niño, cuyo original teóricamente se quemó en un incendio ocurrido hace años, aunque la idea general es que fue robada porque una parte metálica que tenía la imagen nunca apareció entre las cenizas.

Tras las visitas comentadas, comimos en Chantada, en el Mesón Lucus, donde previamente Ipi había hecho una reserva. Y como el resto de la familia no tenía previsto llegar a Casa Dulcinea hasta cerca de las 7 de la tarde, después de comer nosotros nos acercamos hasta Monforte, para que Berta y Ramón vieran la Torre y el Parador. Allí tomamos un café haciendo tiempo, hasta dirigirnos luego al punto de reunión.

Casa Dulcinea resultó ser, como los organizadores vaticinaban, un excelente lugar de reuniones. Cuenta con 6 habitaciones con baño incorporado, además de amplios salones, una gran cocina con mesa incorporada para un regimiento, y una finca estupenda, aunque en este caso nosotros no hicimos apenas uso de la misma, ya que el programa estaba centrado en visitas al entorno.

Y las primeras de esas visitas fueron los accesos a los miradores de Santiurxo y otro próximo, ambos cercanos a nuestro alojamiento.

Como ya dije, Miguel y Valentina habían llevado todo lo necesario para organizar unas buenas cenas y unos deliciosos desayunos. Para la primera cena dispusimos de empanada, chicharrones, quesos, una gran fuente de jamón y como plato fuerte un lacón para preparar asado al horno. Con todos esos elementos la primera cena resultó francamente espléndida, con la colaboración de todos los asistentes tanto en la preparación como luego a la hora de recoger. Y después de cenar una reunión de todo el grupo en el salón, en torno a la chimenea (que en esta ocasión no se había encendido). Ese tiempo sirvió para comentar un poco de todo entre los miembros del grupo, y también el programa de actividades de la jornada siguiente.

El sábado amaneció un día soleado y desde primera hora Ramón y Berta, los más madrugadores, pusieron su empeño en preparar los desayunos, siendo Ramón el que exprimía las naranjas para preparar los zumos, mientras también Miguel ponía las cafeteras al fuego y otros nos encargábamos de calentar la leche, cortar fruta, etc. Y poco a poco todos fuimos completando los desayunos para estar listos a salir en torno a las 10,30 – 11,00 horas.

La primera de las actividades era la visita a la bodega Alma de Donas, donde Roberto, el propietario, nos hizo una buena presentación de sus vinos después de habernos mostrado una parte de las viñas de las que se obtienen los caldos que comercializan. Sus vinos, todos con la denominación Alma… son basados en su mayoría en las uvas Mencía (para los tintos) y Godello (para los blancos y el rosado), con algunas incorporación de Garnacha, Treixadura, etc. La cata que nos ofreció resultó muy atractiva, probando un blanco (Almalarga), un rosado (Almalola) y un tinto (Almanova), acompañando todo ello con unas pruebas de queso y chorizo, para hacer más factible la prueba de los vinos a esas horas tempranas de la mañana.

Como quiera que hasta la hora de la comida no había tiempo para otra actividad, hicimos tiempo con un paseo por Peares, el lugar donde se juntan los rios Miño y Sil, y ya desde allí fuimos al restaurante elegido que era la Rectoral de Castillón, donde comimos muy bien. Es una edificación dedicada a alojamientos como casa rural y restaurante, que cuenta con una finca preciosa y muy bien cuidada.

Después de comer, tras pasar por el mirador Cabo do Mundo, situado junto a la bodega Abadía da Cova, donde están unas preciosas vistas del rio, nos dirigimos al Eco-Museo de Arxeriz, cuya visita según el plan inicial estaba prevista para la mañana, pero que se pospuso a la tarde por haberse alargado mucho la visita matinal a la bodega.

El museo en cuestión es la recuperación de unos edificios y unas fincas antiguas, en las que se hace exposición de barcas y artes de pesca en el río, un edificio con habitaciones del estilo de primeros del pasado siglo, una serie de plantaciones de viñas con la tipología de las características de las vides propias de Galicia, así como una pequeña recuperación de un castro. Todo ello en una ubicación privilegiada, con espléndidas vistas sobre el meandro del rio.

A continuación seguimos un recorrido que nos llevó hasta la playa de A Cova, donde intentamos hacer una parada para tomar algo en una de las terrazas allí existentes, con tan mala suerte que recién terminaban de cerrar los bares y nos fuimos de vacío.

El plan previsto a continuación era pasar a ver los viñedos en Belesar, pero dio la circunstancia de que el pueblo celebraba la fiesta de la cereza, y estaba cortada la carretera por la que deberíamos pasar, con lo que hubimos de darnos la vuelta para regresar hacia la casa. Sobre la marcha, Miguel y quienes circulaban en el coche de Paco (Elva, Coló y Manolo Souto), decidieron desviarse a ver, aunque fuese desde el exterior (ya no había guía) la iglesia de Santo Estevo de Ribas de Miño. El resto nos fuimos ya directos a Casa Dulcinea, para ir preparando la cena.

Esa segunda cena fue similar a la primera. Calentamos de nuevo el lacón en el horno y dimos cuenta del resto de chicharrones, empanada, jamón, queso, etc. Y con el mismo ambiente de la tarde anterior, más los vinos que habíamos traído de Alma de Donas, disfrutamos de una agradable velada, que terminamos nuevamente en torno a la chimenea, que esta vez había sido encendida y atendida de forma magistral por Ramón con unos troncos que los propietarios de la casa tenían allí dispuestos al efecto.

El último día de nuestra reunión, el domingo día 21, amaneció un día espléndido. Los preparativos del desayuno corrieron, al igual que la jornada previa, a cargo de Ramón, Miguel y los que nos fuimos incorporando a continuación. En esta ocasión además de recoger las cosas había que empaquetar los excedentes para dejar la casa limpia. Lo hicimos unos cuantos mientras el resto se dedicaban a recoger las habitaciones, cerrar las maletas, etc. porque los caseros venían a recoger las llaves de la casa entre las 11 y las 11,30 h. Y como aprovecharon hasta el último minuto, llegaron cuando justamente nos disponíamos a dejar las llaves bajo una maceta. Pero finalmente se entregaron en mano y todos pudimos marchar tranquilamente.

Como quiera que el programa principal del día era visitar Finca Míllara con el pueblo allí rehabilitado y más tarde dar un paseo por el río para terminar comiendo en un bar-restaurante cercano, ya desde Casa Dulcinea nos dirigimos a la bodega, donde nos recibieron Pepe Delgado y su pareja Patty, que fueron unos encantadores anfitriones durante todo el día.

Resultó que cuando Miguel hizo la gestión para la visita, supo luego que Pepe Delgado era amigo de Paco, que le lleva además algunos temas jurídicos. Nos mostraron la bodega, explicando el proceso de puesta en marcha y las características de los vinos que elaboran. A continuación nos ofrecieron una degustación de un par de vinos, acompañados de un poco de queso y chorizo, y finalmente nos llevaron a conocer su casa, por cierto una vivienda preciosa con unas increíbles vistas sobre el río, y allí mismo pudimos probar las deliciosas cerezas de un par de árboles que las tenían ya en su punto exacto de maduración.

Dejando ya la casa, bajamos por una empinadísima pendiente hasta un pantalán que tienen habilitado en el río, para embarcar en una lujosa lancha fluvial en la que nos hicieron un recorrido por una parte de la ribera en las proximidades de su pueblo para después hacer el recorrido hasta Pincelo, una aldea al borde del río, donde se encuentra la bodega-tasca Quinta Sacra, donde estaba encargada la comida. Resultó que la propietaria, Luisa, es amiga de Cuca y Pilar la estuvo saludando y dándole recuerdos.

La comida fue a base de cosas frías: empanada, quesos, tortilla, croquetas, algo de embutido, y al final unos filetes empanados. Como postre una tarta y unas rosquillas. Todo ello regado con algunos de los vinos de Finca Míllara. La mesa donde nos instalaron está ubicada un poco elevada sobre la ladera, con unas preciosas vistas, con techo ecológico, y hubo un ambiente fenomenal que nos dejó el mejor de los recuerdos de la visita al mismo, con ganas de repetir la experiencia en otra oportunidad. Terminada la comida, de nuevo regreso a la lancha para hacer el camino de vuelta al pantalán, despedirnos de los anfitriones, y aprovechar para hacer unas pequeñas compras de vino y aceite en la bodega.

El camino de regreso a casa que iniciamos allí, pasaba por visitar previamente a los padres de Valentina y conocer su casa. Es una vivienda enorme, perfectamente reconstruida desde su origen y en la que podría alojarse un regimiento, aunque los padres de Valentina son los únicos habitantes en la actualidad. Allí tomamos unos cafés y refrescos antes de volver a los coches para la ruta de regreso a los puntos de origen de cada uno, con lo que la jornada terminó con la llegada a casa sobre las 10 de la tarde-noche.

En síntesis, un fin de semana para el recuerdo que ha dejado muy alto el pabellón organizativo por parte de Miguel y Valentina y que nos lo pone complicado a los que tendremos que organizarlo en futuras ocasiones.

Semana de Esqui – 2023

Después de tres años de obligado parón a causa del Covid y sus consecuencias, este año mi amigo Rafa y yo volvemos a retomar nuestra costumbre de disfrutar de una semana de esquí a pleno rendimiento. La última ocasión fue en febrero de 2020, justo antes del inicio del confinamiento, y en los dos años posteriores no se pudo repetir primero porque todo estaba cerrado, y en el caso de 2022 porque además yo mismo había sufrido un pequeño accidente en una jornada de preparación en San Isidro, en diciembre de 2021.

Y volviendo al motivo de esta publicación, estuvimos un poco remisos a hacer reservas hasta hace menos de un mes porque apenas había nieve en las estaciones que nos gusta esquiar. Pero tras los temporales de inicios de año, todo cambió radicalmente y ahora los principales centros de esquí está a tope. Así las cosas, nos decidimos a reservar en Baqueira, estación ya conocida por nosotros porque aqui estuvimos en 2016, aunque yo también esquié en esta estación en diferentes años antes (creo recordar que en 1995, en 2002, y en 2009).

Y la semana de esquí elegida para este 2023 fue la del 5 al 10 de febrero (semana de 5 dias, como habitualmente). Nos alojamos en Betren, hotel TUCA, situado en el límite de Betren con Vielha, con lo cual estamos a solo 12 km del centro de la estación y tenemos a tiro de piedra toda la infraestructura hostelera de Vielha, porque no hay que olvidar que una parte importante de la semana de esqui es el aspecto gastronómico, que nosotros practicamos a conciencia.

Dia 0 – Domingo 5 de febrero

El viaje lo realizamos en coche, por toda la costa norte de España (la A-8) hasta la frontera francesa, haciendo el resto del recorrido por el sur de Francia, hasta volver a entrar en nuestro pais cerca de Vielha. Fué un viaje cómodo, y en algo menos de 10 horas nos plantamos en el hotel, con un par de cortas paradas para repostar y para tomar un refrigerio a modo de almuerzo. Ya en suelo francés, antes de llegar a destino, pudimos visualizar el imponente aspecto de los Pirineos, cerca de Lourdes, lo que hizo que empezasemos a imaginar una espléndida semana de nuestro deporte preferido. La conducción la llevamos a cabo turnándonos Rafa y yo como hacemos de forma habitual.

Llegados al hotel y acomodados, nos dimos un paseo por Vielha para visitar algunos de los restaurantes que habíamos ido seleccionando para estos días, en la mayoría de los cuales solo nos aseguraban mesa en esa noche para mucho más tarde, con lo cual optamos por hacer reservas para dias sucesivos. No obstante, finalmente encontramos un lugar donde cenar, que fue El Indecente, donde además de disfrutar de un excelente menu, a base de platos característicos del local y de la zona, el propietario nos hizo una amplia información sobre lo más interesante de por aqui, amen de contarnos toda su experiencia en este y otros negocios, informar sobre las particularidades de la clientela habitual de muchos de los restaurantes de Vielha, extranjeros adinerados (en buena parte rusos) que pagan unas extraordinarias minutas compuetas en la mayor parte de los casos por vinos de altísimo coste, caviar del Valle de Arán, y otras exquisiteces.

Dia 1º – Lunes 6 de febrero

Y llegado el primer día de esquí, nos sorprendió una jornada excelente, con un sol radiante, una nieve en estado impecable (nieve polvo de mucho espesor), y unas pistas bien acondicionadas, con pocos clientes, lo que permitía aprovechar al máximo el tiempo de moverse por ellasas, sin esperas en los remontes, con lo cual pudimos movernos por un montón de pistas durante más de seis horas, recorriendo muchos kilómetros. Nos movimos fundamentalmente por la zona de Beret, ya que para no tener que andar con los esquís a cuestas entre el aparcamiento de Baqueira 1500 y los remontes, nos fuimos a aparcar a Orri, como 10 kms más arriba, y donde te pones los esquís al lado del coche y tienes el remonte a 50 metros.

Por tratarse del primer día, hicimos solo recorridos por pistas azules, tanto por mis dudas ante la toma de contacto con la nieve después de mi lesión de rodilla, como por el propio deseo de Rafa de tomarse con calma esa primera jornada. Nos movimos por multitud de pistas, subimos por numerosos remontes, repitiendo solo algunos de ellos, e hicimos un pequeño parón a mediodía para tomar una cerveza al sol, mientras nos metíamos al cuerpo unas barritas energéticas, ya que como es nuestro hábito, durante la jornada de esquí apenas paramos, no hacemos comida formal, y reservamos nuestro apetito para la cena.

Después de un descanso merecido en el hotel para recuperar fuerzas, llegó la hora de la segunda cena. Habíamos reservado el día anterior en El Molí, un restaurante muy típico de Vielha, donde tenían calçots, que a ambos nos gustan y que tratamos de degustar siempre que se nos presenta la ocasión. Previamente nos habíamos llevado al estómago una exqusitez de la casa (Alcachofitas fritas con boletus y huevo trufado, un plato delicioso) y a continuación sendas raciones de calçots con salsa Romesco. Una delicia. Todo ello lo acompañamos con vino de la Terra Alta, Lafou, que resultó estar estupendo. Previamente la casa nos había invitado a la llegada con unas copas de cava, unas aceitunas y un poco de fuet. Para postre, aunque Rafa no quería, degustamos (como no!) una crema catalana, que también estuvo muy buena. En definitiva, una cena para recordar tras una excepcional jornada de esquí.

Dia 2º – Martes 7 de febrero

El segundo día amaneció ya nublado, aunque no se preveía nieve en las cumbres hasta pasado el mediodía. Pero no fue asi porque ya al salir del hotel comenzaban a caer pequeños copos de nieve, que fueron en aumento a medida que nos acercábamos a las pistas. Viendo el panorama, optamos por repetir dirigiéndonos a Orri. Hoy había menos coches, lo que implicaba menos gente en las pistas. Y ya para empezar las horas de esquí comenzó a nevar, en momentos de forma muy copiosa y en otros ratos sin apenas nieve. Pero la visibilidad, sin ser mala del todo, lo que implicaba era que se percibía muy mal el relieve de las pistas, con lo cual resultaba mucho más complicado esquiar con soltura. De hecho, ambos nos caímos, en una o dos ocasiones Rafa, y en tres ocasiones yo, siempre a causa de no poder ver bien el terreno por el que pisábamos. Caídas, en todos lo casos, sin más consecuencias que el consiguiente parón para volver a ponerse en pié, afortunadamente.

Según la aplicación de mi teléfono en esta segunda jornada recorrimos más de 66 kms (incluidos los tamos de remontes) y segun la propia aplicación, la distancia de esquí real serían alrededor de 31,6 kms, que no está nada mal teniendo en cuenta lo duro del clima, porque en las zonas altas el viento azotaba con cierta intensidad y en los remontes molestaba bastante a medida que nos acercábamos a las cimas. Por mi parte, sigo con cierto temor sobre las tablas, porque todavía no he conseguido recuperar la confianza previa a mi lesión, y en esta jornada he ido en todo momento a la cola de Rafa y no solo eso, sino que me ha tenido que ir esperando en la mayor parte de los recorridos por las pistas. Hemos seguido solo por pistas azules, porque con el mal tiempo tampoco nos apetecía subir de nivel. En cualquier caso, y como resumen del segundo día, aceptable.

Pero después de esquiar y descansar un rato, una buena cena es lo mas adecuado, asi que siguiendo el plan inicialmente previsto, nos dirigimos a otro de los lugares seleccionados, que era Urtau, un restaurante con platos típicos del Vall d’Aran donde nos han atendido de maravilla. Tras degustar un par de pinchos de la barra, ya en la mesa nos decantamos por unos Torreznos, exquisitos. Y como no podía ser de otra manera, una Olla aranesa, deliciosa, que nos recordó a la que en otro restaurante habíamos degustado ya en nuestra anterior visita en 2016. Continuamos con otra especialidad de la casa, una Butifarra a la brasa con verduras, y como remate unas Albóndigas de la cocinera. Todo espectacular, regado por cierto con un Acustic 2019, un vino de Montsant. No nos resistimos a tomar un postre de la casa. Y como cada noche, tras la cena un paseito hasta el hotel para bajar la cena, con la helada como acompañante, que en esta ocasión y pese al día nublado y nevado, estaba ya medianamente despejado y con la luna a la vista, preludio de que tal vez el próximo día de esquí no sea tan malo como se presumía.

Dia 3º – Miércoles 8 de febrero

El miércoles amaneció ya sin una nube, con un cielo azul increible, y por tanto unas excelentes expectativas para la jornada, aunque las previsiones meteorológicas decían que a primera hora de la tarde aparecerían las nubes. En cualquier caso, tras el desayuno nos dispusimos a subir a las pistas, teniendo previamente que hacer unos trabajos de limpieza del hielo que cubría los cristales del coche, aparcado frente al hotel. Decidimos ir directamente a Bonaigua, zona en la que nunca antes ninguno de los dos había esquiado. Llegados allí, había buen sitio para aparcar (poca gente), y de inmediato nos lanzamos a las pistas . Empezamos por las más próximas a la estación (Cap a Baqueira y Pleta del Duc) que recorrimos un par de veces, antes de cambiar para ir hacia Beret, para descubrir nuevas pistas. Y efectivamente nos encontramos con La Llança, a la que se accede mediante un doble arrastre, y desde allí bajamos repetidamente por Teso Dera Mina, Costes de Ruda y Lhastres dera Mina, par subir después a Cap de Baqueira, para recorrer Ta Arguls, Cara Nord, y otras antes de regresar a la zona de Bonaigua. Hicimos una corta parada para tomar un refrigerio, y sin perder tiempo volvimos a las pistas, repitiendo varias veces algunas de las pistas señaladas, que nos encantaron a ambos, tanto por el excelente estado de la nieve como por la amplitud de las propias pistas, siempre azules, aunque en muchas de ellas con palas importantes que eran más propias de pistas rojas. Por cierto, que en la primera subida que hicimos a la mañana en el remonte pudimos ver como un esquiador que bajaba mangado por una pista roja, voló por los aires y se pegó un imponente tortazo, al que luego vimos que retiraban en camilla, lo que nos recordó el accidente de Rafa en Sierra Nevada años atrás.

Segun las aplicaciones del teléfono, recorrimos un total de 63 kms en algo más de 6 horas, pero lo más importante es lo que disfrutamos, sin una sola caida, mejorando en cada descenso y descubriendo nuevas pistas en la zona de la Bonaigua que nunca antes habíamos practicado.

De regreso al hotel, y tras el obligado descanso, la cerveza que ya nos tomamos cada día al llegar a la habitación, y un par de horas de relax, ducha, etc… la salida para la cena. Hoy nos programamos para ir a Era Bruisha (La Bruja), una sidrería de la que nos hablaron en la recepción del hotel. Y como menú nos decidimos por un Paté Aranes, y un Chuletón de vaca vieja con alta maduración. Acompaños la cena con un vino de la zona (como cada día). En este caso se trató de Altosiós, un Costas del Segre, muy adecuado para el paté y el chuletón. Como postre, un delicioso Tatín. Y tras el café, un par de chupitos de Havana 7. En definitiva, que también a este local le dimos una alta calificación. Se ve que sabemos elegir, Y de regreso, ya dejamos reservado para mañana en otro de los seleccionados.

Dia 4º – Jueves 8 de febrero

Amaneció el día con algunas nubes, pero estas se fueron diluyendo de forma que cuando accedimos a la estación ya el cielo estaba prácticamente despejado del todo. Hoy decidimos volver a la zona de Beret, aparcando en Orri como en días anteriores, para aprovechar mejor el sol que ilumina esa zona en las primeras horas de la mañana. Y acertamos. Además tuvimos la ocasión de aparcar muy cerca del comienzo de la zona cubierta de nieve, con lo cual para salir y para llegar casi estábamos al lado del coche.

Pasamos la mañana moviéndonos por la zona de Beret, recorriendo varias veces las pistas Dera Reina, Beret 1-2-3 y 4, Collet de Marimanha, Ta Baqueira, etc. Y asi se pasaron varias horas hasta que decidimos animarnos a alguna pista roja, habida cuenta de que la nieve estaba espléndida, no hacía viento, y no había exceso de esquiadores en las diferentes pistas. Asi que decidimos lanzarnos a la pista Audeth, roja y con pocas pendientes, que resultó estar fenomenal y por esa razón la repetimos. Pero como además teníamos echado el ojo a otra roja, mucho mas amplia y con mas pendiente, decidimos ir también a bajarla. Es la pista Dossau, con una primera pala muy fuerte, pero que luego se suaviza. Es muy larga, y la disfrutamos un montón. Casi al final paramos a tomar un caldo y una cerveza en un bar situado en la propia pista. Y ya en horas de tarde, resultó que yo llevo todos estos días echando un ojo a dos pistas que, por las mañanas estan bloqueadas para entrenamiento de esquiadores de equipos selectos, pero que a última hora, sin que se hayan liberado las puertas de entrada, ya no están ocupadas. Asi que hoy, ya animados, nos metimos a ellas. Son las pistas Stadium Fernandez Ochoa y Stadium 2, preparadas para Slalom y Slalom Gigante. De modo que bajamos ambas pistas, lo que nos supuso un subidón de adrenalina, y antes de terminar la jornada decidimos repetir una de ellas. Una gozada.

En total, teniendo en cuenta toda la jornada, fueron 83,42 kms recorridos en algo menos de 7 horas. Todo ello con un sol envidiable, sin apenas viento y con poca gente en las pistas, de forma que en ningún momento hubimos de hacer cola en los remontes, ya que era prácticamente llegar y acceder a las sillas. He de reconocer que, de los 4 dias que han pasado de esquí, esta jornada ha sido sin duda la mejor.

Y después del rato de descanso en la habitación del hotel, la salida a la cena. Hoy habíamos reservado en WoollooMooloo, donde nos autoregalamos un buen tataki de atun, unos exquisitos Torreznos, aunque con denominación de Chicharrones, y luego Maigret de Pato para rafa y Risotto de Ceps (Boletus) patra mi. Lo completamos con una tabla de quesos para postre y todo ello regado con otro vino de la zona, en este caso un Punti..i, de Terra Alta.

Dia 5º – Viernes 9 de febrero

Ya desde el momento que, en la habitación, abrimos la cortina para ver como empezaba el día, se pudo confirmar que teníamos ante nosotros otra mañana preciosa de sol, sin nube alguna a la vista. Y como cada mañana nos fuimos a tomar el desayuno (por cierto, señalar que a ambos nos pareció muy completo y variado el bufet-desayuno del hotel), para después terminar de cerrar maletas, ya que era el momento de abandonar el hotel y dejar todo en el maletero hasta el final de la jornada de esquí, puesto que ya desde las pistas iniciaríamos el viaje de regreso.

Para empezar, volvimos al aparcamiento de Orri, donde se había demostrado que estábamos mejor situados para ir al primer remonte sin cargar con los esquís, aunque tampoco el de Bonaigua estaba mal. Y efectivamente, pudimos colocar el coche tan cerca de la nieve que teníamos acceso a él sin andar más de diez pasos. Y como anécdota, comentar que mientras nos colocábamos las botas, aparcaron a nuestro lado dos parejas que venían de San Sebastián, con los que se inició una corta conversación, y de la que resultó que eran los propietarios de un tal Antonio Bar, de Donosti, que nos recomendaron.

Y ya montados sobre las tablas, pudimos completar otra fenomenal mañana de esquí, centrada básicamente en el entorno de Beret, porque es donde a primera hora está la mejor orientación del sol. De forma que tras subir en el TSD Jesus Serra, nos tiramos por la pista Dera Reina, accediendo luego al TSD Blanhiblar, que nos llevó al Tuc de Cortajas, después de haber enlazado con el arrastre del mismo nombre, y asi, desde ese pico (2338 m) hacer la bajada directa por las pistas de Cortajás y Blanhiblar de nuevo hasta la base de los remontes. Luego repetimos la operación para aprovechar el magnífico estado de esas pistas, y posteriormente cambiamos para acceder al Tuc Audeth Dossau (2516 m) y asi repetir las pistas rojas que hicimos el día anterior, en las que ya desde la mañana lucía un sol de plano, que hacía suponer que la nieve en esas pistas no estaría demasiado dura. Para ello, subimos primero por el TSD Dera Reina, bajamos por Pins hasta el TSD Clot der Os, y bajamos por Cabanes, que nos llevó a la base del TSD Dossau. En la bajada por Dossau, de nuevo nos fuimos al TSD Clot der Os para bajar por la pista del mismo nombre, muy larga y especialmente interesante. El resto de la mañana lo pasamos repitiendo algunas de esas pistas, asi como Ta Beret 1, y 2, y después de una corta parada en la base de Beret, antes de despedirnos de las pistas nos volvimos a colar en las que estaban reservadas a los profesionales (Stadium 2), que a esa hora ya habían terminado los entrenamientos. Aunque ‘formalmente’ seguian esas pistas cerradas, nos colamos como el dia anterior e hicimos una sensacional bajada, que nos dejó muy alto el listón de la semana. Para regresar al coche volvimos al TSD Dera Reina, desde cuya altura (2350 m) ya nos lanzamos por Ta Baqueira hacia el aparcamiento. Como anécdota, el desvio desde Torn de Baciver hacia la parte baja de Ta Baqueira estaba cerrado, pero decidimos de todas formas cogerlo puesto que era el camino que nos llevaría justo al lado del coche. Efectivamente comprobamos en el descenso que la pista estaba en reparación, con algunos tramos sin pisar bien, pero en cualquier caso eso no nos impidió hacer el recorrido completo y llegar puntualmente al aparcamiento sin bajar de los esquís. Fueron, en cualquier caso, cinco horas y media de estancia en las pistas, con más de 53 kms recorridos en total. En fin, un cierre de semana de lo más adecuado.

Como particularidad con respecto a otros años, en esta ocasión planificamos que como el recorrido lo hacíamos por todo el norte para ahorrar casi 100 kms y una hora de viaje en coche, y al regresar, la noche de parada la haríamos en San Sebastián. Y nuestras chicas, que no pierden ocasión de escapar de casa, programaron que el viernes se reunirían con nosotros en San Sebastián, tras haber viajado en avión de Coruña a Bilbao y desde allí enlazar con Donostia en un rápido bus que tomaban justo en el aeropuerto. Y asi sucedió que nos encontramos en ese punto del recorrido. Ellas llegaron al hotel con algo más de una hora de antelación a nuestra arrivada y se lanzaron a visitar la ciudad. Cuando nosotros llegamos al NH Collection Aranzazu (por cierto, excelente y con una atención exquisita), tras la ducha y el cambio de look de monte a ciudad, nos reunimos con ellas para confirmar que San Sebastián tiene fama por el tapeo en sus calles de bares y la calidad de los pinchos. Lo verificamos en primer lugar en el Sport (uno de los recomendados) y más tarde cenando en el Antonio Bar (el que nuestros vecinos de aparcamiento nos habían sugerido, y que ‘curiosamente’ era propiedad de uno de ellos). Cenamos allí estupendamente (y la factura estuvo en consonancia, claro está) y después de la cena, nos fuimos a la cafetería del hotel a tomar unos chupitos, cafetería en la que había una gran animación, por cierto.

Sábado 11 de febrero

Empezamos el sábado desayunando en el Antiguo, un café cercano al hotel. Realmente no ígamos allí, pero el local al que Elena nos llevaba (recomendación de las guías) estaba completo en el interior y fuera era como demasiado forzado estar porque a primera hora de la mañana, aunque con sol, la temperatura era muy baja (entre 3 y 5 grados). El desayuno, sin ser en el sitio recomendado, estuvo bien, y nos preparó para una extensa jornada de paseo por la ciudad.

Nos dirigimos en primer lugar hacia la playa de Ondarreta, para llegar a donde está la obra de Chillida «El peine del viento» donde hicimos numerosas fotografías. Había mucha animación por ser sábado y estar una mañana preciosa, ya que a medida que avanzaban las horas la temperatura iba en aumento. Como sobre esa zona de la playa está el Monte Igueldo en principio pensamos en subir en el teleférico a disfrutar de las vistas de la ciudad desde ese punto, pero Elena comentó que las recomendaciones de las guías de turismo sugieren que el mejor momento para ver la ciudad desde ese alto es la hora del atardecer, asi que decidimos posponer la visita hasta la tarde.

En lugar de subir al Monte, pateamos toda la playa de Ondarreta, pasando bajo el Palacio de Miramar y conectando ya ahi con la Playa de la Concha, siguiendo todo el Paseo Marítimo, del que cabe destacar la personalidad de todos los edificios situados a lo largo del mismo, que dan idea de por qué esa ciudad fue y sigue siendo un lugar de veraneo de alto nivel, no solo en los tiempos en que la reina Maria Cristina pasaba allí sus veranos, sino actualmente. El paseo estaba repleto de gente, y también en el arenal había numerosas personas, además de quienes navegaban en pequeños velero o con tablas de padel-surf. En la mitad del paseo hicimos una parada en la terraza del café La Perla, naturalmente al sol.

Continuamos luego todo el recorrido del paseo marítimo hasta llegar al puerto deportivo, situado al final del paseo, y tras superar el edificio del Ayuntamiento. Previamente en el arenal descubrimos a un ‘abertzale’ que además de realizar un espléndido dibujo sobre la arena, dejaba su manifiesto mediante notas escritas en esa misma arena.

Y desde el puerto deportivo se accede directamente a toda la zona vieja, donde están la mayoría de los bares, que a esas horas (ya nos situábamos cerca de las 2 de la tarde) estaban en su mayoría abarrotados de gente. Pese a todo, logramos en uno de ellos encontrar un barril con 4 taburetes sobre los que hacer un pequeño descanso mientras metíamos al cuerpo unos suculentos pinchos y unas cervezas. Fue la primera parte de una comida informal, que se completó cuando tras varios intentos conseguimos una pequeña esquina en la barra del bar La Viña, famoso no solo por la calidad de los pinchos, sino especialmente por la tarta de queso. Allí, aunque de pie, degustamos algunas de sus especialidades, que terminamos completando con la indicada tarta de queso, que realmente merece todos los excelente calificativos que se le atribuyen. Y rematamos la comida tomando unos cafés en una terraza.

Como continuación a la visita de la ciudad, recorrimos el resto del paseo que nos llevó hasta donde está situado el Kursaal, que bordeamos para verlo desde diferentes ángulos. Es una obra impresionante, que me gustaría conocer también en su interior, y para ello estuvimos viendo la programación de actuaciones musicales y operas que nos permitan organizar un nuevo desplazamiento a la ciudad y hagan compatible la asistencia a alguno de esos espectáculos. Proseguimos el tour por la zona pasando ante el Hotel Maria Cristina, donde inicialmente pensamos en alojarnos pero de cuya idea desistimos al confirmar los precios y constatar que con esa diferencia podríamos disfrutar de una buena cena y alguna sesión adicional de pinchos por los bares de la ciudad. La elección fue adecuada puesto que el hotel NH resultó muy bien. Y siguiendo con el recorrido, llegamos hasta el puente de Maria Cristina, para visitar luego la catedral. Ya el tiempo no dió para más porque era la hora de ir a Monte Igueldo, desplazamiento que hicimos en taxi. Por cierto, señalar que en Donostia no es posible parar un taxi por la calle, porque alguna normativa municipal asi lo impide, y obliga a que tengas que llamar al teléfono de teletaxi, indicando donde estás para que te manden un vehículo.

Llegados a Monte Igueldo, lo que hay alli es un pequeño parque de atracciones, un poco a la antigua usanza, si bien parece que sigue teniendo éxito entre los peques ya que había numerosas familias con niños que disfrutaban con los tiovivos, coches de choques, etc. Nosotros nos limitamos a observar la puesta de sol y conseguir espléndidas vistas de la ciudad desde diferentes ángulos. Y terminada la estancia en lo alto del monte, decidimos continuar pateando la ciudad e hicimos la bajada a pie hasta la zona de Ondarreta, continuando desde allí otra vez hacia el centro a pie, camino que repetimos a lo largo del paseo marítimo, esta vez también bastante concurrido.

Para completar la jornada, localizamos el segundo Antonio Bar, situado tras el edificio del ayuntamiento, ya que nos habían indicado que en ese establecimiento preparaban la tortilla que había obtenido el 3º premio en el certamen nacional. Tiene la particularidad de que se prepara con 2 kg. de patatas, 3 docenas de huevos, pimiento y cebolla caramelizada. Es por lo tanto mucho mas gruesa de lo que estamos acostumbrados a ver en una tortilla, pero está francamente deliciosa, y por lo que se ve tiene una gran aceptación, porque se agota enseguida. Pudimos degustarla en la terraza del bar, al aire libre pese a que ya caía la tarde y empezaba a refrescar. Y ya con el estómago preparado y animado, volvimos a la zona de los bares para completar la cena a base de pinchos en un par de tabernas. El café, no obstante, decidimos ir a tomarlo, junto con un postre, a la cafetería del hotel que, como la noche anterior estaba muy concurrida y animada. Naturalmente para volver al hotel tuvimos que hacer el previo requerimiento telefónico del taxi.

Domingo 12 de febrero

Con la llegada del domingo, se terminaba nuestra semana de esquí ampliada con la visita de las chicas. Pero tratando de aprovechar al máximo el tiempo, planeamos hacer el recorrido hasta A Coruña con una parada intermedia en Gijón, ciudad que les apetecía visitar a Elena y Rafa y en la que Ipi hizo de anfitriona porque recientemente tuvo un desplazamiento hasta allí con los clubes de lectura para asistir a una conferencia con el último premio Princesa de Asturias de las letras, Juan Mayorga.

Empezamos la mañana acudiendo a desayunar al mismo lugar del día anterior. Pero ocurrió que, al ser domingo estaba cerrado. En su lugar descubrimos que enfrente estaba el BB Café, que era a donde Elena nos había querido llevar la mañana del sábado. Es un local pequeño en el que conseguimos acomodo de casualidad porque inmediatamente se llenó de gente. Desayunamos unas espléndidas y contundentes tostas con aguacate, salmón y/o pavo, que juntamente con los cafés y unos zumos de naranja ‘king-size’ nos permitieron mantener los estómagos sin queja hasta la hora de la comida.

Los 360 kms que separan Donostia de Gijón los cubrimos en algo menos de tres horas y media, conduciendo yo, pues ya habíamos acordado que Rafa lo haría por la tarde, hasta llegar a casa. Al entrar en Gijón buscamos un parking cercano a la playa para no dejar el coche (cargado con esquís y demás) a la vista. Y este resultó estar en una de las esquinas de la playa de Poniente, en la zona más alejada del puerto. Pero ello nos obligó a recorrer toda la playa hasta llegar al cogollo de la ciudad, y la parte de la misma donde más fácilmente podríamos encontrar un lugar par comer.

Tras ese recorrido bordeando la playa de Poniente bordeamos el puerto deportivo y nos adentramos después hacia la plaza mayor, no sin antes desde la iglesia de San Pedro, junto a las Termas Romanas, captar una vista completa de la playa de San Lorenzo y el resto de la ciudad. Y a continuación nos dedicamos a buscar donde comer, lo que finalmente hicimos en la sidrería San Bernardo, cercana a la plaza mayor. Fue una comida ‘de viaje’, sin especiales pretensiones, ya que de lo que se trataba era de dar alimento al estómago y cubrir el expediente hasta llegar a casa.

El viaje de regreso ya lo hicimos de un tirón, conduciendo Rafa, para llegar a destino sobre las 8 de la tarde-noche. En definitiva, una excepcional semana de nieve y turismo, para recordar.

Los valores de la amistad

Este pasado sábado, día 10 de diciembre, a raíz de la cena que compartimos en el restaurante Tira do Playa para, un año más, celebrar la proximidad de la Navidad y sobre todo el hecho de poder realizarlo en grupo como lo hemos venido haciendo de forma habitual desde hace muchos años, se me ocurrió hacer una reflexión sobre el valor de saber conservar esos vínculos de amistad que hemos sabido mantener dentro de lo que podemos denominar «grupo Chiringuito» desde hace más de 10 años.

Y por esa razón me he puesto a bucear en los álbumes de fotos para ver si encontraba la más antigua de las que tenemos en la que estemos los 12 del «nucleo duro» (es decir, los insistentes) y me he topado con dos, una del 2012 y otra del año 2013. Hay un par de fotos previas. En ambas todavía no están Teresa y Roberto, que se integraron poco después. En una de esas dos fotos, del año 2009, están además Mary y Chus, que inicialmente formaron parte del grupo y con el paso del tiempo se han ido alejando por diferentes razones, aunque mantenemos el contacto externo.

En la segunda de esas fotos, de febrero de 2012, en la antigua casa de Ipi, se hacía la celebración del Botillo. En esa foto está Chus, pero no Mary. Aparecemos todos bajo la bandera del Bierzo, que ya sabeis que mi chica es muy de su tierra.

Y volviendo a la primera de las que estamos los 12, es de abril de 2012, esta vez en el Chiringuito, y en ella además de los actuales está Mary, pero no Chus. Organizamos un lechazo, que como casi todas las cosas que hemos hecho en grupo, salió estupendo.

Lechazo 2012

Ya metidos en el año 2013, volvemos a reunirnos para celebrar el Botillo, en esa ocasión en el Chiringuito. Y ese año contamos con la asistencia de Joaquim, Carmen, y una pareja amiga de Ipi (Justo y Marga) que tenían interés en saber como era eso del botillo, y dieron un toque de originalidad a la reunión. Supongo que todos recordais aquel evento.

El año 2013 fue bastante prolijo en actividades y hay un par de fotos que atestiguan las reuniones de todo el grupo. La primera de ellas, en septiembre, tuvo por objeto conmemorar la marcha de Hajar, la niña marroquí que tuvimos con nosotros durante 3 meses. En esa imagen, en el Chiringuito, estamos todos los del grupo con la niña.

Y un mes más tarde, en octubre, nos fuimos de fin de semana a una casa rural. Caminamos como locos, por sendas que, viendo hoy las fotos, se deduce que estamos en plena forma porque hay cuestas increíbles, pero ni siquiera nos perdimos, lo que también es un éxito en nuestro caso.

En el ano siguiente, 2014, hay otra foto en el Chiringuito, que curiosamente es la que ahora tenemos puesta como foto fija en el whatsap del grupo. No recuerdo cual fue el evento que se celebró, pero todo estuvo muy rico.

A partir de esa fecha, sin tampoco pelearme demasiado en rebuscar en los archivos, no vuelvo a localizar fotos con el grupo al completo hasta el año 2020.

Sin embargo, como el objeto de esta publicación es felicitarnos mutuamente por lo que supone de éxito el mantener nuestras buenas relaciones, tanto como grupo conjunto como en reuniones parciales, sería demasiado redundante el detallar todas y cada una de las celebraciones que hemos hecho, ya sean los botillos, las sardiñadas, las mariscadas, las october o november-fest, las cenas navideñas, comidas solidarias, las meriendas o cenas en la terraza de Elena y Rafa, las comidas o cenas en chez-Bra o en chez-Verdes, y naturalmente los «saraos» de Cambre, etc. etc.

Faro da Punta Nariga. Malpica

Volviendo a las fotos, en 2020 pese al Covid, tuvimos la reunión del Parador de Muxía y posterior recorrido por la Costa da Morte y comida en Malpica. Allí volvimos a juntarnos los 12 y escapar momentáneamente de las restricciones que la pandemia nos imponía de forma periódica.

Y llegados a este punto, aprovechando la reciente reunión del pasado sábado, vuelvo a la reflexión principal, y es que considero que todos tenemos un importante mérito en conseguir que, transcurridos un mínimo de 10 años desde el inicio del colectivo «12» o Chiringuito, si preferimos denominarlo como el grupo de whatsap, seamos capaces de mantener ese buen ánimo para juntarnos periódicamente y celebrar todo lo que se nos ocurra.

No me cabe duda alguna de que es un mérito colectivo, superando mosqueos puntuales cuando ha habido alguno, pero aportando todos la buena voluntad imprescindible para mantener la unidad. Seguro que todos tenemos en nuestras cabezas experiencias de grupos de amigos anteriores que, con el paso del tiempo se han perdido por falta de interés o por motivos de todo tipo.

Y nosotros, en este caso, no solo hemos conseguido mantener la mecha siempre encendida sino que también hemos estado abiertos a la incorporación de otras personas, unas veces puntual y otras veces con idea de permanencia. Y así lo atestigua el hecho de que la última de las fotos, la que servirá de cierre de este rollo filosófico, aparece con la presencia de las recientes incorporaciones de Elvira y Carmela, que vienen siendo ya habituales en nuestras reuniones semanales.

Y si el tiempo no lo impide, con el ánimo que nos caracteriza, seguiremos mientras sea posible celebrando todo tipo de acontecimientos. Amen.

Un finde para recordar

Este último fin de semana, es decir el último del mes de noviembre, ha sido especialmente interesante y merece la pena ser destacado tanto por la cantidad de actividades realizadas como por la diversidad y excelente resultado de las mismas.

Para empezar, y anticipándome al propio finde, el pasado jueves día 24 tuvo lugar en la sede de Espazo+60, de Afundación, una presentación del programa Historias Vividas para el próximo año, y para animar a los posibles interesados, la organización nos invitó a quienes el pasado año escribimos y completamos nuestro Libro de Vida a que expusiésemos a los asistentes nuestra particular visión del programa. Fue un acto sencillo, breve y de lo más natural, en el que volvimos a encontrarnos cinco de los siete que lo completamos en los años 2020 y 2021.

Lucia Fumero Trio, en Afundación

Y ya entrando de lleno en las actividades a que hice antes referencia, para el viernes 25 teníamos reserva de entradas en el auditorio de Afundación para asistir al concierto de jazz de Lucía Fumero Trio. En su momento reservamos para Pilar y para mí, y junto a nosotros incluimos a varios de los habituales del grupo, aunque finalmente no todos pudieron asistir y repartimos las entradas entre otros conocidos para no desaprovecharlas. Lo cierto es que todos los que acudieron salieron tan satisfechos como nosotros con la gran actuación del trio. Las composiciones eran todas de Lucía Fumero, que las interpretaba al piano, junto a un contrabajo y un batería que cumplieron a la perfección.

Tras el concierto, María José había reservado para cenar en Gatopeixe un local cercano a la plaza del Campo de Artillería. La cena no estuvo mal, sin ser nada especial, pero el local es muy ruidoso y estaba abarrotado de los parroquianos próximos, por lo que en cuanto terminamos de cenar salimos de allí sin alargar la sobremesa.

El sábado amaneció gris, pero sin lluvia, por lo que nos animamos para hacer una caminata. Dentro del amplio abanico que Ipi tiene anotados para ocasiones similares, optamos por ir a una que se desarrolla en el entorno del Encoro de Cecebre. Sus anotaciones (que no sé exactamente de donde procedían) indicaban que la ruta se llevaba a cabo entorno a la mitad más o menos del embalse, pero al llegar allí nos encontramos con que hay una ruta perfectamente diseñada y señalizada que discurre alrededor del citado embalse, pero más amplia que la que ella tenía guardada. Pese a que yo tenía claro que, al menos en apariencia, la señalizada allí era más interesante, al final me dejé guiar por el interés de Ipi en la suya, y allí nos dirigimos.

Y resultó ser una complicación porque esa ruta se separaba de la principal, sin estar debidamente señalizada, con lo que terminamos haciendo un recorrido de lo más complicado, por caminos muchas veces poco transitables, y guiándonos más por la orientación del embalse, aunque la mayor parte del tiempo haciendo un recorrido mucho más lento, poco accesible y que finalmente nos hizo tardar mucho más en proporción a lo largo de la senda. Hay que señalar que en buena parte del curso de la marcha los caminos eran francamente atractivos, pero en el conjunto tengo la seguridad de que hay que volver a recorrer la ruta por la senda señalizada.

Aunque más tarde de lo inicialmente previsto, llegamos cerca de las 3 de la tarde al punto inicial, que está junto al restaurante Las Tablas, que yo conocía ya de cuando algunos domingos iba a jugar al futbol a los campos de deporte de Abegondo, porque al final del partido nos juntábamos allí para tomar unas cañas y unas tapas de callos.

Como quiera que el local estaba a esa hora a tope, tuvimos que esperar un rato para poder comer, pero al final lo hicimos y, tras la comida, regresamos a casa, antes de proseguir con el plan fijado para la tarde. Y ese plan no era otro que asistir a la función del Teatro Rosalía, a la representación de una obra sobre la vida de Ramón Areces, el fundador de El Corte Inglés. La obra no valió gran cosa, mas bien diría que fue un fiasco. De hecho en su momento, cuando cogimos los abonos del teatro, esta era una de esas obras que ponen como añadidas y no la habíamos adquirido. Pero como tenían las entradas Mayi y Fernando y tenían un viaje, nos las cedieron y por esa razón fuimos a verla.

A la salida del teatro, como no habíamos reservado para la cena, encontramos todo abarrotado y tuvimos dificultades para encontrar un local donde poder tomar algo a modo de cena, lo que conseguimos finalmente en el Mesón El Real, sin grandes pretensiones.

La mañana del domingo empezó con un apretado programa, ya que a las 12,30 teníamos en Bellas Artes un concierto de guitarra acompañado de un recital de poesía. La poeta, Yolanda Castaño, a quien ya conocíamos por un recital años atrás en el Agora, desgranaba algunos versos y a continuación José Manuel Dapena, acompañado de su guitarra, interpretaba algo de Granados. Fue una magnífica actuación de ambos, que al final nos obsequiaron con otro poema de Yolanda mientras de forma simultánea el guitarrista acompañaba sus versos con el Romance español. Este cierre resultó ser lo mejor de toda la actuación, ya que si el resto fue bueno, el hecho de que en ese bis música y palabra estuviesen al unísono, le añadió un plus especial.

La segunda actividad de las programadas el domingo era una comida en Ecletic, un restaurante que a mi siempre me ha gustado y al que no habíamos ido desde que se cambió de ubicación. Ahora el local es mucho más amplio y acogedor, y el menú más variado y elaborado, si cabe, que antes. Tras la recepción, un aperitivo de pie frente a los fogones, y antes de acompañarnos a la mesa. Los menús, corto y largo, se diferenciaban únicamente en 3 bocados, porque el largo añadía caza (en esta ocasión pichón) y un postre adicional. Se compuso de un variado de verduras, productos del mar y carne.

A destacar, a mi gusto, un carpaccio de buey, los bocados de berberecho, sardina y ostra, el solomillo de vaca vieja y el pichón, amen de que el resto de bocados estaban exquisitos, al igual que los postres.

Para acompañamiento, después de barajar diferentes alternativas, un Pinot Noir, ligero pero delicioso. En definitiva, una comida digna de recordar y que repetiremos no tardando mucho, con toda seguridad. De hecho Ipi que no es demasiado partidaria de los menús degustación y que en las anteriores visitas a este restaurante no había quedado entusiasmada, en esta ocasión terminó encantada con el menú, la atención, y el conjunto de la velada.

Para terminar la jornada del domingo, teníamos previsto ver por TV los partidos del Depor y de la selección española. Al primero de ellos llegamos solo a la segunda parte, dado lo prolongado de la comida, pero tuvimos la satisfacción de ver como mi equipo ganaba a domicilio. Y en el caso de la roja, el empate ha sido un buen resultado, y el partido estuvo disputado y emocionante.

En definitiva, que el conjunto del fin de semana ha sido más que satisfactorio, y digno de recordar.

A Coruña y el mar

Decir que la ciudad de A Coruña y el mar son algo inseparable es una perogrullada, por evidente, pero es una realidad que define en buena parte a los que somos naturales de esta ciudad y también a muchos de los «allegados» que se han instalado aquí hace más o menos tiempo.

Y quienes además somos amantes del mar, lo tenemos mucho más claro y lo vivimos de forma más intensa, por lo que en muchas ocasiones nos cuesta estar alejados de aquí y cuando tras una estancia prolongada lejos de la ciudad regresamos a ella, la visión del mar nos relaja y nos hace sentir bien.

Recorrido Habitual

Yo tengo por costumbre, como ya comenté en este mismo espacio hace algún tiempo, salir a caminar al menos un par de veces por semana recorriendo el paseo marítimo, ya sea en dirección a El Portiño o con más frecuencia en dirección a la Torre de Hercules, y continuando hasta la zona del dique de abrigo y regreso por los jardines, siempre a ser posible lo más cerca del mar, es decir, por los caminos que rodean la Torre, hacia la Caracola, los Menhires, San Amaro, y vuelta al paseo.

Jueves 17 Novbre.

En ese recorrido de aproximadamente 10 kms suelo emplear algo más de hora y media, pero hoy lo alargué porque durante el recorrido hice numerosas paradas para observar y tomar muestras gráficas del estado del mar, ya que estamos con uno de esos temporales que en repetidas ocasiones nos manda la meteorología y que son un espectáculo digno de observar, de forma especial para quienes vemos el temporal desde la barrera, es decir, desde la costa. Imagino que quienes tienen que vivirlo desde dentro (navegantes, en general) lo sufren de otra forma más dura.

Y de ese recorrido quiero dejar hoy constancia gráfica. En el tramo que va desde la coraza hasta la fuente de los surfistas, se podía observar con gran detalle las olas que llegaban a las playas del Orzán y Riazor.

Continuando el recorrido hacia la Torre, me gusta desviarme del paseo para acercarme al borde del mar, pasando junto a la Casa de los Peces, y hoy el mar batía con fuerza en las rocas que bordean el Aquarium creando un espectáculo impresionante.

El entrante hasta la playa de las Lapas estaba, naturalmente, mucho más movido que de costumbre, pero no tanto como lo hemos visto en otras ocasiones. Y una vez rodeada la playa, cuando se comienza el ascenso por el sendero que, bordeando la torre, nos lleva hasta las rocas donde los percebes y los pulpos tienen «denominación de origen», las vistas que se podían observar mirando hacia el Aquarium volvían a dejar constancia de las rompientes en aquella zona.

Una vez que se supera la altura de la Torre, siguiendo siempre el sendero que serpentea las rompientes, aparece el entrante donde hace casi 30 años el Mar Egeo se alojó sin pedir permiso, produciendo uno de los mayores desastres marítimos que hasta entonces habían perjudicado a nuestras costas, tras el encallamiento del Urquiola a finales de los años 70 del siglo pasado. Desde allí comenzamos ya a ver a lo lejos la punta donde está ubicada la Caracola, y continuando al borde del mar llegamos al lado opuesto, desde donde la imagen de la Torre de Hercules se deja ver sobre las rompientes.

Dejando atrás la Caracola y antes de enfilar hacia San Amaro, pasamos junto a esos cubos que hace ya muchos años alguien decidió instalar en ese promontorio, no sé si para que fueran utilizados como observatorio de aves o como refugio temporal de caminantes a los que les sorprende la lluvia durante el recorrido. Hace unos años en uno de mis recorridos encontré allí a un gaiteiro que interpretaba el himno del antiguo reino de Galicia. Hoy, junto a los cubos y mirando al océano hay unos bancos en los que el caminante puede deleitarse con la vista de la inmensidad del mar.

El camino prosigue, siempre sobre las rocas, y comienza a verse a lo lejos el campo de los Menhires, llegando a los cuales, si volvemos la vista atrás, nos encontramos otra vez con las olas rompiendo de forma abrupta contra la costa. Y siempre continuando al frente nos tropezamos con el cementerio Arabe, en el que después de años de cierta desidia en su cuidado, en las últimas semanas han hecho una amplia limpieza de las malas hierbas que lo poblaban, y están actualmente instalando nuevas plantas que le cambian, por supuesto para bien, la imagen interna. Es algo que hay que agradecer al gobierno local. Un poco más adelante está la que algunos denominan playa de los moros (imagino que por su cercanía al cementerio árabe), y en la que en los meses de verano algunos privilegiados, entre los que me incluyo, podemos disfrutar del mar y del sol como Dios nos trajo al mundo. Es una playa pequeña, pero dotada de las características que habitualmente se exigen a aquellas adornadas con bandera azul.

Un poco más adelante, antes de llegar a la playa de San Amaro, nos topamos al borde del camino con la Sirena, desde donde se divisa ya el dique de abrigo. Por cierto que hoy había un grupo de escolares que jugaban (imagino que en su rato de descanso entre clase y clase) sobre la arena, mientras los embates del mar hacían que las olas superasen y desbordasen el pequeño muelle anexo a las instalaciones del Club del mar San Amaro.

Volviendo a la senda del paseo, comenzaron a verse hoy numerosos turistas que pronosticaban la presencia en puerto de algún crucero. Pese a estar una mañana muy gris, amenazando agua, los visitantes recorrían el tramo que discurre entre el puerto y la Torre de Hércules. Hace un par de semanas, en otro paseo similar al de esta mañana, encontré por la misma zona a multitud de turistas extranjeros, algunos de los cuales circulaban en bicicleta (todas ellas iguales, imagino que proporcionadas por el propio crucero), y otro grupo en el mismo sentido, pero con patinetes eléctricos. En ambos casos me hicieron recordar el viaje que este verano hicimos por los fiordos noruegos, entre Bergen y Kirkenes, pasando por Cabo Norte, y lo grato que es pasearse por esas ciudades en las que se cuida el turismo, se facilita la estancia de los visitantes, y con ello se consigue la proyección de la ciudad en el exterior. Mi felicitación a los responsables municipales de turismo.

A lo largo del tramo del paseo marítimo que discurre entre el cementerio y el dique de abrigo, además de los turistas se podía ver hoy a algunos pescadores que, animados por el fuerte oleaje, trataban de sacarle al mar alguna lubina despistada. Me resultó también sorprendente el ver a un velero que, desafiando el fuerte oleaje, se disponía a abandonar el puerto dirigiéndose hacia alta mar, mientras unos turistas fotografiaban la escena.

Ya llegados al dique, y pasando el Castillo de San Antón, la afluencia de turistas era más numerosa por la proximidad del barco que, sin ser el de mayor tamaño de los que nos han visitado era lo suficientemente grande para poblar la ciudad de visitantes. Imagino que esa gente que llega a la ciudad valorará de forma muy positiva el hecho de desembarcar en el centro de la urbe, sin tener que estar obligada a importantes desplazamientos para visitar lo más significativo de A Coruña.

Outono Gastronómico 2022

Al igual que en los dos últimos años, también en este 2022 quisimos apuntarnos al Outono Gastronómico, seleccionando en esta ocasión como destino la zona de A Rua y aledaños, y como alojamiento la Casa Rural Pacio do Sil, en las proximidades de A Rua. Y las fechas seleccionadas fueron las del finde del 24-25 de septiembre, condicionado principalmente por la dificultad de encontrar una casa que nos permitiera solo una noche y que además tuviese capacidad suficiente para alojar a los asistentes habituales de los años 20 y 21.

Pese a todo, la proximidad de las fechas y las numerosas ocupaciones de algunos de los que en esos otros años habían asistido, limitaron a 5 el número de parejas que nos apuntamos al plan.

El programa fue concienzudamente preparado por Ipi, teniendo como punto principal la visita al Santuario de As Ermidas, a realizar el domingo 25, pero que en la jornada previa del sábado tenía ya otros destinos que quedaban de camino.

De ese modo, el sábado 24 nos pusimos en marcha a las 9 de la mañana en 3 vehículos, ocupado uno de ellos por Armando y Pila, un segundo conducido por Jose y llevando como acompañantes a María, Rafa y Elena, y el tercero conducido por Fernando a quien acompañábamos Mayi, Ipi y yo. Con este sistema, evidentemente mientras unos conducían… otros viajaban como señorones…

Pero ya se sabe que en todo tiene que haber ricos y pobres….

El primero de los destinos fue Castro Caldelas, donde tras llegar hicimos una breve parada en un café del centro del pueblo, para degustar unos trozos de bica acompañando a los cafés de rigor. Y de inmediato nos dirigimos a la primera de las visitas, que no era otra que al Castillo que domina el pueblo, una fortaleza medieval que fue la mas importante de la Ribeira Sacra y tuvo un papel muy activo en los conflictos de la época, y en especial en la denominada Revuelta Irmandiña. En él recorrimos las diferentes estancias, en algunas de las cuales hay exposiciones temporales. Durante algo más de una hora pudimos fotografiar no solo el interior del propio castillo, sino también aprovechar su privilegiada situación para observar desde allí todo el entorno.

Tras la visita al castillo, nos dirigimos a la iglesia de Santa Isabel, en las proximidades, que tiene al lado el cementerio, y desde donde también hay unas excelentes vistas del valle situado junto a la localidad. El paseo por el pueblo fue muy relajante y agradable, pero como el programa de visitas era amplio, no tuvimos mucho tiempo para alargar la estancia, y hubimos de volver a los coches para continuar la marcha, con destino a Puebla de Trives.

Llegados a Trives y tras buscar aparcamiento, hicimos un corto recorrido por el pueblo, que realmente no tiene mucho que ver, al margen de la torre del reloj, y la plaza del Grifo, donde los peregrinos que viajaban hacia Compostela hacían un alto para refrescarse. Allí teníamos hecha la reserva para la comida. El restaurante elegido era La Viuda, recomendado por una amiga de Ipi, donde nos atendieron estupendamente y pudimos degustar algunas especialidades de la zona y de la casa. Resultó una comida agradable. Al terminar, de camino hacia los coches hicimos una parada en una confitería-café próxima, para adquirir las características Bicas de Trives.

Desde Trives nos dirigimos hasta una zona próxima, los Castiñeiros de Pumbariños, una serie de enormes castiñeiros, entre los cuales hay uno que destaca sobre los demás por su envergadura, lo que da idea de su antigüedad. Alli aprovechamos para hacer las fotos de grupo, y por parejas, para el archivo particular de cada uno y para enviar a la familia,

La siguiente parada, de camino hacia nuestro alojamiento, la hicimos en Ponte Bibei, un puente romano situado junto a la antigua calzada también romana donde además pudimos observar un par de miliarios de la época. Fue un alto en el camino para hacer algunas fotos.

Y ya desde allí, ruta directa hasta la casa rural, a donde llegamos poco después de las 7 de la tarde. Apenas tuvimos tiempo de dejar los equipajes en las habitaciones, porque nos recomendaron acercarnos al lago próximo, que viene a ser la cola del embalse, desde donde pudimos contemplar una excelente puesta de sol y tomas espléndidas fotografías del momento, a la vez que dar un pequeño paseo por el entorno del lago.

De todas formas, en poco mas de una hora regresamos a la casa Pacio do Sil con la idea de tomarnos una cerveza previa a la cena. Pudimos hacerlo, pero aprovechando las últimas existencias que tenían disponibles porque, al parecer, este era el primer fin de semana que la casa estaba abierta tras la pandemia y no se habían molestado en acopiar más que lo imprescindible para preparar la cena y el desayuno. El propietario nos argumentó que los precios que la Xunta había fijado para las actividades del Outono Gastronómico apenas cubrían sus gastos, lo que nos pareció poco adecuado, ya que entendimos que si no era atractivo para ellos, lo que deberían hacer es no adherirse al programa, pero no venía a cuento tratar de justificarse ante nosotros por sus carencias.

En cualquier caso, pasamos a la cena, que no fue gran cosa. Ninguno de los dos menús ofertados estuvo a la altura de las expectativas (que ya no eran muchas). Cabe señalar la buena voluntad y el interés de la hija de los propietarios por atendernos bien, pero desde luego sin ninguna duda este ha sido el peor de los tres Outonos que hemos disfrutado, y desde luego si para el próximo año el programa continua y decidimos acudir, deberemos estudiar y valorar con más cuidado la casa rural en la que alojarnos. El desayuno de la mañana siguiente no mejoró la cena.

Ya abandonada la casa el domingo 25, habíamos concertado con un guía -José- la visita al santuario de As Ermidas, para lo cual acordamos encontrarnos con él en la carretera de acceso al santuario. Es una empinada y estrecha carretera que va recorriendo las estaciones del vía crucis hasta llegar a la base de la iglesia. Nuestro guía nos explicó con todo lujo de detalles todo lo relativo a la construcción y orígenes del santuario, inicialmente desde el exterior y más tarde desde el propio interior del mismo, accediendo a todas las dependencias. La visita duró un par de horas que a alguno se le hicieron largas aunque a la mayoría les resultó de gran interés.

Si bien cuando iniciamos la visita prácticamente éramos los únicos visitantes, a lo largo de la mañana la afluencia de fieles o turistas fue en aumento y cuando terminamos había ya bastante gente. Nos explicó José que el próximo fin de semana aquello estará abarrotado ya que coincide con la celebración anual del santuario.

Saliendo ya de As Ermidas hicimos una parada en los aledaños, para ver un molino de agua próximo, y ya desde allí tomamos rumbo directo hacia nuestro último destino del fin de semana, que era el Pazo do Castro, en Barco de Valdeorras, lugar elegido para la comida final de nuestro periplo por las tierras de Valdeorras.

Como quiera que llegamos con algo menos de media hora de antelación al horario fijado, y habida cuenta de que estaba un día espléndido, decidimos solazarnos en la terraza exterior del Pazo mientras nos tomábamos unas cervezas como aperitivo previo.

El Pazo do Castro es una antigua propiedad rehabilitada años atrás y acondicionada como hotel, con una serie de habitaciones en la edificación principal que han sido ampliadas construyendo otras en edificaciones anexas (antiguas caballerizas). Hoy el Pazo está dedicado a la celebración de eventos y es el principal alojamiento de la zona, así como el de mayor nivel de Valdeorras. La comida resultó francamente bien, con lo cual nos dejó un excelente regusto gastronómico del Outono 2022. Y al final de la comida en el interior del restaurante, optamos por salir a tomar el café en la terraza donde ya previamente habíamos disfrutado del aperitivo.

Y ya luego dimos por terminadas las jornadas de Outono Gastronómico por este años y todos los asistentes nos despedimos para el regreso a casa, felicitándonos mutuamente por el buen fin de semana disfrutado y la exitosa organización de Ipi.

Por Tierras de Castilla

Hace muchos años que este viaje por las tierras de Castilla estaba esperando al momento adecuado para llevarlo a cabo. Y se debe a que el que fue mi suegro, Jesus Conceiro Ruiz, fallecido en julio de 2009, siempre quiso que sus restos reposaran en la tierra de donde era natural y que tanto le gustaba. Aunque nacido en Amusco, provincia de Palencia, añoraba toda Castilla, y sus amplias llanuras.

Ipi en Urueña, Octubre de 2019

Durante muchos años sus cenizas estuvieron esperando el momento adecuado ya que en vida de Pilar, la que fue su esposa, se mantuvieron inicialmente depositadas en el camposanto de Riveira. Pero Ipi, que se convirtió en la depositaria de su legado mental asumió que, tras la muerte de su madre, había que cumplir con los deseos de Jesus y llevar sus restos a las tierras castellanas. Y para ello Ipi eligió como destino Urueña, la llamada ciudad del libro, que su padre, buen amante de la lectura, había conocido en sus recorridos por aquellas tierras. La elección de ese destino la tomó Ipi en un viaje que nosotros realizamos allí en octubre de 2019, regresando de Almería. De modo que tras aquel paso nuestro por esa localidad, comunicó a sus hermanas y sobrinos que Urueña sería el lugar donde reposarían las cenizas de Jesus. A partir de ahí se encargó de preparar el viaje, fijar las fechas y hacer las reservas de alojamiento. Pero poco despùés llegó la pandemia, las restricciones de viajar, y las sucesivas olas de Covid que durante más de dos años impidieron la realización del proyecto hasta ahora.

Llegado el momento, el sábado 17 de septiembre tomamos rumbo a Castilla, teniendo como destino inicial la localidad de Villagarcía de Campos, para visitar la Colegiata, a la que allí conocen como El Escorial de Campos por algunas similitudes con la obra encargada por Felipe II. Esta visita formaba parte de un amplio programa que Ipi preparó y que sobre la marcha hubo de modificar debido a las dificultades para conseguir el acceso a buena parte de las inicialmente previstas. En la Colegiata tuvimos una guía que demostró ser buena conocedora de toda la historia del lugar, y de las peripecias de la vida de Jeromín, hijo ilegítimo de Carlos V y por tanto hermano natural de Felipe II, a quien más tarde llamaron Juan de Austria. Este, (Jeromín) se había criado en aquel lugar bajo la protección de Magdalena de Ulloa y el prior del monasterio, Luis Quijada. La Colegiata tiene en efecto mucho que ver, y tuvimos ocasión de verificarlo en una prolongada visita durante esa mañana del sábado.

Por eso este año, una vez superados los inconvenientes, se reprogramó todo para llevar a cabo su idea en el fin de semana del 17 y 18 de septiembre. Por diversas circunstancias el número de asistentes al acto quedó reducido a dos de las hijas (Amalia e Ipi) junto a sus respectivas familias directas, es decir un total de 7 personas.

De paseo por Urueña

De Villagarcía de Campos marchamos a Urueña, donde teníamos encargada la comida en el Mesón que lleva el nombre de la localidad, en el que nos atendieron bien y comimos de forma aceptable, después de haber tomado un aperitivo con unos torreznos en la terraza de un bar local. Terminada la comida, una pequeña siesta en los bancos de la plaza, al aire libre, para retomar fuerzas de cara a las actividades previstas para la tarde.

Y la primera de esas actividades consistió en la visita al Museo de la Música, en el que pudimos ver más de 600 instrumentos musicales de muy diversas épocas y de todas partes del mundo, guiados por una locución que nos iba desgranando las particularidades de los instrumentos, situados en vitrinas, con el sonido de algunos de los previamente seleccionados. La visita resultó interesante, y al parecer los instrumentos allí expuestos son aproximadamente un 50 % de todos los que tiene el museo en sus fondos.

Completada la visita al museo, nos dirigimos a las almenas de la muralla de Urueña, desde donde las vistas de las llanuras castellanas son realmente impresionantes. Allí, tras un paseo relajado por la muralla, procedimos a leer algunos versos de autores castellanos y también un pequeño relato escrito por el propio Jesus. Fue el paso previo a depositar las cenizas en las tierras de Castilla como Jesús manifestó en vida y cuyo deseo sus hijas se encargaron de cumplir.

Abandonando Urueña, nos cruzamos en sus proximidades con la iglesia de la Anunciada, una preciosa joya románica que no pudimos ver por dentro, pero donde pudimos hacer unas fotos. Previamente al viaje Ipi había tratado de conseguir una visita al interior, pero resultó imposible porque se iba a celebrar una boda y no permitían el acceso. En el viaje anterior citado, del año 2019, Ipi y yo ya tuvimos la oportunidad de verla y admirar una serie de tallas que contiene.

Desde allí ya viajamos directamente a Valladolid, ya que habíamos reservado en un hotel que resultó estar en las afueras, en un polígono industrial. Tras una breve parada para dejar los equipajes, continuamos hacia el centro de la ciudad, en la que encontramos muchísima animación. Estaba muy buena temperatura y las terrazas estaban llenas de gente. Nos dio tiempo de dar un pequeño paseo por la zona antes de acceder al restaurante Parrillada de San Lorenzo, ubicada en los bajos de un convento que, en sus pisos superiores continua ocupada por las monjas. Allí pudimos degustar unas morcillas y un sabroso lechazo que nada tuvo que envidiar al que en un viaje anterior nos sirvieron en el Figón de Recoletos, que pasa por ser el de más fama de la plaza. Además, el marco es incomparable y la atención que nos dispensaron fue también excelente. Al final de la cena, como los jóvenes querían irse al hotel a descansar, decidimos quedarnos los cuatro mayores para dar un paseo por el centro de Valladolid y así bajar la cena para dormir mejor.

En la mañana del domingo, después de desayunar en el hotel, nos dividimos por una parte Ipi y yo con Chema y Hugo para visitar a la familia en Laguna de Duero, mientras Fernando, Mayi y Héctor se quedaron paseando por Valladolid. Y tal como habíamos acordado, nos reunimos de nuevo en Wamba, para una visita a la iglesia de Santa Maria, donde además del templo, francamente hermoso, hay un osario enorme que causa verdadera impresión. Se trató de una visita guiada, con lo cual conocimos con gran lujo de detalles las particularidades de la iglesia y del osario ubicado en un lateral de la misma, a resultas de un monasterio que allí estuvo ubicado en otros tiempos.

Antes de abandonar el pueblo nos tomamos un aperitivo en el bar, al que estábamos invitados por Marta, la mujer de Paco, un primo del padre de Hugo y Chema, que resultó ser la secretaria de ese mismo ayuntamiento, aunque ella no nos acompañó en esa ocasión.

Y ya terminado el aperitivo, de nuevo a los coches para dirigirnos a Villanubla, el pueblo donde está situado el aeropuerto vallisoletano, para comer en un restaurante próximo, desde donde tras la comida acompañamos a Chema al citado aeropuerto, puesto que él había llegado a Valladolid por vía aérea desde Barcelona, y tenía su vuelo de regreso a media tarde. Nosotros terminamos en ese momento nuestra estancia en tierras castellanas para regresar a A Coruña, a donde arribamos cerca de las 9 de la tarde.

Resultó un excelente fin de semana, tanto por el tiempo como por el contenido, y especialmente porque se consiguió el objetivo inicial del programa, que no era otro que dejar en los paramos de Castilla los restos de Jesus Conceiro, el padre de Julieta, Amalia e Ipi.

Diario de navegación 2 – Islas Lofoten a Kirkenes

A medida que hemos ido subiendo hacia el norte, las noches se han acortado de forma considerable, de tal forma que el 5º día amaneció a las 4 de la mañana, pero cuando el día anterior me fui a la cama, a las 1,36 h. Había mucha claridad. Durante la noche, el barco hizo varias paradas, todas ellas de mínima duración. Así paró en Stokmarknes, luego en Sortland, mas tarde en Risoyhamn y ya de mañana, mientras nos preparábamos para ir a desayunar, en Harstad, por cierto una bonita ciudad vista desde la ventana del camarote.

Desayunamos estupendamente, como siempre, y allí nos encontramos con nuestros vecinos de mesa de la cena. Y como no había previsión de salida hasta mediodía, nos dedicamos a una mañana de relax total en la cubierta 5, en la popa del barco, disfrutando del sol con el que nos regaló la costa noruega.

La verdad es que teníamos necesidad de un día de sol, después de tanta lluvia, tanto día nublado e incluso frío en algunos momentos, puesto que con el barco en movimiento, si te dedicas a hacer fotos en el exterior, se nota el fresco. Pero la mañana fue espléndida, con unos paisajes a los lados dignos de ser fotografiados, lo que hicimos de forma generosa.

Durante el trayecto hubo una parada de media hora en Finnsness, una ciudad pequeña pero que parecía bonita, de la que pudimos hacer varias fotos desde la cubierta. Como la parada era algo más prolongada de lo habitual en estas que son cortas, hubo algún viajero que se bajó del barco a estirar las piernas junto al Nordkapp en el mismo muelle.

Tras esa mañana tranquila en la cubierta del barco, la hora de la comida la adelantamos un poco sobre nuestros gustos habituales, puesto que la salida para visitar Tromso estaba programada para poco después de las 2 de la tarde. Tuvimos todavía tiempo de un pequeño descanso en la cabina antes de la salida, y además esta finalmente se retrasó ya que, por alguna razón que no nos explicaron, el barco no atracó en su zona habitual, que está en el mismo centro de Tromso, sino en un muelle bastante mas alejado, con lo que aparte de salir mas tarde de lo previsto, la lejanía al centro complicaba el tiempo disponible.

Como quiera que hubo protestas por parte de quienes abandonaban ya el barco con sus equipajes, al final la compañía puso unos buses a disposición de todos los que salimos, que nos llevaron hasta la estación de autobuses en el centro. Lo malo era que el regreso cada uno se lo buscaba por su cuenta si quería aprovechar al máximo el tiempo, o bien regresaba al barco en el último bus programado a tal fin, que era a las 6 de la tarde.

Como resultado de todo ello, la visita al final solo nos permitió ir a un pequeño recorrido por el centro, mientras buscábamos el bus que nos llevase a la catedral Ártica, que es un moderno edificio situado al otro lado del mar. Y ya decididos a ir allí, nos animamos a cumplir los deseos de Ipi y del otro compañero de mesa, que habían manifestado interés en subir en el teleférico que nos llevó a lo alto, frente a la ciudad, y desde el cual había unas impresionantes vistas no solo de la ciudad sino tambien de todos sus alrededores. Por cierto, desde allí pudimos ver que también Tromso cuenta con un impresionante trampolín de saltos de esquí.

El regreso al barco lo hicimos en bus, el número 42, y de camino a la parada nos fuimos topando con otros viajeros que habían tomado idéntica decisión a la nuestra, con lo que llegamos en grupo al barco. La mala noticia del día es que Ipi se dejó olvidado en el bus el anorak color naranja, de Uniclo, que yo le traje de N. York hace ya varios años y que apenas había usado en A Coruña.

A las 7 de la tarde el Nordkapp se puso de nuevo en marcha hacia la siguiente parada prevista, que era la de Skejervoy, la última de esa jornada de navegación.

Poco después de reiniciar la marcha el barco, nos fuimos a cenar. Pero ese día no funcionó la cosa como habitualmente, porque con los cambios en la hora de las salidas, se retrasaron las horas de las cenas y en lugar de ir a la mesa preestablecida nos mandaron a otra, solos, sin nuestros compañeros habituales. Nos sorprendió la variación del menú, porque apareció una bandeja llena de marisco (cigalas, buey y cangrejo, del que es habitual por estas aguas). Lo cogimos para probar, pero a Ipi no le gustó nada y a mi no me entusiasmó. Parecía como que era marisco sobrante de alguna comida y ahora descongelado. En cuanto al cangrejo, no me supo a nada. Quizás lo mejor era el buey. El resto de la cena tampoco tuvo nada especial, ya que como plato fuerte había bacalao y ya lo comimos a mediodía, por lo que apañamos la cena con algo de jamón, salmón y bacalao marinado, y un poco de ceviche, que eso sí era novedad.

Para después de la cena estaba programada una sesión musical, con cantos regionales, así que del comedor fuimos directamente al salón de proa de la planta 7 para coger sitio. Al poco rato llego quien parecía que iba a ser el presentador, y resultó ser uno de los encargados de atención a los pasajeros que en lugar de venir a presentar a unos artistas vino a explicar que la actuación musical iba a ser una Playlist, con canciones de tres grupos que tuvieron su origen en Tromso, (de ahí lo de músicas regionales). Pero además, para colmo, de la prevista lista solo se pusieron un par de temas y luego se suspendió, sin muchas explicaciones. En definitiva, un desastre, que añadido a los problemas con el desembarco y consiguientes retrasos, hicieron que lo que después de la estupenda mañana parecía un día fantástico, se truncara.

Pero como bien está lo que bien acaba, lo bueno vino al final de la jornada, porque siguió haciendo sol y como nos estábamos ya aproximando a Cabo Norte, en esa jornada sí que se pudo disfrutar del sol de medianoche. Estuvimos Ipi y yo hasta después de la una de la madrugada, haciendo fotos y vídeos, y conectando con nuestros hijos, hermanos y amigos, para hacerlos partícipes en directo del evento, que no sabíamos si podría repetirse en Cabo Norte, porque todo depende de si hace sol o hay nubes de incluso si llueve. En la secuencia de fotos anterior, se puede ver la posición del sol en el horizonte entre las 23,20 horas del día 29 y las 01.00 h. del día 30, pasando por las 0,02 h. del mismo día 30, sin que el sol llegase a ocultarse. Es lo que conocemos por Sol de Medianoche, que únicamente puede observarse en determinadas épocas del año, y siempre por encima del Circulo Polar Artico. Tuvimos la suerte de que precisamente ese día el cielo estuviese despejado y así poder observar el fenómeno.

Con todo ello, nos fuimos a la cama pasadas la una y media, dejando ya las cubiertas libres de pasajeros.

El sábado día 30 amaneció bien, con un día claro aunque no tanto como el día anterior. Sin embargo, las expectativas seguían siendo buenas de carga a la jornada que nos esperaba. Durante la noche el barco había hecho paradas en Oksfjiord, en Hammefest, y en Havoysund antes de la parada que nos interesaba, que era la de Honningsvag, prevista para cerca de las 11 de la mañana.

Después del desayuno me dediqué a pasear por las cubiertas del barco fotografiando todo lo que merecía interés. Aunque no había prácticamente viviendas, solo alguna que otra dispersa, el paisaje era llamativo por las montañas y acantilados que se iban viendo a uno y otro lado del barco e incluso desde la proa las vistas eran espectaculares.

Al llegar a Honningsvag prácticamente todos los viajeros salieron para asistir a una de las dos excursiones previstas, que eran la que nosotros cogimos, dirigiéndose a Nordkapp, y otra que se dirigía a avistar pájaros. Coincidimos en el puerto con dos grandes cruceros.

El recorrido hasta Nordkapp se hizo en bus, en algo menos de 45 minutos, y llegados arriba nos dejaron libertad para durante casi hora y media dedicarnos a fotografiar todo aquello y disfrutar de las preciosas vistas, sabiendo además que estábamos en lo que teóricamente es el punto más septentrional de Europa.

La verdad es que, junto con el deseo de observar el sol de medianoche, llegar a Nordkapp era una de mis metas pendientes desde el anterior viaje. Y además de poder llegar, lo importante era conseguir hacerlo en un día claro, para poder inmortalizarlo adecuadamente. Había mucha gente allí, la mayor parte como nosotros, llegados en bus desde los cruceros atracados en el puerto, pero me llamó especialmente la atención el ver multitud de autocaravanas de gente que también se acercaba hasta aquel punto y que incluso acampaban en la zona.

Está claro que es y ha sido siempre un punto de atracción de turistas de todas partes del mundo. Y que en esta época del año, aprovechan el mejor tiempo para acercarse hasta allí.

Terminado el tiempo que nos dieron de libertad allí, volvimos al bus y regresamos a puerto. La comida se había sustituido en este día por un brunch, ya que el tiempo habitual del desayuno se había ampliado hasta la hora de salida de las excursiones. Por esa razón, una vez de vuelta en el barco, decidimos ir hasta la cafetería a tomar algo. Ipi y yo nos pedimos una pizza y un trozo de pastel, similar al que habíamos estado buscando en Bergen.

Ya por la tarde, se hicieron paradas cortas en Kjiollerfjiord y Mehamn, y el  tiempo se fue oscureciendo y llenando de niebla, con lo cual la visibilidad fue decreciendo y tenía poco aliciente seguir haciendo fotos, de forma que nos dedicamos a leer en los sillones situados en los laterales. Hubo un rato que nos cruzamos con una embarcación que dijeron que pertenecía a algún miembro de la casa real noruega, por el pabellón que exhibía. Más tarde avisaron de que como entrábamos en un tramo de recorrido en mar abierto, era posible que se avistaran ballenas. Aunque fuimos atentos durante bastante rato, la verdad es que no se vió ninguna ballena. Sin embargo, si que tuvimos la ocasión de ver a otro barco de la empresa Hurtigruten con el que nos cruzamos. Era el Nordlys.

Y así poco a poco llegó la hora de la cena, que sería nuestra última cena en el barco, ya que nos habían pasado instrucciones de la hora prevista de desembarco en Kirkenes, sobre las 9 de la mañana siguiente, aunque pedían que se dejasen libres los camarotes a las 8 de la mañana. También pidieron que dejásemos las maletas listas antes de las 0 horas, para que el personal del barco se ocupase de bajarlas por la mañana. En este día hubo una última parada corta en Berlevag.

Por tanto, hechos los deberes nos fuimos a dormir algo antes que otros días, ya sin maletas y pensando que a la mañana siguiente habría que madrugar algo más.

Hemos de reconocer, y así lo comentamos Ipi y yo y también con la gente con la que teníamos más contacto en el barco, que después de un comienzo francamente lluvioso, esto últimos días nos dejaron un buen sabor de boca y además han sido los días en que pudimos disfrutar de varias de las cosas que, al menos para mí, eran objetivos principales en este  viaje.

El domingo día 31 amaneció un día horrible, continuación de una noche similar, en la que el cielo estaba totalmente encapotado y la visibilidad era muy escasa. Además, tal vez por habernos acostado antes o por ser la última noche, dormimos peor. Yo me desperté varias veces durante la noche e Ipi también. Ella se quejaba de que el barco se había movido mucho, aunque yo no tuve esa impresión.

El desayuno lo hicimos poco antes de las 8, y sí es cierto que a esa hora había algo mas de movimiento. De hecho Ipi tuvo una sensación de comienzo de mareo y para evitar tomarse una pastilla, que dice que la adormilan un poco, se sentó en la mesa del restaurante y me pidió que yo le acercase el desayuno para evitar moverse. Fue ya nuestra ultima asistencia al restaurante, porque a las 9 estábamos reunidos junto a la puerta de desembarco. Antes de eso el barco había hecho una última corta parada en Vardok. Y llegados a puerto, un último vistazo al Nordkapp, que nos alojó durante una semana, y en el que pasamos momentos inolvidables.

Ya en tierra habilitaron unos buses para trasladar al pasaje a los hoteles (para quienes como nosotros nos quedábamos en Kirkenes) o al aeropuerto, para la mayoría, que desde el barco se iban directamente a volar de regreso a casa o a continuar vacaciones en otros puntos, como era el caso de alguno de los españoles que conocimos en la travesía.

Una vez que el bus nos dejó en la puerta del Scandic Hotel, donde yo había reservado para una noche, y como todavía no estaba disponible la habitación, nos quedamos en el hall del hotel esperando para hacer el check-in. Estuvimos esperando algo más de una hora, porque tampoco había muchas cosas que hacer en Kirkenes, que es una ciudad con muy poca actividad y menos en domingo.

Después de analizar lo que se podía hacer y tras descartar la primera opción, que era una visita a lo que fueron refugios durante la guerra (nos dijeron que esta temporalmente cerrado), en el hotel nos sugirieron la visita a un museo, así que nos fuimos allí para matar el tiempo, a la vez que tratábamos de conseguir una reserva para la tarde en el Snowhotel, situado a 10 kms del centro. El museo resultó ser muy poco atractivo. Tal vez para los habitantes de Kirkenes tenga algo de interés ya que trata sobre cuestiones de la última guerra, de las relaciones entre los noruegos, finlandeses y rusos (en un radio de 15 kms están las fronteras y pueblos limítrofes de esos dos países), y de algunos aspectos sobre la vida de la ciudad, pero que para turistas foráneos como nosotros no resulta atractivo. En la cafetería del museo nos tomamos un café con una tarta de esas que Ipi quería probar, para engañar al estómago, pensando ya en dejar sitio para la cena que, finalmente conseguimos reservar en el hotel de hielo.

Después de descansar un rato en la habitación, sobre las 5 de la tarde nos desplazamos en taxi al Snowhotel. Hay que señalar que si bien a la mañana nos estábamos arrepintiendo de haber quedado en Kirkenes todo un día, la visita al hotel de hielo dejó mas que justificada la estancia en esta ciudad.

El hotel forma parte de un complejo que tiene unos 150 perros de raza Husky para tirar de trineos, un cercado con 3 renos, y 20 cabañas de hotel, además de otras 12 habitaciones en el hotel de hielo. La visita que hicimos se componía de las explicaciones de todo el complejo, el recorrido por todas las instalaciones y una excelente cena final en el restaurante del complejo.

Tuvimos ocasión de recorrer con calma el interior del hotel de hielo, donde pudimos contemplar cantidad de figuras espléndidamente diseñadas, además de todo lo representativo de una instalación hotelera, como la recepción, el bar, un salón con chimenea, e incluso el trineo de papá Noel, con sus renos.

Una auténtica maravilla, que mantienen todo el año, ya que al parecer hasta hace tres años se destruía al llegar la primavera y volvía a construirse en octubre. Ahora han logrado la forma de mantenerlo activo todo el año, con una temperatura interior de -4 grados. Se puede dormir en el interior, utilizando unos sacos de dormir de los que están diseñados para resistir temperaturas de menos 30 grados.

La cena fue excelente. Nos pusieron como entrante una ensalada de cangrejo real (el marisco del que presumen por toda Noruega), luego un entrecot de reno que estaba delicioso, y como final una tarta con frutos del bosque, también muy buena.

Fue el broche de oro para una jornada que en principio estimábamos casi perdida, pero que al final vino a dejar el mejor sabor de boca para todo el viaje, ya que justamente los últimos tres días del mismo han sido los mejores y mas impresionantes.

Diario de navegación 1 – Bergen a Islas Lofoten

El lunes 25 de julio, tras los trámites de facturación en la terminal Hurtigruten de Bergen, y después de las explicaciones iniciales sobre lo que sería el viaje, nos incorporamos al barco, que en nuestro caso fue el Nordkapp, en la cabina 364, que sin ser una suite, resultó cubrir holgadamente las necesidades para estar cómodos durante la travesía. Después de instalar nuestras cosas, salimos a realizar un primer contacto con el navío, de cara a conocer las ubicaciones de restaurante, cafetería, salas de estar durante el trayecto, etc. Y en torno a las 9 de la tarde, zarpamos de Bergen para comenzar nuestra navegación.

Lo primero que se hizo a bordo, fue una pequeña ceremonia de bienvenida en la cubierta exterior de la planta 7, donde nos ofrecieron unas copas de champán. Aunque la tarde-noche estaba lluviosa, no quisimos perder la celebración, antes de ir al comedor para la cena. Por cierto, para las cenas nos asignaron a todos los pasajeros una mesa determinada, mientras que en los desayunos y comidas te colocabas donde estuviese libre, o al menos eso fue lo indicado. Pero luego hemos visto que a la entrada al comedor en desayunos y cenas había casi siempre alguien de la tripulación que te ubicaba en función de la disponibilidad. Hay que señalar que si bien los horarios de desayuno (7 a 10 de la mañana) y comida (12 a 2) eran abiertos, para las cenas además de asignar mesa, nos asignaron también turnos (18, 19 y 20 horas) y en nuestro caso estuvimos en la mesa 18 (para 6 personas) y en el turno de las 20 horas. Pero esa primera cena era del libre ubicación, así que sobre las 8 nos buscamos la vida y nos fuimos a cenar.

Después de la cena, continuamos con nuestro paseo por las dependencias del barco, para completar el conocimiento de cada zona y al final a dormir, ya con el barco en marcha. A Ipi cada movimiento un poco extraño casi le producía temor, y tardó en dormirse. Así terminó nuestro día final en Bergen y de entrada al barco.

La primera noche en el barco fue de adaptación, tanto a la luz exterior (solo hay una cortina para cerrar la ventana), como al ruido de los motores y al movimiento. Yo no dormí demasiado e Ipi se despertó varias veces, un tanto intranquila con el movimiento. De todas formas, la noche se pasó bien y nos levantamos preparados para afrontar la jornada.

Durante el recorrido nocturno, el barco hace pequeñas paradas en Floro, Maloy, y ya de mañana en Torvik a primera hora.

Acudimos a desayunar sobre las 8,30 y nos dimos cuenta que para días sucesivos era preferible ir mas temprano, por la gran afluencia que había esa mañana. Tras el desayuno, fuimos viendo, en cubiertas exteriores o interiores, el recorrido que nos llevó primero hasta Alesund, una ciudad pequeña donde solo hace una corta parada, y continua luego hasta el final del fiordo de Geiranger, donde tampoco para apenas, si bien lo hace para que descienda el pasaje local y para quienes, como nosotros, se apuntaron a la excursión, puesto que para ese día teníamos reservada la primera salida que consistía en bajar del barco allí.

Una vez en el bus, hicimos un recorrido por el interior de la costa hasta Molde, visitando varios miradores sobre el fiordo, además de las cascadas de la carretera de los Trolls, lo que implicó además un par de transbordos mediante ferrys y con algunas paradas para visitas. Lo malo fue que a causa del mal tiempo (llovía a cántaros en algunos momentos), la visibilidad era muy mala y reducida y apenas si pudimos disfrutar de los hermosos paisajes que se podrían ver bajo otras circunstancias.

El recorrido llevaba aparejado una especie de merienda a media tarde así como una cena en Molde, justo antes de volver a embarcar en esa localidad. El guía se ganó su sueldo y fue muy comunicativo y ameno en sus explicaciones, que como eran en inglés nos dejaron semi-informados.

Ya de vuelta en el barco, estuvimos un rato en el salón de la cubierta 7, que por cierto está siempre abarrotado porque tiene unos comodísimos sillones en los que la gente se instala y no los suelta más que para ir a comer o a dormir. Pero si bien eso ocurre con los de primera fila, hay muchos sillones y butacas desde los que también hay buena visión exterior. Y eso además de otras muchas zonas interiores, tanto en la cubierta 7 como en la 4, donde está el comedor, el bar, la zona de tiendas y conferencias, etc. Pero aparte de eso, tanto en la parte trasera de la cubierta 7, como en la 6 hay cantidad de sillas y sillones para observar todo el paisaje de la navegación, que se realiza entre fiordos, muy cerca de la costa en casi todos los casos, por lo que resulta muy agradable la estancia, que te permite leer, hacer fotos, o simplemente relajarte viendo el paisaje. En la cubierta 5 hay una zona exterior que rodea todo el barco por fuera de los camarotes desde la que se puede fotografiar con comodidad, tanto por babor como por estribor, proa o popa, con total libertad.

Y de regreso al camarote, antes de ponernos a dormir, una peli de Netflix en la tablet, con lo que completamos nuestra primera jornada de navegación.

Durante la segunda noche de navegación, el barco para brevemente en Kristiansund, y ya habituados a los ruidos, a la luz y demás movimientos del barco, hemos podido dormir más y mejor.

Acudimos a desayunar más temprano, en parte para evitar esperas y en parte también porque en esta fecha había prevista una parada de 3 horas en Trondheim, una bonita ciudad que valía la pena visitar. Hurtigruten organiza en casi todas las paradas largas, diferentes tipos de excursiones para dar alternativas de todos los tipos a los viajeros. En esta ocasión, para la ciudad había una visita a pié, guiada, otra en bici, y otra que se suspendió, para ver la catedral con detalle. Nosotros, con la información previamente recopilada por Ipi desde Coruña, fuimos a hacer la visita por nuestra cuenta. Y nos resultó muy bien, muy tranquila y sobre todo con la libertad de ir a donde nos parecía mas interesante.

Visitamos la catedral, sin entrar en ella, recorrimos las principales calles y barrios de más interés, nos hicimos fotos en todos los lugares que nos apeteció y regresamos al barco al tiempo que las otras excursiones, justo para la hora de la comida. Una de las particularidades que encontré en Trondheim fue un enorme cementerio abierto, en el entorno de la catedral, con lápidas conmemorativas de los allí enterrados, supongo que en su mayoría cenizas, por lo que ocupaban. Aunque en principio me pareció que los enterramientos eran todos ellos antiguos, del siglo pasado, al final Ipi descubrió que había algunos modernos, de menos de una década, por lo que nos resultó algo extraño. Junto a la catedral estaban montando un escenario y estaba acordonada toda una gran zona porque en un par de días comienza un festival musical llamado Olavfest, con la actuación de numerosos grupos musicales.

Al regreso de la visita a la ciudad, fuimos directamente al comedor. La comida es francamente buena. El restaurante se llama Torget, y tiene el sobrenombre de “cocina noruega de la costa”. Cada día en el menú, tanto de la comida como en las cenas, hay platos específicos de la zona por la que el barco va navegando, y lo cierto es que todo nos está gustando, además de que se ve que es cocina cuidada. También todo el personal del barco y del restaurante en particular es sumamente amable. Como Ipi no toma vino, y además los precios del vino son exageradamente altos (una botella de cualquier vino, de lo mas sencillo, está entre 65 y 120 euros), yo me tomo en cada comida y cena una cerveza, que también se paga a precios que nosotros en España consideraríamos abusivos (entre 12 y 16 euros una cerveza normalita).

La tarde la pasamos en diferentes cubiertas del barco, haciendo fotos, leyendo, o simplemente viendo el paisaje. En algún momento salimos a la cubierta exterior para tomar mejores fotos, aunque desde la buena posición que conseguimos en la proa de la cubierta 7 también podíamos tomar imágenes de calidad.

Durante la tarde no hubo paradas y por vez primera acudimos a la cena, en la mesa que tenemos asignada. Allí coincidimos con otra pareja española, de Madrid en este caso, que habían programado el viaje hace un par de años y tuvieron que anular y por fin en esta ocasión pueden llevarlo a cabo. La cena se sirve a la carta (a elegir los platos entre un menú previamente establecido), y estuvo bien. Lo negativo en este caso fue que Ipi se mareó un poco cuando nos levantamos de nuestros asientos en la cubierta para ir al comedor. Aunque se tomó inmediatamente la pastilla, tardó en hacerle efecto y estuvo menos comunicativa de lo normal durante la cena. Supimos que nuestros compañeros de mesa se llaman Nieves y Luis Pedro y son agradables. Ellos tienen previstas varias excursiones diferentes a las nuestras, porque ya ayer dejamos reservada la segunda, y en principio última que pensamos hacer, que será la de Cabo Norte.

Después de la cena, como Ipi estaba todavía renqueante de su mareo, nos fuimos directamente a la cabina y ella se puso a dormir enseguida, mientras yo aprovechaba para escribir sobre los primeros días del viaje. En la última parte de la tarde, nos cruzamos navegando con otro de los barcos de la compañía, el Trollfjiord, que viajaba de regreso hacia Bergen. Como cada día sale uno diferente en la ruta norte (Bergen-Kirkenes), lo normal es que diariamente nos crucemos con el que viene de regreso haciendo la ruta sur (Kirkenes-Bergen).

El barco hizo una parada más en ese día, pero solo para dejar y coger carga o pasaje, de corta duración, en Rorvik. Hay que señalar que como durante la noche, o más bien en la madrugada del siguiente día, el barco cruzaría la línea que marca la entrada en el Circulo Polar Artico, se convocó un concurso para que cada uno de los pasajeros estimase la hora exacta en que se atravesaría esa línea.

La navegación nocturna de ese tercer día consistió en varias cortas paradas en Bronnoysund, Sandnessjoen y Nesna, de las que prácticamente no nos enteramos. Tanto esta noche como las dos anteriores en algún momento el barco se movió algo más, pero siempre de forma muy tranquila, y coincidiendo con los momentos de recorrido más alejados de la costa.

Como cada mañana, acudimos temprano al comedor, sobre las 8,15 para no tener que hacer cola de espera. Hay que señalar que tanto desayuno como comida son de tipo buffet, pero en ambos casos muy completos, con fruta variada, embutidos, ensaladas, platos de cocina como los huevos con bacon y en otras presentaciones, salchichas, un preparado de alubias (debe ser muy habitual aquí, porque ya lo encontramos en los desayunos de los hoteles), y un abanico variado de quesos, pescados secos, pasteles y bollería variada.

Como quiera que esta madrugada cruzamos el límite del Círculo Polar Artico, que coincide con el paralelo situado a 66º 33´N, se había programado algo especial en la cubierta 7 posterior, para conmemorarlo, a la vez que se proclamaba el vencedor en el acierto de la hora exacta en que el barco superaba esa barrera.

Hubo una representación de que Njord, soberano de todos los mares, festejaba el evento, a la vez que conjuntamente con el capitán del navío hacia entrega al ganador del concurso de una especie de bandera con los datos del paso.

A la vez, a quienes se sometían al “bautizo” les entregaban un chupito de licor. Yo no quise someterme al bautizo en cuestión, consistente en que el pasajero se sentaba en una silla y el capitán o Njord le bautizaban echando sobre su cabeza y por su espalda, entre la ropa, un cucharón de cubitos de hielo. Por eso me quedé sin catar el chupito. Luego tuvimos oportunidad de hacernos una foto con capitán y Njord. Y mas tarde, al pasar por la cabina, nos encontramos con que nos habían dejado sendos certificados del paso de Círculo Polar.

El barco hizo una breve parada en Ornes, de 10 minutos, y continuó ruta hacia Bodo, una de las principales ciudades del norte. Allí la parada era de algo más de 2 horas, que eran suficientes para la visita de lo principal de la ciudad. Además, tres de las excursiones organizadas por la naviera salían de esta ciudad. Nosotros nos la organizamos por nuestra cuenta, con las indicaciones previamente preparadas por Ipi, que consistían en visitar la catedral y la biblioteca. En este caso, tanto una como otra construcción son novedosas.

La catedral, porque externamente no parece que sea un templo, y la biblioteca porque es muy moderna e incluso ha ganado algún premio en cuanto a diseño y ha sido valorada entre las 10 mejores del mundo hace unos años. La visita en ambos casos nos resultó muy grata, porque la catedral por dentro es muy bonita y elegante. Moderna, con un órgano que suena de maravilla (el organista nos obsequió con algunas actuaciones mientras estuvimos dentro), y muy cuidada. En el caso de la biblioteca, tiene algunas de las características de la de Oslo, aunque de menor tamaño, pero también muy atractiva. Completamos el recorrido de regreso al barco por el centro de Bodo, paseando tranquilamente con nuestros vecinos de mesa en la cena, con los que coincidimos antes de salir a la visita.

Debo comentar que el recuerdo que yo tenía de Bodo es muy diferente a lo que ahora hemos visto. Hace 25 años hice un corto recorrido por la población (algo más de una hora) mientras dejaba el coche aparcado en la cola para embarcar en el ferry rumbo a Lofoten. En aquel entonces la ciudad era pequeña, nada vistosa, y ahora en cambio se ve que ha tenido un crecimiento espectacular, con modernísimas construcciones e imagino que su número de habitantes en estos 25 años se ha multiplicado por cuatro o por cinco, a juzgar por lo que ahora se ve.

Dado que la salida a visitar Bodo coincidía con las horas habituales de la comida, se adelantó la apertura del comedor en media hora, y por esa razón comimos antes de salir del barco, con lo que al regreso al mismo ya nos limitamos a sestear viendo el paisaje, por cierto muy atractivo ya que aunque al principio fue travesía entre Bodo y Stamsund, este último ya en Islas Lofoten, a partir de ahí el viaje transcurrió entre los fiordos, muy cerca de la orilla, teniendo la posibilidad de captar las imágenes de cantidad de casas, faros, etc. Incluso vimos un pequeño aeropuerto en el que estaba aterrizando un avión de hélices.

En el recorrido hacia Svalvoer, nos cruzamos con un nuevo navío HUrtigruten, en este caso el Kong Harald, que viajaba hacia el sur.

Esta noche cenamos solos Ipi y yo en nuestra mesa numero 18, porque nuestros compañeros habían ido a una excursión en bus por la isla principal de las Lofoten, entre Stamsund y Svalvoer, la siguiente parada del barco. Me llamó la atención la gran cantidad de pasajeros que bajaron del barco en Svalvoer, aparentemente terminando su viaje, y en número similar se produjo la entrada de otros que van rumbo norte. Imagino que muchos de los que se quedaron en Svalvoer lo hacen en plan turista, porque viajaban con bicicletas, tal vez para durante unos días hacer recorridos por las islas.

Y después de la cena, nos fuimos a la parte trasera de la cubierta 7, donde Ipi consiguió un par de sofás en la zona abierta pero acristaladla y calefactada. Allí se celebró otra celebración por el paso del Trollfjiord, del que aseguran que es el mas bonito de todos, mientras que del de Geiranger se dice que es el más conocido mundialmente.

En cualquier caso, la fiesta consistía en la entrega a cada pasajero que lo solicitara de una pequeña taza con un licor caliente que estaba muy bueno. Además luego repartieron vasos de sopa de pescado, que estaba lleno de tropezones de bacalao o algo similar, y que estaba exquisito, y entraba de maravilla después de haber transcurrido más de tres horas desde la cena, y estando además al aire libre. En el momento del recorrido por el fiordo comentado, hubo una desbandada general hacia la proa y los costados del barco, para tomar las mejores imágenes del fiordo, francamente bonito.

Un día, por tanto, de lo más completo para nosotros y creo que para la mayoría.

De paseo por Bergen

El domingo día 24 volamos de Oslo a Bergen, para acercarnos al comienzo del viaje marítimo. Habíamos reservado un taxi la noche anterior, y puntualmente vino a recogernos al hotel, del que salimos poco después de las 8,30 de la mañana. En menos de media hora estábamos en el aeropuerto de Gardemoen, donde las gestiones de facturación fueron fáciles y rápidas, y con tranquilidad esperamos la salida del vuelo que, también puntualmente, nos dejó en Bergen. En taxi llegamos al hotel Moxy Bergen, de la misma tipología que el de Oslo, aunque más grande y mucho mas cerca del centro de la ciudad que en la capital noruega.

Como la llegada al hotel fue sobre las 12 de la mañana, no pudimos acceder a la habitación y para no esperar, dejamos las maletas en la cabina destinada al efecto después de hacer el check-in y caminando nos fuimos hacia el centro de Bergen, situado aproximadamente a 1,5 kms del hotel.

Aunque el día estaba lluvioso, no jarreaba, y pudimos hacer el recorrido andando, mientras íbamos descubriendo la ciudad, y revisando las indicaciones que Ipi había tomado para saber qué cosas debíamos mirar para aprovechar la estancia. Localizamos la oficina de turismo justo en el puerto, y ya desde allí lo primero que hicimos fue empezar a fotografiar las casas del barrio de Bryggen, lo mas llamativo de Bergen y lo que aparece en todas las postales y documentales sobre la misma. Atravesamos el mercado al aire libre, visualizando ya algún lugar para comer mas tarde, y ya en el barrio de Bryggen nos dedicamos a ver con calma el interior de aquellas casas que se visitan, básicamente comercios o callejones intermedios. Pero la lluvia se fue haciendo mas presente y a cada rato era necesario abrir el paraguas (en el hotel cogimos uno y teníamos otro pequeño, comprado en el museo FRAM de Oslo).

La ciudad estaba llena de turistas de barco (había dos grandes cruceros atracados en el puerto), y dio la casualidad que en uno de ellos era donde viajaban Fernando Torres y Nica, lo que supimos por un whatsap que habíamos intercambiado. Y viendo el panorama meteorológico, en las visitas a las tiendas de ropa empezamos a valorar la posibilidad de adquirir algo adecuado para estar bien protegidos en la travesía, especialmente yo porque Ipi ya venía super preparada desde España. Me compré una especie de gabardina para el agua, que veíamos que tenían muchas de las personas que caminaban bajo la lluvia, y que estaba muy bien de precio. Además, vi también la chaqueta tipo “Uniclo” que llevaba tiempo buscando en color marrón-verdoso, y como era buena oportunidad, la compré. Y ya por último, un polar bien preparado para llevar bajo las prendas de agua.

Y después de dar unas cuantas vueltas por la zona de Bryggen, nos fuimos a comer al mercado. En uno de los puestos nos entendimos con una española que allí trabajaba (había al menos una española o español en casi todos) y nos recomendó tomar una brocheta que contenía salmón, bacalao, ballena y gambas. Nos llamó la atención la ballena, que nos gustó a los dos. Tiene una textura más parecida a la carne, aparte del color. El salmón estaba estupendo, igual que el bacalao. Y como bebida, agua y una cerveza ligerita (en puestos al aire libre solo se permite venta de alcohol de 2,5 grados).

Después de comer, como parecía que estaba algo mas despejado, nos animamos a coger el funicular que lleva a lo alto de la ciudad, desde donde se dominan unas vistas espectaculares, aunque en esta ocasión estuvieron muy limitadas. Pudimos tomar imágenes de toda la ciudad y hacer unos vídeos, pero como hacía mucho viento y el día estaba muy desapacible, apenas duramos una hora por allí, y regresamos al puerto.

Y en vista de que volvía a llover, decidimos ir tranquilamente de regreso al hotel para terminar allí la tarde. De camino, recorrimos primero toda la calle Stargaten, la mas importante y donde está el mejor comercio. Al final de la misma hay una gran losa de piedra (llamada la piedra azul) sobre la cual en los días anteriores se habían colocado rosas en recuerdo de las víctimas de la matanza de Utoya. Antes de regresar al hotel, nos instalamos en la terraza exterior cubierta del Hotel Norge donde nos tomamos un café con unos pasteles para endulzar la lluviosa jornada. Y de allí directamente al hotel, pero en este caso en bus, porque empezaba a llover fuerte. Por cierto, que la conductora del bus nos permitió viajar sin pagar porque no le funcionaba bien el lector de tarjetas.

La tarde la terminamos en el amplio hall-salón del Moxy, que está preparada tanto para los desayunos como para tomarse unas cervezas o unas copas. Funciona como si fuese un restaurante, aunque con una muy limitada carta, a base de pizza, lasaña, ensaladas, etc. Todo ello pre-cocinado y calentado allí al momento. La sala estaba muy concurrida, imagino que por la misma razón por la que nosotros nos quedamos allí, es decir, por la lluvia. Y así terminamos nuestro primer día en Bergen.

A la mañana siguiente, después de desayunar con calma (seguía el mal tiempo), hicimos la facturación y dejamos las maletas allí consignadas hasta la hora de ir a embarcar, lo que estaba previsto para media tarde. Y directamente nos fuimos al centro de Bergen, para visitar primero la iglesia de S. Jhons, situada en lo alto, y mas tarde a hacer un recorrido por el barrio que está frente a Bryggen, del otro lado del puerto.

Lo hicimos con calma, llegando al parque situado al fondo y bordeando toda esa zona que es principalmente residencial, con casas de madera en su mayor parte, todo muy cuidado. Así alargamos el tiempo hasta la hora de comer, y tras hacer algún nuevo recorrido por las tiendas y las casas de Bryggen, volvimos al mercado para comer en las terrazas cubiertas, pertenecientes a los propios puestos de pescado. Cambiamos de proveedor y tomamos un plato con pescado seco (arenques, salmón, bacalao y ballena), además de Fletán a la plancha. Regado con la misma cerveza del día anterior, que es lo máximo de alcohol que nos podían suministrar.

Como postre, Ipi quería que probásemos un dulce tipo tarta que al parecer es muy valorado, según ella había leído en varios foros. Había anotado los tres lugares en los que al parecer tiene mas fama, así que puestos a elegir, buscamos el mas cercano, del que tenía la dirección pero no el nombre del establecimiento. Resultó que en esa dirección no había ningún café ni pastelería, pero en cambio en la calle había una. Y ni corta ni perezosa, insistió en entrar y tratar de explicar a una camarera lo que buscaba. La buena de la camarera, muy atenta, no conocía ese pastel y nos ofertó toda la gama de los suyos, pero como no era el caso, decidimos buscar en la dirección siguiente, que casualmente estaba de camino al hotel. Y resultó ser la cafetería de la biblioteca, con lo cual además de tomarnos el café y el pastel en cuestión, pudimos echar un vistazo a la biblioteca. Por supuesto nada que ver con la de Oslo, aunque no estaba mal. Desde allí ya nos fuimos al Moxy, a recoger las maletas y tras llamar a un taxi, de camino al puerto, a la terminal Hurtigruten para embarcar, sobre las 5,30 de la tarde.

Una vez hecha la facturación, nos dieron una pequeña charla sobre las características del barco y unas recomendaciones de seguridad. Al barco accedimos poco después de las 6 de la tarde, y nos instalamos en la cabina 364, una cabina triple donde la teórica tercera cama estaba convertida en un sofá. Evidentemente no era una suite, pero tenía vista al mar, y un buen acomodo para la ropa y demás enseres. El baño, lógicamente reducido, estaba muy bien diseñado y era cómodo para la ducha y para instalar en un pequeño armario toda la gama de utensilios de aseo. En fin, que me gustó el alojamiento, aunque Ipi decía que estaría mejor otro tipo suite-junior de la planta superior.