Han pasado varios años desde que Elena y Rafa (mayoritariamente Elena) propusieron viajar a Nápoles para completar nuestros diversos recorridos por Italia, pero desde entonces se fueron superponiendo otros proyectos (Sicilia, la Bretaña Francesa, Milán, etc..) y este viaje fue quedando «aparcado». Ya el año pasado iba a ser el definitivo, pero la operación de hombro de Ipi obligó a posponerlo y por esa razón este año acordamos que no habría más demoras, y así lo programamos meses atrás.
La fecha elegida coincidió con las mismas del viaje a Italia de 2025, por cuestión de vuelos y demás y aprovechando asimismo que era mi cumple. De modo que nos fuimos el 6 de mayo y como calculamos que una semana era suficiente para conocer Nápoles y la costa amalfitana, el regreso se programó para el día 13.
Elena se preocupó de seleccionar el alojamiento y el hotel elegido (Airone, un hotel «boutique» en el centro de la ciudad) resultó un éxito. Pequeño, bien atendido, y con todo cerca para movernos por la ciudad y para los desplazamientos en el entorno de Nápoles.



Aunque en principio los vuelos seleccionados salían de A Coruña por la mañana y con cambio en Barcelona a primera hora de la tarde, nos los modificaron posteriormente y al final salimos de aqui poco después de las 3 de la tarde y el siguiente desde Barcelona salió a las 19,15 llegando a Nápoles un par de horas después. En cualquier caso, con tiempo suficiente para dejar las maletas en el hotel e ir a cenar. Sí cabe destacar la puntualidad en todos los vuelos, tanto a la ida como al regreso.
Llegados a destino y ya semi-instalados en el hotel, lo primero fue ir a cenar y para ello con la recomendación del encargado de recepción del Airone, fuimos a un restaurante situado a 50 metros de allí, La Locanda del Cerriglio, que resultó una buena elección, tanto es así que días después repetimos.









Una de las primeras informaciones que nos dieron en el hotel fue que el sábado dia 8 el Papa iba a estar de visita en Pompeya (por la mañana) y Roma (por la tarde) con lo cual, y para evitar las aglomeraciones que supuestamente se iban a producir, organizamos nuestro plan de visitas evitando coincidir con ese viaje del Papa.
Por esa razón, el jueves día 7 decidimos ir a Sorrento para desde allí comenzar nuestro tour por la costa amalfitana. El viaje de ida, en el Circunvesubiano (un tren de cercanías que siempre va abarrotado), lo cogimos en Piazza Garibaldi, junto a la estación central, que por otra parte teníamos a dos estaciones de metro desde el hotel. Es un trayecto de algo más de una hora.



Ya en Sorrento nos dedicamos a estudiar las posibilidades de visita desde allí para las diferentes localidades de la costa, y nos decidimos por un viaje en un mini-bus (8 personas) que hacía un recorrido hasta Positano y Amalfi, con paradas en ambas localidades y un par de horas de estancia en cada una de ellas.
El trayecto por la costa es interesante aunque muy lento por la estrechez de la carretera, la cantidad de tráfico existente y sobre todo porque en buena parte del recorrido los coches estaban aparcados (indebidamente) en los inexistentes arcenes de la ruta, con lo que a menudo había que pararse para dejar pasar a quien circulaba en sentido contrario…



Apenas pudimos hacer fotos durante esos trayectos porque era imposible para el bus, pero no obstante en algún caso conseguimos fotografiar en dirección al mar y/o hacia la costa.



La primera parada, en Positano, nos permitió un recorrido por la localidad, bajando hasta el puerto y aprovechando para hacer un «pic-nic» en un banco, con unos bocatas que compramos por allí, ya que no daba tiempo a hacer una comida si queríamos conocer algo del pueblo. Sí que pudimos tomarnos un café y un helado en una cafetería del puerto.






Tras esa parada continuamos viaje hacia Amalfi, donde en las dos horas que tuvimos de estancia aprovechamos para visitar el Duomo, que nos causó grata impresión, ya que resulta quizás extraño encontrar en esa pequeña localidad un templo de esas características. Tiene, además una cripta que llama la atención.





Hicimos un paseo por el pueblo, lleno de turistas, y antes de volver al coche nos acercamos hasta Atrani, otra pequeña población costera situada un par de kilómetros más adelante, a la que llegamos bordeando la carretera.






De regreso a Napoles, tras los pasos por tren cercanias y metro, nos fuimos a cenar, a otro restaurante que nos recomendó el recepcionista del hotel. En este caso, Signora Bettola, también cercano a nuestro alojamiento. Fue otra cena perfecta, en un lugar que estaba lleno y también vimos con gran afluencia de clientes en días sucesivos, al pasar delante de él.









El sábado, día de la prevista visita del Papa, nos fuimos a Salerno, para lo cual tuvimos que acudir de nuevo a la estación central, donde tomamos el tren, que por cierto era muy rápido, cómodo y también hay que decirlo, económico.



Llegados a destino, justo junto a la estación estaba la oficina de información turística donde Ipi y Elena se informaron de todo lo que valía la pena ver en la ciudad.


Básicamente se trataba de callejear por el centro, visitar el Duomo, una impresionante construcción que alberga una cripta todavía más impactante, donde hicimos un amplio reportaje fotográfico,






la segunda de las iglesias recomendadas era San Giorgio, cercana a la catedral y, aunque de tamaño mucho más reducido, también muy llamativa por su ornamentación e historia,



y una tercera, por una parte más modesta pero posiblemente la mas antigua de las tres, San Pedro junto a la Corte y Capilla Palatina, edificada sobre unos antiguos restos y con una espléndida bóveda.



Iniciamos luego la subida a los Jardines de Minerva, situados en lo alto de la ciudad y desde donde se observan unas preciosas vistas de Salerno. El ascenso nos costó lo suyo, habida cuenta además de que se acercaba la hora de comer y, ya durante el recorrido habíamos visto una pizzería donde nos hubiera gustado parar, aunque no había sitio.
Los jardines resultaron menos espectaculares de lo esperado pero ya que nos habíamos pegado la subida, decidimos entrar y hacer un breve paseo por los mismos. Además de las vistas, cabe destacar la vegetación y especialmente los limoneros, cargados de fruto, y que son uno de los elementos representativos de toda la zona por la que nos movimos durante nuestro viaje.






Tras el paseo por los jardines volvimos por nuestros pasos y curiósamente al llegar a la pizzería La Smorfia, la que al subir nos había dado envidia, encontramos una mesa libre y sin pensarlo dos veces nos quedamos a comer. Las pizzas estaban deliciosas, y nos sentaron de maravilla, a la vez que nos dieron fuerzas para continuar con los paseos.



Después de comer, entre las anotaciones de lugares y cosas a ver estaba un pueblo cercano, Vietri sul Mare, al que hubimos de llegar en bus. La verdad es que era prácticamente poco más que un barrio de Salerno, ya que el bus hizo únicamente un par de paradas y llegamos en menos de 15 minutos.
Vietri sul Mare, declarado patrimonio de la humanidad por la Unesco es, o al menos lo parece, el lugar donde se fabrica buena parte de la cerámica típica. Está plagado de tiendas con todo tipo de cerámica, desde platos, jarrones, piezas de gran tamaño, figuras decorativas, etc, etc,…



Había numerosos turistas y como hacía sol y buena temperatura, decidimos quedarnos por allí a pasar la tarde, ya que además vimos que por Vietri circulaba el ferrocarril que deberíamos coger de regreso a Nápoles. Por lo cual, y después de asegurarnos la hora de regreso y conseguir los correspondientes billetes, decidimos caminar por el pueblo, bajando a la zona de playa ya que hay una considerable diferencia de nivel entre la zona alta y la playa.






Vimos que junto a la playa los cafés y restaurantes estaban cerrados y que se estaba preparando allí un concierto para esa misma tarde donde el elemento principal era la cerveza y los chiringuitos ambulantes de pizza, churrasco, etc. Y como no encontramos donde sentarnos a tomar algo de forma relajada, decidimos buscar la forma de volver arriba, pero eso solo era posible mediante un bus local que pasaba cada 2 horas. Afortunadamente estaba a punto de llegar y aunque subía abarrotado, conseguimos a duras penas meternos dentro y volver a la zona alta del pueblo, donde pronto encontramos una terraza para el deseado descanso y refrigerio correspondiente.



Ya de regreso a Nápoles fuimos a cenar a la Trattoria Caprese, también recomendada por el hotel, aunque en esta ocasión el resultado no fue similar al de las dos noches anteriores. Ni el servicio fue el mismo, ni estaba tan concurrido y tampoco la comida estuvo al mismo nivel.






A la mañana siguiente, ya domingo, empezamos nuestro paseo por la ciudad, donde había numerosas cosas para ver. Y empezamos por el Monasterio de Santa Clara, que tiene un enorme claustro por el que paseamos durante largo rato, visitando las diferentes estancias anejas, con restos arqueológicos, biblioteca, etc. Todo ello además adornado por la cerámica característica, en columnas, bancos, mosaicos, etc.









Tras la visita al monasterio, el siguiente destino estaba casi enfrente, la iglesia del Gesu Nuovo, que es otra impresionante basílica, donde estuvimos casi una hora. Estaba plagada de visitantes y entre ellos nos encontramos con Marta, la novia de mi sobrino Javi, que estaba por allí haciendo turismo de fin de semana.






Después de esas dos visitas iniciales, comenzamos el caminar por las calles realmente típicas de Napoles, como son la calle Santa Chiara , la vía Beneditto Croce, Via Tribunalle, unas estrechas callejas que al final nos llevaron a la Via Duomo, para terminar visitando la catedral de Nápoles.






Llegados a la catedral, todavía quedaban restos de la visita del Papa del día anterior. La iglesia es más moderna y menos llamativa que la vista anteriormente, pero en cualquier caso hicimos un amplio recorrido por todo el templo.



El programa de la tarde era caminar hacia el puerto, pero como al salir de la Duomo era ya una buena hora para comer, nos acomodamos en la primera pizzería que encontramos de camino. Fue la 1906 Imperatore, que resultó tener una excelente selección de pizzas, de las que pedimos y compartimos dos, además de una ensalada. La comida resultó bien y sin mucha demora continuamos camino hasta el metro Duomo, para hacer mas corta la llegada al puerto.



Ya en la zona del puerto hubimos de dar un amplio rodeo para llegar al paseo marítimo porque estaban en obras, y por esa razón bordeamos prácticamente todo el paseo, pudiendo ver algunos bañistas en las pequeñas playas de arena oscura que existen junto al paseo. La verdad es que estaba buena temperatura y era apetecible el baño, no tanto por las playas, como digo de arena nada atractiva, sino porque parecía que la temperatura del agua debía ser agradable.



Recorriendo todo el paseo llegamos a la zona donde se encuentra el Castillo del Huevo, bastante feo, por cierto, ya que es como una fortaleza con muy pocas ventanas, y que además al parecer no se visita. En el entorno del castillo están los mejores hoteles de Nápoles, y creo que también algunos de los restaurantes donde mejor pescado puede comerse.



Continuando el paseo llegamos hsta la zona donde está el puerto de atraque de los barcos que hacen los recorridos por la costa, con la idea de dejar organizados nuestros paseos marítimos. Y asi, mientras nos tomábamos unas granizadas de limón en la terraza del bar, compramos los billetes para el martes, día que definitivamente habíamos asignado para esos paseos marítimos, ya que estaba anunciado un excelente día de sol.
Solucionado el plan de los barcos, era ya buena hora para la cena y aprovechando que estaba pendiente la celebración de mi cumple, buscamos un lugar para ir en las proximidades. En principio el mejor valorado era La Lazzara, y pese a que llamé para hacer la reserva, dijeron que no era necesario, que fuésemos por allí, algo que en principio nos extrañó porque siendo sábado se presuponía que todo estaría lleno.



Y nos fuimos hasta La Lazzara, pero al llegar vimos que estaba abarrotado y con cola para esperar, y aunque se veía cierta agilidad, optamos por buscar otro sitio, que al final fue un acierto porque cenamos algo diferente, en muy buen ambiente y sin desplazarnos mucho. El lugar elegido fue Jallinus, cerca de la plaza del Municipio, por la que pasamos después de dejar a un lado el Castel Nuovo, todo ello en las proximidades del puerto.









Cenamos platos diferentes a los que habíamos estado tomando en dias previos, puesto que el restaurante podríamos decir que era más «de diseño», pero la comida estaba realmente buena. Incluso los postres fueron también diferentes. Como resultado, una cena muy agradable, como todas las anteriores.
El domingo amaneció soleado y nos dispusimos a seguir recorriendo Nápoles, en esta ocasión empezando por la zona del puerto, y de forma imprevista, descubrimos mientras nos fotografiábamos junto al Castel Nuovo a un paisano que nos empezó a dar explicaciones sobre el castillo y otras edificaciones próximas. Y resultó ser un guía turístico jubilado que se ofreció (mediante un módico coste) a pasearnos durante 4 horas por diferentes barrios de la ciudad, buena parte del tiempo en su propio coche y el resto en paseos por barrios diversos.



Estuvimos en un espléndio mirador, en la cafetería Miranapoli, donde además aseguraba que se podía tomar el mejor café de la ciudad, y sobre todo las vistas eran espectaculares.



Hicimos diferentes recorridos por los barrios altos de la ciudad, siempre con vistas hacia zonas diversas, y tuvimos también la oportunidad de conocer Vomero, el barrio diríamos «de lujo» de Nápoles, llegando a los pies del castillo de Sant Elmo, aunque sin visitarlo.






Cumplidas las 4 horas acordadas de paseo, Ottavio (era ese el nombre de nuestro guía jubilado) nos dejó en las proximidades del barrio español, un conjunto de callejas por donde en su momento se edificaron las viviendas para alojar a a los soldados españoles que defendían la ciudad.
Pero antes de la visita, optamos por sentarnos a comer, para reponer fuerzas. Encontramos allí mismo una terraza donde de forma relativamente rápida comimos, y bastante bien por cierto.






Y con el estómago regularizado nos dispusimos a recorrer las calles del barrio español, tomando precauciones especiales con las mochilas porque es una de esas zonas en las que con frecuencia (al parecer) se producen tirones y robos. Hay que señalar, no obstante, que en ningún momento nosotros, ni en esas calles ni en ninguna otra zona de la ciudad tuvimos la sensación de temor.









Desde el barrio español, y a muy poca distancia, está la galería Umberto I que tiene similitudes con las galerias de Milán, aunque en tamaño más reducido. Hasta allí nos acercamos para después localizar el famoso Café Gambrinus, donde tuvimos que espertar unos minutos para conseguir una mesa en la terraza, atestada de gente.



Aunque el día empezó con sol, a lo largo de la mañana se fue nublando e incluso en algún momento durante la visita con Ottavio cayeron algunas gotas, y también a la tarde, mientras estábamos en Gambrinus amenazaba lluvia, pero nos fuimos librando de ella.



Desde allí nos fuimos a coger el metro que nos llevaría a la zona más característica de Nápoles, por donde ya habíamos caminado el día anterior. Para ello fuimos hasta la estación de Metro Toledo, cercana al Gambrinus y a las galerías, con ganas de descubrir si es verdad que esa estación es espectacular y, la verdad, es que se sale un poco de lo habitual pero al menos en mi opinión (y creo que era la de todos en general) no llamaba tanto la atención. No obstante hicimos las fotos de rigor para dejara constancia de lo que vimos.




Por la zona del Duomo y calles anejas hicimos un paseo buscando, entre otras cosas, un mural de Maradona que no llegamos a encontrar y otro mural de Banksi, que esperábamos más llamativo porque lo que encontramos fue un pequeño mural protegido por un vidrio para evitar su deterioro, situado en la pared de un bar.
Y desde allí optamos por regresar a nuestra «zona de confort» en las proximidades del hotel, caminando a través de la vía Umberto I, pasando junto a la Universidad y haciendo una parada en una terraza de la plaza donde está el metro Universidad, el que cada día cogíamos para nuestros desplazamientos. Allí, en la plaza nos acomodamos en una terraza para tomar un Aperol Spritz, que curiósamente nos sirvieron en unos recipientes muy originales.



Y desde esa terraza, un corto camino hasta el hotel para dejar alguna cosa y pasar al restaurante de la primera noche La Locanda del Cerriglio, el que nos había dejado ganas de regresar y donde ya previamente habíamos reservado mesa, esta vez en la planta baja que nos parecía más atractiva.
La cena volvió a ser muy buena, aunque en esta ocasión teníamos menos apetito, pero sirvió para confirmar la calidad del establecimiento.






El lunes, según lo programado previamente, madrugamos para llegar pronto a Pompeya. De nuevo el Circunvesubiano estuvo completo y tuvimos que viajar de pie la mayor parte del trayecto. A la llegada a las ruinas, como ya íbamos prevenidos, fuimos ágiles hacia las taquillas y apenas tuvimos que esperar para comprar las entradas y entrar al recinto.



Y ya dentro, con mucha gente moviéndose por las diferentes secciones, fuimos visitando todo aquello que nos pareció mas interesante. Elena hacía de responsable de comunicación y nos iba leyendo lo más significado de cada una de las paradas que hacíamos.






La visita para nosotros duró algo más de tres horas, aunque podríamos haber estado allí todo el día sin llegar a recorrer todo el recinto. Afortunadamente no llovió, aunque hubo un momento en que amagó con caer algún chaparrón, y lució el sol aunque casi siempre con nubes negras en el cielo.











Finalizada la visita a Pompeya, fuimos directos a la estación para tomar el tren que nos llevaría a Sorrento, donde teníamos previsto pasar el resto del día. Tuvimos suerte porque justo a los pocos minutos de llegar a la estación llegó un tren que venía con retraso, y en él montamos, llegando a Sorrento como media hora después.
Lo primero que hicimos al llegar fue buscar donde comer, y encontramos en el centro de la ciudad el restaurante Aurora, con buena pinta y sobre todo con una espléndida terraza, en la que nos acomodamos porque lucía el sol y hacía calor.






Comimos bien, como casi siempre, y poco después nos dispusimos a recorrer la ciudad, en lo que lo más interesante son un par de calles, una de ellas estrecha, llena de tiendas destinadas a recuerdos y demás, y otra, la principal, también con muchos comercios, pero con mayor nivel, es decir tiendas de marcas y demás, al tiempo que alguna cafetería singular.



Al parecer en alguna guía se informaba que desde el centro de la plaza donde está el restaurante Aurora y la iglesia de San Giorgio salía un tren turístico (algo así como el clásico tren chu-chu) que llevaba a los turistas hasta el puerto, hasta la parte baja de la ciudad. Pero tras consultarlo resultó que hacía ya bastante tiempo que no operaba el susodicho tren, y que la única forma de llegar al puerto (Marina Piccola y Marina Grande) era bajando a pie por una estrecha calle que, desde un punto determinado pasa a ser solo peatonal.
Desde la plaza del Ayuntamiento se dispone de una preciosa vista de la Marina Piccola, con una zona de tumbonas, puerto deportivo, etc. Entramos a ver el Claustro de San Francisco, junto al ayuntamiento, Y dejamos constancia de las vistas del puerto por un lote de fotos que hicimos desde lo alto de la plaza.



Decidieron las chicas que, por las informaciones recibidas, era más interesante bajar a la Marina Grande, la zona antigua con restaurantes y bares más clásicos, y desde donde salen numerosas barcas y lanchas de pescadores, asi como otras de tipo turístico, ya que la Marina Piccola es mayoritariamente de embarcaciones modernas, yates, etc.



Ya en el borde del mar, buscamos un lugar donde tomar un refresco al sol, y nos acomodamos en una terraza concurrida donde repetimos con los Aperol Spritz, mientras se aproximaba la puesta de sol. Hacía calor, pero las vistas eran muy agradables.



Y cuando lo consideramos oportuno, pensando ya en la hora de regreso a Nápoles, tomamos el camino de subida, si bien Rafa y yo decidimos volver a la plaza desde la que se divisaba la Marina Piccola a tomar unas cuantas fotos mientras se ocultaba el sol.



De regreso a Napoles, al llegar a la estación central en la Plaza Garibaldi nos encontramos con que la linea de metro que debía llevarnos hacia el hotel estaba cerrada, por lo cual salimos al exterior para tomar un taxi. Y sobre la marcha se nos ocurrió que como era hora de cenar tal vez era más interesante cenar por allí y tras la cena regresar ya al hotel para dormir.
Como vimos varias terrazas con gente, en la que nos pareció más atractiva buscamos una mesa y allí nos acomodamos, con la circunstancia de que en la mesa contigua había una española muy locuaz que enseguida nos informó que se podía pedir el pescado del día, que lo preparaban muy bien, con lo cual ya no lo pensamos y pedimos dorada al limón para todos.



Nos contó la buena señora que estaba allí por trabajo. Al parecer vive en Londres, pero tiene un cliente en Nápoles al que una vez al mes visita por cuestiones de trabajo. Y en esta ocasión estaba allí con su jefe, americano. Al día siguientee regresaba a Londres para, un par de días después ir con su marido a Oporto a iniciar el Camino de Santiago portugués.



Y llegó el martes, último día completo de nuestra estancia, que era el que habíamos reservado para las rutas marítimas. A buena hora nos dirigimos al puerto para el primer recorrido, que era la ruta Nápoles-Sorrento-Positano-Amalfi.



El barco hacía paradas en cada uno de esos puertos, en los que desembarcaba y cogía pasajeros, hasta dejarnos a nosotros al final del recorrido en Amalfi.



Fue una travesía espléndida, con mucha gente, y que hice la mayor parte del tiempo desde la popa del barco aprovechando para fotografiar los diferentes puertos y particularmente toda la costa, que tiene un atractivo singular. Periódicamente, al acercarnos a cada puerto, Ipi y Elena se acercaban a ver de cerca la costa y fotografiarla en la medida de lo posible, ya que a medida que avanzaba el trayecto la zona de popa desde donde era posible fotografiar se iba poblando más y mas de personas interesadas en hacer lo propio.






A partir del momento de llegar a Amalfi, como quiera que la hora de salida del barco hacia Capri estaba próxima, solo dió tiempo a un pequeño recorrido por el puerto, mientras yo me quedaba haciendo cola para el nuevo trayecto.



El barco que nos llevó a Capri era algo más pequeño, pero tenía terraza descubierta por lo que de entrada nos fuimos ya a esa parte superior, para poder disfrutar mejor del recorrido. Hacía sol, y aunque soplaba el viento, era llevadero.






Llegados a destino pudimos ver una constante afluencia de barcos con turistas, de diferentes procedencias, que a la vez se entremezclaban con aquellos otros que cada rato salían del puerto para hacer los recorridos en torno a la isla, uno de los atractivos de Capri.



Tras un paseo por el puerto estuvimos dilucidando si comer primero o embarcarnos para el contorno de la isla, y al final decidimos hacer todo al mismo tiempo, de modo que compramos unos bocatas o similares, unas cervezas y agua, y fuimos a embarcarnos en una de las lanchas que se dedicaban a ello. Pero resultó que había salido la primera y no aseguraban una próxima hasta más de media hora después, con lo que cambiamos de compañía y al final fuimos a embarcarnos en una algo más grande que salía de inmediato.



El paseo bordeando Capri es interesante, pero tal vez menos de lo que yo había imaginado. Vimos los farallones, las cuevas con agua cristalina, e incluso algunas construcciones llamativas que pertenecen a familias adineradas, durante un trayecto de algo menos de una hora. Y por supuesto nos tomamos los bocadillos que habíamos adquirido.






De regreso a puerto, tras el bordeo dado en el barco, fuimos a la parte alta de la isla, a donde una de las opciones para llegar es el funicular, y allá nos fuimos. Desde lo alto hay unas excelentes vistas del puerto, y para conocer mejor la isla nos dedicamos a recorrer diferentes calles, algunas discurriendo entre las casas, como si fueran cuevas,






Durante el paseo por las calles de la zona alta, aproveché para comprarme un sombrero, pensando en la reposición de aquel otro adquirido en el año 2005 en un viaje a la Toscana que perdí en el accidente del tren en agosto de 2006. Y ya comprado, comencé a utilizarlo esa misma tarde.



Antes de volver al funicular para regresar al puerto, hicimos intención de tomar algo en una de las cafeterías mas lujosas que nos encontramos, pero después de sentarnos y ver las clavadas que pegaban por un simple café, una granizada, o un agua, decidimos que no estábamos por la labor de dejarnos timar, y decidimos bajar al puerto a tomar uno de los postres que habían descubierto y que tenían en el café donde antes habíamos comprado los bocadillos para la comida.



Y después de endulzarnos con los pasteles en cuestión (o similares, porque yo reincidí en tomarme uno de esos limones helados que nos hemos encontrado a lo lardo de todo el viaje), era hora ya de volver al mar para tomar el barco de regreso a Napoles, en cuyo trayecto volvimos a aprovechar para fotografiar el Vesubio y la costa hasta llegar a la ciudad.



Arribados a Napoles era ya la hora de cenar, y como cerca del puerto estába La Lazzara, el restaurante magníficamente valorado en el que no pudimos estar dias atrás por exceso de gente, decidimos ir a probar si en esta ocasión sería más facil conseguir sitio. Efectivamente, aunque estaba lleno, unos minutos después nos prepararon una mesa, no en la terraza, pero bien situada, y allí cenamos. La verdad es que después de haber probado tantos lugares excelentes, este no nos pareció ser tan bueno como para merecer las valoraciones que tenía. Una buena cena, pero nada más.



Y como todo lo que empieza tiene su final, en nuestro caso a la mañana siguiente hubo que madrugar para llegar al aeropuerto con tiempo para los trámites correspondientes. Desde la recepción del hotel nos llamaron un taxi, y en menos de media hora estábamos ya facturando y un rato después embarcando rumbo a Barcelona, donde teníamos escala al igual que a la ida.



En la parada de Barcelona Ipi y yo aprovechamos las casi 4 horas de espera para bajar a la ciudad en el aerobus y estar un rato con Chema, con el que nos fuimos a comer en las proximidades de la Plaza de Cataluña, lugar de llegada y salida de los buses. Fue una parada corta pero productiva porque pudimos compartir algo mas de una hora con Chema, mientras en el aeropuerto habíamos dejado a Elena y Rafa cuidando de nuestras pertenencias.
El regreso a casa se realizó sin problemas, porque el vuelo Barcelona-Coruña salió y llegó a la hora, y asi terminamos con éxito nuestro aplazado viaje a Nápoles.